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MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA DE EUROPA

 

El periodista Guillermo Altares recorre el continente a través de acontecimientos de su historia y de su cultura

La idea central que preside este libro del periodista Guillermo Altares (“Una lección olvidada”. Tusquets) es la de que a pesar de la diversidad y de las diferencias entre los territorios que integran Europa, existe una tela de araña de fuertes lazos tejida entre sus habitantes y sus culturas, una atracción forjada a lo largo de la historia, que hace que esa unión sea indestructible. Para Altares el proceso de la unidad europea iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de las fronteras, la utilización de una moneda única y la búsqueda del bien común, ha sido lo mejor de nuestra historia reciente como europeos. Por eso, desde el prólogo de este libro, nos recuerda aquella frase de Víctor Hugo en la que el escritor francés afirmaba que una guerra entre europeos es siempre una guerra civil.
DE LAS CAVERNAS A LA GUERRA DE YUGOESLAVIA
Teniendo como objetivo esta premisa, “Una lección olvidada” es un viaje por algunos acontecimientos de la historia que muestran esos vínculos, que se han reforzado a pesar de los problemas a los que Europa ha tenido que enfrentarse a lo largo de los siglos. Desde las cuevas prehistóricas a los conflictos de la antigua Yugoeslavia, la historia de Europa ha sido una sucesión de acontecimientos que han forjado la personalidad de un continente que vive en la actualidad el periodo más evolucionado de su historia. El recorrido se inicia en la cueva prehistórica de Chauvet, descubierta en 1994, cuyas fascinantes pinturas rupestres, de una antigüedad de 36.000 años, muestran un arte que se identifica tanto con Altamira como con la contemporaneidad, teniendo en cuenta el dato de que entre Chauvet y Altamira existe mayor distancia temporal que entre Altamira y el siglo XXI.
Uno de los aspectos que se destacan en este libro es el de la superación, en la época actual, de la violencia, que fue una presencia histórica permanente en el continente, “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores”, en palabras del autor. Una violencia que ya estaba hace 5200 años en el hombre de las nieves, la momia de Ötzi encontrada en 1991 y que demuestra que también la prehistoria fue un periodo convulso. Una violencia que continuó en el mundo antiguo con las guerras de Troya y el Peloponeso y las conquistas del imperio romano, que se prolongó en la Edad Media con las invasiones de los pueblos bárbaros y los vikingos y después con las guerras de religión, las cruzadas y las persecuciones contra heterodoxias religiosas como la de los cátaros, se extendió a través de los episodios de terror desatados durante la Revolución Francesa y las matanzas de la Comuna de París, hasta ensangrentar el siglo XX durante la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el Holocausto y las represiones derivadas de los sistemas totalitarios que se instalaron en suelo europeo… hasta alcanzar los últimos conflictos de la guerra de Yugoeslavia hace apenas veinte años. A estos episodios dedica Guillermo Altares los 20 capítulos de este libro excepcional.
Pero frente a esta violencia, en Europa se ha manifestado también una unidad cultural que la salva de una radical condena histórica. El legado de Grecia y Roma, los mundos bizantino y árabe, la arquitectura religiosa que dio lugar a las catedrales, las obras de Caravaggio, la Ilustración, el arte y la literatura de los siglos XIX y XX… encierran en las manifestaciones de la diversidad de los países del continente una innegable urdimbre europeísta. De estas manifestaciones habla también este libro, uno de cuyos méritos son las citas bibliográficas que incitan a la lectura de los textos que las documentan.

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TOM WOLFE Y EL NUEVO PERIODISMO

 

EN LA MUERTE DE TOM WOLFE
En los años sesenta del siglo XX algunos escritores norteamericanos comenzaron a publicar en los periódicos una serie de trabajos bajo formatos tradicionales de crónicas, reportajes y entrevistas pero rompiendo con los moldes del periodismo tradicional, al mezclar la información real con las técnicas de la ficción literaria verosímil. Algunos como Truman Capote (“A sangre fría”) y Norman Mailer (“Los ejércitos de la noche”) aplicaron al periodismo la fórmula de novelas con las que habían obtenido grandes éxitos, mientras otros como Gay Talese (“Fama y oscuridad”) convertían en libros los artículos que habían visto la luz en los periódicos bajo aquel formato. A este estilo se lo bautizó como Nuevo Periodismo por la novedad de su estructura y la originalidad de sus planteamientos. Un libro imprescindible de Marc Weingarten, “La banda que escribía torcido” (Libros del KO) es un apasionante estudio de este movimiento periodístico y literario y un recorrido por la vida y las peripecias de sus mejores representantes. El Nuevo Periodismo cuajó también en Europa y América latina, donde autores como Tomás Eloy Martínez (“La novela de Perón”) y Gabriel García Márquez (“Memoria de un náufrago”, “Noticia de un secuestro”) aplicaron el formato a algunas de sus obras.
ADIÓS A TOM WOLFE
El pionero del Nuevo Periodismo fue Tom Wolfe, que acaba de morir a los 87 años en Nueva York, la ciudad en la que vivió gran parte de su vida (se le citan hasta dieciséis domicilios distintos en esta ciudad), escenario de sus novelas y objeto de muchos de sus trabajos. Llegó a esta ciudad en 1962 para trabajar para el “New York Herald Tribune”, en cuyo suplemento dominical publicó muchos de sus artículos, escritos con un estilo ingenioso y perspicaz, entreverado de ironía, en el formato que con los años se convirtió en el Nuevo Periodismo. También escribió crónicas para el “The Washington Post” (entre ellas una sobre la revolución de Fidel Castro y otra sobre la toma de posesión del dictador haitiano Papa Doc Duvalier) y para las revistas “Esquire” y “Rolling Stone”, donde publicó algunos de sus trabajos más intelectuales. En todos abordaba los temas de la actualidad americana del momento, desde la generación beat, la contracultura y el movimiento hippie hasta los fenómenos que relacionaban el Black Power con los Panteras Negras, el mundo de las drogas, la carrera espacial y los movimientos políticos de la izquierda radical americana de los años sesenta y setenta. Esta obra periodística está publicada en varias recopilaciones de títulos llamativos: “Ponche de ácido lisérgico” (sobre el escritor Ken Kesey, autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”, que había sido encarcelado en México por tenencia de drogas), “El coqueteo aerodinámico rocanrol color caramelo de ron”, “La Banda de la Casa de la Bomba y otras crónicas de la era Pop”, “La izquierda exquisita & Mau-Mauando al parachoques” y, el más conocido, “Nuevo Periodismo”, una recopilación que constituye todo un manual para entender de qué iba el género.
Como escritor de ficción el éxito le llegó en los años 80 con una de las grandes novelas americanas de esa década, el best-seller “La hoguera de las vanidades” (fue adaptada al cine por Brian de Palma, con Tom Hanks y Melanie Griffith de protagonistas), una sátira sobre la especulación y el mundo de las altas finanzas, un ambicioso relato en el que analiza los vicios de la sociedad americana del fin de siglo con una crítica inteligente a los yuppies (young urban profesional) de Wall Street y a la hostilidad racial latente en los wasp (blancos, anglosajones y protestantes) de la alta sociedad, para lo cual sitúa parte de la acción del relato en el Bronx neoyorkino. Lo hace aplicando los métodos con los que el francés Émile Zola (uno de sus escritores favoritos) examinaba en sus novelas a la sociedad europea del siglo XIX. “La hoguera de las vanidades” se publicó en 1987, el año del lunes negro en la bolsa de Nueva York. Tras este éxito Tom Wolfe sufrió una fuerte depresión y una crisis cardiaca que hicieron temer por su vida. Apenas publicó un par de obras más, entre ellas “Todo un hombre”, de 1998, en mi opinión muy superior a “La hoguera de las vanidades” a pesar de las críticas negativas que hicieron John Updike en el “New Yorker” y su colega Norman Mailer en “New York Review of Books”. Se trata de una novela escrita después de una profunda investigación y una exhaustiva documentación sobre el nuevo capitalismo norteamericano y sus relaciones con el poder político, el sexo, los medios de comunicación y el mundo de la fama y la popularidad de las estrellas del deporte y el glamour. Una radical crónica del malestar en la cultura contemporánea americana.
Con Tom Wolfe desaparece también una de las personalidades más carismáticas del periodismo y la literatura norteamericana, un conservador republicano que identificó su imagen con la de un dandy elegante (la novelista Elaine Dundy lo describió como “Tom Sawyer dibujado por Beardsley”), casi siempre vestido de un blanco impoluto, calzado con zapatos de piqué charolados en blanco y negro diseñados por New Lingwood, corbatas moteadas y tocado con un sombrero negro bajo cuyas alas sobresalían sus grandes ojos azules brillando siempre sobre eterna la palidez de su rostro.

LOS NOVENTA AÑOS DE SÁNCHEZ FERLOSIO

 

 

La llamada generación del medio siglo tuvo en sus filas a escritores que dieron obras importantes a la literatura española contemporánea. Poetas y prosistas nacidos desde la década de los años veinte hasta la guerra civil, su nombre se debe a que todos ellos comenzaron a publicar en torno a 1950, durante la dictadura del general Franco.

De origen burgués y formación universitaria, estos escritores crearon una obra que se asocia con la protesta social y la lucha antifranquista. Ignacio Aldecoa, Luis Martín-Santos, Juan García Hortelano, Caballero Bonald, Alfonso Grosso, Ángel González, Juan Marsé… forman parte de esa generación entre cuyos supervivientes destaca la figura de Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927), un intelectual (él prefiere calificarse como plumífero) que navegó en los ámbitos de la novela, el ensayo y el periodismo a una altura poco común en un país y en unos años en los que el paisaje literario era un páramo sobre el que destacaban unos pocos creadores a modo de oasis excepcionales. un páramo sobre el que destacaban unos pocos creadores a modo de oasis excepcionales. Sánchez Ferlosio cumple 90 años el 4 de diciembre.

ESCRITOR, INTELECTUAL, POLEMISTA

Hijo de Rafael Sánchez Mazas, fundador de Falange que destacara en la guerra civil al lado de las tropas nacionales de Franco y después como ministro de su primer gobierno (también escritor: “La vida nueva de Pedrito de Andía”), Sánchez Ferlosio saltó al ruedo literario con la fundación de la neorrealista “Revista española”, en la que colaboraban Aldecoa, Alfonso Sastre y Jesús Fernández-Santos. Su primera novela fue “Industrias y andanzas de Alfanhuí” (1951), un experimento poético y fantástico con el que se distanció del realismo social de aquellos años y que aún hoy se lee con placer. El éxito literario le llegó de la mano de “El Jarama”, premio Nadal de 1956, una novela que rompió los esquemas de la narrativa española del siglo XX y situó a su autor entre los innovadores de la literatura española. Junto a la renovación del lenguaje la novela es una mirada crítica a la sociedad española del franquismo. Sorprendentemente, frente a la acogida de la crítica y de los lectores, Sánchez Ferlosio llegó a aborrecer esta obra y a negar los valores literarios y sociales que se le atribuyen (“El Jarama es una invención de Castellet, que lo puso por las nubes”, dijo recientemente en una entrevista). De hecho no volvió a publicar novelas hasta 30 años después, cuando se editó “El testimonio de Yarfoz” (1986), una parábola moral sobre los valores humanos, que forma parte de “Historia de las guerras barciales”, un ambicioso proyecto inédito del que por ahora, además del Yarfoz, sólo se conoce el título. Ese mismo año publicó también dos cuentos en colecciones juveniles: “El huésped de las nieves” y “El escudo de Jotán”. Durante todo ese tiempo, tomando como base científica la “Teoría del lenguaje” de Karl Bühler, Ferlosio se recluyó en los estudios lingüísticos y semánticos, un campo que ya había experimentado en ensayos y artículos, llenos de hipotaxis y quiasmos, y en los giros y modismos del habla popular de sus novelas, que parecen volcados de una grabación magnetofónica. Entre los ensayos y recopilaciones de aquella larga etapa figuran los dos volúmenes de “Las semanas del jardín” (1974) (una meditación sobre los límites de la representación de la realidad en la literatura, según José Carlos Mainer), “Mientras los dioses no cambien nada ha cambiado”, “Campo de Marte I. El ejército nacional” y “La homilía del ratón”, todos de 1986. Después, en una inusitada actividad para su edad, publica “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos” (1993), “Esas Yndias equivocadas y malditas” (1994), “La hija de la guerra y la madre de la patria” (2002), “Non olet” (2003), “Sobre la guerra” (2007), “Gold & Gun. Apuntes de polemología” (2008)… ensayos todos ellos al margen de la corrección política y la temática de actualidad en los que Sánchez Ferlosio muestra un conocimiento ilimitado sobre los temas más versátiles y hasta antitéticos: de la Filosofía de la Historia de Polibio de Magalópolis al feminismo “astrológico” de Kylie Minogue. Según Fernando Savater, la forma de pensar de Sánchez Ferlosio es un “pensar a la contra”, una permanente vocación negativa, más que negadora.

En la última etapa Sánchez Ferlosio viene cultivando una imagen pública de perfil excéntrico y aspecto desaliñado, volcado totalmente en la creación de una obra de un alto contenido intelectual, que incita a la reflexión y a planteamientos originales en torno a múltiples temas: la vida, la historia, la guerra, la religión, el destino, las pasiones, la justicia, la belleza, el arte, el lenguaje…

Después de recibir el Premio Cervantes en 2004 Sánchez Ferlosio publicó ese mismo año sus aforismos (a los que llama pecios) en “Campo de retamas” e inició la reedición de toda su obra ensayística (con algunos inéditos) que ha publicado en cuatro volúmenes, el primero de los cuales, “Altos estudios eclesiásticos” (un título muy expresivo que tiene su origen en el retiro de aquellos clérigos que, afectados por algún escándalo, son apartados del mundo con la excusa de que es para dedicarse a “altos estudios eclesiásticos”), de subtítulo “Gramática. Narración. Diversiones” (2015) se abre con un poema de Marta Sánchez Martín (la hija de su primer matrimonio con Carmen Martín Gaite, fallecida en 1985 a los 28 años). En el segundo, “Gastos, disgustos y tiempo perdido” (2016) se incluyen sus artículos periodísticos, que también recoge en el tercero, “Babel contra Babel” (2017). En el último, “QWERTYUIOP” (título extraído del orden de la primera línea del teclado mecanográfico) reúne escritos sobre temas tan versátiles como la enseñanza, el trabajo, la televisión o la publicidad. Aunque los cuatro volúmenes puedan parecer el testamento de una obra magnífica, sus lectores aún esperamos que a los 90 años continúe regalándonos nuevos escritos, siempre enriquecedores. Felicidades, maestro.

 

 

Juan Cruz: El periodismo y la vida

Juan Cruz
En la línea memorialista de algunos de sus libros anteriores, en “Un golpe de vida” Juan Cruz utiliza la memoria para elaborar una reflexión sobre el ejercicio del periodismo al hilo de sus circunstancias personales.
– Cuando García Márquez escribía las crónicas de “Relato de un náufrago” para “El Espectador” de Bogotá, el director del periódico, Gabriel Cano, le preguntó: “¿Eso que está usted escribiendo es novela o es verdad?”. García Márquez respondió: “Es novela porque es verdad”. En este mismo sentido, Nabokov señala que sólo a ficción dice la verdad. En tus libros de memorias también hay episodios que parecen de ficción. A lo mejor son los más reales. ¿También en este?

– En ningún caso es ficción. En este libro hasta lo que hay de ficción, que es la historia de un poeta, en realidad es una mezcla de dos personajes reales, que son Domingo Pérez Minik y Arturo Maccanti. Se trata de un símbolo de cómo se puede insultar a la memoria de alguien, incluso en su realidad. Macanti era un poeta bastante desvalido, que sufrió la burla de un escritor canario notorio que decidió que porque Macanti no le había votado para un premio literario institucional podía semanalmente, igual que a otros miembros del jurado, zaherirlo de manera innoble y despiadada. No he dicho nunca por escrito el nombre de este escritor ni lo voy a decir. La gente es libre de imaginar cualquier cosa. Lo cierto es que ese insulto semanal yo no lo puedo olvidar porque fui también víctima de esos insultos. Y quise personificarlo también en alguien que sufrió persecución, de otro tipo, durante la República y después de la República, en la posguerra, que era Pérez Minik. A esa mezcla de Maccanti y Pérez Minik, en el libro lo llamo poeta. Y es lo único que yo me invento en el libro. Todo lo demás ocurrió. En algunos casos lamentablemente. Y, efectivamente, algunas cosas parecen mentira porque son verdad.

En una obra memorialista anterior, “Muchas veces me pediste que te contara esos años”, cuentas que un día leíste en una inscripción en la isla de Lobos, frente a Fuerteventura, un verso de Josefina Pla que define nítidamente en qué consiste la literatura: convertir en sueños las sombras. ¿También aquí intentas convertir en sueños las sombras?
– Aquí lo que pasa es que los sueños son pesadillas. Hay un montón de cosas que están ocurriendo que a mí me parece que no ocurren. Y eso me lleva al miedo y me lleva a algunas situaciones extremas de ánimo. Cuando no sabes cómo reaccionar ante un suceso personal te parece que estás en un túnel de sombras. Luego, por fortuna, las personas, también las que te rodean, son capaces de levantarte el ánimo y despertarte. En este sentido, las dos protagonistas casi secretas o diluidas del libro son mi hija y mi hermana. Mi hija arrostró durante este tiempo que dura el libro dos desprendimientos de retina y en todo ese tiempo sólo un día la vi triste. Me recuerda aquella frase de Hemingway que decía “conoció a angustia y el dolor pero no estuvo triste una mañana”. Y mi hermana, hasta el final, creyó que vivía una pesadilla y siempre buscaba razones para recuperarse. En esa situación, yo tenía también que sobreactuar y hacerle la vida alegre. Yo soy una persona aparentemente alegre pero cuando escribo soy una persona más bien ensimismada y melancólica. La melancolía es la nostalgia sedimentada.
Este libro es fundamentalmente una profunda reflexión sobre el periodismo y sobre el ejercicio de esta profesión.
– Todas estas historias personales vinieron a mi mente cuando yo estaba tratando de contar mi relación humana con el periodismo. Y de alguna manera me di cuenta que yo no sé vivir sin referirme al periodismo. Todas las cosas que he hecho en la vida nacen del periodismo, de mi manera de ver el periodismo. En los últimos tiempos sobre todo he desarrollado un disgusto por el insulto, que se ha instalado en nuestro oficio vía redes sociales. También me irrita lo no contrastado, lo que se dice sin haberlo comprobado. En el periodismo y también en la vida cotidiana. Y me irrita el desprecio a la esencia de las personas. Me irrita el grito, me irritan las conversaciones basadas en lugares comunes, por ejemplo “todos los periodistas son iguales”, “todos los médicos son iguales”… todo lo que olvida el matiz o la duda, me irrita. Este libro trata el periodismo desde el ser humano que es todo periodista. A mí me gustaría ser muy humano como periodista.
El libro repasa toda tu trayectoria como periodista desde tus inicios en los periódicos canarios como “El Día” y tu entrada en “El País” desde el mismo año de su fundación hasta ahora mismo. Tu trayectoria en “El País” es uno de los hilos conductores de “Un golpe de vida”.
– Yo me siento muy orgulloso de pertenecer al periódico. Comprendo que en los últimos tiempos ha sido costumbre zaherirlo y elegir ciertos elementos del periódico para derruirlo. Pero esto no es nuevo. Ya pasó en el 82 y en el 83 cuando Cebrián se sentó en el banquillo acusado por Barrionuevo, ministro del Partido Socialista, secundado por todo el Gabinete de Felipe González, mientras paralelamente Luis María Anson, publicaba en “ABC” que el País era el diario gubernamental. Cuando el referéndum de la OTAN, “El País” publicó editoriales muy sonoros contra Felipe González, aunque al parecer seguíamos siendo el periódico gubernamental y socialista. Roures [se refiere al empresario Jaume Roures] fue premiado con una cadena de televisión y con un periódico por el Partido Socialista en el poder. Para hacer la propaganda de su periódico, puso un cartel en la Gran Vía de Madrid que decía “La cultura es gratis”. El objetivo era decir que “Público” era un periódico de izquierdas y que él iba a poner gratis el fútbol. Antes el PP quiso meter en la cárcel a Polanco y quitarle las concesiones. La memoria, con respecto al “El País” es selectiva. Se le critica si publica un editorial que no le gusta a un grupo de personas, como si hubiera que leer el periódico con un solo ojo. La actual es una campaña para derribar a “El País” que creo que ha sido irrespetuosa con sus profesionales. La alternativa es notoria, está en las redes, en los periódicos digitales. Ya no hay guerra mediática. Ya el “ABC” no compite con “El País”, ya “ABC” y “El Mundo” no se enfrentan con “El País”. Ahora son todos los periódicos de las redes sociales que están esperando a que “El País” haga algo para denunciarlo. A mí no me pagan para decir esto. A mí no me dice el director del periódico que opine esto o lo otro. De hecho yo no opino, hago análisis del mundo periodístico y del mundo cultural, pero no escribo opinión, porque yo no creo que la opinión sea periodismo. Respeto que haya gente que haga opinión, pero que conste que no es periodismo. La esencia del periodismo no es la opinión.
¿Y en esta situación cómo ves el futuro del periodismo?. En este libro llamas a la de periodismo una profesión invencible.
– El oficio del periodismo es invencible porque es imprescindible. Ahora bien, el periodismo tal como está hoy, con las amenazas aceptadas que se mantienen en torno a él, sí que está en peligro si nosotros no somos capaces de confrontar ese periodismo de las redes con el uso de los elementos del periodismo para impedir que naufrague. Si el periodismo acepta el rumor, si acepta el lugar común y el tópico, el periodismo se puede ir deteriorando. Cuando el lector crea que el mejor periodista es el que grita más opinando, es que ya no tendremos nada que hacer. Y está pasando. Que subsista en el periodismo gente como Inda [se refiere al tertuliano Eduardo Inda] significa hasta qué punto ha llegado la consideración del periodismo que tienen las grandes cadenas.
En “Un golpe de vida” se detecta también un cierto aroma de despedida, de tu despedida de la profesión. Y una aproximación a sentimientos que han estado un poco abandonados, como las relaciones con la familia y con los amigos.
– Pero yo creo que mi porvenir es aún el periodismo. A mí lo que me gustaría hacer ahora, después de tantos años, es reportajes y entrevistas. Es lo que llevo haciendo toda la vida pero me lo planteo como si fuera mi porvenir porque en el periodismo he encontrado la felicidad. En cuanto a las relaciones personales ahora veo que la felicidad está también en mi nieto, en mi hija, por quien dejaría todo. Por ayudarles en lo que fuera. Hay un poeta canario, José Luis Pernas, que dice “descubrí que había que había que buscar la esperanza para seguir viviendo”. Yo todos los días, desde niño, he buscado algo, aunque sea mínimo, que me alegrase el día. Y ahora, lo que me alegra la vida es saber que mi hija está bien, que he recuperado con ella la sensación de paternidad y de orgullo. Porque yo estaba muy distraído.
MEMORIA DE JUAN CRUZ
Juan Cruz es escritor y es periodista, aunque en él nunca se sabe dónde termina una profesión y empieza la otra, tal vez porque las dos sean una misma cosa. Su periodismo es muy literario y sus libros tienen mucho de periodismo. Ha convertido su memoria en un género, aunque en sus libros muchas veces tampoco se sabe muy bien dónde termina la realidad y dónde la ficción. “La foto de los suecos”, “El territorio de la memoria”, “Retrato de un hombre desnudo”… son algunas piezas del mejor memorialismo que se hace actualmente en nuestro país. El periodismo, la memoria, la vida en fin, están también en su último libro, titulado precisamente “Un golpe de vida”.
VIDA DE PERIODISTA
Desde un castillo medieval situado en la Umbria italiana, un retiro creativo que comparte con otros doce artistas, Juan Cruz comienza a escribir el relato de una vida que esta vez tiene como eje conductor el ejercicio del periodismo. La estancia se interrumpe por cuestiones familiares y obliga a que la narración continúe en otros lugares, Madrid sobre todo, donde vive y donde trabaja, y luego allí donde la profesión le ha llevado persiguiendo la noticia. El recorrido concluye en El Médano, en la isla canaria de Tenerife. A lo largo de este itinerario Juan Cruz va construyendo su memoria de recuerdos y olvidos y preparando el último tramo de una carrera profesional para la que intuye un final al que no se atreve a poner fecha pero que habrá de producirse en cualquier momento, aunque en esta profesión el final nunca suele llegar de manera abrupta y casi nunca es definitivo.
El libro está escrito en flash-backs donde las escenas de la madurez se alternan con las de la infancia y la juventud en un relato que discurre en paralelo a algunos de los acontecimientos que vivió como periodista. El hilo conductor es su trabajo en el diario “El País”, desde su entrada el mismo año en que nació el periódico hasta ahora mismo, cuando está y no está, cuando se ha jubilado sin jubilarse, cuando aporta al periódico tanto como siempre ha aportado sin que parezca que cumple con horarios y obligaciones burocráticas. Y al mismo tiempo que rememora acontecimientos que en su día fueron grandes noticias y rescata recuerdos de su trabajo en ese periódico, este libro es también una profunda reflexión sobre el oficio de periodista y su deriva, un oficio amenazado por las nuevas tecnologías y las redes sociales pero sobre todo por la manipulación y la mentira y también por la opinión que se impone a la información. A lo largo de estas páginas Juan Cruz manifiesta sus dudas sobre una profesión que atraviesa una de sus crisis más serias pero sobre cuyo futuro no pierde la esperanza porque es, dice, “un oficio invencible”.
“Un golpe de vida” es también una mirada melancólica al pasado, una reflexión sobre la vida y también sobre la muerte, que se ha llevado ya a padres y a familiares, siempre en su pensamiento, y a tantos amigos y compañeros evocados aquí con nostalgia y con ternura porque “uno es sentimiento más recuerdo más pérdida”: García Márquez, Cabrera Infante, Umberto Eco, Saramago, Semprún, Rafael Chirbes, Vázquez Montalbán, Feliciano Fidalgo, Manu Leguineche…
En estos años en los que se plantea su futuro personal, Juan Cruz reflexiona aún desde el torbellino de una profesión sin horarios y sin previsiones, de las que más tiempo roban a la reflexión, a la familia y a los amigos. Es a la altura de sus 67 años cuando de pronto aparece un fantasma, el de la amenaza bajo formas diversas: una enfermedad, una lejanía, alguien que necesita de su presencia, de su protección. Y es entonces cuando el hombre que no deja nunca de ser periodista se plantea la necesidad de buscar la felicidad o algo que se le parece, más allá del periodismo con el que fue tan feliz. Y descubre que la felicidad puede encontrarse también regalando generosamente tiempo a la gente con la que se comparte la vida, una actividad que resume en una frase del último capítulo: “la felicidad es un verano que tiene nombres propios”.

LOS TRES ENTIERROS DE FÍGARO

EN EL 180 ANIVERSARIO DEL SUICIDIO DE MARIANO JOSÉ DE LARRA

Había caído la noche en Madrid aquel frío 13 de febrero de 1837. Dolores Armijo subía lentamente las escaleras del número 3 de la calle de Santa Clara en la que se había instalado su amante Mariano José de Larra. Iba a comunicarle la decisión de rehacer su vida con su marido José María Cambronero, un teniente de caballería que pidiera destino en Filipinas tras conocer las relaciones de su esposa con el escritor. Larra también se había separado de su mujer y de sus tres hijos para iniciar una nueva vida con Dolores, pero finalmente ella había decidido reconciliarse con su esposo. Aquella tarde se citó con Larra para que le devolviera las cartas que se habían cruzado. A fin de evitar escenas desagradables se hizo acompañar de una hermana de su marido. Poco después de salir las mujeres, cuando ya habían doblado la esquina de la calle rumbo a la Plaza de Santiago, donde les esperaba un coche, una detonación rompió el silencio de la noche. Mirandita, un banderillero sevillano que pasaba frente al portal, corrió escaleras arriba, entró en la vivienda y halló el cadáver de Larra en un charco de sangre, con un minúsculo orificio en la sien derecha. En su mano aún sostenía la pistola con la que se quitó la vida. Tenía 27 años. Fue el suicidio más comentado de todo el siglo XIX español.

¿Fue la ruptura amorosa la causa del suicidio? El movimiento romántico, en pleno auge aquellos años en España, difundió sobre todo esta hipótesis, pero más allá de esta circunstancia ocasional, fue una conjunción de episodios la que provocó el dramático desenlace.

ENTIERRO POLÍTICO

Primer entierro. La intercesión del ministro de Gracia y Justicia José Landero, que vivía en el mismo edificio de Larra, permitió que se celebrase un funeral en la iglesia de Santiago y su entierro en sagrado, vetado entonces a los suicidas. Camino del Cementerio General del Norte, de Fuencarral, doce pobres de San Bernardino con hachas encendidas precedían a un enlutado coche fúnebre tirado por cuatro caballos. Sobre el féretro, ejemplares de sus artículos y una corona de laurel. Cuatro berlinas y un bombé cerraban la comitiva. Al pie de la fosa un joven desconocido llamado José Zorrilla leyó unos versos.

La política persiguió a Larra durante toda su vida, desde que naciera el 24 de marzo de 1809 en plena Guerra de la Independencia. Hijo de un médico bonapartista cuyo hermano murió luchando contra el francés (lo que provocó una ruptura familiar), Larra se educó en internados de Burdeos y París durante el exilio de sus padres, antes de regresar a España a los nueve años. En Madrid ingresó en el colegio de San Antonio Abad y, según algunos testimonios (Larra y España. José Luis Varela. Espasa, 1983), en el centro liberal de San Mateo, aquel en el que Alberto Lista afirmaba que las matemáticas eran la base de toda educación literaria. En su adolescencia Larra se alistó como voluntario realista, un cuerpo juvenil creado por Fernando VII para defender el absolutismo. Tardó poco en desengañarse. Entró en el periodismo para denunciar los vicios de una sociedad cuyas miserias eran en buena parte fruto de la corrupción política y el mal gobierno. Sus artículos políticos están impregnados de progresismo romántico y revolucionario. Participó en la política activa como miembro del Partido Liberal para luchar contra los conservadores y absolutistas y llegó a alistarse, con Espronceda y Ventura de la Vega, en la milicia urbana que combatía el carlismo. Su alineamiento con la facción de Istúriz frente al ala progresista de Mendizábal (alentado por sus amigos Alcalá Galiano y el Duque de Rivas, que habían entrado en el Gobierno Istúriz) supuso un desgaste para su figura frente a la opinión pública, pero gracias a ello consiguió un acta de diputado por Ávila en 1836. Sólo le duró seis días porque los sucesos de La Granja, cuando una rebelión de sargentos instigada por Mendizábal consiguió restablecer la constitución de Cádiz, forzó la disolución de las Cortes. Esta situación le produjo una profunda desmoralización que aún no había superado en el momento de su muerte.

ENTIERRO LITERARIO

Segundo entierro. Ante el inminente cierre del cementerio de Fuencarral, el 18 de marzo de 1843 los restos de Larra fueron trasladados al cementerio de la sacramental de San Nicolás, al sur de la Puerta de Atocha, hoy desaparecido. Aquí reposaron junto a los de Espronceda, Rosales y los de otros personajes de la época.

Larra había triunfado en el mundo del periodismo como articulista original y crítico, denunciando los males de una sociedad en descomposición en un país corrupto y sin rumbo político. Sus piezas eran leídas y comentadas y se elogiaba unánimemente su visión crítica y su estilo innovador. Desde sus primeras revistas El Duende Satírico del Día y El Pobrecito Hablador, hasta sus colaboraciones y artículos en La Revista Española, El Correo de las Damas, El Observador… el éxito y la popularidad lo acompañaron.

Sin embargo no había llegado a cuajar una obra literaria de altura. Ni su novela El Doncel de Don Enrique el Doliente llegó a alcanzar el éxito literario que perseguía, ni su obra de teatro Macías el enamorado consiguió perpetuarse en los escenarios sino apenas unos días después del estreno. El conde Fernán González y la exención de Castilla ni siquiera llegó a estrenarse, en parte por la censura. Sintió como una puñalada el desinterés del público por Macías y Elvira, los protagonistas de su drama, trasunto de su amor apasionado por Dolores (en El Doncel… se trata también el mismo asunto con los mismos protagonistas). El fracaso como narrador y dramaturgo (sin hablar ya de su obra poética, ciertamente extensa y absolutamente olvidada: véase una recopilación en Larra. Biografía de un hombre desesperado, de su descendiente Jesús Miranda de Larra. Ed Aguilar, 2009) colaboró también a conducirlo hacia un sentimiento de desesperación.

Su carácter intransigente y sus exigencias forzaron su salida de El Español, el mejor periódico madrileño de la época, el más progresista y el de mayor tirada (4794 suscriptores), en el que había forjado su personalidad y ganado una buena parte de su  prestigio, para pasar a formar parte de la redacción del conservador El Mundo (473 suscriptores), a cambio de una remuneración muy elevada (20.000 reales por dos artículos a la semana), convencido de que su firma, con su nombre y sus seudónimos como el de Fígaro, arrebataría a su anterior periódico miles de lectores. Se equivocó. Su nuevo empleo creó en él inseguridad al temer que el desinterés por sus artículos iba a suponerle una importante merma en sus ingresos, al tiempo que la separación matrimonial le obligaba a atender simultáneamente sus responsabilidades familiares y las necesidades propias. El continuo cambio de domicilio (de la calle Visitación a la de Caballero de Gracia y de aquí a la de Santa Clara), buscando un alojamiento céntrico que agradase a la persona con quien pensaba compartir su vida, muestra en cierto modo una inseguridad que colaboró también a su abatimiento.

ENTIERRO SICOLÓGICO

Tercer entierro. El 25 de mayo de 1902 los restos de Larra, siempre con los de Espronceda y Rosales, se trasladaron al Panteón de Hombres Ilustres de la sacramental de San Justo, en la ribera del Manzanares, donde aún permanecen junto a los de otros personajes como Ramón Gómez de la Serna.

Desde que Larra regresara de Francia, su deficiente dominio del idioma en los primeros años (el francés fue mi primera lengua, escribiría en una carta a Manuel Delgado en 1835) le supuso un complejo de inferioridad frente a los escritores que leía y admiraba, a los que trató desde muy joven y algunos de los cuales llegaron a ser sus amigos (Espronceda, Ramón de Mesonero Romanos, Bretón de los Herreros). La palidez de su cara, su figura extremadamente delgada, su débil complexión  y su baja estatura (Bretón le llamaba el imperceptible y Pérez Galdós decía de su aspecto que era casi lechuguino) le hacían sentirse en inferioridad en sus relaciones con los apuestos personajes con los que se codeaba y con las mujeres a las que pretendía, sentimiento agravado por el llamado suceso misterioso ocurrido durante su adolescencia en Valladolid y que dejó en él una profunda huella sicológica: sus amores con una mujer que resultó ser amante de su padre.

También sus amigos le fallaron en los últimos años. Bretón estrenó una obra, Me voy de Madrid, justamente cuando Larra estaba de viaje en Londres y París, en la que lo identificaba con el canallesco protagonista de la trama. Cuando esperaba de sus amigos una reacción crítica ante el estreno, ésta no se produjo. Sólo lo defendió Campo Alange, que moría poco después añadiendo un nuevo motivo a su melancolía. De nuevo caminaba solo hacia ninguna parte.

A los 27 años, con su matrimonio roto, apartado de sus hijos y de sus padres, con el país hundido en una guerra carlista, decepcionado por la política de Mendizábal, temiendo que con el cambio de un periódico progresista a otro conservador sus amigos y sus lectores lo vieran como un traidor a sus principios, sólo le quedaba una única tabla de salvación a la que asir su vida: su amor por Dolores Armijo. También le falló.

 

 

AL RESCATE DE JULIO CAMBA

Hay que agradecer a la editorial Fórcola el rescate que viene haciendo de la obra de Julio Camba, cuyos artículos agrupa en publicaciones temáticas. Con este criterio ha editado “Crónicas de viaje. Impresiones de un  corresponsal español”, “Galicia” y “Caricaturas y retratos”, todas ellas a cargo de Francisco Fuster. Ahora Fórcola publica “Tangos, jazz-bands y cupletistas. Crónicas musicales, de Caruso a Cléo de Mérode”, en edición de su biógrafo Pedro Ignacio López y prólogo de Javier Jiménez, que recoge muchos de los artículos de Camba rescatados de un olvido inmerecido.

ELOGIO DE LA MÚSICA CLÁSICA LIGERA

Pertenece Julio Camba a esa saga de articulistas que vienen dando brillo a la prensa española desde el siglo XIX, de Mariano José de Larra a Manuel Alcántara y Francisco Umbral, pasando por Jardiel, González Ruano, Josep Pla  o  Josefina Carabias. Gracias a ellos y a muchos otros, la prensa española se viste de gala cada día para hacer el comentario irónico, crítico, agudo, preciso, jocoso, brillante… de la actualidad, desde la política y la economía a la cultura, los espectáculos y el deporte.

La calidad de los mejores articulistas se reconoce cuando su obra sale airosa de la prueba de la resistencia al paso de tiempo, y los artículos de Julio Camba se pueden leer ahora con la misma frescura que en 1905 o 1961, que es el periodo que abarca la selección de los aquí reunidos, publicados en “El País”, “La Correspondencia de España”, “La Tribuna”, “ABC, “El Sol” y “España Nueva”.

Camba se confesaba carente de sensibilidad para la música, sobre todo para la música llamada clásica, aunque era un gran observador del fenómeno musical, desde sus expresiones sinfónicas, hasta las populares: tangos, cuplés, rumbas, sambas (“no hay en el mundo nada que se parezca tanto a un ataque epiléptico”)… incluso marchas militares y pasacalles. Pero los artículos que dedica a la música no son tanto la crítica de un entendido en la materia, ni siquiera la de un aficionado, como la crónica costumbrista de un observador social de los ambientes que rodean a la música de todos los géneros. Se trata de una mirada al fenómeno musical antes que una valoración de la calidad de las interpretaciones y de los intérpretes, una mirada sin pretenciosidad ni trascendencia.

Camba se hacía eco de las músicas que sonaban en las calles de las ciudades en las que vivía y en las que ejercía su oficio de corresponsal, la música de los music-hall y los night clubs (“a donde van hombres de todas clases y mujeres de una sola clase”), la de los cafés, las cervecerías y las fiestas populares. Le interesa cuál es la función de la música en la vida cotidiana de la gente. No le gustaba la ópera ni la música religiosa sino la música fácil de asimilar y de bailar, y no tenía ningún complejo en confesarlo: “La machicha –decía un cronista recientemente- es un culebreo rítmico, agradable tan sólo para cuatro degenerados. Yo soy uno de esos cuatro degenerados y, en testimonio de compañerismo, dedico esta nota a los tres restantes”, escribe en uno de sus artículos.

Julio Camba dedica una especial atención a los personajes que protagonizan las músicas sobre las que lanza su mirada. Por las páginas de sus artículos desfilan desde intérpretes como la cantante de music-hall La Tortajada o la prima donna Mme. Destinn, a músicos como los violinistas Rigó Jancsi y Amelia Heller, bailarinas como La Bella Otero, Cléo de Mérode y Conchita Ledesma o el llamado “tenor absoluto”: Antonio Casimiro Silveira de Souza y Vasconcelos.

A veces la música es la excusa para enhebrar las historias de sociedad que Camba cuenta en sus artículos. Así el episodio de la boda de Anita Delgado con el rajá de Kapurtala, con la intervención estelar de Valle-Inclán; el romance del rey Leopoldo II de Bélgica con Cléo de Mérode, o los amores del exiliado rey de Portugal con la estrella del music-hall Gaby Deslys. También episodios curiosos o sorprendentes, como la prohibición del tango por el emperador Guillermo II en Austria, las maniobras de Mussolini para moralizar este baile o la censura de ciertas canciones en Alemania.

A destacar en esta edición la excepcional colección de fotografías de época que ilustran casi todos los artículos.

UN ANARQUISTA CONSERVADOR

Julio Camba (Vilanova de Arousa, Pontevedra 1884-Madrid, 1962) era hijo de un maestro de enseñanza primaria que le transmitió su amor por la lectura de los clásicos a él y a su hermano, el novelista Francisco Camba. Simpatizante desde muy joven por el anarquismo, decidió viajar a Buenos Aires en 1897, cuando sólo tenía 13 años, para buscar trabajo en aquel paraíso del que los emigrantes gallegos regresaban hablando maravillas. Lo hizo como polizón, sin contar con el permiso paterno. En la capital argentina se unió al movimiento anarquista y participó en huelgas y movilizaciones para las que redactaba encendidas proclamas. En 1901 el gobierno argentino lo deportó a España después de calificarlo de “anarquista peligroso” y, de nuevo en Galicia, decide dedicarse al periodismo. Escribe sus primeros trabajos en el “Diario de Pontevedra” y muy pronto se traslada a Madrid para colaborar en el rotativo republicano “El País” y más tarde en “Mundo”, “España Nueva” y “Los Lunes de El Imparcial”. Gracias a su amistad con Ortega y Munilla, el director de “La Correspondencia de España” lo contrata como corresponsal en Turquía, a donde viaja en 1905 para instalarse en Constantinopla. Después desempeñaría el cargo en Berlín para el diario “ABC” hasta la Primera Guerra Mundial. También ejerció de corresponsal en Londres, París y Atenas. No le gustaba Alemania ni tampoco Inglaterra, pero le entusiasmaba Francia, “donde se rinde culto a la alcoba  y al comedor”, dos de sus pasiones: “París es como el opio, como la morfina, como la cocaína o como el arroz a la valenciana. Es un vicio”. Viajó también con frecuencia a Suiza y a Portugal y le fascinó Nueva York. Durante la guerra civil colaboró con el “ABC” de Sevilla, controlado por los nacionales de Franco. Después de la guerra escribió para “Arriba”, “ABC” y “La Vanguardia”, y un solo libro, “La casa de Lúculo o el arte de comer”, un encargo de Pedro Sáenz Rodríguez para la editorial CIAP. En 1949 se instaló definitivamente en Madrid y, en vez de alquilar una vivienda, decide residir permanentemente en el Hotel Palace, habitación 383. Nunca olvidó su Galicia natal, a la que dedicó muchos artículos y de la que decía “Si llego a ser cura por estas tierras, perdono todos los pecados”. Murió en Madrid el 28 de febrero de 1962.

Portada de tangos jazzbands cupletistas de Julio Camba