Archivo de la etiqueta: Jimi Hendrix

PSICODELIA. EL ÚLTIMO VIAJE

 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid muestra una exposición que rescata el arte del movimiento hippie
Fueron los años más vibrantes de la década de los sesenta, ya de por sí vertiginosa, cuando la música pop, desde que el rock and roll se erigiera como expresión simbólica de un nuevo cambio generacional, había ocupado la banda sonora de las vidas de millones de jóvenes de todo el mundo. Fueron ellos, los jóvenes y adolescentes de la última posguerra mundial, quienes tomaron la iniciativa en las modas, las costumbres, el arte, la cultura (y la contracultura), expresiones que giraban alrededor de nuevas manifestaciones artísticas cuya principal característica era la ruptura. Fue en esos años cuando apareció una nueva manifestación artística, la psicodelia, relacionada fundamentalmente con la música pero con derivaciones en las artes plásticas, el diseño gráfico y el cine, cuyas estéticas estaban influenciadas por los efectos del consumo de drogas alucinógenas.
La psicodelia relacionaba lo espiritual con una nueva forma de creación artística que supuestamente nacía en un estadio del inconsciente, al que se llegaba a través de sustancias como el LSD. Se sabe que los artistas consumían drogas pero no está muy claro que sus seguidores tuvieran las mismas experiencias. Bob Stanley, en su monumental ensayo “Yeah!. La historia del pop moderno” dice que los grupos cantaban canciones sobre un mundo que la mayoría de los oyentes no había experimentado nunca: “el público captaba la onda pero sin ‘expandir la mente’ ni ‘liberarse’ del todo”, escribe.
La psicodelia se inició en la música pop desde el principio de la década (el crítico Diego A. Manrique localizó en un single de The Gamblers, de 1960, un tema instrumental de título “LSD”), aunque el momento cumbre de este movimiento llegó en 1967, cuando The Beatles, el grupo más influyente de la música pop de aquella década, lanzó el álbum “Sgt. Peppers”, que adoptaba aquella estética psicodélica en su música, en las letras de sus canciones y en las imágenes que ilustraban el álbum, cuya autoría era de los artistas del Pop-art Peter Blake y Jann Haworth, refrendando en Europa un camino iniciado en la costa oeste de los Estados Unidos por el movimiento hippie, heredero directo del espíritu bohemio de los beats de Jack Kerouac, y por grupos como la Steve Miller Band, Love, Grateful Dead, Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, cuya estela siguieron después otros como Traffic, Pink Floyd y Jimi Hendrix. El 67 fue también el año del verano del amor, cuando el movimiento hippie alcanzó su climax.
UN ARTE PSICODÉLICO
De todo aquel movimiento ha quedado la música pero también toda una estética que artistas como Michael Ferguson (teclista del grupo Charlatans, a quien se atribuye la autoría del primer poster de rock psicodélico), Víctor Moscoso, Wes Wilson, Anton Kelley, Stanley Mouse, Rick Griffin, Gary Grimshaw…. dejaron para la posteridad en fotografías, posters, revistas, portadas de vinilos y anuncios publicitarios de acontecimientos como el Human-Be-In y de conciertos y festivales como los de Monterrey y Altamont o los multitudinarios de Woodstock y la isla de Wight.
El arte sicodélico de aquellos años puede verse ahora en una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en la que, además, hay una fuerte representación de lo que se hacía entonces en países como Alemania y Checoslovaquia. Se pueden ver aquí más de 850 piezas, entre ellas unas 300 portadas de discos de Bob Dylan, los Beatles, Crosby, Stills, Nash and Young, Pink Floyd, los Stones, Mothers of Invention… ejemplares de revistas internacionales (“Oracle”, “Berkeley Barb”, “Oz”, “Sounds”, “New Musical Express”, “Melody Maker”), folletos, objetos de época y libros sobre música, literatura psicodélica, cultura hippie y drogas. La mayor parte de las piezas aquí expuestas pertenecen a la colección privada del historiador checo-germano Zdenek Primus, que ha venido reuniéndolas con pasión desde los años de la Primavera de Praga, cuando la brecha abierta con la apertura de la experiencia de Dubceck permitió una excepcional proliferación de esta manifestación artística alternativa en su país. Una exposición muy completa en la que únicamente se echa de menos una mayor presencia española (apenas la de los Bravos), aunque para conocer la implicación de los grupos musicales y de los artistas españoles en el mundo de la sicodelia, se nos hace obligado recomendar una muestra paralela a ésta, a poca distancia del Círculo de Bellas Artes (en el centro Cultural Fernán Gómez). Se titula “El pintor de canciones. Artes visuales, escritura y música popular en el Estado español (1950-1978). Un excelente complemento a esta otra sobre el arte sicodélico.

TITULO. Psicodelia en la cultura visual de la era beat (1962-1972)
LUGAR. Círculo de Bellas Artes. Madrid
FECHAS. Hasta el 20 de enero de 2019

Anuncios

EL SARGENTO CUMPLIÓ 50 AÑOS

Medio siglo de la publicación de “Sgt. Pepper’s” de The Beatles

En 1966 los Beatles decidieron suspender para siempre las giras y los conciertos en directo. El último fue en el Clandlestick Park de San Francisco el 29 de agosto de ese año. Sólo se les vería tocando juntos en dos ocasiones más: el 25 de junio de 1967, interpretando “All You Need Is Love” en Our World, la primera emisión mundial de televisión vía satélite, y en una actuación por sorpresa en Londres en la azotea de los estudios de grabación de Apple el 30 de enero de 1969.
Los Beatles abandonaron las giras para concentrarse en las grabaciones discográficas con el fin de poner en práctica las nuevas ideas ya esbozadas en su álbum “Revólver” y servirse de los progresos tecnológicos de los estudios de grabación. Fruto de esa dedicación, el 1 de junio de 1967, hace ahora 50 años, se publicó “Sargeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, el mejor álbum de la historia de la música pop del siglo XX.
EL CONTEXTO HISTÓRICO DE UNA OBRA DE ARTE
1967 fue un año lleno de acontecimientos importantes. Mientras se celebraban en todo el mundo manifestaciones contra la guerra de Vietnam, en Oriente Medio se había desatado otra guerra en la que el ejército israelí derrotaba en seis días a una coalición formada por Egipto, Siria y Jordania y ocupaba territorios de estos países, origen de un conflicto que aún hoy mantiene al mundo en vilo. En Grecia un grupo de coroneles daba un golpe de estado para imponer una dictadura militar que se prolongó hasta 1974, mientras la Revolución Cultural China sumía a ese país en una tragedia de dimensiones gigantescas. Fue el año en que la hija de Stalin pidió asilo político en los Estados Unidos y el doctor Christian Barnard realizaba el primer trasplante de corazón. Y García Márquez pubicaba “Cien años de soledad”. Las nuevas generaciones manifestaban su rechazo a las viejas costumbres y a las viejas políticas salidas de la posguerra en conciertos de rock como el de Monterrey y en manifestaciones que iban a tener su culminación al año siguiente en el revolucionario mayo del 68. En este contexto, la música británica fluctuaba entre el pop comercial de Sandie Shaw, que acababa de ganar el festival de Eurovisión con “Puppet on a string” y el rock sinfónico de Pink Floyd, que en el 67 publicaban su primer disco, “The piper at the gates of down”, con la aparición en ese panorama, de Jimi Hendrix y los Bee Gees.
El 24 de noviembre de 1966 los Beatles habían iniciado en los estudios Abbey Road de Londres la grabación del disco que iba a marcar una nueva etapa en su carrera. Por primera vez se planteaban una obra conceptual en la que todos los temas estuvieran relacionados entre sí, unidos por un nexo común en una música sin interrupciones donde la última nota de cada uno de ellos diera paso a la primera del siguiente. Un formato operístico que ya habían experimentado por primera vez los Beach Boys con su álbum “Pet Sounds”.
Los temas “Penny Lane” y “Strawberry Fields Forever”, que iban a formar parte de ese disco pero que finalmente se editaron como caras A y B de un single (su productor George Martin confesó que ese fue el mayor error de su vida), señalaban el camino de lo que meses después sería la obra más asombrosa conocida hasta entonces en el mundo de la música pop. A pesar de que “Penny Lane” fue el primer sencillo que no llegó al número uno de las listas de ventas de su carrera, los Beatles tuvieron la audacia de no dar marcha atrás y de iniciar la nueva etapa con una música compleja y sofisticada y con un disco que no se limitaba a reunir un puñado de canciones sino que tenía una dimensión que trascendía la música y abarcaba diversos elementos, desde las letras de las canciones y el simbolismo de las imágenes hasta una nueva concepción de producto cultural que mezclaba la cultura de masas con elementos que hasta entonces eran patrimonio de la élite, como la música sinfónica que acompaña el tema “A Day in the Life” y la poesía surrealista de “Lucy In The Sky With Diamonds”.
Mención aparte merece la carátula, un collage del artista pop-art Peter Blake y de su esposa Jann Haworth en el que figuran estrellas de cine, filósofos, escritores, poetas, deportistas… en una mezcla caótica de representantes de todas las culturas: Mae West, Stockhausen, Edgar Alan Poe, Fred Astaire, Bob Dylan, Aldous Huxley, Toni Curtis, Marilyn Monroe, Stan Laurel, Karl Marx, Marlon Brando, Oscar Wilde, Tyronne Power, Johnny Weissmuller, Lawrence de Arabia, Shirley Temple, Einstein, Marlene Dietrich, Diana Dors…
El contenido de “Sgt. Pepper’s” es una sucesión de grandes canciones de ritmos y géneros diferentes, de lo sinfónico al music-hall, cuyas letras componen un imaginario en perfecta simbiosis con el mundo y la cultura de los años sesenta. Desde el mismo título del álbum, que alude a la aparición de las emergentes agencias de relaciones encargadas de poner en contacto a “corazones solitarios”, un síntoma del avance de la incomunicación en las sociedades modernas, las letras están llenas de dobles y hasta triples sentidos que han provocado infinidad de interpretaciones. Se enaltece la solidaridad (“With A Little Help From My Friends”) y el espíritu de superación (“Getting Better”) y se alude a problemas sociales del mundo contemporáneo. “She’s Leaving Home” trata de exponer la situación desgarradora que provocaba en las familias el abandono de sus hijos adolescentes buscando horizontes de libertad. “Within You Without You” miraba hacia Oriente a través de la cultura india con los instrumentos de Ravi Shankar y el concepto de meditación trascendental en el mundo del movimiento hippie mientras “When I’m Sixty Four” asumía los efectos del paso del tiempo y “Good Morning, Good Morning” lanzaba una mirada ácida sobre las banalidades de la vida moderna. En “Fixing A Hole” se abordaba el problema de las drogas y “A Day In The Life” era, entre otras cosas, una advertencia ante la escalada de accidentes de automóvil cuya letra está inspirada en una noticia publicada en el “Daily Mail” del 7 de enero sobre la muerte del heredero de los Guinness en uno de ellos.
Las letras de “Sgt. Peppers” trasladan el mensaje de la música pop a nuevos territorios literarios y filosóficos pero es su música la que ha conquistado a millones de seguidores. La mejor forma de celebrar este primer cincuentenario es escuchando una vez más esta maravilla.
“SGT. PEPPERS” Y LA FILOSOFÍA
Si el paradigma de la cultura de masas se manifiesta en los medios de comunicación en forma de mosaico, su ilustración más perfecta es la portada del disco Sgt. Pepper’s, hilo conductor de “Esto no es música” (Galaxia Gutenberg), un brillante ensayo del profesor de Fiosofía José Luis Pardo. En este collage se alinean junto a los fab four una serie de iconos que protagonizaron una buena parte de la cultura de los siglos XIX y XX. La mezcla heteróclita de los personajes aquí presentes, que hace coincidir a Karl Marx con Marilyn Monroe, al músico y compositor Stockhausen con el boxeador Sonny Liston, a Oscar Wilde con el “Tarzán” Johnny Weismuller, a Marlon Brando con Albert Eistein “(…) presupone la explosión de la estructura jerárquica que sustentaba las distinciones entre lo inferior y lo superior y garantizaba las supeditaciones pertinentes (…) sugería que la división cultural era el trasunto simbólico de una división social radicalmente arbitraria e injusta” (Págs. 395 y 403). Porque la tesis de José Luis Pardo mantiene que entre la alta cultura y la cultura popular sólo se interpone la legitimación clasista: (…) los productos de la cultura popular, por mucho que se los intente ‘elevar’, siempre resultarán “menores” comparados con los productos de la cultura superior cuando se les aplican unos baremos y criterios forjados exclusivamente en, por y para esta última (Pág. 84-85).
José Luis Pardo engarza de manera magistral los personajes de la portada de Sgt. Pepper’s con algunos episodios de la intrahistoria, como la de Luigi Lucheni, el asesino de la emperatriz Sissi (personaje que sirve a Pardo para explicar el nihilismo de Nietzsche) y con el desarrollo de las ideas en la historia de la Filosofía, para lo que echa mano de las letras de canciones de The Beatles y de temas como “American Pie” de Don McLean o “Jumping Jack Flash” de los Stones, a través de los que, además, explica algunos de los fenómenos sociales más relevantes del último siglo. Así, los motivos de la adolescente que se escapa de casa, en la letra de la canción “She is leaving home” anuncian los de los manifestantes del mayo de 68 “(…) la mayoría mostraba ante los sucesos de mayo una estupefacción semejante a la de los padres de la muchacha del álbum de los Beatles, que teniendo todo lo que el dinero podía comprar, sin embargo huye de casa en busca de diversión, llamada por algo que le ha sido largamente negado” (Pág. 393). La urdimbre audaz pero genial de casualidades y causalidades de los personajes de la famosa portada, que el autor relaciona con otros escritores, artistas, filósofos, con sus obras, y con episodios de la historia y la intrahistoria, nos hace partícipes de un maravilloso viaje mágico y misterioso (como el título del siguiente álbum de The Beatles) a la historia y a la filosofía, a través del que vamos intuyendo el destino de la humanidad.

BANDA SONORA DE UNA GENERACIÓN (II). LA CANCIÓN PROTESTA

El 7 de agosto de 1939 dos hombres negros, Thomas Shipp y Abram Smith, fueron linchados en Marion, Indiana. El hecho pasaría desapercibido (en esos años estos linchamientos eran muy frecuentes en ciertos estados americanos), si un poeta comunista de origen judío, Abel Meeropol, no escribiese un poema sobre este asesinato después de ver una dramática fotografía de los dos hombres colgados de un árbol. El poema lo tituló “Bitter Fruit” (Fruto amargo). Una cantante de jazz de incipiente éxito entonces, Billie Holiday, le cambió el título por el de “Strange Fruit” (Extraña fruta) y convirtió el poema en la primera canción protesta del mundo del espectáculo. Cuando Holiday interpretaba el tema en los clubs de jazz, todas las luces se apagaban, los camareros dejaban de servir bebidas y el ambiente se iluminaba con un cañón de luz blanca que caía verticalmente sobre la cantante. El efecto sobre la audiencia sobrecogía:

“De los árboles del sur cuelga una fruta extraña. / Sangre en las hojas, y sangre en la raíz. / Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. / Extraña fruta cuelga de los álamos….”

En los Estados Unidos había canción protesta desde que muchos años antes los esclavos negros cantaban espirituales y cuando en los mítines políticos y en las reuniones de los sindicatos los militantes entonaban canciones críticas y reivindicativas. Pero antes de “Strange Fruit” nunca se había interpretado una canción protesta para un público heterogéneo. En un reciente libro, “33 revoluciones por minuto. Historia de la canción protesta” (Malpaso) el crítico e historiador Dorian Lynskey analiza en profundidad el fenómeno de la canción protesta desde estos primeros años hasta hoy. La obra, que se centra en la cultura anglosajona, con incursiones en el Chile de Salvador Allende (Víctor Jara), la Jamaica del reggae (Bob Marley y Max Romeo) o la canción africana de Fela Kuti,  no es sólo la historia de este género sino un documentado ensayo sobre los acontecimientos históricos y sociológicos que provocaron el nacimiento de las corrientes musicales de protesta en cada época.

PIONEROS

Si hay un arquetipo de cantante protesta universal es el del norteamericano Woody Guthrie. Polizón de todos los trenes, vagabundo de todas las rutas, idealista y demócrata, una de sus canciones, “This Land Is Your Land”, se convirtió en uno de los himnos de la contestación. En su guitarra Guthrie tenía escrito un lema: “Esta máquina mata fascistas”. El comunismo norteamericano ya lo había ganado para su causa antes de que su encuentro con Pete Seeger se convirtiera en el mayor acontecimiento de la historia de la canción popular. Seeger tenía un repertorio de canciones folk con letras sindicalistas y pacifistas con las que Guthrie se identificó de inmediato. La canción con más gancho que ambos interpretaban en los conciertos que daban juntos era “We Shall Overcome”, adaptación de una vieja tonada europea del siglo XVIII que se convirtió en otro himno de la lucha por los derechos civiles en las manifestaciones y en los festivales folk. En uno de ellos, en Monterrey 1959, Seeger introdujo a una joven que cantó descalza bajo una lluvia torrencial “We Are Crossing Jordan River”. Era Joan Baez. Los éxitos de Guthrie, Seeger y Joan Baez eran incontestables en los sectores izquierdistas del país, entre quienes también triunfaban Phil Ochs y Peter, Paul & Mary, pero faltaba alguien que trascendiera los viejos lemas partidistas y los gastados clichés musicales y diera a aquellas canciones una nueva dimensión. En el Festival de Newport de 1963 cantó un joven de 22 años que estaba destinado a ser esa pieza que faltaba. Bob Dylan se convirtió muy pronto en el nuevo mito de la canción protesta.

Pero Dylan era algo más que un cantante folk, y en poco tiempo se desprendió de aquel cliché que lo estaba ahogando. En otro festival de Newport, el de 1965, tomó una decisión revolucionaria: tocar con instrumentos eléctricos. Esta iniciativa conmocionó al mundo de la música folk y no faltaron los insultos y las protestas (el mismo Seeger diría años después que aquel día lamentó no tener a mano un hacha para cortar los cables que alimentaban los instrumentos de la banda de Dylan). Su evolución musical y poética fue imparable. Una compañera con la que vivía en Nueva York, Suze Rotolo, había despertado su conciencia política y le había dado a conocer la obra de Rimbaud, Brecht y Robert Graves (Dylan se fotografió con ella para la portada de “The Freewheelin”). Las canciones de Bob Dylan se expandieron por el mundo a toda velocidad: “Blowin in the Wind”, “A Hard Rain’s  a Gonna Fall”, “Masters of War”, “The Times They Are a Changing”, “Like a Rolling Stone”… eran, cada una de ellas, un acontecimiento mundial. La imagen de Bob Dylan quedó ya para siempre identificada con la protesta civil a través de la música, a pesar de que en su evolución, sin abandonar totalmente la contestación, conoció etapas en las que sus canciones sólo hablaban de amor o de temas que no tenían nada que ver con ningún tipo de reivindicación, mientras su música se acercaba cada vez más al rock.

CONTRA VIETNAM

Dylan incluso se distanció de las protestas contra la guerra de Vietnam, un conflicto que en la segunda mitad de los años sesenta aglutinó a todas las corrientes. Una canción de Country Joe McDonald, “I Feel Like I’m Fixing to Die Rag”, fue el primer tema contra una guerra que puso en pie a todos los intérpretes, desde Phil Ochs, Seeger y Joan Baez a grupos de pop y rock como Simon & Garfunkel, los Byrds (“Draft Morning”), los Doors (“Unknown soldier”)… incluso los Monkees grabaron  algún tema contra aquella guerra.

Los cantantes y los grupos británicos, mientras tanto, también introducían la protesta antibélica en las letras de algunas de sus canciones. Jimi Hendrix (“Machine Gun”), Animals (“Sky Pilot”), los Who (“My Generation”), los Kinks, incluso los Beatles (“Revolution”) y los Stones (“Street Fighting Man”) hacían notar esta presencia en sus nuevos álbumes. John Lennon protagonizó con Yoko Ono algunas de las  campañas anti-Vietnam más mediáticas, convirtiendo “Give Peace a Chance” en otro himno por la paz.

La comunidad negra se había sumado a la protesta cuando el gobierno norteamericano amplió la leva para la guerra: cuatro de cada diez soldados eran negros. Fue cuando Martha Reeves compuso el dramático “I Should Be Proud”, sobre una mujer que recibe un telegrama diciendo que su marido ha muerto en Vietnam. Los Temptations incluyeron “War” en su nuevo disco. Marvin Gaye convirtió “What’s Going On” en un tema que coreaban todos los jóvenes americanos. La tragedia de los veteranos negros que volvían de Vietnam fue cantada por Curtys Mayfield en “Back to The World”. Stevie Wonder añadiría al repertorio antibélico “Heaven Help Us All” y el álbum “Where I’m Coming From”.

NEGRO, BLACK, NIGGER

En los Estados Unidos, si había una comunidad que estaba sufriendo los embates de la injusticia y la violencia eran los negros, privados de muchos de los derechos civiles de los que gozaba la población blanca. En 1963, cuando el Ku Klux Klan puso una bomba en una iglesia baptista en la que murieron cuatro niños negros, la indignación movilizó a los cantantes de color contra esta situación. Nina Simone compuso entonces “Misisipi Goddam” que, junto con “A Change is Gonna Come”, de Sam Cooke, fueron las canciones que se entonaban en todas las movilizaciones contra las injusticias del sistema. A esta reacción se sumaron Louis Armstrong, Sammy Davis Jr., Duke Ellington, Curtys Mayfield y otros músicos negros.

La Tamla Motown tardó en unirse a la protesta, hasta después de los disturbios de Detroit de 1967, aunque un año antes ya había publicado una versión de “Blowin in The Wind” del niño prodigio Steve Wonder, que más tarde grabaría “Big Brother” contra las mentiras de los políticos, el álbum “Innervisions”, en el que presentaba los efectos de la drogadicción y los engaños del sistema, y “You Haven’t Done Nothin”, en el que condenaba toda la presidencia de Richard Nixon.

El cantante negro James Brown, que mantenía una posición más moderada, servía de muro de contención entre este movimiento y las reivindicaciones del Black Power de Stokeley Carmichael y James Meredith y de los más radicales Panteras Negras. Dejando para otros la tarea de denunciar, Brown ponía el acento en lo positivo y confiaba en conseguir la igualdad de oportunidades para blancos y negros con medidas políticas, y por eso apoyó la campaña de Ted Kennedy a la presidencia. Su tema “Say it Loud, I’m Black, I’m Proud” tuvo también un amplio seguimiento entre quienes compartían su ideario, aunque fue muy criticado cuando en 1972 decidió apoyar a Nixon.

EL MEDIO ES EL MENSAJE

A finales de los setenta se había apagado la imagen del cantautor que con una guitarra y unas letras subversivas ganaba multitudes para su causa. A partir de ahora la protesta no estaría tanto en las canciones (que también) como en las actitudes y en las imágenes. El primer movimiento que utilizó los nuevos procedimientos fue el punk-rock. Lo inició Joe Strummer, de los Clash, al que pronto se unieron Siouxie and the Banshees y los Sex Pistols. En una mezcla confusa y contradictoria, los punk mezclaban la estética de la violencia de “La naranja mecánica” y la esvástica nazi con los principios políticos de la Alemania de Weimar, las reivindicaciones gay, el sadomasoquismo y las actividades terroristas de la Baader Meinhoff y las Brigadas Rojas. Su ‘ismo’ predilecto era el situacionismo de Guy Debord, y sus referentes llevaban al mayo francés del 68. Con “Anarchy in the UK” y “God Save the Queen” los Pistols resumen sus principios antisistema, que podían aplicarse a todo el movimiento. En Estados Unidos los Ramones y los Dead Kennedys fueron sus mejores representantes. Sin embargo, el punk pecaba de ambigüedad: lo mejor del fenómeno era que podía ser cualquier cosa que quisieras, lo más engañoso era eso mismo.

Una protesta más efectiva que el punk llegó de la mano de la música disco, que para mucha gente representaba la cultura negra, gay y urbana. Para sus seguidores la protesta era una reivindicación festiva en la que la raza y la sexualidad dejaban de ser barreras. “I Was Born This Way” de Bunny Jones y “I Will Survive” de Gloria Gaynor denunciaban en un clima festivo los problemas personales relacionados con la homosexualidad. Se apagó con la aparición del Sida.

El testigo lo recogió el hip-hop. El movimiento nació con un grupo del Bronx llamado Grandmaster & Furious Five, quienes con su tema “The Message” conquistaron a la comunidad negra de todo el país. En sus letras abundaban los apartamentos miserables infestados de cucarachas, las escuelas decrépitas, los yonquis, las putas y los asesinos, la inflación, el desempleo y las huelgas. Sugarhill Gang vendería ocho millones de copias de “Rapper’s Delight”, y no sólo eso: la canción entró en el Índice de grabaciones de la Biblioteca Nacional del Congreso de los Estados Unidos. La más provocadora de las bandas hip-hop fue Public Enemy. Su nombre estaba inspirado en la calificación que hacían de James Brown en una de sus canciones, y sus temas estaban cargados de consignas antisemitas y de racismo afrofascista. Con todo eso “Fear of a Black Planet” vendió un millón de copias.

Los años noventa y el nuevo milenio siguieron aportando testimonios musicales de protesta con grupos como los norteamericanos REM, considerados los activistas más celebrados del rock norteamericano,  y los británicos Maniac Street Preachers, de un radicalismo extremadamente violento mezclado con un intelectualismo que bebía en las fuentes de Yukio Mishima, Vincent van Gogh, Kirkegaard y Michel Foucault. Aparecieron nuevos movimientos como el gangsta-rap de la N.W.A, lleno de violencia, misoginia y homofobia, y el de Ice-T, que la crítica coetánea calificaba de demagogia esclavista y nazi. El movimiento Riot Grrrl, con grupos como Huggy Bear y Bikini Kill, llevó los principios del feminismo a extremos de una radicalización exorbitante. Frente a estos, el brit-pop de Blur, Oasis y Suede proponía una música básicamente blanca, heterosexual y orgullosamente descomprometida.

Otra corriente se sumó a las críticas a la censura que el Gobierno americano impuso después de los atentados contra las Torres Gemelas el 11-S. Radiohead asumió en sus letras las teorías de Noam Chomsky y del historiador marxista Eric Hobsbawm, mientras el movimiento Stop the War, nacido de las movilizaciones contra la guerra de Irak, ampliaba su influencia al mundo de la música. Neil Young grabó en 2006 “Living With War”, contra las políticas de George Bush, a las que también criticaron la estrella del hip-hop Eminem, los Beastie Boys, Pearl Jam, Bruce Springsteen, las Dixie Chicks y hasta John Fogerty, el antiguo líder de Credence Cearwater Revival.

Actualmente, el compromiso está cada vez más alejado del mundo de la canción. La pérdida de confianza en las ideologías, el desencanto y la comunicación a través de las redes sociales, que han sustituido a las grandes concentraciones, han terminado con un movimiento que jugó un gran papel en la historia de la cultura popular y que dejó tras de sí una obra musical con algunos de los valores más dignos de ser estudiados. Y revisados.