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ADULTERIO, CELOS, DESAMOR

 

En “Nada que no sepas” la escritora María Tena profundiza en algunas constantes de sus novelas anteriores

 

A veces las personas necesitan viajar al pasado para aclarar ciertos acontecimientos que perturban su vida. Buscan una explicación satisfactoria que les proporcione tranquilidad para seguir viviendo o les libere de la carga de una culpabilidad muchas veces asumida de forma equivocada. Es lo que le ocurre a la protagonista de esta novela de María Tena, “Nada que no sepas”, galardonada en 2018 con el Premio Tusquets de novela. Una historia de desamor, de celos, de infidelidades, que se van desvelando poco a poco sobre el fantasma de una madre muerta de forma violenta en circunstancias que la protagonista quiere aclarar de una vez por todas. Para investigar esas circunstancias viaja de Madrid a Montevideo, donde ocurrieron los hechos cuando era adolescente durante la década de los sesenta del pasado siglo, unos años de riqueza y prosperidad en un país al que se conocía como la Suiza de América, una época que vino a truncar el terrorismo urbano de grupos revolucionarios de uno y otro signo, desde los Tupamaros a los Escuadrones de la muerte, que condujeron a un golpe de estado cívico-militar que culminó con las dictaduras de Juan María Bordaberry y Alberto Demicheli y terminó con la prosperidad del país.
La protagonista quiere enfrentarse al pasado a través de los testimonios de quienes habían sido compañeras de juegos y de colegio, amigas y amigos de una infancia rota por el acontecimiento trágico que cambió su vida. Piensa que esas personas que un día fueron niños como ella y que ahora son adultos entrados en la cuarentena, tienen la información que busca para desvelar un misterio con el que ha vivido desde que su padre decidiera el regreso repentino a España después de la muerte de la madre de la protagonista. Una adolescencia feliz de excursiones y días de playa, de fiestas en el jardín y comidas al aire libre, en compañía de mujeres atractivas y hombres apuestos y elegantes, que se vio abruptamente quebrada por la muerte inesperada de la Madre (Tena escribe la palabra casi siempre con mayúscula).
La historia se desarrolla en dos planos que corresponden al presente y al pasado de esa protagonista, dos historias paralelas en las que algunas de las situaciones que vivieron sus padres en el pasado se repiten ahora en su vida actual. A través de los testimonios de sus antiguas amigas y de un intercambio postal con uno de los compañeros de adolescencia va descubriendo poco a poco que la incertidumbre, el desamor, el adulterio y otras experiencias de su vida son las mismas que sus padres vivieron en aquellos años lejanos en los que no era consciente de una situación que entonces no podía comprender.
María Tena maneja con habilidad el recurso literario de la evocación y el recuerdo de los padres, que es una presencia constante en la vida de las personas sobre todo cuando ya se han perdido. Sitúa esa evocación en la adolescencia, que es la época en la que con más intensidad irrumpe en la memoria de quienes los recuerdan. Por eso la protagonista vuelve una y otra vez a aquellos años de felicidad inconsciente para encontrar ahora, desde la madurez, las respuestas a los misterios que la han acompañado desde entonces, unos misterios que quiere exorcizar definitivamente porque intuye que es imprescindible para liberarse de un peso que ha condicionado su vida y cuya revelación sea tal vez la llave para acabar con los conflictos por los que atraviesa en su vida actual. En la manera de resolver la duda que la invade en el aeropuerto en el que espera el avión de regreso a España estará la respuesta con la que va a encarar su futuro, una respuesta que en buena medida María Tena deja en manos del lector.

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20 AÑOS SIN TORRENTE BALLESTER

El 27 de enero de 1999 moría en Salamanca, a los 88 años, el escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. Dejó una obra literaria considerada entre las mejores de la narrativa española del siglo XX. Fue también autor de libros de ensayo, crítico de teatro y articulista en numerosas publicaciones. El reconocimiento a su obra culminó con el Premio Cervantes en 1985.
PROFESOR TORRENTE
Cuando se recuerda la obra de Torrente Ballester los comentarios se refieren casi siempre a sus novelas y a veces también a sus artículos y a las críticas sobre teatro, arte y libros que escribió a lo largo de su vida. Sin embargo se olvida o se margina su labor como profesor de Literatura y como autor de manuales docentes como “Literatura Española Contemporánea” en el que muchos aprendimos a valorar en su verdadera dimensión la obra de escritores que estudiamos en ese texto. Y este olvido se produce a pesar de que Torrente Ballester se consideró siempre profesor antes que escritor y articulista, como manifestó en su discurso de la entrega del Premio Cervantes:
Durante medio siglo intenté comunicar a muchas generaciones de mozos y mozas el arte de la Lengua y el secreto de la Literatura. Esta fue mi vocación real; la otra, la complementaria.
Esa “vocación complementaria” la consideraba el escritor como una “diversión secreta”. En el prólogo a sus “Obras completas” Torrente se refiere a la docencia como una actividad que para él fue también un aprendizaje.
Fui, desde muy pronto, profesor, y aunque, en un principio, haya enseñado de todo –por lo que aprendí de todo un poco: si vis discere, doce-, pronto me especialicé en la gramática y la literatura, lo que me obligó a aprender cosas útiles y aplicables a mi diversión secreta… A fuerza de explicarlas a los alumnos aprendí muchas cosas que me vinieron bien…
La docencia, que ejerció también en la Universidad norteamericana de Albany durante algunos años, fue además su único medio de vida. En una publicación inédita en España, “Gonzalo Torrente Ballester. Una perspectiva hispanoamericana” (Ed. Rosgal, 1995), de la profesora uruguaya Myriam Villar, Torrente Ballester afirma:
A mí me gustaba enseñar y fue importante porque yo, que no podía vivir de la literatura, viví de la docencia… cuando envejecí empezó a hacérseme pesado, pero durante 35 ó 40 años hallé una verdadera satisfacción con ello.
ADEMÁS, LA LITERATURA
Pero la Literatura había prendido desde muy temprano en el alma de Torrente Ballester. Desde su primera infancia:
Para que os deis cuenta de cómo era mi aldea voy a contaros algo que sucedió un domingo del mes de enero allá por 1917… venía un hombre a caballo y al pasar por la fuente había descubierto un hada o una ninfa… con las piernas metidas en el agua, que se estaba peinando con un peine de oro los larguísimos cabellos. Al verse sorprendida por el de Viladoniga, que era joven y la miraba, desapareció, no en el aire ni huyendo por el bosque, sino sumida en el agua, como si la hubiese absorbido la fuente (“Dafne y ensueños”).
Había mendigos que venían de sitios desconocidos, que recitaban romances medievales, que hablaban de la Santa Compaña con toda naturalidad; había marineros para quienes los océanos no tenían secretos, que habían estado en las guerras de Cuba y Filipinas y que contaban unas historias fantásticas… (Entrevista de Joaquín Soler Serrano en el programa “A fondo” de TVE).
A pesar de ser el año de 1910, yo nací en la Edad Media (en sus postrimerías, por supuesto). Una Edad Media algo rara, sin embargo, porque, si bien es cierto que en mi aldea procurábamos, de noche, no tropezar con la Compaña, si era viernes podía verse en el cielo, jugando, los reflectores de los barcos de guerra… Por aquel valle donde nací bajaban los vientos más estruendosos, galernas de la mar… Con ese viento y esas historias ¿qué esperaban que fuera?¿Por ventura ingeniero de caminos?… La literatura se aposentó en mis entrañas como un virus contra el que no caben defensas ni se ha inventado aún la vacuna. Me poseyó y posee con esa entereza de algunos amores y de algunas mujeres, no me ha soltado jamás… (“Autobiografía”. Revista “Triunfo”, 1-6-1981)
ESCRITOR GALLEGO
Aunque siempre escribió en castellano, por su temática y por su estilo literario, Torrente Ballester siempre se consideró un escritor gallego
Yo me siento un escritor europeo que escribe en español y en cuya personalidad, por razones obvias, se dan determinadas características que se atribuyen a los gallegos… Pero hay otra cosa más importante: mi lengua madre es el gallego, pero un gallego muy local y muy corrompido, difícil de transformar en literatura, pero que conserva un ritmo peculiar. Por eso todos los escritores gallegos que partimos de ahí, al escribir en español, consciente o inconscientemente, acomodamos la lengua a ese ritmo… Esta es la razón por la cual el castellano escrito por los gallegos tiene ciertas calidades que no tiene ni siquiera el de los propios castellanos. Porque el gallego es una lengua musical, con un ritmo predominante…que trasladado al castellano le da a esta lengua una modulación que no tiene, por ejemplo, el castellano de los levantinos, de Azorín o Gabriel Miró, y que podemos encontrar en cambio en Valle-Inclán, en Cunqueiro, en Cela, y en general en todos los escritores que escriben en castellano partiendo del gallego, como es mi caso. (Entrevista en la revista “Triunfo”. 17-11-1973).
SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO LITERARIO
Una de las mayores decepciones de su trayectoria como escritor fue el fracaso de “Don Juan”, una novela en la que había puesto grandes esperanzas y que hasta el fin de sus días consideró como una de sus mejores obras. En cambio no entendió muy bien el éxito de otras novelas suyas, como “La saga/fuga de JB”.
Lo de “La saga” no lo entiendo, no lo entiendo en absoluto, porque de todos mis libros es el más difícil, el que lleva más carga intelectual y, según todas las previsiones relativas al lector medio español, era el que estaba condenado a un desconocimiento más amplio, más profundo… Podría encontrar explicaciones parciales, como la de que el libro ha venido a sacarles las castañas del fuego a los españoles que estaban, diríamos, abrumados por el éxito de los escritores hispanoamericanos… Pero yo no soy capaz de entender de una manera satisfactoria y completa el éxito de “La saga”.
LA CENSURA
A pesar de su adhesión al régimen franquista durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra (se afilió a Falange Española para salvar la vida), Torrente Ballester tuvo desde siempre problemas con la censura, que llegó a alterar el contenido de algunos de sus libros o a prohibir su difusión, sobre todo después de haber firmado un manifiesto en defensa de los mineros asturianos en huelga.
Imagínate que en 1947 estaban prohibidos Kant, Hegel, Descartes y Unamuno… Claro, nosotros teníamos la ventaja de haber podido leer antes de la guerra prácticamente todo. Nos faltaba lo rigurosamente contemporáneo, pero teníamos lo pasado completo… Te voy a contar mis problemas con la censura. Primer problema: mi primera novela, “Javier Mariño”, tenía un final distinto. El protagonista se marchaba a América. Entonces yo se la llevé a un amigo que tenía en la censura, y este amigo leyó la novela y me dijo: “Hay que cambiar el final”. Entonces yo cometí la torpeza, explicable por mi juventud y porque me hacía cierta ilusión publicar una novela, de falsificar el libro: le cambié el final y todo cuanto fue necesario cambiar, para que el nuevo final quedara justificado… apareció un veinte de diciembre, y el diez de enero siguiente la Policía la retiró de las librerías… La novela no tuvo lectores, ni críticas, ni nada. Después, de las novelas posteriores, “El señor llega” tuvo mutilaciones… En las otras dos novelas de la trilogía, “La Pascua triste” salió íntegra, y de “Donde da la vuelta el aire” faltan un par de líneas sin importancia. Pero cuando presenté “Don Juan” a la censura, el cura que la leyó… le tachó ciento cuarenta páginas. Entonces yo le escribí una carta a Fraga lribarne, que fue alumno mío; Fraga pidió el libro, lo leyó y la novela se publicó sin ninguna tachadura. Y no pasó nada. Lo cual quiere decir que los censores tachan por las buenas. En “Off-side” falta también algo, pero poca cosa. “La saga” salió íntegra, porque no se presentó a consulta voluntaria, sino al depósito previo que marcaba la nueva Ley de Prensa.
IDEOLOGÍA, GUERRA CIVIL Y POSGUERRA
De mentalidad liberal y militante del Partido Galleguista durante los primeros años treinta, Torrente Ballester se unió a la intelectualidad del franquismo en un primer momento como ideólogo convencido aunque, poco a poco, junto con el denominado Grupo de Burgos (Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Luis Rosales, que tenían como órgano de expresión la revista “Escorial”), se fue separando de la dictadura, decepcionado por la deriva del régimen. En el libro “Yo tenía un camarada”, de César Alonso de los Ríos, se recoge una entrevista en la que Torrente Ballester explica al periodista algunos detalles de esta peripecia:
Yo, en realidad, no estaba definido políticamente, pero podía ser acusado genéricamente de izquierdas. Desde luego, de la cáscara amarga. En aquellos tiempos no podías andarte con bromas. En realidad, nunca pude saber si había llegado a correr peligro. Para hacer desaparecer la ambigüedad te afiliabas a Falange… Era un grupo (se refiere al de Laín, Tovar, Rosales y Ridruejo), un subgrupo se ha dicho con acierto, muy coherente. Al tratarse de escritores e intelectuales estábamos abiertos a la realidad. Éramos, en el mejor sentido de la palabra, liberales y en el más odiado en aquel tiempo…
En 1931 Torrente se había manifestado como un firme partidario del socialismo revolucionario, la justicia social y el galleguismo, manteniendo a la vez un sentido católico de la vida. En sus debates con amigos anarquistas y comunistas distinguía siempre entre la creencia en Dios y la crítica a la Iglesia española al servicio de la derecha conservadora. Tras la guerra inició con esta actitud de fondo un proceso de reflexión en el que, con Ridruejo y sus compañeros, fueron alejándose de la ideología totalitaria hasta transformarse en demócratas liberales. En un artículo titulado “Lo que Laín no dice de sí mismo”, publicado en FARO DE VIGO (8-12-1965), Torrente explicaba aquella decepción del Grupo de Burgos con el régimen:
Nuestro pensamiento, diverso en la matización individual, coincidió ampliamente en cierto humanismo, liberal en las cosas del espíritu… y, como además éramos católicos, aspirábamos a la integración de nuestra fe en la más ancha y ambiciosa modernidad. Todo lo cual chocaba con la ideología ambiente, nacionalista, admiradora del pasado sin discriminación, reaccionaria en lo político y lo económico y partidaria de un cierre de fronteras tan hermético que por ellas no pasase un solo pensamiento, una sola idea, que no fuesen subsidiarias y servidoras suyas.

UNA NUEVA EDICIÓN DE LA “COMEDIA” DE DANTE

Una de las obras inmortales de la literatura universal, la “Divina Comedia”, de Dante Alighieri (Florencia, 1265-Rávena, 1321), ha conocido numerosas ediciones a lo largo de los siglos, desde la difusión de los primeros manuscritos del “Infierno” de 1312 y la primera edición impresa en 1472. A España, que fue el primer país en traducir a Dante, llega ahora, a cargo de la editorial Acantilado, la que tal vez sea la más completa editada en nuestro país, con traducción, prólogo y comentarios del poeta y catedrático de literatura José María Micó, quien afirma que la “Comedia” es el libro más extraordinario de la cultura literaria europea. En un país en el que se han venido prodigando excelentes traducciones (recordamos ahora la de Ángel Crespo para Seix Barral, la de Abilio Echevarría para Alianza Editorial, la de Luis Martínez de Merlo para Cátedra, en gallego la de Darío Xohán Cabana para Edicións da Curuxa y en catalán las de Josep María de Sagarra y Joan Francesc Mira), la de Acantilado mantiene, además, el título original de “Comedia” con el que Dante tituló su obra: el nombre de “Divina Comedia” se comenzó a utilizar desde que Boccaccio la publicara con este calificativo en la edición veneciana de 1555.
LOS ORÍGENES DE UNA OBRA MAESTRA
Dante Alighieri conoció a su amada Beatriz cuando tenía nueve años, pero ya entonces sintió por ella algo más que una atracción juvenil; fue una fuerza violenta que lo poseyó y que se acrecentó cuando nueve años después volvió a verla. Este sentimiento que experimentó intensamente a lo largo de su vida no lo dio a conocer hasta dos años después de la muerte de Beatriz en un libro de carácter autobiográfico, “Vita Nuova” (Vida Nueva), escrito hacia 1292, en el que Dante recoge desde sus poemas de los años juveniles hasta aquellos en los que comienza a expresar su dolor por la muerte de la amada. En “Convivio” (Banquete), una obra escrita entre 1304 y 1307, Dante también busca a Beatriz, ahora a través de la Filosofía en su sentido medieval (metafísica, astronomía, ética y política). Aquí el poeta transforma la literatura en un poderoso instrumento de cultura del que Beatriz es guía. Lo será ya hasta los últimos versos de la “Comedia”.
VIAJE A ULTRATUMBA
A los 35 años (a mitad del camino de la vida) Dante inicia en 1307, desde su exilio en Rávena, la composición de la “Comedia”, un largo poema en primera persona en el que el autor sigue buscando a Beatriz, ahora en el otro mundo, a lo largo de un viaje imaginario a los tres reinos de ultratumba. El poeta Virgilio (que simboliza la razón) lo acompaña en el infierno; Beatriz (la gracia) lo guía por el purgatorio hasta el paraíso, y San Bernardo (la gloria) lo lleva hasta la contemplación de Dios. De este modo el viaje se inicia en el infierno, una materia “horrible y fétida” en palabras del autor, y termina en otra, el cielo, “próspera, agradable y deseable”. De ahí el nombre de “Comedia” que Dante decidió como título: en esa época una comedia era una obra que empezaba mal y terminaba bien.
A diferencia de la mayoría de las obras, que todavía se escribían en latín, Dante escribió la “Comedia” en el lenguaje vulgar de la época, el toscano, con el que consiguió, según comentarios ilustres, la más bella manifestación que ha logrado jamás la lengua italiana. La “Comedia” marca el origen de la literatura moderna, la literatura de ideas.
UNA OBRA ALEGÓRICA
La “Comedia” es una obra simbólica y alegórica sobre el más allá, orientada hacia la salvación del alma y el conocimiento espiritual de Dios, aunque es al mismo tiempo una metáfora de este mundo, del mundo en el que vivía Dante. Uno de los simbolismos más presentes en la obra es el trinitario. El número tres, y su múltiplo el nueve, protagonizan este simbolismo de manera matemática. Así, la obra, escrita en tercetos, está dividida en tres partes que representan la Trinidad, y cada una de ellas se compone de nueve círculos (el Infierno), nueve partes (el Purgatorio) y nueve cielos (el Paraíso), que se desarrollan a la vista del lector durante los siete días que dura el viaje, una cifra que es también una alegoría que representa los siete días de la Creación, las siete virtudes teológicas y los siete pecados capitales. Tres son también los guías de Dante, tres los escalones que llevan al Purgatorio y tres (la noche, la mañana y el mediodía) los tiempos simbólicos en que transcurre la obra. Dante es interrogado por San Pedro sobre la Fe, por Santiago sobre la Esperanza y por San Juan sobre la Caridad.
INFIERNO, CIELO, PURGATORIO
El canto del ‘Infierno’, el primero, nos presenta a un Dante perdido en la selva del mal y asaltado por tres fieras que representan el pecado. En esta situación encuentra al poeta Virgilio, que lo guía a través de un abismo en forma de cono invertido dividido en nueve galerías o círculos (el primero es el limbo, donde están los inocentes no bautizados) en los que sufren terribles castigos los condenados, distribuidos según categorías: avaros, iracundos, perezosos, herejes, violentos, simoníacos, hipócritas, ladrones, falsarios… En el fondo del último círculo está Lucifer, representado por un monstruo con tres rostros cuyas bocas trituran a los pecadores. Los condenados añoran los bienes terrenales (la naturaleza, la familia) y manifiestan su dolor sin esperanza. Este espacio está poblado de elementos de la mitología clásica y del mundo pagano.
El Purgatorio es una montaña dividida en nueve círculos donde las almas se purifican para poder acceder al Paraíso.. En el Purgatorio hay gente inteligente que recuerda la belleza de este mundo mientras espera la gloria del otro. También están aquí los arrepentidos en trance de muerte, los fallecidos de muerte violenta y los príncipes negligentes. Virgilio desaparece aquí y aparece Beatriz, que va a conducir al poeta hasta el Paraíso, formado por nueve cielos móviles, nueve espacios en los que se sitúan los justos, los laboriosos, los amantes, los mártires o los sabios. Y a continuación de estos está el Empíreo, un décimo cielo espiritual reservado a los santos. Con Beatriz asciende al cielo, el reino de la paz, de la filosofía y del amor, aunque para mostrarle la visión de Dios y comprender los misterios de la Encarnación y de la Trinidad, es acompañado por San Bernardo.
A lo largo del viaje por los tres estados van desfilando personajes históricos, desde Papas y emperadores a parientes, amigos y enemigos, unos reales y otros de ficción, a los que Dante sitúa en el infierno, el purgatorio o el paraíso según la opinión que sobre ellos tiene formada el poeta florentino. De ahí que la “Comedia” sea también un canon acerca del sistema de valores de un Dante que se apartaba de los dictados oficiales del Vaticano, como demuestra la prohibición por la Iglesia de algunos de sus escritos.

GALDÓS. 175 AÑOS DE LITERATURA

 

La efeméride se presta a recuperar la obra de uno de los grandes escritores de la literatura española

 

En este 2018 que ahora termina se cumplieron 175 años del nacimiento de Benito Pérez Galdós en Las Palmas el día 10 de mayo de 1843, una ocasión desaprovechada por los organismos culturales para recuperar (o para descubrir a las nuevas generaciones) a un escritor fundamental de nuestra literatura, el mejor novelista español del realismo crítico. Una de las iniciativas más meritorias relacionadas con Galdós fue la publicación por la editorial Cátedra de diez de sus mejores novelas en un volumen en el que también se rescata del olvido su discurso de ingreso en la Real Academia Española, un texto en el que, desde su título (“La sociedad presente como materia novelable”), mezclaba los dos elementos de su obra literaria, la realidad y la imaginación.
UNA VIDA PARA LA LITERATURA
Descendiente de un militar que participó en la Guerra de la Independencia, Galdós vivió desde los 19 años en Madrid, a donde llegó para estudiar Derecho y donde se quedó para siempre. Madrid fue la ciudad con la que llegó a identificarse, a la que convirtió en escenario de sus mejores novelas y de la que extrajo los personajes más fascinantes de su literatura. Sus viajes desde muy joven por Europa (Francia, Inglaterra, Holanda, Alemania, Italia…) le proporcionaron una perspectiva abierta y cosmopolita para analizar la sociedad de su tiempo y desmienten el estereotipo de personaje apegado al terruño con que lo definieron algunos coetáneos. Desde su llegada a la capital practicó el periodismo en revistas como “El Debate”, “Revista de España” y en el diario progresista “La Nación”, una experiencia que le permitió conocer en profundidad la convulsa vida social y política de aquellos años. En la Universidad fue alumno de profesores krausistas y regeneracionistas cuya doctrina influyó en su pensamiento y en sus novelas. Y en su formación literaria fueron importantes las obras de Dickens (de quien fue traductor) y de Balzac, a quienes leyó en profundidad antes de publicar por entregas su primera novela “La sombra” en 1870. Pero lo que se manifiesta con más fuerza en toda su obra es la influencia de Cervantes.
UNA LITERATURA COMPROMETIDA
La literatura de Galdós evolucionó paralelamente a su ideario político hasta el punto de que algunos de sus personajes son trasunto del propio escritor (el Augusto Miquis de “La desheredada” y “Ángel Guerra”, el Evaristo Feijoo de “Fortunata y Jacinta”). Desde un inicial apoyo al régimen monárquico, evolucionó primero hacia la militancia en el grupo progresista republicano para más tarde afiliarse al Partido Socialista. Fue testigo del destronamiento de Isabel II a consecuencia de la Revolución de Septiembre de 1868, del golpe del general Pavía en las Cortes de 1874 que dio paso a la Restauración en la persona de Alfonso XII, y del Desastre de 1898. Fue, desde la literatura, el mejor cronista de esos años de transición entre los siglos XIX y XX y trató siempre de introducir su sistema de valores entre la ficción de sus novelas. Así, desde un inicial planteamiento burgués (“Doña Perfecta”, 1876) su obra fue derivando hacia la crítica a esa misma burguesía para llegar a un republicanismo radical y socialista (“El caballero encantado”, 1909). Su anticlericalismo, que mantuvo hasta el fin de sus días, se manifiesta abiertamente en obras como “Gloria” (1877) y “La familia de León Roch” (1878). Fue un fiel defensor de los derechos del movimiento obrero (en “Marianela” critica expresamente las condiciones de trabajo de los mineros) y participó en la vida política defendiendo las ideas republicanas. Desencantado del republicanismo burgués terminó por acercarse al PSOE, partido al que calificó como “lo único serio, disciplinado, admirable, que hay en la España política”. La clase media urbana, a la que dedicó toda su obra, nunca refrendó la ideología progresista de su narrativa y de su teatro.
UNA OBRA MONUMENTAL
En lo literario Galdós superó el realismo de la época introduciendo elementos extrarrealistas (los sueños, la memoria, la fantasía y la imaginación, a la que el autor llamaba ‘la loca de la casa’) y utilizando novedosos y arriesgados recursos experimentales como el monólogo interior y el espiritualismo tolstoyano. Con una formidable potencia fabuladora y un estilo propio con el que crea mundos complejos, es autor de algunas de las novelas más importantes de la literatura española: “Tormento” (1884), “Fortunata y Jacinta” (1887), “Nazarín” (1895), “Misericordia” (1897)… Fue uno de los mejores escritores que supieron llegar a lo más profundo de los seres humanos y a denunciar sus vicios y sus miserias: la vanidad, la hipocresía, la ambición, la avaricia. Entre sus temas siempre reivindica la libertad individual, la educación, el progreso. Y tampoco falta la crítica despiadada a los colectivos que han frenado el desarrollo de España y han impedido el florecimiento de las ideas ilustradas, desde la Iglesia y el poder político a la nobleza y los militares. Pérez de Ayala lo calificó como el mejor novelista español después de Cervantes, Valle-Inclán apreciaba su literatura (aunque fuera uno de los personajes de su “Luces de bohemia” quien le adjudicó el apodo de ‘garbancero’) y, a pesar de sus ideas progresistas, tuvo siempre el reconocimiento del conservador Menéndez y Pelayo.
Aunque siempre con escasos recursos económicos, Pérez Galdós fue un autor famoso en una España que no era generosa con sus escritores. La reacción denostaba sus novelas y hasta el Gobierno llegó a oponerse abiertamente a su candidatura al Nobel en 1912. Aunque publicó 77 obras de ficción su popularidad la debe a los Episodios Nacionales, una serie de 46 novelas históricas que abarcan desde la batalla de Trafalgar a la Restauración, que fue publicando de 1873 a 1912, en las que funde la narración con la historia y donde el protagonismo se centra no en grandes personajes y acontecimientos trascendentes sino en los seres anónimos y en sus circunstancias, lo que Unamuno llamaba la intrahistoria.
Aparte de su obra novelística Galdós fue autor de un teatro (a veces sus dramas eran adaptaciones de sus novelas) en el que también introducía sus preocupaciones sociales. En 1901, el estreno de su drama anticlerical “Electra” suscitó una fuerte polémica que provocó una manifestación contra el gobierno conservador la misma noche del estreno, cuando el público acompañó vitoreando al autor a pie durante el trayecto desde el teatro a su casa.
Benito Pérez Galdós murió en 1920 ciego y en la miseria pero con el fervor de sus admiradores intacto. Aunque se le negaron funerales nacionales su entierro se recuerda como una de las más espectaculares muestras de dolor del pueblo de Madrid. Su obra se agiganta con el tiempo a medida que vamos conociendo mejor la sociedad que la inspiró y el contexto político en el que fue creada. Esta era una buena ocasión para comprobarlo. Aunque nunca es tarde.

OTRA BIOGRAFÍA DEL GRAN SAMUEL JOHNSON

Si hay un personaje sobre el que vale la pena proyectar una mirada intensa y minuciosa, tanto por su personalidad desbordante como por su obra literaria y ensayística, ese es Samuel Johnson (1709-1784), considerado como el intelectual inglés más importante del siglo XVIII. Dramaturgo, poeta, novelista, crítico literario, fue autor, entre otras obras, del primer “Diccionario histórico de la Lengua Inglesa” y del mejor prólogo a los ocho volúmenes de las Obras Completas de Shakespeare. Así lo entendió James Boswell, quien le dedicó en 1791 una extensa biografía de 2.000 páginas, “Vida de Samuel Johnson”, publicada en España por Acantilado y por Espasa Calpe, considerada como la primera biografía moderna, una obra que con el tiempo se ha convertido en un hito en la historia de la literatura y en un modelo para historiadores y biógrafos. Ahora, con el mismo título que la de Boswell, Gatopardo Ediciones publica la que en 1961 le dedicó a Samuel Johnson el italiano Giorgio Manganelli.
LA FORJA DE UN LITERATO
Johnson abandonó en 1737 su pueblo natal de Lichfield y la librería de su padre para buscar la gloria en un Londres donde el triunfo había que conquistarlo a fuerza de mucho trabajo y grandes sacrificios. Manganelli comienza su biografía sobre Samuel Johnson en este momento en el que el escritor, de 28 años, salió de Lichfield en compañía de su amigo David Garrick. Ambos perseguían la fama y el triunfo, uno en la literatura y el otro en el teatro. Ambos lograron sus cometidos, Johnson como escritor de éxito y Garrick en los escenarios, donde llegó a ser el actor inglés más popular y el mejor intérprete de Shakespeare. En 1737 los dos amigos se encontraron con un Londres superpoblado donde la miseria y la suciedad invadían todos los espacios y donde la delincuencia campaba a sus anchas en unas calles en las que abundaban las peleas, las pendencias y los linchamientos mientras la viruela, la disentería y el tifus diezmaban cíclicamente a una población empobrecida. Había también un comercio floreciente, pero generaba una riqueza mal repartida. Para Johnson era, sin embargo, una ciudad ideal porque le proporcionaba la oportunidad de conocer los mejores linajes y las casas más ilustres al tiempo que la ocasión de confraternizar con los pobres y escuchar los lamentos de los desposeídos. Él conocía bien la pobreza porque la había padecido durante los primeros meses de su estancia en Londres, lo que le hizo mantener durante toda su vida una férrea solidaridad con los más desfavorecidos. Londres, además, le daba la libertad que no existía en ningún otro sitio de Inglaterra y le ofrecía las compañías con las que le gustaba compartir su vida: hombres y mujeres de cualquier condición social y moral, desde prostitutas y libertinos hasta intelectuales y hombres poderosos con los que se encontraba en cafés y tabernas. Para sus relaciones con el mundo de la cultura prefería los cómodos salones del Literary Club o la tertulia que reunía una vez por semana en la taberna Turk’s Head a gentes como el escritor Oliver Goldsmith, el filósofo Edmund Burke, el historiador Edward Gibbon, el pintor Joshua Reynolds y a sus amigos Boswell y Garrick. En un Londres inmerso en el ambiente que Charles Dickens recrearía más tarde en sus novelas, a Johnson se le puede considerar como el primer héroe de la cultura de masas. Admirado por gentes de toda condición, su figura y su obra divertían y generaban admiración al mismo tiempo que sobre su figura se inventaban espectaculares leyendas apócrifas que se mezclaban con episodios de su vida real. Carlyle lo entronizó en su “Tratado sobre los héroes” como ejemplo de literato por antonomasia. Harold Bloom mantiene que Johnson es a Inglaterra lo que Goethe a Alemania y Montaigne a Francia. En su época Johnson estaba considerado como el hombre que más libros había leído de toda la Gran Bretaña.
UN PERSONAJE ATRABILIARIO
Samuel Johnson era persona de mal asiento. Residió en veinte sitios diferentes durante los 50 años de su vida en Londres, casi siempre en casas de amigos y conocidos, incluso con su mujer. Escribió obras que fueron leídas en todo el continente europeo: la serie de críticas literarias “Vida de los poetas”, el drama “Irene”, la novela “La historia de Roselas, príncipe de Abisinia”, además de infinidad de artículos para “The Rambler”. De aspecto corpulento y poco agraciado físicamente, caótico y desordenado, excéntrico, misógino, contradictorio y maniático, siempre mal vestido, se rodeaba de una variopinta caterva de amigos, entre ellos el estrafalario poeta Richard Savage, de quien escribió una espléndida biografía. Algunos de sus mejores amigos fueron los escritores Derrick y Floyd, dos talentos fracasados que vivían prácticamente en la calle. También Tophan Beauclerk, un libertino de quien Johnson dijo en cierta ocasión que era “un cuerpo todo vicios y un alma toda virtudes”. Y sobre todo James Boswell, que estuvo a su lado desde que se conocieron el 16 de mayo de 1763 en la trastienda de una librería que regentaba en Covent Garden el actor Thomas Davies (Johnson tenía entonces 53 años y Boswell 22) y que siguió minuciosamente sus correrías, lo acompañó a tertulias y reuniones con los personajes más variopintos, frecuentó con él tabernas y tugurios y vivió a su lado sus éxitos y sus fracasos. Dice Giorgio Manganelli en esta biografía que si Boswell no hubiera transcrito sus diálogos y reconstruido su vida prácticamente día a día desde que se conocieron, la imagen de Samuel Johnson no sería la misma que hoy tienen de él todos quienes le admiraron y le admiran. Destaca también Manganelli los frecuentes accesos de tristeza y de melancolía que sufría Johnson, la angustia que invadía su alma ante el temor infinito no tanto a la muerte como al castigo divino a la eternidad del infierno. La muerte le producía una fascinación a la vez horrorizada e iluminadora hasta el punto de considerar la vida como un intento permanente de evitar pensar en ella. Murió el 13 de diciembre de 1784 a los 75 años en ese Londres al que tanto amó y que tanto le debe.

TOM WOLFE Y EL NUEVO PERIODISMO

 

EN LA MUERTE DE TOM WOLFE
En los años sesenta del siglo XX algunos escritores norteamericanos comenzaron a publicar en los periódicos una serie de trabajos bajo formatos tradicionales de crónicas, reportajes y entrevistas pero rompiendo con los moldes del periodismo tradicional, al mezclar la información real con las técnicas de la ficción literaria verosímil. Algunos como Truman Capote (“A sangre fría”) y Norman Mailer (“Los ejércitos de la noche”) aplicaron al periodismo la fórmula de novelas con las que habían obtenido grandes éxitos, mientras otros como Gay Talese (“Fama y oscuridad”) convertían en libros los artículos que habían visto la luz en los periódicos bajo aquel formato. A este estilo se lo bautizó como Nuevo Periodismo por la novedad de su estructura y la originalidad de sus planteamientos. Un libro imprescindible de Marc Weingarten, “La banda que escribía torcido” (Libros del KO) es un apasionante estudio de este movimiento periodístico y literario y un recorrido por la vida y las peripecias de sus mejores representantes. El Nuevo Periodismo cuajó también en Europa y América latina, donde autores como Tomás Eloy Martínez (“La novela de Perón”) y Gabriel García Márquez (“Memoria de un náufrago”, “Noticia de un secuestro”) aplicaron el formato a algunas de sus obras.
ADIÓS A TOM WOLFE
El pionero del Nuevo Periodismo fue Tom Wolfe, que acaba de morir a los 87 años en Nueva York, la ciudad en la que vivió gran parte de su vida (se le citan hasta dieciséis domicilios distintos en esta ciudad), escenario de sus novelas y objeto de muchos de sus trabajos. Llegó a esta ciudad en 1962 para trabajar para el “New York Herald Tribune”, en cuyo suplemento dominical publicó muchos de sus artículos, escritos con un estilo ingenioso y perspicaz, entreverado de ironía, en el formato que con los años se convirtió en el Nuevo Periodismo. También escribió crónicas para el “The Washington Post” (entre ellas una sobre la revolución de Fidel Castro y otra sobre la toma de posesión del dictador haitiano Papa Doc Duvalier) y para las revistas “Esquire” y “Rolling Stone”, donde publicó algunos de sus trabajos más intelectuales. En todos abordaba los temas de la actualidad americana del momento, desde la generación beat, la contracultura y el movimiento hippie hasta los fenómenos que relacionaban el Black Power con los Panteras Negras, el mundo de las drogas, la carrera espacial y los movimientos políticos de la izquierda radical americana de los años sesenta y setenta. Esta obra periodística está publicada en varias recopilaciones de títulos llamativos: “Ponche de ácido lisérgico” (sobre el escritor Ken Kesey, autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”, que había sido encarcelado en México por tenencia de drogas), “El coqueteo aerodinámico rocanrol color caramelo de ron”, “La Banda de la Casa de la Bomba y otras crónicas de la era Pop”, “La izquierda exquisita & Mau-Mauando al parachoques” y, el más conocido, “Nuevo Periodismo”, una recopilación que constituye todo un manual para entender de qué iba el género.
Como escritor de ficción el éxito le llegó en los años 80 con una de las grandes novelas americanas de esa década, el best-seller “La hoguera de las vanidades” (fue adaptada al cine por Brian de Palma, con Tom Hanks y Melanie Griffith de protagonistas), una sátira sobre la especulación y el mundo de las altas finanzas, un ambicioso relato en el que analiza los vicios de la sociedad americana del fin de siglo con una crítica inteligente a los yuppies (young urban profesional) de Wall Street y a la hostilidad racial latente en los wasp (blancos, anglosajones y protestantes) de la alta sociedad, para lo cual sitúa parte de la acción del relato en el Bronx neoyorkino. Lo hace aplicando los métodos con los que el francés Émile Zola (uno de sus escritores favoritos) examinaba en sus novelas a la sociedad europea del siglo XIX. “La hoguera de las vanidades” se publicó en 1987, el año del lunes negro en la bolsa de Nueva York. Tras este éxito Tom Wolfe sufrió una fuerte depresión y una crisis cardiaca que hicieron temer por su vida. Apenas publicó un par de obras más, entre ellas “Todo un hombre”, de 1998, en mi opinión muy superior a “La hoguera de las vanidades” a pesar de las críticas negativas que hicieron John Updike en el “New Yorker” y su colega Norman Mailer en “New York Review of Books”. Se trata de una novela escrita después de una profunda investigación y una exhaustiva documentación sobre el nuevo capitalismo norteamericano y sus relaciones con el poder político, el sexo, los medios de comunicación y el mundo de la fama y la popularidad de las estrellas del deporte y el glamour. Una radical crónica del malestar en la cultura contemporánea americana.
Con Tom Wolfe desaparece también una de las personalidades más carismáticas del periodismo y la literatura norteamericana, un conservador republicano que identificó su imagen con la de un dandy elegante (la novelista Elaine Dundy lo describió como “Tom Sawyer dibujado por Beardsley”), casi siempre vestido de un blanco impoluto, calzado con zapatos de piqué charolados en blanco y negro diseñados por New Lingwood, corbatas moteadas y tocado con un sombrero negro bajo cuyas alas sobresalían sus grandes ojos azules brillando siempre sobre eterna la palidez de su rostro.

“LOLITA”, REVISITADA

La novela de Vladimir Nabokov es sometida a nuevas miradas a la luz del feminismo
El protagonismo de los movimientos feministas en estos primeros meses de 2018 y la denuncia de delitos de acoso sexual a cargo del movimiento #MeToo, a raíz del caso del productor Harvey Weinstein, han devuelto a la actualidad algunos episodios que permanecían enterrados o casi en el olvido. Se ha vuelto a hablar del supuesto delito de pederastia de Woody Allen, se recrudece el caso de la violación de una menor a cargo de Roman Polansky, se han destapado nuevos casos de acoso sexual protagonizados por personajes del mundo de la farándula, desde Kevin Spacey a Dustin Hoffman, todos posiblemente necesitados de una revisión a la luz de nuevos datos y consideraciones. Menos oportuna parece la exigencia desde ciertas instancias feministas de prohibir “por machistas”, como textos escolares, las obras de autores como Javier Marías, Arturo Pérez Reverte o ¡atención! Pablo Neruda. Aprovechando la marea abierta por iniciativas progresistas para volver sobre las relaciones entre la moral y el sexo, algunas propuestas parecen retrotraer a la sociedad a épocas en las que los gustos estaban dictados por una censura inquisitorial que decidía aquello a lo que se podía tener acceso en el mundo de la cultura. En la actualidad la persecución a obras de arte relacionadas con la moral y el sexo está alcanzando cotas verdaderamente inquietantes, como el caso de la reciente retirada del Museo Metropolitano de Nueva York del cuadro de Balthus “Teresa soñando”.
CON ELLA LLEGÓ EL ESCÁNDALO
Otro episodio polémico en la aplicación de lo políticamente correcto a una obra cultural es el de “Lolita” de Vladimir Nabokov, la novela que provocó uno de los mayores escándalos literarios en la sociedad puritana de los años 50 del siglo XX a causa de la moralidad de su trama y de sus protagonistas (antes de su publicación había sido rechazada por cinco importantes editoriales norteamericanas por miedo a la censura). “Lolita” ha vuelto a ser sometida estos días a la crítica desde estos nuevos presupuestos revisionistas. Está muy clara la intención de Nabokov de provocar la polémica desde el momento en que, desde el principio de la novela, sitúa al protagonista, Humbert Humbert, ante un jurado que va a decidir sobre su moral: en realidad el jurado somos nosotros, los lectores. Y aunque a lo largo de la novela por momentos nos seducen sus declaraciones, Nabokov siempre deja claro que se trata de un asesino y un violador. Lo que hace Nabokov es penetrar con absoluta maestría en la sicología y en la mente enferma de un personaje lleno de contradicciones, culto, atractivo, seductor, que se ha fabricado minuciosamente las circunstancias de una cartografía en la que desarrollar sus obsesiones perversas.
Quiero dejar constancia que para mí “Lolita” es una de las grandes novelas del siglo XX, no por su temática –o no sólo por ella- sino por los grandes valores literarios que ha supuesto para la narrativa contemporánea y por la denuncia de los vicios de la sociedad norteamericana: la hipocresía, la pérdida de valores, la decadencia de la vida de provincias, la debilidad del matriarcado. Para la escritora Laura Freixas, que no niega la calidad de la novela, sin embargo “Lolita” es antes que nada una historia de violencia ejercida por un hombre contra una mujer, sin que haya que considerar si la intención de Nabokov fue la de denunciar precisamente esa violencia (“no analizo las opiniones del ciudadano Nabokov -dice la escritora- sino la novela, fuese cual fuese la intención consciente de su autor”). Según Laura Freixas la calidad de la novela hace olvidar a sus lectores que está mal violar niñas. Otra escritora, Lola López Mondéjar, autora de “Cada noche, cada noche” (Siruela), asegura que “Lolita” es una apología del delito porque lo que cuenta es un abuso, una historia de sexualidad machista y de dominio, cuyo fin es enmudecer a la niña, a la que se demoniza y culpa del deseo sexual de Humbert Humbert, que es además su padrastro. El crítico Robertson Davies llegó a afirmar, en efecto, que el tema de “Lolita” no es la corrupción de una criatura inocente por un adulto sino “la explotación de un adulto débil por una criatura corrupta”. Freixas y Mondéjar manifiestan lo que ya en los Estados Unidos escribieron no hace mucho críticas como Maya Mutter y Sarah Herbold, y que es una constante desde la aparición de la novela.
¿UNA HISTORIADE AMOR?
Acertó Brian Boyd en el capítulo de la biografía de Nabokov dedicado a “Lolita” (“Los años americanos”. Anagrama) cuando dice: “Lolita nunca dejará de escandalizar. Oscilando frenéticamente de emoción en emoción, nos desequilibra línea tras línea, página tras página. Estudio de un caso de abuso sexual, también consigue, contra todas las expectativas, ser una apasionante y conmovedora historia de amor”. Es esta última afirmación lo que niegan quienes descalifican ahora la novela a la luz de la moral. No puede ser una historia de amor, dicen, la relación entre una niña y un adulto que la somete sexualmente utilizando la violencia. “Lolita” no es, en efecto, la historia de un amor correspondido en el plano sentimental (aunque en los primeros encuentros con Humbert Humbert Lolita dice estar enamorada locamente de él, cosas de niña) sino la del amor por una niña de un hombre pervertido, un amor que permanece a través de los años. Desde el memorable principio de la novela (“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”) hasta el final, cuando tiene lugar el reencuentro (ella ya está casada y se niega a seguirle), Humbert Humbert sigue manteniendo ese amor: “La miré y la remiré y comprendí, con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada en este mundo”. Se trata de un amor que sólo existe en la mente de un hombre, un amor que no puede ser comprendido por nadie más, pero amor al fin y al cabo. En mi opinión los errores sobre el mensaje que transmite la novela en este sentido provienen de hacer una lectura de “Lolita” como si fuera una novela de amor antes que un viaje a la mente de un sicópata. Como escribió, hablando de “Lolita”, Guillermo Cabrera Infante (quien por cierto relacionaba a la protagonista de la novela con el cuadro citado de Balthus, que, cosas de la vida, era el pintor preferido de Nabokov), “pocos libros han sido tan humanos”.