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20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.

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GALDÓS. 175 AÑOS DE LITERATURA

 

La efeméride se presta a recuperar la obra de uno de los grandes escritores de la literatura española

 

En este 2018 que ahora termina se cumplieron 175 años del nacimiento de Benito Pérez Galdós en Las Palmas el día 10 de mayo de 1843, una ocasión desaprovechada por los organismos culturales para recuperar (o para descubrir a las nuevas generaciones) a un escritor fundamental de nuestra literatura, el mejor novelista español del realismo crítico. Una de las iniciativas más meritorias relacionadas con Galdós fue la publicación por la editorial Cátedra de diez de sus mejores novelas en un volumen en el que también se rescata del olvido su discurso de ingreso en la Real Academia Española, un texto en el que, desde su título (“La sociedad presente como materia novelable”), mezclaba los dos elementos de su obra literaria, la realidad y la imaginación.
UNA VIDA PARA LA LITERATURA
Descendiente de un militar que participó en la Guerra de la Independencia, Galdós vivió desde los 19 años en Madrid, a donde llegó para estudiar Derecho y donde se quedó para siempre. Madrid fue la ciudad con la que llegó a identificarse, a la que convirtió en escenario de sus mejores novelas y de la que extrajo los personajes más fascinantes de su literatura. Sus viajes desde muy joven por Europa (Francia, Inglaterra, Holanda, Alemania, Italia…) le proporcionaron una perspectiva abierta y cosmopolita para analizar la sociedad de su tiempo y desmienten el estereotipo de personaje apegado al terruño con que lo definieron algunos coetáneos. Desde su llegada a la capital practicó el periodismo en revistas como “El Debate”, “Revista de España” y en el diario progresista “La Nación”, una experiencia que le permitió conocer en profundidad la convulsa vida social y política de aquellos años. En la Universidad fue alumno de profesores krausistas y regeneracionistas cuya doctrina influyó en su pensamiento y en sus novelas. Y en su formación literaria fueron importantes las obras de Dickens (de quien fue traductor) y de Balzac, a quienes leyó en profundidad antes de publicar por entregas su primera novela “La sombra” en 1870. Pero lo que se manifiesta con más fuerza en toda su obra es la influencia de Cervantes.
UNA LITERATURA COMPROMETIDA
La literatura de Galdós evolucionó paralelamente a su ideario político hasta el punto de que algunos de sus personajes son trasunto del propio escritor (el Augusto Miquis de “La desheredada” y “Ángel Guerra”, el Evaristo Feijoo de “Fortunata y Jacinta”). Desde un inicial apoyo al régimen monárquico, evolucionó primero hacia la militancia en el grupo progresista republicano para más tarde afiliarse al Partido Socialista. Fue testigo del destronamiento de Isabel II a consecuencia de la Revolución de Septiembre de 1868, del golpe del general Pavía en las Cortes de 1874 que dio paso a la Restauración en la persona de Alfonso XII, y del Desastre de 1898. Fue, desde la literatura, el mejor cronista de esos años de transición entre los siglos XIX y XX y trató siempre de introducir su sistema de valores entre la ficción de sus novelas. Así, desde un inicial planteamiento burgués (“Doña Perfecta”, 1876) su obra fue derivando hacia la crítica a esa misma burguesía para llegar a un republicanismo radical y socialista (“El caballero encantado”, 1909). Su anticlericalismo, que mantuvo hasta el fin de sus días, se manifiesta abiertamente en obras como “Gloria” (1877) y “La familia de León Roch” (1878). Fue un fiel defensor de los derechos del movimiento obrero (en “Marianela” critica expresamente las condiciones de trabajo de los mineros) y participó en la vida política defendiendo las ideas republicanas. Desencantado del republicanismo burgués terminó por acercarse al PSOE, partido al que calificó como “lo único serio, disciplinado, admirable, que hay en la España política”. La clase media urbana, a la que dedicó toda su obra, nunca refrendó la ideología progresista de su narrativa y de su teatro.
UNA OBRA MONUMENTAL
En lo literario Galdós superó el realismo de la época introduciendo elementos extrarrealistas (los sueños, la memoria, la fantasía y la imaginación, a la que el autor llamaba ‘la loca de la casa’) y utilizando novedosos y arriesgados recursos experimentales como el monólogo interior y el espiritualismo tolstoyano. Con una formidable potencia fabuladora y un estilo propio con el que crea mundos complejos, es autor de algunas de las novelas más importantes de la literatura española: “Tormento” (1884), “Fortunata y Jacinta” (1887), “Nazarín” (1895), “Misericordia” (1897)… Fue uno de los mejores escritores que supieron llegar a lo más profundo de los seres humanos y a denunciar sus vicios y sus miserias: la vanidad, la hipocresía, la ambición, la avaricia. Entre sus temas siempre reivindica la libertad individual, la educación, el progreso. Y tampoco falta la crítica despiadada a los colectivos que han frenado el desarrollo de España y han impedido el florecimiento de las ideas ilustradas, desde la Iglesia y el poder político a la nobleza y los militares. Pérez de Ayala lo calificó como el mejor novelista español después de Cervantes, Valle-Inclán apreciaba su literatura (aunque fuera uno de los personajes de su “Luces de bohemia” quien le adjudicó el apodo de ‘garbancero’) y, a pesar de sus ideas progresistas, tuvo siempre el reconocimiento del conservador Menéndez y Pelayo.
Aunque siempre con escasos recursos económicos, Pérez Galdós fue un autor famoso en una España que no era generosa con sus escritores. La reacción denostaba sus novelas y hasta el Gobierno llegó a oponerse abiertamente a su candidatura al Nobel en 1912. Aunque publicó 77 obras de ficción su popularidad la debe a los Episodios Nacionales, una serie de 46 novelas históricas que abarcan desde la batalla de Trafalgar a la Restauración, que fue publicando de 1873 a 1912, en las que funde la narración con la historia y donde el protagonismo se centra no en grandes personajes y acontecimientos trascendentes sino en los seres anónimos y en sus circunstancias, lo que Unamuno llamaba la intrahistoria.
Aparte de su obra novelística Galdós fue autor de un teatro (a veces sus dramas eran adaptaciones de sus novelas) en el que también introducía sus preocupaciones sociales. En 1901, el estreno de su drama anticlerical “Electra” suscitó una fuerte polémica que provocó una manifestación contra el gobierno conservador la misma noche del estreno, cuando el público acompañó vitoreando al autor a pie durante el trayecto desde el teatro a su casa.
Benito Pérez Galdós murió en 1920 ciego y en la miseria pero con el fervor de sus admiradores intacto. Aunque se le negaron funerales nacionales su entierro se recuerda como una de las más espectaculares muestras de dolor del pueblo de Madrid. Su obra se agiganta con el tiempo a medida que vamos conociendo mejor la sociedad que la inspiró y el contexto político en el que fue creada. Esta era una buena ocasión para comprobarlo. Aunque nunca es tarde.

EN EL CENTENARIO DE AUGUSTO ROA BASTOS

Hay una leyenda que cuenta que un día los principales escritores del boom latinoamericano se comprometieron a dedicar cada uno de ellos una novela a uno de los dictadores que habían detentado el poder en diferentes países del subcontinente. Así es como habría nacido uno de los arquetipos más fascinantes de la literatura contemporánea, protagonista de obras como “El otoño del patriarca” de García Márquez, “Conversación en la catedral” de Vargas Llosa, “El recurso del método” de Alejo Carpentier… y “Yo el supremo”, de Augusto Roa Bastos.
La novela de dictador es un subgénero con larga tradición en los países iberoamericanos. Algunos especialistas citan a “Tirano Banderas” (1926) de Valle-Inclán como la novela precursora de esta modalidad que dos décadas más tarde (1946) Miguel Ángel Asturias continuaría con “El señor presidente”. Sea como fuere, de entre todas esas obras “Yo el supremo” ha quedado para la historia como uno de los grandes hitos de la literatura universal. Y es por méritos propios porque se trata de una de las grandes novelas del siglo XX en lengua castellana. Su autor, el paraguayo Augusto Roa Bastos, hubiera cumplido cien años el día 13 de este mes de junio. Murió en abril de 2005 a causa de una caída en su domicilio, un accidente envuelto en una sórdida historia relacionada con su compañera Cesarina Cabañas, que terminó con la condena de ésta a seis años de cárcel. Roa Bastos dejó un legado de narraciones no muy amplio pero de una calidad exquisita.
UNA VIDA EN EL EXILIO
De baja estatura, tímido y humilde, casi la mitad de la vida de Roa Bastos (murió con 88 años) transcurrió huyendo de las dictaduras de Natalicio González y Alfredo Stroessner, primero en un exilio bonaerense en el que se decidió su vocación literaria y luego, cuando Argentina se sumió en la dictadura de Videla, abandonando este país para refugiarse en Francia, donde ejerció como profesor de Literatura Iberoamericana en la Universidad de Toulouse. Casado con la española Iris Jiménez, el Gobierno de Felipe González le concedió la nacionalidad española en octubre de 1983. Había participado como combatiente en la guerra del Chaco cuando era un adolescente y desarrolló una carrera de periodista en Paraguay, ejerciendo como corresponsal en Londres del diario “El País” de Asunción durante la Segunda Guerra Mundial, de cuya experiencia extrajo algunos de sus relatos.
Hijo de una familia muy pobre, Roa Bastos había nacido en Asunción y fue criado en Iturbe del Manorá, en el departamento de Guairá, un territorio en el que la cultura y la lengua guaraní eran predominantes. Premio Cervantes en 1989, comenzó a ser conocido en el mundo de las letras de su país a raíz de la publicación en 1953 de “El trueno entre las hojas”. El éxito internacional le llegó en 1960 con su novela “Hijo del hombre” en la que el tema central lo ocupa la epopeya colectiva de la guerra del Chaco en la que Paraguay se enfrentó a Bolivia entre 1932 y 1935, una disputa artificial que encubría en realidad un conflicto entre la Standard Oil y la Royal Dutch por la explotación de la zona. De profundas connotaciones religiosas (el hijo del hombre es un Cristo casi hereje tallado por un lutier de guitarras que vive en lo profundo de un bosque para ocultar su lepra) la novela está narrada con un estilo en el que Roa Bastos experimenta con la mezcla de los idiomas castellano y guaraní (“esa lengua gutural y melodiosa como el canto de los pájaros”) en una serie de historias que recuerdan algunos pasajes del Nuevo Testamento. El escritor asume la realidad guaraní de su país mezclando además la mitología indígena con la historia, la religión con las creencias populares, la épica con la lírica de América Latina. El crítico y escritor chileno Fernando Alegría afirma que “Hijo del hombre” fue la novela inaugural del boom latinoamericano.
SUPREMO ROA BASTOS
Para escribir “Yo el supremo” Roa Bastos investigó en más de 20.000 legajos y documentos desde los que elaboró una narración colectiva centrada en la historia de un dictador del siglo XIX, José Gaspar Rodríguez de Francia, que gobernó Paraguay desde 1811 hasta su muerte en 1840. En la novela se destacan las injusticias, la explotación, las persecuciones y los asesinatos de opositores al régimen en un clima de represión generalizada. Pero Roa Bastos trata de penetrar también en la personalidad del hombre que vertebró la identidad nacional del Paraguay transformándolo en un estado autónomo. Francia fue un tirano, rehén de unos sueños de grandeza que convirtió en pesadillas de terror. Educado por los jesuitas, el despótico dictador heredó el espíritu anticapitalista de la Compañía y pretendió proteger su territorio a través de un gobierno paternalista de principios que pretendía influidos por la Ilustración.
En “Yo el supremo” Roa Bastos explora el estado patriarcal penetrando en los intersticios históricos de una dictadura del siglo XIX que es al mismo tiempo trasunto de dictaduras más recientes: “El Supremo es aquel que lo es por naturaleza. Nunca nos recuerda a otras, salvo a la imagen del Estado, de la Nación, del Pueblo, de la Patria”. Lo hizo desde la intertextualidad de registros literarios diversos, desde el monólogo interior hasta las circulares, arengas, edictos y deturpaciones como el “Cuaderno privado” del dictador o los apuntes que toma su secretario Patiño, convertidos en una narrativa literaria de excelencia.
INCENDIOS
Las dos novelas que hemos citado, “Hijo del hombre” y “Yo el supremo”, son las mejores obras de Roa Bastos, y su enorme calidad hizo que sus lectores siempre esperaran con ansiedad nuevas novelas del autor, sobre todo porque “Yo el supremo” se publicó cuando contaba con poco más de cincuenta años, una edad en la que algunos grandes escritores dieron sus mejores obras. Sin embargo, aunque su obra no se reduce a esas dos grandes novelas (es autor de seis libros de relatos, teatro para niños, guiones de cine y varios libros de poemas) su limitada producción obedece a un elevado grado de autoexigencia. Después de publicar “Yo el supremo” Roa Bastos estuvo trabajando en “El fiscal”, una novela con la que se especuló hasta que él mismo confesó que había quemado el original por no estar satisfecho con el resultado. Mil quinientas páginas y tres años de trabajo quedaron reducidos a cenizas. Al parecer era esta de quemar una actividad habitual en Roa Bastos, según una confesión que hizo en tres artículos publicados en junio de 1989 en el diario madrileño “El País” con el título “La quema de una novela”: “…enamorado de la perfección, mágica e inalcanzable como un espejismo, suelo destruir, quemar o arrojar en basureros insondables esas sombras inciertas y fallidas de los primeros originales (…) Tuve que destruir una novela inédita anterior a “Yo, el supremo” (…) quemé también unos 30 libros de cine (…) y una historia de la colonización judía en Argentina (…) quemé El fiscal porque tuve la ominosa sensación de que se trataba de una gran obra abortada”. Roa Bastos no sólo destruyó obras que no llegó a publicar sino que repudió algunas de las publicadas, como “Hijo del hombre”, de la que llegó a hacer una segunda versión.
Ahora, cuando se cumple el centenario de su nacimiento, es una buena ocasión para degustar una prosa cuidada, en efecto, hasta en sus mínimos detalles, y gozar de una de las mejores literaturas que se hayan escrito en lengua castellana. Y que este rescate sirva como homenaje a Roa Bastos, tratando de imaginarlo durante la redacción de la obra maestra que es “Yo el supremo” cuando, aquejado de una enfermedad en las vértebras, se ataba a una silla con prótesis de almohadones para soportar el dolor mientras escribía.