Archivo de la categoría: Historia

MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA DE EUROPA

 

El periodista Guillermo Altares recorre el continente a través de acontecimientos de su historia y de su cultura

La idea central que preside este libro del periodista Guillermo Altares (“Una lección olvidada”. Tusquets) es la de que a pesar de la diversidad y de las diferencias entre los territorios que integran Europa, existe una tela de araña de fuertes lazos tejida entre sus habitantes y sus culturas, una atracción forjada a lo largo de la historia, que hace que esa unión sea indestructible. Para Altares el proceso de la unidad europea iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de las fronteras, la utilización de una moneda única y la búsqueda del bien común, ha sido lo mejor de nuestra historia reciente como europeos. Por eso, desde el prólogo de este libro, nos recuerda aquella frase de Víctor Hugo en la que el escritor francés afirmaba que una guerra entre europeos es siempre una guerra civil.
DE LAS CAVERNAS A LA GUERRA DE YUGOESLAVIA
Teniendo como objetivo esta premisa, “Una lección olvidada” es un viaje por algunos acontecimientos de la historia que muestran esos vínculos, que se han reforzado a pesar de los problemas a los que Europa ha tenido que enfrentarse a lo largo de los siglos. Desde las cuevas prehistóricas a los conflictos de la antigua Yugoeslavia, la historia de Europa ha sido una sucesión de acontecimientos que han forjado la personalidad de un continente que vive en la actualidad el periodo más evolucionado de su historia. El recorrido se inicia en la cueva prehistórica de Chauvet, descubierta en 1994, cuyas fascinantes pinturas rupestres, de una antigüedad de 36.000 años, muestran un arte que se identifica tanto con Altamira como con la contemporaneidad, teniendo en cuenta el dato de que entre Chauvet y Altamira existe mayor distancia temporal que entre Altamira y el siglo XXI.
Uno de los aspectos que se destacan en este libro es el de la superación, en la época actual, de la violencia, que fue una presencia histórica permanente en el continente, “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores”, en palabras del autor. Una violencia que ya estaba hace 5200 años en el hombre de las nieves, la momia de Ötzi encontrada en 1991 y que demuestra que también la prehistoria fue un periodo convulso. Una violencia que continuó en el mundo antiguo con las guerras de Troya y el Peloponeso y las conquistas del imperio romano, que se prolongó en la Edad Media con las invasiones de los pueblos bárbaros y los vikingos y después con las guerras de religión, las cruzadas y las persecuciones contra heterodoxias religiosas como la de los cátaros, se extendió a través de los episodios de terror desatados durante la Revolución Francesa y las matanzas de la Comuna de París, hasta ensangrentar el siglo XX durante la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el Holocausto y las represiones derivadas de los sistemas totalitarios que se instalaron en suelo europeo… hasta alcanzar los últimos conflictos de la guerra de Yugoeslavia hace apenas veinte años. A estos episodios dedica Guillermo Altares los 20 capítulos de este libro excepcional.
Pero frente a esta violencia, en Europa se ha manifestado también una unidad cultural que la salva de una radical condena histórica. El legado de Grecia y Roma, los mundos bizantino y árabe, la arquitectura religiosa que dio lugar a las catedrales, las obras de Caravaggio, la Ilustración, el arte y la literatura de los siglos XIX y XX… encierran en las manifestaciones de la diversidad de los países del continente una innegable urdimbre europeísta. De estas manifestaciones habla también este libro, uno de cuyos méritos son las citas bibliográficas que incitan a la lectura de los textos que las documentan.

Anuncios

AQUELLA TELEVISIÓN…

SE PUBLICA EL ESTUDIO MÁS EXHAUSTIVO DE LA HISTORIA DE LA TELEVISIÓN EN ESPAÑA HASTA LA LLEGADA DE LAS PRIVADAS
Si ustedes preguntan a una persona mayor de sesenta años qué televisión le gusta más, si la de ahora mismo o la de los años sesenta y setenta, probablemente les dirá que antes se hacían mejores programas de televisión y que ahora todo es espectáculo y basura. Ciertamente, en esta respuesta juegan muchos factores: la magia de las imágenes que llegaban por primera vez a los hogares, la novedad (que era todo lo que se emitía), la evocación a través de la nostalgia, el descubrimiento entonces de otros mundos más allá del rancio franquismo en el que vivía la sociedad española… Sobre la historia de la televisión en España hay ya una extensa bibliografía que comenzó a publicarse a los pocos años de que se estrenara en nuestro país el nuevo medio, en 1956. Desde “El libro gris de TVE” de Manuel Vázquez Montalbán, “Las mil y una noches de TVE” del profesor y periodista Miguel Pérez Calderón y la historia escrita por el crítico de televisión de “La Vanguardia” Josep María Baget Herms hasta los recientes trabajos del catedrático Manuel Palacio hay una larga nómina de autores y de títulos que han dado buena cuenta de lo que ha sido el devenir histórico de nuestra televisión, sus protagonistas, sus responsables y su significado en la historia y la cultura del país. Ahora se publica el que posiblemente sea el trabajo más serio y más exhaustivo de esta historia, que abarca desde su nacimiento hasta la llegada de las televisiones privadas (existe al parecer la intención de continuar el proyecto hasta la actualidad utilizando los mismos procedimientos). Con el título de “Una televisión con dos cadenas. La programación en España (1956-1990)” (Ed. Cátedra), el profesor Julio Montero Díaz ha coordinado el trabajo de varios profesores, historiadores e investigadores que han rastreado archivos, hemerotecas, centros de documentación audiovisual y han entrevistado a muchas de las personas aún con vida que iniciaron, desarrollaron o se relacionaron con la aventura de la televisión en España. El libro (casi 900 páginas) se centra en los programas y las líneas de programación de la Primera Cadena de TVE y, a partir de 1965, también del entonces denominado UHF (actualmente La 2).
El trabajo se estructura en tres apartados correspondientes a tres periodos históricos perfectamente diferenciados: el franquismo (1956-1975), la transición democrática (1975-1982) y los años de los gobiernos socialistas, y llega hasta diciembre de 1990, cuando empiezan a funcionar en España las primeras televisiones privadas (aunque el monopolio ya se había roto poco antes con la llegada de los canales autonómicos, también de titularidad pública). A partir de esta división cronológica se estudia la programación de TVE atendiendo a epígrafes que engloban los programas en las categorías genéricas de información, divulgación y entretenimiento. En las tres épocas en las que se ha dividido este primer periodo de la historia de TVE los epígrafes en los que se organizan los programas atienden a las subcategorías de Informativos, ficción de producción propia, ficción de producción extranjera, programación de cine, programas de concursos y variedades, deportes, toros, programas infantiles y juveniles y espacios de divulgación científica y cultural. Se dedican también capítulos a dos elementos fundamentales para el funcionamiento de la televisión, la publicidad por una parte y las audiencias y la evolución del consumo televisivo por otra. A estas categorías se suman en la época de la transición política los programas de entrevistas y de debate y las series documentales surgidas durante este periodo. En el capítulo dedicado a la etapa socialista se añaden los programas englobados en lo que los autores denominan de “memoria histórica y democracia”, programas de ficción que proponían una reescritura del pasado a través de autores represaliados o marginados durante etapas anteriores o de títulos que aludían a la historia silenciada o a la literatura de la periferia geográfica, que de alguna manera promovía la nueva estructura territorial de la España de las autonomías.
Un estudio muy completo, pues, cuyo repaso sumerge al lector en la nostalgia y en el recuerdo a través de programas como Estudio 1, La casa de los Martínez, Escala en Hi Fi, El hombre y la Tierra, Un, dos, tres,… series como Rin Tin Tin, Perry Mason, Bonanza, Los intocables… ciclos de cine, retransmisiones taurinas, nombres de presentadores de telediarios y de programas de entretenimiento… incluso el recuerdo de spots publicitarios inolvidables. Muchos de estos contenidos, además, son ahora accesibles a través de la página web de TVE.
Lo que se echa en falta en este estudio es un epígrafe dedicado a los programas culturales en los capítulos de los años de la transición política y de la era de los gobiernos socialistas. Hay uno dedicado a los programas culturales de la primera etapa (suprimido en las dos siguientes) pero sorprende que no exista una mayor atención a estos espacios durante los años de la transición y los gobiernos socialistas, en los que se pusieron en antena algunos de los mejores de la historia de nuestra televisión. Un programa de la trascendencia de “Encuentros con las letras”, por ejemplo, merece un tratamiento mejor que el de una alusión marginal en un epígrafe dedicado a los programas de entrevistas. También debiera dedicarse más atención a un espacio como “Metrópolis”, nacido en 1985 y aún en antena después de más de treinta años de emisión ininterrumpida, un mérito más que suficiente para figurar en un libro como este.

 

LOS ORÍGENES DE LA MÚSICA

Una exposición muestra obras de arte e instrumentos relacionados con la música de las civilizaciones mesopotámica, egipcia y greco-romana
La idea que Occidente tiene de la música de la antigüedad se ha conformado sobre todo a través de reproducciones de sonidos e instrumentos divulgados en las películas de Hollywood, como “Quo vadis?” y “Ben-Hur”, falsos estereotipos de liras, flautas y fanfarrias que sonaban en la corte de Cleopatra, en los banquetes de los emperadores y en los espectáculos del circo romano. En una exposición que puede verse estos días en la sede de CaixaForum de Madrid (“Músicas en la antigüedad”, hasta el 16 de septiembre) se propone un acercamiento a la realidad de lo que fue la música en las civilizaciones más antiguas a través de elementos relacionados con Oriente, Egipto, Grecia y Roma, en un recorrido por la historia en el que además de contemplar las piezas también se pueden escuchar los sonidos de algunos instrumentos de aquellas primeras culturas y la reproducción de la que se considera la pieza más antigua del mundo, el canto sumerio de Ugarit, datado entre el 1400 y el 1200 a. C.
MÚSICA, HISTORIA, RELIGIÓN Y MITOLOGÍA
Tres mil años de historia de la música contemplan a los visitantes a esta exposición que reúne 373 piezas, entre instrumentos y obras de arte, relacionadas con el universo musical de la antigüedad. Proceden en su mayor parte del Museo del Louvre, pero hay también piezas del Metropolitano de Nueva York y de otras veinte instituciones españolas e internacionales.
Junto a los últimos hallazgos de la arqueomusicología, la exposición pone el énfasis en demostrar la importancia transversal que la música tuvo en las sociedades antiguas y en destacar su presencia en los acontecimientos de la vida pública y privada como un lenguaje universal utilizado para superar enfrentamientos y conflictos y para acercar culturas.
Además de su relación con el erotismo y la procreación, ejemplarmente representada en la estatua de “Eros con cítara”, también se manifiesta el contexto eminentemente religioso de la música en la antigüedad y su consideración de origen divino. Muchos de los dioses de la mitología egipcia y romana estaban ligados a instrumentos musicales: Hathor es la diosa egipcia de la música, Hermes fabrica la lira, Pan la siringa, Atenea el aulós. Personajes como Uises y Orfeo se relacionan con los cantos de las sirenas y los sonidos de la naturaleza. La música se utilizaba para atraer la atención de los dioses y obtener su benevolencia a través de oraciones, cantos, himnos y murmullos rituales. Junto a las celebraciones religiosas, la música acompañaba en las ceremonias del poder a reyes y soberanos y también estaba presente tanto en los acontecimientos festivos como en las guerras. La columna que Trajano erigió en Roma permite documentar ya la presencia músicos militares. También hay noticias sobre certámenes como el de Delfos, que proporcionaban fama y riqueza a los músicos ganadores.
La música era con frecuencia parte de los espectáculos de danza y de teatro, animaba fiestas y celebraciones y acompañaba en el dolor a los familiares y amigos de los muertos. En los banquetes funerarios los músicos honraban la memoria de los difuntos, reforzaban con sus instrumentos los gritos y lamentaciones de amigos y familiares y facilitaban el acceso de las almas al más allá.
En muchas de las obras de arte que aquí se exponen se ve cómo la música estuvo desde siempre ligada a todas las etapas de la vida de los hombres y las mujeres de la historia, desde la infancia y la juventud a la madurez y la muerte. Alrededor del hecho musical florecieron oficios y actividades, desde los intérpretes de los instrumentos a los lutieres que los construían, y se desarrolló una industria y un comercio cuyos beneficios eran considerables.
Entre las piezas de arte hay tablillas mesopotámicas, estelas egipcias, cerámicas griegas, relieves romanos, féretros… a partir de los cuales los especialistas han recompuesto los entornos sonoros de cada cultura y las técnicas de interpretación de los músicos. Pero lo más destacado de la exposición es la colección de instrumentos antiguos (cítaras, laúdes, flautas, arpas angulares, timbales), algunos milagrosamente conservados gracias al clima seco del valle del Nilo, rescatados de tumbas, casas y santuarios. Otros han sido reconstruidos a partir de los hallazgos de vestigios localizados por toda la región mediterránea, desde Irán a las Galias: trompetas de Tutankamon en Tebas, címbalos en Susa, liras en Atenas, sistros en Nimes.

 

IDEOLOGÍAS POLÍTICAS EN LA CULTURA DE MASAS

 

Varios libros analizan la cultura del siglo XX en relación con las ideologías que la promovieron

 

La cultura es siempre portadora de valores ideológicos, ya sea de una manera explícita o implícita. En algunos casos se trata de obras directamente propagandísticas que no sólo no encubren su ideología sino que la manifiestan expresamente para conseguir mayor difusión. En otros la ideología sólo se percibe a partir de la lectura simbólica de un producto cultural cuyo envoltorio es el entretenimiento. Una interpretación extrema es la que atribuye a todos los productos culturales, incluso a los más inocentes, una intencionalidad ideológica al considerar que el entretenimiento impide que los receptores piensen en los asuntos que realmente interesan. Se trataría de transmitir la ideología dominante a través de la cultura utilizando los medios de comunicación, con el fin de conseguir un mayor control social. Herbert Schiller afirma en “Manipuladores de cerebros” que los media construyen una imagen de la sociedad que no responde a la realidad pero que presentan como un fiel reflejo de la misma, con lo que las personas buscan adecuar sus conductas a esa imagen. En todos estos casos es en la cultura de masas donde la ideología tiene una mayor presencia. Un libro reciente, “Ideologías políticas en la cultura de masas” (Tecnos), coordinado por varios profesores universitarios, aborda los contenidos ideológicos en productos culturales como el cine, el comic, la música pop, los best-sellers o la televisión.
EL CINE COMO VEHICULODE IDEOLOGÍA
De todos los productos culturales es el cine el que tiene un mayor impacto sobre la sociedad. En el cine, además, el discurso indirecto es más persuasivo que el directo. Los autores son conscientes de esta cualidad y dedican la mayor parte de su estudio a analizar los contenidos ideológicos de este medio, desde las producciones pioneras del cine fascista de Leni Riefenstahl, que exaltaba los valores de Hitler y el nacionalsocialismo; el cine comunista de Eisenstein y el supremacista de Griffith, hasta las actuales películas imperialistas del ciclo Rambo, las del compromiso socialista del cineasta finlandés Aki Kaurismaki o las del neoliberalismo conservador de “La rebelión de Atlas”, el ciclo de películas basado en el best seller de Ayn Rand “Atlas Shrugged”. Los valores del ecologismo se estudian a través del análisis de la película “La selva esmeralda”.
El libro aborda también los mecanismos de transmisión ideológica de otros productos culturales, como el liberalismo progresista en el comic de la serie Capitán América, donde se critican los excesos del capitalismo y la libertad de mercado; la transmisión de la ideología comunista y los modelos de comportamiento de los ciudadanos de la sociedad soviética en la literatura juvenil de Arkadi Gaidar; el discurso anarquista en la música y las letras de los grupos punk españoles Eskorbuto y Aviador Dro. Del medio televisión se estudian los mensajes feministas de la serie “House of Cards” y el nacionalismo en “The Newsrooms” y “Americans”. Y en internet, el fenómeno del fundamentalismo religioso evangélico a través de las redes sociales y las grabaciones en You Tube del peruano “El niño predicador”, cuyos mensajes en defensa del creacionismo y la condena al darwinismo, la homosexualidad, el aborto o el divorcio han creado una importante corriente de seguidores de un fenómeno a tener en cuenta.
Quienes mejor han estudiado los contenidos ideológicos en la cultura de masas fueron los filósofos de la Escuela de Frankfurt, que utilizaron el vocablo seudocultura para definir aquellos productos culturales convertidos en mercancía y sometidos a las leyes del mercado.
LA ESCUELA DE FRANKFURT Y LA CULTURA
Durante los años de la República de Weimar en Alemania, en vísperas de la llegada de Hitler al poder, un grupo de filósofos fundó en la ciudad de Frankfurt el Instituto de Investigación Social, dedicado fundamentalmente al estudio del marxismo y de sus repercusiones políticas y sociales. Su obra ha quedado para la posteridad como uno de los análisis más lúcidos sobre los problemas de la sociedad capitalista y la cultura del siglo XX. Max Horkheimer, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Leo Löwenthal, Félix Weil, Gershom Scholem, Eric Fromm, Friedrich Pollock… fueron los fundadores de lo que se conoce como la Escuela de Frankfurt (la ciudad de Frankfurt era entonces uno de los más activos focos culturales de Europa), cuyo pensamiento tuvo continuidad en una nueva generación a la que pertenecen Jurgen Habermas, Claus Offe y Axel Honneth. Sus críticos los acusaban de elaborar propuestas teóricas sin implicarse en la acción práctica para desarrollarlas. En este sentido György Lukács decía que estaban alojados en un hotel con vistas a un abismo vacío. Esta definición fue adoptada por Stuart Jeffries para titular su libro “Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt”, recientemente editado por Turner.
LA CULTURA DE MASAS Y EL MARXISMO
El Instituto nació sobre dos contradicciones. Por una parte, ideado para la crítica al capitalismo, su financiación corrió a cargo del padre de Felix Weil, que desembolsó fondos familiares para una institución que supuestamente iba a teorizar el derrumbe del sistema que lo había hecho rico. Por otra parte sus fundadores procedían de familias judías de la alta burguesía, que en un principio se rebelaron contra la clase social de sus padres. Benjamin denunció estas contradicciones: marxistas sin partido, socialistas dependientes del dinero del capital, beneficiarios de una sociedad contra la que luchaban.
Tras una primera etapa de ortodoxia marxista para el estudio del socialismo y el movimiento obrero, con la llegada de Horkheimer a la presidencia en 1930 el Instituto se transformó en un centro multidisciplinario abocado al revisionismo marxista y a incorporar los hallazgos del sicoanálisis de Freud a la crítica de los mecanismos del control ideológico del capitalismo, un neomarxismo considerado herético por la URSS, a la que en algún momento estos filósofos calificaron de dictadura disfrazada de democracia popular y definieron como una burocracia totalitaria que había distorsionado la filosofía de Marx.
Los filósofos de Frankfurt denunciaron la explotación del trabajo según el modelo fordista, que convertía a los seres humanos en máquinas y a la cultura y al arte en productos de consumo de masas, de modo que, mientras el capitalismo los controlaba durante las horas laborables, la industria cultural lo hacía en las horas de ocio. En otras palabras: existe una continuidad entre el tiempo de trabajo y el de ocio que a medida que las posiciones de la industria cultural se hacen más sólidas y estables más influyen sobre las necesidades del consumidor, dirigiéndolas y disciplinándolas. Así, la Teoría crítica (nombre con el que se conoce su filosofía) afirma que en el tiempo de ocio el consumidor de los productos de la industria cultural recibe el mensaje apologético de una sociedad alienante, un mensaje que no llega a percibir porque se oculta tras un esparcimiento de gratificación.
Para promover una cultura que formara parte de la revolución que iba a liberar las mentes de los oprimidos, estos pensadores estudiaron todas las manifestaciones de la cultura de masas, desde los horóscopos hasta la fotografía, el cine, la publicidad, la radio, la naciente televisión y la música de jazz, con el fin de negar el consumismo como forma de realización (compro, luego existo). Al contrario que Adorno, Benjamin tenía esperanzas en el potencial liberador y revolucionario de algunas manifestaciones de la nueva cultura como el jazz, la música grabada y el cine, y vio en la reproducción mecánica una forma de emancipación de la dependencia que la cultura tenía en relación con espacios de culto como museos o salas de conciertos, de acceso privilegiado para unos pocos. Los medios de comunicación serían los mejores instrumentos para divulgar esa nueva cultura en vez de promover los productos de la industria cultural.
EL FASCISMO Y LA PERSONALIDAD AUTORITARIA
El triunfo del nacionalsocialismo en 1933 aplastó la Escuela de Frankfurt hasta el punto de reducir a ruinas el edificio que albergaba sus instalaciones, y sus promotores tuvieron que abandonar el país. Primero en Ginebra, más tarde en París y finalmente en la Universidad de Columbia en Nueva York, continuaron con sus investigaciones, que se orientaron entonces al estudio de las causas del fascismo y de la personalidad autoritaria en la ciudadanía alemana (lo que Fromm llamó el miedo a la libertad), que había propiciado la llegada de Hitler al poder. En “Dialéctica de la Ilustración” Adorno y Horkheimer quisieron demostrar que fue la razón (como en el cuadro de Goya “El sueño de la razón produce monstruos”) la que había conducido a Auschwitz: el nazismo, según los autores, afianzó el horror a través de una barbarie que había sido “racionalmente organizada”. En vez de progreso, resultó que la Ilustración había traído barbarie y violencia. Ahora la cultura de masas, a través de su fuerte capacidad de persuasión y manipulación, sería el proceso a través del cual se estaban transmitiendo los valores de un nuevo nacionalsocialismo: “Tanto la cultura de masas como la propaganda fascista -escribió Adorno- satisfacen y manipulan necesidades de dependencia promoviendo actitudes convencionales, conformistas y de satisfacción”.
Finalizada la guerra, en 1951 volvieron a Frankfurt algunos de los exiliados para continuar su labor (Horkheimer, Pollock, Adorno) mientras otros (Marcuse, Fromm) decidieron permanecer en los Estados Unidos. En los años sesenta, durante las movilizaciones contra la guerra del Vietnam y los acontecimientos del mayo del 68 en París, Berkeley y Berlín, Horkheimer y Marcuse se enfrentaron en relación con las actitudes de algunos movimientos estudiantiles a los que Horkheimer comparó con los totalitarismos nazi y comunista y Habermas llegó a calificar de “fascismos de izquierda” mientras Marcuse los defendía. Los críticos de la Escuela de Frankfurt acusaron a sus filósofos de apuntalar el sistema que afirmaban combatir, lo que abocó a la Escuela a replantearse sus presupuestos. En este sentido la obra de Habermas sería la más representativa del periodo actual.

MAYO DEL 68

EN EL 50 ANIVERSARIO DEL MAYO DEL 68 ALGUNAS CONQUISTAS DE AQUELLA REVOLUCIÓN SIGUEN MARCANDO LA EVOLUCIÓN DE LA SOCIEDAD ACTUAL
Hay años que quedan en la historia como pivotes que indican los caminos del futuro. De vez en cuando un acontecimiento destacado marca para siempre una fecha que la memoria se encargará de que sea una referencia imprescindible. Hay pocos años que recojan en su calendario tantos hechos importantes como los que sucedieron en 1968.
UN AÑO PARA LA HISTORIA
Fue en 1968 cuando los tanques del Pacto de Varsovia ahogaron la llamada Primavera de Praga, una de las experiencias de lo que pudo haber sido la primera manifestación de socialismo democrático. Si la represión de aquella primavera reveló la verdadera cara del régimen soviético, quitando las vendas de muchos ojos fascinados por la dictadura del proletariado, el otoño golpeaba al mundo con otra represión en México, la de la policía contra los manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas, que terminó con más de 300 muertos y una gran cantidad de heridos, cuando este país iba a celebrar unos Juegos Olímpicos también históricos: fue cuando los atletas Tommie Smith y John Carlos, desde el podio en el que habían recibido las medallas de oro y bronce, levantaron los puños con guantes negros para manifestar su militancia en el Black Power. En lo deportivo, fue en estas Olimpiadas en las que nació el estilo Foshbury de salto de altura, todo un hito para la historia del deporte. Meses antes, los asesinatos de Martin Luther King en abril y de Robert Kennedy en junio habían conmocionado al mundo, y la guerra de Vietnam provocaba manifestaciones de indignación con una fotografía de Eddie Adams para la historia, la del general Nguyen Ngoc disparando a la cabeza de un prisionero del vietcong. Después, la matanza de los pobladores de la aldea de My Lai y la ofensiva del Tet levantaron protestas en todo el mundo contra aquel conflicto. Mientras Biafra agonizaba de hambre durante la guerra con Nigeria, China se ahogaba en las consecuencias de la llamada revolución cultural iniciada por Mao Zedong en 1966, Nixon ganaba ese año las elecciones norteamericanas y la derecha del general De Gaulle, espantada por los acontecimientos de mayo, se imponía al emergente socialismo en Francia. Fue el año en el que Mc Luhan anunciaba el nacimiento de la globalización con su teoría de la “aldea global” y “el aula sin muros”. Bob Dylan reaparecía en los escenarios después de años de silencio tras un accidente de moto que casi acabó con su vida. En España, en paralelo al movimiento estudiantil de las luchas antifranquistas nacían fenómenos político-culturales como la Nova Canço catalana y Voces Ceibes en Galicia, en un panorama musical en el que mientras Raimón actuaba el día 18 en la universidad de Madrid, el La, la, la de Massiel ganaba el festival de Eurovisión. 1968 fue también el año en el que ETA, el 7 de junio, cometió su primer asesinato en la persona del guardia civil José Antonio Pardines. Se consolidaba un nuevo espíritu marcado por el movimiento hippie en la cultura y por la revolución del Mayo del 68 en lo sociopolítico.
AQUEL MAYO
“Lo que caracteriza actualmente nuestra vida pública es el aburrimiento. Los franceses se aburren…” Así comenzaba un artículo de Pierre Viansson-Ponté publicado en portada por el diario francés Le Monde el 15 de marzo de 1968. En “Cuando Francia se aburre”, su título, el periodista describía una sociedad conformista sumida en el tedio y el aburrimiento de una Francia en la que nunca pasaba nada. El artículo resultó ser uno de los diagnósticos más equivocados de la historia del periodismo porque pocas semanas después el país vivía una de las convulsiones más violentas de su historia reciente, una revolución social que llegó a poner en peligro la supervivencia de la V República.
Mayo del 68 se inició en la Universidad de Nanterre, epicentro de la cultura de la contestación juvenil en Francia, a raíz de la protesta que reivindicaba el derecho de los estudiantes a acceder a las habitaciones de sus compañeras de residencia, y prendió con fuerza en la Sorbona y en el Barrio Latino de París, escenario de las barricadas y de los enfrentamientos más intensos, aunque antes que en Francia ya se venían registrando focos similares en Holanda con el movimiento de los provos, en Berlín con las manifestaciones lideradas por Rudi Dutschke, y en los Estados Unidos con las de los universitarios de Berkeley contra la guerra de Vietnam. El bagaje ideológico de los líderes de París, Alain Krivine, Jacques Sauvageot, Alain Geismar y sobre todo Daniel Cohn-Bendit, que dirigía el movimiento estudiantil ‘22 de Marzo’, era una mezcla de ideas trostkistas, anarquistas (la utopía libertaria de Bakunin) y maoístas (el Libro Rojo) encarriladas por el movimiento de la Internacional Situacionista creado por Guy Débord a partir del éxito de su ensayo “La sociedad del espectáculo” (Christian Sebastiani, un confesado situacionista, fue el autor de la mayoría de los textos de las pintadas que aparecieron en los muros de París durante la revuelta). El movimiento bebía también de las ideas de Jean Paul Sartre, de Foucault, de André Gorz, y de la filosofía de los últimos representantes de la Escuela de Frankfurt, sobre todo del Marcuse de “El hombre unidimensional”, y tenía hondas raíces en la lucha generacional del sicoanálisis freudiano (matar al padre) y la nueva sexualidad liberadora de Wilhem Reich.
El 13 de mayo, con la Sorbona cerrada por primera vez en 700 años de historia, se alcanzó el cénit revolucionario cuando los sindicatos obreros se unieron a la revuelta y llamaron a una huelga general que estuvo a punto de derribar al Gobierno del general De Gaulle. Ese día las algaradas callejeras alcanzaron los enfrentamientos más violentos entre los manifestantes y las fuerzas de la CRS. Los estudiantes del Barrio Latino cruzaron el Sena con la intención de prender fuego a La Sorbona. La reacción política no se produjo hasta días después cuando De Gaulle aceptó las exigencias de los sindicatos en los Acuerdos de Grenelle y llamó a los franceses a una manifestación en su apoyo en los Campos Elíseos a la que el 30 de mayo acudió un millón de personas y en la que anunció la convocatoria de las elecciones que el 23 de junio devolvieron íntegro el poder al general. Una de las primeras medidas del nuevo gobierno se produjo en agosto, cuando se asfaltaron las calles del Barrio Latino, aquellas que ocultaban la playa bajo sus adoquines.
LIQUIDAR EL LEGADO DE MAYO ‘68
En 2008, cuarenta años después de aquel mayo, a quienes vivimos aquella explosión de ideas desde la oscuridad del franquismo nos sorprendió que uno de los lemas de la campaña electoral con la que Nicolás Sarkozy había ganado las elecciones fuera la de aniquilar lo que quedaba de aquel mayo, de finiquitar los vestigios que pudieran haber permanecido en la sociedad francesa de la herencia de aquella revolución juvenil, a saber, según Sarkozy, el descrédito de la autoridad, la crisis de la escuela y el fin de la familia tradicional. Más sorprendente nos resultó que algunos de los filósofos que fueran iconos de aquel movimiento, como André Glucksman (hay una foto histórica de Glucksman con Sartre esos días), apoyaran esta política, aun teniendo en cuenta la deriva ideológica hacia la derecha de este nuevo filósofo, manifestada en sus ensayos “Dostoievski en Manhattan” y “Occidente contra Occidente”. En una conversación con Glucksman cuando vino a presentar entonces a Madrid su autobiografía “Une rage d’enfant”, Glucksman me justificaba su participación en la campaña de Sarkozy como reconocimiento del error que supuso el apoyo del mayo del 68 a los regímenes comunistas, lo cual no es totalmente cierto a pesar de los posters del Che Guevara y de Lenin y de las banderas rojas en las manifestaciones, de presencia siempre minoritaria, y de los cantos de La Internacional, un himno que nació durante la Comuna de París en 1871. Porque Mayo del 68 fue también una manifestación anticomunista: los estudiantes no querían que el PCF manipulara el movimiento a su favor. Es conocido el episodio de cómo Daniel Cohn-Bendit rechazó el apoyo del poeta comunista Louis Aragon y lo acusó públicamente de estalinista. Uno de los lemas de las manifestaciones era ‘Todos somos judíos alemanes’, dirigido contra George Marchais, el secretario general del partido, quien calificara a Cohn-Bendit de judío alemán y a los líderes del 68 de falsos revolucionarios. Nos resulta sorprendente porque rechazar la herencia del Mayo del 68 es negar valores que surgieron con motivo de esta revolución y vinieron desarrollándose desde entonces, aceptados por la izquierda y, muchos también, por la derecha: el ecologismo, el feminismo, la libertad sexual, la antisiquiatría y la contracultura, el antirracismo, la crítica al consumismo, la reivindicación de las minorías, el sindicalismo alternativo, el pacifismo… Estos principios se desarrollaron al amparo de esta revolución y hoy se consideran importantes conquistas sociales. Ciertamente, ni en sus manifiestos ni en sus proclamas estaban explícitos, pero cabe decir que los manifestantes del mayo del 68 pusieron las bases para que se desarrollaran frente al conservadurismo de aquellos años; abrieron la brecha para que por ella se colasen unos principios que ya estaban presentes en las reivindicaciones de las nuevas generaciones. Se trataba de un rechazo genérico a lo establecido y lo caduco, aunque no hubiera propuestas alternativas explícitas.
Mayo del 68 no fue una revolución contra un gobierno sino contra un futuro que los manifestantes calificaban de “climatizado”. Para algunos sólo fue el fin de una etapa histórica a la que no aportó grandes cosas; para otros fue el principio de otra que abrió las puertas a un futuro en el que se asentaron los valores de una nueva sociedad. Sus lemas, aunque ingenuos, eran suficientemente expresivos de ese espíritu innovador: Prohibido prohibir, La imaginación al poder, La cultura es la inversión de la vida, Seamos realistas: pidamos lo imposible, La acción no debe ser una reacción sino una creación, En los exámenes responde con preguntas, La insolencia es una de las mayores armas revolucionarias… Por todo eso no es arriesgado afirmar que aquel mes fue el uno de los más importantes del siglo XX europeo, un mes que cambió tantas cosas en la sociedad y en las costumbres que aún hoy se notan sus influencias en movimientos como el de los indignados y la antiglobalización y por eso se sigue rememorando. Un mayo tan largo que dura ya cincuenta años.
LIBROS PARA ENTENDER MAYO ‘68
“Mayo del 68. Por la subversión permanente”. André Glucksman (Taurus)
“1968. El nacimiento de un mundo nuevo”. Ramón González Férriz (Debate)
“1968. El año que conmocionó al mundo”. Mark Kurlansky (Destino)
“1968. El año en el que el mundo pudo cambiar”. Richard Vinen (Crítica)
“Los 68. París, Praga, México”. Carlos Fuentes (Debate)
“Mayo del 68 y sus vidas posteriores”. Kristin Ross (Ed. Acuarela)
“Mayo del 68. Fin de fiesta”. Gabriel Albiac (Ed. Confluencias)
“El mayo francés en la España del 68”. Patricia Badenes Salazar (Ed. Cátedra)
“La revolución imaginaria. París 1968”. Michael Seidman (Alianza)
“Utopías del 68. De París y Praga a china y México”. (Pasado y presente)

DOS SIGLOS DE MARXISMO

A 200 AÑOS DEL NACIMIENTO DE KARL MARX SIGUEN LAS INTERPRETACIONES SOBRE LAS TESIS DEL FILÓSOFO QUE CAMBIÓ EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN OCCIDENTE

Karl Marx nació en Tréveris, en la región meridional de la Renania, el 5 de mayo de 1818 y murió en Londres a las tres de la tarde del 14 de marzo de 1883. Fue el filósofo posiblemente más controvertido de la Historia, no tanto por su doctrina sino por la adopción de sus teorías económicas por el sistema político que durante décadas pareció ser la única alternativa real al capitalismo. Durante muchos años el comunismo soviético formó parte de la utopía anticapitalista de muchos líderes de la izquierda europea y americana hasta que los crímenes de Stalin, las invasiones de Hungría y Checoslovaquia por los tanques rusos, los excesos de la revolución cultural china, la deriva del castrismo y el genocidio camboyano abrieron la veda a las críticas de la izquierda contra un sistema que aún tardaría años en derrumbarse, en 1989, a los pies del muro que dividía la ciudad de Berlín. El marxismo ya no existía entonces como un sistema unitario sino que se expresaba de maneras distintas, muchas veces contrapuestas, tanto en los países que lo habían adoptado como régimen político como por los intelectuales y por los partidos que buscaban integrarlo en los sistemas democráticos de Occidente.
El rechazo de los regímenes políticos europeos al marxismo se fundamentó en la idea de revolución que Marx y Engels convirtieron en el eje sobre el que giraba esta doctrina política. Según el “Manifiesto Comunista” la revolución sólo sería posible mediante el derrocamiento violento del régimen existente (aunque más adelante Marx admitiría también la posibilidad de una vía pacífica). En todo caso, para llevar a cabo una revolución, se afirma, hay que basarse en el conocimiento científico de la realidad social que se quiere transformar. En ese sentido, hay que reconocerlo, el marxismo fue el único intento serio de acceder a un conocimiento profundo de la realidad para transformarla, hasta el punto de que pese al fracaso de los comunismos como encarnación de sus teorías, siguen vigentes muchos de sus postulados y no cesan de producirse nuevas interpretaciones que prolongan su vigencia. Mientras tanto aún no ha nacido una alternativa renovadora en el pensamiento occidental que dé respuestas a los planteamientos que Marx puso en entredicho.
VIDA DE UN FILÓSOFO
A pesar de una existencia no muy prolongada (murió a los 65 años), la obra de Karl Marx es una de las más destacadas del pensamiento de los siglos XIX y XX y de las que abarcan una mayor amplitud temática: filosofía, economía, sociología, política, ciencia, cultura… nada fue ajeno a la personalidad de uno de los pensadores más fecundos de la historia.
Marx nació en una familia de judíos alemanes de clase media, nieto de un rabino e hijo de un abogado de ideas liberales que se convirtió al protestantismo. Después de sus primeros estudios en Tréveris el joven Max se trasladó a Bonn para estudiar Derecho y más tarde a la Universidad de Berlín. Se prometió en secreto con una amiga de la infancia, Jenny von Westphalen, con quien se casaría antes de abandonar el Derecho para dedicarse a la Filosofía y a la Historia. En Berlín simpatizó con los seguidores de Hegel, base fundamental de su pensamiento filosófico, aunque más tarde llegó a criticar algunos de sus postulados de la mano de Feuerbach. Vio frustrada su dedicación a la enseñanza de la Filosofía cuando Bruno Bauer, a quien conocía del hegeliano Club de los Doctores, fue despedido de la Universidad de Bonn. Fue entonces cuando entró como redactor en la revista liberal progresista “Gaceta renana” (también conocida como “Gaceta del Rin”), que llegó a dirigir hasta que fue prohibida por la censura. Se mudó entonces con su familia a París en 1843 para colaborar en una nueva revista, “Anuarios Franco-Alemanes”, momento en el que conoció a Heinrich Heine y escribió la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, donde proclama que el proletariado es la clase destinada a conseguir la redención de la humanidad. Tras una visita de Friedrich Engels a París comenzó una fructífera colaboración entre ambos, que coincidían en su ideario político y en sus planteamientos sobre la sociedad contemporánea. Juntos publicaron La Sagrada Familia y La ideología alemana, y Marx, por su parte, La miseria de la Filosofía una respuesta a La filosofía de la miseria de Prouhom. Expulsado de Francia por presiones del gobierno prusiano, se instaló en Bélgica, donde se afilió con Engels a la Liga de los Comunistas, que nombró presidente a Marx y encargó a ambos la redacción del Manifiesto Comunista en 1848. Expulsado también de Bélgica, regresó a Alemania (Colonia) para publicar la “Nueva Gaceta Renana”, cuyos contenidos volvieron a desatar la furia del gobierno, que lo expulsó de nuevo a París, de donde viajó a Londres para instalarse allí en condiciones muy precarias hasta su muerte. En la capital británica desarrolló un incansable trabajo de activista y escribió algunas de sus obras más destacadas, como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, La guerra civil en Francia (sobre los episodios de la Comuna de París) y Contribución a la crítica de la economía política, cuya segunda parte decidió publicar con el título de El Capital.
PARA LEER A MARX
Una de las mejores antologías de la obra de Carlos Marx publicadas recientemente es la que bajo el título de “Karl Marx. Llamando a las puertas de la revolución” (Penguin clásicos) ha coordinado el crítico y editor Constantino Bértolo. Y no sólo por la selección de los textos sino también por la excelente y extensa introducción que con el título “El misterio Marx” el propio Bértolo escribe en esta antología, un texto en el que pone los cimientos para que los lectores no iniciados en el marxismo dispongan de herramientas para entender mejor su filosofía y los lenguajes humanista, político y científico de su obra.
Dice Constantino Bértolo que si Marx hubiera muerto antes de escribir El Capital, con toda probabilidad se hablaría bien de él… “es la escritura de El Capital lo que hace que la obra de Marx sea hoy objeto de recelo, anatema y condena desde los diversos frentes ideológicos”. Porque, dice Bértolo, Marx no dijo que el capitalismo no pudiese mantenerse indefinidamente en el callejón sin salida; sólo dijo que el callejón no tenía salida. Esta afirmación es perfectamente comprobable en esta antología en la que se incluyen desde textos de juventud hasta fragmentos de sus últimas obras, a lo largo de cuya lectura se entiende mejor la evolución social e ideológica de Carlos Marx.
Queda claro leyendo estos textos que, a pesar de su origen burgués, Marx fue ante todo un revolucionario. Con Hegel como base filosófica y con la experiencia del choque con la realidad, Marx conoció como periodista de la “Gaceta renana” y más tarde, ya con Engels, en los “Anuarios Franco-Alemanes”, la vida precaria de los campesinos, la situación económica de la sociedad europea, los intereses de la burguesía liberal y otras realidades que lo llevarían a buscar una mediación entre la democracia y el movimiento obrero. Sin embargo llegó a la conclusión de que la única fuerza social capaz de llevar a cabo la revolución era el proletariado y que el Comunismo era el único movimiento capaz de poner en marcha esa revolución. Desde entonces en sus obras Marx se dedicó a tratar de demostrar la condición materialista de la historia del hombre, “resultado de un proceso de enfrentamiento entre quienes controlan la producción y quienes han sido despojados de ese control” y llega a plantear el derrocamiento de la burguesía, el gobierno del proletariado y una nueva sociedad sin clases y sin propiedad privada. Para llevar a cabo esta revolución redactó el Manifiesto Comunista en el que reafirma que el Comunismo sólo se alcanzará derrocando violentamente todo el orden social existente.
Toda la Historia, según Marx, habría sido la historia de la lucha de clases, una lucha entre los explotados y los explotadores, entre las clases sometidas y las clases dominantes. En su obra La lucha de clases en Francia utiliza por primera vez la expresión “dictadura del proletariado”, una de las más controvertidas y utilizadas desde los partidos opositores para desprestigiar el marxismo (incluso Santiago Carrillo hizo aquella recordada afirmación: “dictadura, ni la del proletariado”). Con El Capital Marx quiso saber cuáles eran los rasgos del capitalismo, su funcionamiento y las bases que lo sustentan. El funcionamiento del mercado, sus teorías sobre el valor de uso y el valor de cambio y sobre todo el concepto de plusvalía fueron sus aportaciones más brillantes al mundo de la política económica. Y una afirmación hoy más que nunca presente en la polémica actualidad española: frente al nacionalismo, la necesidad de no perder de vista la solidaridad internacionalista. La lectura de esta selección de textos pone de manifiesto que la vigencia del marxismo para entender los problemas de la actual sociedad y transformar un mundo en el que la injusticia, la desigualdad y la explotación, siguen tan presentes como en los albores del siglo XX.
El libro concluye con una completa biografía del filósofo del que ahora se conmemora el segundo centenario de su nacimiento.
MARX DESDE OTRA ESQUINA
En su obra “Marx” (Alianza Editorial), el profesor Johannes Rohbeck trata de estudiar la obra del filósofo alemán desde la relación entre sus diferentes disciplinas científicas, fundamentalmente la economía, la filosofía y la historia, y actualizar sus teorías para aplicarlas al estudio de los problemas contemporáneos, porque a pesar de que no se hayan cumplido sus pronósticos de un colapso del sistema capitalista y de que la caída de muro supusiera en buena medida el fracaso de los sistemas comunistas, el pensamiento de Marx sigue estando presente en los análisis que se hacen sobre la sociedad contemporánea.
Una vez que el marxismo está liquidado, dice Rohbeck, podemos permitirnos estar de acuerdo con Marx de manera más o menos explícita y sin temer las consecuencias. Así, se admiten sin ambages sus predicciones sobre la globalización y sus consecuencias, entre ellas el aumento de la brecha entre ricos y pobres. Y se aplican sus teorías sobre la plusvalía y su concepto del trabajo, el capital, el dinero y la mercancía a los nuevos problemas de la sociedad actual. Es decir, se utiliza a Marx ya no como meta de una utopía sino como crítica al capitalismo existente porque el fracaso de un sistema no implica automáticamente la legitimidad del otro: el capitalismo –dice Rohbeck- no se justifica por el simple hecho de sobrevivir. Además el profesor Rohbeck quiere divulgar aquí los aspectos fundamentales de la obra de Marx para cuestionarlos en relación con su aplicación a los problemas actuales. Para ello hace un recorrido por algunos de los que ocupan la obra del filósofo alemán, entre otros la crítica de la economía política, el trabajo, el capital, la alienación, la plusvalía, la moral o la crítica de las ideologías.

 

LA CULTURA ESPAÑOLA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX

  • Un libro del historiador Juan Pablo Fusi analiza el tránsito de la cultura española desde el franquismo a la democracia

 

El régimen que se impuso en España después de la guerra civil puso fin al gran momento histórico que la cultura española había vivido durante los primeros años del siglo XX. Desde el fin de la guerra y durante la década de 1940 el franquismo impuso en todo el país una cultura controlada por los principios del falangismo en lo político, por la moral nacionalcatólica en lo social, por la glorificación del pasado imperial en lo histórico y por la censura en todos los ámbitos, desde la educación y los medios de comunicación a la alta cultura y la cultura popular. Entre los nombres a destacar en esos años apenas los de Jardiel Poncela y Miguel Mihura en el teatro, Agustín de Foxá o José María Gironella en la literatura, Joaquín Rodrigo en la música y Juan de Orduña en el cine, destacaban en un páramo en el que el oficialismo se apuntaba méritos como la creación de la Orquesta Nacional y la fundación de revistas como “Escorial” y “Espadaña”.
Ni siquiera el regreso del exilio de Ortega y Gasset en 1945 sirvió de revulsivo a una España política y culturalmente adormecida. Las críticas a la cultura española se prolongaron a las décadas siguientes, las de los cincuenta y los sesenta, aunque era evidente que a principios de esta última comenzaba a gestarse un cierto cambio que no pasaba inadvertido. Fue Julián Marías, un filósofo discípulo de Ortega y opuesto al régimen de Franco, quien en torno a 1960 desconcertó a la sociedad española al afirmar que en España se vivía una nueva edad de oro de la cultura. Para ello aportaba los nombres y las obras de Pío Baroja, Azorín, Xavier Zubiri y Menéndez Pidal (que continuaban una labor iniciada antes de la guerra) y los nuevos de Gabriel Celaya, José Hierro y Blas de Otero en la poesía, Rosa Chacel, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa y Camilo José Cela en la literatura, Buero Vallejo en el teatro… Los años sesenta habrían sido el inicio de una nueva cultura española que iba a alcanzar su mejor momento durante los años de la transición política a la democracia. De este recorrido se ocupa el nuevo libro del historiador Juan Pablo Fusi “Espacios de libertad” (Galaxia Gutenberg), un ensayo sobre la evolución de la cultura española durante la segunda mitad del siglo XX.
LOS AÑOS SESENTA: UNA DÉCADA PRODIGIOSA TAMBIÉN EN LA CULTURA
En el filo entre los cincuenta y los sesenta, ya algunos intelectuales del falangismo (Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Luis Rosales, Leopoldo Panero) se habían ido distanciando paulatinamente del franquismo, desencantados por la deriva cultural de un régimen cuyo monopolio había quedado en manos de los Emilio Romero, José María Pemán, Torcuato Luca de Tena, Gonzalo Fernández de la Mora, Joaquín Calvo Sotelo. La nueva cultura comenzaba su andadura reivindicando la filosofía de Ortega y recuperando las obras de las generaciones del 98 y el 27. También promoviendo otra literatura desde nuevas editoriales (Seix Barral, Taurus, Alianza, Alfaguara), premios literarios (Nadal, Sésamo, Biblioteca breve) y revistas culturales (“Insula”, “El Ciervo”, “Papeles de son Armadans”, “Cuadernos para el diálogo”). La generación del medio siglo (Sánchez Ferlosio, Aldecoa, Juan Goytisolo, Luis Martín-Santos, Caballero Bonald) fue la culminación de una trayectoria que empezaba a dar sus frutos en la década prodigiosa de los sesenta relevando a la literatura del realismo social, que había tenido un estimable papel en la denuncia de los excesos de la burguesía, de la marginación, la injusticia social y los problemas del mundo del trabajo y la emigración. Pero ahora los temas de los que se nutría la literatura eran ya otros, entre ellos una nueva visión de la guerra civil lejos de los estereotipos que venían presentándola como una cruzada o una epopeya nacional heroica. Para los nuevos autores la guerra civil había sido un acontecimiento dramático y una tragedia. Entre los nuevos temas, los novelistas y los escritores de la nueva generación se ocupaban de los problemas de la emigración interior (Raúl Guerra Garrido, Juan Marsé, Francisco Candel), las culturas regionales (Joan Fuster, Federico Krutwig, Alfonso Carlos Comín, Xosé Manuel Beiras), el rescate de las obras del exilio y la edición de las que hasta entonces habían estado prohibidas o silenciadas. El arte recuperaba poco a poco los lenguajes de la modernidad a través de creadores como Tapies, Oteiza y Chillida. Una nueva generación de pensadores, ensayistas e historiadores aportó desde la oposición al franquismo una producción intelectual dirigida a la formación de las nuevas generaciones en los valores de la democracia. Jorge Semprún, Javier Pradera, Manuel Sacristán, Fernando Savater, Eugenio Trias, Tuñón de Lara, Elías Díaz, Juan J. Linz… se adelantaron a la llegada de la democracia desde los medios de comunicación, las editoriales y la universidad con una obra crítica cuyos aspectos pedagógicos eran evidentes.
Con la llegada de la democracia y la desaparición de la censura los lenguajes de la cultura recuperaron su plena libertad expresiva en la literatura (Juan Benet, Eduardo Mendoza, Javier Marías), el cine (Carlos Saura, Víctor Erice) y el arte (Antonio López, Luis Gordillo, Eduardo Arroyo). Pero es evidente que desde al menos diez años antes ya la cultura española se reintegraba al curso de la modernidad y se manifestaba como una fuerza esencial para la recuperación de la conciencia democrática, a pesar de que la censura mantuvo inéditas hasta bien entrada la década de los ochenta las obras de muchos autores en la literatura, el cine y el ensayo.