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20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.

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LA CULTURA ESPAÑOLA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX

  • Un libro del historiador Juan Pablo Fusi analiza el tránsito de la cultura española desde el franquismo a la democracia

 

El régimen que se impuso en España después de la guerra civil puso fin al gran momento histórico que la cultura española había vivido durante los primeros años del siglo XX. Desde el fin de la guerra y durante la década de 1940 el franquismo impuso en todo el país una cultura controlada por los principios del falangismo en lo político, por la moral nacionalcatólica en lo social, por la glorificación del pasado imperial en lo histórico y por la censura en todos los ámbitos, desde la educación y los medios de comunicación a la alta cultura y la cultura popular. Entre los nombres a destacar en esos años apenas los de Jardiel Poncela y Miguel Mihura en el teatro, Agustín de Foxá o José María Gironella en la literatura, Joaquín Rodrigo en la música y Juan de Orduña en el cine, destacaban en un páramo en el que el oficialismo se apuntaba méritos como la creación de la Orquesta Nacional y la fundación de revistas como “Escorial” y “Espadaña”.
Ni siquiera el regreso del exilio de Ortega y Gasset en 1945 sirvió de revulsivo a una España política y culturalmente adormecida. Las críticas a la cultura española se prolongaron a las décadas siguientes, las de los cincuenta y los sesenta, aunque era evidente que a principios de esta última comenzaba a gestarse un cierto cambio que no pasaba inadvertido. Fue Julián Marías, un filósofo discípulo de Ortega y opuesto al régimen de Franco, quien en torno a 1960 desconcertó a la sociedad española al afirmar que en España se vivía una nueva edad de oro de la cultura. Para ello aportaba los nombres y las obras de Pío Baroja, Azorín, Xavier Zubiri y Menéndez Pidal (que continuaban una labor iniciada antes de la guerra) y los nuevos de Gabriel Celaya, José Hierro y Blas de Otero en la poesía, Rosa Chacel, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa y Camilo José Cela en la literatura, Buero Vallejo en el teatro… Los años sesenta habrían sido el inicio de una nueva cultura española que iba a alcanzar su mejor momento durante los años de la transición política a la democracia. De este recorrido se ocupa el nuevo libro del historiador Juan Pablo Fusi “Espacios de libertad” (Galaxia Gutenberg), un ensayo sobre la evolución de la cultura española durante la segunda mitad del siglo XX.
LOS AÑOS SESENTA: UNA DÉCADA PRODIGIOSA TAMBIÉN EN LA CULTURA
En el filo entre los cincuenta y los sesenta, ya algunos intelectuales del falangismo (Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Luis Rosales, Leopoldo Panero) se habían ido distanciando paulatinamente del franquismo, desencantados por la deriva cultural de un régimen cuyo monopolio había quedado en manos de los Emilio Romero, José María Pemán, Torcuato Luca de Tena, Gonzalo Fernández de la Mora, Joaquín Calvo Sotelo. La nueva cultura comenzaba su andadura reivindicando la filosofía de Ortega y recuperando las obras de las generaciones del 98 y el 27. También promoviendo otra literatura desde nuevas editoriales (Seix Barral, Taurus, Alianza, Alfaguara), premios literarios (Nadal, Sésamo, Biblioteca breve) y revistas culturales (“Insula”, “El Ciervo”, “Papeles de son Armadans”, “Cuadernos para el diálogo”). La generación del medio siglo (Sánchez Ferlosio, Aldecoa, Juan Goytisolo, Luis Martín-Santos, Caballero Bonald) fue la culminación de una trayectoria que empezaba a dar sus frutos en la década prodigiosa de los sesenta relevando a la literatura del realismo social, que había tenido un estimable papel en la denuncia de los excesos de la burguesía, de la marginación, la injusticia social y los problemas del mundo del trabajo y la emigración. Pero ahora los temas de los que se nutría la literatura eran ya otros, entre ellos una nueva visión de la guerra civil lejos de los estereotipos que venían presentándola como una cruzada o una epopeya nacional heroica. Para los nuevos autores la guerra civil había sido un acontecimiento dramático y una tragedia. Entre los nuevos temas, los novelistas y los escritores de la nueva generación se ocupaban de los problemas de la emigración interior (Raúl Guerra Garrido, Juan Marsé, Francisco Candel), las culturas regionales (Joan Fuster, Federico Krutwig, Alfonso Carlos Comín, Xosé Manuel Beiras), el rescate de las obras del exilio y la edición de las que hasta entonces habían estado prohibidas o silenciadas. El arte recuperaba poco a poco los lenguajes de la modernidad a través de creadores como Tapies, Oteiza y Chillida. Una nueva generación de pensadores, ensayistas e historiadores aportó desde la oposición al franquismo una producción intelectual dirigida a la formación de las nuevas generaciones en los valores de la democracia. Jorge Semprún, Javier Pradera, Manuel Sacristán, Fernando Savater, Eugenio Trias, Tuñón de Lara, Elías Díaz, Juan J. Linz… se adelantaron a la llegada de la democracia desde los medios de comunicación, las editoriales y la universidad con una obra crítica cuyos aspectos pedagógicos eran evidentes.
Con la llegada de la democracia y la desaparición de la censura los lenguajes de la cultura recuperaron su plena libertad expresiva en la literatura (Juan Benet, Eduardo Mendoza, Javier Marías), el cine (Carlos Saura, Víctor Erice) y el arte (Antonio López, Luis Gordillo, Eduardo Arroyo). Pero es evidente que desde al menos diez años antes ya la cultura española se reintegraba al curso de la modernidad y se manifestaba como una fuerza esencial para la recuperación de la conciencia democrática, a pesar de que la censura mantuvo inéditas hasta bien entrada la década de los ochenta las obras de muchos autores en la literatura, el cine y el ensayo.