Archivo de la categoría: Historia

POLÉMICA RETAGUARDIA

 

Realidad y ficción en el Madrid sitiado por el ejército de Franco

En circunstancias normales la vida transcurre en un devenir más o menos monótono, con las alteraciones comunes que la existencia depara a cada cual. Sólo cuando interfiere una circunstancia extraordinaria las personas pueden protagonizar episodios que ni ellas mismas hubiesen imaginado. Ocurrió durante la guerra civil española, en esas circunstancias en las que todas las normas morales están abolidas. Gentes anónimas, dedicadas a desempeñar sus cargos, trabajar en sus profesiones o seguir sus estudios, de pronto se ven arrastradas por la vorágine de no importa cuál bandería, que las colocan en situaciones que a veces hacen emerger lo mejor de sí mismas y otras sus instintos más negativos. Durante esta guerra, en la ciudad de Madrid, una serie de personajes de orígenes diversos convirtieron sus vidas, a veces al servicio de una causa y otras por intereses personales, en relatos verdaderamente novelescos. El escritor Fernando Castillo ha escrito sobre algunos de estos personajes en “La extraña retaguardia” (Fórcola), un largo y documentado ensayo de lectura apasionante. Por sus páginas desfilan delincuentes convertidos en agentes dobles, como Alfonso López de Letona; linotipistas mudados en chequistas sanguinarios, como Agapito García Atadell; técnicos de sonido como Alberto Castilla Olavarría, reconvertido en confidente del contraespionaje republicano y responsable de la desarticulación del POUM y del asesinato de Andreu Nin; intelectuales como Segundo Serrano Poncela, implacable represor de quintacolumnistas, a quien se imputa, con Santiago Carrillo, la responsabilidad de los fusilamientos de Paracuellos; pistoleros como Elviro Ferret, agente de policía detenido en la frontera con Francia cuando huía con un botín de dinero y joyas, que consiguió ocultarse durante la posguerra bajo el nombre de un comerciante de La Coruña; Ángel Pedrero, compañero de Atadell, que aprovechó su cargo como responsable del Servicio de Inteligencia para acumular una importante cantidad de joyas y divisas para una frustrada huida de España. También estaban quienes mantuvieron fidelidad a la República y a sus principios hasta el final, como el pintor Lorenzo Aguirre, jefe superior de la policía, que siguió al Gobierno en su traslado a Valencia y Barcelona y consiguió instalarse en Francia después de la guerra, aunque la ocupación nazi en este país lo obligara a regresar a España, donde fue detenido y fusilado en 1942. Al lado de estos hombres estuvieron también algunas mujeres de vida novelesca, como la periodista Cándida del Castillo, madre del novelista Michel del Castillo, periodista de ABC y Unión Radio, casada con un brigadista y amante de algunos de los personajes incluidos en este libro, que trabajó para el contraespionaje bajo los nombres de Isabel y La Quinientos. O la socialista Regina García, también periodista, que desempeñó importantes puestos en el entramado republicano mientras mantenía contactos con la Quinta columna y la Falange clandestina y que tras la guerra publicó unas memorias exculpatorias con el título de “Yo he sido marxista”.
El libro de Fernando Castillo rescata del olvido o recupera para la memoria histórica nombres que protagonizaron algunos episodios poco conocidos pero que en su momento influyeron con más o menos trascendencia en la vida del Madrid sitiado por las tropas franquistas. Castillo ha investigado la amplia picaresca que se instaló durante aquellos años en Madrid. Un Madrid de chequistas y quintacolumnistas en el que se movían sin orden y al margen de toda ley personas que aprovecharon la guerra unas veces para enriquecerse y otras para alcanzar algún poder que pudiera proporcionarles privilegios o deshacerse de incómodos enemigos.
“La extraña retaguardia” es al mismo tiempo la crónica de la guerra en la ciudad de Madrid, desde los sucesos de la víspera del alzamiento hasta la entrada de los franquistas y la represión durante los primeros años de la posguerra. Los sufrimientos y las miserias de una población sometida al hambre y a los bombardeos conviven con los ambientes de las cafeterías, las tabernas y los restaurantes donde se discutía la marcha de la guerra en tertulias apasionadas, y con los cines, las salas de fiesta y los locales de prostitutas, que siguieron funcionando casi hasta el final. Un Madrid amordazado por el terror, con detenciones arbitrarias, desapariciones y ejecuciones sumarias provocadas unas veces por falangistas y quintacolumnistas y otras por sus perseguidores, en medio de un ambiente de caos y desorden. Un miedo agigantado por las noticias sobre el avance de las tropas de África y la represión a sangre y fuego impuesta a su paso por los rebeldes mientras en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo los milicianos hacían frente heroicamente a los ataques permanentes del ejército de Franco.
Los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas, la gestación y desarrollo del golpe del general Casado, la desesperación de los republicanos concentrados en el puerto de Alicante para embarcar hacia el exilio… son otros tantos episodios tratados con detalle en este libro de lectura recomendable.
EL ASEDIO EN LA FICCIÓN
A lo largo de “La extraña retaguardia” Fernando Castillo rescata algunos títulos de la literatura de posguerra que recrearon lo que pasaba en el Madrid sitiado, novelas en las que se identifican, a veces con nombres ficticios y otras verdaderos, algunos de los personajes que protagonizan las historias que se cuentan en su libro. Una de las novelas a las que alude con frecuencia es “Checas de Madrid”, del escritor falangista Tomás Borrás (1891-1976), que acaba de ser reeditada por Guillermo Escolar en una edición crítica de Álvaro López Fernández y Emilio Peral Vega. Pensar que esta literatura acentuadamente maniquea ha sido la que ha marcado la orientación ideológica de los lectores españoles de ficción durante varias décadas de la posguerra, obliga a esta lectura crítica desde nuevos presupuestos, como hacen los autores del prólogo y de las notas a pie de página. Tomás Borrás exagera y caricaturiza con rencor uno de los episodios más vergonzantes de la República, el de las checas que proliferaron en Madrid durante el asedio y en cuyo seno se cometieron algunas de las mayores atrocidades que historiadores como Antony Beevor y Julius Ruiz han calificado de terror rojo. Es sin embargo recomendable su lectura para tener conciencia de lo que pueden hacer en situaciones de desorden, caos y desgobierno quienes aprovechan la autoridad y el poder para la venganza y el enriquecimiento fraudulento. Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su gran ensayo sobre la literatura de la guerra civil, que muchos pasajes de “Checas de Madrid” estremecen por demasiado verdaderos.
Narrado en un estilo heredero del romanticismo y a veces influido por la prosa de Valle-Inclán, la novela “Checas de Madrid” está concebida como si se tratase de un montaje cinematográfico (no se olvide la relación de Borrás con la industria de cine y sus cargos en el Sindicato Nacional del Espectáculo, desde donde impuso la obligación, copiada de una ley de Mussolini, de doblar las películas extranjeras), con diálogos que recogen de manera burlesca el habla popular revolucionaria y donde lo grotesco protagoniza las actividades de los chequistas madrileños. Junto a escenas de ficción, Tomás Borrás recrea otras tomadas de la realidad, como la manifestación que enarbola la cabeza del general López Ochoa clavada en una pértiga tras su fusilamiento, el tiroteo del beaterio de la iglesia de San Ginés, la aniquilación del POUM y el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas… y la amplia rumorología extendida por unos y otros en la ciudad de Madrid: caramelos envenenados, moros que se alimentan de carne de niños, legionarios violadores, curas carlistas con sacos llenos de cabezas de republicanos…
La que se ofrece en esta edición crítica es la primera versión de “Checas de Madrid”, la de 1939, pero al final se incluyen los párrafos y los añadidos de la versión posterior de 1940 y la definitiva de 1963, que reorientan el sentido de la original.

Anuncios

LA INTIMIDAD DE LOS MONARCAS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

El Museo del Prado reconstruye el Gabinete privado de la familia real en el XIX y el espacio adyacente utilizado como cuarto de aseo

Desde 1828 la familia real dedicó la sala 39 del edificio Villanueva, sede del Museo del Prado, a colgar una colección de pinturas para el exclusivo goce de los monarcas y sus familiares y allegados. Este espacio era conocido como el Gabinete de Descanso de Sus Majestades y se mantuvo hasta 1865, cuando Federico de Madrazo, responsable entonces del museo, decidió abrir el espacio al público. Otra sala adyacente alojaba el cuarto de aseo e higiene personal de la familia real. Como una más de las muchas actividades conmemorativas de los 200 años de la historia del Prado, los responsables de la pinacoteca han decidido reconstruir de forma fidedigna estos espacios con su disposición original, tal como fueron en el pasado, con los mismos cuadros cubriendo por completo las paredes en varias alturas y los mismos elementos instalados en ambas estancias, con el fin de evocar cómo era el museo en aquellos años, una institución que nació en 1819 vinculada a la Corona. La exposición recoge 44 pinturas (de las 54 originales, según el inventario de 1834) y muebles tan insólitos como el retrete original de Fernando VII, realizado por Ángel Maeso González en 1830 con maderas de caoba y palosanto sobre una armadura de pino, y decorado con terciopelo y ornamentos de molduras y bronce dorado, que ha vuelto a ser instalado en su emplazamiento original. También orinales (uno para hombres otro para mujeres) de la Real Fábrica de la Moncloa, y un estuche de aseo con todos sus elementos. Los cuadros que cuelgan de las paredes del Gabinete son en su mayoría retratos de miembros de la familia real, bodegones, paisajes y escenas de acontecimientos históricos como la “Jura de Fernando VII como Príncipe de Asturias”, de Luis Paret y Alcázar. Originalmente, en el Gabinete estaba también “La familia de Carlos IV”, de Goya, que no se incluye en esta muestra por ser un cuadro emblemático del Prado. El Gabinete se ubica en la segunda planta del edificio, frente al Jardín Botánico, al que se abría a través de una balconada con tres ventanas. Era uno de los tres espacios del museo dedicados en exclusiva a la familia real (los otros dos eran la Sala de Contemporáneos y la Sala Reservada, aunque a éstas sí accedían con frecuencia artistas y viajeros para contemplar algunos de los mejores desnudos artísticos que albergaba).
La visita a esta exposición se completa con recorridos virtuales que se pueden hacer en la misma sala. Además, la web del museo dispone de una experiencia inmersiva de realidad virtual en estos espacios.

TÍTULO. El Gabinete de Descanso de Sus Majestades
LUGAR. Museo del Prado
FECHAS. Hasta el 24 de Noviembre

LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA DEL NORTE

 

Un ensayo y varias novelas abordan desde perspectivas diferentes la extinción de las tribus indígenas de Norteamérica

La carta del presidente de México López Obrador al rey Felipe VI solicitando que España pida perdón por los excesos de la conquista de México por Hernán Cortés trae a la actualidad un tema que ha sido tratado desde diferentes perspectivas, dependiendo de los intereses de los imperios que colonizaron aquellos territorios. La cultura yanqui ha ensalzado tradicionalmente como héroes a los colonizadores que exterminaron a los indígenas, aunque últimamente se han publicado ensayos, se han escrito novelas y se han estrenado películas que son muy críticas con aquellos episodios. A lo largo de muchos años se han publicado leyendas negras sobre las conquistas de los españoles y de los colonos anglosajones, pero apenas se han divulgado informaciones sobre los excesos que los mismos mexicanos llevaron a cabo en su territorio para exterminar a tribus como los apaches.
LA CONQUISTA ENTRE LA FICCIÓN Y LA HISTORIA
La conquista de los territorios que hoy ocupan México y los Estados Unidos ha sido largamente tratada, sobre todo en el cine de Hollywood, que inventó el western, uno de los géneros más celebrados por la industria. Un libro de reciente aparición, “Ahora me rindo y eso es todo” (Anagrama), del escritor mexicano Álvaro Enrigue, recoge, entre la historia y la ficción, algunos de los episodios de aquella colonización y exterminio protagonizados por yanquis y mexicanos: “Si los gringos fueron crueles con los apaches, los mexicanos nos quedamos sin madre por hacerles lo que les hicimos y seguimos sin tenerla: no los recordamos y su ausencia en nuestra memoria nos reduce”, afirma Enrigue en este libro.
En 1886, después de su última huida de la reserva en la que había sido ingresado, el jefe apache Gerónimo se rendía a las fuerzas del general George Crook en el Cañón de los Embudos, en la Sierra Madre occidental. Sus palabras al reconocer la derrota fueron: “Antes me movía como el viento, ahora me rindo y eso es todo”, una sentencia que da título a este libro del escritor mexicano.
La figura de Gerónimo, el último héroe de la Guerra Azteca, centra el desarrollo del libro de Enrigue, una narración de género inclasificable, entre la crónica histórica, el relato novelesco y el diario. Enrigue sigue los pasos de Gerónimo, que era mexicano y hablaba español, desde que era el temible jefe indio que puso en jaque a los ejércitos de México y Estados Unidos hasta su confinamiento en el Fuerte Sam Houston de San Antonio, Texas, mientras esperaba, acompañado por algunos de los suyos entre los que estaban su propio hijo Chapo, y Naiche, el hijo de Cochís, el tren que iba a trasladarlo a un confinamiento temporal en una reserva de Florida. Gerónimo terminó muriendo a los 79 años en la base militar de Lawton, Oklahoma.
En esta obra de Enrigue las citas históricas y los personajes reales que protagonizaron la rendición de Gerónimo y los suyos alternan con el relato novelesco que cuenta el secuestro de una mujer por un grupo de apaches y la persecución que inicia en su búsqueda una expedición formada por irregulares en territorios controlados por los indígenas. Las penalidades de la rehén durante su traslado al campamento apache están narradas con un dramatismo que traslada al lector las vivencias de una situación en el límite entre la vida y la muerte. Camila, nombre de esta mujer mexicana, terminará integrándose y uniéndose al jefe Mangas Coloradas, padrastro de Gerónimo, un episodio inspirado en un suceso real. Un tercer hilo conductor del libro de Enrigue es un diario donde el escritor cuenta un viaje de vacaciones con su esposa Valeria y sus tres hijos a la Apachería, el extenso territorio de los apaches entre los actuales Estados Unidos y México (incluida una emotiva visita a su cementerio de Fort Still), esos territorios en los que se van desarrollando los episodios, novelescos e históricos, que se cuentan a lo largo del libro. Al final, historia, novela y diario confluyen en una misma narración como si formasen parte de un único relato.
LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA
Pocas gestas históricas han alcanzado grados de riesgo y aventura como la de los conquistadores españoles en América. Son conocidas las de Hernán Cortés y Pizarro, aunque no con la suficiencia que otros países y otras culturas han divulgado las suyas (por ejemplo, las ya citadas producciones de Hollywood sobre la conquista del Oeste). Sin embargo permanecen prácticamente ignoradas las epopeyas de los españoles en esa ancha franja de territorio americano que se inicia en la desembocadura del río Colorado y se extiende por el sur de Arizona, Nuevo México, Texas, Arkansas, el valle del Misisipi desde Luisiana hasta el norte de Memphis, y el sudeste de lo que hoy son México y los Estados Unidos: Tennessee, Alabama, Carolina del Sur, Georgia y Florida. Un libro reciente, “Indios y conquistadores españoles en América del Norte” (Alianza Editorial) del historiador francés Jean-Michel Sallmann, rescata del olvido a personajes fascinantes y expediciones fabulosas que, contempladas a la distancia de los siglos que nos separan, parecen producto de la imaginación de un novelista fantasioso. Sallmann se acerca a estas historias con la seriedad y el rigor de un investigador que se interna en el proceloso territorio de una tierra incógnita hollada por aventureros en busca de riquezas y poder.
Tal vez se hable poco de las aventuras de los conquistadores españoles en estos territorios porque el fracaso persiguió prácticamente a todas las empresas y a algunas de forma muy trágica. Tampoco dieron con las riquezas que suponían que había en ellos: el oro y la plata que pretendían encontrar resultó ser sólo cobre y mica de escaso valor. Para explicar estos fracasos el autor investiga minuciosamente cómo se organizaban las expediciones, las dificultades de un entorno natural hostil y la feroz resistencia de las tribus indígenas, en parte provocada por los métodos violentos de los expedicionarios.
Las primeras expediciones al norte del territorio de México se desarrollaron en lo que los españoles llamaron Las Floridas, la península de Florida y su zona norte, para más tarde abordar la conquista de Tierra Nueva, al oeste del territorio de los EE.UU. y México. Además de la gloria los conquistadores buscaban tierras ricas como las de los imperios inca y azteca y un paso de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico que facilitase la llegada de los barcos españoles a China y las Molucas con el fin de contrarrestar la influencia de Portugal en Asia, según decidiera el Tratado de Tordesillas. Su fanatismo estaba alimentado también por creencias mitológicas como las de Eldorado y la Fuente de la Eterna Juventud o por leyendas medievales como la de Las Siete Ciudades.
La más espectacular y novelesca expedición fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuyos supervivientes (sólo tres de varios centenares) tardaron ocho años en volver a Nueva España tras enfrentarse unas veces y convivir otras con tribus indias de los territorios de Florida, los mismos que exploraron Ponce de León, Lucas Vázquez (fundador de la primera ciudad de América del Norte, San Miguel de Guadalupe) y la trágica de Pánfilo de Narváez, diezmada por los indios y el paludismo. No le fue mejor a la de Hernando de Soto, veterano de la conquista de Perú, que tuvo que vadear ríos impetuosos, profundas ciénagas y marismas inhóspitas mientras libraba luchas feroces contra los indígenas en emboscadas y guerras de guerrilla cuyas víctimas hispanas eran decapitadas, descuartizadas y colgadas de los árboles para extender el terror entre los soldados. Los expedicionarios recorrieron a sangre y fuego Tennessee, la cuenca del Misisipi, Alabama, Memphis y Boston, camino de Texas, donde Soto perdió la vida y fue sustituido por Luis de Moscoso, una expedición que fue un completo fracaso humano y un verdadero desastre económico.
Episodio poco conocido es también el de los enfrentamientos con los expedicionarios franceses, que no habían aceptado el monopolio de la colonización hispano-lusa bendecido por el Papa. La España de Felipe II encargó al gallego Pedro Menéndez de Avilés un plan de oposición a la presencia francesa en Florida, contra la que Francia montó una gigantesca expedición con una flota bajo el mando de Ribaud y un ejército al cuidado de Dominique de Gourgues que destruyó el fuerte de San Mateo y algunos fortines, sin conseguir el control de Florida. Tras la derrota de los franceses Menéndez tomó Florida en nombre del rey de España y atacó y saqueó la posición francesa de Fort Caroline. Pero tampoco los españoles permanecieron mucho tiempo porque los indígenas masacraron todas sus guarniciones hasta el punto de que sólo se salvó un español, al que dejaron con vida para que hiciera de mensajero de la tragedia a las autoridades de Santa Elena. Florida fue entonces considerada por las autoridades españolas como una tierra sin interés y poblada además por indígenas reacios a la sumisión. Sólo interesó entonces la situación estratégica de sus costas para garantizar el suministro de metales preciosos al Tesoro español.
No menos trágicas resultaron las expediciones españolas a Tierra Nueva conducidas por Nuño de Guzmán, fundador del reino de Nueva Galicia y de la ciudad de Compostela, un conquistador de una crueldad tal que Carlos V hubo de destituirlo al tener noticia de sus asesinatos y del comercio de esclavos con los que traficaba.

MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA DE EUROPA

 

El periodista Guillermo Altares recorre el continente a través de acontecimientos de su historia y de su cultura

La idea central que preside este libro del periodista Guillermo Altares (“Una lección olvidada”. Tusquets) es la de que a pesar de la diversidad y de las diferencias entre los territorios que integran Europa, existe una tela de araña de fuertes lazos tejida entre sus habitantes y sus culturas, una atracción forjada a lo largo de la historia, que hace que esa unión sea indestructible. Para Altares el proceso de la unidad europea iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de las fronteras, la utilización de una moneda única y la búsqueda del bien común, ha sido lo mejor de nuestra historia reciente como europeos. Por eso, desde el prólogo de este libro, nos recuerda aquella frase de Víctor Hugo en la que el escritor francés afirmaba que una guerra entre europeos es siempre una guerra civil.
DE LAS CAVERNAS A LA GUERRA DE YUGOESLAVIA
Teniendo como objetivo esta premisa, “Una lección olvidada” es un viaje por algunos acontecimientos de la historia que muestran esos vínculos, que se han reforzado a pesar de los problemas a los que Europa ha tenido que enfrentarse a lo largo de los siglos. Desde las cuevas prehistóricas a los conflictos de la antigua Yugoeslavia, la historia de Europa ha sido una sucesión de acontecimientos que han forjado la personalidad de un continente que vive en la actualidad el periodo más evolucionado de su historia. El recorrido se inicia en la cueva prehistórica de Chauvet, descubierta en 1994, cuyas fascinantes pinturas rupestres, de una antigüedad de 36.000 años, muestran un arte que se identifica tanto con Altamira como con la contemporaneidad, teniendo en cuenta el dato de que entre Chauvet y Altamira existe mayor distancia temporal que entre Altamira y el siglo XXI.
Uno de los aspectos que se destacan en este libro es el de la superación, en la época actual, de la violencia, que fue una presencia histórica permanente en el continente, “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores”, en palabras del autor. Una violencia que ya estaba hace 5200 años en el hombre de las nieves, la momia de Ötzi encontrada en 1991 y que demuestra que también la prehistoria fue un periodo convulso. Una violencia que continuó en el mundo antiguo con las guerras de Troya y el Peloponeso y las conquistas del imperio romano, que se prolongó en la Edad Media con las invasiones de los pueblos bárbaros y los vikingos y después con las guerras de religión, las cruzadas y las persecuciones contra heterodoxias religiosas como la de los cátaros, se extendió a través de los episodios de terror desatados durante la Revolución Francesa y las matanzas de la Comuna de París, hasta ensangrentar el siglo XX durante la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el Holocausto y las represiones derivadas de los sistemas totalitarios que se instalaron en suelo europeo… hasta alcanzar los últimos conflictos de la guerra de Yugoeslavia hace apenas veinte años. A estos episodios dedica Guillermo Altares los 20 capítulos de este libro excepcional.
Pero frente a esta violencia, en Europa se ha manifestado también una unidad cultural que la salva de una radical condena histórica. El legado de Grecia y Roma, los mundos bizantino y árabe, la arquitectura religiosa que dio lugar a las catedrales, las obras de Caravaggio, la Ilustración, el arte y la literatura de los siglos XIX y XX… encierran en las manifestaciones de la diversidad de los países del continente una innegable urdimbre europeísta. De estas manifestaciones habla también este libro, uno de cuyos méritos son las citas bibliográficas que incitan a la lectura de los textos que las documentan.

AQUELLA TELEVISIÓN…

SE PUBLICA EL ESTUDIO MÁS EXHAUSTIVO DE LA HISTORIA DE LA TELEVISIÓN EN ESPAÑA HASTA LA LLEGADA DE LAS PRIVADAS
Si ustedes preguntan a una persona mayor de sesenta años qué televisión le gusta más, si la de ahora mismo o la de los años sesenta y setenta, probablemente les dirá que antes se hacían mejores programas de televisión y que ahora todo es espectáculo y basura. Ciertamente, en esta respuesta juegan muchos factores: la magia de las imágenes que llegaban por primera vez a los hogares, la novedad (que era todo lo que se emitía), la evocación a través de la nostalgia, el descubrimiento entonces de otros mundos más allá del rancio franquismo en el que vivía la sociedad española… Sobre la historia de la televisión en España hay ya una extensa bibliografía que comenzó a publicarse a los pocos años de que se estrenara en nuestro país el nuevo medio, en 1956. Desde “El libro gris de TVE” de Manuel Vázquez Montalbán, “Las mil y una noches de TVE” del profesor y periodista Miguel Pérez Calderón y la historia escrita por el crítico de televisión de “La Vanguardia” Josep María Baget Herms hasta los recientes trabajos del catedrático Manuel Palacio hay una larga nómina de autores y de títulos que han dado buena cuenta de lo que ha sido el devenir histórico de nuestra televisión, sus protagonistas, sus responsables y su significado en la historia y la cultura del país. Ahora se publica el que posiblemente sea el trabajo más serio y más exhaustivo de esta historia, que abarca desde su nacimiento hasta la llegada de las televisiones privadas (existe al parecer la intención de continuar el proyecto hasta la actualidad utilizando los mismos procedimientos). Con el título de “Una televisión con dos cadenas. La programación en España (1956-1990)” (Ed. Cátedra), el profesor Julio Montero Díaz ha coordinado el trabajo de varios profesores, historiadores e investigadores que han rastreado archivos, hemerotecas, centros de documentación audiovisual y han entrevistado a muchas de las personas aún con vida que iniciaron, desarrollaron o se relacionaron con la aventura de la televisión en España. El libro (casi 900 páginas) se centra en los programas y las líneas de programación de la Primera Cadena de TVE y, a partir de 1965, también del entonces denominado UHF (actualmente La 2).
El trabajo se estructura en tres apartados correspondientes a tres periodos históricos perfectamente diferenciados: el franquismo (1956-1975), la transición democrática (1975-1982) y los años de los gobiernos socialistas, y llega hasta diciembre de 1990, cuando empiezan a funcionar en España las primeras televisiones privadas (aunque el monopolio ya se había roto poco antes con la llegada de los canales autonómicos, también de titularidad pública). A partir de esta división cronológica se estudia la programación de TVE atendiendo a epígrafes que engloban los programas en las categorías genéricas de información, divulgación y entretenimiento. En las tres épocas en las que se ha dividido este primer periodo de la historia de TVE los epígrafes en los que se organizan los programas atienden a las subcategorías de Informativos, ficción de producción propia, ficción de producción extranjera, programación de cine, programas de concursos y variedades, deportes, toros, programas infantiles y juveniles y espacios de divulgación científica y cultural. Se dedican también capítulos a dos elementos fundamentales para el funcionamiento de la televisión, la publicidad por una parte y las audiencias y la evolución del consumo televisivo por otra. A estas categorías se suman en la época de la transición política los programas de entrevistas y de debate y las series documentales surgidas durante este periodo. En el capítulo dedicado a la etapa socialista se añaden los programas englobados en lo que los autores denominan de “memoria histórica y democracia”, programas de ficción que proponían una reescritura del pasado a través de autores represaliados o marginados durante etapas anteriores o de títulos que aludían a la historia silenciada o a la literatura de la periferia geográfica, que de alguna manera promovía la nueva estructura territorial de la España de las autonomías.
Un estudio muy completo, pues, cuyo repaso sumerge al lector en la nostalgia y en el recuerdo a través de programas como Estudio 1, La casa de los Martínez, Escala en Hi Fi, El hombre y la Tierra, Un, dos, tres,… series como Rin Tin Tin, Perry Mason, Bonanza, Los intocables… ciclos de cine, retransmisiones taurinas, nombres de presentadores de telediarios y de programas de entretenimiento… incluso el recuerdo de spots publicitarios inolvidables. Muchos de estos contenidos, además, son ahora accesibles a través de la página web de TVE.
Lo que se echa en falta en este estudio es un epígrafe dedicado a los programas culturales en los capítulos de los años de la transición política y de la era de los gobiernos socialistas. Hay uno dedicado a los programas culturales de la primera etapa (suprimido en las dos siguientes) pero sorprende que no exista una mayor atención a estos espacios durante los años de la transición y los gobiernos socialistas, en los que se pusieron en antena algunos de los mejores de la historia de nuestra televisión. Un programa de la trascendencia de “Encuentros con las letras”, por ejemplo, merece un tratamiento mejor que el de una alusión marginal en un epígrafe dedicado a los programas de entrevistas. También debiera dedicarse más atención a un espacio como “Metrópolis”, nacido en 1985 y aún en antena después de más de treinta años de emisión ininterrumpida, un mérito más que suficiente para figurar en un libro como este.

 

LOS ORÍGENES DE LA MÚSICA

Una exposición muestra obras de arte e instrumentos relacionados con la música de las civilizaciones mesopotámica, egipcia y greco-romana
La idea que Occidente tiene de la música de la antigüedad se ha conformado sobre todo a través de reproducciones de sonidos e instrumentos divulgados en las películas de Hollywood, como “Quo vadis?” y “Ben-Hur”, falsos estereotipos de liras, flautas y fanfarrias que sonaban en la corte de Cleopatra, en los banquetes de los emperadores y en los espectáculos del circo romano. En una exposición que puede verse estos días en la sede de CaixaForum de Madrid (“Músicas en la antigüedad”, hasta el 16 de septiembre) se propone un acercamiento a la realidad de lo que fue la música en las civilizaciones más antiguas a través de elementos relacionados con Oriente, Egipto, Grecia y Roma, en un recorrido por la historia en el que además de contemplar las piezas también se pueden escuchar los sonidos de algunos instrumentos de aquellas primeras culturas y la reproducción de la que se considera la pieza más antigua del mundo, el canto sumerio de Ugarit, datado entre el 1400 y el 1200 a. C.
MÚSICA, HISTORIA, RELIGIÓN Y MITOLOGÍA
Tres mil años de historia de la música contemplan a los visitantes a esta exposición que reúne 373 piezas, entre instrumentos y obras de arte, relacionadas con el universo musical de la antigüedad. Proceden en su mayor parte del Museo del Louvre, pero hay también piezas del Metropolitano de Nueva York y de otras veinte instituciones españolas e internacionales.
Junto a los últimos hallazgos de la arqueomusicología, la exposición pone el énfasis en demostrar la importancia transversal que la música tuvo en las sociedades antiguas y en destacar su presencia en los acontecimientos de la vida pública y privada como un lenguaje universal utilizado para superar enfrentamientos y conflictos y para acercar culturas.
Además de su relación con el erotismo y la procreación, ejemplarmente representada en la estatua de “Eros con cítara”, también se manifiesta el contexto eminentemente religioso de la música en la antigüedad y su consideración de origen divino. Muchos de los dioses de la mitología egipcia y romana estaban ligados a instrumentos musicales: Hathor es la diosa egipcia de la música, Hermes fabrica la lira, Pan la siringa, Atenea el aulós. Personajes como Uises y Orfeo se relacionan con los cantos de las sirenas y los sonidos de la naturaleza. La música se utilizaba para atraer la atención de los dioses y obtener su benevolencia a través de oraciones, cantos, himnos y murmullos rituales. Junto a las celebraciones religiosas, la música acompañaba en las ceremonias del poder a reyes y soberanos y también estaba presente tanto en los acontecimientos festivos como en las guerras. La columna que Trajano erigió en Roma permite documentar ya la presencia músicos militares. También hay noticias sobre certámenes como el de Delfos, que proporcionaban fama y riqueza a los músicos ganadores.
La música era con frecuencia parte de los espectáculos de danza y de teatro, animaba fiestas y celebraciones y acompañaba en el dolor a los familiares y amigos de los muertos. En los banquetes funerarios los músicos honraban la memoria de los difuntos, reforzaban con sus instrumentos los gritos y lamentaciones de amigos y familiares y facilitaban el acceso de las almas al más allá.
En muchas de las obras de arte que aquí se exponen se ve cómo la música estuvo desde siempre ligada a todas las etapas de la vida de los hombres y las mujeres de la historia, desde la infancia y la juventud a la madurez y la muerte. Alrededor del hecho musical florecieron oficios y actividades, desde los intérpretes de los instrumentos a los lutieres que los construían, y se desarrolló una industria y un comercio cuyos beneficios eran considerables.
Entre las piezas de arte hay tablillas mesopotámicas, estelas egipcias, cerámicas griegas, relieves romanos, féretros… a partir de los cuales los especialistas han recompuesto los entornos sonoros de cada cultura y las técnicas de interpretación de los músicos. Pero lo más destacado de la exposición es la colección de instrumentos antiguos (cítaras, laúdes, flautas, arpas angulares, timbales), algunos milagrosamente conservados gracias al clima seco del valle del Nilo, rescatados de tumbas, casas y santuarios. Otros han sido reconstruidos a partir de los hallazgos de vestigios localizados por toda la región mediterránea, desde Irán a las Galias: trompetas de Tutankamon en Tebas, címbalos en Susa, liras en Atenas, sistros en Nimes.

 

IDEOLOGÍAS POLÍTICAS EN LA CULTURA DE MASAS

 

Varios libros analizan la cultura del siglo XX en relación con las ideologías que la promovieron

 

La cultura es siempre portadora de valores ideológicos, ya sea de una manera explícita o implícita. En algunos casos se trata de obras directamente propagandísticas que no sólo no encubren su ideología sino que la manifiestan expresamente para conseguir mayor difusión. En otros la ideología sólo se percibe a partir de la lectura simbólica de un producto cultural cuyo envoltorio es el entretenimiento. Una interpretación extrema es la que atribuye a todos los productos culturales, incluso a los más inocentes, una intencionalidad ideológica al considerar que el entretenimiento impide que los receptores piensen en los asuntos que realmente interesan. Se trataría de transmitir la ideología dominante a través de la cultura utilizando los medios de comunicación, con el fin de conseguir un mayor control social. Herbert Schiller afirma en “Manipuladores de cerebros” que los media construyen una imagen de la sociedad que no responde a la realidad pero que presentan como un fiel reflejo de la misma, con lo que las personas buscan adecuar sus conductas a esa imagen. En todos estos casos es en la cultura de masas donde la ideología tiene una mayor presencia. Un libro reciente, “Ideologías políticas en la cultura de masas” (Tecnos), coordinado por varios profesores universitarios, aborda los contenidos ideológicos en productos culturales como el cine, el comic, la música pop, los best-sellers o la televisión.
EL CINE COMO VEHICULODE IDEOLOGÍA
De todos los productos culturales es el cine el que tiene un mayor impacto sobre la sociedad. En el cine, además, el discurso indirecto es más persuasivo que el directo. Los autores son conscientes de esta cualidad y dedican la mayor parte de su estudio a analizar los contenidos ideológicos de este medio, desde las producciones pioneras del cine fascista de Leni Riefenstahl, que exaltaba los valores de Hitler y el nacionalsocialismo; el cine comunista de Eisenstein y el supremacista de Griffith, hasta las actuales películas imperialistas del ciclo Rambo, las del compromiso socialista del cineasta finlandés Aki Kaurismaki o las del neoliberalismo conservador de “La rebelión de Atlas”, el ciclo de películas basado en el best seller de Ayn Rand “Atlas Shrugged”. Los valores del ecologismo se estudian a través del análisis de la película “La selva esmeralda”.
El libro aborda también los mecanismos de transmisión ideológica de otros productos culturales, como el liberalismo progresista en el comic de la serie Capitán América, donde se critican los excesos del capitalismo y la libertad de mercado; la transmisión de la ideología comunista y los modelos de comportamiento de los ciudadanos de la sociedad soviética en la literatura juvenil de Arkadi Gaidar; el discurso anarquista en la música y las letras de los grupos punk españoles Eskorbuto y Aviador Dro. Del medio televisión se estudian los mensajes feministas de la serie “House of Cards” y el nacionalismo en “The Newsrooms” y “Americans”. Y en internet, el fenómeno del fundamentalismo religioso evangélico a través de las redes sociales y las grabaciones en You Tube del peruano “El niño predicador”, cuyos mensajes en defensa del creacionismo y la condena al darwinismo, la homosexualidad, el aborto o el divorcio han creado una importante corriente de seguidores de un fenómeno a tener en cuenta.
Quienes mejor han estudiado los contenidos ideológicos en la cultura de masas fueron los filósofos de la Escuela de Frankfurt, que utilizaron el vocablo seudocultura para definir aquellos productos culturales convertidos en mercancía y sometidos a las leyes del mercado.
LA ESCUELA DE FRANKFURT Y LA CULTURA
Durante los años de la República de Weimar en Alemania, en vísperas de la llegada de Hitler al poder, un grupo de filósofos fundó en la ciudad de Frankfurt el Instituto de Investigación Social, dedicado fundamentalmente al estudio del marxismo y de sus repercusiones políticas y sociales. Su obra ha quedado para la posteridad como uno de los análisis más lúcidos sobre los problemas de la sociedad capitalista y la cultura del siglo XX. Max Horkheimer, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Leo Löwenthal, Félix Weil, Gershom Scholem, Eric Fromm, Friedrich Pollock… fueron los fundadores de lo que se conoce como la Escuela de Frankfurt (la ciudad de Frankfurt era entonces uno de los más activos focos culturales de Europa), cuyo pensamiento tuvo continuidad en una nueva generación a la que pertenecen Jurgen Habermas, Claus Offe y Axel Honneth. Sus críticos los acusaban de elaborar propuestas teóricas sin implicarse en la acción práctica para desarrollarlas. En este sentido György Lukács decía que estaban alojados en un hotel con vistas a un abismo vacío. Esta definición fue adoptada por Stuart Jeffries para titular su libro “Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt”, recientemente editado por Turner.
LA CULTURA DE MASAS Y EL MARXISMO
El Instituto nació sobre dos contradicciones. Por una parte, ideado para la crítica al capitalismo, su financiación corrió a cargo del padre de Felix Weil, que desembolsó fondos familiares para una institución que supuestamente iba a teorizar el derrumbe del sistema que lo había hecho rico. Por otra parte sus fundadores procedían de familias judías de la alta burguesía, que en un principio se rebelaron contra la clase social de sus padres. Benjamin denunció estas contradicciones: marxistas sin partido, socialistas dependientes del dinero del capital, beneficiarios de una sociedad contra la que luchaban.
Tras una primera etapa de ortodoxia marxista para el estudio del socialismo y el movimiento obrero, con la llegada de Horkheimer a la presidencia en 1930 el Instituto se transformó en un centro multidisciplinario abocado al revisionismo marxista y a incorporar los hallazgos del sicoanálisis de Freud a la crítica de los mecanismos del control ideológico del capitalismo, un neomarxismo considerado herético por la URSS, a la que en algún momento estos filósofos calificaron de dictadura disfrazada de democracia popular y definieron como una burocracia totalitaria que había distorsionado la filosofía de Marx.
Los filósofos de Frankfurt denunciaron la explotación del trabajo según el modelo fordista, que convertía a los seres humanos en máquinas y a la cultura y al arte en productos de consumo de masas, de modo que, mientras el capitalismo los controlaba durante las horas laborables, la industria cultural lo hacía en las horas de ocio. En otras palabras: existe una continuidad entre el tiempo de trabajo y el de ocio que a medida que las posiciones de la industria cultural se hacen más sólidas y estables más influyen sobre las necesidades del consumidor, dirigiéndolas y disciplinándolas. Así, la Teoría crítica (nombre con el que se conoce su filosofía) afirma que en el tiempo de ocio el consumidor de los productos de la industria cultural recibe el mensaje apologético de una sociedad alienante, un mensaje que no llega a percibir porque se oculta tras un esparcimiento de gratificación.
Para promover una cultura que formara parte de la revolución que iba a liberar las mentes de los oprimidos, estos pensadores estudiaron todas las manifestaciones de la cultura de masas, desde los horóscopos hasta la fotografía, el cine, la publicidad, la radio, la naciente televisión y la música de jazz, con el fin de negar el consumismo como forma de realización (compro, luego existo). Al contrario que Adorno, Benjamin tenía esperanzas en el potencial liberador y revolucionario de algunas manifestaciones de la nueva cultura como el jazz, la música grabada y el cine, y vio en la reproducción mecánica una forma de emancipación de la dependencia que la cultura tenía en relación con espacios de culto como museos o salas de conciertos, de acceso privilegiado para unos pocos. Los medios de comunicación serían los mejores instrumentos para divulgar esa nueva cultura en vez de promover los productos de la industria cultural.
EL FASCISMO Y LA PERSONALIDAD AUTORITARIA
El triunfo del nacionalsocialismo en 1933 aplastó la Escuela de Frankfurt hasta el punto de reducir a ruinas el edificio que albergaba sus instalaciones, y sus promotores tuvieron que abandonar el país. Primero en Ginebra, más tarde en París y finalmente en la Universidad de Columbia en Nueva York, continuaron con sus investigaciones, que se orientaron entonces al estudio de las causas del fascismo y de la personalidad autoritaria en la ciudadanía alemana (lo que Fromm llamó el miedo a la libertad), que había propiciado la llegada de Hitler al poder. En “Dialéctica de la Ilustración” Adorno y Horkheimer quisieron demostrar que fue la razón (como en el cuadro de Goya “El sueño de la razón produce monstruos”) la que había conducido a Auschwitz: el nazismo, según los autores, afianzó el horror a través de una barbarie que había sido “racionalmente organizada”. En vez de progreso, resultó que la Ilustración había traído barbarie y violencia. Ahora la cultura de masas, a través de su fuerte capacidad de persuasión y manipulación, sería el proceso a través del cual se estaban transmitiendo los valores de un nuevo nacionalsocialismo: “Tanto la cultura de masas como la propaganda fascista -escribió Adorno- satisfacen y manipulan necesidades de dependencia promoviendo actitudes convencionales, conformistas y de satisfacción”.
Finalizada la guerra, en 1951 volvieron a Frankfurt algunos de los exiliados para continuar su labor (Horkheimer, Pollock, Adorno) mientras otros (Marcuse, Fromm) decidieron permanecer en los Estados Unidos. En los años sesenta, durante las movilizaciones contra la guerra del Vietnam y los acontecimientos del mayo del 68 en París, Berkeley y Berlín, Horkheimer y Marcuse se enfrentaron en relación con las actitudes de algunos movimientos estudiantiles a los que Horkheimer comparó con los totalitarismos nazi y comunista y Habermas llegó a calificar de “fascismos de izquierda” mientras Marcuse los defendía. Los críticos de la Escuela de Frankfurt acusaron a sus filósofos de apuntalar el sistema que afirmaban combatir, lo que abocó a la Escuela a replantearse sus presupuestos. En este sentido la obra de Habermas sería la más representativa del periodo actual.