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NAZISMO Y FASCISMO

 

Los términos fascista y su variante ‘facha’ se utilizan hoy con excesiva frivolidad en el lenguaje popular y en los medios de comunicación. Con ellos se nombran aquellas doctrinas políticas conservadoras que se sitúan en lo más extremo de la derecha en el espectro ideológico de las democracias liberales. Aunque en algunos de sus planteamientos y en muchas de las actuaciones que llevan a cabo existen rasgos que se identifican con lo que fueron el fascismo y el nazismo, comportamientos políticos como los de Donald Trump, Boris Johnson, Viktor Orban, Kaczynski, Putin, Bolsonaro, Rodrigo Duterte, Salvini, Maduro, Daniel Ortega, Erdogan, Netanyahu, Andrej Duda, Xi Jimping… cuyo número cada vez más creciente  amenaza también el futuro de las democracias, no se pueden equiparar (al menos por ahora) con lo que fueron históricamente el fascismo y el nacionalsocialismo. Los actuales son fenómenos populistas y ultranacionalistas de extrema derecha que no tienen mucho que ver con los totalitarismos de entreguerras si no es en su capacidad de engendrar odio, discriminación y violencia y en la coincidencia en su oposición a fenómenos como el multiculturalismo, la libre circulación de personas o (y esto como novedad) la denuncia de una supuesta islamización de las sociedades occidentales. Ante el auge universal de estos movimientos, que algunos comentaristas han bautizado como democraduras, ciertamente muy cercanas a planteamientos autoritarios, algunos libros recientes aclaran el concepto de lo que fue la ideología que dio lugar a uno de los totalitarismos más letales del siglo XX. En “Fascismo” (Alianza editorial), Roger Griffin, catedrático en Oxford y uno de los especialistas en el tema, lleva a cabo uno de los análisis más brillantes y clarificadores de lo que representó el fascismo en la Europa del siglo XX. El profesor Antonio Scurati escribe uno de los libros más fascinantes sobre el auge del fascismo y el ascenso al poder de Benito Mussolini en “M. El hijo del siglo” (Alfaguara). Por su parte, el catedrático de Historia Thomas Childers realiza uno de los estudios más completos de la evolución y el significado del nacionalsocialismo en “El Tercer Reich. Una historia de la Alemania nazi” (Ed. Crítica).

FASCISMO Y NACIONALSOCIALISMO

Fundado por Benito Mussolini en 1919 en Milán, el fascismo nació como una reacción del capitalismo y la burguesía al socialismo bolchevique a raíz de la crisis económica y la inestabilidad política mundial provocada por la Gran Guerra. Para sus seguidores el fascismo tenía connotaciones políticas progresistas, modernizadoras y revolucionarias y transmitía estos principios a través de una propaganda de gran poder emocional y mítico en la que se proponía una regeneración de la sociedad. En el análisis de lo que fue el fascismo destacan dos tesis antitéticas, la marxista y la liberal.

Para los marxistas el fascismo era el agente del imperialismo capitalista y la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado. Todo el sistema democrático liberal, incluida la socialdemocracia, estaría en connivencia con el fascismo. Stalin incluso utilizaba el término fascista para desacreditar las versiones no ortodoxas del marxismo-leninismo.

Para las tesis liberales, por su parte, el fascismo sería el resultado del extremismo al que llegaron las clases medias como reacción a la sociedad moderna y al ascenso del papel de la economía, culpable de la crisis del capitalismo. Este enfoque se basa, además, en la importancia que adquirieron los principios de un ultranacionalismo sustentado en la recuperación de una  grandeza imperial perdida. Las masas seguidoras del fascismo pretendían llevar a cabo esta recuperación a través de una revolución alternativa a la bolchevique. Hanna Arendt mostró cómo el nazismo copió los métodos de propaganda y de terror del bolchevismo para potenciar la autoridad del Estado frente a las libertades personales. El fascismo se apropió también de los emblemas de aquella revolución: el color rojo, los desfiles, los himnos, las manifestaciones de masas, las banderas…

Mientras el imperativo del bolchevismo era el de controlar los medios de producción, el objetivo del fascismo era conseguir una comunidad unida por los valores “eternos” de la nación, que tenían sus raíces en un pasado mitificado. El fascismo era, así, una forma concreta de nacionalismo radical basado en la idea utópica de nación como entidad orgánica sana, poderosa y heroica, una ultranación. El fascismo de Mussolini y el nacionalsocialismo de Adolf Hitler no tenían una misma concepción del ultranacionalismo. Mientras el primero quería modernizar Italia activando el mito de su herencia imperial romana, el ultranacionalismo nazi se sustentaba en un racismo radical de base biológica. Es esta obsesión por la pureza racial lo que determina el mayor contraste con el utranacionalismo del fascismo italiano, ya que el imperio romano, que era su referente histórico, era multiétnico y multicultural. Pese a estas diferencias fascismo y nazismo se aliaron formando las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial para crear un nuevo orden europeo que había que defender de las ambiciones imperialistas de los Estados Unidos, la Unión Soviética y los judíos del mundo.

Ante estas dos interpretaciones clásicas del fascismo, Roger Griffin propone una tercera basada en la empatía de los contenidos del credo fascista, sobre todo de sus ideales positivos y no en las negaciones que se derivan de esos ideales: una visión basada en la idea que del fascismo tenían sus propios ideólogos. Este enfoque empático del fascismo como fuerza histórica y política no significa aceptar sus valores, justificar sus acciones ni negar las atrocidades, genocidios y crímenes contra la humanidad cometidos por los regímenes fascista y nazi sino de analizar los valores con los que pretendían hacer realidad los sueños de un nuevo orden nacional y/o racial. Se trata de saber no sólo qué cosas terribles han pasado en nombre de la nación y de la raza en una civilización avanzada, sino también de entender por qué han pasado. Este enfoque discrepa tanto del marxista, que reduce el fascismo a mero agente del capitalismo, como del liberal, que lo fundamenta en lo irracional y nihilista.

En la actualidad, el riesgo de que los movimientos neofascistas y populistas consigan aumentar el apoyo con el que cuentan para llevar a cabo una versión actualizada de aquella utopía de entreguerras, se concentra en la pérdida generalizada del pueblo en la confianza en las élites políticas y económicas. El objetivo de estos movimientos es conseguir la desafección de los ciudadanos hacia sus dirigentes demócratas a través de nuevos medios como el ciberespacio, las redes sociales y la utilización consciente de ‘fake’ news.

VIOLENCIA Y PODER

Así como hay una gran producción literaria e historiográfica sobre Adolf Hitler, Stalin y Mao, la figura de Benito Mussolini ha quedado un tanto opacada cuando se estudian los totalitarismos del siglo XX. El libro de Antonio Scurati “M. El hijo del siglo” (Alfaguara) viene a llenar en parte ese vacío sobre el dictador que llevó a Italia a uno de los mayores desastres de la historia. En este volumen de más de 800 páginas Scurati estudia tan sólo los cinco años que van desde la fundación del fascismo en 1919 hasta el afianzamiento de Mussolini en el poder en 1924, los años en los que un régimen sin apenas apoyo electoral consiguió dominar a toda una sociedad amedrentada por la inseguridad política y por la violencia de las escuadras fascistas militarizadas que a diario atentaban contra la vida de políticos, sindicalistas y obreros, arrasaban sus casas y sus pertrechos, humillaban a sus familias y se apoderaban de sus bienes en la Italia de la primera posguerra mundial. Fueron unos años marcados por huelgas generales, motines, linchamientos, revueltas campesinas y enfrentamientos violentos entre socialistas y fascistas que dejaban regueros de muertos  en las calles de Milán, de Roma, de Bolonia. En dos próximos volúmenes Scurati completará la biografía del dictador que fundó el fascismo.

Mussolini era un líder destacado del socialismo radical italiano, director de su órgano “Avanti!” hasta que, traicionando sus principios, se alió con los partidarios de la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial. Todo su radicalismo izquierdista se transformó entonces en una oposición furibunda no sólo contra sus antiguos camaradas sino también contra el sistema democrático italiano, a cuyos políticos consideraba una casta alejada de las preocupaciones y los problemas de la sociedad. Se postuló como la única salida a la situación de caos provocada en parte por él mismo al avalar la utilización de métodos violentos para aplastar a sus opositores. La culminación de esta continua amenaza contra la oposición política llegó con la movilización de miles de escuadristas dispuestos a marchar sobre la ciudad de Roma, una operación que, para evitar un baño de sangre, obligó al rey Víctor Manuel III a encargar a Mussolini la formación de un nuevo gobierno y al parlamento a concederle plenos poderes, a pesar de que el partido fascista contaba sólo con 35 diputados. Una nueva ley electoral y la censura de prensa facilitarían la aplastante victoria del fascismo sobre los partidos liberales y socialistas en las elecciones de 1924. Una victoria que propició la impunidad de los crímenes fascistas más abyectos, como el del diputado socialista Matteotti, un episodio contado por Antonio Scurati con un pulso narrativo de gran altura literaria.

En el transcurso de esos cinco años contemplamos a lo largo de las páginas de este libro la victoria del socialismo y su desintegración, el ascenso del fascismo y su transformación en partido conservador, monárquico, aliado de la clase dirigente, armado con un ejército propio, al que cada día se fueron sumando miles de jornaleros y proletarios convertidos en fascistas de un día para otro. El libro es una novela de no ficción avalada en cada capítulo por una serie de citas extraídas de diarios, memoriales, telegramas, noticias de periódico, discursos, informes… que sostienen la veracidad de cada uno de los episodios que se cuentan.

Como persona, Scurati presenta a Benito Mussolini como un animal sexual necesitado de amantes varias (Margherita Sarfatti, Ida Dalser, Bianca Ceccato, Angela Cucciati, Giulia Brambilla, Ángela Curti); un duelista y un perdedor vengativo; un político astuto y artero, impulsor desde la sombra de atentados y actos violentos contra sus adversarios políticos e impulsor de  un estado de inseguridad y miedo sobre una sociedad a la que había inoculado la necesidad de una venganza ante la humillación sufrida por el tratado de Versalles.

La obra de Antonio Scurati, escrita en forma de novela, recorre la biografía del Duce durante esos cinco años de ascenso hacia el poder totalitario acompañado por políticos muy cercanos, como Italo Balbo, Cesare De Vecchi, Amerigo Dùmini, Albino Volpi… y de destacados personajes del mundo intelectual que le prestaron su apoyo a lo largo de aquella trayectoria, como Gabrielle D’Annunzio (fascinante el episodio de la toma de Fiume), Marinetti, Curzio Malaparte, Ungaretti, el músico Toscanini, Benedetto Croce o el dramaturgo Luigi Pirandello.

UNA HISTORIA DEL TERCER REICH

El de Thomas Childers es uno de los mejores libros de historia sobre el nazismo y el Tercer Reich publicados recientemente. Muy claro y muy documentado, su lectura es tan atractiva y fascinante como la de una novela que recorre la evolución del nacionalsocialismo desde su nacimiento hasta la tragedia final. Desde el primero de los capítulos (El huevo de la serpiente) en el que se sitúan los orígenes de la ideología totalitaria, hasta el último (El Apocalipsis), el autor va narrando al hilo de sus investigaciones cómo Adolf Hitler, un oscuro ciudadano austriaco que había participado como cabo en la Gran Guerra, va haciéndose un lugar en la política alemana enarbolando una ideología antisemita y antibolchevique a la sombra del malestar de una sociedad alemana castigada en el Tratado de Versalles, recorrida por una crisis con frecuentes disturbios y asesinatos políticos y golpeada por una hiperinflación derivada de la crisis económica más grave del siglo XX . Para el joven Hitler la derrota de Alemania no se debió a la mala actuación de su ejército sino que fue el resultado de una conspiración de marxistas y judíos. En su paranoia, Hitler estaba convencido de estar llamado a ser el salvador de una patria humillada que había que levantar de la postración a la que había sido condenada. Utilizando las estructuras del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores (NSDAP) consiguió atraerse el apoyo de diferentes sectores sociales seducidos por su oratoria ampulosa y por unas ideas anticomunistas radicales. Se rodeó de una serie de personajes ideológicamente afines (Rudolf Hess, Hermann Göring, Heinrich Himmler, Joseph Goebbels) con los que el 9 de noviembre de 1923 intentó dar un golpe de estado urdido ante una multitud de más de tres mil personas agolpada en las instalaciones de la cervecería Bürgerbräukeller. Una leve condena (sólo estuvo 13 meses en una prisión atenuada en la que comenzó la redacción de “Mi lucha”) le dio alas para volver a la actividad política con más fuerza.

Desde unos primeros resultados marginales (un 2’6% en 1928) las sucesivas elecciones fueron situando poco a poco al partido nazi en las preferencias de una población castigada por la crisis de la Gran Depresión. Una propaganda dirigida por Goebbels (la propaganda, según Hitler, “debe estar dirigida a las emociones y sólo en un grado muy limitado al intelecto”), y divulgada a través de los modernos medios de comunicación de masas, sobre todo de la radio (“la pondremos al servicio de nuestra idea y ninguna otra idea será expresada a través de ella”) y de una parafernalia que saturaba las ciudades de folletos, carteles, mítines y actos del partido, inoculaba el odio a los judíos y a los comunistas, fomentaba la violencia callejera protagonizada por grupos formados en el seno del partido y utilizaba una simbología pretendidamente aglutinadora de las reivindicaciones alemanas, la promesa de hacer a Alemania grande de nuevo (¿les suena?)… situaron a Hitler y a su partido en una situación política en continuo ascenso hasta que en las elecciones de 1932 fueron la primera fuerza, con el 38 % de los votos, pese a lo cual el presidente Hindenburg se negó a encargar a Hitler la formación de gobierno. Las siguientes elecciones, unos meses después, registraron una fuerte bajada del partido nazi. El desacuerdo entre las fuerzas de la derecha forzó al presidente, esta vez sí, a permitir a Hitler acceder a la cancillería. A partir de aquí, el libro de Childers recoge los importantes acontecimientos en los que se apoyaron los nazis para afianzarse como un poder totalitario: el incendio del Reichtag, la noche de los cuchillos largos, la semana sangrienta de Köpenick, la noche de los cristales rotos, la represión y prohibición de los partidos comunista y socialdemócrata, el control del sistema educativo y de la producción cultural y artística, la persecución a los judíos, el incumplimiento de las leyes para que Hitler fuera nombrado presidente del país a la muerte de Hindenburg… Poco a poco fue afianzándose un régimen totalitario cuyo objetivo primordial era prepararse para una guerra con el fin de anexionar los territorios fronterizos, empezando por Checoslovaquia y Polonia y continuando con Rusia. Una guerra en varios frentes (el occidental contra Inglaterra y Francia, el oriental contra Rusia, el del Norte de África), con victorias espectaculares del ejército alemán. El ataque a Pearl Harbour a cargo de Japón, la tercera fuerza del Eje nazifascista, provocó la entrada de los Estados Unidos en la guerra, lo que unido a las primeras derrotas nazis en el frente ruso provocó el comienzo del final del Tercer Reich. Al mismo tiempo que se producía el derrumbe se aumentaba la represión contra los judíos en busca de la llamada solución final, su exterminio definitivo. Poco a poco Thomas Childers va relatando con detalle el hundimiento y la catástrofe final de un régimen ensalzado en sus mejores años por sus seguidores y por la práctica totalidad de los alemanes. Los mismos que enarbolaban las banderas de la victoria, que entonaban los cánticos patrióticos, que acudían en masa a los mítines y a los congresos del partido nazi, que perseguían con violencia a judíos y demócratas porque esa era la voluntad del Führer, fueron los que, cuando la guerra comenzó a perderse y los aliados avanzaban liberando a poblaciones y campos de concentración, se manifestaron con saña contra los responsables de un régimen que había conducido a Alemania a una tragedia de la que iba a tardar décadas en recuperarse.

LA GUERRA CIVIL DESDE LA BIOGRAFÍA

 

Se publica en un solo volumen una nueva edición de las tres partes de “La forja de un rebelde”, de Arturo Barea

Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su estudio sobre la literatura de la guerra civil española y el exilio, que las verdaderas “novelas” de esta guerra son las memorias, los diarios, los ensayos, los libros de historia. Han sido estos géneros los que han recogido los acontecimientos de la contienda, pero hay algo de cierto en la afirmación de Trapiello porque algunos lo han hecho con un lenguaje tan próximo a la literatura que a veces dudamos de si lo que se cuenta en estas narraciones pertenece a la realidad o a la ficción. La mejor prueba de este acercamiento de la verdad histórica a la literatura se encuentra en “La forja de un rebelde”, la trilogía de memorias noveladas que el escritor Arturo Barea escribió desde su exilio en Londres y que antes que en español fueron publicadas en inglés (“The Forging of a Rebel”), entre 1941 y 1946, traducidas por la austriaca Ilsa Kulcsar, la segunda esposa de Barea, a la que conoció en el Madrid sitiado de la guerra civil. Tal fue el éxito de la obra que en dos años ya había sido traducida a diez o doce idiomas. No hubo ninguna versión española hasta el año 1951, cuando Santiago Rueda publicó en su editorial Losada de Buenos Aires una edición que en España circuló clandestinamente y que aquí no se distribuyó hasta 1978. Fue en estos ejemplares en los que leí por primera vez esta obra deslumbrante. Como curiosidad, la traducción al español tuvo que hacerse desde la versión inglesa, pues el manuscrito de Barea había sido destruido. La primera edición de una editorial española fue la que en 1985 publicó en tres entregas la editorial Plaza y Janés.
Acaba de aparecer ahora una nueva edición de “La forja de un rebelde”, publicada por Cátedra, que incluye en un solo volumen “La forja” (1907-1914), “La ruta” (1920-1925) y “La llama” (1935-1939), las tres partes en las que Barea concibió esta crónica autobiográfica de corte barojiano (con reminiscencias de Galdós), que reconstruye desde su biografía la vida española desde comienzos del siglo hasta el fin de la guerra civil. Esta nueva edición de Francisco Caudet tiene además el mérito de estar precedida de una extensa introducción y de un pródigo caudal de citas a pie de página que contextualizan la obra, el periodo histórico, la cultura de la época y las peripecias biográficas que Arturo Barea narró con inspirado pulso literario. En todas ellas laten los sentimientos con los que el escritor se aferra a lo más puro y noble de su pasado para reafirmarse en su insegura situación de exiliado. A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación el interés de “La forja de un rebelde” no ha decaído con el paso del tiempo y constituye, además, un camino ejemplar de iniciación a la literatura.
Las dos primeras partes de “La forja de un rebelde” están dedicadas a la infancia y a la juventud, fundamentales en la formación de la conciencia social del protagonista y en las que sitúa las raíces de la catástrofe que se avecinaba. La tercera, tal vez la menos literaria pero la más rica como testimonio documental, se centra en la guerra civil. A lo largo de la trilogía Barea reconstruye el proceso histórico, económico y social que desembocó en la guerra desde la perspectiva de un testigo de los hechos, al tiempo que analiza la estructura política y social de la España de la época. Barea dijo de sus memorias que en ellas únicamente había tratado de registrar “la vida tal como la he visto, vivido e intuido entonces, y la historia de mi adaptación a aquella vida”.
UNA LITERATURA DEL EXILIO
Junto con Max Aub, Francisco Ayala, Ramón J. Sender, Manuel Andújar y Paulino Masip, Arturo Barea es uno de los representantes de quienes se vieron obligados a escribir en el exilio lo mejor de su obra.
Arturo Barea (Badajoz, 1897-Faringdon, 1957) fue un niño pobre del Madrid de los primeros años del siglo XX, una ciudad a la que su madre había llegado desde Badajoz con cuatro hijos de corta edad después de quedarse prematuramente viuda. Un tío adinerado pagó su educación en un colegio católico privado, aunque su muerte impidió a Barea continuar su formación. Su infancia a orillas del río Manzanares, donde su madre trabajaba como lavandera, es evocada en “La forja de un rebelde” junto a los escenarios del Puente de los Franceses, la Pradera de San Isidro y el Puente de Toledo, por donde el niño Barea correteaba con los amigos y los vecinos de la humilde barriada madrileña de Lavapiés. Después, también por los paisajes del Campo del Moro, Príncipe Pío, Las Vistillas y el Parque del Oeste, lugares de su infancia y de su adolescencia que más tarde fueron escenarios de sangrientos enfrentamientos en la guerra.
Durante el servicio militar Barea estuvo destinado en Marruecos y participó en la batalla de Annual en 1921. Esta experiencia fue decisiva para determinar su militancia política en el socialismo en tiempos de la República. Licenciado, trabajó como empleado de banco, administrativo de la Hispano-Suiza, ejecutivo de una oficina de patentes y llegó a abrir una fábrica de juguetes que lo llevó a la ruina. Se casó muy joven con Aurelia Grimaldos, con quien tuvo cuatro hijos y de la que se separó. Durante la guerra civil trabajó en la Oficina de Prensa y Propaganda del Gobierno republicano y en 1938 se exilió en Londres, con Ilsa. Allí trabajó como crítico literario y periodista en el Servicio Latinoamericano de la BBC, donde firmaba sus crónicas radiofónicas con el seudónimo Juan de Castilla (en sus colaboraciones radiofónicas en el Madrid republicano firmaba con otro seudónimo, ‘La voz incógnita de Madrid’). Estas grabaciones de la BBC, registradas en discos de 78 rpm, fueron destruidas, aunque Nigel Townson las publicó en 2000, en la editorial Debate, junto a otros ensayos, cartas y artículos de Barea para “La Nación” de Buenos Aires, en dos tomos con el título de “Palabras recobradas”. Radio Nacional de España conserva una de aquellas grabaciones, probablemente la última que se emitió antes de su muerte. El éxito de estos programas hizo que la BBC lo enviase en 1956 a Argentina, Chile y Uruguay en una gira por centros culturales en los que leía sus textos a un público iberoamericano extasiado por la personalidad y los relatos de Barea.
Las Publicaciones Antifascistas de Cataluña editaron su primer libro “Valor y miedo” en 1938, cuando Barea ya había salido de España. Es un libro de relatos cortos y estampas solanescas, sobre la vida en el frente y la retaguardia durante los primeros años de la guerra, la obra de un escritor principiante en la que ya se percibe su talento literario. En “La forja de un rebelde” se narran todos estos avatares y otros muchos de la vida de un escritor cuya carrera quedó truncada por la guerra y el exilio.
Además de “Valor y miedo” y “La forja de un rebelde”, Arturo Barea escribió dos ensayos literarios, “Lorca el poeta y su pueblo” y “Unamuno”, y también “La raíz rota”, una narración en la estela de las dos primeras. A su muerte, su esposa Ilse reunió en “El centro de la pista” los cuentos dispersos que había publicado en varias revistas, y recientemente se han conocido cartas inéditas del escritor a su familia y a sus hijos, a los que no volvió a ver desde que salió de España.

DON BENITO EN LA BIBLIOTECA (EN EL CENTENARIO DE PÉREZ GALDÓS)

Una exposición en la Biblioteca Nacional inaugura el Año Galdós, que conmemora el centenario de la muerte del escritor

Así como el 175 aniversario del nacimiento de Benito Pérez Galdós el año pasado apenas tuvo eco en los medios culturales españoles, el 2020, en el que se cumple el centenario de su muerte (el 4 de enero) ya se ha bautizado como el año Galdós por las numerosas conmemoraciones que se preparan. La Biblioteca Nacional se ha adelantado a la fecha y acaba de dar el pistoletazo de salida con una gran exposición que abarca todas las facetas de este escritor canario que se estableció en Madrid desde su llegada a la capital en 1862. Una exposición organizada también por Acción cultural Española y por el Gobierno de Canarias, que se podrá ver en Santa Cruz de Tenerife y en la casa natal del escritor, en Las Palmas. Son más de doscientas obras entre las que hay manuscritos, libros, pinturas, esculturas y objetos personales del escritor. El subtítulo de la exposición, “La verdad humana” alude a la imagen moderna que en sus obras literarias Galdós forjó del ser humano español, una imagen que intentaba superar los arquetipos que dominaron en la sociedad española durante siglos. Su modelo literario estaba en sintonía con la contemporaneidad sin renunciar a la herencia de Cervantes y del siglo de Oro, convirtiendo en Quijotes a los ciudadanos comunes de la sociedad de los siglos XIX y XX: empleados, médicos, comerciantes, profesores y obreros.
Galdós es conocido sobre todo por ser uno de los escritores más importantes y prolíficos de los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. Ciertamente fue la labor más importante de su vida, la más reconocida y por la que pasó a la posteridad. Su obra es aún leída y estudiada y los “Episodios Nacionales” y algunas de sus novelas han sido canonizadas como de las mejores obras de la historia de la literatura española. Esta labor de escritor ha opacado, no obstante, otras facetas que Galdós practicó a lo largo de su vida y que esta exposición trata de recuperar.
Por supuesto que su obra literaria es la que ocupa la mayor parte de esta exposición, con antiguas ediciones de sus novelas y obras de teatro y con biografías y ensayos de autores sobre su actividad de escritor. Se pueden ver ediciones de sus obras en otros idiomas y carteles de las películas que fueron adaptaciones de algunas de sus novelas. Y se cierra con un montaje audiovisual de Arantxa Aguirre en el que varios escritores galdosianos (Andrés Trapiello, Elvira Lindo, Care Santos, Antonio Muñoz Molina y Almudena Grandes) explican su pasión por el autor de “Fortunata y Jacinta”.
GALDÓS PERIODISTA Y POLÍTICO
Ya en Las Palmas, Galdós había colaborado con sus artículos en la revista “El Ómnibus”, pero fue desde su llegada a Madrid cuando intensificó su faceta periodística en revistas como “El Debate”, “Las Cortes” y en los diarios progresistas “Las Novedades” y “La Nación”, una experiencia que le permitió conocer en profundidad la convulsa vida social y política de aquellos años y vivir con intensidad los acontecimientos de los que fue testigo. Llegó a dirigir “Revista de España” y a colaborar en “La Ilustración de Madrid” y también fue durante algún tiempo corresponsal de “La Prensa” de Buenos Aires. Galdós llegó a publicar más de medio millar de artículos durante los más de 50 años en que ejerció el periodismo, además de los folletines que publicaba en “La Guirnalda” y “El Océano”. Muchos de estos periódicos y revistas se pueden ver en las vitrinas de esta exposición.
La literatura de Galdós evolucionó paralelamente a su ideario político hasta el punto de que algunos de sus personajes son trasunto del propio escritor (el Augusto Miquis de “La desheredada” y “Ángel Guerra”, el Evaristo Feijoo de “Fortunata y Jacinta”). Desde un inicial apoyo al régimen monárquico, evolucionó primero hacia la militancia en el grupo progresista republicano para más tarde afiliarse al Partido Socialista. Fue testigo del destronamiento de Isabel II a consecuencia de la Revolución de Septiembre de 1868, del golpe del general Pavía en las Cortes de 1874 que dio paso a la Restauración en la persona de Alfonso XII, y del Desastre de 1898. Fue, desde la literatura y el periodismo, el mejor cronista de esos años de transición entre los siglos XIX y XX y trató siempre de introducir su sistema de valores entre la ficción de sus novelas. Participó en la vida política defendiendo las ideas republicanas, aunque desencantado del republicanismo burgués terminó por acercarse al PSOE. La clase media urbana, a la que dedicó toda su obra, nunca llegó a refrendar la ideología progresista de su narrativa y de su teatro.
EL ARTE Y LA VIDA
La exposición se inicia con la escultura que Victorio Macho hizo de Pérez Galdós en 1915. También están aquí los dos retratos realizados por Sorolla (hay una fotografía de Sorolla pintando uno de ellos). Pero lo más interesante, por desconocida, es su faceta de coleccionista de arte y sobre todo su propia obra pictórica, que aquí está representada por su paleta de pintor y por obras que van desde dibujos de juventud hasta paisajes y barcos de Santander, ciudad en la que vivió 17 años, y objetos ilustrados, como una pandereta sobre cuya piel pintó una marina. Las aficiones musicales de Galdós están aquí representadas por el piano que tocaba en su casa, por bustos de Beethoven y Mozart de su propiedad, por programas de conciertos a los que había asistido y que coleccionaba y por partituras de obras de Zarzuela de Federico Chueca y Ruperto Chapí.
Se recogen también en esta exposición objetos y documentos relacionados con su vida privada. Con Emilia Pardo Bazán, el gran amor de su vida, y con sus amantes Lorenza Cobián (madre de su única hija), Teodosia Gandarias y la actriz Concepción Ruth Morell Nicolau.

TÍTULO. Benito Pérez Galdós. La verdad humana
LUGAR. Biblioteca Nacional. Madrid
FECHAS. Hasta el 16 de enero de 2020

EL FIN DE LA INOCENCIA

EL FIN DE LA INOCENCIA

En “El río baja sucio”, su última novela, David Trueba explora los sentimientos de la adolescencia

La adolescencia es esa edad en la que fraguan las mejores amistades, las que duran toda la vida. Es también el tiempo en el que comienzan a afianzarse los valores y en el que nacen sentimientos como el amor y el erotismo. Lo hacen alrededor de acontecimientos que en ocasiones son inocentes y apenas dejan huella, y otras que marcan para siempre a quienes los viven, unas veces por gratificantes y otras por dramáticos. Sobre todo eso trata la última novela de David Trueba “El río baja sucio” (Siruela), una narración que explora estos sentimientos a través las relaciones de dos amigos que viven durante unas vacaciones de semana santa una serie de lances, entre la rutina y lo extraordinario, que recordarán toda la vida.
Alrededor de Tomás y Martín, hijos de dos familias de clase media, David Trueba entreteje un universo de relaciones en cuyo desarrollo se denuncian algunos problemas de la sociedad contemporánea, como la corrupción, la especulación inmobiliaria, los delitos ecológicos… Y asoman también los conflictos que surgen de las relaciones personales: divorcios, distanciamiento entre padres e hijos, diferencias generacionales.
La narración desprende un aire como de fin de etapa, de un trayecto que se acaba, de un ciclo de la vida a punto de cambiar. Los protagonistas viven el último tramo de su adolescencia, la madre de uno de ellos se dispone a vender la casa en la que pasaron algunos de los mejores momentos de su vida, la contaminación del río que cruza aquellos parajes un día paradisiacos ahora no es más que una inmunda poza de suciedad. La contaminación del río es también una metáfora de la contaminación del poder de quienes gestionan los problemas de la comunidad por los que discurre su cauce. En los dos adolescentes la edad de la inocencia va dando paso a los años en los que nacen la consciencia y la responsabilidad a través de su mirada hacia el comportamiento de los adultos.
Con tan sólo nueve personajes que se mueven en un escenario reducido, “El río baja sucio” construye una historia que enlaza la lejana juventud de los mayores con el incierto presente de todos ellos. Ros, un personaje de turbio pasado (dicen que estuvo en la cárcel por asesinato) que de joven formó parte de la pandilla de amigos de las madres de los muchachos (y hasta pudo ser novio de una de ellas), irrumpe en la comunidad para remover la aparente tranquilidad en la que viven los inquilinos de la colonia de casas de vacaciones. Una tranquilidad que ya estaba suspendida por los problemas causados por la explotación de una cantera de las inmediaciones y por el proyecto de urbanización que va a expropiar algunas tierras y la casa en la que vive Ros.
A lo largo de toda la historia, narrada con un lenguaje literario muy directo, claro y asequible, flota una sensación de tragedia que se va tejiendo alrededor de los dos protagonistas adolescentes sin que ninguno de ellos llegue a ser consciente del desenlace en el que va a culminar una semana santa irrepetible.

VOLVER A “RAYUELA”

Una nueva edición de la obra de Julio Cortázar aporta nuevos materiales e incluye opiniones de escritores y críticos

Este verano he vuelto a “Rayuela”, una obra de 1963 que conserva todo su interés, su espíritu transgresor y su frescura. Fue gracias a la edición conmemorativa de esta obra de Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984) que acaban de publicar la Real Academia Española y la editorial Alfaguara y que incluye el “Cuaderno de bitácora” en el que el autor escribió su proceso de construcción, así como textos de García Márquez, Carlos Fuentes, Bioy Casares, Vargas Llosa, Sergio Ramírez y otros escritores y críticos, que la explican y contextualizan. Se trata de un volumen definitivo sobre una novela que en su momento significó una revolución en la literatura universal.
ANTINOVELA SOBRE LA CONDICIÓN HUMANA
En sus “Clases de literatura”, publicadas también por Alfaguara, Cortázar propone la lectura de “Rayuela” como antítesis de “La montaña mágica” de Thomas Mann, en el sentido de que, en vez de buscar soluciones, como la obra del Nobel alemán, su novela sólo quiere plantear preguntas. Unas preguntas que remiten a otras nuevas. En otra de las lecciones de este mismo volumen afirma que su novela es una larga meditación sobre la condición humana en una sociedad como la que viven los personajes del libro. En todo caso “Rayuela” sigue siendo una obra maestra de la literatura universal, si bien difícilmente clasificable (Cortázar decía que era una ‘antinovela’).
Aunque Cortázar escribió seis novelas, el brillo de “Rayuela” ha eclipsado la indudable calidad de las otras cinco (entre ellas verdaderas joyas como “62 modelo para armar” o “El libro de Manuel”). Además de una revolución, “Rayuela” es una novedosa y deslumbrante obra literaria en la que se mezclan la imaginación, la transgresión, el juego, el humor, el dislate… para alcanzar una perfección irrepetible. La propuesta del autor de que la obra se puede leer en el orden de capítulos presentado pero también en los órdenes alternativos que él mismo sugiere, daba ya una idea de la novedad con la que el lector se enfrentaba al texto: además de jugar, de pronto podía ser coautor de la obra: pasar de la pasividad a un protagonismo activo. Como una pieza de jazz, una música siempre presente en la vida y la literatura de Cortázar (y también en su muerte: poco antes de morir pidió escuchar el solo de piano de I ain’t got nobody interpretado por Earl Hines), la novela se va improvisando sobre sí misma, inventándose en cada capítulo, desarrollándose hacia el clímax de cada uno de sus episodios.
“Rayuela” es además una caleidoscópica historia de amor (y de desamor), con todos sus componentes: la ternura, la pasión, los celos, los ajustes de cuentas, la melancolía, la violenta ruptura con lo cotidiano. Hay dos elementos esenciales en los que se apoya la historia: los personajes y el lugar. En “Rayuela” un desvaído Buenos Aires y un laberíntico París se convierten en lo que Dublín había sido para el “Ulises” de Joyce: el escenario ideal para unos protagonistas impredecibles. Personajes de novela (Oliveira, la Maga, Rocamadour, Traveler, Talita…) y otros que pudieran ser alter ego del propio Cortázar (Morelli) que llegaron a influir en las costumbres de los jóvenes parisinos, como antecedentes de las reivindicaciones del Mayo del 68: entonces era frecuente ver por París a mujeres con un look especial: calzaban zapatos rojos y medias negras, odiaban cocinar, fumaban tabaco negro, eran irreverentes, criticaban cualquier síntoma de machismo y manifestaban un excesivo desparpajo, maneras todas ellas propias de la Maga, la protagonista de la novela. Para armar este personaje Cortázar se inspiró en Edith Aron, una polaca emigrada a Argentina, una mujer fascinante, alta y desgarbada, con la cabellera color azabache siempre despeinada. La conoció en 1950 en un barco que los traía a ambos a Europa, y en París se veían con frecuencia. Inmortalizada en las páginas de “Rayuela”, la Maga se ha convertido ya en una de las mitologías de la ficción del siglo XX. Esta nueva edición de una “Rayuela” completa y comentada es una buena ocasión para volver a leer (o para descubrir, que nunca es tarde) una de esas grandes novelas de las que todo el mundo habla pero que pocos han leído.

EL CRIMEN FUE EN ALMONTE

 

La escritora Rocío Castrillo recrea en un relato de no ficción el crimen sin castigo de uno de los asesinatos más pavorosos de los últimos años

El 27 de abril de 2013 la localidad de Almonte (Huelva) celebraba la sabatina, una de sus tradicionales fiestas locales. Mientras el pueblo manifestaba el fervor religioso de la festividad mezclado con la alegría de sus habitantes en las calles engalanadas para la ocasión, alrededor de las diez de la noche, en una vivienda del extrarradio se cometía uno de los asesinatos más espantosos de la reciente historia criminal española. Las víctimas, Miguel Ángel Domínguez y su hija María, de ocho años, eran apuñaladas con un ensañamiento brutal. El pueblo continuó las celebraciones durante todo el fin de semana porque los cadáveres no se descubrieron hasta el lunes. Meses después las investigaciones sobre el doble asesinato señalaron a un joven de la localidad, Francisco Javier Medina, como principal sospechoso, aunque un juicio con jurado popular celebrado en julio de 2016 lo declaró no culpable. Desde entonces sigue sin encontrarse al autor de aquellos hechos. La escritora y periodista Rocío Castrillo, que se interesó por el caso desde el primer día (ella es también almonteña) siguió todos los pasos de la investigación y del juicio, entrevistó a amigos y familiares e indagó en las causas de aquel crimen. Con todo este material acaba de publicar “151 cuchilladas” (Ed. Pábilo), un gran reportaje literario en forma de novela de no ficción (un “true crime”, en terminología anglosajona), en el que recrea aquellos acontecimientos desde sus orígenes hasta su insólito desenlace.
CELOS, POSESIÓN, INFIDELIDAD
En aquellas fechas el matrimonio formado por Miguel Ángel y Marianela Olmedo tramitaba su divorcio. Ella se había unido a Francisco Javier Medina, que a su vez había roto unas relaciones de más de diez años con su novia Raquel. El amor y la fuerte atracción que sentía Marianela por su nueva pareja le impedía considerar con realismo las manifestaciones de posesión y de control que se manifestaron desde los primeros días de su relación. Los cuatro, el matrimonio y ambos novios, trabajaban en un mismo supermercado de Almonte donde, desde que se conocieron las relaciones entre Marianela y Francisco Javier, cada día habían de soportar la tensión de compartir un mismo espacio inclusivo y aplastante durante toda la jornada laboral. Rocío Castrillo refleja esta presión cotidiana que se manifestaba en frecuentes discusiones, enfrentamientos, reproches e insultos que provocaban en los protagonistas estados de angustia, rabia, ira, desesperación. A su vez tenían que hacer frente a las críticas de un pueblo cuyos vecinos de ideología más conservadora condenaban abiertamente la infidelidad de Marianela y señalaban su actitud como causa de la ruptura del “noviazgo modelo” entre Francisco Javier Medina y Raquel. Desde el comienzo de la causa contra Francisco Javier y durante todo el proceso, Almonte sufrió una situación de anormalidad que dividió al pueblo en dos bandos. Uno señalaba la infidelidad de Marianela como causa de los asesinatos y rechazaba que el crimen hubiera sido cometido por “uno de los nuestros”. El otro bando lo formaban quienes estaban convencidos de la culpabilidad de Francisco Javier. En este contexto esta novela es también una crítica a una sociedad machista y xenófoba que defiende a los suyos por encima de todo (no tardaron en señalar a los inmigrantes como sospechosos) y condena con más fuerza la infidelidad de la mujer que la del hombre (Francisco Javier había engañado y más tarde abandonado a una novia a la que le unían más de diez años de relaciones). Como consecuencia de esta actitud Marianela tuvo que abandonar su pueblo para evitar los reproches y los insultos que diariamente tenía que soportar de sus vecinos, en lugar de la compasión, la solidaridad y la empatía que tendrían que manifestarle a una mujer que, sea cual sea el desenlace, ya habrá de soportar toda su vida el dolor de unas pérdidas irreparables unido a la desesperación de haberse enamorado y haber convivido con el presunto asesino de su marido y de su hija.
Hay además en esta novela otras críticas. A una sociedad que transforma crímenes como este en espectáculos mediáticos. A un sistema judicial que traslada a la sociedad dudas sobre las sentencias de sus tribunales. A la utilización, en fin, de las redes sociales como fenómeno de mediación y manipulación informativa. Todo ello se cuela en esta novela entre los avatares de la investigación y el proceso de un crimen horrible cuyas víctimas aun confían en que algún día se haga justicia.

POLÉMICA RETAGUARDIA

 

Realidad y ficción en el Madrid sitiado por el ejército de Franco

En circunstancias normales la vida transcurre en un devenir más o menos monótono, con las alteraciones comunes que la existencia depara a cada cual. Sólo cuando interfiere una circunstancia extraordinaria las personas pueden protagonizar episodios que ni ellas mismas hubiesen imaginado. Ocurrió durante la guerra civil española, en esas circunstancias en las que todas las normas morales están abolidas. Gentes anónimas, dedicadas a desempeñar sus cargos, trabajar en sus profesiones o seguir sus estudios, de pronto se ven arrastradas por la vorágine de no importa cuál bandería, que las colocan en situaciones que a veces hacen emerger lo mejor de sí mismas y otras sus instintos más negativos. Durante esta guerra, en la ciudad de Madrid, una serie de personajes de orígenes diversos convirtieron sus vidas, a veces al servicio de una causa y otras por intereses personales, en relatos verdaderamente novelescos. El escritor Fernando Castillo ha escrito sobre algunos de estos personajes en “La extraña retaguardia” (Fórcola), un largo y documentado ensayo de lectura apasionante. Por sus páginas desfilan delincuentes convertidos en agentes dobles, como Alfonso López de Letona; linotipistas mudados en chequistas sanguinarios, como Agapito García Atadell; técnicos de sonido como Alberto Castilla Olavarría, reconvertido en confidente del contraespionaje republicano y responsable de la desarticulación del POUM y del asesinato de Andreu Nin; intelectuales como Segundo Serrano Poncela, implacable represor de quintacolumnistas, a quien se imputa, con Santiago Carrillo, la responsabilidad de los fusilamientos de Paracuellos; pistoleros como Elviro Ferret, agente de policía detenido en la frontera con Francia cuando huía con un botín de dinero y joyas, que consiguió ocultarse durante la posguerra bajo el nombre de un comerciante de La Coruña; Ángel Pedrero, compañero de Atadell, que aprovechó su cargo como responsable del Servicio de Inteligencia para acumular una importante cantidad de joyas y divisas para una frustrada huida de España. También estaban quienes mantuvieron fidelidad a la República y a sus principios hasta el final, como el pintor Lorenzo Aguirre, jefe superior de la policía, que siguió al Gobierno en su traslado a Valencia y Barcelona y consiguió instalarse en Francia después de la guerra, aunque la ocupación nazi en este país lo obligara a regresar a España, donde fue detenido y fusilado en 1942. Al lado de estos hombres estuvieron también algunas mujeres de vida novelesca, como la periodista Cándida del Castillo, madre del novelista Michel del Castillo, periodista de ABC y Unión Radio, casada con un brigadista y amante de algunos de los personajes incluidos en este libro, que trabajó para el contraespionaje bajo los nombres de Isabel y La Quinientos. O la socialista Regina García, también periodista, que desempeñó importantes puestos en el entramado republicano mientras mantenía contactos con la Quinta columna y la Falange clandestina y que tras la guerra publicó unas memorias exculpatorias con el título de “Yo he sido marxista”.
El libro de Fernando Castillo rescata del olvido o recupera para la memoria histórica nombres que protagonizaron algunos episodios poco conocidos pero que en su momento influyeron con más o menos trascendencia en la vida del Madrid sitiado por las tropas franquistas. Castillo ha investigado la amplia picaresca que se instaló durante aquellos años en Madrid. Un Madrid de chequistas y quintacolumnistas en el que se movían sin orden y al margen de toda ley personas que aprovecharon la guerra unas veces para enriquecerse y otras para alcanzar algún poder que pudiera proporcionarles privilegios o deshacerse de incómodos enemigos.
“La extraña retaguardia” es al mismo tiempo la crónica de la guerra en la ciudad de Madrid, desde los sucesos de la víspera del alzamiento hasta la entrada de los franquistas y la represión durante los primeros años de la posguerra. Los sufrimientos y las miserias de una población sometida al hambre y a los bombardeos conviven con los ambientes de las cafeterías, las tabernas y los restaurantes donde se discutía la marcha de la guerra en tertulias apasionadas, y con los cines, las salas de fiesta y los locales de prostitutas, que siguieron funcionando casi hasta el final. Un Madrid amordazado por el terror, con detenciones arbitrarias, desapariciones y ejecuciones sumarias provocadas unas veces por falangistas y quintacolumnistas y otras por sus perseguidores, en medio de un ambiente de caos y desorden. Un miedo agigantado por las noticias sobre el avance de las tropas de África y la represión a sangre y fuego impuesta a su paso por los rebeldes mientras en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo los milicianos hacían frente heroicamente a los ataques permanentes del ejército de Franco.
Los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas, la gestación y desarrollo del golpe del general Casado, la desesperación de los republicanos concentrados en el puerto de Alicante para embarcar hacia el exilio… son otros tantos episodios tratados con detalle en este libro de lectura recomendable.
EL ASEDIO EN LA FICCIÓN
A lo largo de “La extraña retaguardia” Fernando Castillo rescata algunos títulos de la literatura de posguerra que recrearon lo que pasaba en el Madrid sitiado, novelas en las que se identifican, a veces con nombres ficticios y otras verdaderos, algunos de los personajes que protagonizan las historias que se cuentan en su libro. Una de las novelas a las que alude con frecuencia es “Checas de Madrid”, del escritor falangista Tomás Borrás (1891-1976), que acaba de ser reeditada por Guillermo Escolar en una edición crítica de Álvaro López Fernández y Emilio Peral Vega. Pensar que esta literatura acentuadamente maniquea ha sido la que ha marcado la orientación ideológica de los lectores españoles de ficción durante varias décadas de la posguerra, obliga a esta lectura crítica desde nuevos presupuestos, como hacen los autores del prólogo y de las notas a pie de página. Tomás Borrás exagera y caricaturiza con rencor uno de los episodios más vergonzantes de la República, el de las checas que proliferaron en Madrid durante el asedio y en cuyo seno se cometieron algunas de las mayores atrocidades que historiadores como Antony Beevor y Julius Ruiz han calificado de terror rojo. Es sin embargo recomendable su lectura para tener conciencia de lo que pueden hacer en situaciones de desorden, caos y desgobierno quienes aprovechan la autoridad y el poder para la venganza y el enriquecimiento fraudulento. Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su gran ensayo sobre la literatura de la guerra civil, que muchos pasajes de “Checas de Madrid” estremecen por demasiado verdaderos.
Narrado en un estilo heredero del romanticismo y a veces influido por la prosa de Valle-Inclán, la novela “Checas de Madrid” está concebida como si se tratase de un montaje cinematográfico (no se olvide la relación de Borrás con la industria de cine y sus cargos en el Sindicato Nacional del Espectáculo, desde donde impuso la obligación, copiada de una ley de Mussolini, de doblar las películas extranjeras), con diálogos que recogen de manera burlesca el habla popular revolucionaria y donde lo grotesco protagoniza las actividades de los chequistas madrileños. Junto a escenas de ficción, Tomás Borrás recrea otras tomadas de la realidad, como la manifestación que enarbola la cabeza del general López Ochoa clavada en una pértiga tras su fusilamiento, el tiroteo del beaterio de la iglesia de San Ginés, la aniquilación del POUM y el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas… y la amplia rumorología extendida por unos y otros en la ciudad de Madrid: caramelos envenenados, moros que se alimentan de carne de niños, legionarios violadores, curas carlistas con sacos llenos de cabezas de republicanos…
La que se ofrece en esta edición crítica es la primera versión de “Checas de Madrid”, la de 1939, pero al final se incluyen los párrafos y los añadidos de la versión posterior de 1940 y la definitiva de 1963, que reorientan el sentido de la original.

LA MIRADA DE CLARICE LISPECTOR

 

Se publican todos los cuentos de la escritora brasileña

Desde hace algunos años la editorial Siruela viene haciendo una labor excelente divulgando en España la obra de Clarice Lispector, una autora muy poco conocida aquí a pesar de ser posiblemente la mejor escritora brasileña del siglo XX. Además de sus novelas, que viene editando regularmente (en estas páginas hemos reseñado “La pasión según G.H.”), en 2013 Siruela publicó un volumen con los “Cuentos reunidos” de la escritora. Ahora, para completar aquella entrega, la misma editorial publica un extenso volumen que reúne “Todos los cuentos” (un total de 84, algunos encontrados tras su muerte), añadiendo diez relatos de la primera etapa de la autora ausentes en aquella edición, escritos cuando aún era una estudiante de Derecho en Rio de Janeiro.
No es fácil la literatura de Clarice Lispector, una narradora que intenta penetrar en los sentimientos más íntimos de las mujeres, ya sean amas de casa, misioneras o prostitutas, jóvenes o viejas, insertas en el tedio y la monotonía de una vida familiar y urbana, dominadas por la autoridad patriarcal de los maridos (“desconfiad de una mujer que sueña”, dice un marido en el cuento titulado “Fondo de cajón”), ahogadas por una atmósfera opresiva, incomunicadas, enfrentadas a las adversidades de la sociedad y a las costumbres que las obligan a renunciar a ser ellas mismas. Lispector reflexiona sobre la situación: “Allí está el mar, la más ininteligible de las existencias humanas. Y aquí está, de pie en la playa, la mujer, el más ininteligible de los seres vivos”, dice la escritora en el relato “Las aguas del mundo”.
Partiendo de anécdotas de la vida cotidiana, muchas de sus narraciones recogen las experiencias de la propia Clarice Lispector, la mujer joven y bella que se casó, que tuvo hijos, que fue envejeciendo y que se enfrentó a la enfermedad y a la muerte.
Los cuentos de Clarice Lispector son como una extensión de sus novelas porque en ellos predominan las mismas preocupaciones, la misma angustia existencial, los mismos problemas que asedian a las mujeres de sus novelas, que se preguntan constantemente sobre su condición y sobre su papel en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Relaciones de pareja monótonas que desembocan en crisis insuperables y en abandonos; soledad en entornos agresivos dominados por el hombre; angustia, pobreza, incierto futuro… En muchos de estos cuentos de Clarice Lispector la mujer va poco a poco tomando conciencia de su situación de opresión social, pero sus oportunidades de evadirse tropiezan siempre con barreras estructurales insuperables y de ahí que el desenlace sea muchas veces el desequilibrio sicológico, la muerte buscada o el suicidio. Excepcionalmente el suicida puede ser también un hombre, como en “Historia interrumpida”, y otras veces los dos miembros de la pareja, asediados por el tedio y la monotonía, como en “Los obedientes”, una narración en la que se cuenta cómo un matrimonio que había decidido en adelante vivir intensamente, termina suicidándose. “El sufrimiento es el privilegio de los que sienten”, dice en “Brasilia”, uno de los relatos, que no es en realidad un cuento sino dos miradas poéticas sobre la capital del país desde dos momentos separados entre sí por 12 años. Por cierto, hay que decir que aunque el título sea el de “Cuentos”, algunas de estas narraciones no son tales, al menos en el sentido clásico del término, sino reflexiones, soliloquios, recuerdos, fulguraciones poéticas, retratos sicológicos, monólogos interiores. Las protagonistas (casi siempre mujeres, aunque hay también algunos hombres, incluso narrados en primera persona, como en “Una amistad sincera”) se ven abocadas a una vida que no les deja ningún resquicio para escapar a su destino, condicionado por la familia, la sociedad y el entorno. Son estos cuentos de Clarice Lispector narraciones enigmáticas algunas, inquietantes y turbadoras, que dejan en el lector un poso de amargura al no vislumbrarse salidas airosas a la opresión a la que están condenadas las protagonistas. Incluso cuando (como en “La fuga” y “Obsesión”) alguna mujer toma la decisión de abandonar al marido porque ha conocido a alguien que “…había despertado en mí la sensación de que en mi cuerpo y en mi espíritu palpitaba una vida más profunda y más intensa que la que yo vivía”, la nueva relación resulta más tóxica que la anterior y obliga a las mujeres a volver con sus parejas.
UNA MUJER PARA LA LITERATURA
La misma vida de Clarice Lispector es como una de sus novelas (véase “Por qué este mundo”, la biografía escrita por Benjamín Moser publicada también por Siruela). Descendiente de judíos ucranianos, su abuelo fue asesinado, su madre violada, y su familia tuvo que exilarse en Brasil huyendo de la represión y los pogromos durante la revolución bolchevique. Con esa familia llegó Clarice Lispector a ese país sudamericano cuando contaba dos años (nació el 10 de diciembre de 1920 en la aldea de Tchetchelnik durante la huída). La precaria situación de su padre, vendedor ambulante de ropa de segunda mano, y la temprana muerte de su madre, cuando la escritora tenía nueve años, la empujaron a refugiarse en la literatura, donde descubrió la prosa deslumbrante de Machado de Assis, de Eça de Queiroz y de Jorge Amado, y la profundidad narrativa de los relatos de Dostoiewski y Flaubert. Su ideal de escritura se identificaba con las obras de Virginia Woolf pero sobre todo con las novelas de Katherine Mansfield.
Mujer de una gran belleza, alta y rubia, inteligente, misteriosa, seductora, tocada con permanentes collares sobre sus vestidos de intensos rojo, blanco o negro, Clarice Lispector ocultaba su mirada, sin embargo triste, detrás de unas permanentes gafas oscuras. Comenzó en el mundo de las letras trabajando como periodista y publicó su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”, a los 23 años, una obra que le proporcionó ya la popularidad literaria y con la que inició una carrera que fue fundamental en la renovación de las letras brasileñas, con títulos como “La hora de la estrella”, “Aprendizaje o el libro de los placeres” o su obra póstuma “Un soplo de vida”. Se casó con el diplomático Maury Gurgel, con quien tuvo dos hijos y a quien acompañó a Europa (Nápoles y Berna) y a Washington hasta que en 1959 regresó a Brasil tras un divorcio traumático. Esta separación la sumió en una profunda crisis, agravada por un accidente doméstico, un incendio provocado por un cigarrillo mal apagado, que le provocó graves quemaduras. Murió de cáncer en 1977, la víspera del día que iba a cumplir 57 años.

LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA DEL NORTE

 

Un ensayo y varias novelas abordan desde perspectivas diferentes la extinción de las tribus indígenas de Norteamérica

La carta del presidente de México López Obrador al rey Felipe VI solicitando que España pida perdón por los excesos de la conquista de México por Hernán Cortés trae a la actualidad un tema que ha sido tratado desde diferentes perspectivas, dependiendo de los intereses de los imperios que colonizaron aquellos territorios. La cultura yanqui ha ensalzado tradicionalmente como héroes a los colonizadores que exterminaron a los indígenas, aunque últimamente se han publicado ensayos, se han escrito novelas y se han estrenado películas que son muy críticas con aquellos episodios. A lo largo de muchos años se han publicado leyendas negras sobre las conquistas de los españoles y de los colonos anglosajones, pero apenas se han divulgado informaciones sobre los excesos que los mismos mexicanos llevaron a cabo en su territorio para exterminar a tribus como los apaches.
LA CONQUISTA ENTRE LA FICCIÓN Y LA HISTORIA
La conquista de los territorios que hoy ocupan México y los Estados Unidos ha sido largamente tratada, sobre todo en el cine de Hollywood, que inventó el western, uno de los géneros más celebrados por la industria. Un libro de reciente aparición, “Ahora me rindo y eso es todo” (Anagrama), del escritor mexicano Álvaro Enrigue, recoge, entre la historia y la ficción, algunos de los episodios de aquella colonización y exterminio protagonizados por yanquis y mexicanos: “Si los gringos fueron crueles con los apaches, los mexicanos nos quedamos sin madre por hacerles lo que les hicimos y seguimos sin tenerla: no los recordamos y su ausencia en nuestra memoria nos reduce”, afirma Enrigue en este libro.
En 1886, después de su última huida de la reserva en la que había sido ingresado, el jefe apache Gerónimo se rendía a las fuerzas del general George Crook en el Cañón de los Embudos, en la Sierra Madre occidental. Sus palabras al reconocer la derrota fueron: “Antes me movía como el viento, ahora me rindo y eso es todo”, una sentencia que da título a este libro del escritor mexicano.
La figura de Gerónimo, el último héroe de la Guerra Azteca, centra el desarrollo del libro de Enrigue, una narración de género inclasificable, entre la crónica histórica, el relato novelesco y el diario. Enrigue sigue los pasos de Gerónimo, que era mexicano y hablaba español, desde que era el temible jefe indio que puso en jaque a los ejércitos de México y Estados Unidos hasta su confinamiento en el Fuerte Sam Houston de San Antonio, Texas, mientras esperaba, acompañado por algunos de los suyos entre los que estaban su propio hijo Chapo, y Naiche, el hijo de Cochís, el tren que iba a trasladarlo a un confinamiento temporal en una reserva de Florida. Gerónimo terminó muriendo a los 79 años en la base militar de Lawton, Oklahoma.
En esta obra de Enrigue las citas históricas y los personajes reales que protagonizaron la rendición de Gerónimo y los suyos alternan con el relato novelesco que cuenta el secuestro de una mujer por un grupo de apaches y la persecución que inicia en su búsqueda una expedición formada por irregulares en territorios controlados por los indígenas. Las penalidades de la rehén durante su traslado al campamento apache están narradas con un dramatismo que traslada al lector las vivencias de una situación en el límite entre la vida y la muerte. Camila, nombre de esta mujer mexicana, terminará integrándose y uniéndose al jefe Mangas Coloradas, padrastro de Gerónimo, un episodio inspirado en un suceso real. Un tercer hilo conductor del libro de Enrigue es un diario donde el escritor cuenta un viaje de vacaciones con su esposa Valeria y sus tres hijos a la Apachería, el extenso territorio de los apaches entre los actuales Estados Unidos y México (incluida una emotiva visita a su cementerio de Fort Still), esos territorios en los que se van desarrollando los episodios, novelescos e históricos, que se cuentan a lo largo del libro. Al final, historia, novela y diario confluyen en una misma narración como si formasen parte de un único relato.
LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA
Pocas gestas históricas han alcanzado grados de riesgo y aventura como la de los conquistadores españoles en América. Son conocidas las de Hernán Cortés y Pizarro, aunque no con la suficiencia que otros países y otras culturas han divulgado las suyas (por ejemplo, las ya citadas producciones de Hollywood sobre la conquista del Oeste). Sin embargo permanecen prácticamente ignoradas las epopeyas de los españoles en esa ancha franja de territorio americano que se inicia en la desembocadura del río Colorado y se extiende por el sur de Arizona, Nuevo México, Texas, Arkansas, el valle del Misisipi desde Luisiana hasta el norte de Memphis, y el sudeste de lo que hoy son México y los Estados Unidos: Tennessee, Alabama, Carolina del Sur, Georgia y Florida. Un libro reciente, “Indios y conquistadores españoles en América del Norte” (Alianza Editorial) del historiador francés Jean-Michel Sallmann, rescata del olvido a personajes fascinantes y expediciones fabulosas que, contempladas a la distancia de los siglos que nos separan, parecen producto de la imaginación de un novelista fantasioso. Sallmann se acerca a estas historias con la seriedad y el rigor de un investigador que se interna en el proceloso territorio de una tierra incógnita hollada por aventureros en busca de riquezas y poder.
Tal vez se hable poco de las aventuras de los conquistadores españoles en estos territorios porque el fracaso persiguió prácticamente a todas las empresas y a algunas de forma muy trágica. Tampoco dieron con las riquezas que suponían que había en ellos: el oro y la plata que pretendían encontrar resultó ser sólo cobre y mica de escaso valor. Para explicar estos fracasos el autor investiga minuciosamente cómo se organizaban las expediciones, las dificultades de un entorno natural hostil y la feroz resistencia de las tribus indígenas, en parte provocada por los métodos violentos de los expedicionarios.
Las primeras expediciones al norte del territorio de México se desarrollaron en lo que los españoles llamaron Las Floridas, la península de Florida y su zona norte, para más tarde abordar la conquista de Tierra Nueva, al oeste del territorio de los EE.UU. y México. Además de la gloria los conquistadores buscaban tierras ricas como las de los imperios inca y azteca y un paso de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico que facilitase la llegada de los barcos españoles a China y las Molucas con el fin de contrarrestar la influencia de Portugal en Asia, según decidiera el Tratado de Tordesillas. Su fanatismo estaba alimentado también por creencias mitológicas como las de Eldorado y la Fuente de la Eterna Juventud o por leyendas medievales como la de Las Siete Ciudades.
La más espectacular y novelesca expedición fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuyos supervivientes (sólo tres de varios centenares) tardaron ocho años en volver a Nueva España tras enfrentarse unas veces y convivir otras con tribus indias de los territorios de Florida, los mismos que exploraron Ponce de León, Lucas Vázquez (fundador de la primera ciudad de América del Norte, San Miguel de Guadalupe) y la trágica de Pánfilo de Narváez, diezmada por los indios y el paludismo. No le fue mejor a la de Hernando de Soto, veterano de la conquista de Perú, que tuvo que vadear ríos impetuosos, profundas ciénagas y marismas inhóspitas mientras libraba luchas feroces contra los indígenas en emboscadas y guerras de guerrilla cuyas víctimas hispanas eran decapitadas, descuartizadas y colgadas de los árboles para extender el terror entre los soldados. Los expedicionarios recorrieron a sangre y fuego Tennessee, la cuenca del Misisipi, Alabama, Memphis y Boston, camino de Texas, donde Soto perdió la vida y fue sustituido por Luis de Moscoso, una expedición que fue un completo fracaso humano y un verdadero desastre económico.
Episodio poco conocido es también el de los enfrentamientos con los expedicionarios franceses, que no habían aceptado el monopolio de la colonización hispano-lusa bendecido por el Papa. La España de Felipe II encargó al gallego Pedro Menéndez de Avilés un plan de oposición a la presencia francesa en Florida, contra la que Francia montó una gigantesca expedición con una flota bajo el mando de Ribaud y un ejército al cuidado de Dominique de Gourgues que destruyó el fuerte de San Mateo y algunos fortines, sin conseguir el control de Florida. Tras la derrota de los franceses Menéndez tomó Florida en nombre del rey de España y atacó y saqueó la posición francesa de Fort Caroline. Pero tampoco los españoles permanecieron mucho tiempo porque los indígenas masacraron todas sus guarniciones hasta el punto de que sólo se salvó un español, al que dejaron con vida para que hiciera de mensajero de la tragedia a las autoridades de Santa Elena. Florida fue entonces considerada por las autoridades españolas como una tierra sin interés y poblada además por indígenas reacios a la sumisión. Sólo interesó entonces la situación estratégica de sus costas para garantizar el suministro de metales preciosos al Tesoro español.
No menos trágicas resultaron las expediciones españolas a Tierra Nueva conducidas por Nuño de Guzmán, fundador del reino de Nueva Galicia y de la ciudad de Compostela, un conquistador de una crueldad tal que Carlos V hubo de destituirlo al tener noticia de sus asesinatos y del comercio de esclavos con los que traficaba.

20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.