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20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.

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“LOLITA”, REVISITADA

La novela de Vladimir Nabokov es sometida a nuevas miradas a la luz del feminismo
El protagonismo de los movimientos feministas en estos primeros meses de 2018 y la denuncia de delitos de acoso sexual a cargo del movimiento #MeToo, a raíz del caso del productor Harvey Weinstein, han devuelto a la actualidad algunos episodios que permanecían enterrados o casi en el olvido. Se ha vuelto a hablar del supuesto delito de pederastia de Woody Allen, se recrudece el caso de la violación de una menor a cargo de Roman Polansky, se han destapado nuevos casos de acoso sexual protagonizados por personajes del mundo de la farándula, desde Kevin Spacey a Dustin Hoffman, todos posiblemente necesitados de una revisión a la luz de nuevos datos y consideraciones. Menos oportuna parece la exigencia desde ciertas instancias feministas de prohibir “por machistas”, como textos escolares, las obras de autores como Javier Marías, Arturo Pérez Reverte o ¡atención! Pablo Neruda. Aprovechando la marea abierta por iniciativas progresistas para volver sobre las relaciones entre la moral y el sexo, algunas propuestas parecen retrotraer a la sociedad a épocas en las que los gustos estaban dictados por una censura inquisitorial que decidía aquello a lo que se podía tener acceso en el mundo de la cultura. En la actualidad la persecución a obras de arte relacionadas con la moral y el sexo está alcanzando cotas verdaderamente inquietantes, como el caso de la reciente retirada del Museo Metropolitano de Nueva York del cuadro de Balthus “Teresa soñando”.
CON ELLA LLEGÓ EL ESCÁNDALO
Otro episodio polémico en la aplicación de lo políticamente correcto a una obra cultural es el de “Lolita” de Vladimir Nabokov, la novela que provocó uno de los mayores escándalos literarios en la sociedad puritana de los años 50 del siglo XX a causa de la moralidad de su trama y de sus protagonistas (antes de su publicación había sido rechazada por cinco importantes editoriales norteamericanas por miedo a la censura). “Lolita” ha vuelto a ser sometida estos días a la crítica desde estos nuevos presupuestos revisionistas. Está muy clara la intención de Nabokov de provocar la polémica desde el momento en que, desde el principio de la novela, sitúa al protagonista, Humbert Humbert, ante un jurado que va a decidir sobre su moral: en realidad el jurado somos nosotros, los lectores. Y aunque a lo largo de la novela por momentos nos seducen sus declaraciones, Nabokov siempre deja claro que se trata de un asesino y un violador. Lo que hace Nabokov es penetrar con absoluta maestría en la sicología y en la mente enferma de un personaje lleno de contradicciones, culto, atractivo, seductor, que se ha fabricado minuciosamente las circunstancias de una cartografía en la que desarrollar sus obsesiones perversas.
Quiero dejar constancia que para mí “Lolita” es una de las grandes novelas del siglo XX, no por su temática –o no sólo por ella- sino por los grandes valores literarios que ha supuesto para la narrativa contemporánea y por la denuncia de los vicios de la sociedad norteamericana: la hipocresía, la pérdida de valores, la decadencia de la vida de provincias, la debilidad del matriarcado. Para la escritora Laura Freixas, que no niega la calidad de la novela, sin embargo “Lolita” es antes que nada una historia de violencia ejercida por un hombre contra una mujer, sin que haya que considerar si la intención de Nabokov fue la de denunciar precisamente esa violencia (“no analizo las opiniones del ciudadano Nabokov -dice la escritora- sino la novela, fuese cual fuese la intención consciente de su autor”). Según Laura Freixas la calidad de la novela hace olvidar a sus lectores que está mal violar niñas. Otra escritora, Lola López Mondéjar, autora de “Cada noche, cada noche” (Siruela), asegura que “Lolita” es una apología del delito porque lo que cuenta es un abuso, una historia de sexualidad machista y de dominio, cuyo fin es enmudecer a la niña, a la que se demoniza y culpa del deseo sexual de Humbert Humbert, que es además su padrastro. El crítico Robertson Davies llegó a afirmar, en efecto, que el tema de “Lolita” no es la corrupción de una criatura inocente por un adulto sino “la explotación de un adulto débil por una criatura corrupta”. Freixas y Mondéjar manifiestan lo que ya en los Estados Unidos escribieron no hace mucho críticas como Maya Mutter y Sarah Herbold, y que es una constante desde la aparición de la novela.
¿UNA HISTORIADE AMOR?
Acertó Brian Boyd en el capítulo de la biografía de Nabokov dedicado a “Lolita” (“Los años americanos”. Anagrama) cuando dice: “Lolita nunca dejará de escandalizar. Oscilando frenéticamente de emoción en emoción, nos desequilibra línea tras línea, página tras página. Estudio de un caso de abuso sexual, también consigue, contra todas las expectativas, ser una apasionante y conmovedora historia de amor”. Es esta última afirmación lo que niegan quienes descalifican ahora la novela a la luz de la moral. No puede ser una historia de amor, dicen, la relación entre una niña y un adulto que la somete sexualmente utilizando la violencia. “Lolita” no es, en efecto, la historia de un amor correspondido en el plano sentimental (aunque en los primeros encuentros con Humbert Humbert Lolita dice estar enamorada locamente de él, cosas de niña) sino la del amor por una niña de un hombre pervertido, un amor que permanece a través de los años. Desde el memorable principio de la novela (“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”) hasta el final, cuando tiene lugar el reencuentro (ella ya está casada y se niega a seguirle), Humbert Humbert sigue manteniendo ese amor: “La miré y la remiré y comprendí, con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada en este mundo”. Se trata de un amor que sólo existe en la mente de un hombre, un amor que no puede ser comprendido por nadie más, pero amor al fin y al cabo. En mi opinión los errores sobre el mensaje que transmite la novela en este sentido provienen de hacer una lectura de “Lolita” como si fuera una novela de amor antes que un viaje a la mente de un sicópata. Como escribió, hablando de “Lolita”, Guillermo Cabrera Infante (quien por cierto relacionaba a la protagonista de la novela con el cuadro citado de Balthus, que, cosas de la vida, era el pintor preferido de Nabokov), “pocos libros han sido tan humanos”.

JACK LONDON: AVENTURA Y LITERATURA

Se publican los cuentos completos de Jack London
En octubre de 1893 el San Francisco Morning Call convocó un concurso de artículos descriptivos para menores de veinte años. Un joven Jack London (tenía entonces 17) se puso a escribir la experiencia que había vivido unos meses antes, cuando un tifón en las costas japonesas estuvo a punto de hacer naufragar la goleta ‘Sophia Suterland’ en la que se había enrolado como marinero. Cuando se convocó el premio London trabajaba de día en una fábrica de yute en Oakland y dedicó dos noches enteras a escribir aquella historia. Su madre Flora Wellman lo mantuvo despierto a base de cafés muy cargados. Aquel relato ganó el primer premio del concurso y fue publicado por el periódico. El hecho de que estuviera dotado con una cantidad que superaba el salario mensual de London en la fábrica de yute le hizo pensar que tal vez pudiera ganarse la vida escribiendo. Aquella historia, “Relato de un tifón en la costa japonesa”, es la que inicia el primero de los tres volúmenes de los “Cuentos completos” de Jack London que ha comenzado a publicar la editorial Reino de Cordelia.
LA AVENTURA ES LA VIDA
Hijo de madre soltera abandonada (uno de los temas recurrentes en sus relatos), Jack London vivió una infancia muy pobre y tuvo que contribuir a la economía familiar trabajando desde los 14 años en oficios diversos: jardinero, recadero, limpiador de alfombras… En su adolescencia llegó a ser condenado por vagabundo, navegó en embarcaciones dedicadas a la pesca y al transporte de mercancías en el Pacífico y se hizo pescador de ostras y cazador de focas en el noroeste de Canadá, a donde llegó atraído por la fiebre del oro. Todas esas experiencias las trasladó a sus novelas autobiográficas (“John Barleycon” y “Martin Eden”) y a sus relatos de ficción, sobre todo a sus cuentos. Autodidacta, lector asiduo desde niño en las bibliotecas públicas de San Francisco, London exploró nuevos territorios creativos mostrando un gran talento literario incluso en sus textos más comerciales. Su literatura puso los cimientos de lo que sería la Generación Perdida americana: Hemingway, Dos Passos, Faulkner, Steinbeck y Erskine Caldwell deben no poco a sus libros. Publicó en las revistas literarias de la época (Black Cat, Atlantic Monthly, Collier’s, McClure’s Magazine) y llegó a ser muy popular. Murió en Glen Ellen el 16 de noviembre de 1916 a los 40 años. Nunca se supo si la causa de su muerte fue el suicidio o el tratamiento de morfina con la que combatía una dolorosa uremia que padecía desde que había contraído esta enfermedad durante un viaje a Tahití en el velero ‘Snark’, que había comprado con la intención de dar la vuelta al mundo. Dejó a medio hacer una novela, “Asesinatos, S.L”, que concluyó Robert L. Fish.
LA LITERATURA Y LA IDEOLOGÍA
La literatura de Jack London es una de las más importantes del género de aventuras escritas en los años de tránsito entre los siglos XIX y XX. Se trata de una mezcla entre la ficción creada por su desbordante imaginación y la realidad de la experiencia de sus años de aventurero buscavidas, y por eso sus historias transmiten verosimilitud. Lo hace con una escritura sencilla con la que al mismo tiempo profundiza en la condición humana, en sus pasiones y en sus odios, a través de personajes que son, muchos de ellos, trasunto de los que conoció en su intensa vida. Temas como el alcoholismo, la vejez, el trabajo infantil, las relaciones amorosas, el racismo, los avances científicos… y sobre todo el respeto por la ecología y la denuncia de los desastres provocados por el hombre en la naturaleza. Es esa conciencia ideológica la que otorga a su obra una dimensión que no alcanzan otros autores de libros de aventuras como Zane Grey, Edgar Rice Burroughs, James Oliver Curwood, incluso Salgari o Jules Verne. Sus ideas políticas no estaban sólo en la literatura (se identificaba además con el socialismo utópico) y a los 18 años participó en la marcha de desempleados que recorrió el camino de California a Washington. Julio Cortázar aseguró que el Che Guevara llevaba un libro de cuentos de Jack London en un bolsillo de su guerrera cuando desembarcó en Cuba con Fidel Castro. Algunos de sus libros (“El talón de hierro”) fueron quemados por los pirómanos nazis.
Sin embargo, en su madurez algunos aspectos de su biografía contradicen aquel ideario de joven socialista romántico, como su oposición a la revolución de México, la defensa de los intereses de las petroleras norteamericanas desde sus artículos en el Collier’s Weekly del magnate William Hearst y su acercamiento a un cierto imperialismo ideológico. Su concepto de darwinismo social se identificaba con la supervivencia de los más fuertes y mejor dotados en la sociedad capitalista, de ahí su convencimiento de pertenecer a la casta de los triunfadores.
LOS CUENTOS
Dada la gran dispersión de los cuentos de Jack London en multitud de revistas y libros, es muy loable el esfuerzo de Reino de Cordelia por publicarlos, traducidos por Susana Carral, respetando el orden cronológico (incluido el de 36 inéditos) de la edición original que tres investigadores de la Universidad de Stanford llevaron a cabo en 1993. Esta sucesión permite apreciar la evolución de la escritura de Jack London, la progresiva perfección de su estilo, la reiteración de sus temas y hasta la repetición de algunas historias: la de “Baño nocturno en la bahía de Edo”, de 1895, es la misma que “En la bahía de Edo”, de 1902. La edición se acompaña de fotografías, ilustraciones originales y dibujos capitulares de María Espejo en el comienzo de cada narración.
En esta primera entrega de los cuentos de Jack London están ya algunos de los temas obsesivos de su literatura: la fiebre del oro, la fatalidad, el ansia de riquezas, la violencia, la aventura en entornos hostiles, la supervivencia en condiciones extremas, el enfrentamiento a la injusticia social ejercida sobre los indígenas y las clases más desfavorecidas…
En estos cuentos el territorio preferido de London es el del desierto del Ártico, en el que ambiciosos buscadores de oro sacrifican su salud y hasta su vida en la búsqueda del polvo amarillo. La zona que cubre el paso de los ríos McKenzie, el Klondike y su afluente el Yukon, los campamentos del Fort Mile y Circle City, donde los hombres viven en cabañas de madera, se desplazan en trineos arrastrados por traíllas de perros y se enfrentan con fusiles a indios, inuits y esquimales armados con flechas y lanzas, es el universo en el que London sitúa a unos personajes que representan desde los más altos ideales a las pasiones más bajas. Hay también algunos relatos que recorren los territorios del amor (“Ensoñación”, “Un rincón común”, “Hasta la muerte”), el enredo (“El escarnio de Loren Ellery”), el enigma (“Los esbirros de Midas”, traducido por Borges) y hasta el feminismo (“La curiosa experiencia de un misógino”, “El Hijo del Lobo”, “El desprecio de las mujeres”).

INÉDITOS DE GONZALO TORRENTE BALLESTER

 

 

Se publican las conferencias que Torrente Ballester pronunció en Vigo en 1973
Entre el 20 y el 24 de agosto de 1973 Gonzalo Torrente Ballester pronunció en Vigo, en unas jornadas universitarias promovidas por la Caja de Ahorros de esta ciudad, cuatro conferencias sobre el género de la novela que permanecieron inéditas hasta ahora, a pesar de que la intención del escritor era publicarlas en un libro o a través de artículos en la prensa, como lo acreditan las correcciones que él mismo hizo sobre los originales mecanografiados. Esas conferencias, acompañadas de otros textos inéditos, son las que ahora se recogen en “Teoría de la novela”, un libro con el que comienza su andadura la nueva editorial Deliberar, una iniciativa ciertamente original de la que hablaremos más adelante.
En “Cuadernos de un vate vago” (Plaza & Janés, 1982) Torrente Ballester ya nos había adelantado algunos de los procedimientos que utilizaba para elaborar las tramas y los desenlaces de algunas de sus novelas. Lo hacía de una manera muy simple, improvisada, como corresponde a unos textos fruto de la transcripción de grabaciones magnetofónicas que él mismo se hacía. Ahora profundiza en estos procedimientos pero además añade algunas consideraciones teóricas acerca del género de la novela y de su papel en la cultura contemporánea.
CÓMO SE HACE UNA NOVELA
Así pues, en “Teoría de la novela” se manifiesta, antes que el novelista, el Torrente Ballester académico y docente, ya que se trata de textos pensados para un auditorio de estudiantes de literatura y de lectores de novelas.
El punto de partida del profesor es el de la asunción de ese pacto no escrito entre el escritor y el lector por el que ambos aceptan, como si fueran verdaderas, las historias falsas que uno crea y el otro consume. Después de teorizar sobre Historia y novela (Torrente Ballester fue profesor de Historia y de Literatura), afirma que entre una obra histórica y una obra de ficción la única diferencia que podemos establecer es que una es real y la otra es ficticia. El interés de la novela, es decir, de una historia que el lector sabe que no es cierta, estriba según Torrente en el interés por el destino de los personajes, de unos seres que el lector sabe que son ficticios, que no existen, pero cuyo itinerario quiere conocer hasta el final. Introduce el concepto de “principio de convivencia”, para explicar esa relación que el lector establece con los personajes de una novela, para cuya creación Torrente concede una gran importancia a la intuición del artista, entendida como la capacidad de empatía que tiene con los personajes que inventa.
Torrente Ballester destaca en el proceso creativo de la novela dos elementos importantes para el escritor: la imaginación y la experiencia, y afirma que la imaginación, por muy fantasiosa que sea, siempre mantiene una cierta relación con la realidad, por eso aceptamos la literatura fantástica, porque se nos presenta de manera que pensamos (según el pacto establecido entre escritor y lector) que es real. En la creación de una historia ficticia el escritor mantiene con la realidad una relación que se manifiesta a través del inconsciente, que Torrente Ballester identifica con la “experiencia almacenada”, con la realidad por lo tanto. Pero no es la realidad la que sirve de materia inmediata al escritor, sino “la experiencia de realidad, inconscientemente transformada y convertida en materia imaginaria”.
Son muy interesantes las reflexiones de Torrente Ballester sobre la interpretación de una novela por parte de los lectores, dependiendo de la cultura de cada lector y del tiempo en que ese lector viva. Incluso caben distintas interpretaciones de un mismo texto por un mismo lector (“Cada vez que un señor lee el Quijote, el resultado es distinto”, dice). Torrente asume aquella afirmación de Unamuno de que a veces la interpretación del lector no coincide con la del escritor porque el libro, una vez publicado, ya no pertenece al escritor, ya es del lector.
Además de las cuatro conferencias, el libro incluye dos textos muy relacionados con el tema del ciclo, “Realismo y realidad en la literatura contemporánea” y “El proceso creador de una obra de ficción”. En ellos insiste Torrente Ballester en que la materia de que se compone la novela no es la verdad sino la realidad: “Hay la realidad de la fórmula matemática, la realidad de la idea abstracta, la realidad del ensueño, la del proyecto e, incluso, la realidad de la mentira”. La realidad, la experiencia personal, la sensibilidad artística, son los elementos fundamentales que Torrente Ballester destaca en un escritor de novelas.
TEXTOS PARA DELIBERAR
Además de una introducción a cargo de la profesora Carmen Becerra, directora de la Fundación Torrente Ballester, en la que profundiza en la obra del novelista como “experiencia de la realidad convertida en materia imaginaria”, el libro incluye otros textos de autores que comentan los contenidos de las conferencias de Torrente Ballester y no siempre (esta es la novedad de estos textos) de manera panegírica, como suele presentarse en ediciones similares. A los elogios del artículo de la escritora Carmen Martín-Gaite (una de las asistentes a aquel ciclo de conferencias de 1973) suceden las críticas fundamentadas a algunos de los argumentos de esta teoría de la novela según Torrente Ballester a cargo de la escritora Cristina Sánchez-Andrade, que cuestiona la idea de “talento” expresada por Torrente Ballester y, a diferencia del autor de “Los gozos y las sombras”, destaca la importancia del oficio en el escritor. Incluso cita textos de Natalia Ginzburg, Edith Wharton y Flannery O’Connor que considera de más valor para la teoría de la novela. Por su parte, el profesor Stephen Miller, uno de los expertos extranjeros en la obra del escritor español, se pregunta si algunas de sus últimas obras (“La princesa durmiente a la escuela”, “Quizá nos lleve el viento al infinito” o “Yo no soy yo, evidentemente”), están a la atura de “Don Juan” o de “La saga/fuga de JB”, algo que sólo el tiempo podrá dilucidar.

LOS NOVENTA AÑOS DE SÁNCHEZ FERLOSIO

 

 

La llamada generación del medio siglo tuvo en sus filas a escritores que dieron obras importantes a la literatura española contemporánea. Poetas y prosistas nacidos desde la década de los años veinte hasta la guerra civil, su nombre se debe a que todos ellos comenzaron a publicar en torno a 1950, durante la dictadura del general Franco.

De origen burgués y formación universitaria, estos escritores crearon una obra que se asocia con la protesta social y la lucha antifranquista. Ignacio Aldecoa, Luis Martín-Santos, Juan García Hortelano, Caballero Bonald, Alfonso Grosso, Ángel González, Juan Marsé… forman parte de esa generación entre cuyos supervivientes destaca la figura de Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927), un intelectual (él prefiere calificarse como plumífero) que navegó en los ámbitos de la novela, el ensayo y el periodismo a una altura poco común en un país y en unos años en los que el paisaje literario era un páramo sobre el que destacaban unos pocos creadores a modo de oasis excepcionales. un páramo sobre el que destacaban unos pocos creadores a modo de oasis excepcionales. Sánchez Ferlosio cumple 90 años el 4 de diciembre.

ESCRITOR, INTELECTUAL, POLEMISTA

Hijo de Rafael Sánchez Mazas, fundador de Falange que destacara en la guerra civil al lado de las tropas nacionales de Franco y después como ministro de su primer gobierno (también escritor: “La vida nueva de Pedrito de Andía”), Sánchez Ferlosio saltó al ruedo literario con la fundación de la neorrealista “Revista española”, en la que colaboraban Aldecoa, Alfonso Sastre y Jesús Fernández-Santos. Su primera novela fue “Industrias y andanzas de Alfanhuí” (1951), un experimento poético y fantástico con el que se distanció del realismo social de aquellos años y que aún hoy se lee con placer. El éxito literario le llegó de la mano de “El Jarama”, premio Nadal de 1956, una novela que rompió los esquemas de la narrativa española del siglo XX y situó a su autor entre los innovadores de la literatura española. Junto a la renovación del lenguaje la novela es una mirada crítica a la sociedad española del franquismo. Sorprendentemente, frente a la acogida de la crítica y de los lectores, Sánchez Ferlosio llegó a aborrecer esta obra y a negar los valores literarios y sociales que se le atribuyen (“El Jarama es una invención de Castellet, que lo puso por las nubes”, dijo recientemente en una entrevista). De hecho no volvió a publicar novelas hasta 30 años después, cuando se editó “El testimonio de Yarfoz” (1986), una parábola moral sobre los valores humanos, que forma parte de “Historia de las guerras barciales”, un ambicioso proyecto inédito del que por ahora, además del Yarfoz, sólo se conoce el título. Ese mismo año publicó también dos cuentos en colecciones juveniles: “El huésped de las nieves” y “El escudo de Jotán”. Durante todo ese tiempo, tomando como base científica la “Teoría del lenguaje” de Karl Bühler, Ferlosio se recluyó en los estudios lingüísticos y semánticos, un campo que ya había experimentado en ensayos y artículos, llenos de hipotaxis y quiasmos, y en los giros y modismos del habla popular de sus novelas, que parecen volcados de una grabación magnetofónica. Entre los ensayos y recopilaciones de aquella larga etapa figuran los dos volúmenes de “Las semanas del jardín” (1974) (una meditación sobre los límites de la representación de la realidad en la literatura, según José Carlos Mainer), “Mientras los dioses no cambien nada ha cambiado”, “Campo de Marte I. El ejército nacional” y “La homilía del ratón”, todos de 1986. Después, en una inusitada actividad para su edad, publica “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos” (1993), “Esas Yndias equivocadas y malditas” (1994), “La hija de la guerra y la madre de la patria” (2002), “Non olet” (2003), “Sobre la guerra” (2007), “Gold & Gun. Apuntes de polemología” (2008)… ensayos todos ellos al margen de la corrección política y la temática de actualidad en los que Sánchez Ferlosio muestra un conocimiento ilimitado sobre los temas más versátiles y hasta antitéticos: de la Filosofía de la Historia de Polibio de Magalópolis al feminismo “astrológico” de Kylie Minogue. Según Fernando Savater, la forma de pensar de Sánchez Ferlosio es un “pensar a la contra”, una permanente vocación negativa, más que negadora.

En la última etapa Sánchez Ferlosio viene cultivando una imagen pública de perfil excéntrico y aspecto desaliñado, volcado totalmente en la creación de una obra de un alto contenido intelectual, que incita a la reflexión y a planteamientos originales en torno a múltiples temas: la vida, la historia, la guerra, la religión, el destino, las pasiones, la justicia, la belleza, el arte, el lenguaje…

Después de recibir el Premio Cervantes en 2004 Sánchez Ferlosio publicó ese mismo año sus aforismos (a los que llama pecios) en “Campo de retamas” e inició la reedición de toda su obra ensayística (con algunos inéditos) que ha publicado en cuatro volúmenes, el primero de los cuales, “Altos estudios eclesiásticos” (un título muy expresivo que tiene su origen en el retiro de aquellos clérigos que, afectados por algún escándalo, son apartados del mundo con la excusa de que es para dedicarse a “altos estudios eclesiásticos”), de subtítulo “Gramática. Narración. Diversiones” (2015) se abre con un poema de Marta Sánchez Martín (la hija de su primer matrimonio con Carmen Martín Gaite, fallecida en 1985 a los 28 años). En el segundo, “Gastos, disgustos y tiempo perdido” (2016) se incluyen sus artículos periodísticos, que también recoge en el tercero, “Babel contra Babel” (2017). En el último, “QWERTYUIOP” (título extraído del orden de la primera línea del teclado mecanográfico) reúne escritos sobre temas tan versátiles como la enseñanza, el trabajo, la televisión o la publicidad. Aunque los cuatro volúmenes puedan parecer el testamento de una obra magnífica, sus lectores aún esperamos que a los 90 años continúe regalándonos nuevos escritos, siempre enriquecedores. Felicidades, maestro.

 

 

LA GRAN NOVELA AMERICANA: PAUL AUSTER

 

Paul Auster publica su mejor novela, una larga y ambiciosa narración sobre la juventud que cambió el rumbo de Norteamérica en los años sesenta.

Cada cierto tiempo, aproximadamente cada lustro, el mundo literario anuncia el nacimiento de una nueva gran novela americana, un nuevo “Último mohicano” (James Fenimore Cooper), una nueva “Letra escarlata” (Nathaniel Hawthorne), un remozado “Moby Dick” (Herman Melville), en fin, otro “Gran Gatsby” (Scott Fitzgerald). Un término, el de “nueva novela americana”, inventado por cierto ya en 1868 por John William de Forest y al que Philip Roth rindió homenaje en 1973 con una titulada precisamente así, “La gran novela americana”. Se dice que las características que tienen las que son consideradas como tales son un afán de totalidad, una extensión considerable y la intención de reflejar la complejidad social de una encrucijada histórica concreta. Una de las últimas fue “Libertad” de Jonathan Franzen, en 2010. Siguiendo este juego, la nueva gran novela americana sería sin duda “4321” (Seix Barral), la última de Paul Auster.
CUATRO PROTAGONISTAS DISTINTOS Y UN SOLO NOMBRE VERDADERO
Desde las primeras páginas de esta novela el niño Archie Ferguson tiene claro que la vida se compone de lo que es real y de lo que no lo es. En esto último se incluye aquello que sólo es fruto de la imaginación y de los sueños, lo que no forma parte de la vida de verdad. También es en esa irrealidad donde hay que poner lo que pudo haber sido y no fue. Todo eso no es la vida real y Archie sabe ya que sólo lo que pasa de verdad es lo que cuenta.
En el proceso de creación de una novela todo escritor idea varios finales para su historia, diversas formas de manejar las situaciones que desarrollan las relaciones entre sus personajes, las distintas maneras de llegar a un desenlace. Luego elige las que cree convenientes para que resulten más verosímiles o más adecuadas a sus propósitos narrativos y desecha las demás. Una de las interpretaciones posibles de “4321” es que el autor ha decidido no prescindir de ninguna y adjudicarlas a personajes diferentes que podrían ser el mismo; de hecho, los cuatro protagonistas de la novela tienen el mismo nombre. De esta forma, la realidad y la irrealidad forman parte de la misma historia: lo que no le ocurre a un personaje pero podría haberle ocurrido, le ocurre a otro que lleva su mismo nombre.
EL JARDÍN DE LOS CAMINOS QUE SE BIFURCAN
Como su título sugiere, en “4321” (Seix Barral) Paul Auster va contando las historias de cuatro personajes que más tarde serán sólo tres que terminarán siendo dos y finalmente uno. Lo que causa perplejidad al lector desde los primeros capítulos es que todos ellos tienen el mismo nombre, Archie Ferguson, y los mismos orígenes familiares, la misma novia (Amy Schneiderman) y similares amigos, aunque sus propias vidas y las de sus allegados sean algo diferentes. Una estructura literaria que al principio puede parecer algo complicada pero que se va aclarando a medida que se avanza en la lectura. El nexo que une a todos los protagonistas es una anécdota que se cuenta al principio de la novela, para luego ser olvidada, pero que adquiere todo su significado en las últimas páginas, por lo que es aconsejable llegar hasta el final, por intrincada que a veces nos resulte una lectura tan extensa (son casi mil páginas) donde prácticamente no sobra nada. Bueno, tal vez están de más los demasiado prolijos detalles de las revueltas universitarias de Columbia de 1968, los detallados desarrollos de los partidos de baseball, sobre todo para quienes no somos aficionados a ese deporte, o la larga lista de actores y actrices que compartieron reparto en las películas de Charles Aubrey Smith. Tal vez alguna de las narraciones de los Archie escritores, incrustadas como historias dentro de la historia.
En las páginas de “4321” Paul Auster recorre con sus personajes la década de los años 50 y sobre todo la de los 60, cuando los protagonistas estrenan juventud, un periodo no muy extenso pero que cambió la historia de los Estados Unidos. Por edad y condición (nació en Newark en 1947, como sus protagonistas), es un periodo que Auster vivió en los mismos escenarios en los que se desarrollan los acontecimientos de su novela, por lo que no es descartable un cierto contenido autobiográfico (algunos de sus personajes son también escritores que llegan a publicar novelas, aficionados al cine y a determinados deportes, como él) o un conocimiento muy cercano a algunos hechos que se cuentan (las muertes de su padre y de su abuelo), y su generación es la misma que protagonizó los acontecimientos que cambiaron América en esa década de los 60. La guerra de Vietnam como telón de fondo de las protestas estudiantiles y sociales de aquellos años, pero también otros grandes acontecimientos (los asesinatos de John y Robert Kennedy y de Martin Luther King, los disturbios racistas, la construcción del muro de Berlín, la Guerra de los Seis Días, la Primavera de Praga, la carrera espacial) y también los pequeños (la muerte del poeta Frank O’Hara y el suicidio de Hemingway, los crímenes de Charles Manson, el asesinato de un joven durante un concierto de los Rolling Stones en Altamont)… todos ellos, junto a las relaciones sexuales de los protagonistas en todas sus variantes (el sexo es una presencia permanente a lo largo de la novela), van conformando una nueva ideología y otra toma de conciencia en los jóvenes norteamericanos crecidos a la sombra del estado de bienestar y de la sociedad de consumo. Y por eso todo parece indicar que los nuevos protagonistas de ese futuro que comienza en la década de los setenta, con el final de la guerra y con las nuevas ideas surgidas de la protesta y el inconformismo, ya no repetirán los errores de los últimos veinte años. ¿O sí?

LEER PARA VIVIR MEJOR (Y MÁS)

Se cuenta que cuando fue condenado a la guillotina durante la Revolución Francesa, el químico Lavoisier de Désérable esperaba su turno en el patíbulo leyendo un libro que había llevado consigo y que no dejó de leer hasta que lo llamó el verdugo. Entonces se sacó del bolsillo un marcapáginas y lo puso cuidadosamente donde había dejado la lectura, como si fuera a continuarla más allá de la muerte.

En un reciente número de la revista científica Social Science & Medicine un equipo de investigadores de la Universidad de Yale dirigido por la profesora de Epidemiología Becca R. Levy ha divulgado un trabajo en el que se demuestra que leer alarga la vida, y que cuanto más se lee, más se prolonga ésta. Según esta investigación, quienes leen unas tres horas y media a la semana viven un 17% más que quienes no leen nunca. Y los que dedican a la lectura más tiempo pueden alargar  sus vidas hasta un 23%. El trabajo científico se llevó a cabo durante 12 años sobre 3.635 personas, teniendo en cuenta, para las conclusiones finales, factores correctores como el sexo, la raza y la salud, y variables como la educación y las habilidades cognitivas de las personas investigadas. No hay noticia de que se trate de una investigación promovida por las editoriales y las librerías. Estas últimas, además, podrían tener a partir de ahora una nueva competencia (otra) en las farmacias.

 

El eslogan “Quien lee vive más” se utilizaba hasta ahora para recordar aquella vieja máxima de que el lector vive, además de su vida, aquellas de los protagonistas de las historias que se cuentan en las novelas y en los relatos que pasan por sus manos, una reflexión que ya había hecho George R.R. Martin, el autor de las novelas en las que se inspira “Juego de tronos”, cuando afirmaba que mientras un lector vive mil vidas antes de morir, el que nunca lee sólo vive una. Jorge Luis Borges, a quien le gustaba decir que estaba más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito, se refería a eso mismo cuando compuso aquellos famosos versos dedicados a Matilde Urbach, personaje de una novela de William Joyce Cowen: “Yo, que tantos hombres he sido…”.

La novedad del eslogan “Quien lee vive más” es que a partir de ahora se puede afirmar también que la lectura alarga no sólo la vida de la imaginación de los lectores sino también su vida biológica; que quienes leen, en efecto, viven más, con lo que queda automáticamente transformada en realidad científica aquella instancia de Gustave Flaubert: “Lee para vivir”. El francés Charles Dantzig afirma en su libro “Por qué leer” que cuando se dice  que al leer matamos el tiempo es porque durante la lectura el tiempo no existe: leer es una sensación de eternidad.

No sé hasta qué punto serán ciertos los resultados de la investigación que citábamos más arriba, pero yo siempre he pensado que la lectura, efectivamente, inyecta vida. Personalmente, cuando leo tengo la sensación de sentirme más vivo. Para mí, leer no es un sucedáneo de la vida sino que es vida. Y que la acción de leer es, además, una liberación, un espacio de libertad. En su obra “Para qué sirve la literatura” Antoine Compagnon afirma que los seres humanos leemos porque, aunque leer no sea indispensable para vivir, la vida es más agradable, más clara, más rica, para aquellos que leen que para quienes no lo hacen. En resumen, que leer hace a los hombres más libres y más felices. Es una realidad que las personas libres y felices viven mejor y que, por lo tanto, es posible que vivan más. Y los lectores siempre buscamos en los libros felicidad y libertad, que casi siempre encontramos. Por eso no sería nada raro que leer alargue la vida.

Se atribuye a Marcelino Menéndez y Pelayo la condición de lector empedernido. Ciertamente, tengo para mí que sólo para escribir su “Historia de los heterodoxos españoles” tuvo que haber leído muchos de los libros que se escribieron desde la antigüedad hasta el siglo XX. En una ocasión, un periodista, con esa osadía con la que se inquiere a los intelectuales sobre lo divino y lo humano, le preguntó: “Don Marcelino, ¿qué es la muerte?”. A lo que Menéndez y Pelayo, sin dudarlo un instante, respondió: “La muerte… es el momento en que dejamos de leer”. Pues eso. Si usted ha llegado hasta aquí en la lectura de este artículo, tal vez haya podido arañarle unos cuantos minutos a la muerte. Que los disfrute. Leyendo, por favor.