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NAZISMO Y FASCISMO

 

Los términos fascista y su variante ‘facha’ se utilizan hoy con excesiva frivolidad en el lenguaje popular y en los medios de comunicación. Con ellos se nombran aquellas doctrinas políticas conservadoras que se sitúan en lo más extremo de la derecha en el espectro ideológico de las democracias liberales. Aunque en algunos de sus planteamientos y en muchas de las actuaciones que llevan a cabo existen rasgos que se identifican con lo que fueron el fascismo y el nazismo, comportamientos políticos como los de Donald Trump, Boris Johnson, Viktor Orban, Kaczynski, Putin, Bolsonaro, Rodrigo Duterte, Salvini, Maduro, Daniel Ortega, Erdogan, Netanyahu, Andrej Duda, Xi Jimping… cuyo número cada vez más creciente  amenaza también el futuro de las democracias, no se pueden equiparar (al menos por ahora) con lo que fueron históricamente el fascismo y el nacionalsocialismo. Los actuales son fenómenos populistas y ultranacionalistas de extrema derecha que no tienen mucho que ver con los totalitarismos de entreguerras si no es en su capacidad de engendrar odio, discriminación y violencia y en la coincidencia en su oposición a fenómenos como el multiculturalismo, la libre circulación de personas o (y esto como novedad) la denuncia de una supuesta islamización de las sociedades occidentales. Ante el auge universal de estos movimientos, que algunos comentaristas han bautizado como democraduras, ciertamente muy cercanas a planteamientos autoritarios, algunos libros recientes aclaran el concepto de lo que fue la ideología que dio lugar a uno de los totalitarismos más letales del siglo XX. En “Fascismo” (Alianza editorial), Roger Griffin, catedrático en Oxford y uno de los especialistas en el tema, lleva a cabo uno de los análisis más brillantes y clarificadores de lo que representó el fascismo en la Europa del siglo XX. El profesor Antonio Scurati escribe uno de los libros más fascinantes sobre el auge del fascismo y el ascenso al poder de Benito Mussolini en “M. El hijo del siglo” (Alfaguara). Por su parte, el catedrático de Historia Thomas Childers realiza uno de los estudios más completos de la evolución y el significado del nacionalsocialismo en “El Tercer Reich. Una historia de la Alemania nazi” (Ed. Crítica).

FASCISMO Y NACIONALSOCIALISMO

Fundado por Benito Mussolini en 1919 en Milán, el fascismo nació como una reacción del capitalismo y la burguesía al socialismo bolchevique a raíz de la crisis económica y la inestabilidad política mundial provocada por la Gran Guerra. Para sus seguidores el fascismo tenía connotaciones políticas progresistas, modernizadoras y revolucionarias y transmitía estos principios a través de una propaganda de gran poder emocional y mítico en la que se proponía una regeneración de la sociedad. En el análisis de lo que fue el fascismo destacan dos tesis antitéticas, la marxista y la liberal.

Para los marxistas el fascismo era el agente del imperialismo capitalista y la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado. Todo el sistema democrático liberal, incluida la socialdemocracia, estaría en connivencia con el fascismo. Stalin incluso utilizaba el término fascista para desacreditar las versiones no ortodoxas del marxismo-leninismo.

Para las tesis liberales, por su parte, el fascismo sería el resultado del extremismo al que llegaron las clases medias como reacción a la sociedad moderna y al ascenso del papel de la economía, culpable de la crisis del capitalismo. Este enfoque se basa, además, en la importancia que adquirieron los principios de un ultranacionalismo sustentado en la recuperación de una  grandeza imperial perdida. Las masas seguidoras del fascismo pretendían llevar a cabo esta recuperación a través de una revolución alternativa a la bolchevique. Hanna Arendt mostró cómo el nazismo copió los métodos de propaganda y de terror del bolchevismo para potenciar la autoridad del Estado frente a las libertades personales. El fascismo se apropió también de los emblemas de aquella revolución: el color rojo, los desfiles, los himnos, las manifestaciones de masas, las banderas…

Mientras el imperativo del bolchevismo era el de controlar los medios de producción, el objetivo del fascismo era conseguir una comunidad unida por los valores “eternos” de la nación, que tenían sus raíces en un pasado mitificado. El fascismo era, así, una forma concreta de nacionalismo radical basado en la idea utópica de nación como entidad orgánica sana, poderosa y heroica, una ultranación. El fascismo de Mussolini y el nacionalsocialismo de Adolf Hitler no tenían una misma concepción del ultranacionalismo. Mientras el primero quería modernizar Italia activando el mito de su herencia imperial romana, el ultranacionalismo nazi se sustentaba en un racismo radical de base biológica. Es esta obsesión por la pureza racial lo que determina el mayor contraste con el utranacionalismo del fascismo italiano, ya que el imperio romano, que era su referente histórico, era multiétnico y multicultural. Pese a estas diferencias fascismo y nazismo se aliaron formando las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial para crear un nuevo orden europeo que había que defender de las ambiciones imperialistas de los Estados Unidos, la Unión Soviética y los judíos del mundo.

Ante estas dos interpretaciones clásicas del fascismo, Roger Griffin propone una tercera basada en la empatía de los contenidos del credo fascista, sobre todo de sus ideales positivos y no en las negaciones que se derivan de esos ideales: una visión basada en la idea que del fascismo tenían sus propios ideólogos. Este enfoque empático del fascismo como fuerza histórica y política no significa aceptar sus valores, justificar sus acciones ni negar las atrocidades, genocidios y crímenes contra la humanidad cometidos por los regímenes fascista y nazi sino de analizar los valores con los que pretendían hacer realidad los sueños de un nuevo orden nacional y/o racial. Se trata de saber no sólo qué cosas terribles han pasado en nombre de la nación y de la raza en una civilización avanzada, sino también de entender por qué han pasado. Este enfoque discrepa tanto del marxista, que reduce el fascismo a mero agente del capitalismo, como del liberal, que lo fundamenta en lo irracional y nihilista.

En la actualidad, el riesgo de que los movimientos neofascistas y populistas consigan aumentar el apoyo con el que cuentan para llevar a cabo una versión actualizada de aquella utopía de entreguerras, se concentra en la pérdida generalizada del pueblo en la confianza en las élites políticas y económicas. El objetivo de estos movimientos es conseguir la desafección de los ciudadanos hacia sus dirigentes demócratas a través de nuevos medios como el ciberespacio, las redes sociales y la utilización consciente de ‘fake’ news.

VIOLENCIA Y PODER

Así como hay una gran producción literaria e historiográfica sobre Adolf Hitler, Stalin y Mao, la figura de Benito Mussolini ha quedado un tanto opacada cuando se estudian los totalitarismos del siglo XX. El libro de Antonio Scurati “M. El hijo del siglo” (Alfaguara) viene a llenar en parte ese vacío sobre el dictador que llevó a Italia a uno de los mayores desastres de la historia. En este volumen de más de 800 páginas Scurati estudia tan sólo los cinco años que van desde la fundación del fascismo en 1919 hasta el afianzamiento de Mussolini en el poder en 1924, los años en los que un régimen sin apenas apoyo electoral consiguió dominar a toda una sociedad amedrentada por la inseguridad política y por la violencia de las escuadras fascistas militarizadas que a diario atentaban contra la vida de políticos, sindicalistas y obreros, arrasaban sus casas y sus pertrechos, humillaban a sus familias y se apoderaban de sus bienes en la Italia de la primera posguerra mundial. Fueron unos años marcados por huelgas generales, motines, linchamientos, revueltas campesinas y enfrentamientos violentos entre socialistas y fascistas que dejaban regueros de muertos  en las calles de Milán, de Roma, de Bolonia. En dos próximos volúmenes Scurati completará la biografía del dictador que fundó el fascismo.

Mussolini era un líder destacado del socialismo radical italiano, director de su órgano “Avanti!” hasta que, traicionando sus principios, se alió con los partidarios de la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial. Todo su radicalismo izquierdista se transformó entonces en una oposición furibunda no sólo contra sus antiguos camaradas sino también contra el sistema democrático italiano, a cuyos políticos consideraba una casta alejada de las preocupaciones y los problemas de la sociedad. Se postuló como la única salida a la situación de caos provocada en parte por él mismo al avalar la utilización de métodos violentos para aplastar a sus opositores. La culminación de esta continua amenaza contra la oposición política llegó con la movilización de miles de escuadristas dispuestos a marchar sobre la ciudad de Roma, una operación que, para evitar un baño de sangre, obligó al rey Víctor Manuel III a encargar a Mussolini la formación de un nuevo gobierno y al parlamento a concederle plenos poderes, a pesar de que el partido fascista contaba sólo con 35 diputados. Una nueva ley electoral y la censura de prensa facilitarían la aplastante victoria del fascismo sobre los partidos liberales y socialistas en las elecciones de 1924. Una victoria que propició la impunidad de los crímenes fascistas más abyectos, como el del diputado socialista Matteotti, un episodio contado por Antonio Scurati con un pulso narrativo de gran altura literaria.

En el transcurso de esos cinco años contemplamos a lo largo de las páginas de este libro la victoria del socialismo y su desintegración, el ascenso del fascismo y su transformación en partido conservador, monárquico, aliado de la clase dirigente, armado con un ejército propio, al que cada día se fueron sumando miles de jornaleros y proletarios convertidos en fascistas de un día para otro. El libro es una novela de no ficción avalada en cada capítulo por una serie de citas extraídas de diarios, memoriales, telegramas, noticias de periódico, discursos, informes… que sostienen la veracidad de cada uno de los episodios que se cuentan.

Como persona, Scurati presenta a Benito Mussolini como un animal sexual necesitado de amantes varias (Margherita Sarfatti, Ida Dalser, Bianca Ceccato, Angela Cucciati, Giulia Brambilla, Ángela Curti); un duelista y un perdedor vengativo; un político astuto y artero, impulsor desde la sombra de atentados y actos violentos contra sus adversarios políticos e impulsor de  un estado de inseguridad y miedo sobre una sociedad a la que había inoculado la necesidad de una venganza ante la humillación sufrida por el tratado de Versalles.

La obra de Antonio Scurati, escrita en forma de novela, recorre la biografía del Duce durante esos cinco años de ascenso hacia el poder totalitario acompañado por políticos muy cercanos, como Italo Balbo, Cesare De Vecchi, Amerigo Dùmini, Albino Volpi… y de destacados personajes del mundo intelectual que le prestaron su apoyo a lo largo de aquella trayectoria, como Gabrielle D’Annunzio (fascinante el episodio de la toma de Fiume), Marinetti, Curzio Malaparte, Ungaretti, el músico Toscanini, Benedetto Croce o el dramaturgo Luigi Pirandello.

UNA HISTORIA DEL TERCER REICH

El de Thomas Childers es uno de los mejores libros de historia sobre el nazismo y el Tercer Reich publicados recientemente. Muy claro y muy documentado, su lectura es tan atractiva y fascinante como la de una novela que recorre la evolución del nacionalsocialismo desde su nacimiento hasta la tragedia final. Desde el primero de los capítulos (El huevo de la serpiente) en el que se sitúan los orígenes de la ideología totalitaria, hasta el último (El Apocalipsis), el autor va narrando al hilo de sus investigaciones cómo Adolf Hitler, un oscuro ciudadano austriaco que había participado como cabo en la Gran Guerra, va haciéndose un lugar en la política alemana enarbolando una ideología antisemita y antibolchevique a la sombra del malestar de una sociedad alemana castigada en el Tratado de Versalles, recorrida por una crisis con frecuentes disturbios y asesinatos políticos y golpeada por una hiperinflación derivada de la crisis económica más grave del siglo XX . Para el joven Hitler la derrota de Alemania no se debió a la mala actuación de su ejército sino que fue el resultado de una conspiración de marxistas y judíos. En su paranoia, Hitler estaba convencido de estar llamado a ser el salvador de una patria humillada que había que levantar de la postración a la que había sido condenada. Utilizando las estructuras del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores (NSDAP) consiguió atraerse el apoyo de diferentes sectores sociales seducidos por su oratoria ampulosa y por unas ideas anticomunistas radicales. Se rodeó de una serie de personajes ideológicamente afines (Rudolf Hess, Hermann Göring, Heinrich Himmler, Joseph Goebbels) con los que el 9 de noviembre de 1923 intentó dar un golpe de estado urdido ante una multitud de más de tres mil personas agolpada en las instalaciones de la cervecería Bürgerbräukeller. Una leve condena (sólo estuvo 13 meses en una prisión atenuada en la que comenzó la redacción de “Mi lucha”) le dio alas para volver a la actividad política con más fuerza.

Desde unos primeros resultados marginales (un 2’6% en 1928) las sucesivas elecciones fueron situando poco a poco al partido nazi en las preferencias de una población castigada por la crisis de la Gran Depresión. Una propaganda dirigida por Goebbels (la propaganda, según Hitler, “debe estar dirigida a las emociones y sólo en un grado muy limitado al intelecto”), y divulgada a través de los modernos medios de comunicación de masas, sobre todo de la radio (“la pondremos al servicio de nuestra idea y ninguna otra idea será expresada a través de ella”) y de una parafernalia que saturaba las ciudades de folletos, carteles, mítines y actos del partido, inoculaba el odio a los judíos y a los comunistas, fomentaba la violencia callejera protagonizada por grupos formados en el seno del partido y utilizaba una simbología pretendidamente aglutinadora de las reivindicaciones alemanas, la promesa de hacer a Alemania grande de nuevo (¿les suena?)… situaron a Hitler y a su partido en una situación política en continuo ascenso hasta que en las elecciones de 1932 fueron la primera fuerza, con el 38 % de los votos, pese a lo cual el presidente Hindenburg se negó a encargar a Hitler la formación de gobierno. Las siguientes elecciones, unos meses después, registraron una fuerte bajada del partido nazi. El desacuerdo entre las fuerzas de la derecha forzó al presidente, esta vez sí, a permitir a Hitler acceder a la cancillería. A partir de aquí, el libro de Childers recoge los importantes acontecimientos en los que se apoyaron los nazis para afianzarse como un poder totalitario: el incendio del Reichtag, la noche de los cuchillos largos, la semana sangrienta de Köpenick, la noche de los cristales rotos, la represión y prohibición de los partidos comunista y socialdemócrata, el control del sistema educativo y de la producción cultural y artística, la persecución a los judíos, el incumplimiento de las leyes para que Hitler fuera nombrado presidente del país a la muerte de Hindenburg… Poco a poco fue afianzándose un régimen totalitario cuyo objetivo primordial era prepararse para una guerra con el fin de anexionar los territorios fronterizos, empezando por Checoslovaquia y Polonia y continuando con Rusia. Una guerra en varios frentes (el occidental contra Inglaterra y Francia, el oriental contra Rusia, el del Norte de África), con victorias espectaculares del ejército alemán. El ataque a Pearl Harbour a cargo de Japón, la tercera fuerza del Eje nazifascista, provocó la entrada de los Estados Unidos en la guerra, lo que unido a las primeras derrotas nazis en el frente ruso provocó el comienzo del final del Tercer Reich. Al mismo tiempo que se producía el derrumbe se aumentaba la represión contra los judíos en busca de la llamada solución final, su exterminio definitivo. Poco a poco Thomas Childers va relatando con detalle el hundimiento y la catástrofe final de un régimen ensalzado en sus mejores años por sus seguidores y por la práctica totalidad de los alemanes. Los mismos que enarbolaban las banderas de la victoria, que entonaban los cánticos patrióticos, que acudían en masa a los mítines y a los congresos del partido nazi, que perseguían con violencia a judíos y demócratas porque esa era la voluntad del Führer, fueron los que, cuando la guerra comenzó a perderse y los aliados avanzaban liberando a poblaciones y campos de concentración, se manifestaron con saña contra los responsables de un régimen que había conducido a Alemania a una tragedia de la que iba a tardar décadas en recuperarse.

LA GUERRA CIVIL DESDE LA BIOGRAFÍA

 

Se publica en un solo volumen una nueva edición de las tres partes de “La forja de un rebelde”, de Arturo Barea

Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su estudio sobre la literatura de la guerra civil española y el exilio, que las verdaderas “novelas” de esta guerra son las memorias, los diarios, los ensayos, los libros de historia. Han sido estos géneros los que han recogido los acontecimientos de la contienda, pero hay algo de cierto en la afirmación de Trapiello porque algunos lo han hecho con un lenguaje tan próximo a la literatura que a veces dudamos de si lo que se cuenta en estas narraciones pertenece a la realidad o a la ficción. La mejor prueba de este acercamiento de la verdad histórica a la literatura se encuentra en “La forja de un rebelde”, la trilogía de memorias noveladas que el escritor Arturo Barea escribió desde su exilio en Londres y que antes que en español fueron publicadas en inglés (“The Forging of a Rebel”), entre 1941 y 1946, traducidas por la austriaca Ilsa Kulcsar, la segunda esposa de Barea, a la que conoció en el Madrid sitiado de la guerra civil. Tal fue el éxito de la obra que en dos años ya había sido traducida a diez o doce idiomas. No hubo ninguna versión española hasta el año 1951, cuando Santiago Rueda publicó en su editorial Losada de Buenos Aires una edición que en España circuló clandestinamente y que aquí no se distribuyó hasta 1978. Fue en estos ejemplares en los que leí por primera vez esta obra deslumbrante. Como curiosidad, la traducción al español tuvo que hacerse desde la versión inglesa, pues el manuscrito de Barea había sido destruido. La primera edición de una editorial española fue la que en 1985 publicó en tres entregas la editorial Plaza y Janés.
Acaba de aparecer ahora una nueva edición de “La forja de un rebelde”, publicada por Cátedra, que incluye en un solo volumen “La forja” (1907-1914), “La ruta” (1920-1925) y “La llama” (1935-1939), las tres partes en las que Barea concibió esta crónica autobiográfica de corte barojiano (con reminiscencias de Galdós), que reconstruye desde su biografía la vida española desde comienzos del siglo hasta el fin de la guerra civil. Esta nueva edición de Francisco Caudet tiene además el mérito de estar precedida de una extensa introducción y de un pródigo caudal de citas a pie de página que contextualizan la obra, el periodo histórico, la cultura de la época y las peripecias biográficas que Arturo Barea narró con inspirado pulso literario. En todas ellas laten los sentimientos con los que el escritor se aferra a lo más puro y noble de su pasado para reafirmarse en su insegura situación de exiliado. A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación el interés de “La forja de un rebelde” no ha decaído con el paso del tiempo y constituye, además, un camino ejemplar de iniciación a la literatura.
Las dos primeras partes de “La forja de un rebelde” están dedicadas a la infancia y a la juventud, fundamentales en la formación de la conciencia social del protagonista y en las que sitúa las raíces de la catástrofe que se avecinaba. La tercera, tal vez la menos literaria pero la más rica como testimonio documental, se centra en la guerra civil. A lo largo de la trilogía Barea reconstruye el proceso histórico, económico y social que desembocó en la guerra desde la perspectiva de un testigo de los hechos, al tiempo que analiza la estructura política y social de la España de la época. Barea dijo de sus memorias que en ellas únicamente había tratado de registrar “la vida tal como la he visto, vivido e intuido entonces, y la historia de mi adaptación a aquella vida”.
UNA LITERATURA DEL EXILIO
Junto con Max Aub, Francisco Ayala, Ramón J. Sender, Manuel Andújar y Paulino Masip, Arturo Barea es uno de los representantes de quienes se vieron obligados a escribir en el exilio lo mejor de su obra.
Arturo Barea (Badajoz, 1897-Faringdon, 1957) fue un niño pobre del Madrid de los primeros años del siglo XX, una ciudad a la que su madre había llegado desde Badajoz con cuatro hijos de corta edad después de quedarse prematuramente viuda. Un tío adinerado pagó su educación en un colegio católico privado, aunque su muerte impidió a Barea continuar su formación. Su infancia a orillas del río Manzanares, donde su madre trabajaba como lavandera, es evocada en “La forja de un rebelde” junto a los escenarios del Puente de los Franceses, la Pradera de San Isidro y el Puente de Toledo, por donde el niño Barea correteaba con los amigos y los vecinos de la humilde barriada madrileña de Lavapiés. Después, también por los paisajes del Campo del Moro, Príncipe Pío, Las Vistillas y el Parque del Oeste, lugares de su infancia y de su adolescencia que más tarde fueron escenarios de sangrientos enfrentamientos en la guerra.
Durante el servicio militar Barea estuvo destinado en Marruecos y participó en la batalla de Annual en 1921. Esta experiencia fue decisiva para determinar su militancia política en el socialismo en tiempos de la República. Licenciado, trabajó como empleado de banco, administrativo de la Hispano-Suiza, ejecutivo de una oficina de patentes y llegó a abrir una fábrica de juguetes que lo llevó a la ruina. Se casó muy joven con Aurelia Grimaldos, con quien tuvo cuatro hijos y de la que se separó. Durante la guerra civil trabajó en la Oficina de Prensa y Propaganda del Gobierno republicano y en 1938 se exilió en Londres, con Ilsa. Allí trabajó como crítico literario y periodista en el Servicio Latinoamericano de la BBC, donde firmaba sus crónicas radiofónicas con el seudónimo Juan de Castilla (en sus colaboraciones radiofónicas en el Madrid republicano firmaba con otro seudónimo, ‘La voz incógnita de Madrid’). Estas grabaciones de la BBC, registradas en discos de 78 rpm, fueron destruidas, aunque Nigel Townson las publicó en 2000, en la editorial Debate, junto a otros ensayos, cartas y artículos de Barea para “La Nación” de Buenos Aires, en dos tomos con el título de “Palabras recobradas”. Radio Nacional de España conserva una de aquellas grabaciones, probablemente la última que se emitió antes de su muerte. El éxito de estos programas hizo que la BBC lo enviase en 1956 a Argentina, Chile y Uruguay en una gira por centros culturales en los que leía sus textos a un público iberoamericano extasiado por la personalidad y los relatos de Barea.
Las Publicaciones Antifascistas de Cataluña editaron su primer libro “Valor y miedo” en 1938, cuando Barea ya había salido de España. Es un libro de relatos cortos y estampas solanescas, sobre la vida en el frente y la retaguardia durante los primeros años de la guerra, la obra de un escritor principiante en la que ya se percibe su talento literario. En “La forja de un rebelde” se narran todos estos avatares y otros muchos de la vida de un escritor cuya carrera quedó truncada por la guerra y el exilio.
Además de “Valor y miedo” y “La forja de un rebelde”, Arturo Barea escribió dos ensayos literarios, “Lorca el poeta y su pueblo” y “Unamuno”, y también “La raíz rota”, una narración en la estela de las dos primeras. A su muerte, su esposa Ilse reunió en “El centro de la pista” los cuentos dispersos que había publicado en varias revistas, y recientemente se han conocido cartas inéditas del escritor a su familia y a sus hijos, a los que no volvió a ver desde que salió de España.

EL MURO DE BERLÍN: AUGE Y CAÍDA DEL SÍMBOLO DE LA GUERRA FRÍA

A pesar de que su presidente Walter Ulbricht lo había negado tan sólo dos meses antes, el domingo 13 de agosto de 1961, la República Democrática Alemana dividió la ciudad de Berlín en dos mitades elevando un muro de cemento de 155 kilómetros que aisló a los tres sectores occidentales del territorio controlado por la URSS. El objetivo era frenar el flujo creciente de refugiados que huían al Berlín occidental, que en 1960 ya superaba 1.6 millones de personas. La división duró casi 28 años durante los cuales muchas personas perdieron la vida intentando cruzar al sector occidental. El muro se fue consolidando con los años en cuatro fases, en la última de las cuales se reforzó con hormigón armado y con una estructura de tubos cilíndricos.
Como elemento simbólico de esta absurda situación, la Puerta de Brandeburgo se convirtió en un monumento inaccesible en tierra de nadie, en un icono de la ciudad dividida.
Hasta la construcción del muro, cientos de miles de berlineses cruzaban la frontera entre los dos sectores para visitar a amigos y familiares o para trabajar en las industrias del otro lado. A partir de agosto de 1961 se cerraron las estaciones de metro y la red de ferrocarriles que los unían y se establecieron controles militares para impedir el paso de un sector al otro. Unos 12.000 berlineses del oeste y 53.000 del este se quedaron sin trabajo de un día para otro. Se daba la circunstancia de que las aceras de una misma calle habían quedado divididas por el muro, por lo que sus vecinos pertenecían al sector soviético o al occidental según el tramo por donde se había construido. Al principio los berlineses aún podían saludarse desde ambos lados pero pronto la policía fronteriza de la RDA instaló paneles y alambre de espino para evitarlo. Muchos inquilinos de los pisos colindantes al muro huyeron durante los primeros días arrojándose por las ventanas (algunos murieron en el intento) hasta que las autoridades decidieron desalojar las viviendas fronterizas, tapiar las puertas y las ventanas de las casas y hasta demoler los edificios. Incluso algunos militares de la RDA huyeron al otro lado, como el guardia fronterizo Conrad Schumann, cuya fotografía se convirtió en otro icono de la huida al oeste.
A partir del 13 de agosto se cerraron las calles por las que podían circular libremente los berlineses y se establecieron pasos que sólo podían ser utilizados por extranjeros y diplomáticos, así como rigurosos controles. Desde ambos sectores se inició desde muy pronto una actividad propagandística con carteles de gran tamaño, pancartas y altavoces, dirigida a informar a la población del otro lado. Desde Berlín Oeste se publicaban noticias sobre el desarrollo económico y social de los países occidentales y desde la parte oriental se enviaban discursos desafiantes y se justificaba la construcción del muro como un baluarte de protección antifascista y de defensa contra el imperialismo occidental.
CAE EL MURO
Desde la llegada de Mijail Gorbachov al poder en la URSS se intensificaron las manifestaciones de oposición al régimen en todos los países de la órbita soviética y en agosto de 1989 numerosos ciudadanos de la RDA ocuparon las embajadas de la República Federal en Varsovia y Praga. En Hungría se permeabilizó la frontera con Austria, por donde huían decenas de personas, y en Berlín miles de manifestantes se congregaban diariamente en la Alexanderplatz y otros centros neurálgicos para exigir cambios en la RDA.
El 9 de noviembre de 1989, hace ahora treinta años, Günther Schabowski, Secretario de Información del Gobierno de la RDA, leía ante la prensa un papel que le había entregado el mismísimo presidente de la RDA Ergon Krenz, del que aparentemente desconocía el contenido. Allí se anunciaba que se acababa de establecer una nueva ley de tránsito por la cual se podrían solicitar viajes privados al extranjero sin necesidad de los requisitos exigidos hasta entonces y que serían autorizadas las salidas en todos los pasos fronterizos entre la RDA y la RFA. Cuando un periodista italiano le preguntó cuándo entraba en vigor la medida, Schabowski contestó: inmediatamente. En pocas horas, ante el pasmo y la incredulidad de los vigilantes de los puestos fronterizos, multitudes de ciudadanos del Berlín oriental comenzaron a pasar a la otra parte de la ciudad, cientos de berlineses celebraban el reencuentro entre abrazos y lágrimas y muchos se subían a lo alto del muro y comenzaban a golpearlo simbólicamente con martillos.
Poco después de la caída comenzaron a demolerse los 155 kilómetros del muro, conservándose únicamente pequeños fragmentos en seis lugares de Berlín como testimonios de un periodo aciago y para que nunca se olvide lo que el excanciller Willy Brandt calificó de monstruosidad histórica.

IDEOLOGÍAS POLÍTICAS EN LA CULTURA DE MASAS

 

Varios libros analizan la cultura del siglo XX en relación con las ideologías que la promovieron

 

La cultura es siempre portadora de valores ideológicos, ya sea de una manera explícita o implícita. En algunos casos se trata de obras directamente propagandísticas que no sólo no encubren su ideología sino que la manifiestan expresamente para conseguir mayor difusión. En otros la ideología sólo se percibe a partir de la lectura simbólica de un producto cultural cuyo envoltorio es el entretenimiento. Una interpretación extrema es la que atribuye a todos los productos culturales, incluso a los más inocentes, una intencionalidad ideológica al considerar que el entretenimiento impide que los receptores piensen en los asuntos que realmente interesan. Se trataría de transmitir la ideología dominante a través de la cultura utilizando los medios de comunicación, con el fin de conseguir un mayor control social. Herbert Schiller afirma en “Manipuladores de cerebros” que los media construyen una imagen de la sociedad que no responde a la realidad pero que presentan como un fiel reflejo de la misma, con lo que las personas buscan adecuar sus conductas a esa imagen. En todos estos casos es en la cultura de masas donde la ideología tiene una mayor presencia. Un libro reciente, “Ideologías políticas en la cultura de masas” (Tecnos), coordinado por varios profesores universitarios, aborda los contenidos ideológicos en productos culturales como el cine, el comic, la música pop, los best-sellers o la televisión.
EL CINE COMO VEHICULODE IDEOLOGÍA
De todos los productos culturales es el cine el que tiene un mayor impacto sobre la sociedad. En el cine, además, el discurso indirecto es más persuasivo que el directo. Los autores son conscientes de esta cualidad y dedican la mayor parte de su estudio a analizar los contenidos ideológicos de este medio, desde las producciones pioneras del cine fascista de Leni Riefenstahl, que exaltaba los valores de Hitler y el nacionalsocialismo; el cine comunista de Eisenstein y el supremacista de Griffith, hasta las actuales películas imperialistas del ciclo Rambo, las del compromiso socialista del cineasta finlandés Aki Kaurismaki o las del neoliberalismo conservador de “La rebelión de Atlas”, el ciclo de películas basado en el best seller de Ayn Rand “Atlas Shrugged”. Los valores del ecologismo se estudian a través del análisis de la película “La selva esmeralda”.
El libro aborda también los mecanismos de transmisión ideológica de otros productos culturales, como el liberalismo progresista en el comic de la serie Capitán América, donde se critican los excesos del capitalismo y la libertad de mercado; la transmisión de la ideología comunista y los modelos de comportamiento de los ciudadanos de la sociedad soviética en la literatura juvenil de Arkadi Gaidar; el discurso anarquista en la música y las letras de los grupos punk españoles Eskorbuto y Aviador Dro. Del medio televisión se estudian los mensajes feministas de la serie “House of Cards” y el nacionalismo en “The Newsrooms” y “Americans”. Y en internet, el fenómeno del fundamentalismo religioso evangélico a través de las redes sociales y las grabaciones en You Tube del peruano “El niño predicador”, cuyos mensajes en defensa del creacionismo y la condena al darwinismo, la homosexualidad, el aborto o el divorcio han creado una importante corriente de seguidores de un fenómeno a tener en cuenta.
Quienes mejor han estudiado los contenidos ideológicos en la cultura de masas fueron los filósofos de la Escuela de Frankfurt, que utilizaron el vocablo seudocultura para definir aquellos productos culturales convertidos en mercancía y sometidos a las leyes del mercado.
LA ESCUELA DE FRANKFURT Y LA CULTURA
Durante los años de la República de Weimar en Alemania, en vísperas de la llegada de Hitler al poder, un grupo de filósofos fundó en la ciudad de Frankfurt el Instituto de Investigación Social, dedicado fundamentalmente al estudio del marxismo y de sus repercusiones políticas y sociales. Su obra ha quedado para la posteridad como uno de los análisis más lúcidos sobre los problemas de la sociedad capitalista y la cultura del siglo XX. Max Horkheimer, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Leo Löwenthal, Félix Weil, Gershom Scholem, Eric Fromm, Friedrich Pollock… fueron los fundadores de lo que se conoce como la Escuela de Frankfurt (la ciudad de Frankfurt era entonces uno de los más activos focos culturales de Europa), cuyo pensamiento tuvo continuidad en una nueva generación a la que pertenecen Jurgen Habermas, Claus Offe y Axel Honneth. Sus críticos los acusaban de elaborar propuestas teóricas sin implicarse en la acción práctica para desarrollarlas. En este sentido György Lukács decía que estaban alojados en un hotel con vistas a un abismo vacío. Esta definición fue adoptada por Stuart Jeffries para titular su libro “Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt”, recientemente editado por Turner.
LA CULTURA DE MASAS Y EL MARXISMO
El Instituto nació sobre dos contradicciones. Por una parte, ideado para la crítica al capitalismo, su financiación corrió a cargo del padre de Felix Weil, que desembolsó fondos familiares para una institución que supuestamente iba a teorizar el derrumbe del sistema que lo había hecho rico. Por otra parte sus fundadores procedían de familias judías de la alta burguesía, que en un principio se rebelaron contra la clase social de sus padres. Benjamin denunció estas contradicciones: marxistas sin partido, socialistas dependientes del dinero del capital, beneficiarios de una sociedad contra la que luchaban.
Tras una primera etapa de ortodoxia marxista para el estudio del socialismo y el movimiento obrero, con la llegada de Horkheimer a la presidencia en 1930 el Instituto se transformó en un centro multidisciplinario abocado al revisionismo marxista y a incorporar los hallazgos del sicoanálisis de Freud a la crítica de los mecanismos del control ideológico del capitalismo, un neomarxismo considerado herético por la URSS, a la que en algún momento estos filósofos calificaron de dictadura disfrazada de democracia popular y definieron como una burocracia totalitaria que había distorsionado la filosofía de Marx.
Los filósofos de Frankfurt denunciaron la explotación del trabajo según el modelo fordista, que convertía a los seres humanos en máquinas y a la cultura y al arte en productos de consumo de masas, de modo que, mientras el capitalismo los controlaba durante las horas laborables, la industria cultural lo hacía en las horas de ocio. En otras palabras: existe una continuidad entre el tiempo de trabajo y el de ocio que a medida que las posiciones de la industria cultural se hacen más sólidas y estables más influyen sobre las necesidades del consumidor, dirigiéndolas y disciplinándolas. Así, la Teoría crítica (nombre con el que se conoce su filosofía) afirma que en el tiempo de ocio el consumidor de los productos de la industria cultural recibe el mensaje apologético de una sociedad alienante, un mensaje que no llega a percibir porque se oculta tras un esparcimiento de gratificación.
Para promover una cultura que formara parte de la revolución que iba a liberar las mentes de los oprimidos, estos pensadores estudiaron todas las manifestaciones de la cultura de masas, desde los horóscopos hasta la fotografía, el cine, la publicidad, la radio, la naciente televisión y la música de jazz, con el fin de negar el consumismo como forma de realización (compro, luego existo). Al contrario que Adorno, Benjamin tenía esperanzas en el potencial liberador y revolucionario de algunas manifestaciones de la nueva cultura como el jazz, la música grabada y el cine, y vio en la reproducción mecánica una forma de emancipación de la dependencia que la cultura tenía en relación con espacios de culto como museos o salas de conciertos, de acceso privilegiado para unos pocos. Los medios de comunicación serían los mejores instrumentos para divulgar esa nueva cultura en vez de promover los productos de la industria cultural.
EL FASCISMO Y LA PERSONALIDAD AUTORITARIA
El triunfo del nacionalsocialismo en 1933 aplastó la Escuela de Frankfurt hasta el punto de reducir a ruinas el edificio que albergaba sus instalaciones, y sus promotores tuvieron que abandonar el país. Primero en Ginebra, más tarde en París y finalmente en la Universidad de Columbia en Nueva York, continuaron con sus investigaciones, que se orientaron entonces al estudio de las causas del fascismo y de la personalidad autoritaria en la ciudadanía alemana (lo que Fromm llamó el miedo a la libertad), que había propiciado la llegada de Hitler al poder. En “Dialéctica de la Ilustración” Adorno y Horkheimer quisieron demostrar que fue la razón (como en el cuadro de Goya “El sueño de la razón produce monstruos”) la que había conducido a Auschwitz: el nazismo, según los autores, afianzó el horror a través de una barbarie que había sido “racionalmente organizada”. En vez de progreso, resultó que la Ilustración había traído barbarie y violencia. Ahora la cultura de masas, a través de su fuerte capacidad de persuasión y manipulación, sería el proceso a través del cual se estaban transmitiendo los valores de un nuevo nacionalsocialismo: “Tanto la cultura de masas como la propaganda fascista -escribió Adorno- satisfacen y manipulan necesidades de dependencia promoviendo actitudes convencionales, conformistas y de satisfacción”.
Finalizada la guerra, en 1951 volvieron a Frankfurt algunos de los exiliados para continuar su labor (Horkheimer, Pollock, Adorno) mientras otros (Marcuse, Fromm) decidieron permanecer en los Estados Unidos. En los años sesenta, durante las movilizaciones contra la guerra del Vietnam y los acontecimientos del mayo del 68 en París, Berkeley y Berlín, Horkheimer y Marcuse se enfrentaron en relación con las actitudes de algunos movimientos estudiantiles a los que Horkheimer comparó con los totalitarismos nazi y comunista y Habermas llegó a calificar de “fascismos de izquierda” mientras Marcuse los defendía. Los críticos de la Escuela de Frankfurt acusaron a sus filósofos de apuntalar el sistema que afirmaban combatir, lo que abocó a la Escuela a replantearse sus presupuestos. En este sentido la obra de Habermas sería la más representativa del periodo actual.

MAYO DEL 68

EN EL 50 ANIVERSARIO DEL MAYO DEL 68 ALGUNAS CONQUISTAS DE AQUELLA REVOLUCIÓN SIGUEN MARCANDO LA EVOLUCIÓN DE LA SOCIEDAD ACTUAL
Hay años que quedan en la historia como pivotes que indican los caminos del futuro. De vez en cuando un acontecimiento destacado marca para siempre una fecha que la memoria se encargará de que sea una referencia imprescindible. Hay pocos años que recojan en su calendario tantos hechos importantes como los que sucedieron en 1968.
UN AÑO PARA LA HISTORIA
Fue en 1968 cuando los tanques del Pacto de Varsovia ahogaron la llamada Primavera de Praga, una de las experiencias de lo que pudo haber sido la primera manifestación de socialismo democrático. Si la represión de aquella primavera reveló la verdadera cara del régimen soviético, quitando las vendas de muchos ojos fascinados por la dictadura del proletariado, el otoño golpeaba al mundo con otra represión en México, la de la policía contra los manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas, que terminó con más de 300 muertos y una gran cantidad de heridos, cuando este país iba a celebrar unos Juegos Olímpicos también históricos: fue cuando los atletas Tommie Smith y John Carlos, desde el podio en el que habían recibido las medallas de oro y bronce, levantaron los puños con guantes negros para manifestar su militancia en el Black Power. En lo deportivo, fue en estas Olimpiadas en las que nació el estilo Foshbury de salto de altura, todo un hito para la historia del deporte. Meses antes, los asesinatos de Martin Luther King en abril y de Robert Kennedy en junio habían conmocionado al mundo, y la guerra de Vietnam provocaba manifestaciones de indignación con una fotografía de Eddie Adams para la historia, la del general Nguyen Ngoc disparando a la cabeza de un prisionero del vietcong. Después, la matanza de los pobladores de la aldea de My Lai y la ofensiva del Tet levantaron protestas en todo el mundo contra aquel conflicto. Mientras Biafra agonizaba de hambre durante la guerra con Nigeria, China se ahogaba en las consecuencias de la llamada revolución cultural iniciada por Mao Zedong en 1966, Nixon ganaba ese año las elecciones norteamericanas y la derecha del general De Gaulle, espantada por los acontecimientos de mayo, se imponía al emergente socialismo en Francia. Fue el año en el que Mc Luhan anunciaba el nacimiento de la globalización con su teoría de la “aldea global” y “el aula sin muros”. Bob Dylan reaparecía en los escenarios después de años de silencio tras un accidente de moto que casi acabó con su vida. En España, en paralelo al movimiento estudiantil de las luchas antifranquistas nacían fenómenos político-culturales como la Nova Canço catalana y Voces Ceibes en Galicia, en un panorama musical en el que mientras Raimón actuaba el día 18 en la universidad de Madrid, el La, la, la de Massiel ganaba el festival de Eurovisión. 1968 fue también el año en el que ETA, el 7 de junio, cometió su primer asesinato en la persona del guardia civil José Antonio Pardines. Se consolidaba un nuevo espíritu marcado por el movimiento hippie en la cultura y por la revolución del Mayo del 68 en lo sociopolítico.
AQUEL MAYO
“Lo que caracteriza actualmente nuestra vida pública es el aburrimiento. Los franceses se aburren…” Así comenzaba un artículo de Pierre Viansson-Ponté publicado en portada por el diario francés Le Monde el 15 de marzo de 1968. En “Cuando Francia se aburre”, su título, el periodista describía una sociedad conformista sumida en el tedio y el aburrimiento de una Francia en la que nunca pasaba nada. El artículo resultó ser uno de los diagnósticos más equivocados de la historia del periodismo porque pocas semanas después el país vivía una de las convulsiones más violentas de su historia reciente, una revolución social que llegó a poner en peligro la supervivencia de la V República.
Mayo del 68 se inició en la Universidad de Nanterre, epicentro de la cultura de la contestación juvenil en Francia, a raíz de la protesta que reivindicaba el derecho de los estudiantes a acceder a las habitaciones de sus compañeras de residencia, y prendió con fuerza en la Sorbona y en el Barrio Latino de París, escenario de las barricadas y de los enfrentamientos más intensos, aunque antes que en Francia ya se venían registrando focos similares en Holanda con el movimiento de los provos, en Berlín con las manifestaciones lideradas por Rudi Dutschke, y en los Estados Unidos con las de los universitarios de Berkeley contra la guerra de Vietnam. El bagaje ideológico de los líderes de París, Alain Krivine, Jacques Sauvageot, Alain Geismar y sobre todo Daniel Cohn-Bendit, que dirigía el movimiento estudiantil ‘22 de Marzo’, era una mezcla de ideas trostkistas, anarquistas (la utopía libertaria de Bakunin) y maoístas (el Libro Rojo) encarriladas por el movimiento de la Internacional Situacionista creado por Guy Débord a partir del éxito de su ensayo “La sociedad del espectáculo” (Christian Sebastiani, un confesado situacionista, fue el autor de la mayoría de los textos de las pintadas que aparecieron en los muros de París durante la revuelta). El movimiento bebía también de las ideas de Jean Paul Sartre, de Foucault, de André Gorz, y de la filosofía de los últimos representantes de la Escuela de Frankfurt, sobre todo del Marcuse de “El hombre unidimensional”, y tenía hondas raíces en la lucha generacional del sicoanálisis freudiano (matar al padre) y la nueva sexualidad liberadora de Wilhem Reich.
El 13 de mayo, con la Sorbona cerrada por primera vez en 700 años de historia, se alcanzó el cénit revolucionario cuando los sindicatos obreros se unieron a la revuelta y llamaron a una huelga general que estuvo a punto de derribar al Gobierno del general De Gaulle. Ese día las algaradas callejeras alcanzaron los enfrentamientos más violentos entre los manifestantes y las fuerzas de la CRS. Los estudiantes del Barrio Latino cruzaron el Sena con la intención de prender fuego a La Sorbona. La reacción política no se produjo hasta días después cuando De Gaulle aceptó las exigencias de los sindicatos en los Acuerdos de Grenelle y llamó a los franceses a una manifestación en su apoyo en los Campos Elíseos a la que el 30 de mayo acudió un millón de personas y en la que anunció la convocatoria de las elecciones que el 23 de junio devolvieron íntegro el poder al general. Una de las primeras medidas del nuevo gobierno se produjo en agosto, cuando se asfaltaron las calles del Barrio Latino, aquellas que ocultaban la playa bajo sus adoquines.
LIQUIDAR EL LEGADO DE MAYO ‘68
En 2008, cuarenta años después de aquel mayo, a quienes vivimos aquella explosión de ideas desde la oscuridad del franquismo nos sorprendió que uno de los lemas de la campaña electoral con la que Nicolás Sarkozy había ganado las elecciones fuera la de aniquilar lo que quedaba de aquel mayo, de finiquitar los vestigios que pudieran haber permanecido en la sociedad francesa de la herencia de aquella revolución juvenil, a saber, según Sarkozy, el descrédito de la autoridad, la crisis de la escuela y el fin de la familia tradicional. Más sorprendente nos resultó que algunos de los filósofos que fueran iconos de aquel movimiento, como André Glucksman (hay una foto histórica de Glucksman con Sartre esos días), apoyaran esta política, aun teniendo en cuenta la deriva ideológica hacia la derecha de este nuevo filósofo, manifestada en sus ensayos “Dostoievski en Manhattan” y “Occidente contra Occidente”. En una conversación con Glucksman cuando vino a presentar entonces a Madrid su autobiografía “Une rage d’enfant”, Glucksman me justificaba su participación en la campaña de Sarkozy como reconocimiento del error que supuso el apoyo del mayo del 68 a los regímenes comunistas, lo cual no es totalmente cierto a pesar de los posters del Che Guevara y de Lenin y de las banderas rojas en las manifestaciones, de presencia siempre minoritaria, y de los cantos de La Internacional, un himno que nació durante la Comuna de París en 1871. Porque Mayo del 68 fue también una manifestación anticomunista: los estudiantes no querían que el PCF manipulara el movimiento a su favor. Es conocido el episodio de cómo Daniel Cohn-Bendit rechazó el apoyo del poeta comunista Louis Aragon y lo acusó públicamente de estalinista. Uno de los lemas de las manifestaciones era ‘Todos somos judíos alemanes’, dirigido contra George Marchais, el secretario general del partido, quien calificara a Cohn-Bendit de judío alemán y a los líderes del 68 de falsos revolucionarios. Nos resulta sorprendente porque rechazar la herencia del Mayo del 68 es negar valores que surgieron con motivo de esta revolución y vinieron desarrollándose desde entonces, aceptados por la izquierda y, muchos también, por la derecha: el ecologismo, el feminismo, la libertad sexual, la antisiquiatría y la contracultura, el antirracismo, la crítica al consumismo, la reivindicación de las minorías, el sindicalismo alternativo, el pacifismo… Estos principios se desarrollaron al amparo de esta revolución y hoy se consideran importantes conquistas sociales. Ciertamente, ni en sus manifiestos ni en sus proclamas estaban explícitos, pero cabe decir que los manifestantes del mayo del 68 pusieron las bases para que se desarrollaran frente al conservadurismo de aquellos años; abrieron la brecha para que por ella se colasen unos principios que ya estaban presentes en las reivindicaciones de las nuevas generaciones. Se trataba de un rechazo genérico a lo establecido y lo caduco, aunque no hubiera propuestas alternativas explícitas.
Mayo del 68 no fue una revolución contra un gobierno sino contra un futuro que los manifestantes calificaban de “climatizado”. Para algunos sólo fue el fin de una etapa histórica a la que no aportó grandes cosas; para otros fue el principio de otra que abrió las puertas a un futuro en el que se asentaron los valores de una nueva sociedad. Sus lemas, aunque ingenuos, eran suficientemente expresivos de ese espíritu innovador: Prohibido prohibir, La imaginación al poder, La cultura es la inversión de la vida, Seamos realistas: pidamos lo imposible, La acción no debe ser una reacción sino una creación, En los exámenes responde con preguntas, La insolencia es una de las mayores armas revolucionarias… Por todo eso no es arriesgado afirmar que aquel mes fue el uno de los más importantes del siglo XX europeo, un mes que cambió tantas cosas en la sociedad y en las costumbres que aún hoy se notan sus influencias en movimientos como el de los indignados y la antiglobalización y por eso se sigue rememorando. Un mayo tan largo que dura ya cincuenta años.
LIBROS PARA ENTENDER MAYO ‘68
“Mayo del 68. Por la subversión permanente”. André Glucksman (Taurus)
“1968. El nacimiento de un mundo nuevo”. Ramón González Férriz (Debate)
“1968. El año que conmocionó al mundo”. Mark Kurlansky (Destino)
“1968. El año en el que el mundo pudo cambiar”. Richard Vinen (Crítica)
“Los 68. París, Praga, México”. Carlos Fuentes (Debate)
“Mayo del 68 y sus vidas posteriores”. Kristin Ross (Ed. Acuarela)
“Mayo del 68. Fin de fiesta”. Gabriel Albiac (Ed. Confluencias)
“El mayo francés en la España del 68”. Patricia Badenes Salazar (Ed. Cátedra)
“La revolución imaginaria. París 1968”. Michael Seidman (Alianza)
“Utopías del 68. De París y Praga a china y México”. (Pasado y presente)

DOS SIGLOS DE MARXISMO

A 200 AÑOS DEL NACIMIENTO DE KARL MARX SIGUEN LAS INTERPRETACIONES SOBRE LAS TESIS DEL FILÓSOFO QUE CAMBIÓ EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN OCCIDENTE

Karl Marx nació en Tréveris, en la región meridional de la Renania, el 5 de mayo de 1818 y murió en Londres a las tres de la tarde del 14 de marzo de 1883. Fue el filósofo posiblemente más controvertido de la Historia, no tanto por su doctrina sino por la adopción de sus teorías económicas por el sistema político que durante décadas pareció ser la única alternativa real al capitalismo. Durante muchos años el comunismo soviético formó parte de la utopía anticapitalista de muchos líderes de la izquierda europea y americana hasta que los crímenes de Stalin, las invasiones de Hungría y Checoslovaquia por los tanques rusos, los excesos de la revolución cultural china, la deriva del castrismo y el genocidio camboyano abrieron la veda a las críticas de la izquierda contra un sistema que aún tardaría años en derrumbarse, en 1989, a los pies del muro que dividía la ciudad de Berlín. El marxismo ya no existía entonces como un sistema unitario sino que se expresaba de maneras distintas, muchas veces contrapuestas, tanto en los países que lo habían adoptado como régimen político como por los intelectuales y por los partidos que buscaban integrarlo en los sistemas democráticos de Occidente.
El rechazo de los regímenes políticos europeos al marxismo se fundamentó en la idea de revolución que Marx y Engels convirtieron en el eje sobre el que giraba esta doctrina política. Según el “Manifiesto Comunista” la revolución sólo sería posible mediante el derrocamiento violento del régimen existente (aunque más adelante Marx admitiría también la posibilidad de una vía pacífica). En todo caso, para llevar a cabo una revolución, se afirma, hay que basarse en el conocimiento científico de la realidad social que se quiere transformar. En ese sentido, hay que reconocerlo, el marxismo fue el único intento serio de acceder a un conocimiento profundo de la realidad para transformarla, hasta el punto de que pese al fracaso de los comunismos como encarnación de sus teorías, siguen vigentes muchos de sus postulados y no cesan de producirse nuevas interpretaciones que prolongan su vigencia. Mientras tanto aún no ha nacido una alternativa renovadora en el pensamiento occidental que dé respuestas a los planteamientos que Marx puso en entredicho.
VIDA DE UN FILÓSOFO
A pesar de una existencia no muy prolongada (murió a los 65 años), la obra de Karl Marx es una de las más destacadas del pensamiento de los siglos XIX y XX y de las que abarcan una mayor amplitud temática: filosofía, economía, sociología, política, ciencia, cultura… nada fue ajeno a la personalidad de uno de los pensadores más fecundos de la historia.
Marx nació en una familia de judíos alemanes de clase media, nieto de un rabino e hijo de un abogado de ideas liberales que se convirtió al protestantismo. Después de sus primeros estudios en Tréveris el joven Max se trasladó a Bonn para estudiar Derecho y más tarde a la Universidad de Berlín. Se prometió en secreto con una amiga de la infancia, Jenny von Westphalen, con quien se casaría antes de abandonar el Derecho para dedicarse a la Filosofía y a la Historia. En Berlín simpatizó con los seguidores de Hegel, base fundamental de su pensamiento filosófico, aunque más tarde llegó a criticar algunos de sus postulados de la mano de Feuerbach. Vio frustrada su dedicación a la enseñanza de la Filosofía cuando Bruno Bauer, a quien conocía del hegeliano Club de los Doctores, fue despedido de la Universidad de Bonn. Fue entonces cuando entró como redactor en la revista liberal progresista “Gaceta renana” (también conocida como “Gaceta del Rin”), que llegó a dirigir hasta que fue prohibida por la censura. Se mudó entonces con su familia a París en 1843 para colaborar en una nueva revista, “Anuarios Franco-Alemanes”, momento en el que conoció a Heinrich Heine y escribió la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, donde proclama que el proletariado es la clase destinada a conseguir la redención de la humanidad. Tras una visita de Friedrich Engels a París comenzó una fructífera colaboración entre ambos, que coincidían en su ideario político y en sus planteamientos sobre la sociedad contemporánea. Juntos publicaron La Sagrada Familia y La ideología alemana, y Marx, por su parte, La miseria de la Filosofía una respuesta a La filosofía de la miseria de Prouhom. Expulsado de Francia por presiones del gobierno prusiano, se instaló en Bélgica, donde se afilió con Engels a la Liga de los Comunistas, que nombró presidente a Marx y encargó a ambos la redacción del Manifiesto Comunista en 1848. Expulsado también de Bélgica, regresó a Alemania (Colonia) para publicar la “Nueva Gaceta Renana”, cuyos contenidos volvieron a desatar la furia del gobierno, que lo expulsó de nuevo a París, de donde viajó a Londres para instalarse allí en condiciones muy precarias hasta su muerte. En la capital británica desarrolló un incansable trabajo de activista y escribió algunas de sus obras más destacadas, como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, La guerra civil en Francia (sobre los episodios de la Comuna de París) y Contribución a la crítica de la economía política, cuya segunda parte decidió publicar con el título de El Capital.
PARA LEER A MARX
Una de las mejores antologías de la obra de Carlos Marx publicadas recientemente es la que bajo el título de “Karl Marx. Llamando a las puertas de la revolución” (Penguin clásicos) ha coordinado el crítico y editor Constantino Bértolo. Y no sólo por la selección de los textos sino también por la excelente y extensa introducción que con el título “El misterio Marx” el propio Bértolo escribe en esta antología, un texto en el que pone los cimientos para que los lectores no iniciados en el marxismo dispongan de herramientas para entender mejor su filosofía y los lenguajes humanista, político y científico de su obra.
Dice Constantino Bértolo que si Marx hubiera muerto antes de escribir El Capital, con toda probabilidad se hablaría bien de él… “es la escritura de El Capital lo que hace que la obra de Marx sea hoy objeto de recelo, anatema y condena desde los diversos frentes ideológicos”. Porque, dice Bértolo, Marx no dijo que el capitalismo no pudiese mantenerse indefinidamente en el callejón sin salida; sólo dijo que el callejón no tenía salida. Esta afirmación es perfectamente comprobable en esta antología en la que se incluyen desde textos de juventud hasta fragmentos de sus últimas obras, a lo largo de cuya lectura se entiende mejor la evolución social e ideológica de Carlos Marx.
Queda claro leyendo estos textos que, a pesar de su origen burgués, Marx fue ante todo un revolucionario. Con Hegel como base filosófica y con la experiencia del choque con la realidad, Marx conoció como periodista de la “Gaceta renana” y más tarde, ya con Engels, en los “Anuarios Franco-Alemanes”, la vida precaria de los campesinos, la situación económica de la sociedad europea, los intereses de la burguesía liberal y otras realidades que lo llevarían a buscar una mediación entre la democracia y el movimiento obrero. Sin embargo llegó a la conclusión de que la única fuerza social capaz de llevar a cabo la revolución era el proletariado y que el Comunismo era el único movimiento capaz de poner en marcha esa revolución. Desde entonces en sus obras Marx se dedicó a tratar de demostrar la condición materialista de la historia del hombre, “resultado de un proceso de enfrentamiento entre quienes controlan la producción y quienes han sido despojados de ese control” y llega a plantear el derrocamiento de la burguesía, el gobierno del proletariado y una nueva sociedad sin clases y sin propiedad privada. Para llevar a cabo esta revolución redactó el Manifiesto Comunista en el que reafirma que el Comunismo sólo se alcanzará derrocando violentamente todo el orden social existente.
Toda la Historia, según Marx, habría sido la historia de la lucha de clases, una lucha entre los explotados y los explotadores, entre las clases sometidas y las clases dominantes. En su obra La lucha de clases en Francia utiliza por primera vez la expresión “dictadura del proletariado”, una de las más controvertidas y utilizadas desde los partidos opositores para desprestigiar el marxismo (incluso Santiago Carrillo hizo aquella recordada afirmación: “dictadura, ni la del proletariado”). Con El Capital Marx quiso saber cuáles eran los rasgos del capitalismo, su funcionamiento y las bases que lo sustentan. El funcionamiento del mercado, sus teorías sobre el valor de uso y el valor de cambio y sobre todo el concepto de plusvalía fueron sus aportaciones más brillantes al mundo de la política económica. Y una afirmación hoy más que nunca presente en la polémica actualidad española: frente al nacionalismo, la necesidad de no perder de vista la solidaridad internacionalista. La lectura de esta selección de textos pone de manifiesto que la vigencia del marxismo para entender los problemas de la actual sociedad y transformar un mundo en el que la injusticia, la desigualdad y la explotación, siguen tan presentes como en los albores del siglo XX.
El libro concluye con una completa biografía del filósofo del que ahora se conmemora el segundo centenario de su nacimiento.
MARX DESDE OTRA ESQUINA
En su obra “Marx” (Alianza Editorial), el profesor Johannes Rohbeck trata de estudiar la obra del filósofo alemán desde la relación entre sus diferentes disciplinas científicas, fundamentalmente la economía, la filosofía y la historia, y actualizar sus teorías para aplicarlas al estudio de los problemas contemporáneos, porque a pesar de que no se hayan cumplido sus pronósticos de un colapso del sistema capitalista y de que la caída de muro supusiera en buena medida el fracaso de los sistemas comunistas, el pensamiento de Marx sigue estando presente en los análisis que se hacen sobre la sociedad contemporánea.
Una vez que el marxismo está liquidado, dice Rohbeck, podemos permitirnos estar de acuerdo con Marx de manera más o menos explícita y sin temer las consecuencias. Así, se admiten sin ambages sus predicciones sobre la globalización y sus consecuencias, entre ellas el aumento de la brecha entre ricos y pobres. Y se aplican sus teorías sobre la plusvalía y su concepto del trabajo, el capital, el dinero y la mercancía a los nuevos problemas de la sociedad actual. Es decir, se utiliza a Marx ya no como meta de una utopía sino como crítica al capitalismo existente porque el fracaso de un sistema no implica automáticamente la legitimidad del otro: el capitalismo –dice Rohbeck- no se justifica por el simple hecho de sobrevivir. Además el profesor Rohbeck quiere divulgar aquí los aspectos fundamentales de la obra de Marx para cuestionarlos en relación con su aplicación a los problemas actuales. Para ello hace un recorrido por algunos de los que ocupan la obra del filósofo alemán, entre otros la crítica de la economía política, el trabajo, el capital, la alienación, la plusvalía, la moral o la crítica de las ideologías.

 

VARGAS LLOSA RESPONDE

Una pregunta que los lectores y los seguidores de la trayectoria intelectual de Mario Vargas Llosa se hicieron durante muchos años fue la de las causas que influyeron en el escritor peruano para transitar desde el marxismo radical, el existencialismo y el apoyo a la revolución cubana, hasta los terrenos del liberalismo. En los artículos y los ensayos publicados durante aquellos años de transición (se pueden seguir en el volumen de sus obras completas publicadas por Galaxia Gutenberg) Vargas Llosa fue explicando los motivos que le llevaron a criticar el comunismo y el castrismo y a abrazar la democracia parlamentaria y el liberalismo. Ahora dedica todo un libro, “La llamada de la tribu” (Alfaguara) a ampliar las explicaciones que ha venido dando desde aquellos escritos y desde las entrevistas en las que también se le hacía la misma pregunta.
Básicamente, dice Vargas Llosa, el desencanto por las doctrinas comunistas fue surgiendo al observar la creación de campos de concentración en los que el castrismo recluía a contrarrevolucionarios, homosexuales y delincuentes comunes; también un viaje a la Unión Soviética en el que descubrió que el modelo de sociedad que allí se había instituido no era el que él quería para su país y, sobre todo, el caso del poeta cubano Heberto Padilla, a quien conocía personalmente, obligado a autodenunciarse públicamente como imperialista y agente de la CIA, por manifestar algunos desacuerdos con la deriva del régimen cubano: “Poco a poco fui comprendiendo que las ‘libertades formales’ de la supuesta democracia burguesa no eran una mera apariencia detrás de la cual se ocultaba la explotación de los pobres por los ricos, sino la frontera entre los derechos humanos, la libertad de expresión, la diversidad política, y un sistema autoritario y represivo donde, en nombre de la verdad única representada por el partido comunista y sus jerarcas, se podía silenciar toda forma de crítica, imponer consignas dogmáticas y sepultar a los disidentes en campos de concentración e, incluso, desaparecerlos”.
Para Vargas Llosa los regímenes totalitarios estarían alimentados por lo que Karl Popper denomina “la llamada de la tribu”, un irracionalismo primitivo nunca superado por el ser humano, que siente añoranza de un mundo tradicional (la tribu) subordinado al brujo o al cacique y en el que se responsabiliza al otro, al diferente, de todas las calamidades. Este espíritu tribal, fuente también del nacionalismo, sería, según Vargas Llosa, el causante, junto con el fanatismo religioso, de las mayores tragedias de la historia de la humanidad. El premio Nobel afirma haber encontrado en el liberalismo (que diferencia del conservadurismo) la mejor solución para los problemas de la sociedad contemporánea, al promover la descentralización del poder, la igualdad de oportunidades y la libertad como valor supremo, una libertad indivisible, que ha de manifestarse en los dominios económico, político, social y cultural.
Mario Vargas Llosa dedica su libro a revelar las fuentes que propiciaron su conversión al liberalismo, personificadas en siete de los intelectuales que influyeron en su ideario político: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. El recorrido por las biografías y por las obras de estos pensadores es un entretenido ejercicio analítico (la escritura de Vargas Llosa es en ocasiones novelesca, como cuando narra el enfrentamiento entre Popper y Wittgenstein) de la evolución de las ideas liberales al mismo tiempo que una crítica a los totalitarismos del siglo XX. Se esté o no de acuerdo con el credo liberal, resulta muy instructiva la lectura de este libro para conocer los fundamentos históricos del liberalismo y los valores de su ideario político, y también las diferencias mantenidas entre los intelectuales que lo defendieron. Y los errores y contradicciones, que también se manifiestan sin ambages.
LOS SIETE SAMURAIS
El análisis de las obras de Adam Smith, fundamentalmente “La riqueza de las naciones” (libro prohibido en España en 1792 por la Inquisición), lleva a Vargas Llosa a explicar el mercado y la propiedad privada como motores del progreso, la función del Estado en la sociedad y las críticas al colonialismo. En la obra de Ortega y Gasset, el autor analiza el surgimiento de la cultura popular de consumo masivo en “La rebelión de las masas”, los nacionalismos en “La España invertebrada”, las nuevas manifestaciones de la cultura del siglo XX en “La deshumanización del arte” (“las masas odian el arte nuevo porque no lo entienden”, afirmaba Ortega) y su personal liberalismo que en el caso de Ortega y Gasset “no va acompañado de la libertad económica y el mercado libre”. De Friedrich von Hayek destaca Vargas Llosa su crítica a la planificación centralizada de la economía, la defensa de la propiedad privada, el colectivismo como denominador común del comunismo y el nazismo y las diferencias entre nacionalismo y patriotismo: el patriotismo es un sentimiento de solidaridad con la tierra, con la lengua, con la historia… el nacionalismo es una pasión negativa, una perniciosa defensa de lo propio contra lo foráneo, fuente de racismo, de discriminación y de cerrazón intelectual, dice von Hayek.
Pero el pensador que sin duda influyó con más fuerza en Vargas Llosa fue Karl Popper, de quien analiza minuciosamente su obra, empezando por “La sociedad abierta y sus enemigos”, opuesta a la sociedad cerrada de los sistemas totalitarios, donde la cultura democrática garantiza mejores condiciones materiales y espirituales y mayores oportunidades para decidir su destino. Para Popper la libertad es una condición imprescindible para el ser humano. En “La miseria del historicismo” Popper niega que la Historia obedezca a leyes inflexibles y afirma que no puede predecirse el curso de la Historia mediante medios científicos o racionales, como afirma Hegel.
Tras analizar la obra de Isaiah Berlin y sus teorías sobre el si los protagonistas de la evolución son los héroes (líderes, gobernantes, ideólogos) o los que producen, critican y diseminan las ideas (estudiosos, pensadores, enseñantes), termina su recorrido Vargas Llosa con la obra y la biografía de dos pensadores coetáneos franceses, Raymond Aron y Jean-François Revel, que escribieron en periódicos y publicaron libros que en su momento fueron importantes llamadas de atención sobre la política contemporánea, fundamentalmente “El opio de los intelectuales” en el caso de Aron y “La tentación totalitaria” de Revel.
LAS RESPUESTAS DE VARGAS LLOSA
Esa pregunta que todos los lectores de Vargas Llosa se hacían para entender su evolución ideológica y a cuya respuesta ha dedicado todo un libro, es la primera que el periodista Juan Cruz le hace al Nobel peruano en la primera de las entrevistas al escritor recogidas en “Encuentros con Mario Vagas Llosa”, recientemente publicado por Ediciones Deliberar:
– Se ha dicho en Europa que usted se ha pasado de la izquierda a la derecha
– Yo estoy por el cambio, por las reformas radicales. No creo que hoy las reformas radicales se fundamenten en el crecimiento del Estado. En los años sesenta yo creí que eso era posible, y en ese sentido he cambiado.
Juan Cruz es posiblemente el periodista español que más veces ha entrevistado a Mario Vargas Llosa. En este libro se han reunido 18 de esas entrevistas realizadas en lugares diversos (Tenerife, Italia, París, Madrid, México) y publicadas en varios medios (fundamentalmente El País) a lo largo de casi 30 años. Algunas de estas entrevistas tuve la suerte de seguirlas en directo (la realizada en la Fundación Juan March, la emitida por la Cadena SER) y otras ya las había leído en el momento de ser publicadas, pero al volver a ellas las he encontrado tan atractivas como la primera vez. No han perdido su frescura porque entre otras cosas el lenguaje en el que se expresa Vargas Llosa es tan seductor como el de sus novelas. Responde siempre a todas las preguntas, incluso a las más comprometidas (excepto a una) y recorre su biografía con la agilidad y la corrección que son en él habituales.
La lectura, ahora, de estas entrevistas nos recuerda la biografía del escritor, su infancia, sus experiencias literarias y sus relaciones con los escritores del llamado boom iberoamericano (“para mí supuso descubrir de pronto que los escritores latinoamericanos formábamos una comunidad que era reconocida fuera de nuestras fronteras de una manera entusiasta”), el periodo que vivió como candidato a la presidencia de Perú y su fracaso frente a Fujimori (“fue una experiencia muy rica; he conocido al país al revés y al derecho”), su visión de los cambios producidos en Europa y en España en las últimas décadas, su trabajo como periodista (“si no hubiera tenido esa disciplina no hubiera sido un escritor”), la gestación de sus novelas, la importancia de la literatura en su vida (“hoy día no creo que la literatura pueda ser un arma política, pero sí estoy convencido de que no es gratuita, de que influye en la vida de una manera que no se puede planificar”), el Premio Nobel (“no voy a dejar que este premio me convierta en una estatua”), su alarma por la banalización de la cultura y también algunos de los asuntos que trata en “La llamada de la tribu”. Los temas se van encadenando a lo largo de estas entrevistas cuya relectura, para quienes ya las conocíamos, descubre sin embargo nuevos detalles de una vida y una obra excepcionales.

LECCIONES SOBRE POPULISMO

El Premio Anagrama de ensayo reflexiona sobre el populismo desde el estado del malestar en las sociedades contemporáneas 

Como un nuevo fantasma, el estado de malestar recorre occidente. Se trata de una corriente de opinión que trata de desmitificar el concepto de estado de bienestar que los países europeos establecieron tras la Segunda Guerra Mundial para contrarrestar en la opinión pública los supuestos beneficios que los regímenes comunistas habrían conseguido para el proletariado al otro lado del telón de acero. Ese estado de malestar, que se ha instalado en las democracias liberales, está representado por nuevas fuerzas políticas surgidas desde el desencanto y la indignación y que, como un nuevo adanismo, descalifican todo lo anterior desde presupuestos populistas. Esta es una de las ideas centrales que recoge “Estudios del malestar. Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas”, del catedrático de Filosofía José Luis Pardo, galardonado con el último Premio Anagrama de Ensayo.

José Luis Pardo hace un recorrido por la historia de la Filosofía, desde Platón a Marx (con paradas especiales en Hobbes y Carl Schmitt), para explicar la génesis y la situación actual de ese estado de malestar que amenaza con liquidar los regímenes parlamentarios en los que se asientan las estructuras políticas de las actuales sociedades occidentales, y de paso terminar con el contrato social rousseauniano en que se apoyan el Estado de Derecho y las libertades públicas. Pardo parte de la idea del prestigio que el comunismo (palabra que hoy los propios comunistas tienden a enmascarar en eufemismos diversos) tenía en el siglo XX (al menos hasta la caída del muro de Berlín), con su carga de trascendencia y con aquella visión que abarcaba todas las esferas vitales del mundo. Los militantes comunistas creían contribuir a la marcha de la Humanidad hacia su emancipación colectiva, según la idea de Historia Universal de Hegel, en la que los hechos son consecuencia unos de los otros y por lo tanto es posible influir en la fase histórica siguiente a la presente.  El coste de ese concepto de la Historia es la guerra, y sus principales protagonistas son los “individuos histórico-mundiales” (Alejandro Magno, César, Napoleón). Marx cambió la guerra por la revolución (“la única guerra justa”) y sustituyó los individuos histórico-mundiales por las clases sociales y sus dirigentes, a los que se unieron los intelectuales comprometidos, aquellos que no sólo defienden una posición teórica sino que arriesgan la vida para su puesta en práctica (sin olvidar que estar dispuesto a dar la vida por las ideas, dice José Luis Pardo,  significa también estar dispuesto a matar por ellas). Ser independiente estaba entonces mal visto; había que comprometerse: “Ningún intelectual podía ser declarado auténticamente tal si no era un intelectual comprometido. Comprometido con el comunismo, por supuesto” (p. 71). El paradigma de intelectual comprometido era Jean-Paul Sartre, quien en su polémica con Camus reprochó a éste que algunos de sus libros complaciesen a lectores de derechas. “Si la derecha tuviera la verdad yo me haría de derechas”, le respondó Camus. José Luis Pardo reprocha a Sartre haber preferido la mentira, como prueba el hecho de no haber dicho la verdad sobre la falta de libertades en la Unión Soviética, pese a que conocía muy bien la situación; ni siquiera sobre la libertad de expresión, de la que él se beneficiaba viviendo en occidente. Otros intelectuales, ante el desprestigio del régimen soviético a raíz de haberse divulgado los excesos de la represión estalinista, comenzaron a situar su compromiso en otros comunismos más radicales: China, Camboya, Cuba, Vietnam… cuyos resultados han quedado como experiencias revisables para la Historia.

LA POLITIZACIÓN DEL ARTE Y LA ESTETIZACIÓN DE LA POLÍTICA

Para explicar gráficamente el desarrollo de la nueva política el profesor Pardo utiliza el ejemplo de las vanguardias artísticas desde la aparición de la “Fuente” de Marcel Duchamp, aquella escultura que era un urinario situado en el contexto de una exposición de arte. El objetivo de Duchamp, como el de las vanguardias, era terminar con la diferencia entre el Arte y el no-Arte, inaugurar un mundo en el que el Arte estuviera diluido en la vida: un mundo sin Arte y sin belleza (o un mundo todo Arte y todo belleza). No era tanto inaugurar una nueva etapa de la historia del Arte como clausurar para siempre esa historia, terminar con el Arte como categoría estética y social. O sea, politizar el Arte. Como en la Historia según Hegel, en esta nueva etapa las vanguardias serían la anticipación de algo que había de llegar. Lo malo es que lo que llegó, aupado en las ideas de esas vanguardias artísticas, fueron los regímenes totalitarios. Por eso, afirma José Luis Pardo, “no solamente existe un vínculo histórico objetivo entre los artistas vanguardistas de principios del siglo XX y las políticas de vanguardia de los totalitarismos que fueron sus contemporáneos, sino también entre los artistas neovanguardistas actuales y los populismos neocomunistas o neofascistas que son hoy nuestros contemporáneos, desde Donald Trump hasta Nicolás Maduro” (p.273).

Así como las vanguardias trataban de terminar con el Arte, los nuevos populismos tratarían de acabar con la Política, diluirla en la vida. Se trata de hacer la lucha política en la calle, fuera de las instituciones, ya desprestigiadas y sin capacidad por tanto para hacer política. Para los populismos la representación que tienen esas instituciones es más en el sentido teatral de puesta en escena que en el auténtico de representar los intereses de la gente. Y así como los antiguos militantes comunistas revolucionarios se convertían en protagonistas de la Historia, los actuales seguidores de los populismos serán los protagonistas de ese otro estadio que consiste en terminar con la Política.

Ahora vivimos en una nueva sociedad en la que, para convencer, la razón tiene que reforzarse con la emoción. Para que sean bien acogidas, las ideas han de ir envueltas en un halo de persuasión emocional. En el siglo XXI los “individuos histórico-mundiales” y los líderes revolucionarios han sido sustituidos por las estrellas de Hollywood y los cantantes de rock; la Historia es ahora el espectáculo mediático, mientras la nueva guerra, que se inició el 11-S con el ataque a las Torres Gemelas, ya no es entre naciones y potencias; ha mudado en un conflicto sin ejércitos regulares ni contendientes identificados, en una guerra sin victorias ni derrotas. Para los populismos la guerra y el enfrentamiento, en cuanto estado de malestar, constituyen su condición y su esencia. Los nuevos populismos coinciden con Carl Schmitt cuando éste afirma que la esencia de la política es la guerra. Y con Ernesto Laclau y su teoría de que la estetización de la política consiste en el antagonismo y no en el pacto. Para Laclau los antagonistas son el régimen, la oligarquía, los grupos dominantes, el poder, el neoliberalismo… El populismo trataría de superar la contradicción entre el todo y la parte: los nuestros son el pueblo, cuyos intereses son los de todos.

Además, los movimientos populistas han añadido nuevos componentes que sustituyen al viejo esquema izquierda-derecha: por una parte los términos arriba-abajo y por otra la opción entre lo viejo y lo joven, ilustrada por el fin de la cultura analógica frente a la digital, la sustitución de la opinión pública por las redes sociales y, en fin, la civilización de estructuras rígidas y perdurables por aquella modernidad líquida anunciada por Zygmunt Bauman.

SPAIN IS NOT DIFFERENT

En España, el estado del malestar nació también de la indignación y el descontento. El No a la Guerra cuando la invasión de Irak, la concentración convocada por SMS ante la sede del Partido Popular la víspera de las elecciones del 2004, la crisis económica y las concentraciones del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid, iniciaron un enfrentamiento contra el consenso entre los partidarios del estado de bienestar, un malestar al que se subieron en marcha los independentistas catalanes. Ese estado de malestar se vehicula con reivindicaciones como la de seguir luchando contra la dictadura cuando ya se ha hecho la transición a la democracia (una transición invalidada por los líderes del malestar que la califican de ficción) y en reclamar este nombre, el de democracia, para lo que, según José Luis Pardo, tiene todas las trazas de ser una dictadura.