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CIUDADES DE ÓPERA

 

Una exposición muestra objetos relacionados con el panorama operístico de cuatro siglos a través de ocho ciudades y otros tantos compositores europeos

La exposición recorre la historia de la ópera en ocho de las grandes ciudades en las que el género experimentó un desarrollo de gran esplendor en los últimos 400 años. Y para cada una de esas ciudades se ha elegido un autor y una obra representativa. Lo novedoso de esta exposición es que, además de poder contemplar los objetos y las obras de arte relacionadas con cada una de las ciudades, los títulos y los autores, en las salas se pueden escuchar las óperas a las que están dedicados los montajes a través de unos auriculares que el visitante se coloca desde el inicio del recorrido. De este modo, las partituras, los instrumentos, las prendas del vestuario, las fotografías, los libretos, los dibujos y los cuadros se acompañan por la banda sonora de las obras a las que se dedica la exposición (uno de los objetos más sobresalientes es un piano que Mozart tocó durante una visita a Praga). Este hilo conductor sirve también para recorrer la vida de los últimos cuatro siglos en esas ciudades europeas.
El objetivo de la muestra es descubrir al espectador los factores sociales, políticos, culturales y económicos que han influido en el desarrollo de la ópera. Para ello se utilizan las perspectivas emocional y pasional de las obras, así como la perspectiva social y los aspectos relacionados con los argumentos de cada una de las obras.
DE VENECIA AL MUNDO
Para atraer al público a las iglesias, la ópera llegó a Roma por voluntad del Papa Urbano VIII, para que compitiese con los teatros y otras representaciones escénicas, aunque en aquellas primeras óperas sólo intervenían actores hombres, entre ellos niños y castrati, y sus argumentos eran edificantes. Muy pronto se instaló en otras grandes urbes, entre ellas Venecia, una ciudad que se recuperaba de la peste que había diezmado su población en 1630. Culturalmente seguía manteniendo una envidiable actividad gracias a los artistas y librepensadores que se habían refugiado en sus calles. Sus carnavales se hicieron famosos por las variadas ofertas de entretenimiento que se ofrecían a sus visitantes y la ópera se manifestó entonces como una preferencia destacada. La obra elegida para esta exposición es “L’incoronazione di Poppea” de Monteverdi, estrenada durante el carnaval de la ciudad de 1642. Representa la transición de la ópera como entretenimiento privado de la corte al ámbito público. Su argumento se basa en un hecho real, las relaciones entre Nerón y Popea, en lugar de en un tema religioso o mitológico, como era tradicional.
Muy pronto, desde Italia, la ópera comenzó a extenderse por toda Europa. En Londres cobró un gran impulso gracias a Jorge I y la Royal Academic of Music y en 1711 se estrenó con éxito “Rinaldo” de Friedrich Händel, con decorados barrocos e incorporando a los escenarios elementos como agua, fuego y aves reales. Fue durante el reinado de Ana Estuardo, cuando la ciudad atravesaba un periodo prosperidad y estabilidad política tras una época de tensiones y guerras civiles. “Rinaldo” fue la primera ópera que se cantó íntegramente en italiano en la ciudad de Londres, con cantantes estrella y castrati, aunque la crítica advertía del peligro de la competencia que suponía el género para el teatro británico.
En Viena, otra de las grandes sedes de la ópera, los grandes compositores (Bach, Telemann, Vivaldi) eran artesanos a sueldo que componían y actuaban a requerimiento de los señores e iban de un trabajo a otro, de una corte a otra, de una iglesia a un teatro. El emperador José II promocionó la música y participó personalmente en la gestión y el funcionamiento de la ópera de Viena. En 1786 la ciudad se convirtió en el centro neurálgico de la cultura de la Ilustración, cuya representación operística fundamental fue la ópera de Mozart y del libretista Lorenzo Da Ponte “Le nozze de Figaro”, sobre una obra de Beaumarchais. Se representó con personajes de la vida cotidiana y con los cantantes luciendo trajes contemporáneos. Esta ópera de Mozart fue la primera en representar personajes de diferentes clases sociales, dando protagonismo a los sirvientes como reflejo del nuevo pensamiento ilustrado.
De vuelta a Italia, el Milán del Risorgimento que llevó a la unificación del país está representado por el “Nabucco” de Verdi, que se estrenó en la ciudad en 1842. Su “Coro de los esclavos hebreos” (Va, pensiero) fue durante años un himno no oficial para Italia. Milán era entonces la ciudad que acogía los ideales de rebeldía contra el dominio austriaco y los palcos de la Scala eran centros de reunión y de encuentros políticos subversivos. Inspirada en el relato bíblico de Nabucodonosor, Verdi utilizó su composición operística para introducir la política, la religión, la guerra y para reivindicar una identidad nacional.
París era una ciudad en transformación en la década de 1860, con la remodelación urbanística iniciada por el barón Haussmann a instancias de Napoleón III. Capital internacional de la cultura, la ópera se instaló aquí con una gran fuerza y tuvo un importante papel en el desarrollo de las artes y las letras. En 1861 se estrenó en París el “Tannhäuser” de Richard Wagner, revisada personalmente por el autor, que la adaptó para el estreno en esta ciudad. “Tannhäuser” fue concebida como una obra de arte total, que sintetiza la música, el teatro, la danza y el espectáculo. El estreno de esta ópera no estuvo exento de escándalo, sobre todo por transgredir las normas de protocolo de la ópera tradicional y pretender crear un nuevo lenguaje musical.
La Barcelona modernista fue posiblemente la ciudad española en la que la ópera tuvo una mejor acogida. Sus calles eran escenario de un bullicioso ambiente artístico en el que se mezclaban la pintura de Rusiñol y Casas con la música de Erik Satie. En 1896 se estrenó en la ciudad “Pepita Jiménez” de Isaac Albéniz, una ópera con repercusión internacional que poco después viajó a Praga y a otras ciudades europeas.
La ciudad alemana de Dresde es otro de los escenarios que recorre esta exposición. En esta ciudad, que atravesaba una era de prosperidad económica e industrial, se estrenó en 1905 la ópera “Salomé” de Richard Strauss, que provocó un sonoro escándalo al ser calificada de indecente por apostar por el feminismo y la emancipación de la mujer. Calificada como “ópera psicosexual”, las ideas provocativas de la antiheroína de “Salomé”, que habían sido rechazadas en Berlín y Viena, encontraron una gran acogida en el ambiente progresista que se vivía en Dresde.
En Leningrado, en la Rusia soviética, se estrenó en 1934 la ópera “Lady Macbeth del distrito de Mtsenk”, de Dmitri Shostakovich, que provocó también un sonado escándalo, en esta ocasión al ser descalificada por el propio Stalin. La protagonista de la ópera, un ama de casa burguesa, no encajaba en el ideal estalinista de la mujer soviética y la obra fue censurada. La prohibición en todo el territorio soviético causó graves problemas a su autor, que no volvió a componer ninguna otra ópera.
La exposición se despide con una sala en la que se muestran objetos e imágenes de estrenos de óperas de los siglos XX y XXI que se desplazaron de Europa a todo el mundo. Obras contemporáneas como “Peter Grimes” de Benjamn Britten, “Eisntein on the beach” de Philip Glass o “Mittwoch aus Licht” de Karlheinz Stockhausen sirven de hilo conductor a este epílogo.

TÍTULO. Opera. Pasión, poder y política
LUGAR. CaixaForum. Madrid
FECHAS. Hasta el 11 de agosto

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PSICODELIA. EL ÚLTIMO VIAJE

 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid muestra una exposición que rescata el arte del movimiento hippie
Fueron los años más vibrantes de la década de los sesenta, ya de por sí vertiginosa, cuando la música pop, desde que el rock and roll se erigiera como expresión simbólica de un nuevo cambio generacional, había ocupado la banda sonora de las vidas de millones de jóvenes de todo el mundo. Fueron ellos, los jóvenes y adolescentes de la última posguerra mundial, quienes tomaron la iniciativa en las modas, las costumbres, el arte, la cultura (y la contracultura), expresiones que giraban alrededor de nuevas manifestaciones artísticas cuya principal característica era la ruptura. Fue en esos años cuando apareció una nueva manifestación artística, la psicodelia, relacionada fundamentalmente con la música pero con derivaciones en las artes plásticas, el diseño gráfico y el cine, cuyas estéticas estaban influenciadas por los efectos del consumo de drogas alucinógenas.
La psicodelia relacionaba lo espiritual con una nueva forma de creación artística que supuestamente nacía en un estadio del inconsciente, al que se llegaba a través de sustancias como el LSD. Se sabe que los artistas consumían drogas pero no está muy claro que sus seguidores tuvieran las mismas experiencias. Bob Stanley, en su monumental ensayo “Yeah!. La historia del pop moderno” dice que los grupos cantaban canciones sobre un mundo que la mayoría de los oyentes no había experimentado nunca: “el público captaba la onda pero sin ‘expandir la mente’ ni ‘liberarse’ del todo”, escribe.
La psicodelia se inició en la música pop desde el principio de la década (el crítico Diego A. Manrique localizó en un single de The Gamblers, de 1960, un tema instrumental de título “LSD”), aunque el momento cumbre de este movimiento llegó en 1967, cuando The Beatles, el grupo más influyente de la música pop de aquella década, lanzó el álbum “Sgt. Peppers”, que adoptaba aquella estética psicodélica en su música, en las letras de sus canciones y en las imágenes que ilustraban el álbum, cuya autoría era de los artistas del Pop-art Peter Blake y Jann Haworth, refrendando en Europa un camino iniciado en la costa oeste de los Estados Unidos por el movimiento hippie, heredero directo del espíritu bohemio de los beats de Jack Kerouac, y por grupos como la Steve Miller Band, Love, Grateful Dead, Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, cuya estela siguieron después otros como Traffic, Pink Floyd y Jimi Hendrix. El 67 fue también el año del verano del amor, cuando el movimiento hippie alcanzó su climax.
UN ARTE PSICODÉLICO
De todo aquel movimiento ha quedado la música pero también toda una estética que artistas como Michael Ferguson (teclista del grupo Charlatans, a quien se atribuye la autoría del primer poster de rock psicodélico), Víctor Moscoso, Wes Wilson, Anton Kelley, Stanley Mouse, Rick Griffin, Gary Grimshaw…. dejaron para la posteridad en fotografías, posters, revistas, portadas de vinilos y anuncios publicitarios de acontecimientos como el Human-Be-In y de conciertos y festivales como los de Monterrey y Altamont o los multitudinarios de Woodstock y la isla de Wight.
El arte sicodélico de aquellos años puede verse ahora en una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en la que, además, hay una fuerte representación de lo que se hacía entonces en países como Alemania y Checoslovaquia. Se pueden ver aquí más de 850 piezas, entre ellas unas 300 portadas de discos de Bob Dylan, los Beatles, Crosby, Stills, Nash and Young, Pink Floyd, los Stones, Mothers of Invention… ejemplares de revistas internacionales (“Oracle”, “Berkeley Barb”, “Oz”, “Sounds”, “New Musical Express”, “Melody Maker”), folletos, objetos de época y libros sobre música, literatura psicodélica, cultura hippie y drogas. La mayor parte de las piezas aquí expuestas pertenecen a la colección privada del historiador checo-germano Zdenek Primus, que ha venido reuniéndolas con pasión desde los años de la Primavera de Praga, cuando la brecha abierta con la apertura de la experiencia de Dubceck permitió una excepcional proliferación de esta manifestación artística alternativa en su país. Una exposición muy completa en la que únicamente se echa de menos una mayor presencia española (apenas la de los Bravos), aunque para conocer la implicación de los grupos musicales y de los artistas españoles en el mundo de la sicodelia, se nos hace obligado recomendar una muestra paralela a ésta, a poca distancia del Círculo de Bellas Artes (en el centro Cultural Fernán Gómez). Se titula “El pintor de canciones. Artes visuales, escritura y música popular en el Estado español (1950-1978). Un excelente complemento a esta otra sobre el arte sicodélico.

TITULO. Psicodelia en la cultura visual de la era beat (1962-1972)
LUGAR. Círculo de Bellas Artes. Madrid
FECHAS. Hasta el 20 de enero de 2019

EN LA MUERTE DE XULIO FORMOSO

A los 69 años se ha muerto en Madrid de un infarto el artista y cantautor hispano-venezolano Xulio Formoso. Había llegado a España hacía una semana con la esperanza de que aquí se pudiera operar de un tumor de garganta que le habían diagnosticado en Caracas hace unos meses. Ante la precaria situación de la sanidad venezolana decidió viajar a Madrid, donde vive una de sus hijas, para seguir un tratamiento que ya había iniciado en el hospital Ramón y Cajal. Ya había estado en España en 2016, a donde había llegado con la intención de quedarse a vivir en su país, pues mantenía la nacionalidad española, pero el gobierno venezolano nunca llegó a pasarle la pensión que le correspondía y que era lo único con que contaba para vivir (una situación que al parecer padecen varios miles de emigrantes retornados), por lo que tuvo que regresar a Venezuela.
UN ARTISTA POLIFACÉTICO
Xulio Formoso nació en Vigo y estudió el bachillerato en esta ciudad y en Bueu (Pontevedra), donde vivió varios años en la Casa de los Picos. Terminó sus estudios en el Liceo Gustavo Herrera de Caracas, donde vivió desde que en 1965 viajó a Venezuela para reencontrarse con su padre, el periodista Julio Formoso, exiliado en aquel país. En Venezuela inició una carrera de cantautor y fue miembro fundador del grupo de teatro Rajatabla. En 1970 publicó el álbum “Galicia canta”, producido con la intervención directa del poeta Celso Emilio Ferreiro, que participó en el tema “Pandeirada do Che” tocando el pandeiro. Pilocha y Luar na lubre hicieron versiones de algunas de las canciones de este disco.
En 1971 publicó el álbum “Xulio Formoso” y compuso la música de la obra de teatro “Tu país está feliz”, escrita por el poeta brasileño Antonio Miranda. Formoso grabó también un disco con las canciones de la obra. En 1972 compuso la música de “Venezuela tuya”, de Luis Britto, y en 1973 grabó el LP “Chipi Manahuac”, de claras influencias incaicas, fruto de sus viajes por Perú, Bolivia, Ecuador y Chile. Ese mismo año compuso la música de la obra “Jesucristo astronauta” de Antonio Miranda. En 1974 Formoso experimentó con la música infantil, actuando y cantando en “El elefante volador” de María Elena Walsh. En 1974 grabó su sexto LP, “La canción que va conmigo”, título de un poema de Celso Emilio Ferreiro. Posteriormente viajó a Puerto Rico y República Dominicana, de donde fue expulsado a causa de un recital en la cárcel de presos políticos. Ese mismo año intervino activamente en la campaña del Movimiento al Socialismo (Venezuela), participando en numerosos actos. Dos años antes había celebrado recitales en el Chile de la Unidad Popular, actuando con los hermanos Parra, y en 1973 pudo escapar por poco del golpe a Salvador Allende.
En 1975 publicó el LP Guillén el del son entero, dedicado a la obra do poeta cubano Nicolás Guillén, disco en el que experimentó con ritmos afrocaribeños. Ese año compuso la música y actuó en “El séptimo ángel”, de Ernesto Cardenal y realizó un programa especial en la televisión de Venezuela basado en el poemario Longa noite de pedra de Celso Emilio Ferreiro. Su disco “Levántate, Rosalía”, de 1976, estaba dedicado a la obra poética del venezolano Aquiles Nazoa. En 1977 grabó “Soles y centauros”, sobre la conquista de México y compuso la música para “El círculo de tiza caucasinao”, de Bertolt Brecht, obra en la que actuó como narrador y cantor. A la resistencia antifascista chilena en el exilio Formoso dedicó ese mismo año el LP “Fuego y poesía” En colaboración con el poeta gallego Farruco Sesto grabó en 1978 “Amantes de ningún lugar”, y en 2009 “De par en par”. En 2004 compuso la pieza sinfónica “Cantata a Bolívar” basada en el poema homónimo de Pablo Neruda. A principios de 2006 compuso las canciones del álbum “Cançoes perversas”, con letras de Antonio Miranda, grabado y editado en Brasil e interpretado por George Durand.
En junio de ese año fue nombrado por el gobierno de Venezuela Presidente de la Fundación Centro Nacional del Disco (CENDIS). Una de las primeras grabaciones de esta institución fue “Anda suelto el animal”, en 2008, una caja de tres CD’s con 39 canciones, un DVD y un libro, producto de la colaboración entre Formoso y Farruco Sesto, en el que contó con la participación de importantes cantantes y músicos venezolanos.
Artista plástico e escritor
Otra de las facetas de Xulio Formoso fue su actividad como artista plástico de vanguardia. Su última exposición fue “Objetos dispersos”, de 2008, en la Galería Red de Arte de Caracas. Desde 2007, escribía como columnista y articulista y dibujaba para diversas publicaciones culturales venezolanas.
Desde 2013 colaboraba con sus ilustraciones en Faro de Vigo y “Periodistas en español”. Son suyas también muchas de las ilustraciones de este blog, incluido este autorretrato que preside este artículo. Descanse en paz.

LA INFLUENCIA DE ESPAÑA EN LOS GRANDES MÚSICOS

Andrés Ruiz Tarazona rastrea las relaciones de los grandes músicos con España, desde la abuela de Beethoven a las obras de Mozart, Mahler, Debussy o Chopin

 

En España existe una rica tradición en la música clásica que muy pocas veces ha merecido atención suficiente de la sociedad a pesar de que una serie de nombres propios han conseguido hacer llegar sus obras al conocimiento de una mayoría nada desdeñable, tanto en nuestro país como fuera de sus fronteras. Son los Falla, Turina, Albéniz, Granados, Sarasate… todos ellos con importantes relaciones con otros músicos de proyección internacional que a su vez han enriquecido nuestro panorama musical. A lo largo de la historia muchos grandes músicos han sentido interés o atracción por España, le han dedicado obras importantes o han mantenido relación con músicos y artistas españoles. El crítico y musicólogo Andrés Ruiz Tarazona ha estudiado los lazos de algunos de estos músicos con nuestro país en su libro “España en los grandes músicos” (Siruela) donde documenta una exhaustiva información sobre los grandes nombres de la música clásica y las relaciones que los unieron a España, a la vez que muestra descubrimientos interesantes, insólitos o simplemente curiosos.
DE LA ABUELA DE BEETHOVEN A LAS ÓPERAS SOBRE NUESTRA LITERATURA
Tal vez el más sorprendente de estos descubrimientos es el que nos revela la ascendencia española de Beethoven. Ruiz Tarazona afirma que, en efecto, Ludwig Lodewick, abuelo de Ludwig van Beethoven, se casó con la española María Josefa Poll (o Pols), probablemente emigrada a Alemania a consecuencia de la derrota del archiduque Carlos en la guerra de Sucesión que llevó al trono a Felipe V. María Josefa tuvo tres hijos de Ludwig van Beethoven (mismo nombre y apellido que su nieto), uno de los cuales, Johann, fue el padre del gran compositor alemán. Es curioso, desde esta información, el interés que Beethoven tuvo siempre por la figura de Egmont, el héroe de la lucha contra la dominación española en los Países Bajos, para quien escribió la música inspirada en la tragedia de Goethe. El gran músico celebró la derrota de Napoleón en España. En su obra Beethoven también se mostró interesado por algunos aspectos relacionados con nuestro país. Así, su única ópera, “Fidelio o el amor conyugal”, se desarrolla en la ciudad de Sevilla. Se conoce también la amistad de Beethoven con la pianista española Mariana Martínez y el hecho de que pusiera la educación de su sobrino Karl en manos del preceptor español Cayetano Anastasio del Río, con cuyas hijas Fanny y Nanni trabó una fuerte mistad (Fanny, enamorada de Beethoven, escribió un diario con sus recuerdos sobre esta relación con el músico y compositor).
Aunque nunca viajó a España, es curiosa la simpatía y la fascinación que Mozart sentía por nuestro país, manifestada en algunas de sus obras, como en “El rapto en el serrallo”, cuyo protagonista, Belmonte, es un noble español. Mozart también sitúa la acción de “Las bodas de Fígaro” en el cortijo de Aguas Frescas, cerca de Sevilla, y se inspiró para “Don Giovanni” en la obra “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina, en cuya cena rinde un cálido homenaje al compositor valenciano Vicente Martín y Soler (1754-1806), con quien le unió una estrecha amistad, como la que mantuvo con la compositora de origen español Mariana Martínez.
Fue muy frecuente el interés de grandes músicos por la figura de Don Quijote y en general por la obra de Cervantes. Berlioz, que fue amigo de Melchor Gomis y amante de la cantante española María Recio, con la que se casó, mantuvo siempre un culto a lo heroico y a la belleza a través de la figura de Don Quijote. Por su parte Mendelssohn basó su ópera “Las bodas de Camacho” en un episodio de la gran novela de Cervantes, y una de las obras de Ravel lleva el título de “Don Quichotte a Dulcinée”. Mahler, gran lector de Cervantes, terminó “Los tres Pintos” de Weber basándose en episodios de “La Gitanilla” y Richard Strauss compuso el poema sinfónico “Don Quijote” en 1898 (dedicaría otro a la figura del “Don Juan”) y se inspiró en autores de teatro del Siglo de Oro español como Calderón de la Barca para dos lieder basados en “El alcalde de Zalamea” y para su obra “El sitio de Breda”, de cuyo libreto es autor el escritor Stefan Zweig. Puccini también dedicó dos proyectos basados en obras literarias de la literatura española, “La vida del Buscón” de Quevedo y “Anima allegra” de los Hermanos Quintero, ambos fallidos.
Una de las relaciones más estrechas de un compositor con la música española fue la de Debussy quien, a pesar de haber viajado a España en una única ocasión (para ver una corrida de toros en San Sebastián), muchas de sus composiciones son netamente españolas, una influencia seguramente de su padrino el banquero Achille Arosa, de ascendencia gallega. Ya su primera composición se tituló “Madrid” (1879), a la que siguieron “Seguidilla”, “Fantoches” y “Mandolina”. Entre sus grandes composiciones destacan “Rodrigo y Jimena” sobre el romance de El Cid, “Danza profana”, “Máscaras”, “Images”, “Lindaraja” (inspirada en Granada) y “La soirée dans Grenade”, que entusiasmó a Falla, quien compuso una de las piezas que se interpretaron en el homenaje a Debussy tras su muerte. Y sobre todo “Iberia”, una obra que podría haber sido compuesta por un autor español.
Es muy conocida la estancia de Chopin en la isla de Mallorca durante su historia de amor con la escritora George Sand (Aurore Dupin). Para su novela “Consuelo”, Sand se inspiró en la cantante española Paulina Viardot-García, a quien Chopin acompañó al piano en numerosas ocasiones (Paulina cantó en el funeral del músico). Antes, en Viena, el gran compositor había conocido a la también cantante española Loreto García de Vestris, y en París, su amigo el profesor de canto Manuel García lo puso en contacto con los exiliados españoles que huían de las persecuciones de Fernando VII. Chopin tuvo también una amistad intensa con el pianista gallego Marcial del Adalid y con el compositor Juan María Guelbenzu, quien acompañó también a Liszt en algunos conciertos que éste dio en Madrid.
La cantante Paulina Viardot fue todo un personaje en los medios culturales europeos de la época. Amiga del escritor ruso Turguéniev, el compositor Camille Saint-Saéns compuso para ella la ópera “Sansón y Dalila”. No fue la única relación de Saint Saëns con España. Amigo de Chapí, Bretón y Sarasate, fue un frecuente visitante de Las Palmas, donde pasaba largas temporadas, colaboró con el violinista gallego Andrés Gaos Berea, dedicó un concierto a Sarasate y fue un gran admirador y aficionado a la zarzuela.
El libro de Ruiz Tarazona, de lectura entretenida y apasionante, recorre la relación con España de otros grandes músicos como Puccini, Dvoràk, Haydn o Sibelius, y es al mismo tiempo un análisis de muchas de sus obras y un erudito recorrido por sus biografías.

AQUELLA TELEVISIÓN…

SE PUBLICA EL ESTUDIO MÁS EXHAUSTIVO DE LA HISTORIA DE LA TELEVISIÓN EN ESPAÑA HASTA LA LLEGADA DE LAS PRIVADAS
Si ustedes preguntan a una persona mayor de sesenta años qué televisión le gusta más, si la de ahora mismo o la de los años sesenta y setenta, probablemente les dirá que antes se hacían mejores programas de televisión y que ahora todo es espectáculo y basura. Ciertamente, en esta respuesta juegan muchos factores: la magia de las imágenes que llegaban por primera vez a los hogares, la novedad (que era todo lo que se emitía), la evocación a través de la nostalgia, el descubrimiento entonces de otros mundos más allá del rancio franquismo en el que vivía la sociedad española… Sobre la historia de la televisión en España hay ya una extensa bibliografía que comenzó a publicarse a los pocos años de que se estrenara en nuestro país el nuevo medio, en 1956. Desde “El libro gris de TVE” de Manuel Vázquez Montalbán, “Las mil y una noches de TVE” del profesor y periodista Miguel Pérez Calderón y la historia escrita por el crítico de televisión de “La Vanguardia” Josep María Baget Herms hasta los recientes trabajos del catedrático Manuel Palacio hay una larga nómina de autores y de títulos que han dado buena cuenta de lo que ha sido el devenir histórico de nuestra televisión, sus protagonistas, sus responsables y su significado en la historia y la cultura del país. Ahora se publica el que posiblemente sea el trabajo más serio y más exhaustivo de esta historia, que abarca desde su nacimiento hasta la llegada de las televisiones privadas (existe al parecer la intención de continuar el proyecto hasta la actualidad utilizando los mismos procedimientos). Con el título de “Una televisión con dos cadenas. La programación en España (1956-1990)” (Ed. Cátedra), el profesor Julio Montero Díaz ha coordinado el trabajo de varios profesores, historiadores e investigadores que han rastreado archivos, hemerotecas, centros de documentación audiovisual y han entrevistado a muchas de las personas aún con vida que iniciaron, desarrollaron o se relacionaron con la aventura de la televisión en España. El libro (casi 900 páginas) se centra en los programas y las líneas de programación de la Primera Cadena de TVE y, a partir de 1965, también del entonces denominado UHF (actualmente La 2).
El trabajo se estructura en tres apartados correspondientes a tres periodos históricos perfectamente diferenciados: el franquismo (1956-1975), la transición democrática (1975-1982) y los años de los gobiernos socialistas, y llega hasta diciembre de 1990, cuando empiezan a funcionar en España las primeras televisiones privadas (aunque el monopolio ya se había roto poco antes con la llegada de los canales autonómicos, también de titularidad pública). A partir de esta división cronológica se estudia la programación de TVE atendiendo a epígrafes que engloban los programas en las categorías genéricas de información, divulgación y entretenimiento. En las tres épocas en las que se ha dividido este primer periodo de la historia de TVE los epígrafes en los que se organizan los programas atienden a las subcategorías de Informativos, ficción de producción propia, ficción de producción extranjera, programación de cine, programas de concursos y variedades, deportes, toros, programas infantiles y juveniles y espacios de divulgación científica y cultural. Se dedican también capítulos a dos elementos fundamentales para el funcionamiento de la televisión, la publicidad por una parte y las audiencias y la evolución del consumo televisivo por otra. A estas categorías se suman en la época de la transición política los programas de entrevistas y de debate y las series documentales surgidas durante este periodo. En el capítulo dedicado a la etapa socialista se añaden los programas englobados en lo que los autores denominan de “memoria histórica y democracia”, programas de ficción que proponían una reescritura del pasado a través de autores represaliados o marginados durante etapas anteriores o de títulos que aludían a la historia silenciada o a la literatura de la periferia geográfica, que de alguna manera promovía la nueva estructura territorial de la España de las autonomías.
Un estudio muy completo, pues, cuyo repaso sumerge al lector en la nostalgia y en el recuerdo a través de programas como Estudio 1, La casa de los Martínez, Escala en Hi Fi, El hombre y la Tierra, Un, dos, tres,… series como Rin Tin Tin, Perry Mason, Bonanza, Los intocables… ciclos de cine, retransmisiones taurinas, nombres de presentadores de telediarios y de programas de entretenimiento… incluso el recuerdo de spots publicitarios inolvidables. Muchos de estos contenidos, además, son ahora accesibles a través de la página web de TVE.
Lo que se echa en falta en este estudio es un epígrafe dedicado a los programas culturales en los capítulos de los años de la transición política y de la era de los gobiernos socialistas. Hay uno dedicado a los programas culturales de la primera etapa (suprimido en las dos siguientes) pero sorprende que no exista una mayor atención a estos espacios durante los años de la transición y los gobiernos socialistas, en los que se pusieron en antena algunos de los mejores de la historia de nuestra televisión. Un programa de la trascendencia de “Encuentros con las letras”, por ejemplo, merece un tratamiento mejor que el de una alusión marginal en un epígrafe dedicado a los programas de entrevistas. También debiera dedicarse más atención a un espacio como “Metrópolis”, nacido en 1985 y aún en antena después de más de treinta años de emisión ininterrumpida, un mérito más que suficiente para figurar en un libro como este.

 

ROCK AND ROLL: LA HISTORIA INTERMINABLE

Si hay un tema cultural del que se hayan escrito más libros durante los últimos 50 años ese es el de la historia de la música pop-rock. Y más que seguirán publicándose, porque se trata de un filón inagotable que además va añadiendo cada año nuevos estilos y nuevos protagonistas a un mercado que resiste el paso del tiempo a pesar de las muchas competencias que lo asedian.
El rock and roll irrumpió en un contexto social en el que, superadas las mayores dificultades económicas de la postguerra, se vivían unos años de prosperidad económica en los que la radio, el cine y las juke-boxes facilitaban la difusión de las canciones de los nuevos ídolos de la música. Un estilo que, además de romper estéticas anteriores, era la forma en la que las nuevas generaciones manifestaban su inconformismo, exigían libertades y reivindicaban cambios sociales. Como música no era una gran novedad. Se trataba de una mezcla de géneros y estilos que tenían vida autónoma (el rithm and blues, el country, el boogie-woogie) una de cuyas novedades más interesantes fue la de ser en algún caso músicas de origen negro interpretadas ahora por cantantes blancos.
UN RECORRIDO COMPLETO
Uno de los libros más interesantes sobre el tema es el que acaba de publicar la editorial Lunwerg con el título “It’s only rock and roll. Una historia del rock ilustrada” de Susana Monteagudo, con unos dibujos muy originales de Marta Colomer. Se trata de un recorrido por la historia de esta música (habría que decir de estas músicas, pues no habla sólo de rock) desde sus orígenes en los años 50, cuando vinieron a sustituir a las baladas de crooners como Frank Sinatra y Nat King Cole, a los blues de Billie Holiday y a las big bands de jazz que acompañaban los éxitos de Louis Armstrong, hasta las actuales manifestaciones de los estilos que tienen como base el rock. Se trata de un manual muy útil y muy conciso para conocer el desarrollo de esta música desde su nacimiento hasta las últimas expresiones del siglo XXI, con detalles puntuales de canciones e intérpretes.
El libro comienza en los años de los pioneros (Fats Domino, Chuck Berry, Bill Haley, Elvis Presley) y de las canciones que revolucionaron el panorama musical en los años 50. Es de agradecer que se reivindique a mujeres que también tuvieron un papel importante en el rock and roll: Big Mama Thornton, Janis Martin o Wanda Jackson, ignoradas en casi todas las historias sobre el tema. En paralelo, las canciones de música soul interpretada por negros (Ray Charles, Sam Cooke) recogían en sus letras la protesta por la discriminación racial y exigían igualdad de derechos. El ocaso del rock and roll coincidió con la llegada de una nueva oleada de novedades, esta vez procedentes de Europa, cuyos intérpretes se habían inspirado en el género. Beatles, Rolling Stones, Animals, Kinks… ocuparon las listas de ventas, los programas de televisión y los escenarios que antes habían monopolizado las estrellas del rock and roll, con un éxito nunca alcanzado por nadie hasta entonces. En esos mismos años la costa oeste americana vivía su época dorada musical con la efervescencia del movimiento hippie cuya banda sonora protagonizaban grupos como Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, que exportaron a Europa su estética y su música a través de figuras como Jimi Hendrix y Janis Joplin. El folk, que nació como expresión de compromiso político, tenía sus mejores representantes en Bob Dylan, Joan Baez y Joni Mitchel. Sucedió en los años sesenta, una década que conoció un panorama musical irrepetible.
En los setenta el rock iba a ser la base de nuevos movimientos iniciados por grupos que habían nacido en la década anterior pero que alcanzaron entonces una presencia importante e influyeron en estilos posteriores. Who y Small Faces dieron paso al Heavy Metal de Led Zeppelin, Deep Purple y Black Sabbath mientras otras corrientes proponían un regreso a las raíces: Credence Clearwater Revival, The Band o Crosby, Stills, Nash & Young. Una novedad de estos años fue la aparición del rock progresivo o rock sinfónico, que pretendía integrar la música clásica en el rock, con formaciones como Procol Harum, Moody Blues, Yes o Pink Floyd. Simultáneamente las reivindicaciones sexuales eran la base de estilos como el glam rock de Marc Bolan y David Bowie.
En las décadas finales del siglo XX el rock va a estar presente en muchas manifestaciones de la música popular, la más destacada de las cuales fue el punk-rock, una expresión estética de violencia y excesos desde la música, una actitud desafiante ante el sistema, que dio lugar a la aparición de bandas como los Sex Pistols, Ramones y The Clash.
A partir del punk, el libro de Susana Monteagud y Marta Colomer va recogiendo minuciosamente todos los estilos, los grupos y los discos derivados de éste (el post-punk) y también las nuevas manifestaciones musicales que van enriqueciendo un panorama que cada año suma nuevos nombres, nuevos estilos, nuevas estéticas: Rock gótico, New Wave (Blondie, Pretenders), Synth Pop (Depeche Mode), Noise (Sonic Youth), Hip-Hop (Rage Against the Machine), Grunge (Nirvana, Pearl Jam), Brit Pop (Oasis), Post Rock…
SOCIOLOGÍA DEL ROCK AND ROLL
Una mirada más sociológica que musical es la que lleva a cabo Adrián Vogel en su “Rock’n’Roll. El ritmo que cambió el mundo” (Foca), con prólogo de Miguel Ríos, presentado por la editorial como la primera historia del rock and roll escrita por un autor español (aunque ya Diego A. Manrique en los setenta publicara una historia en varios cuadernos editados por Vibraciones). Vogel se ciñe aquí sólo a los primeros años, los cincuenta y los sesenta, los más importantes en la historia del rock and roll. El autor bucea en los orígenes de este estilo musical y en su relación con el blues, el jazz y el country, pero también con géneros aparentemente tan alejados como el mambo, el tango y las habaneras. Analiza los orígenes del nombre del nuevo ritmo, que comenzó a utilizarse como eufemismo para referirse a la música negra que gustaba a los blancos y antes, en el blues, aludía a las relaciones sexuales. La aparición de los radiotransistores y las máquinas de reproducción de discos en los bares fueron muy importantes para la consolidación de esta música entre los jóvenes, que empezaban a tener capacidad adquisitiva después de la crisis tras la guerra y que frecuentaban las tiendas de discos, entonces centros neurálgicos y de reunión entre fans y músicos. Además de revolucionar los gustos musicales, el rock and roll vino a romper las barreras raciales que dividían a los jóvenes americanos.
En una relación y ordenamiento temático un tanto caóticos, son numerosas las anécdotas que se cuentan y los datos que se barajan en el libro: el primer disco de rock and roll (“Freight Train Boogie, de Delmore Brothers en 1946), la primera película con una canción de rock and roll en su banda sonora (“Semilla de maldad”), el primer rock and roll que entró en las listas de ventas (“Crazy Man, Crazy”, de Bill Haley, quien también fue el primero que alcanzó un número 1 con “Rock Around the Clock”), el primer rock and roll que llegó al número 1 cantado por un negro (“Maybellene” de Chuck Berry)… Las biografías que se repasan tienen todas ellas un punto de originalidad y revelan aspectos inéditos o poco conocidos de la vida de las estrellas más destacadas (Fats Domino, Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard, Bill Haley, Jerry Lee Lewis) y de otras menos conocidas (Larry Williams, James Burton, Bo Diddley) incluyendo también a las mujeres que contribuyeron al auge del rock and roll: Sister Rosetta Thorpe, Mamie Smith, Maybelle Carter, Janis Martin, Wanda Jackson…
Adrian Vogel, que trabajó como ejecutivo de una discográfica y conoció a importantes productores y artistas, analiza la evolución del mercado discográfico también desde la óptica del marketing y los negocios musicales, los intereses de productores y artistas, los asuntos marginales a la música e incluso las interferencias de la mafia a través de la payola, una palabra utilizada para denominar las presiones y sobornos a medios de comunicación y disc-jockeys para que se promocionasen determinados discos.

LOS ORÍGENES DE LA MÚSICA

Una exposición muestra obras de arte e instrumentos relacionados con la música de las civilizaciones mesopotámica, egipcia y greco-romana
La idea que Occidente tiene de la música de la antigüedad se ha conformado sobre todo a través de reproducciones de sonidos e instrumentos divulgados en las películas de Hollywood, como “Quo vadis?” y “Ben-Hur”, falsos estereotipos de liras, flautas y fanfarrias que sonaban en la corte de Cleopatra, en los banquetes de los emperadores y en los espectáculos del circo romano. En una exposición que puede verse estos días en la sede de CaixaForum de Madrid (“Músicas en la antigüedad”, hasta el 16 de septiembre) se propone un acercamiento a la realidad de lo que fue la música en las civilizaciones más antiguas a través de elementos relacionados con Oriente, Egipto, Grecia y Roma, en un recorrido por la historia en el que además de contemplar las piezas también se pueden escuchar los sonidos de algunos instrumentos de aquellas primeras culturas y la reproducción de la que se considera la pieza más antigua del mundo, el canto sumerio de Ugarit, datado entre el 1400 y el 1200 a. C.
MÚSICA, HISTORIA, RELIGIÓN Y MITOLOGÍA
Tres mil años de historia de la música contemplan a los visitantes a esta exposición que reúne 373 piezas, entre instrumentos y obras de arte, relacionadas con el universo musical de la antigüedad. Proceden en su mayor parte del Museo del Louvre, pero hay también piezas del Metropolitano de Nueva York y de otras veinte instituciones españolas e internacionales.
Junto a los últimos hallazgos de la arqueomusicología, la exposición pone el énfasis en demostrar la importancia transversal que la música tuvo en las sociedades antiguas y en destacar su presencia en los acontecimientos de la vida pública y privada como un lenguaje universal utilizado para superar enfrentamientos y conflictos y para acercar culturas.
Además de su relación con el erotismo y la procreación, ejemplarmente representada en la estatua de “Eros con cítara”, también se manifiesta el contexto eminentemente religioso de la música en la antigüedad y su consideración de origen divino. Muchos de los dioses de la mitología egipcia y romana estaban ligados a instrumentos musicales: Hathor es la diosa egipcia de la música, Hermes fabrica la lira, Pan la siringa, Atenea el aulós. Personajes como Uises y Orfeo se relacionan con los cantos de las sirenas y los sonidos de la naturaleza. La música se utilizaba para atraer la atención de los dioses y obtener su benevolencia a través de oraciones, cantos, himnos y murmullos rituales. Junto a las celebraciones religiosas, la música acompañaba en las ceremonias del poder a reyes y soberanos y también estaba presente tanto en los acontecimientos festivos como en las guerras. La columna que Trajano erigió en Roma permite documentar ya la presencia músicos militares. También hay noticias sobre certámenes como el de Delfos, que proporcionaban fama y riqueza a los músicos ganadores.
La música era con frecuencia parte de los espectáculos de danza y de teatro, animaba fiestas y celebraciones y acompañaba en el dolor a los familiares y amigos de los muertos. En los banquetes funerarios los músicos honraban la memoria de los difuntos, reforzaban con sus instrumentos los gritos y lamentaciones de amigos y familiares y facilitaban el acceso de las almas al más allá.
En muchas de las obras de arte que aquí se exponen se ve cómo la música estuvo desde siempre ligada a todas las etapas de la vida de los hombres y las mujeres de la historia, desde la infancia y la juventud a la madurez y la muerte. Alrededor del hecho musical florecieron oficios y actividades, desde los intérpretes de los instrumentos a los lutieres que los construían, y se desarrolló una industria y un comercio cuyos beneficios eran considerables.
Entre las piezas de arte hay tablillas mesopotámicas, estelas egipcias, cerámicas griegas, relieves romanos, féretros… a partir de los cuales los especialistas han recompuesto los entornos sonoros de cada cultura y las técnicas de interpretación de los músicos. Pero lo más destacado de la exposición es la colección de instrumentos antiguos (cítaras, laúdes, flautas, arpas angulares, timbales), algunos milagrosamente conservados gracias al clima seco del valle del Nilo, rescatados de tumbas, casas y santuarios. Otros han sido reconstruidos a partir de los hallazgos de vestigios localizados por toda la región mediterránea, desde Irán a las Galias: trompetas de Tutankamon en Tebas, címbalos en Susa, liras en Atenas, sistros en Nimes.