POR LA BOCA MUERE EL PEZ

Se le atribuye al presidente norteamericano Abraham Lincoln la frase “Más vale callar y parecer idiota que hablar mucho y despejar toda duda”. Con frecuencia escuchamos declaraciones de personajes que se contradicen continuamente en sus afirmaciones y nunca reconocen haberse equivocado sino que insisten en que cuando dijeron ‘digo’ estaban diciendo ‘Diego’. No digo yo que haya que mantener las mismas opiniones sobre un mismo tema durante toda la vida porque las circunstancias cambian y, aunque no cambiasen, las personas evolucionan en su manera de ver las cosas, en su ideología y en sus actitudes. ¿De qué valdría si no la experiencia?. Decía el poeta Angel Valente que lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido.

Pero en estos días estamos asistiendo a una serie de declaraciones, sobre todo en el mundo de la política, de personas que, diciendo una cosa están al mismo tiempo diciendo la contraria. Un ejemplo. Cuando se hizo pública la imputación de Artur Mas por la celebración de la consulta del 9 de noviembre de 2014, a los pocos días de celebrarse las elecciones en Cataluña, el Gobierno manifestó que la Justicia tenía su propio funcionamiento y nunca hacía cálculos sobre las circunstancias en que se producen sus decisiones, y mucho menos que el Gobierno interfiera en ellas o en el calendario que siguen los órganos judiciales. Sin embargo, el ministro de Justicia Rafael Catalá (el Gobierno), se apresuró a decir que esa imputación no se había producido antes para no interferir en las elecciones autonómicas del 27 de septiembre, con lo cual venía a desmentir no sólo que la Justicia no sigue esos criterios de no intervención sino que había sido el Gobierno quien habría manifestado la conveniencia de retrasar esa imputación. De otra manera ¿por qué el ministro iba a estar tan seguro de que se había aplazado el anuncio de la imputación?.

Hablando de Artur Mas, una de las afirmaciones que ha venido haciendo durante toda la campaña electoral fue la de negar que en Cataluña se hubiera producido una ruptura social en la calle entre los partidarios de la independencia y los contrarios a su propuesta. Sin embargo, en una entrevista en La Sexta, a preguntas de la entrevistadora, Mas afirmaba que la voluntad independentista se había manifestado en la celebración de la Diada, durante la que cientos de miles de catalanes ocuparon las calles de Barcelona y otras ciudades pidiendo la independencia. Con lo cual no sólo venía a corroborar aquella ruptura social que negaba (los independentistas ocupan las calles y los no independentistas se quedan en sus casas) sino que, al afirmar que todos los manifestantes eran independentistas, daba a entender que la Diada, una celebración que desde los años de la transición se había caracterizado por acoger a catalanes de todos los partidos (incluso a los de la derecha no catalanista), ya era sólo monopolio de los partidarios de la independencia. Para los demás, se acabó la fiesta.

En la confusión de las informaciones generadas por el caso de Cataluña han pasado casi desapercibidas, o al menos no analizadas suficientemente, unas manifestaciones del antiguo dirigente de Podemos  Juan Carlos Monedero, desde su blog, sobre la condena del dirigente venezolano Leopoldo López por el régimen de Maduro. Venía a decir Monedero que la condena a 13 años de cárcel del opositor venezolano era de justicia porque había hecho lo mismo que hacían la kale borroka o ETA cuando no aceptaban los resultados electorales. Sorprende el rechazo con el que se han acogido estas declaraciones por quienes sólo atienden al acuerdo que Monedero mantiene con el gobierno y la justicia venezolana en relación con la pena a la que ha sido condenado Leopoldo López, realmente otra más de las vergonzosas decisiones del chavismo. Pero sin embargo, hay que analizar las manifestaciones de Monedero desde otro punto de vista porque, al fin, reconoce que a los de la kale borroka habría que condenarlos también a esos trece años de cárcel que le impusieron a López y, para quienes tanto dudan de las simpatías de Monedero por ETA, esta es una prueba de que en realidad Monedero no está de acuerdo con las acciones llevadas a cabo por la banda a causa de su no aceptación de los resultados electorales durante tantos años. Algo hemos ganado.

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LECTURAS DE VERANO

Se tiene la idea de que el verano es la época en que la gente lee más porque tiene más tiempo para dedicar a la lectura. La falta de tiempo es la excusa que siempre se alega cuando a alguien le preguntan si le gusta leer. Posiblemente en general se lea más en verano, no sólo por esta circunstancia sino porque hay otros mecanismos que promueve la industria editorial, como la celebración de importantes ferias del libro en vísperas o inicios del verano, en las que los visitantes adquieren sus bagajes de lecturas veraniegas. Sin embargo pienso que para quienes leen habitualmente el resto del año, el verano es la estación en la que dedican menos tiempo a la lectura, porque suelen orientar su ocio hacia actividades diferentes.
Cuando se habla de lecturas de verano todo el mundo entiende que se trata de novelas de evasión con argumentos simples y protagonistas sin complicaciones existenciales, de narraciones entretenidas, muy propias de los best seller de cada momento. Cuando bajo a la playa y veo qué lee la gente al sol, además de las revistas del corazón y los periódicos deportivos, observo que abundan los títulos más promocionados de la temporada, casi todos de autores muy conocidos. Las revistas literarias y los suplementos de los periódicos confeccionan cada año con estas publicaciones listas de lecturas que recomiendan para el verano, como si en esta estación no fuera posible leer otra cosa.
En relación con mis lecturas de verano hace años que tengo por costumbre diversificarlas en torno a tres categorías. Suelo aplazar para esta época las novedades que, por falta de tiempo, no he podido abordar durante el año. En estos meses también acudo a los clásicos que, por unos u otros motivos, tengo pendientes de lectura: así, a bote pronto, recuerdo haber leído en la playa, en los últimos años, títulos como “El idiota” de Dostoievski, “La madre” de Gorki, “Los Buddenbrock” de Thomas Mann o “El hombre sin atributos” de Musil. Y hay un tercer placer al que acudo con frecuencia durante el verano, que es el de la relectura de aquellos libros que por motivos diversos me han dejado alguna huella. “El gran Meaulnes” fue uno de ellos este verano.
UN AUTOR OLVIDADO
Durante mucho tiempo “El gran Meaulnes” fue una lectura recomendada a los adolescentes, junto a las novelas de Salgari, Stevenson o Julio Verne. Fue a esa edad cuando leí por primera vez la novela de Alain Fournier, que cuenta las aventuras de Augustin Meaulnes narradas por su mejor amigo y confidente, François Seurel, hijo del maestro del colegio al que ambos asisten. En mi memoria ha quedado grabada para siempre una de las imágenes más poderosas de la literatura, la de un joven bajando las estrechas escaleras de un caserón llevando en brazos el cadáver de quien pudo haber sido su amada.
Me sedujo entonces también la manera en que está narrada la sacudida que sufre la vida rutinaria de unos personajes que viven en un idílico entorno rural, a causa de la llegada de un joven diferente a los demás, de un indomable espíritu aventurero: “La llegada de Augustin Meaulnes fue el principio de una vida nueva”, recuerda François muchos años después. El contagio de este espíritu de Meaulnes a su joven amigo se extiende también a los lectores, fascinados por las experiencias del protagonista y por el encuentro misterioso y apasionado con el primer amor de juventud. Alain Fournier recrea con maestría los diferentes escenarios en los que se desarrolla la acción: el colegio, las pequeñas localidades rurales y el Dominio, un misterioso paraje en el que se enclava la mansión sin nombre en la que Meaulnes vive la aventura que decidirá su vida.
Cuando leí por primera vez “El gran Meaulnes” yo no conocía la biografía de Alain Fourier (1886-1914), que murió en combate en Les Espargues a los 28 años (al año siguiente de publicar esta su única novela) víctima temprana de la Primera Guerra Mundial. Tampoco sabía de la experiencia que tuvo con una joven de la que se enamoró y a la que buscó incansablemente durante años, después de haber perdido su rastro, y que inspiró la trama de esta novela, en la que también recoge sus experiencias como hijo de un matrimonio de maestros de Sologne. Sin embargo, el desconocimiento de estos detalles no impide sumergirse en el ambiente de la historia, entender sus episodios, en los que se mezclan realidad y ensueño, y quedar atrapado en los avatares del protagonista, trenzados con elementos literarios que van desde el azar y la fantasía a la tragedia romántica.
Novela del desasosiego juvenil en un entorno rutinario, donde las estaciones se suceden iguales año tras año y la vida discurre monótona y repetida, Fournier profundiza aquí, a través de una poética melancolía, en los sentimientos de quienes despiertan a la vida llenos de coraje y ambición y se enfrentan a una realidad que no siempre resulta gratificante.
Muchos años después, el reencuentro con este clásico semiolvidado (la última reedición, de Mondadori, tiene más de diez años) ha mantenido intactas para mí las sensaciones que me transmitió en su día la primera lectura.
EL PRIMER DOSTOIEVSKI
En cuanto a los clásicos, este año he vuelto a Dostoievski y a una de sus novelas de referencia, las “Memorias del subsuelo”. Dostoievski la publicó después de “Humillados y ofendidos” y antes de escribir las que se consideran sus grandes obras, “Crimen y castigo” y “Los hermanos Karamazov”.
Solía decir José Saramago que él escribía novelas para decir lo mismo que explicaría en un ensayo, pero consciente de que el mensaje llegaba así a más lectores y podía ser mejor asimilado. Lo mismo parece mover a Dostoievski cuando concibe estas “Memorias del subsuelo”, en las que ha querido explicar, a través de la ficción, una peculiar filosofía de la vida. Divididas en dos partes diferentes protagonizadas por un mismo personaje, en la primera, el protagonista expone en un largo monólogo cómo entiende la existencia. Lo hace desde la condición trágica de un proscrito, un paria que es consciente de su incapacidad para alcanzar una existencia feliz. Vive en las afueras de una gran ciudad, San Petersburgo, en un sótano miserable y oscuro, como una metáfora del inconsciente. Al igual que un personaje de Kafka, se siente víctima de la deshumanización que han traído al siglo XIX la industrialización y la burocracia de la nueva sociedad, y reacciona ante ella con lo más negativo que alberga el ser humano, cometiendo actos reprobables en los que encuentra el placer: “Llegaba a sentir una suerte de secreto placer, monstruoso y vil, cuando, de regreso a mi tugurio, me confesaba a mí mismo brutalmente que también aquel día había cometido una bajeza (…) mi delicia provenía de que conservaba la conciencia demasiado lúcida de mi degradación, de que comprendía que había alcanzado el fondo de la infamia”. Nuestro protagonista busca lo bello y lo sublime, y lo encuentra en las cosas más viles e infames. Su rebelión contra el mundo incluye su oposición a las leyes naturales, a la prosperidad, a la razón y hasta a la aritmética: “el dos y dos son cuatro no es ya la vida sino el comienzo de la muerte”. Dice George Steiner en la introducción (la edición que manejo es la de Barral de 1978) que en su sótano, el protagonista hace planes de venganza contra los burócratas, los cocheros que lo salpican de barro, los criados que le cierran la puerta en la nariz, las damas que se burlan de su abrigo raído… con la esperanza de que todos se arrastrarán un día a sus pies de conquistador. La venganza es, pues, su razón de existir. Pero a diferencia del resto de los hombres, que se vengan porque creen que la venganza es una forma de hacer justicia, nuestro protagonista quiere vengarse por pura maldad.
La segunda parte de “Memorias del subsuelo” está dedicada a la consumación de esta venganza. Nuestro antihéroe maquina la forma de vengarse de las humillaciones sufridas a manos de sus antiguos compañeros de trabajo, a quienes desprecia, sacrificando incluso sus pocas pertenencias y su escaso pecunio. Termina en el lecho de una prostituta a la que decide salvar de su infortunio y a la que, fiel a sus principios, acaba finalmente hundiendo y condenando a una vida sin esperanza.

MÁSCARAS DE VALLE-INCLÁN

“El que más vale no vale tanto como vale Valle”. Esta divisa nobiliaria, que figura en el escudo de los Valle-Inclán, dio pie al escritor para atribuirse unos inciertos orígenes nobiliarios heredados de sus antepasados. Su tío abuelo Benito Montenegro, que inspiró el personaje de don Juan Manuel, el de las Comedias bárbaras, descendía, según don Ramón, de una emperatriz alemana en cuyo blasón figuraban espuelas de oro sobre campo de plata. Valle-Inclán explotó siempre que pudo su ascendencia aristocrática para recrear una imagen a la que fue añadiendo los atributos intelectuales y estéticos que conforman su leyenda. Dedicó toda su vida a cultivar esta imagen que, al margen de su excepcionalidad literaria, le proporcionó un halo de originalidad que lo diferenciaba de la monotonía de sus contemporáneos. A ello se dedicó ya desde su juventud, muchas veces convirtiendo en fantasías algunas de sus vivencias y otras falseando directamente la realidad. Entre sus primeros relatos fabulosos figura el de la supuesta caza de un lobo, acompañado de su abuelo, cuando era aún un niño (pero su abuelo había muerto un año antes de que él naciera). Un reciente libro de Manuel Alberca, “La espada y la palabra”, tal vez la biografía más completa del escritor, ha rastreado entre algunas de las máscaras que Valle-Inclán utilizó a lo largo de su vida para agigantar una leyenda que lo acompañó más allá de la muerte.
Uno de los referentes literarios de sus primeros años fue el escritor José Zorrilla, un autor entonces muy popular. En su primera estancia en Madrid, que inició en 1891, Valle-Inclán dijo haberse encontrado con el insigne escritor en un tranvía que pasaba por la Puerta del Sol. De la conversación que mantuvo con Zorrilla durante el tiempo que duró el trayecto, Valle-Inclán escribió un artículo titulado “El tranvía”, que, en diferentes versiones, publicó a lo largo de varios años primero en “El Globo”, después en “Diario de Pontevedra” y por último en “El Correo Español” de México. Siempre presumía de haber intimado con su idolatrado escritor, al que llamaba “mi viejo amigo el poeta Zorrilla”, aunque se sabe que, a causa de su enfermedad, Zorrilla no salía de casa desde dos años antes de la fecha en la que Valle-Inclán decía haber coincidido con él en Madrid.
Valle-Inclán perdió su brazo izquierdo durante una pelea con el periodista Manuel Bueno, que lo molió a palos con un bastón de hierro que utilizaba habitualmente. Uno de los golpes le afectó a los huesos de su muñeca y la infección interna, no detectada en los primeros auxilios, le produjo una gangrena que obligó a una dolorosa amputación. El escritor contaba la pérdida de su brazo de mil maneras diferentes, a cual más fantasiosa. La Asociación de la Prensa reunió dinero para financiarle un brazo ortopédico que nunca llegó a comprar.
Durante su estancia en Roma como director de la Academia de Bellas Artes de España, trabó amistad con el matrimonio formado por el agregado militar de la embajada de España, el comandante de aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros y su mujer, la aristócrata madrileña Constancia de la Mora. El militar fue encargado por el gobierno español a una misión para ayudar a huir a Francia al dirigente socialista Indalecio Prieto, perseguido por la policía por su apoyo a la revolución de octubre en Asturias. Cisneros contó a Valle-Inclán con todo lujo de detalles cómo había sacado a Indalecio Prieto escondido en el maletero de su automóvil, que pasó todos los controles gracias a su uniforme militar. Días más tarde, en una tertulia improvisada en su domicilio, Valle-Inclán contaba a los asistentes cómo se había organizado y llevado a cabo la evasión de Indalecio Prieto a Francia. Lo más sorprendente es que el propio Valle-Inclán aseguraba que él mismo había sido el organizador y el protagonista de la fuga. Sorprendente, sobre todo, teniendo en cuenta que entre los contertulios estaba el propio comandante Cisneros, que escuchaba atónito el relato, y al que don Ramón se dirigía con toda naturalidad para contarle una aventura que él mismo había protagonizado.
Por extraño que pueda parecer, las fantasías continuaron más allá de su muerte. En muchas de sus biografías se cuenta que durante su entierro, en medio de una lluvia torrencial, un joven anarquista, Modesto Pasín, se abalanzó sobre la tumba ya abierta para arrancar la cruz que figuraba en la tapa del ataúd, que dejó al descubierto el cadáver de Valle-Inclán a través de un boquete provocado por la acción del anarquista. Resulta extraño que un incidente tan destacado, de haberse producido, no figurase en ninguna de las crónicas del entierro, que recogieron prácticamente todos los periódicos. Pese a lo cual se ha tenido por cierto durante muchos años.

QUIJOTES PARA TODOS

Acaba de publicarse una encuesta del CIS que revela que “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha”, la obra cumbre de la literatura española y una de las más importantes de la literatura universal, en la actualidad sólo la leen dos de cada diez españoles y que a casi la mitad de éstos (40%) no les ha gustado. Incluso es posible que los resultaos sean peores porque se dice que hay quien se avergüenza de reconocer que no lo ha leído. Este año, en que se conmemora el 400 aniversario de la publicación de la segunda parte del Quijote, se han registrado varias iniciativas que pueden mejorar estos datos porque tratan de hacer llegar esta obra a todo tipo de lectores.
PARA LECTORES EXIGENTES
La Real Academia Española acaba de publicar la edición más completa de la historia de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Son dos volúmenes pensados para quienes quieren ir más allá de la simple lectura del clásico y aspiran a comprender la historia, el arte, la cultura y todo lo que se pueda relacionar con la época en la que don Miguel de Cervantes situó las aventuras y desventuras de su personaje. Junto al texto del Quijote, exhaustivamente anotado, se incluyen ensayos que explican diversos aspectos de la obra, gráficos con los mapas de los territorios en los que se movieron el ingenioso hidalgo y Sancho, ilustraciones de todas las épocas, la bibliografía más amplia jamás registrada… La de la RAE es una de esas obras que se agradecen sobre todo por quienes conocen ya la obra y quieren acceder a nuevos niveles de lectura.
PARA ESTUDIANTES
El Quijote suele ser una de las lecturas obligatorias en los colegios para los estudiantes de la asignatura de Literatura. Lo fue por ley en 1920, con el apoyo de Unamuno y pese a la oposición de Ortega y Gasset. Algunos, sobre todo los más jóvenes, encuentran dificultades para leer y entender un texto escrito en el castellano del siglo XVII, aún con las adaptaciones que han venido haciéndose con el tiempo, lo que en muchos provoca una sensación de fracaso y en ocasiones, como de rebote, un rechazo a la obra. A iniciativa también de la RAE, el escritor Arturo Pérez Reverte ha trabajado en un Quijote para estudiantes, que acaba de publicar la editorial Santillana, “podando” del texto original todo lo que pudiera distraer de la trama básica del relato, remitiendo a enlaces los pasajes recortados. Y para una mejor comprensión del texto, Reverte ha actualizado algunas palabras que ya no se usan o no se entienden.
PARA VAGOS
Esta actualización del idioma es la que ha abordado el escritor Andrés Trapiello para “su” Quijote, que publica la editorial Destino, un trabajo en el que ha invertido 14 años. La encuesta del CIS que citábamos al principio recoge que el 66 por ciento de los que piensan que el Quijote es una obra difícil de leer dicen que lo es por el lenguaje en que está escrita. Para estos tal vez la solución sea la traducción atrevida que hace Andrés Trapiello de la obra de Cervantes, utilizando equivalentes contemporáneos a palabras y expresiones que ya no se utilizan o no se entienden. Así, el lector ya no tendrá que acudir al diccionario para conocer el significado de muchas de las palabras que Cervantes utilizó en la obra. Trapiello aclara los giros cervantinos que son más difíciles de entender en la escritura original, actualiza algunos de los refranes diseminados a lo largo de la obra y traduce al castellano actual el léxico que puede resultar ininteligible. El resultado mantiene la esencia del original. El mejor ejemplo puede ser el párrafo más conocido, aquel con el que comiénzala obra:
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino”.

“En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya olvidada, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Consumían tres partes de su hacienda una olla con algo más de vaca que carnero, ropa vieja casi todas las noches, huevos con torreznos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos. El resto della lo concluían un sayo de velarte negro y, para las fiestas, calzas de terciopelo con sus pantuflos a juego, honrándose entre semana con un traje pardo de lo más fino”.

Supongo que no es necesario señalar que las adaptaciones para estudiantes y esta que yo llamo para vagos han desatado una fuerte polémica sobre estas iniciativas. Los puristas han puesto el grito en el cielo como si se tratara de herejías literarias. El escritor y crítico Alberto Mangel (Babelia, 30/05/2015) considera que estas versiones son un síntoma de pereza intelectual, pensados para lectores que no quieren perder el tiempo, y que al quitarle las palabras difíciles se destruye el texto. Otros lo han entendido como un servicio a los lectores incapaces de abordar la lectura del Quijote precisamente por las incomodidades que suponen las peculiaridades del idioma en el que está escrito. Algunos (Fernando Aramburu. “El Quijote de Trapiello”. El País. 15/06/2015) han agradecido el trabajo y lamentado que no se haya hecho algo así cuando eran estudiantes. Como ocurre en todas las polémicas, hay razones válidas en todos los bandos. Pero no hay que olvidar que la puesta en lenguaje actual, respetando las características del texto original, es algo que viene haciéndose desde siempre. No hay más que leer cualquiera de las ediciones del “Cantar de Mio Cid” o de “La Celestina” para entender que el lenguaje que se utiliza en estas ediciones no es el original de la época en la que se escribieron las obras.

50 AÑOS NO ES NADA

Cincuenta años no es nada

Fuiste a la mejor escuela, muy bien, señorita solitaria
pero sabes que ahí sólo fuiste mimada
nadie jamás te enseño a vivir en la calle y
ahora te encuentras con que vas a tener
que acostumbrarte.
“Like a rolling stone”
Bob Dylan

De repente
no soy ni la mitad del hombre que era antes
Hay una sombra que se cierne sobre mí
De pronto llegó el ayer
“Yesterday”
Lennon & McCartney

Cuando lo intento con alguna muchacha

me dice: Nene, será mejor que vuelvas la próxima semana

porque, verás, estoy en una mala racha.

No puedo obtener ninguna satisfacción

“I can’t get no (satisfaction)”

Jagger&Richard

Normalmente, cuando hablamos de efemérides los periodistas nos referimos a acontecimientos que están muy lejos en el tiempo. Se conmemoran este 2015 quinientos años del nacimiento de Teresa de Jesús, cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte del Quijote, dos siglos de la batalla de Waterloo, setenta años del fin de la segunda guerra mundial… Sin embargo, con el tiempo hay celebraciones que ya nos van resultando cercanas. Algunas de las cosas que se celebran ahora nos parece que son de ayer mismo, porque estábamos aquí cuando sucedieron. Son esas que nos hacen exclamar ¡cómo pasa el tiempo!
La década de los años sesenta fue para mi generación lo que seguramente para nuestros abuelos fue la de los años veinte, los llamados “felices veinte”. A pesar del franquismo, la imagen que tenemos ahora de los sesenta es también la de una década feliz, superadas las peores dificultades de la posguerra, en la que además la historia se iba haciendo a nuestro alrededor: la crisis de los misiles en Cuba, la construcción del muro de Berlín, la guerra de Vietnam y la de los Seis Días, los asesinatos del presidente Kennedy, de Martin Luther King y del Che Guevara, la revolución de mayo del 68, la llegada del hombre a la Luna, la explosión de la música y la estética pop, el movimiento hippie, los festivales de Wight y Woodstock… fueron acontecimientos que a quienes los hemos vivido aunque fuera desde la distancia, nos parecen de ayer mismo. Por eso nos sorprende cuando, como en estos días, se nos recuerda que canciones que nos acompañaron toda la vida, como “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan, “Satisfaction” de los Rolling Stones y “Yesterday” de los Beatles, cumplen ahora 50 años. Y que fue precisamente hace ahora 50 años cuando los de Liverpool visitaron por primera y única vez España para dos conciertos que ya son historia. Y nos deja también un tanto perplejos que Los Brincos anden estos días por los escenarios de medio país celebrando con “Un sorbito de champán” que han nacido hace también ahora 50 años. Cincuenta años. Nada menos que medio siglo que se nos ha ido en un suspiro, y ahora vienen a recordárnoslo las canciones que a los de mi generación (por cierto, “My generation”, de The Who, es de las que también cumple ahora los 50) nos hicieron felices y que a nosotros nos siguen sonando tan frescas como entonces aunque nos hagan reflexionar sobre el paso del tiempo. Cuentan que un admirador de Greta Garbo se cruzó un día con la actriz, ya en sus últimos años:
– ¿Es usted Greta Garbo?
– Yo fui Greta Garbo
Tempus fugit.

TIEMPO DE DESCUENTO

Tiempo de descuento

 

Vengo observando que algunos partidos de fútbol se deciden en los minutos de descuento que se añaden al tiempo oficial. Es en esos minutos añadidos cuando los jugadores emplean todas las fuerzas que les quedan, ponen en juego todos sus recursos, para conseguir un resultado airoso. Muchos encuentros se han ganado y se han perdido en ese tiempo añadido. La Champions League es el ejemplo más clásico. El Real Madrid ganó en 2014 su décima copa de Europa gracias a un gol que forzó, en el tiempo de descuento, una prórroga en la que se impuso al otro finalista, el Atlético de Madrid. Y en otra final, la de 1999, fue en el tiempo de descuento cuando el Manchester United arrebató al Bayern de Munich un triunfo que los alemanes ya estaban celebrando. Otro equipo alemán, el Borussia de Dortmund, marcó en el tiempo de descuento dos goles increíbles que eliminaron en 2013 al Málaga en la carrera hacia la final de esta misma competición. Es, pues, durante el tiempo de descuento cuando muchos jugadores dan lo mejor de sí mismos, poseídos por una fuerza que a veces parece satánica.

Alcanzado por la jubilación, comienza ahora, también para mí, un tiempo de descuento en el que voy a jugar los minutos que el árbitro decida añadir al partido de la vida, porque como decía Oscar Wilde, “lo peor no es envejecer; lo verdaderamente malo es que no se envejece”. Y en este resto voy a poner mi mejor voluntad en seguir haciendo una de las cosas que me han resultado más gratificantes, que es escribir. Espero que también a vosotros su lectura. Esta una primera entrega.

LO MEJOR ESTÁ POR LLEGAR

Una de las interpretaciones que siempre he hecho de “La metamorfosis” de Kafka es la de que esa transformación que sufre el protagonista, Gregorio Samsa, cuando un día se despierta convertido en insecto, es una metáfora de tantas transformaciones que todos experimentamos a lo largo de nuestras vidas. Un día nos acostamos siendo solteros, por ejemplo, y al día siguiente ya estamos casados, unidos a otra persona para toda la vida (al menos en intención). Otro día nos convertimos en padres de un día para otro, y otro día en huérfanos, metamorfosis también importantes. Algunas personas se acuestan siendo trabajadores de una empresa o de una fábrica y se despiertan al día siguiente en el paro: otra transformación que se las trae. Ayer mismo, yo me acosté siendo profesor de universidad y esta mañana me he despertado convertido en un jubilado, y mi perplejidad es muy parecida, os lo juro, a la que sentía Gregorio Samsa en el relato de Kafka aquella mañana en la que se despertó convertido en insecto.

A estas alturas de la vida uno tiene la tentación de hacer balances de todo lo que ha hecho y de lo que se ha dejado por el camino. No es un ejercicio muy recomendable porque casi siempre salimos perdiendo en las comparaciones. Como en la letra del bolero, concluimos que “la vida se aleja y nos deja llorando quimeras” y nos lamentamos siempre de no haber aprovechado mejor nuestro tiempo (carpe diem, que decían los latinos). A quienes hemos estado en esto de la escritura y el periodismo nos provoca un cierto desasosiego el dato de que Francisco Umbral, por ejemplo, haya publicado más de 135.000 artículos (lo he leído en ‘El País’), que Stephen King haya escrito más de doscientas novelas o que un escritor brasileño, un tal Ryoki Inoue, lleve publicados ¡¡más de mil libros!! (claro que no hay comparación con Kim Il Sung, el Presidente Eterno de Corea del Norte, quien fue capaz de escribir 18.000, según afirman sus biógrafos). Esto en el plano digamos profesional. Si empezamos a comparar en otros campos, es para llorar. El otro día, preparando un próximo artículo sobre la época dorada de Hollywood, me encontré con una biografía del actor Warren Beatty, escrita por Peter Biskind. Para los más jóvenes, he de aclarar que Warren Beatty fue un actor apuesto y guaperas, hermano de la actriz Shirley MacLaine, que alcanzó un gran éxito en los años sesenta y setenta en papeles de galán (su película más conocida en España es “La historia de Bonnie and Clyde”). Recuerdo que cuando era un adolescente, hojeando las revistas del corazón que mi tía llevaba a casa, siempre lo veía acompañado de actrices, princesas, gente de la jet set, maniquís (os juro que se llamaban así lo que ahora son las top model). Pues bien, en esa biografía se cuenta que el actor se acostó con 12.775 mujeres a lo largo de su vida (título del libro: “Star: How Warren Beatty seduced America”: no se molesten, está agotado). Sorprende, de todas formas, la precisión de la cifra: hagan cálculos. Después de leer el dato, han cobrado todo su significado para mí unas declaraciones que un día leí de Woody Allen cuando le preguntaron que, de existir la reencarnación, en qué o en quién le gustaría reencarnarse. “En las yemas de los dedos de Warren Beatty”, dijo sin dudarlo. Genial la sutileza de la respuesta: las yemas de los dedos de Warren Beatty. Como ocurría con Groucho Marx, la originalidad de Allen está también en sus escritos (lean “Para acabar de una vez por todas con la cultura”) y en sus declaraciones, como acabamos de ver. A mí la que más me gusta es aquella en la que dijo: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes para el futuro”.

Quienes tenemos ya más pasado que futuro tendemos a creer, a pesar de todo, que lo mejor de nuestras vidas puede estar en lo que aún nos queda, en lo que está por llegar, cosa que en algunos casos ha resultado ser cierta (hablando de escribir: Cervantes publicó el Quijote cuando tenía 58 años, Victor Hugo escribió “Los miserables” a los sesenta y con “Ensayo sobre la ceguera” a José Saramago le llegó el éxito literario a los 73). Así que, en este tiempo de descuento, también yo pienso que el futuro que me queda puede estar lleno de grandes cosas, algunas incluso mejores que las del pasado que dejo atrás, que ya es difícil. Y que pueden venir a través de lo que escribo. El otro día, comiendo con uno de mis hijos, salió la conversación de mi jubilación y entonces él me propuso que, con todo el tiempo libre que iba a tener, bien podía ponerme a escribir una novela, porque yo mucho ensayo, mucha crítica, mucha reseña, pero que a él le gustaría leer algo mío que fuera más creativo, algo como menos “intelectual” (como si el ensayo no pudiera ser creativo o la literatura no fuese intelectual). Pues dicho y hecho. Me he puesto a escribir literatura. Y he observado que es más gratificante que escribir ensayos o críticas, porque uno no tiene que estar continuamente pendiente de las fuentes, de las investigaciones, de la exactitud de los datos… casi todo está en la imaginación y, claro, en la forma de escribir lo que se te vaya ocurriendo, en transformar la imaginación en literatura. Y bueno, cuando crees que te va saliendo más o menos bien, ya estás pensando en la posibilidad de publicarlo, incluso en la gloria literaria, o al menos en ganar un premio que te lance al estrellato, como el Planeta, ese que se falla en el mes de octubre. Bueno, el Planeta es imposible, porque es un premio de encargo que se le propone a un escritor mediático: las malas lenguas dicen que se lo piden más o menos por el mes de junio, para tenerlo trabajando todo el verano (claro que el esfuerzo vale la pena, al menos económicamente). Pero hay otros galardones que se convocan para nuevos talentos o para premiar valores emergentes… Ahora no se me ocurre ninguno, pero seguro que los hay. Uno de esos premios te garantiza, además, entrevistas en la televisión, reseñas en los suplementos literarios, firmas en las ferias de libros… Y dice un amigo escritor que cuando ganas un premio literario, normalmente el editor te encarga una nueva novela, aunque sólo sea para exprimir el éxito. Así que, con un poco de suerte, podría publicar una novela al año o cada dos años, en total unas 15 ó 20 en lo que quede hasta el final del partido. Y hasta puedo convertirme en un escritor de cierto éxito, con todas las ventajas que tiene, y eso sin pensar en la posteridad, que esa es otra. Bueno…la verdad es que creo que lo voy a dejar aquí porque… Dios se debe estar descojonando. Bienvenidos al futuro.