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PSICODELIA. EL ÚLTIMO VIAJE

 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid muestra una exposición que rescata el arte del movimiento hippie
Fueron los años más vibrantes de la década de los sesenta, ya de por sí vertiginosa, cuando la música pop, desde que el rock and roll se erigiera como expresión simbólica de un nuevo cambio generacional, había ocupado la banda sonora de las vidas de millones de jóvenes de todo el mundo. Fueron ellos, los jóvenes y adolescentes de la última posguerra mundial, quienes tomaron la iniciativa en las modas, las costumbres, el arte, la cultura (y la contracultura), expresiones que giraban alrededor de nuevas manifestaciones artísticas cuya principal característica era la ruptura. Fue en esos años cuando apareció una nueva manifestación artística, la psicodelia, relacionada fundamentalmente con la música pero con derivaciones en las artes plásticas, el diseño gráfico y el cine, cuyas estéticas estaban influenciadas por los efectos del consumo de drogas alucinógenas.
La psicodelia relacionaba lo espiritual con una nueva forma de creación artística que supuestamente nacía en un estadio del inconsciente, al que se llegaba a través de sustancias como el LSD. Se sabe que los artistas consumían drogas pero no está muy claro que sus seguidores tuvieran las mismas experiencias. Bob Stanley, en su monumental ensayo “Yeah!. La historia del pop moderno” dice que los grupos cantaban canciones sobre un mundo que la mayoría de los oyentes no había experimentado nunca: “el público captaba la onda pero sin ‘expandir la mente’ ni ‘liberarse’ del todo”, escribe.
La psicodelia se inició en la música pop desde el principio de la década (el crítico Diego A. Manrique localizó en un single de The Gamblers, de 1960, un tema instrumental de título “LSD”), aunque el momento cumbre de este movimiento llegó en 1967, cuando The Beatles, el grupo más influyente de la música pop de aquella década, lanzó el álbum “Sgt. Peppers”, que adoptaba aquella estética psicodélica en su música, en las letras de sus canciones y en las imágenes que ilustraban el álbum, cuya autoría era de los artistas del Pop-art Peter Blake y Jann Haworth, refrendando en Europa un camino iniciado en la costa oeste de los Estados Unidos por el movimiento hippie, heredero directo del espíritu bohemio de los beats de Jack Kerouac, y por grupos como la Steve Miller Band, Love, Grateful Dead, Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, cuya estela siguieron después otros como Traffic, Pink Floyd y Jimi Hendrix. El 67 fue también el año del verano del amor, cuando el movimiento hippie alcanzó su climax.
UN ARTE PSICODÉLICO
De todo aquel movimiento ha quedado la música pero también toda una estética que artistas como Michael Ferguson (teclista del grupo Charlatans, a quien se atribuye la autoría del primer poster de rock psicodélico), Víctor Moscoso, Wes Wilson, Anton Kelley, Stanley Mouse, Rick Griffin, Gary Grimshaw…. dejaron para la posteridad en fotografías, posters, revistas, portadas de vinilos y anuncios publicitarios de acontecimientos como el Human-Be-In y de conciertos y festivales como los de Monterrey y Altamont o los multitudinarios de Woodstock y la isla de Wight.
El arte sicodélico de aquellos años puede verse ahora en una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en la que, además, hay una fuerte representación de lo que se hacía entonces en países como Alemania y Checoslovaquia. Se pueden ver aquí más de 850 piezas, entre ellas unas 300 portadas de discos de Bob Dylan, los Beatles, Crosby, Stills, Nash and Young, Pink Floyd, los Stones, Mothers of Invention… ejemplares de revistas internacionales (“Oracle”, “Berkeley Barb”, “Oz”, “Sounds”, “New Musical Express”, “Melody Maker”), folletos, objetos de época y libros sobre música, literatura psicodélica, cultura hippie y drogas. La mayor parte de las piezas aquí expuestas pertenecen a la colección privada del historiador checo-germano Zdenek Primus, que ha venido reuniéndolas con pasión desde los años de la Primavera de Praga, cuando la brecha abierta con la apertura de la experiencia de Dubceck permitió una excepcional proliferación de esta manifestación artística alternativa en su país. Una exposición muy completa en la que únicamente se echa de menos una mayor presencia española (apenas la de los Bravos), aunque para conocer la implicación de los grupos musicales y de los artistas españoles en el mundo de la sicodelia, se nos hace obligado recomendar una muestra paralela a ésta, a poca distancia del Círculo de Bellas Artes (en el centro Cultural Fernán Gómez). Se titula “El pintor de canciones. Artes visuales, escritura y música popular en el Estado español (1950-1978). Un excelente complemento a esta otra sobre el arte sicodélico.

TITULO. Psicodelia en la cultura visual de la era beat (1962-1972)
LUGAR. Círculo de Bellas Artes. Madrid
FECHAS. Hasta el 20 de enero de 2019

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NOSTALGIA DE BEE GEES

Hubo en Gran Bretaña un brexit anterior al de 2016. Fue cuando en 1958 el país se negó a integrarse en el inicial Mercado Común, cuyo nacimiento se había gestado precisamente en Londres por Bélgica, Holanda y Luxemburgo en 1944, en plena guerra mundial. Pese a los bienintencionados discursos de Churchill llamando a una futura Europa unida, para el gobierno laborista de entonces era inconcebible la supeditación del país a intereses supranacionales en un momento en el que acababan de nacionalizar el hierro, el carbón y el acero. Gran Bretaña atravesaba entonces una grave crisis económica que empujó a la emigración a miles de trabajadores. Uno de los destinos preferidos era Australia, una economía emergente donde el idioma no era un problema para los británicos. Además, aunque a título honorífico, la reina de Inglaterra era también la de aquel país, cuya bandera incluye una reproducción de la Unión Jack.
Entre quienes entonces buscaron trabajo en Australia estaba el matrimonio Gibb, padres de tres niños a quienes la decisión de emigrar no les hizo ni pizca de gracia. Habían comenzado a hacer realidad su sueño de ser músicos famosos dos años antes, en 1956, cuando con el nombre de The Blue Cats ganaron un festival de grupos en Manchester, donde residían. Los hermanos Gibb eran el primogénito, Barry, y dos gemelos, Maurice y Robin.
EN AUSTRALIA
Le lejanía de su país de origen no fue inconveniente para los tres hermanos, que rehicieron su carrera en Brisbane. Debían tener algo que cautivaba al público porque a los dos años ya tenían un show semanal de televisión, donde cantaban versiones de éxitos del momento junto a composiciones propias, muy pegadizas, como “Spicks And Specks” y “Three Kisses Of Love”, número uno allí en 1963 (años más tarde estas canciones se editaron con el título de “Rare, Precious And Beautifull”, un álbum para coleccionistas).
Australia no era entonces un gran mercado para la música pop y los Gibb veían con envidia y con nostalgia el lejano panorama de su Inglaterra natal desde donde grupos como Beatles y Rolling Stones habían comenzado a conquistar el mundo. Así que, de la mano de Robert Stigwood, un promotor australiano de espectáculos musicales (“Hair”, “Jesucristo Superstar”) que había llevado al éxito a los Cream de Eric Clapton, decidieron dar el salto y reencontrarse con sus orígenes. Stigwood les buscó al batería Colin Petersen y al bajista Vince Malouney, con quienes se presentaron en Gran Bretaña ya con el nombre de Bee Gees.
RETORNO A LOS ORÍGENES
Robert Stigwood puso a disposición de los Bee Gees los estudios de grabación más modernos de Londres, los famosos IBC, donde grababan todas las estrellas (incluso españolas: Juan Pardo, Teddy Bautista, Mike Kennedy). Allí nacieron algunas de las canciones que llevaron al grupo a la fama internacional, empezando por “Desastre minero en Nueva York, 1941”. Era su primer disco sencillo y ya fue número uno en Inglaterra, aunque fuera de aquel país apenas tuvo repercusión. El éxito internacional llegó en 1967 con el álbum “Bee Gees First”, para cuya elaboración y marketing Stigwood no puso reparos. Incluso contrató a Klaus Voorman para que diseñara la cubierta (Voorman había hecho las de algunos discos de los Beatles). Con el single “Massachusetts” alcanzaron el número uno en casi todos los países europeos y dieron también (¡como no, con ese título!) el salto a los Estados Unidos. Desde entonces cada disco de los Bee Gees competía con los grandes del pop del momento, incluidos Beatles y Stones. “Holiday”, “World”, “Words”… eran baladas de una seductora belleza melódica a la que los Bee Gees añadían efectos orquestales, sobre todo de la sección de cuerda, que les daban una dimensión sinfónica muy efectista.
“Horizontal”, su segundo álbum, se publicó en 1968 con una nueva canción estrella, “I’ve Gotta a Message To You”, el añadido de “Massachusetts”, el single del año anterior, y nuevas melodías: “And The Sun Will Shine”, “Really And Sincerely”, “With The Sun In My Eyes”. A pesar de la dulzura que algunos calificaban de empalagosa, los Bee Gees no abandonaron la línea melódica de sus baladas y en su tercer álbum, “Idea”, insistieron con la misma música, las mismas armonías vocales, las mismas letras que hablaban de amor. El tema estrella, “I Started A Joke” fue otro número uno mundial.
LA MODA DE LOS ÁLBUMES CONCEPTUALES
En 1967 la música había dado un giro espectacular con la aparición de “Sgt. Peppers” de los Beatles, un nuevo formato de disco conceptual que revolucionó el panorama y propició la aparición de álbumes de este género de grupos como los Who y los Kinks. La aportación de los Bee Gees a este fenómeno fue “Odessa”, un álbum doble con el que quisieron cambiar su imagen de grupo “fabricante” de bellas canciones y demostrar que su talento estaba a la altura de sus grandes competidores. “Odessa”, uno de los mejores álbumes de los sesenta, fue la cumbre de los Bee Gees y “First Of May” otro número uno. Pero también su manzana de la discordia: como si su talento se hubiera agotado en el esfuerzo, a partir de “Odessa” el éxito comenzó a darles la espalda y Robin decidió abandonar el grupo. “Cucumber Castle”, de Maurice y Barry, fue un fiasco aunque “Don’t Forget To Remenber” llegase al número dos. Como la carrera en solitario de Robin fue también un fracaso, la decisión estaba cantada: a principios de los setenta volvieron a reunirse y a tener éxito con el estilo de siempre: “How Can You Mend A Broken Heart?”, “Run To Me” y “Lonely Days”, añadían un cierto toque beatle, cuyo trono aspiraban a ocupar tras la disolución de los fab four.
A partir de este momento los Bee Gees descubrieron en el falsete de sus voces una mina de oro que llegó al paroxismo con el álbum “Main Course”, algunas de cuyas canciones fueron incluidas en la banda sonora de la película “Fiebre del sábado noche”. Incorporaron al hermano menor, Andy, que había comenzado una carrera en solitario y que se murió al poco tiempo víctima de las drogas, y con la música disco en su apogeo se convirtieron en uno de los grupos más populares y comerciales de la historia.
Las muertes de Maurice en 2003 y de Robin en 2012 apagaron para siempre la llama de los Bee Gees, una llama que aún permanece viva en sus canciones cada vez que volvemos a escucharlas.

EL SARGENTO CUMPLIÓ 50 AÑOS

Medio siglo de la publicación de “Sgt. Pepper’s” de The Beatles

En 1966 los Beatles decidieron suspender para siempre las giras y los conciertos en directo. El último fue en el Clandlestick Park de San Francisco el 29 de agosto de ese año. Sólo se les vería tocando juntos en dos ocasiones más: el 25 de junio de 1967, interpretando “All You Need Is Love” en Our World, la primera emisión mundial de televisión vía satélite, y en una actuación por sorpresa en Londres en la azotea de los estudios de grabación de Apple el 30 de enero de 1969.
Los Beatles abandonaron las giras para concentrarse en las grabaciones discográficas con el fin de poner en práctica las nuevas ideas ya esbozadas en su álbum “Revólver” y servirse de los progresos tecnológicos de los estudios de grabación. Fruto de esa dedicación, el 1 de junio de 1967, hace ahora 50 años, se publicó “Sargeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, el mejor álbum de la historia de la música pop del siglo XX.
EL CONTEXTO HISTÓRICO DE UNA OBRA DE ARTE
1967 fue un año lleno de acontecimientos importantes. Mientras se celebraban en todo el mundo manifestaciones contra la guerra de Vietnam, en Oriente Medio se había desatado otra guerra en la que el ejército israelí derrotaba en seis días a una coalición formada por Egipto, Siria y Jordania y ocupaba territorios de estos países, origen de un conflicto que aún hoy mantiene al mundo en vilo. En Grecia un grupo de coroneles daba un golpe de estado para imponer una dictadura militar que se prolongó hasta 1974, mientras la Revolución Cultural China sumía a ese país en una tragedia de dimensiones gigantescas. Fue el año en que la hija de Stalin pidió asilo político en los Estados Unidos y el doctor Christian Barnard realizaba el primer trasplante de corazón. Y García Márquez pubicaba “Cien años de soledad”. Las nuevas generaciones manifestaban su rechazo a las viejas costumbres y a las viejas políticas salidas de la posguerra en conciertos de rock como el de Monterrey y en manifestaciones que iban a tener su culminación al año siguiente en el revolucionario mayo del 68. En este contexto, la música británica fluctuaba entre el pop comercial de Sandie Shaw, que acababa de ganar el festival de Eurovisión con “Puppet on a string” y el rock sinfónico de Pink Floyd, que en el 67 publicaban su primer disco, “The piper at the gates of down”, con la aparición en ese panorama, de Jimi Hendrix y los Bee Gees.
El 24 de noviembre de 1966 los Beatles habían iniciado en los estudios Abbey Road de Londres la grabación del disco que iba a marcar una nueva etapa en su carrera. Por primera vez se planteaban una obra conceptual en la que todos los temas estuvieran relacionados entre sí, unidos por un nexo común en una música sin interrupciones donde la última nota de cada uno de ellos diera paso a la primera del siguiente. Un formato operístico que ya habían experimentado por primera vez los Beach Boys con su álbum “Pet Sounds”.
Los temas “Penny Lane” y “Strawberry Fields Forever”, que iban a formar parte de ese disco pero que finalmente se editaron como caras A y B de un single (su productor George Martin confesó que ese fue el mayor error de su vida), señalaban el camino de lo que meses después sería la obra más asombrosa conocida hasta entonces en el mundo de la música pop. A pesar de que “Penny Lane” fue el primer sencillo que no llegó al número uno de las listas de ventas de su carrera, los Beatles tuvieron la audacia de no dar marcha atrás y de iniciar la nueva etapa con una música compleja y sofisticada y con un disco que no se limitaba a reunir un puñado de canciones sino que tenía una dimensión que trascendía la música y abarcaba diversos elementos, desde las letras de las canciones y el simbolismo de las imágenes hasta una nueva concepción de producto cultural que mezclaba la cultura de masas con elementos que hasta entonces eran patrimonio de la élite, como la música sinfónica que acompaña el tema “A Day in the Life” y la poesía surrealista de “Lucy In The Sky With Diamonds”.
Mención aparte merece la carátula, un collage del artista pop-art Peter Blake y de su esposa Jann Haworth en el que figuran estrellas de cine, filósofos, escritores, poetas, deportistas… en una mezcla caótica de representantes de todas las culturas: Mae West, Stockhausen, Edgar Alan Poe, Fred Astaire, Bob Dylan, Aldous Huxley, Toni Curtis, Marilyn Monroe, Stan Laurel, Karl Marx, Marlon Brando, Oscar Wilde, Tyronne Power, Johnny Weissmuller, Lawrence de Arabia, Shirley Temple, Einstein, Marlene Dietrich, Diana Dors…
El contenido de “Sgt. Pepper’s” es una sucesión de grandes canciones de ritmos y géneros diferentes, de lo sinfónico al music-hall, cuyas letras componen un imaginario en perfecta simbiosis con el mundo y la cultura de los años sesenta. Desde el mismo título del álbum, que alude a la aparición de las emergentes agencias de relaciones encargadas de poner en contacto a “corazones solitarios”, un síntoma del avance de la incomunicación en las sociedades modernas, las letras están llenas de dobles y hasta triples sentidos que han provocado infinidad de interpretaciones. Se enaltece la solidaridad (“With A Little Help From My Friends”) y el espíritu de superación (“Getting Better”) y se alude a problemas sociales del mundo contemporáneo. “She’s Leaving Home” trata de exponer la situación desgarradora que provocaba en las familias el abandono de sus hijos adolescentes buscando horizontes de libertad. “Within You Without You” miraba hacia Oriente a través de la cultura india con los instrumentos de Ravi Shankar y el concepto de meditación trascendental en el mundo del movimiento hippie mientras “When I’m Sixty Four” asumía los efectos del paso del tiempo y “Good Morning, Good Morning” lanzaba una mirada ácida sobre las banalidades de la vida moderna. En “Fixing A Hole” se abordaba el problema de las drogas y “A Day In The Life” era, entre otras cosas, una advertencia ante la escalada de accidentes de automóvil cuya letra está inspirada en una noticia publicada en el “Daily Mail” del 7 de enero sobre la muerte del heredero de los Guinness en uno de ellos.
Las letras de “Sgt. Peppers” trasladan el mensaje de la música pop a nuevos territorios literarios y filosóficos pero es su música la que ha conquistado a millones de seguidores. La mejor forma de celebrar este primer cincuentenario es escuchando una vez más esta maravilla.
“SGT. PEPPERS” Y LA FILOSOFÍA
Si el paradigma de la cultura de masas se manifiesta en los medios de comunicación en forma de mosaico, su ilustración más perfecta es la portada del disco Sgt. Pepper’s, hilo conductor de “Esto no es música” (Galaxia Gutenberg), un brillante ensayo del profesor de Fiosofía José Luis Pardo. En este collage se alinean junto a los fab four una serie de iconos que protagonizaron una buena parte de la cultura de los siglos XIX y XX. La mezcla heteróclita de los personajes aquí presentes, que hace coincidir a Karl Marx con Marilyn Monroe, al músico y compositor Stockhausen con el boxeador Sonny Liston, a Oscar Wilde con el “Tarzán” Johnny Weismuller, a Marlon Brando con Albert Eistein “(…) presupone la explosión de la estructura jerárquica que sustentaba las distinciones entre lo inferior y lo superior y garantizaba las supeditaciones pertinentes (…) sugería que la división cultural era el trasunto simbólico de una división social radicalmente arbitraria e injusta” (Págs. 395 y 403). Porque la tesis de José Luis Pardo mantiene que entre la alta cultura y la cultura popular sólo se interpone la legitimación clasista: (…) los productos de la cultura popular, por mucho que se los intente ‘elevar’, siempre resultarán “menores” comparados con los productos de la cultura superior cuando se les aplican unos baremos y criterios forjados exclusivamente en, por y para esta última (Pág. 84-85).
José Luis Pardo engarza de manera magistral los personajes de la portada de Sgt. Pepper’s con algunos episodios de la intrahistoria, como la de Luigi Lucheni, el asesino de la emperatriz Sissi (personaje que sirve a Pardo para explicar el nihilismo de Nietzsche) y con el desarrollo de las ideas en la historia de la Filosofía, para lo que echa mano de las letras de canciones de The Beatles y de temas como “American Pie” de Don McLean o “Jumping Jack Flash” de los Stones, a través de los que, además, explica algunos de los fenómenos sociales más relevantes del último siglo. Así, los motivos de la adolescente que se escapa de casa, en la letra de la canción “She is leaving home” anuncian los de los manifestantes del mayo de 68 “(…) la mayoría mostraba ante los sucesos de mayo una estupefacción semejante a la de los padres de la muchacha del álbum de los Beatles, que teniendo todo lo que el dinero podía comprar, sin embargo huye de casa en busca de diversión, llamada por algo que le ha sido largamente negado” (Pág. 393). La urdimbre audaz pero genial de casualidades y causalidades de los personajes de la famosa portada, que el autor relaciona con otros escritores, artistas, filósofos, con sus obras, y con episodios de la historia y la intrahistoria, nos hace partícipes de un maravilloso viaje mágico y misterioso (como el título del siguiente álbum de The Beatles) a la historia y a la filosofía, a través del que vamos intuyendo el destino de la humanidad.

BEATLES vs. ROLLING: ON THE ROAD AGAIN (SÓLO EN PANTALLAS)

 

El estreno simultáneo en cines de dos documentales sobre conciertos de The Beatles y The Rolling Stones resucita la vieja polémica del enfrentamiento entre ambas formaciones nacidas en los años sesenta del pasado siglo. Esta vez las apuestas giran en torno a cuál de las dos va a conseguir mayores ingresos por la comercialización de las películas.

LA HABANA COMO ESCENARIO

El 25 de marzo de este año se celebró en la capital de Cuba un acontecimiento impensable hace apenas un par de años. Los Rolling Stones daban un concierto gratuito al aire libre, al que asistieron más de un millón de personas, en una de aquellas explanadas en las que Fidel Castro reunía a cientos de miles de seguidores. El evento coincidía con los días en los que el presidente Obama visitaba el país de los Castro y el ambiente que se vivía en la isla era el de las vísperas de la llegada de una nueva etapa política para el país. Mick Jagger lo decía desde el escenario a los miles de espectadores: “Por fin los tiempos están cambiando”. El director de cine Paul Dugdale rodó la actuación de los Stones para el documental “Havana Moon. The Rolling Stones live in Cuba”, que en septiembre se proyectó una sola vez en varios cines de todo el mundo, el día 23, lo que indica que la comercialización se hará a través de DVD y emisiones de televisión e internet.

Durante casi dos horas los espectadores de este documental asisten una vez más a la espectacular y sorprendente puesta en escena de los cinco ancianos que durante los primeros minutos del documental cuentan a las cámaras sus impresiones sobre el concierto y la acogida de su música por un público casi inédito, lo que después se demostró que no era  tan cierto, pues los asistentes coreaban sus canciones casi como en cualquier otro lugar del mundo. Sobre el escenario, la transformación de aquellos ancianos en estrellas de rock resulta fascinante. Mick Jagger canta a todo pulmón mientras corre sin parar sobre el gran escenario, Keith Richard y Ron Wood tocan sus guitarras desplegando al tiempo un amplio repertorio de poses y contorsiones, y Charlie Watts sigue controlando con firmeza el sonido de los tambores de su batería. Esta vez, además, los Stones cuentan con los teclados de Chuck Leavell, el bajo de Darryl Jones, los saxos de Karl Davidson y  Tim Ries y las extraordinarias voces de Bernad Flower y sobre todo Sasha Allen. Y el regalo de Havana Choir para embellecer la interpretación conmovedora de “You can’t always get what you want”.

En el repertorio de este concierto en La Habana predominaron los viejos éxitos de su primera y su segunda etapa. Entre el comienzo de “Jumping Jack Flash” y el final apoteósico de “Satisfaction”, los Stones fueron desgranando “It’s only rock and roll but I like it”, “Angie”, “Paint it black”, “Honky Tonk Women”, “Gimme Selter”, “Brown sugar”, “Simpathy for the devil”…con raras incursiones en temas de sus últimos discos. Con todo, resulta emocionante, como siempre, contemplar y escuchar a los Rolling Stones en una realización, además, de una perfección pocas veces alcanzada en documentales de este tipo.

OCHO DÍAS A LA SEMANA (SIN CONTAR LOS DOMINGOS)

Algunos días más ha durado la proyección en cines del documental “Eight days a week. The touring years”, una película de Ron Howard que hace un recorrido por algunos de los conciertos de The Beatles de 1962 a 1966, el año en el que se despidieron de la música en directo ante grandes auditorios. El documental de Howard finaliza con aquella histórica actuación del 30 de enero de 1969, en la terraza del edificio de la Apple corps de Londres donde The Beatles tenían su estudio de grabación,  en la calle de Savile Row. Allí preparaban su próximo disco y decidieron interpretar  el tema “Don’t let me down” ante unos atónitos peatones que pasaban casualmente por allí. Es sabido que desde que habían dejado sus conciertos en directo unos años antes, The Beatles como grupo se dedicó sólo a sus grabaciones de estudio, iniciando una etapa creativa en la que grabaron obras de una calidad  pocas veces alcanzada en el mundo de la música pop, como el “Álbum blanco”, “Sargeant Pepper’s” o “Abbey Road”.

El documental se ocupa en gran medida de las reacciones de histerismo de las masas que acudían a unos conciertos en los que casi lo de menos era la música, que apenas se podía escuchar entre el griterío de los y sobre todo las fans. El desarrollo cronológico de los conciertos que se incluyen en la película da una idea de la progresión que iba alcanzando cada año el fenómeno Beatles en todo el mundo, de Inglaterra a los Estados Unidos, de Australia a España, mientras el entorno del grupo se preguntaba cuándo iba a estallar la burbuja.  La mayor parte del material que se incluye en la película es bastante conocido, aunque se han rescatado filmaciones prácticamente inéditas. Declaraciones de Ringo Starr y Paul McCartney se alternan con documentación audiovisual de antiguas entrevistas a John Lennon y George Harrison y declaraciones de seguidores del grupo como las actrices Whoopi Goldberg y Sigourney Weber y el músico Elvis Costello. A la vista de las situaciones que se desencadenaban en cada actuación de The Beatles no es extraño que sus componentes decidieran que era el momento de dejar de hacer algo que no sólo no les aportaba nada ni enriquecía su creatividad musical sino que incluso ponía en peligro sus vidas.

Como complemento a “Eight days a week” se incluye el famoso concierto que los Beatles dieron en el Shea Stadium en 1965, cuyo sonido Giles Martin (el hijo de George Martin, el productor de The Beatles) consiguió remasterizar para obtener un producto aceptable sobre el  original grabado por Andrew Laszlo para un espacio de televisión.

“Eight days a week”, en fin, es otra piedra más para la construcción de la mitología del grupo  musical más importante del siglo XX, aunque ni ellos mismos fueran conscientes entonces de lo que estaban haciendo: “Esto no es cultura; es sólo pasar un buen rato”, respondía Lennon a la pregunta de un periodista.

BANDA SONORA ORA DE UNA GENERACIÓN (I). EL POP-ROCK

En 1955, cuando en la música popular americana triunfaban las canciones de Doris Day, las baladas de los crooners al estilo Perry Como y los temas jazzie de Frank Sinatra, en las listas de éxito que ese mismo año había comenzado a publicar la revista “Billboard” entró tímidamente, en el número 58, “Rock Around the Clock” de Bill Haley & The Comets. A la semana siguiente ya estaba en el numero 1, desbancando a “Love is a Many Splendor Thing” de los Four Aces, una de esas baladas corales que por entonces gustaban a los jóvenes blancos norteamericanos, un tema que aún hoy se sigue versionando.

“Rock Around the Clock” puso patas arriba el mundo de la música popular. Fue una conmoción absoluta, como demostró la primera gira del grupo, a cuyos conciertos acudían miles de personas. Haley había tenido el acierto de mezclar los ritmos de la música negra con el country, y el resultado fue un nuevo género que era diferente a todo lo que se había escuchado hasta entonces. Había nacido el rock and roll. En ese momento comenzaba una revolución musical que se prolongó a lo largo de todo lo que quedaba del siglo XX. La historia la cuenta el crítico Bob Stanley en una de los libros más completos sobre el fenómeno: “Yeah!, Yeah!, Yeah!. La historia del pop moderno” (Turner).

UNA REVOLUCIÓN CULTURAL

Dice Bob Stanley que el rock and roll vino a salvar las brechas que después de la II Guerra Mundial separaban a las culturas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, a los jóvenes de los adultos, a los blancos de los negros. Esto último ya se venía registrando en otras manifestaciones culturales, como la literatura de James Baldwin (“Ve y dilo en la montaña”) y el cine de Richard Brooks (“Semilla de maldad”). Pero el rock and roll también recortaba las diferencias entre el arte y el comercio y tendía puentes entre la alta cultura y la cultura de masas. Para su total expansión sólo faltaba un ídolo que fuera blanco y que añadiese algo inédito a la puesta en escena, diferente a la violencia que manifestaban los primeros rockers en sus conciertos. Elvis Presley apareció entonces añadiendo un componente sexual, convirtiendo sus actuaciones en la escenificación erótica que estaban pidiendo los seguidores del nuevo género. Por si fuera poco, en las caras B de sus singles incluía baladas que enlazaban con los gustos de la época anterior y sumaban al carro a los aficionados de las generaciones precedentes. Eran canciones sensibleras, de letras cursi, pero hay que admitir que en el fenómeno Elvis, tan importantes como “Hount Dog” o el “Rock de la cárcel” fueron “Are You Lonesome Tonight” y “Love Me Tender”.

El  rock and roll empezó a expandirse con nombres que llevaron la nueva música a todos los rincones del mundo: Jerry Lee Lewis, Buddy Holly, Little Richard, Bo Didley, Gene Vincent,… Pero la fiebre  terminó bruscamente a finales de la década con las muertes de Buddy Holly y Eddie Cochram y la desaparición de los escenarios de Chuck Berry, Jerry Lee Lewis y Elvis.

GRAN BRETAÑA, CAPITAL DEL POP

Por aquellos años en Gran Bretaña triunfaba el skiffle, un ritmo musical que practicaba un cantante llamado Lonnie Donegan, cuyo éxito sin precedentes provocó que en todas las ciudades del país aparecieran montones de grupos practicantes del género. Al mezclarse con el rock and roll que llegaba de los EE.UU dio como resultado un rock británico diferente al americano, con el que triunfaron Tommy Steele, Billy Fury, Vincent Taylor, Cliff Richard y el grupo instrumental The Shadows.

El testigo del rock and roll lo recogió a principios de los sesenta un grupo que en sus primeros discos había mezclado el skiffle con aquellos ritmos que venían de América, el rock and roll por supuesto, pero fundamentalmente el rithm and blues, con algunos de cuyos temas hacían versiones francamente originales. Se hacían llamar The Beatles. En su tercer álbum, “Qué noche la de aquel día”, todos los temas ya eran suyos, algo sin precedentes en el pop. La nueva fórmula tuvo resultados aún más espectaculares que los del rock and roll y The Beatles se convirtió en el grupo más importante de la historia de la música pop y, como consecuencia, Gran Bretaña, durante los sesenta, fue la Meca de la nueva música, donde las revistas musicales (“Melody Maker”, “New Musical Express”) vendían un millón de ejemplares a la semana, los programas de televisión (“Ready, Steady, Go”, “Top of the Pops”) eran seguidos por millones de fans y las ventas de los discos no paraban de subir. El sueño se prolongó hasta 1970 pero dejó una estela de formaciones impagables: Searchers, Billy J. Kramer, Hermann Hermits, Dave Clark Five, los Kinks… ¡¡¡y los Rolling Stones!!!, supervivientes aún de aquella era dorada, gracias al tratamiento que dieron, y aún siguen dando, al rithm and blues fuerte, con mejor fortuna que otros coetáneos que entonces practicaban un estilo similar, como los Animals o los Moody Blues. La diferencia estaba en su imagen antisistema y en las letras de sus canciones, que hablaban de la insatisfacción y de las frustraciones de los jóvenes, y que criticaban abiertamente al poder. Con ellas se convirtieron en la fuerza más irresistible del pop y aún ahora, superados ya los setenta años de edad de algunos de sus componentes, el grupo continúa transmitiendo esa fuerza desde los escenarios, algo insólito.

EL CONTRAATAQUE AMERICANO

Mientras el mundo vivía de las canciones de los Beatles y sus derivados, en los EE.UU la música negra ocupaba cada vez mayores cotas de espacio. El soul, que había nacido en la década anterior, cuando Sam Cooke cambió el espiritual negro por la música profana, produjo algunos de los éxitos más espectaculares de la historia del pop y llevó a los músicos y cantantes negros a los primeros puestos en todo el mundo. Carla Thomas, Sam & Dave, Otis Redding, Ray Charles, Aretha Franklin, Curtis Mayfield, Gladys Knight y James Brown llenaban las arcas de Stax, King y Atlantic Records, las discográficas más poderosas del género. Por su parte la Tamla Motown de Berry Gordy lanzaba a Four Tops, Stevie Wonder y Diana Ross & the Supremes. Al fenómeno beatle, América respondió en su mismo estilo con las grabaciones de Simon & Garfunkel (“dúo con nombre de funeraria –escribe Stanley- cuyos componentes irradiaban tanta alegría como un establecimiento de ese ramo”) y sobre todo de los Beach Boys, la cara festiva de una música de la que se había adueñado el movimiento hippie de la costa oeste, elaborado entre vapores de LSD: Lovin Spoonfull, Grateful Dead, Jefferson Airplane, The Mamas and the Papas, que recogieron y expandieron las influencias del folk-rock, un nuevo género que había puesto en circulación un joven progresista llamado Bob Dylan. Dylan era un cantante folk puro, de la cuerda de Pete Seeger, Phil Ochs y Woody Goothrie, que se atrevió a electrificar sus instrumentos en los conciertos y en las grabaciones, con las que emergió con una fuerza inusitada en el panorama de la música popular. Hermético, independiente, autodidacta, gracias a sus letras se vio convertido de pronto en el portavoz de una juventud desencantada.

La mezcla entre el folk rock y la sicodelia hippie produjo en Europa fenómenos como el de Jimi Hendrix y Pink Foyd e influyó en los Beatles de “Sargeant Peppers”. La década terminó con dos acontecimientos protagonizados por los dos grupos más importantes del mundo: la disolución de los Beatles y el asesinato de un joven durante una actuación de los Stones en el festival de Altamont, un hecho que hundió la utopía pacifista hippie iniciada en el de Monterrey. “American Pie”, de Don MacLean vino a certificar el fin de la era dorada.

LOS SETENTA Y LOS OCHENTA: EN BUSCA DEL TESORO

La década de los setenta nació entre el hard rock de Led Zeppelin, Black Sabbath y Deep Purple y las baladas de Gilbert O’Sullivan, Elton John y Rod Stewart, mientras el glam rock de Marc Bolan, David Bowie, Roxy Music, Alice Cooper y las New York Dolls aspiraba a ambos lados del Atlántico a ocupar el vacío dejado por los Beatles. La década estuvo marcada por la desorientación y la búsqueda de nuevos sonidos: el reggae de Bob Marley, el soul electrificado de Sly & The Family Stone, el sofisticado de Isaac Hayes y Barry White, mitad hablado mitad cantado, el rock progresivo (Who), el sinfónico (Yes, Emerson, Lake & Palmer), el minimalismo de Mike Oldfield, y las diversas variantes que encarnaban King Crimson, Jethro Tull y los nuevos Pink Floyd. Algunos grupos como MC5 trataban de encontrar el nuevo sonido en las raíces del rock mientras el público más joven seguía a los Jackson Five, los Osmonds y David Cassidy. Lo demás se movía entre la vía comercial marcada por ABBA en el festival de Eurovisión y la resurrección del country (Brenda Lee, Lynn Anderson, Linda Ronstadt) y su variante rockera (Eagles, The Band, America, Crosby, Stills Nash y Young). La música disco irrumpió de pronto con un viejo grupo de los sesenta adaptado a la nueva moda, los Bee Gees, que tuvieron una segunda vida gracias a la banda sonora de la película “Fiebre del sábado noche”. Los cantautores, por su parte, seguían la línea marcada por Dylan: James Taylor, Carole King, Joni Michell. Entre todas estas corrientes tal vez lo más novedoso fueran los hallazgos de Fleetwood Mac.

En los años de tránsito entre las dos década aparece por fin el nuevo fenómeno que iba a agitar otra vez el mundo del pop-rock. El punk, que nació con los Ramones, Blondie y Patti Smith Group, tomó cuerpo en clubes marginales a los que asistían jóvenes vestidos con chupas de cuero, vaqueros raidos y camisetas ajustadas, a quienes les gustaba escuchar la música a todo volumen. Los profetas de este nuevo movimiento fueron los Sex Pistols, que se movían entre el intelectualismo de vanguardia, a rebufo de los situacionistas de Guy Debord, la filosofía del ‘do it yourself’ y las reivindicaciones de la clase obrera, enfundado todo ello en una imagen dura y agresiva. El punk, que no tenía ansias de poder (de ningún poder), se vino abajo cuando, a causa de la provocación que suponía su enfrentamiento al orden establecido, los medios de comunicación comenzaron a culparlo de todas las lacras de la sociedad británica. Dejaron tras de sí una huella importante en grupos y solistas como Clash, Police, Elvis Costello y los americanos Hertbreakers.

THIS IS THE END

Bob Stanley afirma que el pop terminó con la desaparición del disco de vinilo. “It Must Have Been Love”, de Roxette, fue el primer CD que llegó al número 1, en 1989. La informatización de la música, el artificio del sampleado y las mezclas de estudio cada vez más sofisticadas, el protagonismo de los técnicos de sonido y los DJ’s sobre los compositores e intérpretes, dieron lugar a la aparición de una miríada de estilos, géneros, movimientos, tendencias, todas ellas efímeras, que alumbraron grupos y cantantes, casi todos de un solo éxito, frutos del artificio y la mercadotecnia. Al post-punk (The Fall, Joy Division) siguieron el hard core de REM y su variante happy hardcore, el electropop de influencia alemana (Kraftwerk) de Depeche Mode y Maniobras Orquestales en la Oscuridad, el new pop de Human League, Culture Club, Duran Duran y Boy George, el freestyle lanzado por la cadena MTV (la cadena propiedad del exguitarrista de los Monkees Michael Nesmith), que impulsó a Prince y Madonna, el heavy metal de Bon Jovi y Aerosmith, el fenómeno indie (Cabaret Voltaire), el house y su variante acid house, el tecno, las nuevas baladas de Bryan Adams, Celine Dion y Kylie Minogue, el rave de KLF, el hardcore de Annie Lennox y Terence Trent D’Arby, el jungle, el drum’n’ bass, el handbag house, el garage y el dubstep… Toda una corriente sobre la que circulaban sin descarrilar las canciones de Michael Jackson y Bruce Springsteen.

El penúltimo aliento fue el hip-hop, un ritmo machacón, heredero del rap, sobre el que se declaman monólogos inspirados en los toasters jamaicanos. Sylvia Robinson y Sugarhill Gang fueron los Bill Haley & The Comets del hip-hop. Def Jam convirtió el género en una gran potencia comercial. Con sus canciones hip-hop Public Enemy influyó en las cuestiones raciales como nadie lo había hecho desde de los Panteras Negras. El hip-hop, nacido en los suburbios negros de las grandes ciudades, ha convertido a sus estrellas en los últimos supermillonarios de la música y el espectáculo del pop, con grandes mansiones de lujo en los barrios más elitistas de Hollywood y los coches más caros y espectaculares del mercado.

El punto final a la historia vendría a ponerlo el grunge de Hüsker Du y los Pixies, pero sobre todo de Nirvana, de Kurt Covain, el grupo alternativo que tuvo el mayor éxito meteórico de la historia. Fue el último callejón del pop, esta vez sin salida, tanto en lo musical como en lo ideológico.

En 1955, cuando en la música popular americana triunfaban las canciones de Doris Day, las baladas de los crooners al estilo Perry Como y los temas jazzie de Frank Sinatra, en las listas de éxito que ese mismo año había comenzado a publicar la revista “Billboard” entró tímidamente, en el número 58, “Rock Around the Clock” de Bill Haley & The Comets. A la semana siguiente ya estaba en el numero 1, desbancando a “Love is a Many Splendor Thing” de los Four Aces, una de esas baladas corales que por entonces gustaban a los jóvenes blancos norteamericanos, un tema que aún hoy se sigue versionando.

“Rock Around the Clock” puso patas arriba el mundo de la música popular. Fue una conmoción absoluta, como demostró la primera gira del grupo, a cuyos conciertos acudían miles de personas. Haley había tenido el acierto de mezclar los ritmos de la música negra con el country, y el resultado fue un nuevo género que era diferente a todo lo que se había escuchado hasta entonces. Había nacido el rock and roll. En ese momento comenzaba una revolución musical que se prolongó a lo largo de todo lo que quedaba del siglo XX. La historia la cuenta el crítico Bob Stanley en una de los libros más completos sobre el fenómeno: “Yeah!, Yeah!, Yeah!. La historia del pop moderno” (Turner).

UNA REVOLUCIÓN CULTURAL

Dice Bob Stanley que el rock and roll vino a salvar las brechas que después de la II Guerra Mundial separaban a las culturas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, a los jóvenes de los adultos, a los blancos de los negros. Esto último ya se venía registrando en otras manifestaciones culturales, como la literatura de James Baldwin (“Ve y dilo en la montaña”) y el cine de Richard Brooks (“Semilla de maldad”). Pero el rock and roll también recortaba las diferencias entre el arte y el comercio y tendía puentes entre la alta cultura y la cultura de masas. Para su total expansión sólo faltaba un ídolo que fuera blanco y que añadiese algo inédito a la puesta en escena, diferente a la violencia que manifestaban los primeros rockers en sus conciertos. Elvis Presley apareció entonces añadiendo un componente sexual, convirtiendo sus actuaciones en la escenificación erótica que estaban pidiendo los seguidores del nuevo género. Por si fuera poco, en las caras B de sus singles incluía baladas que enlazaban con los gustos de la época anterior y sumaban al carro a los aficionados de las generaciones precedentes. Eran canciones sensibleras, de letras cursi, pero hay que admitir que en el fenómeno Elvis, tan importantes como “Hount Dog” o el “Rock de la cárcel” fueron “Are You Lonesome Tonight” y “Love Me Tender”.

El  rock and roll empezó a expandirse con nombres que llevaron la nueva música a todos los rincones del mundo: Jerry Lee Lewis, Buddy Holly, Little Richard, Bo Didley, Gene Vincent,… Pero la fiebre  terminó bruscamente a finales de la década con las muertes de Buddy Holly y Eddie Cochram y la desaparición de los escenarios de Chuck Berry, Jerry Lee Lewis y Elvis.

GRAN BRETAÑA, CAPITAL DEL POP

Por aquellos años en Gran Bretaña triunfaba el skiffle, un ritmo musical que practicaba un cantante llamado Lonnie Donegan, cuyo éxito sin precedentes provocó que en todas las ciudades del país aparecieran montones de grupos practicantes del género. Al mezclarse con el rock and roll que llegaba de los EE.UU dio como resultado un rock británico diferente al americano, con el que triunfaron Tommy Steele, Billy Fury, Vincent Taylor, Cliff Richard y el grupo instrumental The Shadows.

El testigo del rock and roll lo recogió a principios de los sesenta un grupo que en sus primeros discos había mezclado el skiffle con aquellos ritmos que venían de América, el rock and roll por supuesto, pero fundamentalmente el rithm and blues, con algunos de cuyos temas hacían versiones francamente originales. Se hacían llamar The Beatles. En su tercer álbum, “Qué noche la de aquel día”, todos los temas ya eran suyos, algo sin precedentes en el pop. La nueva fórmula tuvo resultados aún más espectaculares que los del rock and roll y The Beatles se convirtió en el grupo más importante de la historia de la música pop y, como consecuencia, Gran Bretaña, durante los sesenta, fue la Meca de la nueva música, donde las revistas musicales (“Melody Maker”, “New Musical Express”) vendían un millón de ejemplares a la semana, los programas de televisión (“Ready, Steady, Go”, “Top of the Pops”) eran seguidos por millones de fans y las ventas de los discos no paraban de subir. El sueño se prolongó hasta 1970 pero dejó una estela de formaciones impagables: Searchers, Billy J. Kramer, Hermann Hermits, Dave Clark Five, los Kinks… ¡¡¡y los Rolling Stones!!!, supervivientes aún de aquella era dorada, gracias al tratamiento que dieron, y aún siguen dando, al rithm and blues fuerte, con mejor fortuna que otros coetáneos que entonces practicaban un estilo similar, como los Animals o los Moody Blues. La diferencia estaba en su imagen antisistema y en las letras de sus canciones, que hablaban de la insatisfacción y de las frustraciones de los jóvenes, y que criticaban abiertamente al poder. Con ellas se convirtieron en la fuerza más irresistible del pop y aún ahora, superados ya los setenta años de edad de algunos de sus componentes, el grupo continúa transmitiendo esa fuerza desde los escenarios, algo insólito.

EL CONTRAATAQUE AMERICANO

Mientras el mundo vivía de las canciones de los Beatles y sus derivados, en los EE.UU la música negra ocupaba cada vez mayores cotas de espacio. El soul, que había nacido en la década anterior, cuando Sam Cooke cambió el espiritual negro por la música profana, produjo algunos de los éxitos más espectaculares de la historia del pop y llevó a los músicos y cantantes negros a los primeros puestos en todo el mundo. Carla Thomas, Sam & Dave, Otis Redding, Ray Charles, Aretha Franklin, Curtis Mayfield, Gladys Knight y James Brown llenaban las arcas de Stax, King y Atlantic Records, las discográficas más poderosas del género. Por su parte la Tamla Motown de Berry Gordy lanzaba a Four Tops, Stevie Wonder y Diana Ross & the Supremes. Al fenómeno beatle, América respondió en su mismo estilo con las grabaciones de Simon & Garfunkel (“dúo con nombre de funeraria –escribe Stanley- cuyos componentes irradiaban tanta alegría como un establecimiento de ese ramo”) y sobre todo de los Beach Boys, la cara festiva de una música de la que se había adueñado el movimiento hippie de la costa oeste, elaborado entre vapores de LSD: Lovin Spoonfull, Grateful Dead, Jefferson Airplane, The Mamas and the Papas, que recogieron y expandieron las influencias del folk-rock, un nuevo género que había puesto en circulación un joven progresista llamado Bob Dylan. Dylan era un cantante folk puro, de la cuerda de Pete Seeger, Phil Ochs y Woody Goothrie, que se atrevió a electrificar sus instrumentos en los conciertos y en las grabaciones, con las que emergió con una fuerza inusitada en el panorama de la música popular. Hermético, independiente, autodidacta, gracias a sus letras se vio convertido de pronto en el portavoz de una juventud desencantada.

La mezcla entre el folk rock y la sicodelia hippie produjo en Europa fenómenos como el de Jimi Hendrix y Pink Foyd e influyó en los Beatles de “Sargeant Peppers”. La década terminó con dos acontecimientos protagonizados por los dos grupos más importantes del mundo: la disolución de los Beatles y el asesinato de un joven durante una actuación de los Stones en el festival de Altamont, un hecho que hundió la utopía pacifista hippie iniciada en el de Monterrey. “American Pie”, de Don MacLean vino a certificar el fin de la era dorada.

LOS SETENTA Y LOS OCHENTA: EN BUSCA DEL TESORO

La década de los setenta nació entre el hard rock de Led Zeppelin, Black Sabbath y Deep Purple y las baladas de Gilbert O’Sullivan, Elton John y Rod Stewart, mientras el glam rock de Marc Bolan, David Bowie, Roxy Music, Alice Cooper y las New York Dolls aspiraba a ambos lados del Atlántico a ocupar el vacío dejado por los Beatles. La década estuvo marcada por la desorientación y la búsqueda de nuevos sonidos: el reggae de Bob Marley, el soul electrificado de Sly & The Family Stone, el sofisticado de Isaac Hayes y Barry White, mitad hablado mitad cantado, el rock progresivo (Who), el sinfónico (Yes, Emerson, Lake & Palmer), el minimalismo de Mike Oldfield, y las diversas variantes que encarnaban King Crimson, Jethro Tull y los nuevos Pink Floyd. Algunos grupos como MC5 trataban de encontrar el nuevo sonido en las raíces del rock mientras el público más joven seguía a los Jackson Five, los Osmonds y David Cassidy. Lo demás se movía entre la vía comercial marcada por ABBA en el festival de Eurovisión y la resurrección del country (Brenda Lee, Lynn Anderson, Linda Ronstadt) y su variante rockera (Eagles, The Band, America, Crosby, Stills Nash y Young). La música disco irrumpió de pronto con un viejo grupo de los sesenta adaptado a la nueva moda, los Bee Gees, que tuvieron una segunda vida gracias a la banda sonora de la película “Fiebre del sábado noche”. Los cantautores, por su parte, seguían la línea marcada por Dylan: James Taylor, Carole King, Joni Michell. Entre todas estas corrientes tal vez lo más novedoso fueran los hallazgos de Fleetwood Mac.

En los años de tránsito entre las dos década aparece por fin el nuevo fenómeno que iba a agitar otra vez el mundo del pop-rock. El punk, que nació con los Ramones, Blondie y Patti Smith Group, tomó cuerpo en clubes marginales a los que asistían jóvenes vestidos con chupas de cuero, vaqueros raidos y camisetas ajustadas, a quienes les gustaba escuchar la música a todo volumen. Los profetas de este nuevo movimiento fueron los Sex Pistols, que se movían entre el intelectualismo de vanguardia, a rebufo de los situacionistas de Guy Debord, la filosofía del ‘do it yourself’ y las reivindicaciones de la clase obrera, enfundado todo ello en una imagen dura y agresiva. El punk, que no tenía ansias de poder (de ningún poder), se vino abajo cuando, a causa de la provocación que suponía su enfrentamiento al orden establecido, los medios de comunicación comenzaron a culparlo de todas las lacras de la sociedad británica. Dejaron tras de sí una huella importante en grupos y solistas como Clash, Police, Elvis Costello y los americanos Hertbreakers.

THIS IS THE END

Bob Stanley afirma que el pop terminó con la desaparición del disco de vinilo. “It Must Have Been Love”, de Roxette, fue el primer CD que llegó al número 1, en 1989. La informatización de la música, el artificio del sampleado y las mezclas de estudio cada vez más sofisticadas, el protagonismo de los técnicos de sonido y los DJ’s sobre los compositores e intérpretes, dieron lugar a la aparición de una miríada de estilos, géneros, movimientos, tendencias, todas ellas efímeras, que alumbraron grupos y cantantes, casi todos de un solo éxito, frutos del artificio y la mercadotecnia. Al post-punk (The Fall, Joy Division) siguieron el hard core de REM y su variante happy hardcore, el electropop de influencia alemana (Kraftwerk) de Depeche Mode y Maniobras Orquestales en la Oscuridad, el new pop de Human League, Culture Club, Duran Duran y Boy George, el freestyle lanzado por la cadena MTV (la cadena propiedad del exguitarrista de los Monkees Michael Nesmith), que impulsó a Prince y Madonna, el heavy metal de Bon Jovi y Aerosmith, el fenómeno indie (Cabaret Voltaire), el house y su variante acid house, el tecno, las nuevas baladas de Bryan Adams, Celine Dion y Kylie Minogue, el rave de KLF, el hardcore de Annie Lennox y Terence Trent D’Arby, el jungle, el drum’n’ bass, el handbag house, el garage y el dubstep… Toda una corriente sobre la que circulaban sin descarrilar las canciones de Michael Jackson y Bruce Springsteen.

El penúltimo aliento fue el hip-hop, un ritmo machacón, heredero del rap, sobre el que se declaman monólogos inspirados en los toasters jamaicanos. Sylvia Robinson y Sugarhill Gang fueron los Bill Haley & The Comets del hip-hop. Def Jam convirtió el género en una gran potencia comercial. Con sus canciones hip-hop Public Enemy influyó en las cuestiones raciales como nadie lo había hecho desde de los Panteras Negras. El hip-hop, nacido en los suburbios negros de las grandes ciudades, ha convertido a sus estrellas en los últimos supermillonarios de la música y el espectáculo del pop, con grandes mansiones de lujo en los barrios más elitistas de Hollywood y los coches más caros y espectaculares del mercado.

El punto final a la historia vendría a ponerlo el grunge de Hüsker Du y los Pixies, pero sobre todo de Nirvana, de Kurt Covain, el grupo alternativo que tuvo el mayor éxito meteórico de la historia. Fue el último callejón del pop, esta vez sin salida, tanto en lo musical como en lo ideológico.

50 AÑOS NO ES NADA

Cincuenta años no es nada

Fuiste a la mejor escuela, muy bien, señorita solitaria
pero sabes que ahí sólo fuiste mimada
nadie jamás te enseño a vivir en la calle y
ahora te encuentras con que vas a tener
que acostumbrarte.
“Like a rolling stone”
Bob Dylan

De repente
no soy ni la mitad del hombre que era antes
Hay una sombra que se cierne sobre mí
De pronto llegó el ayer
“Yesterday”
Lennon & McCartney

Cuando lo intento con alguna muchacha

me dice: Nene, será mejor que vuelvas la próxima semana

porque, verás, estoy en una mala racha.

No puedo obtener ninguna satisfacción

“I can’t get no (satisfaction)”

Jagger&Richard

Normalmente, cuando hablamos de efemérides los periodistas nos referimos a acontecimientos que están muy lejos en el tiempo. Se conmemoran este 2015 quinientos años del nacimiento de Teresa de Jesús, cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte del Quijote, dos siglos de la batalla de Waterloo, setenta años del fin de la segunda guerra mundial… Sin embargo, con el tiempo hay celebraciones que ya nos van resultando cercanas. Algunas de las cosas que se celebran ahora nos parece que son de ayer mismo, porque estábamos aquí cuando sucedieron. Son esas que nos hacen exclamar ¡cómo pasa el tiempo!
La década de los años sesenta fue para mi generación lo que seguramente para nuestros abuelos fue la de los años veinte, los llamados “felices veinte”. A pesar del franquismo, la imagen que tenemos ahora de los sesenta es también la de una década feliz, superadas las peores dificultades de la posguerra, en la que además la historia se iba haciendo a nuestro alrededor: la crisis de los misiles en Cuba, la construcción del muro de Berlín, la guerra de Vietnam y la de los Seis Días, los asesinatos del presidente Kennedy, de Martin Luther King y del Che Guevara, la revolución de mayo del 68, la llegada del hombre a la Luna, la explosión de la música y la estética pop, el movimiento hippie, los festivales de Wight y Woodstock… fueron acontecimientos que a quienes los hemos vivido aunque fuera desde la distancia, nos parecen de ayer mismo. Por eso nos sorprende cuando, como en estos días, se nos recuerda que canciones que nos acompañaron toda la vida, como “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan, “Satisfaction” de los Rolling Stones y “Yesterday” de los Beatles, cumplen ahora 50 años. Y que fue precisamente hace ahora 50 años cuando los de Liverpool visitaron por primera y única vez España para dos conciertos que ya son historia. Y nos deja también un tanto perplejos que Los Brincos anden estos días por los escenarios de medio país celebrando con “Un sorbito de champán” que han nacido hace también ahora 50 años. Cincuenta años. Nada menos que medio siglo que se nos ha ido en un suspiro, y ahora vienen a recordárnoslo las canciones que a los de mi generación (por cierto, “My generation”, de The Who, es de las que también cumple ahora los 50) nos hicieron felices y que a nosotros nos siguen sonando tan frescas como entonces aunque nos hagan reflexionar sobre el paso del tiempo. Cuentan que un admirador de Greta Garbo se cruzó un día con la actriz, ya en sus últimos años:
– ¿Es usted Greta Garbo?
– Yo fui Greta Garbo
Tempus fugit.