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WOODY ALLEN: OBSESIONES DE UN SEDUCTOR

Para ver “Wonder Wheel”

 

En 1977 el mundo del cine asistió al estreno de una película deslumbrante que situaba definitivamente entre los grandes nombres de Hollywood a un cómico que hacía años venía reclamando un lugar al sol. “Annie Hall” conquistó los corazones de los espectadores por su frescura, por los temas tratados en un guión sin fisuras y por la interpretación de sus protagonistas, Diane Keaton y Woody Allen, éste también director del film. Esta obra maestra recibió los Oscar a la mejor película, mejor director, mejor guion original y mejor actriz principal. Woody Allen no recogió personalmente el premio: aquella noche tenía un concierto con el grupo de jazz con el que toca el clarinete. De todo aquello se cumplen ahora cuarenta años. La efeméride coincide con el estreno de “Wonder Wheel”, la última película de Woody Allen como director.

UNA VIDA DE ESPECTÁCULO

De origen humilde, Woody Allen (Allan Stewart Königsberg, Brooklin, N. York, 1935) comenzó su carrera en  el mundo del vodevil, donde se había hecho un hueco contando chistes desde los escenarios de teatros y clubs de Nueva York  entre números de cantantes, magos y bailarinas. En esa época ya escribía guiones para humoristas como Bob Hope y Arhur Murray y trabajaba para el Show de Ed Sullivan, de la cadena NBC. Fue providencial su encuentro con el productor Charles K. Feldman, que le encargó el guión de “What’s New Pussycat?” (1965), protagonizada nada menos que por Peter Sellers, Romy Schneider y Peter O’Toole, en la que Allen interpretaba a Víctor Shakapopolis, aquel personaje que hacía trampas jugando al ajedrez. El éxito de la película le facilitó el guión de “Casino Royale” (1967), de la que ya dirigió una de sus secuencias. Desde entonces Woody Allen simultaneó papeles de actor en películas como “Sueños de seductor” (Herbert Ross, 1972) y “La tapadera” (Martin Ritt, 1976) con la dirección de sus propias películas, en las que también interpretaba papeles protagonistas: “Coge el dinero y corre” (1969), “Bananas” (1971), “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo… pero temía preguntar” (1972), “El dormilón (1973) y “La última noche de Boris Grushenko” (1975). “Annie Hall” marcó un antes y un después en la carrera de quien es uno de los directores más prolíficos (casi a película por año) y de más éxito internacional. Aunque levanta también polémicas en relación con la calidad de algunas de sus películas, éstas siempre se esperan con expectación y casi nunca defraudan. Aún entre las peores siempre hay un destello de talento. La última secuencia de “Medianoche en París” (2011) es una genialidad que salva la mediocridad de la película (que fue, también hay que decirlo, la más taquillera en Estados Unidos aquel año), y en la denostada “Vicky Cristina Barcelona” (2008) la dirección de Allen consiguió la que tal vez haya sido la mejor interpretación de Penélope Cruz.

OBSESIONES CON HUMOR

El cine de Woody Allen navegó desde siempre entre las influencias de la tradición hollywoodiense y las del cine europeo de Eric Rohmer, Ingmar Bergman y los italianos Fellini y Visconti. Se le reprocha la repetición de temas en muchas de sus películas pero, como cualquier artista, también en su obra emergen sus obsesiones. Una de ellas  es su origen judío. El suyo es un judaísmo obsesionado con las persecuciones nazis y los pogroms y acomplejado frente a los seductores WASP (blancos, anglosajones y protestantes), que trata de superar utilizando el humor como mecanismo de defensa, un humor inteligente típicamente judío con el que subvierte algunos elementos de la alta cultura y del intelectualismo, por el que siente simultáneamente fascinación y repulsión (“se puede ser extremadamente brillante y no tener idea de lo que sucede en el mundo”, hace decir a uno de sus personajes). Los WASP son sus competidores frente a las mujeres que conoce, que siempre aman a otro hombre o terminan abandonándolo, como le ocurrió en la vida real en sus dos primeros matrimonios: Harlene (con la que se casó a los 19 años) y Louisse Laser, cuyos perfiles están en muchas de sus películas, porque el cine de Woody Allen es en gran parte autobiográfico. Sus obsesiones con las mujeres (“todo lo que conocemos del paraíso en la tierra”, dice otro de sus personajes) y con el sexo las sublima también a través del humor, que entrevera con su biografía en la tetralogía “Annie Hall”, “Interiores”, “Manhattan” y “Stardust Memories”, aunque pueden rastrearse aspectos de su vida en casi todas sus películas, desde “Hannah y sus hermanas” y “Radio Days” a “Delitos y faltas” o “Melinda y Melinda”, una obsesión proustiana de reencontrarse con el pasado.

Otra de sus obsesiones es la sicología y el sicoanálisis, un elemento de introspección recurrente a través del que combate las de sus personajes, que son las suyas, fundamentalmente la timidez, la soledad, la muerte y la ausencia de compromiso político militante (en “Coge el dinero y corre” hay una crítica implícita al maccarthysmo). Para superar la angustia existencial se sirve del psicoanálisis y también de la vida sobreocupada de sus personajes, excusa para no tener tiempo para pensar: además del trabajo están el analista, el tenis, la pedicura, las obligaciones con secretarias, ejecutivos y jefes… todo a un ritmo trepidante que convierte su vida en una infernal aventura cotidiana. Algunas de estas obsesiones las encontramos de nuevo en “Wonder Wheel”.

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