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20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.

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EN EL AÑO DEL CENTENARIO DE CAMILO JOSÉ CELA

TRES  NOVELAS GALLEGAS

En 1947 Camilo José Cela declaraba al diario “La Noche”, de Santiago de Compostela, su intención de escribir una trilogía de novelas gallegas, dedicadas al mar, la montaña y el valle. Esta última la escribió en 1959 en forma de memorias, con el título de “La rosa”, unas memorias que son también novela, como el propio Cela dice en su prólogo. Tendrían que pasar casi 25 años para que publicase la segunda, “Mazurca para dos muertos” y otros 15 más para “Madera de boj”, que fue su adiós a la literatura. Y a la vida.

LA INFANCIA COMO  PATRIA

En la dedicatoria que me escribió en “La rosa”, después de una entrevista que le hice para TVE, Cela puso: “Para Paco Pastoriza… de su amigo que fue niño un día”. Esa niñez es la que Cela trató de recuperar en estas memorias noveladas. A lo largo de todo el texto CJC evoca los recuerdos de una infancia vivida en su paraíso perdido, Iria Flavia, un mundo en el que la única señal de la industrialización era el ferrocarril que pasaba diariamente por delante de la casa en la que había nacido, construida por el abuelo ferroviario para controlar desde allí el paso de los trenes, una casa que en 1983 destruyó un incendio en el que murió su tío Jorge Trulock: “¡Qué firme vive en mi memoria el tiempo aquél y cómo me acongojan, ahora que he podido escaparme de ella, los años que perdí en la ciudad, ese monstruo que inventó el demonio para uniformar las almas y los corazones!”. CJC investiga los antepasados de su padre, entre los que encuentra mariscales, beatos, pintores y locos, que habían poblado los montes de Piñor de Cea, de Moire, de Arenteiro. Muchos años después, en Londres, descubrió Trulock Road, la calle dedicada al ilustre antepasado materno.

En “La rosa” Cela vuelve a una infancia que vivió rodeado de criadas, cocineras, costureras, doncellas, niñeras y lavanderas, que se desvivían por atender al niño enfermizo, tímido, cabezón y muy trasto, sin apenas contacto con el mundo exterior, sorprendido al descubrir que había niños, triscadores y explosivos, que iban descalzos. Son también protagonistas de estas memorias sus contados amigos, primos y primas, y un desfile de personajes fascinantes que poblaron aquellos años y que en buena parte rescataría para sus novelas: Mrs. Mole y su criada Franchisca, la señora Drumond y su hijo Gustavo Adolfo, las señoritas De Molino, Lozano, chófer de un Ford de punto ruidoso y desvencijado, Telmo el de la ferretería, Juan el jardinero, tan querido, el loco Alvarito, Manuel Otero, que tiene sin estrenar más de cien camisas que le manda un hijo comerciante que tiene en América, Pedro Crespo, el dueño de una fábrica de ataúdes, Manoliño Cajaravilla, que hablaba una mezcla de latín, castellano y gallego con jeada…

Los constantes desplazamientos de su padre, funcionario del estado, le obligaron a vivir en distintos lugares, pero los que dejaron una huella más profunda en su memoria, además de Iria, fueron Cangas do Morrazo (donde  vio por primera vez a un escritor, el poeta Noriega Varela, amigo de su padre) y Tuy. A ellos dedica una parte considerable de estas páginas.

Hay en “La rosa”, junto a un fuerte sentimiento de saudade, un lamento por el paraíso perdido y el pesar por no haber fijado con su tierra una relación más profunda: “Ahora que, de mayor, y académico, y escritor conocido, y no sé cuantas zarandajas más… vuelvo a mi idea de la niñez y me duelo de haber perdido lo que tuve y de no estar vinculado, con hondas raíces, a la tierra”.

LA LEY DEL MONTE

El acordeonista ciego Gaudencio Beiras, que se sienta a la puerta del prostíbulo de Pura Garrote, “Parrocha”, sólo tocó dos veces la mazurca “Ma petite Marianne”. La primera fue en 1936, cuando al comenzar la guerra civil mataron a Baldomero Marvís, “Afouto de los Gamuzos”. La segunda fue en 1940, cuando el asesino, Fabián Minguela, “Moucho de los Carroupos”, fue devorado por los perros de Tanis Marvís, “Perello”, en cumplimiento de una venganza familiar: “Es la ley de la tierra. Por estos montes no se puede matar de balde”.

Dice Agustín Fernández-Mallo en la nueva edición de “Mazurca para dos muertos” (Ediciones del Viento), que esta novela es una obra tan adelantada a su tiempo que con ella Cela dio un paso de gigante hacia las estéticas del exceso, esas que “partiendo de Nietzsche y consolidadas a finales del siglo XX, saben que el sujeto contemporáneo no es una unidad estable  sino una nube excéntrica y pulsional”.

UNA OBRA MAESTRA

Los personajes de esta novela a los que Camilo José Cela emplaza en lo más profundo de una Galicia que vive los últimos estertores del mundo de Valle-Inclán, viven bajo la lluvia, una lluvia continua y persistente como el tiempo que pasa, como los acontecimientos que se suceden uno detrás de otro. Una lluvia que Cela hace descender mansamente en invierno y en verano, de día y de noche, sobre las familias y las personas, sobre los animales mansos y los silvestres, sobre los hombres y las mujeres, sobre los padres y los hijos, sobre los sanos y los enfermos. Una lluvia que es la misma de toda la vida, que descarga sobre los vivos y los muertos, una lluvia sin principio ni fin.

Si la lluvia es el tiempo de estos personajes, más auténticos cuanto más irreales, su son es el del eje del carro de bueyes, la gaita de Dios que ronca espantando meigas y ánimas del purgatorio, que ahuyenta al lobo y alerta a la raposa y canta a grito herido subiendo por la corredoira de Mosteirón. Ese tiempo y ese sonido son los que en buena medida hacen de “Mazurca para dos muertos” una obra maestra, una de las grandes novelas de la literatura española del siglo XX, donde el clasicismo y la vanguardia, la tradición y la experimentación, se mezclan, se entrelazan y se contaminan, entretejiendo un relato en fragmentos en el que la guerra, que irrumpe para inaugurar una nueva violencia, no detiene la vida ni las costumbres de unas gentes que se rigen por la ley del territorio en el que se mueven, la ley del monte.

Los tipos que atraviesan las páginas de “Mazurca para dos muertos” son seres anónimos, de vida monótona, condenados a una existencia amarrada al territorio en el que han nacido y en el que morirán, antes o después, de muerte natural, o arrastrados por la violencia de acontecimientos que no controlan. Hombres y mujeres, unos más felices y otros más desventurados y marginales: parvos, putas, ladrones, ciegos, disminuidos… de nombres tan familiares  que suenan exóticos (Policarpo el de la Bagañeira, Catuxa Bainte, Fuco Amieiros, Ceferino Burelo), sometidos a crueldades, a infortunios, a malas artes y abusos sin piedad. Se gobiernan por reglas no escritas, dictadas por la historia y por la superstición, que se han de cumplir para respetar la memoria y el pasado. Allí donde viven no valen las leyes que gobiernan el mundo. Allí donde viven la violencia llega adonde no alcanza la justicia. Allí donde viven el sexo es una presencia natural, un regalo que la vida pone a disposición de los hombres para su gozo. Cela vuelve a la Galicia en la que comenzó su andadura literaria para emplazar a los personajes de esta novela en lo más profundo de la geografía de Ourense, un territorio entre los límites de la provincia de Lugo y la raya de Portugal, un Ourense rural y premoderno. Los dota de una lengua rebosante de galleguismos y de giros locales, y se proyecta entre ellos no sólo como narrador sino como uno más, Camilo el artillero, herido durante la guerra civil de un tiro en el pecho, a quien a veces acompaña su amigo, personaje también real, Robín Lebozán.

MAR DE NAUFRAGIOS

La última novela publicada en vida por Camilo José Cela fue la que aquel lejano día de 1947 prometiera dedicar al mar de Galicia. “Madera de boj” se le atascó durante años y sólo pudo terminarla con mucho esfuerzo y la determinación de hacer un alto en la vorágine por la que se vio abducido tras la concesión del Nobel en 1989. La había comenzado cinco años antes en Muxía, en la Costa da Morte, en un momento en que estaba “buscándole la clave al país”, según cuenta en la misma novela (p. 217). Acumuló desde entonces una ingente cantidad de documentación sobre los naufragios sucedidos en la comarca, mientras asimilaba un léxico y un vocabulario propios de aquella geografía y estudiaba los dichos, las costumbres y las tradiciones de aquellas tierras. Con todo eso Cela elaboró un lenguaje deslumbrante en el que introduce términos y giros del gallego, en la línea de Valle-Inclán, para contar una historia sin principio ni final, sin nudo y sin desenlace, sin personajes principales, en la que un coro  de voces mezcla los recuerdos del pasado con hechos actuales, la realidad con el ensueño y la ficción, la mitología con la historia, en una estructura en la que el clasicismo y la vanguardia se dan también la mano. Los protagonistas son los barcos que se han hundido en la Costa da Morte desde 1898, de los que Cela lleva un minucioso registro de nombres, modelos, circunstancias. Y también las creencias y las supersticiones, las meigas y las leyendas galaicas, los remedios caseros contra los males del cuerpo y del alma, los refranes y las coplas, la tradición, que el novelista relaciona con vivencias personales.

Con la estructura de “Madera de boj”, circular como la vida y como las mareas,  Cela cierra el itinerario iniciado con “La rosa”, un itinerario asimismo circular, pues se trata, también aquí, de un viaje en busca del alma del país, en el que aparecen viejos compañeros de colegio, amigos de juventud, camaradas de la guerra, personajes fascinantes. El círculo se cierra definitivamente con la muerte porque “la novela es un reflejo de la vida y la vida no tiene más desenlace que la muerte” (p.296). La muerte, ese otro naufragio.

CELA Y EL PERIODISMO

Las relaciones de Camilo José Cela con el periodismo se mantuvieron sin interrupción a lo largo de toda su vida. Cela era un lector voraz de periódicos y revistas y un colaborador infatigable de diferentes publicaciones. Tenía carnet de periodista, el número 1044 del Registro Oficial, aunque sus relaciones con las instituciones profesionales no fueron todo lo cordiales que hubiera deseado: a raíz de la aparición de “La colmena” en Buenos Aires en 1952 (en España la censura impidió su publicación en ese momento) fue expulsado de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Según me manifestó personalmente, una de sus mayores satisfacciones fue la creación de la carrera de Periodismo en la Universidad que lleva su nombre en Villafranca del Castillo, en Madrid. Cuando este centro organizó en 2001 los actos conmemorativos de su 85 cumpleaños, la intervención de Cela estuvo dedicada al periodismo. En ella hacía una reflexión sobre la profesión y la situación de la industria periodística en España, incluyendo su “Dodecálogo de deberes del periodista”, un texto ampliado del que publicara la Cátedra Ortega y Gasset en 1993 bajo el título “La lectura, afición y aversión”. En esta intervención señalaba que “Cuando el periodista prueba a suplantar al político, acaba falseando la realidad y cuando el político se siente periodista deviene en déspota”. Tenía un gran respeto por la profesión y siempre defendió a los periodistas y criticó la explotación a la que estaban sometidos. A veces lo hacía con su típico humor socarrón: “los periodistas están destinados a ser como las putas: trabajando sin horario ni garantías, a menudo de noche, ofreciendo sus servicios al mayor número de clientes posible y soportando a los aprovechados que tratan de regatear los precios o intentan que el servicio les salga gratis”.

Cela escribió para los periódicos una obra ingente, comparable en extensión a la de su producción literaria. Artículos de opinión, narraciones, memorias, piezas cortas, entrevistas… Su conversación con Azorín publicada en la revista Correo Literario el 1 de diciembre de 1950 aún se utiliza en las facultades de periodismo para explicar cómo resolver una entrevista a un personaje que no quiere contestar o lo hace con monosílabos.

LA OBRA DE CELA EN LOS PERIÓDICOS

Lo primero que publicó Camilo José Cela fueron dos poesías en el suplemento literario El Argentino, acompañadas de una  “Autopresentación” en la que anunciaba que estaba preparando un libro de versos que iba a titular “Pisando la dudosa luz del día”. La revista argentina Fábula incluyó algunos de los poemas de este proyecto. Desde entonces Cela dedicó a las publicaciones periódicas una gran parte de su obra primeriza: “Fotografías de Pardo Bazán” en la revista Y. Revista para la Mujer, cuentos para Medina, artículos para Arriba y La Vanguardia Española, mientras oficiaba de redactor en la revista Juventud. En 1945 publicó su primer artículo en ABC, un medio para el que escribió a lo largo de toda su vida. Se titulaba “El aullido de la charca”, una narración corta que iba acompañada de una ilustración de Francisco López Rubio. Ese mismo año ya publicaba su primera recopilación de artículos bajo el título “Mesa revuelta” mientras desarrollaba una actividad frenética en las revistas Fantasía, Garcilaso y Espadaña, al mismo tiempo que trabajaba en “La colmena”, la novela que iba a darle la fama y el prestigio internacionales que estaba buscando. En 1956 decidió fundar su propia revista literaria, Los Papeles de Son Armadans, de periodicidad mensual, que hasta su desaparición en 1979 recogió la obra de los mejores escritores españoles e iberoamericanos del momento, y también de algunas firmas de la literatura universal, y acogió entre sus páginas a una buena parte del exilio literario español. Con el título de “Cajón de sastre” publicó en 1957 una segunda recopilación de su obra periodística, una costumbre que iba a mantener hasta sus últimos años: “Al servicio de algo” (1969), “Los vasos comunicantes” (1981), “El asno de Buridán” (1986), “El huevo del juicio” (1993)… Hace unos meses vio la luz un nuevo compendio de sus primeros artículos bajo el título “La forja de un escritor”.

Fue otro medio periodístico, la revista Destino, el que recogió en 1958 sus primeros escritos de memorias, que más tarde reunirá en “La rosa”. A lo largo de 1991 y 1992 los continuará en el suplemento dominical de Diario 16, que publicará en forma de libro con el título de “Memorias, entendimientos y voluntades”. Iniciada la transición política comienza sus colaboraciones para la revista Cambio 16 y más tarde, en 1995, funda una nueva publicación literaria, El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia, continuadora de Los Papeles de Son Armadans, mientras prodigaba sus artículos en casi todas las revistas de actualidad y en diferentes publicaciones diarias de ámbito nacional como El Mundo y El País, y también para periódicos regionales, algunos de Galicia,  manteniendo siempre su fidelidad al ABC, donde publicó también su último artículo, “El color de la mañana: Chiflidos espirituales”, el domingo 13 de enero de 2002. Sólo cuatro días después moría en un hospital de Madrid.

Las relaciones de Camilo José Cela con el periodismo se mantuvieron sin interrupción a lo largo de toda su vida. Cela era un lector voraz de periódicos y revistas y un colaborador infatigable de diferentes publicaciones. Tenía carnet de periodista, el número 1044 del Registro Oficial, aunque sus relaciones con las instituciones profesionales no fueron todo lo cordiales que hubiera deseado: a raíz de la aparición de “La colmena” en Buenos Aires en 1952 (en España la censura impidió su publicación en ese momento) fue expulsado de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Según me manifestó personalmente, una de sus mayores satisfacciones fue la creación de la carrera de Periodismo en la Universidad que lleva su nombre en Villafranca del Castillo, en Madrid. Cuando este centro organizó en 2001 los actos conmemorativos de su 85 cumpleaños, la intervención de Cela estuvo dedicada al periodismo. En ella hacía una reflexión sobre la profesión y la situación de la industria periodística en España, incluyendo su “Dodecálogo de deberes del periodista”, un texto ampliado del que publicara la Cátedra Ortega y Gasset en 1993 bajo el título “La lectura, afición y aversión”. En esta intervención señalaba que “Cuando el periodista prueba a suplantar al político, acaba falseando la realidad y cuando el político se siente periodista deviene en déspota”. Tenía un gran respeto por la profesión y siempre defendió a los periodistas y criticó la explotación a la que estaban sometidos. A veces lo hacía con su típico humor socarrón: “los periodistas están destinados a ser como las putas: trabajando sin horario ni garantías, a menudo de noche, ofreciendo sus servicios al mayor número de clientes posible y soportando a los aprovechados que tratan de regatear los precios o intentan que el servicio les salga gratis”.

Cela escribió para los periódicos una obra ingente, comparable en extensión a la de su producción literaria. Artículos de opinión, narraciones, memorias, piezas cortas, entrevistas… Su conversación con Azorín publicada en la revista Correo Literario el 1 de diciembre de 1950 aún se utiliza en las facultades de periodismo para explicar cómo resolver una entrevista a un personaje que no quiere contestar o lo hace con monosílabos.

LA OBRA DE CELA EN LOS PERIÓDICOS

Lo primero que publicó Camilo José Cela fueron dos poesías en el suplemento literario El Argentino, acompañadas de una  “Autopresentación” en la que anunciaba que estaba preparando un libro de versos que iba a titular “Pisando la dudosa luz del día”. La revista argentina Fábula incluyó algunos de los poemas de este proyecto. Desde entonces Cela dedicó a las publicaciones periódicas una gran parte de su obra primeriza: “Fotografías de Pardo Bazán” en la revista Y. Revista para la Mujer, cuentos para Medina, artículos para Arriba y La Vanguardia Española, mientras oficiaba de redactor en la revista Juventud. En 1945 publicó su primer artículo en ABC, un medio para el que escribió a lo largo de toda su vida. Se titulaba “El aullido de la charca”, una narración corta que iba acompañada de una ilustración de Francisco López Rubio. Ese mismo año ya publicaba su primera recopilación de artículos bajo el título “Mesa revuelta” mientras desarrollaba una actividad frenética en las revistas Fantasía, Garcilaso y Espadaña, al mismo tiempo que trabajaba en “La colmena”, la novela que iba a darle la fama y el prestigio internacionales que estaba buscando. En 1956 decidió fundar su propia revista literaria, Los Papeles de Son Armadans, de periodicidad mensual, que hasta su desaparición en 1979 recogió la obra de los mejores escritores españoles e iberoamericanos del momento, y también de algunas firmas de la literatura universal, y acogió entre sus páginas a una buena parte del exilio literario español. Con el título de “Cajón de sastre” publicó en 1957 una segunda recopilación de su obra periodística, una costumbre que iba a mantener hasta sus últimos años: “Al servicio de algo” (1969), “Los vasos comunicantes” (1981), “El asno de Buridán” (1986), “El huevo del juicio” (1993)… Hace unos meses vio la luz un nuevo compendio de sus primeros artículos bajo el título “La forja de un escritor”.

Fue otro medio periodístico, la revista Destino, el que recogió en 1958 sus primeros escritos de memorias, que más tarde reunirá en “La rosa”. A lo largo de 1991 y 1992 los continuará en el suplemento dominical de Diario 16, que publicará en forma de libro con el título de “Memorias, entendimientos y voluntades”. Iniciada la transición política comienza sus colaboraciones para la revista Cambio 16 y más tarde, en 1995, funda una nueva publicación literaria, El Extramundi y los Papeles de Iria Flavia, continuadora de Los Papeles de Son Armadans, mientras prodigaba sus artículos en casi todas las revistas de actualidad y en diferentes publicaciones diarias de ámbito nacional como El Mundo y El País, y también para periódicos regionales, algunos de Galicia,  manteniendo siempre su fidelidad al ABC, donde publicó también su último artículo, “El color de la mañana: Chiflidos espirituales”, el domingo 13 de enero de 2002. Sólo cuatro días después moría en un hospital de Madrid.