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LA MIRADA DE CLARICE LISPECTOR

 

Se publican todos los cuentos de la escritora brasileña

Desde hace algunos años la editorial Siruela viene haciendo una labor excelente divulgando en España la obra de Clarice Lispector, una autora muy poco conocida aquí a pesar de ser posiblemente la mejor escritora brasileña del siglo XX. Además de sus novelas, que viene editando regularmente (en estas páginas hemos reseñado “La pasión según G.H.”), en 2013 Siruela publicó un volumen con los “Cuentos reunidos” de la escritora. Ahora, para completar aquella entrega, la misma editorial publica un extenso volumen que reúne “Todos los cuentos” (un total de 84, algunos encontrados tras su muerte), añadiendo diez relatos de la primera etapa de la autora ausentes en aquella edición, escritos cuando aún era una estudiante de Derecho en Rio de Janeiro.
No es fácil la literatura de Clarice Lispector, una narradora que intenta penetrar en los sentimientos más íntimos de las mujeres, ya sean amas de casa, misioneras o prostitutas, jóvenes o viejas, insertas en el tedio y la monotonía de una vida familiar y urbana, dominadas por la autoridad patriarcal de los maridos (“desconfiad de una mujer que sueña”, dice un marido en el cuento titulado “Fondo de cajón”), ahogadas por una atmósfera opresiva, incomunicadas, enfrentadas a las adversidades de la sociedad y a las costumbres que las obligan a renunciar a ser ellas mismas. Lispector reflexiona sobre la situación: “Allí está el mar, la más ininteligible de las existencias humanas. Y aquí está, de pie en la playa, la mujer, el más ininteligible de los seres vivos”, dice la escritora en el relato “Las aguas del mundo”.
Partiendo de anécdotas de la vida cotidiana, muchas de sus narraciones recogen las experiencias de la propia Clarice Lispector, la mujer joven y bella que se casó, que tuvo hijos, que fue envejeciendo y que se enfrentó a la enfermedad y a la muerte.
Los cuentos de Clarice Lispector son como una extensión de sus novelas porque en ellos predominan las mismas preocupaciones, la misma angustia existencial, los mismos problemas que asedian a las mujeres de sus novelas, que se preguntan constantemente sobre su condición y sobre su papel en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Relaciones de pareja monótonas que desembocan en crisis insuperables y en abandonos; soledad en entornos agresivos dominados por el hombre; angustia, pobreza, incierto futuro… En muchos de estos cuentos de Clarice Lispector la mujer va poco a poco tomando conciencia de su situación de opresión social, pero sus oportunidades de evadirse tropiezan siempre con barreras estructurales insuperables y de ahí que el desenlace sea muchas veces el desequilibrio sicológico, la muerte buscada o el suicidio. Excepcionalmente el suicida puede ser también un hombre, como en “Historia interrumpida”, y otras veces los dos miembros de la pareja, asediados por el tedio y la monotonía, como en “Los obedientes”, una narración en la que se cuenta cómo un matrimonio que había decidido en adelante vivir intensamente, termina suicidándose. “El sufrimiento es el privilegio de los que sienten”, dice en “Brasilia”, uno de los relatos, que no es en realidad un cuento sino dos miradas poéticas sobre la capital del país desde dos momentos separados entre sí por 12 años. Por cierto, hay que decir que aunque el título sea el de “Cuentos”, algunas de estas narraciones no son tales, al menos en el sentido clásico del término, sino reflexiones, soliloquios, recuerdos, fulguraciones poéticas, retratos sicológicos, monólogos interiores. Las protagonistas (casi siempre mujeres, aunque hay también algunos hombres, incluso narrados en primera persona, como en “Una amistad sincera”) se ven abocadas a una vida que no les deja ningún resquicio para escapar a su destino, condicionado por la familia, la sociedad y el entorno. Son estos cuentos de Clarice Lispector narraciones enigmáticas algunas, inquietantes y turbadoras, que dejan en el lector un poso de amargura al no vislumbrarse salidas airosas a la opresión a la que están condenadas las protagonistas. Incluso cuando (como en “La fuga” y “Obsesión”) alguna mujer toma la decisión de abandonar al marido porque ha conocido a alguien que “…había despertado en mí la sensación de que en mi cuerpo y en mi espíritu palpitaba una vida más profunda y más intensa que la que yo vivía”, la nueva relación resulta más tóxica que la anterior y obliga a las mujeres a volver con sus parejas.
UNA MUJER PARA LA LITERATURA
La misma vida de Clarice Lispector es como una de sus novelas (véase “Por qué este mundo”, la biografía escrita por Benjamín Moser publicada también por Siruela). Descendiente de judíos ucranianos, su abuelo fue asesinado, su madre violada, y su familia tuvo que exilarse en Brasil huyendo de la represión y los pogromos durante la revolución bolchevique. Con esa familia llegó Clarice Lispector a ese país sudamericano cuando contaba dos años (nació el 10 de diciembre de 1920 en la aldea de Tchetchelnik durante la huída). La precaria situación de su padre, vendedor ambulante de ropa de segunda mano, y la temprana muerte de su madre, cuando la escritora tenía nueve años, la empujaron a refugiarse en la literatura, donde descubrió la prosa deslumbrante de Machado de Assis, de Eça de Queiroz y de Jorge Amado, y la profundidad narrativa de los relatos de Dostoiewski y Flaubert. Su ideal de escritura se identificaba con las obras de Virginia Woolf pero sobre todo con las novelas de Katherine Mansfield.
Mujer de una gran belleza, alta y rubia, inteligente, misteriosa, seductora, tocada con permanentes collares sobre sus vestidos de intensos rojo, blanco o negro, Clarice Lispector ocultaba su mirada, sin embargo triste, detrás de unas permanentes gafas oscuras. Comenzó en el mundo de las letras trabajando como periodista y publicó su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”, a los 23 años, una obra que le proporcionó ya la popularidad literaria y con la que inició una carrera que fue fundamental en la renovación de las letras brasileñas, con títulos como “La hora de la estrella”, “Aprendizaje o el libro de los placeres” o su obra póstuma “Un soplo de vida”. Se casó con el diplomático Maury Gurgel, con quien tuvo dos hijos y a quien acompañó a Europa (Nápoles y Berna) y a Washington hasta que en 1959 regresó a Brasil tras un divorcio traumático. Esta separación la sumió en una profunda crisis, agravada por un accidente doméstico, un incendio provocado por un cigarrillo mal apagado, que le provocó graves quemaduras. Murió de cáncer en 1977, la víspera del día que iba a cumplir 57 años.

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