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VOLVER A “RAYUELA”

Una nueva edición de la obra de Julio Cortázar aporta nuevos materiales e incluye opiniones de escritores y críticos

Este verano he vuelto a “Rayuela”, una obra de 1963 que conserva todo su interés, su espíritu transgresor y su frescura. Fue gracias a la edición conmemorativa de esta obra de Julio Cortázar (Bruselas, 1914-París, 1984) que acaban de publicar la Real Academia Española y la editorial Alfaguara y que incluye el “Cuaderno de bitácora” en el que el autor escribió su proceso de construcción, así como textos de García Márquez, Carlos Fuentes, Bioy Casares, Vargas Llosa, Sergio Ramírez y otros escritores y críticos, que la explican y contextualizan. Se trata de un volumen definitivo sobre una novela que en su momento significó una revolución en la literatura universal.
ANTINOVELA SOBRE LA CONDICIÓN HUMANA
En sus “Clases de literatura”, publicadas también por Alfaguara, Cortázar propone la lectura de “Rayuela” como antítesis de “La montaña mágica” de Thomas Mann, en el sentido de que, en vez de buscar soluciones, como la obra del Nobel alemán, su novela sólo quiere plantear preguntas. Unas preguntas que remiten a otras nuevas. En otra de las lecciones de este mismo volumen afirma que su novela es una larga meditación sobre la condición humana en una sociedad como la que viven los personajes del libro. En todo caso “Rayuela” sigue siendo una obra maestra de la literatura universal, si bien difícilmente clasificable (Cortázar decía que era una ‘antinovela’).
Aunque Cortázar escribió seis novelas, el brillo de “Rayuela” ha eclipsado la indudable calidad de las otras cinco (entre ellas verdaderas joyas como “62 modelo para armar” o “El libro de Manuel”). Además de una revolución, “Rayuela” es una novedosa y deslumbrante obra literaria en la que se mezclan la imaginación, la transgresión, el juego, el humor, el dislate… para alcanzar una perfección irrepetible. La propuesta del autor de que la obra se puede leer en el orden de capítulos presentado pero también en los órdenes alternativos que él mismo sugiere, daba ya una idea de la novedad con la que el lector se enfrentaba al texto: además de jugar, de pronto podía ser coautor de la obra: pasar de la pasividad a un protagonismo activo. Como una pieza de jazz, una música siempre presente en la vida y la literatura de Cortázar (y también en su muerte: poco antes de morir pidió escuchar el solo de piano de I ain’t got nobody interpretado por Earl Hines), la novela se va improvisando sobre sí misma, inventándose en cada capítulo, desarrollándose hacia el clímax de cada uno de sus episodios.
“Rayuela” es además una caleidoscópica historia de amor (y de desamor), con todos sus componentes: la ternura, la pasión, los celos, los ajustes de cuentas, la melancolía, la violenta ruptura con lo cotidiano. Hay dos elementos esenciales en los que se apoya la historia: los personajes y el lugar. En “Rayuela” un desvaído Buenos Aires y un laberíntico París se convierten en lo que Dublín había sido para el “Ulises” de Joyce: el escenario ideal para unos protagonistas impredecibles. Personajes de novela (Oliveira, la Maga, Rocamadour, Traveler, Talita…) y otros que pudieran ser alter ego del propio Cortázar (Morelli) que llegaron a influir en las costumbres de los jóvenes parisinos, como antecedentes de las reivindicaciones del Mayo del 68: entonces era frecuente ver por París a mujeres con un look especial: calzaban zapatos rojos y medias negras, odiaban cocinar, fumaban tabaco negro, eran irreverentes, criticaban cualquier síntoma de machismo y manifestaban un excesivo desparpajo, maneras todas ellas propias de la Maga, la protagonista de la novela. Para armar este personaje Cortázar se inspiró en Edith Aron, una polaca emigrada a Argentina, una mujer fascinante, alta y desgarbada, con la cabellera color azabache siempre despeinada. La conoció en 1950 en un barco que los traía a ambos a Europa, y en París se veían con frecuencia. Inmortalizada en las páginas de “Rayuela”, la Maga se ha convertido ya en una de las mitologías de la ficción del siglo XX. Esta nueva edición de una “Rayuela” completa y comentada es una buena ocasión para volver a leer (o para descubrir, que nunca es tarde) una de esas grandes novelas de las que todo el mundo habla pero que pocos han leído.

ÁNGEL VALENTE. LA OBRA Y LA PALABRA

Se publica un ensayo sobre toda la obra del poeta y un libro con sus entrevistas

 

La cátedra Ángel Valente de Poesía y Estética de la Universidad de Santiago de Compostela y su director Claudio Rodríguez Fer vienen desarrollando una notable actividad en relación con la figura de Ángel Valente y la divulgación de la obra del poeta ourensano, como demuestran los tres volúmenes de la biografía intelectual “Valente vital”, ya reseñados desde estas mismas páginas. Ahora aparece “Valente infinito (Libertad creativa y conexiones interculturales)” (Universidad de Santiago de Compostela), donde Rodríguez Fer se aproxima a la obra de Ángel Valente desde una interpretación de su poesía, de sus ensayos y traducciones y de parte de la correspondencia que mantuvo con algunos de sus contemporáneos.
Rodríguez Fer califica a Valente como un “creador total” cuya obra está fundamentada en “la profunda asimilación de la tradición más canónica, de la heterodoxia más singular y de la vanguardia más disolvente”. Estudia Rodríguez Fer también en este volumen las conexiones interculturales de la obra de Valente a través de las interacciones y los intercambios que suponen el enriquecimiento mutuo para las culturas en contacto, en este caso las místicas cristiana y judía y su atención por el sufismo y la cábala, ya estudiadas también en el volumen tercero de la biografía citada, dedicado a las lecturas de Valente sobre estas culturas a raíz de las obras de su biblioteca personal.
Rodríguez Fer rastrea los orígenes y las influencias de la poesía de Ángel Valente, desde el magisterio formal de Quevedo y la poesía mística a la revisión de la tradición funeral clásica (pasar por la muerte para volver a la vida), que Valente expuso en los “Poemas a Lázaro”. Otros magisterios, como los de Hölderlin, Borges o Lezama Lima son objeto de un tratamiento en profundidad. También analiza la denuncia de lo falso y la revelación de lo oculto que Valente introduce en su obra poética, así como la forma de su poesía, en la que Valente utilizaba la técnica fragmentaria y “el permanente hacerse de la obra inacabada”.
La atención dedicada a la poesía de Ángel Valente ha marginado en parte su obra ensayística, una de las más serias y lúcidas de la cultura española. Sus artículos en revistas (“Índice”, “Cuadernos para el diálogo”, “Revista de Occidente”, “Ínsula”, “Triunfo”) y diarios (“Faro de Vigo”, “El País”, “ABC”, “El mundo”), así como sus aportaciones a publicaciones de ámbito iberoamericano (“Cuadernos Hispanoamericanos”, “Vuelta”) y de la emigración y el exilio (“Cuadernos del Ruedo Ibérico”, “A nosa Galiza”) han quedado como modelos de análisis de la actualidad política, económica y cultural española e iberoamericana del momento. Rodríguez Fer dedica en este volumen a estos ensayos la atención de justicia que se le ha venido negando.
En el epígrafe “El traductor transparente” Rodríguez Fer se ocupa de estudiar esta actividad valentiana, casi desconocida para sus lectores. Valente dominaba siete idiomas y tenía como ocupación profesional la de traductor en la Unesco. Sus traducciones de poetas de lengua no española eran más que un vuelco al castellano y se convertían en versiones literarias y poéticas de las obras que Valente acometía. Tradujo a poetas ingleses (Dylan Thomas, Keats, Robert Duncan), italianos (Eugenio Montale), griegos (Cavafis), franceses (Cioran, Jabès, Camus, Aragon), alemanes (Hölderlin, éste también al gallego)… y a veces documentos de compromiso con causas políticas o ideológicas que consideraba justas.
Uno de los capítulos de este libro está dedicado a la obra en idioma gallego de Ángel Valente que, aunque escasa, tiene el mismo nivel de calidad poética que su producción en castellano. Sus “Cantigas de alén” certifican la universalidad de su obra poética. El idioma gallego, que recuperó a través de los contactos con la emigración durante su estancia en Suiza, lo mantuvo siempre en conversaciones con sus paisanos y en las lecturas de los clásicos y contemporáneos gallegos, desde las cantigas de Afonso X a Rosalía de Castro y los vanguardistas Vicente Risco, Luis Pimentel, Manuel Antonio, Rafael Dieste…
Por último, resulta muy interesante la lectura de las cartas que Valente intercambió con poetas como Jorge Guillén y Octavio Paz, o el propio Rodríguez Fer y con escritores como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Los capítulos dedicados a los libros de Valente ilustrados por artistas (Tapies, Chillida) y fotógrafos (Antonio Gálvez, Jeanne Chevalier, Manuel Fauces) y el interés del poeta por la música (desde el folclore de Galicia y el jazz a la sinfónica y el flamenco) completan una visión panorámica de la obra de Valente, una visión susceptible de ser analizada desde otros postulados, como seguramente seguirán haciendo los responsables de la cátedra que nos ofrece esta obra singular.
SOSTIENE VALENTE
Claudio Rodríguez Fer es el autor de la entrevista más extensa que se incluye en “El ángel de la creación” (Galaxia Gutenberg), un libro que reúne algunas de las que Ángel Valente concedió a diversos medios. La generosidad de Valente facilitaba la comunicación con sus lectores a través de la entrevista (yo mismo le hice algunas para los telediarios de TVE), a través de las cuales el poeta aclaraba y profundizaba aspectos de su vida y de su obra, haciéndola más asimilable y comprensible. El poeta Andrés Sánchez Robayna, coordinador de este volumen (“el mejor poeta joven”, dice de él Valente en una de estas entrevistas), ha elegido como título el que la escritora Ana Nuño utilizó para la publicada en la revista “Quimera” en abril de 1998, en la que Valente cita la figura del ángel del cuadro de Paul Klee, con el que se identifica; un ángel que está siendo arrastrado hacia adelante por el viento del progreso mientras dirige su vista hacia atrás, hacia el origen.
El libro recoge 42 entrevistas ordenadas cronológicamente (de 1954 al 2000) publicadas en medios como “El País”, “ABC”, “Diario 16”, “La Vanguardia”, “Triunfo”, “Quimera”, “El Ciervo”, Televisión Española… y otros menos conocidos (“Espacio”, “Magazine litteraire”) en las que Ángel Valente repasa su trayectoria y aclara muchos aspectos de su teoría poética. Inevitablemente se repiten algunas de las afirmaciones que Valente hacía a sus interlocutores, como sus años de exilio, la identificación entre mística y poesía, el rechazo a pertenecer a una determinada generación o grupo poético o las relaciones de su poesía con la pintura, la música y la fotografía. Pero es un placer leer (o releer después de tantos años) estas entrevistas, que ofrecen al lector nuevos argumentos y le proporcionan nuevas dimensiones para entender y penetrar en la obra de Valente.

EL CRIMEN FUE EN ALMONTE

 

La escritora Rocío Castrillo recrea en un relato de no ficción el crimen sin castigo de uno de los asesinatos más pavorosos de los últimos años

El 27 de abril de 2013 la localidad de Almonte (Huelva) celebraba la sabatina, una de sus tradicionales fiestas locales. Mientras el pueblo manifestaba el fervor religioso de la festividad mezclado con la alegría de sus habitantes en las calles engalanadas para la ocasión, alrededor de las diez de la noche, en una vivienda del extrarradio se cometía uno de los asesinatos más espantosos de la reciente historia criminal española. Las víctimas, Miguel Ángel Domínguez y su hija María, de ocho años, eran apuñaladas con un ensañamiento brutal. El pueblo continuó las celebraciones durante todo el fin de semana porque los cadáveres no se descubrieron hasta el lunes. Meses después las investigaciones sobre el doble asesinato señalaron a un joven de la localidad, Francisco Javier Medina, como principal sospechoso, aunque un juicio con jurado popular celebrado en julio de 2016 lo declaró no culpable. Desde entonces sigue sin encontrarse al autor de aquellos hechos. La escritora y periodista Rocío Castrillo, que se interesó por el caso desde el primer día (ella es también almonteña) siguió todos los pasos de la investigación y del juicio, entrevistó a amigos y familiares e indagó en las causas de aquel crimen. Con todo este material acaba de publicar “151 cuchilladas” (Ed. Pábilo), un gran reportaje literario en forma de novela de no ficción (un “true crime”, en terminología anglosajona), en el que recrea aquellos acontecimientos desde sus orígenes hasta su insólito desenlace.
CELOS, POSESIÓN, INFIDELIDAD
En aquellas fechas el matrimonio formado por Miguel Ángel y Marianela Olmedo tramitaba su divorcio. Ella se había unido a Francisco Javier Medina, que a su vez había roto unas relaciones de más de diez años con su novia Raquel. El amor y la fuerte atracción que sentía Marianela por su nueva pareja le impedía considerar con realismo las manifestaciones de posesión y de control que se manifestaron desde los primeros días de su relación. Los cuatro, el matrimonio y ambos novios, trabajaban en un mismo supermercado de Almonte donde, desde que se conocieron las relaciones entre Marianela y Francisco Javier, cada día habían de soportar la tensión de compartir un mismo espacio inclusivo y aplastante durante toda la jornada laboral. Rocío Castrillo refleja esta presión cotidiana que se manifestaba en frecuentes discusiones, enfrentamientos, reproches e insultos que provocaban en los protagonistas estados de angustia, rabia, ira, desesperación. A su vez tenían que hacer frente a las críticas de un pueblo cuyos vecinos de ideología más conservadora condenaban abiertamente la infidelidad de Marianela y señalaban su actitud como causa de la ruptura del “noviazgo modelo” entre Francisco Javier Medina y Raquel. Desde el comienzo de la causa contra Francisco Javier y durante todo el proceso, Almonte sufrió una situación de anormalidad que dividió al pueblo en dos bandos. Uno señalaba la infidelidad de Marianela como causa de los asesinatos y rechazaba que el crimen hubiera sido cometido por “uno de los nuestros”. El otro bando lo formaban quienes estaban convencidos de la culpabilidad de Francisco Javier. En este contexto esta novela es también una crítica a una sociedad machista y xenófoba que defiende a los suyos por encima de todo (no tardaron en señalar a los inmigrantes como sospechosos) y condena con más fuerza la infidelidad de la mujer que la del hombre (Francisco Javier había engañado y más tarde abandonado a una novia a la que le unían más de diez años de relaciones). Como consecuencia de esta actitud Marianela tuvo que abandonar su pueblo para evitar los reproches y los insultos que diariamente tenía que soportar de sus vecinos, en lugar de la compasión, la solidaridad y la empatía que tendrían que manifestarle a una mujer que, sea cual sea el desenlace, ya habrá de soportar toda su vida el dolor de unas pérdidas irreparables unido a la desesperación de haberse enamorado y haber convivido con el presunto asesino de su marido y de su hija.
Hay además en esta novela otras críticas. A una sociedad que transforma crímenes como este en espectáculos mediáticos. A un sistema judicial que traslada a la sociedad dudas sobre las sentencias de sus tribunales. A la utilización, en fin, de las redes sociales como fenómeno de mediación y manipulación informativa. Todo ello se cuela en esta novela entre los avatares de la investigación y el proceso de un crimen horrible cuyas víctimas aun confían en que algún día se haga justicia.

POLÉMICA RETAGUARDIA

 

Realidad y ficción en el Madrid sitiado por el ejército de Franco

En circunstancias normales la vida transcurre en un devenir más o menos monótono, con las alteraciones comunes que la existencia depara a cada cual. Sólo cuando interfiere una circunstancia extraordinaria las personas pueden protagonizar episodios que ni ellas mismas hubiesen imaginado. Ocurrió durante la guerra civil española, en esas circunstancias en las que todas las normas morales están abolidas. Gentes anónimas, dedicadas a desempeñar sus cargos, trabajar en sus profesiones o seguir sus estudios, de pronto se ven arrastradas por la vorágine de no importa cuál bandería, que las colocan en situaciones que a veces hacen emerger lo mejor de sí mismas y otras sus instintos más negativos. Durante esta guerra, en la ciudad de Madrid, una serie de personajes de orígenes diversos convirtieron sus vidas, a veces al servicio de una causa y otras por intereses personales, en relatos verdaderamente novelescos. El escritor Fernando Castillo ha escrito sobre algunos de estos personajes en “La extraña retaguardia” (Fórcola), un largo y documentado ensayo de lectura apasionante. Por sus páginas desfilan delincuentes convertidos en agentes dobles, como Alfonso López de Letona; linotipistas mudados en chequistas sanguinarios, como Agapito García Atadell; técnicos de sonido como Alberto Castilla Olavarría, reconvertido en confidente del contraespionaje republicano y responsable de la desarticulación del POUM y del asesinato de Andreu Nin; intelectuales como Segundo Serrano Poncela, implacable represor de quintacolumnistas, a quien se imputa, con Santiago Carrillo, la responsabilidad de los fusilamientos de Paracuellos; pistoleros como Elviro Ferret, agente de policía detenido en la frontera con Francia cuando huía con un botín de dinero y joyas, que consiguió ocultarse durante la posguerra bajo el nombre de un comerciante de La Coruña; Ángel Pedrero, compañero de Atadell, que aprovechó su cargo como responsable del Servicio de Inteligencia para acumular una importante cantidad de joyas y divisas para una frustrada huida de España. También estaban quienes mantuvieron fidelidad a la República y a sus principios hasta el final, como el pintor Lorenzo Aguirre, jefe superior de la policía, que siguió al Gobierno en su traslado a Valencia y Barcelona y consiguió instalarse en Francia después de la guerra, aunque la ocupación nazi en este país lo obligara a regresar a España, donde fue detenido y fusilado en 1942. Al lado de estos hombres estuvieron también algunas mujeres de vida novelesca, como la periodista Cándida del Castillo, madre del novelista Michel del Castillo, periodista de ABC y Unión Radio, casada con un brigadista y amante de algunos de los personajes incluidos en este libro, que trabajó para el contraespionaje bajo los nombres de Isabel y La Quinientos. O la socialista Regina García, también periodista, que desempeñó importantes puestos en el entramado republicano mientras mantenía contactos con la Quinta columna y la Falange clandestina y que tras la guerra publicó unas memorias exculpatorias con el título de “Yo he sido marxista”.
El libro de Fernando Castillo rescata del olvido o recupera para la memoria histórica nombres que protagonizaron algunos episodios poco conocidos pero que en su momento influyeron con más o menos trascendencia en la vida del Madrid sitiado por las tropas franquistas. Castillo ha investigado la amplia picaresca que se instaló durante aquellos años en Madrid. Un Madrid de chequistas y quintacolumnistas en el que se movían sin orden y al margen de toda ley personas que aprovecharon la guerra unas veces para enriquecerse y otras para alcanzar algún poder que pudiera proporcionarles privilegios o deshacerse de incómodos enemigos.
“La extraña retaguardia” es al mismo tiempo la crónica de la guerra en la ciudad de Madrid, desde los sucesos de la víspera del alzamiento hasta la entrada de los franquistas y la represión durante los primeros años de la posguerra. Los sufrimientos y las miserias de una población sometida al hambre y a los bombardeos conviven con los ambientes de las cafeterías, las tabernas y los restaurantes donde se discutía la marcha de la guerra en tertulias apasionadas, y con los cines, las salas de fiesta y los locales de prostitutas, que siguieron funcionando casi hasta el final. Un Madrid amordazado por el terror, con detenciones arbitrarias, desapariciones y ejecuciones sumarias provocadas unas veces por falangistas y quintacolumnistas y otras por sus perseguidores, en medio de un ambiente de caos y desorden. Un miedo agigantado por las noticias sobre el avance de las tropas de África y la represión a sangre y fuego impuesta a su paso por los rebeldes mientras en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo los milicianos hacían frente heroicamente a los ataques permanentes del ejército de Franco.
Los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas, la gestación y desarrollo del golpe del general Casado, la desesperación de los republicanos concentrados en el puerto de Alicante para embarcar hacia el exilio… son otros tantos episodios tratados con detalle en este libro de lectura recomendable.
EL ASEDIO EN LA FICCIÓN
A lo largo de “La extraña retaguardia” Fernando Castillo rescata algunos títulos de la literatura de posguerra que recrearon lo que pasaba en el Madrid sitiado, novelas en las que se identifican, a veces con nombres ficticios y otras verdaderos, algunos de los personajes que protagonizan las historias que se cuentan en su libro. Una de las novelas a las que alude con frecuencia es “Checas de Madrid”, del escritor falangista Tomás Borrás (1891-1976), que acaba de ser reeditada por Guillermo Escolar en una edición crítica de Álvaro López Fernández y Emilio Peral Vega. Pensar que esta literatura acentuadamente maniquea ha sido la que ha marcado la orientación ideológica de los lectores españoles de ficción durante varias décadas de la posguerra, obliga a esta lectura crítica desde nuevos presupuestos, como hacen los autores del prólogo y de las notas a pie de página. Tomás Borrás exagera y caricaturiza con rencor uno de los episodios más vergonzantes de la República, el de las checas que proliferaron en Madrid durante el asedio y en cuyo seno se cometieron algunas de las mayores atrocidades que historiadores como Antony Beevor y Julius Ruiz han calificado de terror rojo. Es sin embargo recomendable su lectura para tener conciencia de lo que pueden hacer en situaciones de desorden, caos y desgobierno quienes aprovechan la autoridad y el poder para la venganza y el enriquecimiento fraudulento. Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su gran ensayo sobre la literatura de la guerra civil, que muchos pasajes de “Checas de Madrid” estremecen por demasiado verdaderos.
Narrado en un estilo heredero del romanticismo y a veces influido por la prosa de Valle-Inclán, la novela “Checas de Madrid” está concebida como si se tratase de un montaje cinematográfico (no se olvide la relación de Borrás con la industria de cine y sus cargos en el Sindicato Nacional del Espectáculo, desde donde impuso la obligación, copiada de una ley de Mussolini, de doblar las películas extranjeras), con diálogos que recogen de manera burlesca el habla popular revolucionaria y donde lo grotesco protagoniza las actividades de los chequistas madrileños. Junto a escenas de ficción, Tomás Borrás recrea otras tomadas de la realidad, como la manifestación que enarbola la cabeza del general López Ochoa clavada en una pértiga tras su fusilamiento, el tiroteo del beaterio de la iglesia de San Ginés, la aniquilación del POUM y el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas… y la amplia rumorología extendida por unos y otros en la ciudad de Madrid: caramelos envenenados, moros que se alimentan de carne de niños, legionarios violadores, curas carlistas con sacos llenos de cabezas de republicanos…
La que se ofrece en esta edición crítica es la primera versión de “Checas de Madrid”, la de 1939, pero al final se incluyen los párrafos y los añadidos de la versión posterior de 1940 y la definitiva de 1963, que reorientan el sentido de la original.

LA MIRADA DE CLARICE LISPECTOR

 

Se publican todos los cuentos de la escritora brasileña

Desde hace algunos años la editorial Siruela viene haciendo una labor excelente divulgando en España la obra de Clarice Lispector, una autora muy poco conocida aquí a pesar de ser posiblemente la mejor escritora brasileña del siglo XX. Además de sus novelas, que viene editando regularmente (en estas páginas hemos reseñado “La pasión según G.H.”), en 2013 Siruela publicó un volumen con los “Cuentos reunidos” de la escritora. Ahora, para completar aquella entrega, la misma editorial publica un extenso volumen que reúne “Todos los cuentos” (un total de 84, algunos encontrados tras su muerte), añadiendo diez relatos de la primera etapa de la autora ausentes en aquella edición, escritos cuando aún era una estudiante de Derecho en Rio de Janeiro.
No es fácil la literatura de Clarice Lispector, una narradora que intenta penetrar en los sentimientos más íntimos de las mujeres, ya sean amas de casa, misioneras o prostitutas, jóvenes o viejas, insertas en el tedio y la monotonía de una vida familiar y urbana, dominadas por la autoridad patriarcal de los maridos (“desconfiad de una mujer que sueña”, dice un marido en el cuento titulado “Fondo de cajón”), ahogadas por una atmósfera opresiva, incomunicadas, enfrentadas a las adversidades de la sociedad y a las costumbres que las obligan a renunciar a ser ellas mismas. Lispector reflexiona sobre la situación: “Allí está el mar, la más ininteligible de las existencias humanas. Y aquí está, de pie en la playa, la mujer, el más ininteligible de los seres vivos”, dice la escritora en el relato “Las aguas del mundo”.
Partiendo de anécdotas de la vida cotidiana, muchas de sus narraciones recogen las experiencias de la propia Clarice Lispector, la mujer joven y bella que se casó, que tuvo hijos, que fue envejeciendo y que se enfrentó a la enfermedad y a la muerte.
Los cuentos de Clarice Lispector son como una extensión de sus novelas porque en ellos predominan las mismas preocupaciones, la misma angustia existencial, los mismos problemas que asedian a las mujeres de sus novelas, que se preguntan constantemente sobre su condición y sobre su papel en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Relaciones de pareja monótonas que desembocan en crisis insuperables y en abandonos; soledad en entornos agresivos dominados por el hombre; angustia, pobreza, incierto futuro… En muchos de estos cuentos de Clarice Lispector la mujer va poco a poco tomando conciencia de su situación de opresión social, pero sus oportunidades de evadirse tropiezan siempre con barreras estructurales insuperables y de ahí que el desenlace sea muchas veces el desequilibrio sicológico, la muerte buscada o el suicidio. Excepcionalmente el suicida puede ser también un hombre, como en “Historia interrumpida”, y otras veces los dos miembros de la pareja, asediados por el tedio y la monotonía, como en “Los obedientes”, una narración en la que se cuenta cómo un matrimonio que había decidido en adelante vivir intensamente, termina suicidándose. “El sufrimiento es el privilegio de los que sienten”, dice en “Brasilia”, uno de los relatos, que no es en realidad un cuento sino dos miradas poéticas sobre la capital del país desde dos momentos separados entre sí por 12 años. Por cierto, hay que decir que aunque el título sea el de “Cuentos”, algunas de estas narraciones no son tales, al menos en el sentido clásico del término, sino reflexiones, soliloquios, recuerdos, fulguraciones poéticas, retratos sicológicos, monólogos interiores. Las protagonistas (casi siempre mujeres, aunque hay también algunos hombres, incluso narrados en primera persona, como en “Una amistad sincera”) se ven abocadas a una vida que no les deja ningún resquicio para escapar a su destino, condicionado por la familia, la sociedad y el entorno. Son estos cuentos de Clarice Lispector narraciones enigmáticas algunas, inquietantes y turbadoras, que dejan en el lector un poso de amargura al no vislumbrarse salidas airosas a la opresión a la que están condenadas las protagonistas. Incluso cuando (como en “La fuga” y “Obsesión”) alguna mujer toma la decisión de abandonar al marido porque ha conocido a alguien que “…había despertado en mí la sensación de que en mi cuerpo y en mi espíritu palpitaba una vida más profunda y más intensa que la que yo vivía”, la nueva relación resulta más tóxica que la anterior y obliga a las mujeres a volver con sus parejas.
UNA MUJER PARA LA LITERATURA
La misma vida de Clarice Lispector es como una de sus novelas (véase “Por qué este mundo”, la biografía escrita por Benjamín Moser publicada también por Siruela). Descendiente de judíos ucranianos, su abuelo fue asesinado, su madre violada, y su familia tuvo que exilarse en Brasil huyendo de la represión y los pogromos durante la revolución bolchevique. Con esa familia llegó Clarice Lispector a ese país sudamericano cuando contaba dos años (nació el 10 de diciembre de 1920 en la aldea de Tchetchelnik durante la huída). La precaria situación de su padre, vendedor ambulante de ropa de segunda mano, y la temprana muerte de su madre, cuando la escritora tenía nueve años, la empujaron a refugiarse en la literatura, donde descubrió la prosa deslumbrante de Machado de Assis, de Eça de Queiroz y de Jorge Amado, y la profundidad narrativa de los relatos de Dostoiewski y Flaubert. Su ideal de escritura se identificaba con las obras de Virginia Woolf pero sobre todo con las novelas de Katherine Mansfield.
Mujer de una gran belleza, alta y rubia, inteligente, misteriosa, seductora, tocada con permanentes collares sobre sus vestidos de intensos rojo, blanco o negro, Clarice Lispector ocultaba su mirada, sin embargo triste, detrás de unas permanentes gafas oscuras. Comenzó en el mundo de las letras trabajando como periodista y publicó su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”, a los 23 años, una obra que le proporcionó ya la popularidad literaria y con la que inició una carrera que fue fundamental en la renovación de las letras brasileñas, con títulos como “La hora de la estrella”, “Aprendizaje o el libro de los placeres” o su obra póstuma “Un soplo de vida”. Se casó con el diplomático Maury Gurgel, con quien tuvo dos hijos y a quien acompañó a Europa (Nápoles y Berna) y a Washington hasta que en 1959 regresó a Brasil tras un divorcio traumático. Esta separación la sumió en una profunda crisis, agravada por un accidente doméstico, un incendio provocado por un cigarrillo mal apagado, que le provocó graves quemaduras. Murió de cáncer en 1977, la víspera del día que iba a cumplir 57 años.

LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA DEL NORTE

 

Un ensayo y varias novelas abordan desde perspectivas diferentes la extinción de las tribus indígenas de Norteamérica

La carta del presidente de México López Obrador al rey Felipe VI solicitando que España pida perdón por los excesos de la conquista de México por Hernán Cortés trae a la actualidad un tema que ha sido tratado desde diferentes perspectivas, dependiendo de los intereses de los imperios que colonizaron aquellos territorios. La cultura yanqui ha ensalzado tradicionalmente como héroes a los colonizadores que exterminaron a los indígenas, aunque últimamente se han publicado ensayos, se han escrito novelas y se han estrenado películas que son muy críticas con aquellos episodios. A lo largo de muchos años se han publicado leyendas negras sobre las conquistas de los españoles y de los colonos anglosajones, pero apenas se han divulgado informaciones sobre los excesos que los mismos mexicanos llevaron a cabo en su territorio para exterminar a tribus como los apaches.
LA CONQUISTA ENTRE LA FICCIÓN Y LA HISTORIA
La conquista de los territorios que hoy ocupan México y los Estados Unidos ha sido largamente tratada, sobre todo en el cine de Hollywood, que inventó el western, uno de los géneros más celebrados por la industria. Un libro de reciente aparición, “Ahora me rindo y eso es todo” (Anagrama), del escritor mexicano Álvaro Enrigue, recoge, entre la historia y la ficción, algunos de los episodios de aquella colonización y exterminio protagonizados por yanquis y mexicanos: “Si los gringos fueron crueles con los apaches, los mexicanos nos quedamos sin madre por hacerles lo que les hicimos y seguimos sin tenerla: no los recordamos y su ausencia en nuestra memoria nos reduce”, afirma Enrigue en este libro.
En 1886, después de su última huida de la reserva en la que había sido ingresado, el jefe apache Gerónimo se rendía a las fuerzas del general George Crook en el Cañón de los Embudos, en la Sierra Madre occidental. Sus palabras al reconocer la derrota fueron: “Antes me movía como el viento, ahora me rindo y eso es todo”, una sentencia que da título a este libro del escritor mexicano.
La figura de Gerónimo, el último héroe de la Guerra Azteca, centra el desarrollo del libro de Enrigue, una narración de género inclasificable, entre la crónica histórica, el relato novelesco y el diario. Enrigue sigue los pasos de Gerónimo, que era mexicano y hablaba español, desde que era el temible jefe indio que puso en jaque a los ejércitos de México y Estados Unidos hasta su confinamiento en el Fuerte Sam Houston de San Antonio, Texas, mientras esperaba, acompañado por algunos de los suyos entre los que estaban su propio hijo Chapo, y Naiche, el hijo de Cochís, el tren que iba a trasladarlo a un confinamiento temporal en una reserva de Florida. Gerónimo terminó muriendo a los 79 años en la base militar de Lawton, Oklahoma.
En esta obra de Enrigue las citas históricas y los personajes reales que protagonizaron la rendición de Gerónimo y los suyos alternan con el relato novelesco que cuenta el secuestro de una mujer por un grupo de apaches y la persecución que inicia en su búsqueda una expedición formada por irregulares en territorios controlados por los indígenas. Las penalidades de la rehén durante su traslado al campamento apache están narradas con un dramatismo que traslada al lector las vivencias de una situación en el límite entre la vida y la muerte. Camila, nombre de esta mujer mexicana, terminará integrándose y uniéndose al jefe Mangas Coloradas, padrastro de Gerónimo, un episodio inspirado en un suceso real. Un tercer hilo conductor del libro de Enrigue es un diario donde el escritor cuenta un viaje de vacaciones con su esposa Valeria y sus tres hijos a la Apachería, el extenso territorio de los apaches entre los actuales Estados Unidos y México (incluida una emotiva visita a su cementerio de Fort Still), esos territorios en los que se van desarrollando los episodios, novelescos e históricos, que se cuentan a lo largo del libro. Al final, historia, novela y diario confluyen en una misma narración como si formasen parte de un único relato.
LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA
Pocas gestas históricas han alcanzado grados de riesgo y aventura como la de los conquistadores españoles en América. Son conocidas las de Hernán Cortés y Pizarro, aunque no con la suficiencia que otros países y otras culturas han divulgado las suyas (por ejemplo, las ya citadas producciones de Hollywood sobre la conquista del Oeste). Sin embargo permanecen prácticamente ignoradas las epopeyas de los españoles en esa ancha franja de territorio americano que se inicia en la desembocadura del río Colorado y se extiende por el sur de Arizona, Nuevo México, Texas, Arkansas, el valle del Misisipi desde Luisiana hasta el norte de Memphis, y el sudeste de lo que hoy son México y los Estados Unidos: Tennessee, Alabama, Carolina del Sur, Georgia y Florida. Un libro reciente, “Indios y conquistadores españoles en América del Norte” (Alianza Editorial) del historiador francés Jean-Michel Sallmann, rescata del olvido a personajes fascinantes y expediciones fabulosas que, contempladas a la distancia de los siglos que nos separan, parecen producto de la imaginación de un novelista fantasioso. Sallmann se acerca a estas historias con la seriedad y el rigor de un investigador que se interna en el proceloso territorio de una tierra incógnita hollada por aventureros en busca de riquezas y poder.
Tal vez se hable poco de las aventuras de los conquistadores españoles en estos territorios porque el fracaso persiguió prácticamente a todas las empresas y a algunas de forma muy trágica. Tampoco dieron con las riquezas que suponían que había en ellos: el oro y la plata que pretendían encontrar resultó ser sólo cobre y mica de escaso valor. Para explicar estos fracasos el autor investiga minuciosamente cómo se organizaban las expediciones, las dificultades de un entorno natural hostil y la feroz resistencia de las tribus indígenas, en parte provocada por los métodos violentos de los expedicionarios.
Las primeras expediciones al norte del territorio de México se desarrollaron en lo que los españoles llamaron Las Floridas, la península de Florida y su zona norte, para más tarde abordar la conquista de Tierra Nueva, al oeste del territorio de los EE.UU. y México. Además de la gloria los conquistadores buscaban tierras ricas como las de los imperios inca y azteca y un paso de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico que facilitase la llegada de los barcos españoles a China y las Molucas con el fin de contrarrestar la influencia de Portugal en Asia, según decidiera el Tratado de Tordesillas. Su fanatismo estaba alimentado también por creencias mitológicas como las de Eldorado y la Fuente de la Eterna Juventud o por leyendas medievales como la de Las Siete Ciudades.
La más espectacular y novelesca expedición fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuyos supervivientes (sólo tres de varios centenares) tardaron ocho años en volver a Nueva España tras enfrentarse unas veces y convivir otras con tribus indias de los territorios de Florida, los mismos que exploraron Ponce de León, Lucas Vázquez (fundador de la primera ciudad de América del Norte, San Miguel de Guadalupe) y la trágica de Pánfilo de Narváez, diezmada por los indios y el paludismo. No le fue mejor a la de Hernando de Soto, veterano de la conquista de Perú, que tuvo que vadear ríos impetuosos, profundas ciénagas y marismas inhóspitas mientras libraba luchas feroces contra los indígenas en emboscadas y guerras de guerrilla cuyas víctimas hispanas eran decapitadas, descuartizadas y colgadas de los árboles para extender el terror entre los soldados. Los expedicionarios recorrieron a sangre y fuego Tennessee, la cuenca del Misisipi, Alabama, Memphis y Boston, camino de Texas, donde Soto perdió la vida y fue sustituido por Luis de Moscoso, una expedición que fue un completo fracaso humano y un verdadero desastre económico.
Episodio poco conocido es también el de los enfrentamientos con los expedicionarios franceses, que no habían aceptado el monopolio de la colonización hispano-lusa bendecido por el Papa. La España de Felipe II encargó al gallego Pedro Menéndez de Avilés un plan de oposición a la presencia francesa en Florida, contra la que Francia montó una gigantesca expedición con una flota bajo el mando de Ribaud y un ejército al cuidado de Dominique de Gourgues que destruyó el fuerte de San Mateo y algunos fortines, sin conseguir el control de Florida. Tras la derrota de los franceses Menéndez tomó Florida en nombre del rey de España y atacó y saqueó la posición francesa de Fort Caroline. Pero tampoco los españoles permanecieron mucho tiempo porque los indígenas masacraron todas sus guarniciones hasta el punto de que sólo se salvó un español, al que dejaron con vida para que hiciera de mensajero de la tragedia a las autoridades de Santa Elena. Florida fue entonces considerada por las autoridades españolas como una tierra sin interés y poblada además por indígenas reacios a la sumisión. Sólo interesó entonces la situación estratégica de sus costas para garantizar el suministro de metales preciosos al Tesoro español.
No menos trágicas resultaron las expediciones españolas a Tierra Nueva conducidas por Nuño de Guzmán, fundador del reino de Nueva Galicia y de la ciudad de Compostela, un conquistador de una crueldad tal que Carlos V hubo de destituirlo al tener noticia de sus asesinatos y del comercio de esclavos con los que traficaba.

ADULTERIO, CELOS, DESAMOR

 

En “Nada que no sepas” la escritora María Tena profundiza en algunas constantes de sus novelas anteriores

 

A veces las personas necesitan viajar al pasado para aclarar ciertos acontecimientos que perturban su vida. Buscan una explicación satisfactoria que les proporcione tranquilidad para seguir viviendo o les libere de la carga de una culpabilidad muchas veces asumida de forma equivocada. Es lo que le ocurre a la protagonista de esta novela de María Tena, “Nada que no sepas”, galardonada en 2018 con el Premio Tusquets de novela. Una historia de desamor, de celos, de infidelidades, que se van desvelando poco a poco sobre el fantasma de una madre muerta de forma violenta en circunstancias que la protagonista quiere aclarar de una vez por todas. Para investigar esas circunstancias viaja de Madrid a Montevideo, donde ocurrieron los hechos cuando era adolescente durante la década de los sesenta del pasado siglo, unos años de riqueza y prosperidad en un país al que se conocía como la Suiza de América, una época que vino a truncar el terrorismo urbano de grupos revolucionarios de uno y otro signo, desde los Tupamaros a los Escuadrones de la muerte, que condujeron a un golpe de estado cívico-militar que culminó con las dictaduras de Juan María Bordaberry y Alberto Demicheli y terminó con la prosperidad del país.
La protagonista quiere enfrentarse al pasado a través de los testimonios de quienes habían sido compañeras de juegos y de colegio, amigas y amigos de una infancia rota por el acontecimiento trágico que cambió su vida. Piensa que esas personas que un día fueron niños como ella y que ahora son adultos entrados en la cuarentena, tienen la información que busca para desvelar un misterio con el que ha vivido desde que su padre decidiera el regreso repentino a España después de la muerte de la madre de la protagonista. Una adolescencia feliz de excursiones y días de playa, de fiestas en el jardín y comidas al aire libre, en compañía de mujeres atractivas y hombres apuestos y elegantes, que se vio abruptamente quebrada por la muerte inesperada de la Madre (Tena escribe la palabra casi siempre con mayúscula).
La historia se desarrolla en dos planos que corresponden al presente y al pasado de esa protagonista, dos historias paralelas en las que algunas de las situaciones que vivieron sus padres en el pasado se repiten ahora en su vida actual. A través de los testimonios de sus antiguas amigas y de un intercambio postal con uno de los compañeros de adolescencia va descubriendo poco a poco que la incertidumbre, el desamor, el adulterio y otras experiencias de su vida son las mismas que sus padres vivieron en aquellos años lejanos en los que no era consciente de una situación que entonces no podía comprender.
María Tena maneja con habilidad el recurso literario de la evocación y el recuerdo de los padres, que es una presencia constante en la vida de las personas sobre todo cuando ya se han perdido. Sitúa esa evocación en la adolescencia, que es la época en la que con más intensidad irrumpe en la memoria de quienes los recuerdan. Por eso la protagonista vuelve una y otra vez a aquellos años de felicidad inconsciente para encontrar ahora, desde la madurez, las respuestas a los misterios que la han acompañado desde entonces, unos misterios que quiere exorcizar definitivamente porque intuye que es imprescindible para liberarse de un peso que ha condicionado su vida y cuya revelación sea tal vez la llave para acabar con los conflictos por los que atraviesa en su vida actual. En la manera de resolver la duda que la invade en el aeropuerto en el que espera el avión de regreso a España estará la respuesta con la que va a encarar su futuro, una respuesta que en buena medida María Tena deja en manos del lector.