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PSICODELIA. EL ÚLTIMO VIAJE

 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid muestra una exposición que rescata el arte del movimiento hippie
Fueron los años más vibrantes de la década de los sesenta, ya de por sí vertiginosa, cuando la música pop, desde que el rock and roll se erigiera como expresión simbólica de un nuevo cambio generacional, había ocupado la banda sonora de las vidas de millones de jóvenes de todo el mundo. Fueron ellos, los jóvenes y adolescentes de la última posguerra mundial, quienes tomaron la iniciativa en las modas, las costumbres, el arte, la cultura (y la contracultura), expresiones que giraban alrededor de nuevas manifestaciones artísticas cuya principal característica era la ruptura. Fue en esos años cuando apareció una nueva manifestación artística, la psicodelia, relacionada fundamentalmente con la música pero con derivaciones en las artes plásticas, el diseño gráfico y el cine, cuyas estéticas estaban influenciadas por los efectos del consumo de drogas alucinógenas.
La psicodelia relacionaba lo espiritual con una nueva forma de creación artística que supuestamente nacía en un estadio del inconsciente, al que se llegaba a través de sustancias como el LSD. Se sabe que los artistas consumían drogas pero no está muy claro que sus seguidores tuvieran las mismas experiencias. Bob Stanley, en su monumental ensayo “Yeah!. La historia del pop moderno” dice que los grupos cantaban canciones sobre un mundo que la mayoría de los oyentes no había experimentado nunca: “el público captaba la onda pero sin ‘expandir la mente’ ni ‘liberarse’ del todo”, escribe.
La psicodelia se inició en la música pop desde el principio de la década (el crítico Diego A. Manrique localizó en un single de The Gamblers, de 1960, un tema instrumental de título “LSD”), aunque el momento cumbre de este movimiento llegó en 1967, cuando The Beatles, el grupo más influyente de la música pop de aquella década, lanzó el álbum “Sgt. Peppers”, que adoptaba aquella estética psicodélica en su música, en las letras de sus canciones y en las imágenes que ilustraban el álbum, cuya autoría era de los artistas del Pop-art Peter Blake y Jann Haworth, refrendando en Europa un camino iniciado en la costa oeste de los Estados Unidos por el movimiento hippie, heredero directo del espíritu bohemio de los beats de Jack Kerouac, y por grupos como la Steve Miller Band, Love, Grateful Dead, Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, cuya estela siguieron después otros como Traffic, Pink Floyd y Jimi Hendrix. El 67 fue también el año del verano del amor, cuando el movimiento hippie alcanzó su climax.
UN ARTE PSICODÉLICO
De todo aquel movimiento ha quedado la música pero también toda una estética que artistas como Michael Ferguson (teclista del grupo Charlatans, a quien se atribuye la autoría del primer poster de rock psicodélico), Víctor Moscoso, Wes Wilson, Anton Kelley, Stanley Mouse, Rick Griffin, Gary Grimshaw…. dejaron para la posteridad en fotografías, posters, revistas, portadas de vinilos y anuncios publicitarios de acontecimientos como el Human-Be-In y de conciertos y festivales como los de Monterrey y Altamont o los multitudinarios de Woodstock y la isla de Wight.
El arte sicodélico de aquellos años puede verse ahora en una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en la que, además, hay una fuerte representación de lo que se hacía entonces en países como Alemania y Checoslovaquia. Se pueden ver aquí más de 850 piezas, entre ellas unas 300 portadas de discos de Bob Dylan, los Beatles, Crosby, Stills, Nash and Young, Pink Floyd, los Stones, Mothers of Invention… ejemplares de revistas internacionales (“Oracle”, “Berkeley Barb”, “Oz”, “Sounds”, “New Musical Express”, “Melody Maker”), folletos, objetos de época y libros sobre música, literatura psicodélica, cultura hippie y drogas. La mayor parte de las piezas aquí expuestas pertenecen a la colección privada del historiador checo-germano Zdenek Primus, que ha venido reuniéndolas con pasión desde los años de la Primavera de Praga, cuando la brecha abierta con la apertura de la experiencia de Dubceck permitió una excepcional proliferación de esta manifestación artística alternativa en su país. Una exposición muy completa en la que únicamente se echa de menos una mayor presencia española (apenas la de los Bravos), aunque para conocer la implicación de los grupos musicales y de los artistas españoles en el mundo de la sicodelia, se nos hace obligado recomendar una muestra paralela a ésta, a poca distancia del Círculo de Bellas Artes (en el centro Cultural Fernán Gómez). Se titula “El pintor de canciones. Artes visuales, escritura y música popular en el Estado español (1950-1978). Un excelente complemento a esta otra sobre el arte sicodélico.

TITULO. Psicodelia en la cultura visual de la era beat (1962-1972)
LUGAR. Círculo de Bellas Artes. Madrid
FECHAS. Hasta el 20 de enero de 2019

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ROCK AND ROLL: LA HISTORIA INTERMINABLE

Si hay un tema cultural del que se hayan escrito más libros durante los últimos 50 años ese es el de la historia de la música pop-rock. Y más que seguirán publicándose, porque se trata de un filón inagotable que además va añadiendo cada año nuevos estilos y nuevos protagonistas a un mercado que resiste el paso del tiempo a pesar de las muchas competencias que lo asedian.
El rock and roll irrumpió en un contexto social en el que, superadas las mayores dificultades económicas de la postguerra, se vivían unos años de prosperidad económica en los que la radio, el cine y las juke-boxes facilitaban la difusión de las canciones de los nuevos ídolos de la música. Un estilo que, además de romper estéticas anteriores, era la forma en la que las nuevas generaciones manifestaban su inconformismo, exigían libertades y reivindicaban cambios sociales. Como música no era una gran novedad. Se trataba de una mezcla de géneros y estilos que tenían vida autónoma (el rithm and blues, el country, el boogie-woogie) una de cuyas novedades más interesantes fue la de ser en algún caso músicas de origen negro interpretadas ahora por cantantes blancos.
UN RECORRIDO COMPLETO
Uno de los libros más interesantes sobre el tema es el que acaba de publicar la editorial Lunwerg con el título “It’s only rock and roll. Una historia del rock ilustrada” de Susana Monteagudo, con unos dibujos muy originales de Marta Colomer. Se trata de un recorrido por la historia de esta música (habría que decir de estas músicas, pues no habla sólo de rock) desde sus orígenes en los años 50, cuando vinieron a sustituir a las baladas de crooners como Frank Sinatra y Nat King Cole, a los blues de Billie Holiday y a las big bands de jazz que acompañaban los éxitos de Louis Armstrong, hasta las actuales manifestaciones de los estilos que tienen como base el rock. Se trata de un manual muy útil y muy conciso para conocer el desarrollo de esta música desde su nacimiento hasta las últimas expresiones del siglo XXI, con detalles puntuales de canciones e intérpretes.
El libro comienza en los años de los pioneros (Fats Domino, Chuck Berry, Bill Haley, Elvis Presley) y de las canciones que revolucionaron el panorama musical en los años 50. Es de agradecer que se reivindique a mujeres que también tuvieron un papel importante en el rock and roll: Big Mama Thornton, Janis Martin o Wanda Jackson, ignoradas en casi todas las historias sobre el tema. En paralelo, las canciones de música soul interpretada por negros (Ray Charles, Sam Cooke) recogían en sus letras la protesta por la discriminación racial y exigían igualdad de derechos. El ocaso del rock and roll coincidió con la llegada de una nueva oleada de novedades, esta vez procedentes de Europa, cuyos intérpretes se habían inspirado en el género. Beatles, Rolling Stones, Animals, Kinks… ocuparon las listas de ventas, los programas de televisión y los escenarios que antes habían monopolizado las estrellas del rock and roll, con un éxito nunca alcanzado por nadie hasta entonces. En esos mismos años la costa oeste americana vivía su época dorada musical con la efervescencia del movimiento hippie cuya banda sonora protagonizaban grupos como Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, que exportaron a Europa su estética y su música a través de figuras como Jimi Hendrix y Janis Joplin. El folk, que nació como expresión de compromiso político, tenía sus mejores representantes en Bob Dylan, Joan Baez y Joni Mitchel. Sucedió en los años sesenta, una década que conoció un panorama musical irrepetible.
En los setenta el rock iba a ser la base de nuevos movimientos iniciados por grupos que habían nacido en la década anterior pero que alcanzaron entonces una presencia importante e influyeron en estilos posteriores. Who y Small Faces dieron paso al Heavy Metal de Led Zeppelin, Deep Purple y Black Sabbath mientras otras corrientes proponían un regreso a las raíces: Credence Clearwater Revival, The Band o Crosby, Stills, Nash & Young. Una novedad de estos años fue la aparición del rock progresivo o rock sinfónico, que pretendía integrar la música clásica en el rock, con formaciones como Procol Harum, Moody Blues, Yes o Pink Floyd. Simultáneamente las reivindicaciones sexuales eran la base de estilos como el glam rock de Marc Bolan y David Bowie.
En las décadas finales del siglo XX el rock va a estar presente en muchas manifestaciones de la música popular, la más destacada de las cuales fue el punk-rock, una expresión estética de violencia y excesos desde la música, una actitud desafiante ante el sistema, que dio lugar a la aparición de bandas como los Sex Pistols, Ramones y The Clash.
A partir del punk, el libro de Susana Monteagud y Marta Colomer va recogiendo minuciosamente todos los estilos, los grupos y los discos derivados de éste (el post-punk) y también las nuevas manifestaciones musicales que van enriqueciendo un panorama que cada año suma nuevos nombres, nuevos estilos, nuevas estéticas: Rock gótico, New Wave (Blondie, Pretenders), Synth Pop (Depeche Mode), Noise (Sonic Youth), Hip-Hop (Rage Against the Machine), Grunge (Nirvana, Pearl Jam), Brit Pop (Oasis), Post Rock…
SOCIOLOGÍA DEL ROCK AND ROLL
Una mirada más sociológica que musical es la que lleva a cabo Adrián Vogel en su “Rock’n’Roll. El ritmo que cambió el mundo” (Foca), con prólogo de Miguel Ríos, presentado por la editorial como la primera historia del rock and roll escrita por un autor español (aunque ya Diego A. Manrique en los setenta publicara una historia en varios cuadernos editados por Vibraciones). Vogel se ciñe aquí sólo a los primeros años, los cincuenta y los sesenta, los más importantes en la historia del rock and roll. El autor bucea en los orígenes de este estilo musical y en su relación con el blues, el jazz y el country, pero también con géneros aparentemente tan alejados como el mambo, el tango y las habaneras. Analiza los orígenes del nombre del nuevo ritmo, que comenzó a utilizarse como eufemismo para referirse a la música negra que gustaba a los blancos y antes, en el blues, aludía a las relaciones sexuales. La aparición de los radiotransistores y las máquinas de reproducción de discos en los bares fueron muy importantes para la consolidación de esta música entre los jóvenes, que empezaban a tener capacidad adquisitiva después de la crisis tras la guerra y que frecuentaban las tiendas de discos, entonces centros neurálgicos y de reunión entre fans y músicos. Además de revolucionar los gustos musicales, el rock and roll vino a romper las barreras raciales que dividían a los jóvenes americanos.
En una relación y ordenamiento temático un tanto caóticos, son numerosas las anécdotas que se cuentan y los datos que se barajan en el libro: el primer disco de rock and roll (“Freight Train Boogie, de Delmore Brothers en 1946), la primera película con una canción de rock and roll en su banda sonora (“Semilla de maldad”), el primer rock and roll que entró en las listas de ventas (“Crazy Man, Crazy”, de Bill Haley, quien también fue el primero que alcanzó un número 1 con “Rock Around the Clock”), el primer rock and roll que llegó al número 1 cantado por un negro (“Maybellene” de Chuck Berry)… Las biografías que se repasan tienen todas ellas un punto de originalidad y revelan aspectos inéditos o poco conocidos de la vida de las estrellas más destacadas (Fats Domino, Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard, Bill Haley, Jerry Lee Lewis) y de otras menos conocidas (Larry Williams, James Burton, Bo Diddley) incluyendo también a las mujeres que contribuyeron al auge del rock and roll: Sister Rosetta Thorpe, Mamie Smith, Maybelle Carter, Janis Martin, Wanda Jackson…
Adrian Vogel, que trabajó como ejecutivo de una discográfica y conoció a importantes productores y artistas, analiza la evolución del mercado discográfico también desde la óptica del marketing y los negocios musicales, los intereses de productores y artistas, los asuntos marginales a la música e incluso las interferencias de la mafia a través de la payola, una palabra utilizada para denominar las presiones y sobornos a medios de comunicación y disc-jockeys para que se promocionasen determinados discos.

AQUEL VERANO DEL AMOR

En el verano de 1967 una canción cantada por Scott McKenzie alcanzaba los primeros puestos de las listas de ventas de todo el mundo. Se titulaba “San Francisco” y en su letra invitaba a visitar esta ciudad de la costa oeste americana en uno de cuyos barrios de alquileres baratos para bohemios, entre las calles Haight y Ashbury, se concentraba lo más granado de la contracultura hippie. La canción animaba a ir a la ciudad “con flores en el pelo” para hacer “una celebración del amor” y aquel verano hizo que jóvenes de todo el planeta iniciaran un peregrinaje que tenía como destino la ciudad de San Francisco. De Scott McKenzie nunca más se supo, pero la canción se convirtió en el himno del movimiento hippie en todo el mundo e hizo de la ciudad de San Francisco la Meca internacional de la contracultura y la sicodelia.
Meses antes, una celebración festiva con ribetes dadaístas, el Human Be-In, había reunido en el Golden Gate Park de la misma ciudad a personalidades que defendían el consumo libre de drogas, como como Jerry Rubin y Timothy Leary, y a poetas como Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, en lo que se considera uno de los actos fundacionales del movimiento hippie, amenizado por los grupos Jefferson Airplane, Grateful Dead y Quicksilver Messenger Service.
Antes que un festival musical, el Human Be-In era una concentración de protesta contra las medidas represivas que prohibían el consumo de drogas sicodélicas. Aquí nació el término hippie, derivado de hipster, nombre con el que entonces se conocía a los seguidores del jazz de los años 40 y 50, cuando los miembros de la Generación Beat a la que pertenecían Ginsberg y Ferlinghetti, promovían este género musical.
MONTERREY COMO PARADIGMA
La canción “San Francisco” había sido compuesta por John Phillips, uno de los miembros del grupo The Mamas and The Papas, que por aquellas fechas eran muy populares por dos de sus éxitos, “Monday, Monday” y “California Dreamin”, que también fueron himnos de aquel movimiento que en 1967 vivía sus días de esplendor. The Mamas and The Papas la habían cantado por primera vez en junio de ese año en el Festival de Monterrey, la primera de las multitudinarias concentraciones de aficionados a la música rock cuyo ejemplo prendió en otras celebraciones, como las de la isla de Wight en Inglaterra y Woodstock en los Estados Unidos. La música pop-rock era la religión de aquel movimiento contracultural y pacifista (no se olvide que estamos en lo más crudo de la guerra de Vietnam) que tenía como lemas el amor libre y la sicodelia y promovía el consumo de drogas, sobre todo de LSD. A su sombra nacieron una serie de formaciones musicales de una gran calidad tanto por las composiciones como por las letras de sus canciones. Eran grupos como Lovin’ Spoonful, Grateful Dead, The Byrds, Country Joe and The Fish, los Doors, Jefferson Airplane, Big Brother and the Holding Company, Buffalo Springfield, Love… y solistas como Jimi Hendrix y Janis Joplin, que han legado a la historia del rock una obra que a pesar de haber pasado más de cincuenta años mantiene una frescura insólita.
Gracias al llamamiento de la música aquel verano se concentró en San Francisco una mezcla variopinta de idealistas, pacifistas e inconformistas de todos los pelajes, que protagonizaron un acontecimiento pacífico que tenía como lema el amor. Love era la palabra que estaba en todas las pancartas, las camisetas, los manifiestos y las letras de las canciones y aquel Summer of Love quedó para la historia como uno de los grandes acontecimientos de la contracultura.
El movimiento hippie duró aún unos cuantos años, hasta el final de la década, aunque aún hoy haya gente atrapada en alguno de sus recovecos. Su música, fagocitada por la industria y el comercio, fue procesada en formatos más asequibles para el consumo. Muchos de sus miembros fueron víctimas de las drogas y quienes lograron sobrevivir se movieron entre la nostalgia y la desesperación. Contaminado de los vicios y las virtudes de toda utopía irrealizable, el Amor fue protagonista de aquel verano de 1967. Irrepetible, imaginativo, desbordante, creativo y también letal, lo mejor de aquel Verano del Amor, además del espíritu pacifista, fue su banda sonora, una de las más excepcionales de la música popular contemporánea. Les invito a revisitarla.