SIEMPRE QUEDA PARÍS

 

Maxim Huerta publica un libro sobre los encantos de la época más brillante de la capital francesa

“Ahora lo más urgente es esperar” dijo Maxim Huerta citando a Lao Tse, cuando presentó este libro en Madrid, el primero tras su paso accidentado y fugaz por el ministerio de Cultura. “París será toujours París” (Lunwerg) es una apasionada declaración de amor a la ciudad de París, a sus calles, a sus fuentes, a sus farolas, a sus jardines, a sus monumentos… y a toda una serie de personajes que poblaron todos esos espacios en los albores del siglo XX, los años en los que la ciudad era la capital mundial del arte y la cultura. En sus páginas, bellamente ilustradas por los dibujos de María Herreros, se hace un recorrido por la ciudad de la luz cuando estaba en todo su esplendoroso apogeo. Maxim Huerta incluye los elementos que no pueden faltar en ninguna guía cultural de la ciudad, como la torre Eiffel y el Moulin Rouge, pero su mirada se dirige no hacia lo más importante (no están ni el Louvre ni el Arco del Triunfo) sino a los detalles que han forjado la personalidad de una ciudad fascinante. Están aquí desde las personalísimas placas que recogen los nombres de las calles en cada una de sus esquinas, diseñadas por el conde de Rambuteau en 1817, hasta las entradas del metro proyectadas por Héctor Guimard, las fuentes Wallace de hierro fundido del escultor Charles-Auguste Lebourg repartidas por cuarteles, hospitales y estaciones de tren; las farolas, las sillas de los grandes parques, los tejados de cinc y pizarra que cubren las buhardillas de los edificios levantados por el arquitecto barón Haussmann durante el reinado de Napoleón III… Hay lugares míticos y mitificados en la literatura y en el arte, como el Mercado de las Flores de la Place Louis Lèpine, el Canal Saint-Martin, centro de atracción de músicos y artistas callejeros; el Café du Dôme, La Coupole y la Closerie des Lilas con sus terrazas, que fueron lugares de encuentro de artistas, escritores, poetas y bohemios; el lujoso restaurante Maxim’s, que nació para servir comidas baratas a obreros y cocheros y terminó siendo el centro gastronómico donde se cita la alta burguesía, o el Chez Rosalie, donde cualquiera podía encontrarse a la hora de la cena con Modigliani, Picasso, Matisse o Max Jacobs. Hay referencias a la librería Shakespeare and Company fundada por Sylvia Beach, lugar de encuentro de los escritores de la generación perdida americana (Hemingway, Dos Passos, Scott Fitzgerald), cerrada por los nazis y reabierta en 1951; al Studio des Ursulines, el cine de arte y ensayo frecuentado por Cocteau, André Breton, Man Ray, Le Corbusier, Picasso; a las Olimpiadas de 1924 que vieron triunfar al nadador Johnny Weismüller, el Tarzán más popular de la historia del cine… Y la mirada se dirige también a aquellos elementos que dieron a la ciudad una personalidad propia: los bouquinistes, libreros que componen una gran librería ambulante a cielo abierto, los ateliers de Coco Chanel y Elsa Schiaparelli, de donde salía toda la moda que después se copiaba en las grandes ciudades de Europa y América; las peluquerías que imponían los peinados a lo garçon y el bob hairstyle, los perfumes que embriagaron a Hollywood y a medio mundo.
Y luego todo un desfile de personajes que se identifican con París y que son ya emblemas de su cultura. La Mistinguett, la vedette mejor pagada de la historia de la ciudad; Kiki de Motparnasse, modelo del fotógrafo Man Ray, fundido él mismo con aquel París de los felices veinte. Y Josephine Baker, Colette, Gertrude Stein, Anaïs Nin, Dora Maar, Djuna Barnes, Alice B. Toklas, Tamara de Lempicka… que fundaron librerías, tertulias, editoriales, revistas… Y los hombres: escritores (Leon-Paul Lafargue, Guillaume Apollinaire, Boris Vian), artistas (Picasso, Matisse, Modigliani, Foujita, Braque, Man Ray)…fotógrafos que inmortalizaron aquel París irrepetible: Marcel Bovis, René-Jacques, Kertész, Brassaï, Capa y Gerda Taro… y que nos dejaron algunas de las mejores imágenes para evocar, con la música de jazz de Sidney Bechet, un París que, ay, ya no es el mismo que el de aquellos años veinte que este libro recrea.

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SALE A LA SUPERFICIE LA OBRA DEL PINTOR ROMÁNTICO RAFAEL TEGEO

 

Se expone por primera vez una muestra monográfica del artista murciano

Ningún ámbito mejor que el Museo del Romanticismo de Madrid para albergar la exposición que rescata para el gran público la figura del artista Rafael Tegeo (1798-1856), pintor que fue uno de los introductores de la sensibilidad romántica en la España del siglo XIX. Se trata de la primera exposición monográfica que se celebra de este artista nacido en la localidad murciana de Caravaca de la Cruz. El Museo del Romanticismo había adquirido una de las obras religiosas fundamentales de Tegeo, la “Virgen del jilguero”, de su época italiana, una adquisición a la que se sumaron los retratos donados de Jacinto Galaup y de su esposa María del Pilar Ordeig. Con esta base, los responsables del museo se plantearon el reto de reunir la obra más destacada de Rafael Tegeo, diseminada en instituciones como el Museo del Prado, Patrimonio Nacional, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y colecciones privadas españolas y extranjeras. Ahora se expone en varias estancias del Museo del Romanticismo, estableciendo un recorrido a través del cual se pueden confrontar los cuadros de Tegeo con los de otros autores consagrados que alberga este museo.
Es poco y mal conocida la biografía de este pintor, por lo que la leyenda ha sustituido en ocasiones a los datos objetivos sobre su vida y su obra. Se sabe que después de su aprendizaje en Murcia y en Madrid tuvo un periodo de formación en Roma entre 1822 y 1827, años en los que asimiló las influencias de los grandes maestros del Cinquecento, del Neoclasicismo italiano y de Jacques-Louis David, y que a su regreso a España pintó obras mitológicas y religiosas para el infante Sebastián Gabriel y los duques de San Fernando de Quiroga. Destacan entre las primeras “Antíloco lleva a Aquiles la noticia del combate sobre el cadáver de Patroclo”, “Diomedes, asistido por Minerva, hiere a Marte” y “Combate de lapitas y centauros”. Como ocurrió con otros artistas del pasado, Rafael Tegeo fue ignorado durante muchos años, tras su muerte, después de un periodo de encumbramiento en los años 30 del XIX, cuando realizó los encargos del infante Sebastián Gabriel y las obras decorativas para el Casino de la Reina y el Palacio Real de Madrid. A su silencio artístico durante las épocas absolutistas colaboró en no poca medida su oposición a Fernando VII y su militancia y compromiso político con el Liberalismo, bajo cuya militancia llegó a ser concejal del ayuntamiento de Madrid. Su figura fue rescatada en 1999 a raíz de la publicación de la biografía “Rafael Tegeo, un pintor en la encrucijada”, del crítico de arte Juan Carlos Aguilera Rabaneda, y de la obra “Rafael Tegeo. Del tema clásico al retrato romántico”, de Páez Burruezo. Además del mitológico, entre los géneros practicados por Tegeo destacan el histórico y el religioso, con especial atención, en ambos, al tratamiento del cuerpo masculino, como se manifiesta en su obra “Hércules y Anteo”, que pintó con motivo de su ingreso como miembro honorario de la Real Academia de San Fernando. También practicó asiduamente el retrato, sobre todo al aire libre en paisajes románticos, especialidad en la que cosechó una gran popularidad en la emergente sociedad burguesa de la época y en la que arriesgó captar la dimensión sicológica de los modelos. Gracias a esta especialidad sobre todo, fue nombrado pintor de cámara de la reina Isabel II en 1846, aunque durante este periodo realizó también algunos de sus mejores cuadros históricos, como “Episodio de la conquista de Málaga”, una obra que fue redescubierta en el año 1992 y que desde entonces no se volvió a mostrar en público hasta ahora.

TÍTULO. Rafael Tegeo. 1798-1856
LUGAR. Museo del Romanticismo. Madrid
FECHAS. Hasta el 17 de marzo

ADULTERIO, CELOS, DESAMOR

 

En “Nada que no sepas” la escritora María Tena profundiza en algunas constantes de sus novelas anteriores

 

A veces las personas necesitan viajar al pasado para aclarar ciertos acontecimientos que perturban su vida. Buscan una explicación satisfactoria que les proporcione tranquilidad para seguir viviendo o les libere de la carga de una culpabilidad muchas veces asumida de forma equivocada. Es lo que le ocurre a la protagonista de esta novela de María Tena, “Nada que no sepas”, galardonada en 2018 con el Premio Tusquets de novela. Una historia de desamor, de celos, de infidelidades, que se van desvelando poco a poco sobre el fantasma de una madre muerta de forma violenta en circunstancias que la protagonista quiere aclarar de una vez por todas. Para investigar esas circunstancias viaja de Madrid a Montevideo, donde ocurrieron los hechos cuando era adolescente durante la década de los sesenta del pasado siglo, unos años de riqueza y prosperidad en un país al que se conocía como la Suiza de América, una época que vino a truncar el terrorismo urbano de grupos revolucionarios de uno y otro signo, desde los Tupamaros a los Escuadrones de la muerte, que condujeron a un golpe de estado cívico-militar que culminó con las dictaduras de Juan María Bordaberry y Alberto Demicheli y terminó con la prosperidad del país.
La protagonista quiere enfrentarse al pasado a través de los testimonios de quienes habían sido compañeras de juegos y de colegio, amigas y amigos de una infancia rota por el acontecimiento trágico que cambió su vida. Piensa que esas personas que un día fueron niños como ella y que ahora son adultos entrados en la cuarentena, tienen la información que busca para desvelar un misterio con el que ha vivido desde que su padre decidiera el regreso repentino a España después de la muerte de la madre de la protagonista. Una adolescencia feliz de excursiones y días de playa, de fiestas en el jardín y comidas al aire libre, en compañía de mujeres atractivas y hombres apuestos y elegantes, que se vio abruptamente quebrada por la muerte inesperada de la Madre (Tena escribe la palabra casi siempre con mayúscula).
La historia se desarrolla en dos planos que corresponden al presente y al pasado de esa protagonista, dos historias paralelas en las que algunas de las situaciones que vivieron sus padres en el pasado se repiten ahora en su vida actual. A través de los testimonios de sus antiguas amigas y de un intercambio postal con uno de los compañeros de adolescencia va descubriendo poco a poco que la incertidumbre, el desamor, el adulterio y otras experiencias de su vida son las mismas que sus padres vivieron en aquellos años lejanos en los que no era consciente de una situación que entonces no podía comprender.
María Tena maneja con habilidad el recurso literario de la evocación y el recuerdo de los padres, que es una presencia constante en la vida de las personas sobre todo cuando ya se han perdido. Sitúa esa evocación en la adolescencia, que es la época en la que con más intensidad irrumpe en la memoria de quienes los recuerdan. Por eso la protagonista vuelve una y otra vez a aquellos años de felicidad inconsciente para encontrar ahora, desde la madurez, las respuestas a los misterios que la han acompañado desde entonces, unos misterios que quiere exorcizar definitivamente porque intuye que es imprescindible para liberarse de un peso que ha condicionado su vida y cuya revelación sea tal vez la llave para acabar con los conflictos por los que atraviesa en su vida actual. En la manera de resolver la duda que la invade en el aeropuerto en el que espera el avión de regreso a España estará la respuesta con la que va a encarar su futuro, una respuesta que en buena medida María Tena deja en manos del lector.

20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.

MAX BECKMANN: EL ARTISTA EN EL EXILIO

El Museo Thyssen abre en Madrid una exposición con las mejores obras del artista alemán
Con la abdicación de Guillermo II tras la revolución de noviembre de 1918, la nueva constitución alemana transformó el país en una república federal parlamentaria que liquidaba el periodo imperial y daba paso a la República de Weimar (por la ciudad en la que se firmó la constitución), que se prolongó hasta 1933, cuando los nazis tomaron el poder. Fue una época de turbulencias y de crisis económicas durante la que, sin embargo, se registraron importantes avances sociales y se ampliaron las libertades públicas, y durante la cual Alemania vivió una etapa de esplendor en las artes y en las letras. El impulso artístico de movimientos como la Bauhaus, el expresionismo y la Nueva Objetividad dio al país algunos de los artistas más apreciados internacionalmente, cuyas obras son aún hoy objeto de asombro. La llegada de Hitler al poder terminó con esta etapa de creatividad y paralizó la actividad de los artistas, muchos de los cuales tuvieron que exiliarse por sus ideas izquierdistas o por sus orígenes judíos. Entre ellos estaba Max Beckmann (Leipzig, 1884-Nueva York, 1950), autor de una obra pictórica personal, realista pero de resonancias simbólicas a través de cuyas alegorías pretendía pintar el aspecto sensorial del mundo, lo visible, como representación de lo invisible. Una importante selección de sus obras llega ahora al museo Thyssen Bornemisza de Madrid.
ETAPAS DE UNA VIDA
La primera sección de esta exposición recoge algunos autorretratos de Beckmann (“Autorretrato con copa de champán”, “Autorretrato como payaso”) y su obra más temprana, creada antes de la Primera Guerra Mundial y también durante los años de la República de Weimar, cuando la industrialización y la entrada de Alemania en la modernidad provocaron un éxodo del campo a la ciudad y transformaron el país en una potencia en ciernes. Beckmann recoge estas circunstancias en los cuadros de esta primera etapa en la que se aprecian sus lazos con la tradición y una profunda influencia de Cézanne. En 1913 consiguió el reconocimiento en todo el país y fue considerado como el más destacado representante de la Nueva Objetividad, sobre todo con los cuadros de escenas callejeras de la ciudad de Berlín (“La calle”, “Carnaval en París”). Voluntario en la Gran Guerra, al finalizar ésta se instaló en Frankfurt, donde conoció a su segunda mujer, Mathilde von Kaulbach, conocida como Quappi, modelo de algunos de sus cuadros (antes estuvo casado con la soprano Minna Tube). Entre 1933 y 1937 Beckmann aportó un nuevo formato pictórico: el tríptico (tres de los diez que se conservan se pueden ver en esta exposición), una referencia al arte medieval alemán gótico y renacentista.
PINTURAS DEL EXILIO
Destituido de su cargo en la Escuela de Frankfurt, el régimen nazi prohibió la exposición de las obras de Beckmann, las retiró de las colecciones públicas y las incluyó en la muestra itinerante de “arte degenerado”, abierta en la Haus der Kunst de Munich en julio de 1937, con la que se pretendía descalificar el cubismo, el impresionismo y el surrealismo y a artistas como Paul Klee, Kandinsky, Marc Chagall o Edvard Munch. El mismo día de la inauguración, el 19 de julio, Beckmann decidió abandonar el país y exiliarse primero en Amsterdam (1937-1947) y finamente en los Estados Unidos (1947-1950), donde ocupó la cátedra de pintura de las escuelas de Arte de la Washington University y del Brooklin Museum. El grueso de la exposición pertenece a esta segunda etapa del pintor. Relacionadas con sus obras del exilio son las cuatro metáforas bajo las que se agrupan sus pinturas de estos años: Máscaras, Babilonia eléctrica, El largo adiós y El mar.
‘Máscaras’ trata de representar la pérdida de identidad del exiliado a través de figuras como el artista ambulante o el actor de circo, que actúan ante el público siempre bajo un disfraz. A esta serie pertenecen “Begin the beguine” y el tríptico “Carnaval”. ‘Babilonia eléctrica’ (alusión al exilio de los judíos en Babilonia) retrata al exiliado en la ciudad moderna, en el laberinto de bares, salas de juego, salones de baile y locales de espectáculos, donde todo es brillo de lentejuelas y fuegos artificiales, los ambientes con los que se encuentran quienes vienen del campo a la ciudad. En esta serie se inscriben “Gran varieté con mago y bailarina”, “El hijo pródigo” y “Noche en la ciudad”. ‘El largo adiós’ relaciona el exilio con la muerte a raíz del axioma “partir es morir un poco”. A esta serie pertenece su díptico compuesto de “Nacimiento” y “Muerte”, y también “Vampiro” y “Globo con molino”. Por último, ‘El mar’ es una alegoría del infinito, del lugar sin límites. “El traslado de las esfinges”, “Camarotes” y “Hombre cayendo” pertenecen a esta serie, donde se ha instalado también su tríptico “Los argonautas”, que el artista finalizó el 27 de diciembre de 1950, el mismo día en que un infarto fulminante terminó con su vida cuando paseaba por las calles de Nueva York.

TÍTULO. Beckmann. Figuras del exilio
LUGAR. Museo Thyssen Bornemisza. Madrid
FECHAS. Hasta el 27 de enero de 2019

UNA NUEVA EDICIÓN DE LA “COMEDIA” DE DANTE

Una de las obras inmortales de la literatura universal, la “Divina Comedia”, de Dante Alighieri (Florencia, 1265-Rávena, 1321), ha conocido numerosas ediciones a lo largo de los siglos, desde la difusión de los primeros manuscritos del “Infierno” de 1312 y la primera edición impresa en 1472. A España, que fue el primer país en traducir a Dante, llega ahora, a cargo de la editorial Acantilado, la que tal vez sea la más completa editada en nuestro país, con traducción, prólogo y comentarios del poeta y catedrático de literatura José María Micó, quien afirma que la “Comedia” es el libro más extraordinario de la cultura literaria europea. En un país en el que se han venido prodigando excelentes traducciones (recordamos ahora la de Ángel Crespo para Seix Barral, la de Abilio Echevarría para Alianza Editorial, la de Luis Martínez de Merlo para Cátedra, en gallego la de Darío Xohán Cabana para Edicións da Curuxa y en catalán las de Josep María de Sagarra y Joan Francesc Mira), la de Acantilado mantiene, además, el título original de “Comedia” con el que Dante tituló su obra: el nombre de “Divina Comedia” se comenzó a utilizar desde que Boccaccio la publicara con este calificativo en la edición veneciana de 1555.
LOS ORÍGENES DE UNA OBRA MAESTRA
Dante Alighieri conoció a su amada Beatriz cuando tenía nueve años, pero ya entonces sintió por ella algo más que una atracción juvenil; fue una fuerza violenta que lo poseyó y que se acrecentó cuando nueve años después volvió a verla. Este sentimiento que experimentó intensamente a lo largo de su vida no lo dio a conocer hasta dos años después de la muerte de Beatriz en un libro de carácter autobiográfico, “Vita Nuova” (Vida Nueva), escrito hacia 1292, en el que Dante recoge desde sus poemas de los años juveniles hasta aquellos en los que comienza a expresar su dolor por la muerte de la amada. En “Convivio” (Banquete), una obra escrita entre 1304 y 1307, Dante también busca a Beatriz, ahora a través de la Filosofía en su sentido medieval (metafísica, astronomía, ética y política). Aquí el poeta transforma la literatura en un poderoso instrumento de cultura del que Beatriz es guía. Lo será ya hasta los últimos versos de la “Comedia”.
VIAJE A ULTRATUMBA
A los 35 años (a mitad del camino de la vida) Dante inicia en 1307, desde su exilio en Rávena, la composición de la “Comedia”, un largo poema en primera persona en el que el autor sigue buscando a Beatriz, ahora en el otro mundo, a lo largo de un viaje imaginario a los tres reinos de ultratumba. El poeta Virgilio (que simboliza la razón) lo acompaña en el infierno; Beatriz (la gracia) lo guía por el purgatorio hasta el paraíso, y San Bernardo (la gloria) lo lleva hasta la contemplación de Dios. De este modo el viaje se inicia en el infierno, una materia “horrible y fétida” en palabras del autor, y termina en otra, el cielo, “próspera, agradable y deseable”. De ahí el nombre de “Comedia” que Dante decidió como título: en esa época una comedia era una obra que empezaba mal y terminaba bien.
A diferencia de la mayoría de las obras, que todavía se escribían en latín, Dante escribió la “Comedia” en el lenguaje vulgar de la época, el toscano, con el que consiguió, según comentarios ilustres, la más bella manifestación que ha logrado jamás la lengua italiana. La “Comedia” marca el origen de la literatura moderna, la literatura de ideas.
UNA OBRA ALEGÓRICA
La “Comedia” es una obra simbólica y alegórica sobre el más allá, orientada hacia la salvación del alma y el conocimiento espiritual de Dios, aunque es al mismo tiempo una metáfora de este mundo, del mundo en el que vivía Dante. Uno de los simbolismos más presentes en la obra es el trinitario. El número tres, y su múltiplo el nueve, protagonizan este simbolismo de manera matemática. Así, la obra, escrita en tercetos, está dividida en tres partes que representan la Trinidad, y cada una de ellas se compone de nueve círculos (el Infierno), nueve partes (el Purgatorio) y nueve cielos (el Paraíso), que se desarrollan a la vista del lector durante los siete días que dura el viaje, una cifra que es también una alegoría que representa los siete días de la Creación, las siete virtudes teológicas y los siete pecados capitales. Tres son también los guías de Dante, tres los escalones que llevan al Purgatorio y tres (la noche, la mañana y el mediodía) los tiempos simbólicos en que transcurre la obra. Dante es interrogado por San Pedro sobre la Fe, por Santiago sobre la Esperanza y por San Juan sobre la Caridad.
INFIERNO, CIELO, PURGATORIO
El canto del ‘Infierno’, el primero, nos presenta a un Dante perdido en la selva del mal y asaltado por tres fieras que representan el pecado. En esta situación encuentra al poeta Virgilio, que lo guía a través de un abismo en forma de cono invertido dividido en nueve galerías o círculos (el primero es el limbo, donde están los inocentes no bautizados) en los que sufren terribles castigos los condenados, distribuidos según categorías: avaros, iracundos, perezosos, herejes, violentos, simoníacos, hipócritas, ladrones, falsarios… En el fondo del último círculo está Lucifer, representado por un monstruo con tres rostros cuyas bocas trituran a los pecadores. Los condenados añoran los bienes terrenales (la naturaleza, la familia) y manifiestan su dolor sin esperanza. Este espacio está poblado de elementos de la mitología clásica y del mundo pagano.
El Purgatorio es una montaña dividida en nueve círculos donde las almas se purifican para poder acceder al Paraíso.. En el Purgatorio hay gente inteligente que recuerda la belleza de este mundo mientras espera la gloria del otro. También están aquí los arrepentidos en trance de muerte, los fallecidos de muerte violenta y los príncipes negligentes. Virgilio desaparece aquí y aparece Beatriz, que va a conducir al poeta hasta el Paraíso, formado por nueve cielos móviles, nueve espacios en los que se sitúan los justos, los laboriosos, los amantes, los mártires o los sabios. Y a continuación de estos está el Empíreo, un décimo cielo espiritual reservado a los santos. Con Beatriz asciende al cielo, el reino de la paz, de la filosofía y del amor, aunque para mostrarle la visión de Dios y comprender los misterios de la Encarnación y de la Trinidad, es acompañado por San Bernardo.
A lo largo del viaje por los tres estados van desfilando personajes históricos, desde Papas y emperadores a parientes, amigos y enemigos, unos reales y otros de ficción, a los que Dante sitúa en el infierno, el purgatorio o el paraíso según la opinión que sobre ellos tiene formada el poeta florentino. De ahí que la “Comedia” sea también un canon acerca del sistema de valores de un Dante que se apartaba de los dictados oficiales del Vaticano, como demuestra la prohibición por la Iglesia de algunos de sus escritos.

MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA DE EUROPA

 

El periodista Guillermo Altares recorre el continente a través de acontecimientos de su historia y de su cultura

La idea central que preside este libro del periodista Guillermo Altares (“Una lección olvidada”. Tusquets) es la de que a pesar de la diversidad y de las diferencias entre los territorios que integran Europa, existe una tela de araña de fuertes lazos tejida entre sus habitantes y sus culturas, una atracción forjada a lo largo de la historia, que hace que esa unión sea indestructible. Para Altares el proceso de la unidad europea iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de las fronteras, la utilización de una moneda única y la búsqueda del bien común, ha sido lo mejor de nuestra historia reciente como europeos. Por eso, desde el prólogo de este libro, nos recuerda aquella frase de Víctor Hugo en la que el escritor francés afirmaba que una guerra entre europeos es siempre una guerra civil.
DE LAS CAVERNAS A LA GUERRA DE YUGOESLAVIA
Teniendo como objetivo esta premisa, “Una lección olvidada” es un viaje por algunos acontecimientos de la historia que muestran esos vínculos, que se han reforzado a pesar de los problemas a los que Europa ha tenido que enfrentarse a lo largo de los siglos. Desde las cuevas prehistóricas a los conflictos de la antigua Yugoeslavia, la historia de Europa ha sido una sucesión de acontecimientos que han forjado la personalidad de un continente que vive en la actualidad el periodo más evolucionado de su historia. El recorrido se inicia en la cueva prehistórica de Chauvet, descubierta en 1994, cuyas fascinantes pinturas rupestres, de una antigüedad de 36.000 años, muestran un arte que se identifica tanto con Altamira como con la contemporaneidad, teniendo en cuenta el dato de que entre Chauvet y Altamira existe mayor distancia temporal que entre Altamira y el siglo XXI.
Uno de los aspectos que se destacan en este libro es el de la superación, en la época actual, de la violencia, que fue una presencia histórica permanente en el continente, “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores”, en palabras del autor. Una violencia que ya estaba hace 5200 años en el hombre de las nieves, la momia de Ötzi encontrada en 1991 y que demuestra que también la prehistoria fue un periodo convulso. Una violencia que continuó en el mundo antiguo con las guerras de Troya y el Peloponeso y las conquistas del imperio romano, que se prolongó en la Edad Media con las invasiones de los pueblos bárbaros y los vikingos y después con las guerras de religión, las cruzadas y las persecuciones contra heterodoxias religiosas como la de los cátaros, se extendió a través de los episodios de terror desatados durante la Revolución Francesa y las matanzas de la Comuna de París, hasta ensangrentar el siglo XX durante la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el Holocausto y las represiones derivadas de los sistemas totalitarios que se instalaron en suelo europeo… hasta alcanzar los últimos conflictos de la guerra de Yugoeslavia hace apenas veinte años. A estos episodios dedica Guillermo Altares los 20 capítulos de este libro excepcional.
Pero frente a esta violencia, en Europa se ha manifestado también una unidad cultural que la salva de una radical condena histórica. El legado de Grecia y Roma, los mundos bizantino y árabe, la arquitectura religiosa que dio lugar a las catedrales, las obras de Caravaggio, la Ilustración, el arte y la literatura de los siglos XIX y XX… encierran en las manifestaciones de la diversidad de los países del continente una innegable urdimbre europeísta. De estas manifestaciones habla también este libro, uno de cuyos méritos son las citas bibliográficas que incitan a la lectura de los textos que las documentan.