Archivo de la categoría: Literatura

POLÉMICA RETAGUARDIA

 

Realidad y ficción en el Madrid sitiado por el ejército de Franco

En circunstancias normales la vida transcurre en un devenir más o menos monótono, con las alteraciones comunes que la existencia depara a cada cual. Sólo cuando interfiere una circunstancia extraordinaria las personas pueden protagonizar episodios que ni ellas mismas hubiesen imaginado. Ocurrió durante la guerra civil española, en esas circunstancias en las que todas las normas morales están abolidas. Gentes anónimas, dedicadas a desempeñar sus cargos, trabajar en sus profesiones o seguir sus estudios, de pronto se ven arrastradas por la vorágine de no importa cuál bandería, que las colocan en situaciones que a veces hacen emerger lo mejor de sí mismas y otras sus instintos más negativos. Durante esta guerra, en la ciudad de Madrid, una serie de personajes de orígenes diversos convirtieron sus vidas, a veces al servicio de una causa y otras por intereses personales, en relatos verdaderamente novelescos. El escritor Fernando Castillo ha escrito sobre algunos de estos personajes en “La extraña retaguardia” (Fórcola), un largo y documentado ensayo de lectura apasionante. Por sus páginas desfilan delincuentes convertidos en agentes dobles, como Alfonso López de Letona; linotipistas mudados en chequistas sanguinarios, como Agapito García Atadell; técnicos de sonido como Alberto Castilla Olavarría, reconvertido en confidente del contraespionaje republicano y responsable de la desarticulación del POUM y del asesinato de Andreu Nin; intelectuales como Segundo Serrano Poncela, implacable represor de quintacolumnistas, a quien se imputa, con Santiago Carrillo, la responsabilidad de los fusilamientos de Paracuellos; pistoleros como Elviro Ferret, agente de policía detenido en la frontera con Francia cuando huía con un botín de dinero y joyas, que consiguió ocultarse durante la posguerra bajo el nombre de un comerciante de La Coruña; Ángel Pedrero, compañero de Atadell, que aprovechó su cargo como responsable del Servicio de Inteligencia para acumular una importante cantidad de joyas y divisas para una frustrada huida de España. También estaban quienes mantuvieron fidelidad a la República y a sus principios hasta el final, como el pintor Lorenzo Aguirre, jefe superior de la policía, que siguió al Gobierno en su traslado a Valencia y Barcelona y consiguió instalarse en Francia después de la guerra, aunque la ocupación nazi en este país lo obligara a regresar a España, donde fue detenido y fusilado en 1942. Al lado de estos hombres estuvieron también algunas mujeres de vida novelesca, como la periodista Cándida del Castillo, madre del novelista Michel del Castillo, periodista de ABC y Unión Radio, casada con un brigadista y amante de algunos de los personajes incluidos en este libro, que trabajó para el contraespionaje bajo los nombres de Isabel y La Quinientos. O la socialista Regina García, también periodista, que desempeñó importantes puestos en el entramado republicano mientras mantenía contactos con la Quinta columna y la Falange clandestina y que tras la guerra publicó unas memorias exculpatorias con el título de “Yo he sido marxista”.
El libro de Fernando Castillo rescata del olvido o recupera para la memoria histórica nombres que protagonizaron algunos episodios poco conocidos pero que en su momento influyeron con más o menos trascendencia en la vida del Madrid sitiado por las tropas franquistas. Castillo ha investigado la amplia picaresca que se instaló durante aquellos años en Madrid. Un Madrid de chequistas y quintacolumnistas en el que se movían sin orden y al margen de toda ley personas que aprovecharon la guerra unas veces para enriquecerse y otras para alcanzar algún poder que pudiera proporcionarles privilegios o deshacerse de incómodos enemigos.
“La extraña retaguardia” es al mismo tiempo la crónica de la guerra en la ciudad de Madrid, desde los sucesos de la víspera del alzamiento hasta la entrada de los franquistas y la represión durante los primeros años de la posguerra. Los sufrimientos y las miserias de una población sometida al hambre y a los bombardeos conviven con los ambientes de las cafeterías, las tabernas y los restaurantes donde se discutía la marcha de la guerra en tertulias apasionadas, y con los cines, las salas de fiesta y los locales de prostitutas, que siguieron funcionando casi hasta el final. Un Madrid amordazado por el terror, con detenciones arbitrarias, desapariciones y ejecuciones sumarias provocadas unas veces por falangistas y quintacolumnistas y otras por sus perseguidores, en medio de un ambiente de caos y desorden. Un miedo agigantado por las noticias sobre el avance de las tropas de África y la represión a sangre y fuego impuesta a su paso por los rebeldes mientras en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo los milicianos hacían frente heroicamente a los ataques permanentes del ejército de Franco.
Los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas, la gestación y desarrollo del golpe del general Casado, la desesperación de los republicanos concentrados en el puerto de Alicante para embarcar hacia el exilio… son otros tantos episodios tratados con detalle en este libro de lectura recomendable.
EL ASEDIO EN LA FICCIÓN
A lo largo de “La extraña retaguardia” Fernando Castillo rescata algunos títulos de la literatura de posguerra que recrearon lo que pasaba en el Madrid sitiado, novelas en las que se identifican, a veces con nombres ficticios y otras verdaderos, algunos de los personajes que protagonizan las historias que se cuentan en su libro. Una de las novelas a las que alude con frecuencia es “Checas de Madrid”, del escritor falangista Tomás Borrás (1891-1976), que acaba de ser reeditada por Guillermo Escolar en una edición crítica de Álvaro López Fernández y Emilio Peral Vega. Pensar que esta literatura acentuadamente maniquea ha sido la que ha marcado la orientación ideológica de los lectores españoles de ficción durante varias décadas de la posguerra, obliga a esta lectura crítica desde nuevos presupuestos, como hacen los autores del prólogo y de las notas a pie de página. Tomás Borrás exagera y caricaturiza con rencor uno de los episodios más vergonzantes de la República, el de las checas que proliferaron en Madrid durante el asedio y en cuyo seno se cometieron algunas de las mayores atrocidades que historiadores como Antony Beevor y Julius Ruiz han calificado de terror rojo. Es sin embargo recomendable su lectura para tener conciencia de lo que pueden hacer en situaciones de desorden, caos y desgobierno quienes aprovechan la autoridad y el poder para la venganza y el enriquecimiento fraudulento. Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su gran ensayo sobre la literatura de la guerra civil, que muchos pasajes de “Checas de Madrid” estremecen por demasiado verdaderos.
Narrado en un estilo heredero del romanticismo y a veces influido por la prosa de Valle-Inclán, la novela “Checas de Madrid” está concebida como si se tratase de un montaje cinematográfico (no se olvide la relación de Borrás con la industria de cine y sus cargos en el Sindicato Nacional del Espectáculo, desde donde impuso la obligación, copiada de una ley de Mussolini, de doblar las películas extranjeras), con diálogos que recogen de manera burlesca el habla popular revolucionaria y donde lo grotesco protagoniza las actividades de los chequistas madrileños. Junto a escenas de ficción, Tomás Borrás recrea otras tomadas de la realidad, como la manifestación que enarbola la cabeza del general López Ochoa clavada en una pértiga tras su fusilamiento, el tiroteo del beaterio de la iglesia de San Ginés, la aniquilación del POUM y el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas… y la amplia rumorología extendida por unos y otros en la ciudad de Madrid: caramelos envenenados, moros que se alimentan de carne de niños, legionarios violadores, curas carlistas con sacos llenos de cabezas de republicanos…
La que se ofrece en esta edición crítica es la primera versión de “Checas de Madrid”, la de 1939, pero al final se incluyen los párrafos y los añadidos de la versión posterior de 1940 y la definitiva de 1963, que reorientan el sentido de la original.

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LA MIRADA DE CLARICE LISPECTOR

 

Se publican todos los cuentos de la escritora brasileña

Desde hace algunos años la editorial Siruela viene haciendo una labor excelente divulgando en España la obra de Clarice Lispector, una autora muy poco conocida aquí a pesar de ser posiblemente la mejor escritora brasileña del siglo XX. Además de sus novelas, que viene editando regularmente (en estas páginas hemos reseñado “La pasión según G.H.”), en 2013 Siruela publicó un volumen con los “Cuentos reunidos” de la escritora. Ahora, para completar aquella entrega, la misma editorial publica un extenso volumen que reúne “Todos los cuentos” (un total de 84, algunos encontrados tras su muerte), añadiendo diez relatos de la primera etapa de la autora ausentes en aquella edición, escritos cuando aún era una estudiante de Derecho en Rio de Janeiro.
No es fácil la literatura de Clarice Lispector, una narradora que intenta penetrar en los sentimientos más íntimos de las mujeres, ya sean amas de casa, misioneras o prostitutas, jóvenes o viejas, insertas en el tedio y la monotonía de una vida familiar y urbana, dominadas por la autoridad patriarcal de los maridos (“desconfiad de una mujer que sueña”, dice un marido en el cuento titulado “Fondo de cajón”), ahogadas por una atmósfera opresiva, incomunicadas, enfrentadas a las adversidades de la sociedad y a las costumbres que las obligan a renunciar a ser ellas mismas. Lispector reflexiona sobre la situación: “Allí está el mar, la más ininteligible de las existencias humanas. Y aquí está, de pie en la playa, la mujer, el más ininteligible de los seres vivos”, dice la escritora en el relato “Las aguas del mundo”.
Partiendo de anécdotas de la vida cotidiana, muchas de sus narraciones recogen las experiencias de la propia Clarice Lispector, la mujer joven y bella que se casó, que tuvo hijos, que fue envejeciendo y que se enfrentó a la enfermedad y a la muerte.
Los cuentos de Clarice Lispector son como una extensión de sus novelas porque en ellos predominan las mismas preocupaciones, la misma angustia existencial, los mismos problemas que asedian a las mujeres de sus novelas, que se preguntan constantemente sobre su condición y sobre su papel en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Relaciones de pareja monótonas que desembocan en crisis insuperables y en abandonos; soledad en entornos agresivos dominados por el hombre; angustia, pobreza, incierto futuro… En muchos de estos cuentos de Clarice Lispector la mujer va poco a poco tomando conciencia de su situación de opresión social, pero sus oportunidades de evadirse tropiezan siempre con barreras estructurales insuperables y de ahí que el desenlace sea muchas veces el desequilibrio sicológico, la muerte buscada o el suicidio. Excepcionalmente el suicida puede ser también un hombre, como en “Historia interrumpida”, y otras veces los dos miembros de la pareja, asediados por el tedio y la monotonía, como en “Los obedientes”, una narración en la que se cuenta cómo un matrimonio que había decidido en adelante vivir intensamente, termina suicidándose. “El sufrimiento es el privilegio de los que sienten”, dice en “Brasilia”, uno de los relatos, que no es en realidad un cuento sino dos miradas poéticas sobre la capital del país desde dos momentos separados entre sí por 12 años. Por cierto, hay que decir que aunque el título sea el de “Cuentos”, algunas de estas narraciones no son tales, al menos en el sentido clásico del término, sino reflexiones, soliloquios, recuerdos, fulguraciones poéticas, retratos sicológicos, monólogos interiores. Las protagonistas (casi siempre mujeres, aunque hay también algunos hombres, incluso narrados en primera persona, como en “Una amistad sincera”) se ven abocadas a una vida que no les deja ningún resquicio para escapar a su destino, condicionado por la familia, la sociedad y el entorno. Son estos cuentos de Clarice Lispector narraciones enigmáticas algunas, inquietantes y turbadoras, que dejan en el lector un poso de amargura al no vislumbrarse salidas airosas a la opresión a la que están condenadas las protagonistas. Incluso cuando (como en “La fuga” y “Obsesión”) alguna mujer toma la decisión de abandonar al marido porque ha conocido a alguien que “…había despertado en mí la sensación de que en mi cuerpo y en mi espíritu palpitaba una vida más profunda y más intensa que la que yo vivía”, la nueva relación resulta más tóxica que la anterior y obliga a las mujeres a volver con sus parejas.
UNA MUJER PARA LA LITERATURA
La misma vida de Clarice Lispector es como una de sus novelas (véase “Por qué este mundo”, la biografía escrita por Benjamín Moser publicada también por Siruela). Descendiente de judíos ucranianos, su abuelo fue asesinado, su madre violada, y su familia tuvo que exilarse en Brasil huyendo de la represión y los pogromos durante la revolución bolchevique. Con esa familia llegó Clarice Lispector a ese país sudamericano cuando contaba dos años (nació el 10 de diciembre de 1920 en la aldea de Tchetchelnik durante la huída). La precaria situación de su padre, vendedor ambulante de ropa de segunda mano, y la temprana muerte de su madre, cuando la escritora tenía nueve años, la empujaron a refugiarse en la literatura, donde descubrió la prosa deslumbrante de Machado de Assis, de Eça de Queiroz y de Jorge Amado, y la profundidad narrativa de los relatos de Dostoiewski y Flaubert. Su ideal de escritura se identificaba con las obras de Virginia Woolf pero sobre todo con las novelas de Katherine Mansfield.
Mujer de una gran belleza, alta y rubia, inteligente, misteriosa, seductora, tocada con permanentes collares sobre sus vestidos de intensos rojo, blanco o negro, Clarice Lispector ocultaba su mirada, sin embargo triste, detrás de unas permanentes gafas oscuras. Comenzó en el mundo de las letras trabajando como periodista y publicó su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”, a los 23 años, una obra que le proporcionó ya la popularidad literaria y con la que inició una carrera que fue fundamental en la renovación de las letras brasileñas, con títulos como “La hora de la estrella”, “Aprendizaje o el libro de los placeres” o su obra póstuma “Un soplo de vida”. Se casó con el diplomático Maury Gurgel, con quien tuvo dos hijos y a quien acompañó a Europa (Nápoles y Berna) y a Washington hasta que en 1959 regresó a Brasil tras un divorcio traumático. Esta separación la sumió en una profunda crisis, agravada por un accidente doméstico, un incendio provocado por un cigarrillo mal apagado, que le provocó graves quemaduras. Murió de cáncer en 1977, la víspera del día que iba a cumplir 57 años.

LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA DEL NORTE

 

Un ensayo y varias novelas abordan desde perspectivas diferentes la extinción de las tribus indígenas de Norteamérica

La carta del presidente de México López Obrador al rey Felipe VI solicitando que España pida perdón por los excesos de la conquista de México por Hernán Cortés trae a la actualidad un tema que ha sido tratado desde diferentes perspectivas, dependiendo de los intereses de los imperios que colonizaron aquellos territorios. La cultura yanqui ha ensalzado tradicionalmente como héroes a los colonizadores que exterminaron a los indígenas, aunque últimamente se han publicado ensayos, se han escrito novelas y se han estrenado películas que son muy críticas con aquellos episodios. A lo largo de muchos años se han publicado leyendas negras sobre las conquistas de los españoles y de los colonos anglosajones, pero apenas se han divulgado informaciones sobre los excesos que los mismos mexicanos llevaron a cabo en su territorio para exterminar a tribus como los apaches.
LA CONQUISTA ENTRE LA FICCIÓN Y LA HISTORIA
La conquista de los territorios que hoy ocupan México y los Estados Unidos ha sido largamente tratada, sobre todo en el cine de Hollywood, que inventó el western, uno de los géneros más celebrados por la industria. Un libro de reciente aparición, “Ahora me rindo y eso es todo” (Anagrama), del escritor mexicano Álvaro Enrigue, recoge, entre la historia y la ficción, algunos de los episodios de aquella colonización y exterminio protagonizados por yanquis y mexicanos: “Si los gringos fueron crueles con los apaches, los mexicanos nos quedamos sin madre por hacerles lo que les hicimos y seguimos sin tenerla: no los recordamos y su ausencia en nuestra memoria nos reduce”, afirma Enrigue en este libro.
En 1886, después de su última huida de la reserva en la que había sido ingresado, el jefe apache Gerónimo se rendía a las fuerzas del general George Crook en el Cañón de los Embudos, en la Sierra Madre occidental. Sus palabras al reconocer la derrota fueron: “Antes me movía como el viento, ahora me rindo y eso es todo”, una sentencia que da título a este libro del escritor mexicano.
La figura de Gerónimo, el último héroe de la Guerra Azteca, centra el desarrollo del libro de Enrigue, una narración de género inclasificable, entre la crónica histórica, el relato novelesco y el diario. Enrigue sigue los pasos de Gerónimo, que era mexicano y hablaba español, desde que era el temible jefe indio que puso en jaque a los ejércitos de México y Estados Unidos hasta su confinamiento en el Fuerte Sam Houston de San Antonio, Texas, mientras esperaba, acompañado por algunos de los suyos entre los que estaban su propio hijo Chapo, y Naiche, el hijo de Cochís, el tren que iba a trasladarlo a un confinamiento temporal en una reserva de Florida. Gerónimo terminó muriendo a los 79 años en la base militar de Lawton, Oklahoma.
En esta obra de Enrigue las citas históricas y los personajes reales que protagonizaron la rendición de Gerónimo y los suyos alternan con el relato novelesco que cuenta el secuestro de una mujer por un grupo de apaches y la persecución que inicia en su búsqueda una expedición formada por irregulares en territorios controlados por los indígenas. Las penalidades de la rehén durante su traslado al campamento apache están narradas con un dramatismo que traslada al lector las vivencias de una situación en el límite entre la vida y la muerte. Camila, nombre de esta mujer mexicana, terminará integrándose y uniéndose al jefe Mangas Coloradas, padrastro de Gerónimo, un episodio inspirado en un suceso real. Un tercer hilo conductor del libro de Enrigue es un diario donde el escritor cuenta un viaje de vacaciones con su esposa Valeria y sus tres hijos a la Apachería, el extenso territorio de los apaches entre los actuales Estados Unidos y México (incluida una emotiva visita a su cementerio de Fort Still), esos territorios en los que se van desarrollando los episodios, novelescos e históricos, que se cuentan a lo largo del libro. Al final, historia, novela y diario confluyen en una misma narración como si formasen parte de un único relato.
LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA
Pocas gestas históricas han alcanzado grados de riesgo y aventura como la de los conquistadores españoles en América. Son conocidas las de Hernán Cortés y Pizarro, aunque no con la suficiencia que otros países y otras culturas han divulgado las suyas (por ejemplo, las ya citadas producciones de Hollywood sobre la conquista del Oeste). Sin embargo permanecen prácticamente ignoradas las epopeyas de los españoles en esa ancha franja de territorio americano que se inicia en la desembocadura del río Colorado y se extiende por el sur de Arizona, Nuevo México, Texas, Arkansas, el valle del Misisipi desde Luisiana hasta el norte de Memphis, y el sudeste de lo que hoy son México y los Estados Unidos: Tennessee, Alabama, Carolina del Sur, Georgia y Florida. Un libro reciente, “Indios y conquistadores españoles en América del Norte” (Alianza Editorial) del historiador francés Jean-Michel Sallmann, rescata del olvido a personajes fascinantes y expediciones fabulosas que, contempladas a la distancia de los siglos que nos separan, parecen producto de la imaginación de un novelista fantasioso. Sallmann se acerca a estas historias con la seriedad y el rigor de un investigador que se interna en el proceloso territorio de una tierra incógnita hollada por aventureros en busca de riquezas y poder.
Tal vez se hable poco de las aventuras de los conquistadores españoles en estos territorios porque el fracaso persiguió prácticamente a todas las empresas y a algunas de forma muy trágica. Tampoco dieron con las riquezas que suponían que había en ellos: el oro y la plata que pretendían encontrar resultó ser sólo cobre y mica de escaso valor. Para explicar estos fracasos el autor investiga minuciosamente cómo se organizaban las expediciones, las dificultades de un entorno natural hostil y la feroz resistencia de las tribus indígenas, en parte provocada por los métodos violentos de los expedicionarios.
Las primeras expediciones al norte del territorio de México se desarrollaron en lo que los españoles llamaron Las Floridas, la península de Florida y su zona norte, para más tarde abordar la conquista de Tierra Nueva, al oeste del territorio de los EE.UU. y México. Además de la gloria los conquistadores buscaban tierras ricas como las de los imperios inca y azteca y un paso de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico que facilitase la llegada de los barcos españoles a China y las Molucas con el fin de contrarrestar la influencia de Portugal en Asia, según decidiera el Tratado de Tordesillas. Su fanatismo estaba alimentado también por creencias mitológicas como las de Eldorado y la Fuente de la Eterna Juventud o por leyendas medievales como la de Las Siete Ciudades.
La más espectacular y novelesca expedición fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuyos supervivientes (sólo tres de varios centenares) tardaron ocho años en volver a Nueva España tras enfrentarse unas veces y convivir otras con tribus indias de los territorios de Florida, los mismos que exploraron Ponce de León, Lucas Vázquez (fundador de la primera ciudad de América del Norte, San Miguel de Guadalupe) y la trágica de Pánfilo de Narváez, diezmada por los indios y el paludismo. No le fue mejor a la de Hernando de Soto, veterano de la conquista de Perú, que tuvo que vadear ríos impetuosos, profundas ciénagas y marismas inhóspitas mientras libraba luchas feroces contra los indígenas en emboscadas y guerras de guerrilla cuyas víctimas hispanas eran decapitadas, descuartizadas y colgadas de los árboles para extender el terror entre los soldados. Los expedicionarios recorrieron a sangre y fuego Tennessee, la cuenca del Misisipi, Alabama, Memphis y Boston, camino de Texas, donde Soto perdió la vida y fue sustituido por Luis de Moscoso, una expedición que fue un completo fracaso humano y un verdadero desastre económico.
Episodio poco conocido es también el de los enfrentamientos con los expedicionarios franceses, que no habían aceptado el monopolio de la colonización hispano-lusa bendecido por el Papa. La España de Felipe II encargó al gallego Pedro Menéndez de Avilés un plan de oposición a la presencia francesa en Florida, contra la que Francia montó una gigantesca expedición con una flota bajo el mando de Ribaud y un ejército al cuidado de Dominique de Gourgues que destruyó el fuerte de San Mateo y algunos fortines, sin conseguir el control de Florida. Tras la derrota de los franceses Menéndez tomó Florida en nombre del rey de España y atacó y saqueó la posición francesa de Fort Caroline. Pero tampoco los españoles permanecieron mucho tiempo porque los indígenas masacraron todas sus guarniciones hasta el punto de que sólo se salvó un español, al que dejaron con vida para que hiciera de mensajero de la tragedia a las autoridades de Santa Elena. Florida fue entonces considerada por las autoridades españolas como una tierra sin interés y poblada además por indígenas reacios a la sumisión. Sólo interesó entonces la situación estratégica de sus costas para garantizar el suministro de metales preciosos al Tesoro español.
No menos trágicas resultaron las expediciones españolas a Tierra Nueva conducidas por Nuño de Guzmán, fundador del reino de Nueva Galicia y de la ciudad de Compostela, un conquistador de una crueldad tal que Carlos V hubo de destituirlo al tener noticia de sus asesinatos y del comercio de esclavos con los que traficaba.

ADULTERIO, CELOS, DESAMOR

 

En “Nada que no sepas” la escritora María Tena profundiza en algunas constantes de sus novelas anteriores

 

A veces las personas necesitan viajar al pasado para aclarar ciertos acontecimientos que perturban su vida. Buscan una explicación satisfactoria que les proporcione tranquilidad para seguir viviendo o les libere de la carga de una culpabilidad muchas veces asumida de forma equivocada. Es lo que le ocurre a la protagonista de esta novela de María Tena, “Nada que no sepas”, galardonada en 2018 con el Premio Tusquets de novela. Una historia de desamor, de celos, de infidelidades, que se van desvelando poco a poco sobre el fantasma de una madre muerta de forma violenta en circunstancias que la protagonista quiere aclarar de una vez por todas. Para investigar esas circunstancias viaja de Madrid a Montevideo, donde ocurrieron los hechos cuando era adolescente durante la década de los sesenta del pasado siglo, unos años de riqueza y prosperidad en un país al que se conocía como la Suiza de América, una época que vino a truncar el terrorismo urbano de grupos revolucionarios de uno y otro signo, desde los Tupamaros a los Escuadrones de la muerte, que condujeron a un golpe de estado cívico-militar que culminó con las dictaduras de Juan María Bordaberry y Alberto Demicheli y terminó con la prosperidad del país.
La protagonista quiere enfrentarse al pasado a través de los testimonios de quienes habían sido compañeras de juegos y de colegio, amigas y amigos de una infancia rota por el acontecimiento trágico que cambió su vida. Piensa que esas personas que un día fueron niños como ella y que ahora son adultos entrados en la cuarentena, tienen la información que busca para desvelar un misterio con el que ha vivido desde que su padre decidiera el regreso repentino a España después de la muerte de la madre de la protagonista. Una adolescencia feliz de excursiones y días de playa, de fiestas en el jardín y comidas al aire libre, en compañía de mujeres atractivas y hombres apuestos y elegantes, que se vio abruptamente quebrada por la muerte inesperada de la Madre (Tena escribe la palabra casi siempre con mayúscula).
La historia se desarrolla en dos planos que corresponden al presente y al pasado de esa protagonista, dos historias paralelas en las que algunas de las situaciones que vivieron sus padres en el pasado se repiten ahora en su vida actual. A través de los testimonios de sus antiguas amigas y de un intercambio postal con uno de los compañeros de adolescencia va descubriendo poco a poco que la incertidumbre, el desamor, el adulterio y otras experiencias de su vida son las mismas que sus padres vivieron en aquellos años lejanos en los que no era consciente de una situación que entonces no podía comprender.
María Tena maneja con habilidad el recurso literario de la evocación y el recuerdo de los padres, que es una presencia constante en la vida de las personas sobre todo cuando ya se han perdido. Sitúa esa evocación en la adolescencia, que es la época en la que con más intensidad irrumpe en la memoria de quienes los recuerdan. Por eso la protagonista vuelve una y otra vez a aquellos años de felicidad inconsciente para encontrar ahora, desde la madurez, las respuestas a los misterios que la han acompañado desde entonces, unos misterios que quiere exorcizar definitivamente porque intuye que es imprescindible para liberarse de un peso que ha condicionado su vida y cuya revelación sea tal vez la llave para acabar con los conflictos por los que atraviesa en su vida actual. En la manera de resolver la duda que la invade en el aeropuerto en el que espera el avión de regreso a España estará la respuesta con la que va a encarar su futuro, una respuesta que en buena medida María Tena deja en manos del lector.

20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.

UNA NUEVA EDICIÓN DE LA “COMEDIA” DE DANTE

Una de las obras inmortales de la literatura universal, la “Divina Comedia”, de Dante Alighieri (Florencia, 1265-Rávena, 1321), ha conocido numerosas ediciones a lo largo de los siglos, desde la difusión de los primeros manuscritos del “Infierno” de 1312 y la primera edición impresa en 1472. A España, que fue el primer país en traducir a Dante, llega ahora, a cargo de la editorial Acantilado, la que tal vez sea la más completa editada en nuestro país, con traducción, prólogo y comentarios del poeta y catedrático de literatura José María Micó, quien afirma que la “Comedia” es el libro más extraordinario de la cultura literaria europea. En un país en el que se han venido prodigando excelentes traducciones (recordamos ahora la de Ángel Crespo para Seix Barral, la de Abilio Echevarría para Alianza Editorial, la de Luis Martínez de Merlo para Cátedra, en gallego la de Darío Xohán Cabana para Edicións da Curuxa y en catalán las de Josep María de Sagarra y Joan Francesc Mira), la de Acantilado mantiene, además, el título original de “Comedia” con el que Dante tituló su obra: el nombre de “Divina Comedia” se comenzó a utilizar desde que Boccaccio la publicara con este calificativo en la edición veneciana de 1555.
LOS ORÍGENES DE UNA OBRA MAESTRA
Dante Alighieri conoció a su amada Beatriz cuando tenía nueve años, pero ya entonces sintió por ella algo más que una atracción juvenil; fue una fuerza violenta que lo poseyó y que se acrecentó cuando nueve años después volvió a verla. Este sentimiento que experimentó intensamente a lo largo de su vida no lo dio a conocer hasta dos años después de la muerte de Beatriz en un libro de carácter autobiográfico, “Vita Nuova” (Vida Nueva), escrito hacia 1292, en el que Dante recoge desde sus poemas de los años juveniles hasta aquellos en los que comienza a expresar su dolor por la muerte de la amada. En “Convivio” (Banquete), una obra escrita entre 1304 y 1307, Dante también busca a Beatriz, ahora a través de la Filosofía en su sentido medieval (metafísica, astronomía, ética y política). Aquí el poeta transforma la literatura en un poderoso instrumento de cultura del que Beatriz es guía. Lo será ya hasta los últimos versos de la “Comedia”.
VIAJE A ULTRATUMBA
A los 35 años (a mitad del camino de la vida) Dante inicia en 1307, desde su exilio en Rávena, la composición de la “Comedia”, un largo poema en primera persona en el que el autor sigue buscando a Beatriz, ahora en el otro mundo, a lo largo de un viaje imaginario a los tres reinos de ultratumba. El poeta Virgilio (que simboliza la razón) lo acompaña en el infierno; Beatriz (la gracia) lo guía por el purgatorio hasta el paraíso, y San Bernardo (la gloria) lo lleva hasta la contemplación de Dios. De este modo el viaje se inicia en el infierno, una materia “horrible y fétida” en palabras del autor, y termina en otra, el cielo, “próspera, agradable y deseable”. De ahí el nombre de “Comedia” que Dante decidió como título: en esa época una comedia era una obra que empezaba mal y terminaba bien.
A diferencia de la mayoría de las obras, que todavía se escribían en latín, Dante escribió la “Comedia” en el lenguaje vulgar de la época, el toscano, con el que consiguió, según comentarios ilustres, la más bella manifestación que ha logrado jamás la lengua italiana. La “Comedia” marca el origen de la literatura moderna, la literatura de ideas.
UNA OBRA ALEGÓRICA
La “Comedia” es una obra simbólica y alegórica sobre el más allá, orientada hacia la salvación del alma y el conocimiento espiritual de Dios, aunque es al mismo tiempo una metáfora de este mundo, del mundo en el que vivía Dante. Uno de los simbolismos más presentes en la obra es el trinitario. El número tres, y su múltiplo el nueve, protagonizan este simbolismo de manera matemática. Así, la obra, escrita en tercetos, está dividida en tres partes que representan la Trinidad, y cada una de ellas se compone de nueve círculos (el Infierno), nueve partes (el Purgatorio) y nueve cielos (el Paraíso), que se desarrollan a la vista del lector durante los siete días que dura el viaje, una cifra que es también una alegoría que representa los siete días de la Creación, las siete virtudes teológicas y los siete pecados capitales. Tres son también los guías de Dante, tres los escalones que llevan al Purgatorio y tres (la noche, la mañana y el mediodía) los tiempos simbólicos en que transcurre la obra. Dante es interrogado por San Pedro sobre la Fe, por Santiago sobre la Esperanza y por San Juan sobre la Caridad.
INFIERNO, CIELO, PURGATORIO
El canto del ‘Infierno’, el primero, nos presenta a un Dante perdido en la selva del mal y asaltado por tres fieras que representan el pecado. En esta situación encuentra al poeta Virgilio, que lo guía a través de un abismo en forma de cono invertido dividido en nueve galerías o círculos (el primero es el limbo, donde están los inocentes no bautizados) en los que sufren terribles castigos los condenados, distribuidos según categorías: avaros, iracundos, perezosos, herejes, violentos, simoníacos, hipócritas, ladrones, falsarios… En el fondo del último círculo está Lucifer, representado por un monstruo con tres rostros cuyas bocas trituran a los pecadores. Los condenados añoran los bienes terrenales (la naturaleza, la familia) y manifiestan su dolor sin esperanza. Este espacio está poblado de elementos de la mitología clásica y del mundo pagano.
El Purgatorio es una montaña dividida en nueve círculos donde las almas se purifican para poder acceder al Paraíso.. En el Purgatorio hay gente inteligente que recuerda la belleza de este mundo mientras espera la gloria del otro. También están aquí los arrepentidos en trance de muerte, los fallecidos de muerte violenta y los príncipes negligentes. Virgilio desaparece aquí y aparece Beatriz, que va a conducir al poeta hasta el Paraíso, formado por nueve cielos móviles, nueve espacios en los que se sitúan los justos, los laboriosos, los amantes, los mártires o los sabios. Y a continuación de estos está el Empíreo, un décimo cielo espiritual reservado a los santos. Con Beatriz asciende al cielo, el reino de la paz, de la filosofía y del amor, aunque para mostrarle la visión de Dios y comprender los misterios de la Encarnación y de la Trinidad, es acompañado por San Bernardo.
A lo largo del viaje por los tres estados van desfilando personajes históricos, desde Papas y emperadores a parientes, amigos y enemigos, unos reales y otros de ficción, a los que Dante sitúa en el infierno, el purgatorio o el paraíso según la opinión que sobre ellos tiene formada el poeta florentino. De ahí que la “Comedia” sea también un canon acerca del sistema de valores de un Dante que se apartaba de los dictados oficiales del Vaticano, como demuestra la prohibición por la Iglesia de algunos de sus escritos.

GALDÓS. 175 AÑOS DE LITERATURA

 

La efeméride se presta a recuperar la obra de uno de los grandes escritores de la literatura española

 

En este 2018 que ahora termina se cumplieron 175 años del nacimiento de Benito Pérez Galdós en Las Palmas el día 10 de mayo de 1843, una ocasión desaprovechada por los organismos culturales para recuperar (o para descubrir a las nuevas generaciones) a un escritor fundamental de nuestra literatura, el mejor novelista español del realismo crítico. Una de las iniciativas más meritorias relacionadas con Galdós fue la publicación por la editorial Cátedra de diez de sus mejores novelas en un volumen en el que también se rescata del olvido su discurso de ingreso en la Real Academia Española, un texto en el que, desde su título (“La sociedad presente como materia novelable”), mezclaba los dos elementos de su obra literaria, la realidad y la imaginación.
UNA VIDA PARA LA LITERATURA
Descendiente de un militar que participó en la Guerra de la Independencia, Galdós vivió desde los 19 años en Madrid, a donde llegó para estudiar Derecho y donde se quedó para siempre. Madrid fue la ciudad con la que llegó a identificarse, a la que convirtió en escenario de sus mejores novelas y de la que extrajo los personajes más fascinantes de su literatura. Sus viajes desde muy joven por Europa (Francia, Inglaterra, Holanda, Alemania, Italia…) le proporcionaron una perspectiva abierta y cosmopolita para analizar la sociedad de su tiempo y desmienten el estereotipo de personaje apegado al terruño con que lo definieron algunos coetáneos. Desde su llegada a la capital practicó el periodismo en revistas como “El Debate”, “Revista de España” y en el diario progresista “La Nación”, una experiencia que le permitió conocer en profundidad la convulsa vida social y política de aquellos años. En la Universidad fue alumno de profesores krausistas y regeneracionistas cuya doctrina influyó en su pensamiento y en sus novelas. Y en su formación literaria fueron importantes las obras de Dickens (de quien fue traductor) y de Balzac, a quienes leyó en profundidad antes de publicar por entregas su primera novela “La sombra” en 1870. Pero lo que se manifiesta con más fuerza en toda su obra es la influencia de Cervantes.
UNA LITERATURA COMPROMETIDA
La literatura de Galdós evolucionó paralelamente a su ideario político hasta el punto de que algunos de sus personajes son trasunto del propio escritor (el Augusto Miquis de “La desheredada” y “Ángel Guerra”, el Evaristo Feijoo de “Fortunata y Jacinta”). Desde un inicial apoyo al régimen monárquico, evolucionó primero hacia la militancia en el grupo progresista republicano para más tarde afiliarse al Partido Socialista. Fue testigo del destronamiento de Isabel II a consecuencia de la Revolución de Septiembre de 1868, del golpe del general Pavía en las Cortes de 1874 que dio paso a la Restauración en la persona de Alfonso XII, y del Desastre de 1898. Fue, desde la literatura, el mejor cronista de esos años de transición entre los siglos XIX y XX y trató siempre de introducir su sistema de valores entre la ficción de sus novelas. Así, desde un inicial planteamiento burgués (“Doña Perfecta”, 1876) su obra fue derivando hacia la crítica a esa misma burguesía para llegar a un republicanismo radical y socialista (“El caballero encantado”, 1909). Su anticlericalismo, que mantuvo hasta el fin de sus días, se manifiesta abiertamente en obras como “Gloria” (1877) y “La familia de León Roch” (1878). Fue un fiel defensor de los derechos del movimiento obrero (en “Marianela” critica expresamente las condiciones de trabajo de los mineros) y participó en la vida política defendiendo las ideas republicanas. Desencantado del republicanismo burgués terminó por acercarse al PSOE, partido al que calificó como “lo único serio, disciplinado, admirable, que hay en la España política”. La clase media urbana, a la que dedicó toda su obra, nunca refrendó la ideología progresista de su narrativa y de su teatro.
UNA OBRA MONUMENTAL
En lo literario Galdós superó el realismo de la época introduciendo elementos extrarrealistas (los sueños, la memoria, la fantasía y la imaginación, a la que el autor llamaba ‘la loca de la casa’) y utilizando novedosos y arriesgados recursos experimentales como el monólogo interior y el espiritualismo tolstoyano. Con una formidable potencia fabuladora y un estilo propio con el que crea mundos complejos, es autor de algunas de las novelas más importantes de la literatura española: “Tormento” (1884), “Fortunata y Jacinta” (1887), “Nazarín” (1895), “Misericordia” (1897)… Fue uno de los mejores escritores que supieron llegar a lo más profundo de los seres humanos y a denunciar sus vicios y sus miserias: la vanidad, la hipocresía, la ambición, la avaricia. Entre sus temas siempre reivindica la libertad individual, la educación, el progreso. Y tampoco falta la crítica despiadada a los colectivos que han frenado el desarrollo de España y han impedido el florecimiento de las ideas ilustradas, desde la Iglesia y el poder político a la nobleza y los militares. Pérez de Ayala lo calificó como el mejor novelista español después de Cervantes, Valle-Inclán apreciaba su literatura (aunque fuera uno de los personajes de su “Luces de bohemia” quien le adjudicó el apodo de ‘garbancero’) y, a pesar de sus ideas progresistas, tuvo siempre el reconocimiento del conservador Menéndez y Pelayo.
Aunque siempre con escasos recursos económicos, Pérez Galdós fue un autor famoso en una España que no era generosa con sus escritores. La reacción denostaba sus novelas y hasta el Gobierno llegó a oponerse abiertamente a su candidatura al Nobel en 1912. Aunque publicó 77 obras de ficción su popularidad la debe a los Episodios Nacionales, una serie de 46 novelas históricas que abarcan desde la batalla de Trafalgar a la Restauración, que fue publicando de 1873 a 1912, en las que funde la narración con la historia y donde el protagonismo se centra no en grandes personajes y acontecimientos trascendentes sino en los seres anónimos y en sus circunstancias, lo que Unamuno llamaba la intrahistoria.
Aparte de su obra novelística Galdós fue autor de un teatro (a veces sus dramas eran adaptaciones de sus novelas) en el que también introducía sus preocupaciones sociales. En 1901, el estreno de su drama anticlerical “Electra” suscitó una fuerte polémica que provocó una manifestación contra el gobierno conservador la misma noche del estreno, cuando el público acompañó vitoreando al autor a pie durante el trayecto desde el teatro a su casa.
Benito Pérez Galdós murió en 1920 ciego y en la miseria pero con el fervor de sus admiradores intacto. Aunque se le negaron funerales nacionales su entierro se recuerda como una de las más espectaculares muestras de dolor del pueblo de Madrid. Su obra se agiganta con el tiempo a medida que vamos conociendo mejor la sociedad que la inspiró y el contexto político en el que fue creada. Esta era una buena ocasión para comprobarlo. Aunque nunca es tarde.