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¿PERO HUBO UNA REVOLUCIÓN CULTURAL NAZI?

 

Un libro analiza los proyectos del nacionalsocialismo para cambiar la sociedad y la civilización de Alemania

 

Una expresión en boga, la de “revolución cultural”, hace que mucha gente se ponga en guardia cada vez que se utiliza para manifestar supuestos avances conseguidos por procedimientos revolucionarios. El ejemplo clásico es la llamada revolución cultural china, que supuso el exterminio de millones de personas y la dramática desaparición de un legado histórico irrecuperable. Ahora se acaba de publicar un libro titulado “La revolución cultural nazi” (Alianza editoral), de Johann Chapoutot, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de París-Sorbona. Por fortuna, el contenido de este lúcido ensayo quiere manifestar lo contrario de lo que su título sugiere: que en realidad lo que supuso el nazismo fue una verdadera contrarrevolución, un retorno a los principios de épocas pasadas cuyos planteamientos ya se habían superado ampliamente cuando los nazis llegaron al poder en la Alemania de 1933.
APROPIARSE LA FILOSOFÍA
Para el nazismo revolución no significaba proyección hacia un futuro sino regreso al origen. La revolución cultural nazi consistía en rehabilitar el concepto de hombre germánico de la antigüedad y aplicarlo a la Alemania contemporánea. Los orígenes culturales estaban en la Grecia clásica que, según el nazismo, era un pueblo cuyas ciudades habían sido fundadas por tribus de campesinos-soldados de origen germano procedentes del Norte. Fueron ellos los que dieron lugar a una civilización que es testimonio del genio de la raza.
La filosofía de Platón, según el nazismo, sería la más sublime expresión de ese espíritu nórdico que lucha por la regeneración de un pueblo amenazado por la mezcla con razas asiáticas. El combate de Adolf Hitler por la regeneración de la raza germana tendría ese mismo objetivo, el de volver a encontrar la cultura original de la raza nórdica, para lo cual había que proclamar la supervivencia biológica del pueblo alemán como imperativo absoluto, en detrimento de la de los pueblos sometidos.
Además de Platón, los nazis quisieron apropiarse de la filosofía de Kant para legitimar su revolución cultural. Para Chapoutot la nazificación de Kant es un contrasentido, ya que el filósofo de Königsberg difícilmente podía justificar las prácticas de un particularismo tan racial. Para Kant no se trata de actuar como alemán sino como ser humano universal no reducido por su pertenencia cultural y mucho menos racial.
CONTRA LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Para el nazismo los enemigos de la raza nórdica fueron también los revolucionarios franceses de 1789. Los nazis trataron de abolir los tres grandes principios revolucionarios: libertad, igualdad y fraternidad. Contra lo que llama fantasías e ilusiones de libertad, el nazismo mantiene que la única realidad que existe es la realidad biológica. Tampoco existe la igualdad puesto que en una jerarquización de las razas el hombre blanco estaría por encima de todas ellas. A los judíos ni siquiera se los considera una raza, sino un fenómeno de orden bacteriológico o viral. En cuanto a la fraternidad, si el nacimiento distingue a los individuos de buena raza de los demás, en esa buena raza sólo los competentes y productivos son dignos de vivir, por lo que sería una obligación liberar a la sociedad de enfermos hereditarios, incluso de niños afectados por patologías genéticas, de la misma manera que los espartanos arrojaban a los niños deformes desde el monte Tigeto, una norma propia de la raza nórdica que seguiría siendo válida dos mil años después. Con la abolición de los tres principios de la revolución francesa se recuperarían los valores de la raza germana, alienada por una aculturación judeocristiana y liberal. Los nazis mantenían que Alemania habría salido victoriosa de la Gran guerra si no hubiera sido por esta alienación.
LA SANGRE Y EL TERRITORIO
Uno de los temas en que los nazis basaban su proyecto era la humillación de Alemania a través del Tratado de Versalles impuesto tras la Primera Guerra Mundial. Como prolongación histórica para la aniquilación de Alemania, para los nazis Versalles era la continuación de Westfalia (1648) y Clemenceau el nuevo Richelieu. El objetivo de Versalles sería destruir la germanidad a través de la desaparición biológica del pueblo alemán y de su territorio. De ahí que las primeras iniciativas bélicas de los nazis fueran ocupar las tierras fértiles y abundantes que reclamaban como propias, de las que la historia les había privado.
En un capítulo dedicado al orden sexual, Johann Chapoutot analiza la pirámide social tras la Gran guerra y el pavor de los nazis ante la despoblación y la disminución de la natalidad. Entre otras medidas que tomaron para superar esa situación estaban la lucha contra el aborto y la homosexualidad, una legislación para favorecer la poligamia, los divorcios de matrimonios infértiles y el fomento de hijos ilegítimos, y la animosidad hacia los soldados que partían al frente para que dejaran fecundadas a sus parejas. Todas estas medidas tenían siempre como ley suprema la preservación de la raza. El trabajo de las mujeres tampoco era bien visto para quienes mantenían que su papel era el de procrear.
El profesor Chapoutot dedica uno de los capítulos a desautorizar la teoría que Hanna Arendt recoge en “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal”, que divulgó previamente en sus artículos para el New Yorker durante el juicio a Adolf Eichmann. Como se sabe, para Arendt, Eichmann era sólo un engranaje del nazismo, un funcionario que obedecía órdenes, sin motivaciones ideológicas, influido por el juramento de obediencia y la cultura autoritaria en la que había sido educado. Por el contrario, para Chapoutot, que expone una exhaustiva documentación al respecto, Eichmann era un asesino convencido, un criminal ideológico que suscribía plenamente los fines del nazismo, un combatiente fanático por la libertad de su sangre y de su raza.
Pese al fracaso del nazismo y a su derrota en la Segunda Guerra Mundial, la revolución cultural nazi cumplió parcialmente su labor convenciendo a mucha gente de que sobre las amenazas que pesaban sobre la raza y el territorio había que buscar soluciones para proteger la supervivencia de ambos. La pregunta que queda sin contestar es cómo fue posible movilizar a centenares de miles de personas con soluciones tan monstruosamente criminales como las que proponía el nazismo.

EL MURO DE BERLÍN: AUGE Y CAÍDA DEL SÍMBOLO DE LA GUERRA FRÍA

A pesar de que su presidente Walter Ulbricht lo había negado tan sólo dos meses antes, el domingo 13 de agosto de 1961, la República Democrática Alemana dividió la ciudad de Berlín en dos mitades elevando un muro de cemento de 155 kilómetros que aisló a los tres sectores occidentales del territorio controlado por la URSS. El objetivo era frenar el flujo creciente de refugiados que huían al Berlín occidental, que en 1960 ya superaba 1.6 millones de personas. La división duró casi 28 años durante los cuales muchas personas perdieron la vida intentando cruzar al sector occidental. El muro se fue consolidando con los años en cuatro fases, en la última de las cuales se reforzó con hormigón armado y con una estructura de tubos cilíndricos.
Como elemento simbólico de esta absurda situación, la Puerta de Brandeburgo se convirtió en un monumento inaccesible en tierra de nadie, en un icono de la ciudad dividida.
Hasta la construcción del muro, cientos de miles de berlineses cruzaban la frontera entre los dos sectores para visitar a amigos y familiares o para trabajar en las industrias del otro lado. A partir de agosto de 1961 se cerraron las estaciones de metro y la red de ferrocarriles que los unían y se establecieron controles militares para impedir el paso de un sector al otro. Unos 12.000 berlineses del oeste y 53.000 del este se quedaron sin trabajo de un día para otro. Se daba la circunstancia de que las aceras de una misma calle habían quedado divididas por el muro, por lo que sus vecinos pertenecían al sector soviético o al occidental según el tramo por donde se había construido. Al principio los berlineses aún podían saludarse desde ambos lados pero pronto la policía fronteriza de la RDA instaló paneles y alambre de espino para evitarlo. Muchos inquilinos de los pisos colindantes al muro huyeron durante los primeros días arrojándose por las ventanas (algunos murieron en el intento) hasta que las autoridades decidieron desalojar las viviendas fronterizas, tapiar las puertas y las ventanas de las casas y hasta demoler los edificios. Incluso algunos militares de la RDA huyeron al otro lado, como el guardia fronterizo Conrad Schumann, cuya fotografía se convirtió en otro icono de la huida al oeste.
A partir del 13 de agosto se cerraron las calles por las que podían circular libremente los berlineses y se establecieron pasos que sólo podían ser utilizados por extranjeros y diplomáticos, así como rigurosos controles. Desde ambos sectores se inició desde muy pronto una actividad propagandística con carteles de gran tamaño, pancartas y altavoces, dirigida a informar a la población del otro lado. Desde Berlín Oeste se publicaban noticias sobre el desarrollo económico y social de los países occidentales y desde la parte oriental se enviaban discursos desafiantes y se justificaba la construcción del muro como un baluarte de protección antifascista y de defensa contra el imperialismo occidental.
CAE EL MURO
Desde la llegada de Mijail Gorbachov al poder en la URSS se intensificaron las manifestaciones de oposición al régimen en todos los países de la órbita soviética y en agosto de 1989 numerosos ciudadanos de la RDA ocuparon las embajadas de la República Federal en Varsovia y Praga. En Hungría se permeabilizó la frontera con Austria, por donde huían decenas de personas, y en Berlín miles de manifestantes se congregaban diariamente en la Alexanderplatz y otros centros neurálgicos para exigir cambios en la RDA.
El 9 de noviembre de 1989, hace ahora treinta años, Günther Schabowski, Secretario de Información del Gobierno de la RDA, leía ante la prensa un papel que le había entregado el mismísimo presidente de la RDA Ergon Krenz, del que aparentemente desconocía el contenido. Allí se anunciaba que se acababa de establecer una nueva ley de tránsito por la cual se podrían solicitar viajes privados al extranjero sin necesidad de los requisitos exigidos hasta entonces y que serían autorizadas las salidas en todos los pasos fronterizos entre la RDA y la RFA. Cuando un periodista italiano le preguntó cuándo entraba en vigor la medida, Schabowski contestó: inmediatamente. En pocas horas, ante el pasmo y la incredulidad de los vigilantes de los puestos fronterizos, multitudes de ciudadanos del Berlín oriental comenzaron a pasar a la otra parte de la ciudad, cientos de berlineses celebraban el reencuentro entre abrazos y lágrimas y muchos se subían a lo alto del muro y comenzaban a golpearlo simbólicamente con martillos.
Poco después de la caída comenzaron a demolerse los 155 kilómetros del muro, conservándose únicamente pequeños fragmentos en seis lugares de Berlín como testimonios de un periodo aciago y para que nunca se olvide lo que el excanciller Willy Brandt calificó de monstruosidad histórica.

LECCIONES DE WEIMAR

 

Se cumplen cien años de la creación de la República de Weimar en Alemania

Después de la Primera Guerra Mundial Alemania inició uno de los periodos más fascinantes y también más difíciles que haya vivido un país a lo largo de su historia. La guerra terminó con el káiser Guillermo II y con el imperio que había dado origen a la contienda, abriendo el país hacia un futuro democrático y republicano en el que la cultura, las artes y el pensamiento alcanzaron cotas difícilmente repetibles. Dice el profesor de Historia de la Universidad de Minnesota Eric D. Weitz en un libro de lectura recomendable (“La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”. Ed. Turner), que no es posible demostrar por qué en un sitio y en un momento determinados se desarrolla una gran cultura, y por qué en ese momento artistas, escritores y filósofos de talento crean manifestaciones novedosas y suscitan discusiones y debates que siguen vivos muchas décadas después. George Grosz y Max Beckmann, Bertolt Brecht y Kurt Weil, Thomas Mann, Alfred Döblin, Stefan Zweig y Rilke, Heidegger y Krakauer, August Sander, Laszlo Moholy-Nagy y Hannah Höch, el Dadaísmo, el Expresionismo y la Nueva Objetividad, la Bauhaus y la Escuela de Frankfurt… florecieron en unos años en los que gracias a la Constitución de Weimar, proclamada el 11 de agosto de 1919 (el nombre alude a la ciudad en la que se aprobó), se alcanzaron avanzados programas de bienestar social que incluían la jornada laboral de ocho horas, el seguro de desempleo, la vivienda pública, el derecho al voto de las mujeres, la abolición de la censura, la liberación sexual… todo un caudal de libertades que se interrumpieron con la llegada de los nazis al poder cabalgando una crisis económica y una hiperinflación provocadas por las compensaciones de guerra impuestas a Alemania por los aliados en Versalles (muy criticadas por Keynes) y agravada por la gran depresión de 1929 durante la que todos los indicadores de la economía alemana (alta productividad, consumo en alza, innovaciones tecnológicas) sufrieron un grave descalabro y brindaron a la derecha una oportunidad de oro para acabar con una república que en realidad nunca había asumido. Tanto para la derecha radical como para la extrema derecha y el ejército, Alemania no había sido derrotada en el campo de batalla sino traicionada por los judíos y los socialistas alemanes.
EL PROTAGONISMO DE LA POLÍTICA
Tras la caída del káiser la política se convirtió en Alemania en un fenómeno de masas. El mismo día de 1918 en el que el socialdemócrata Philipp Scheidemann proclamaba la república desde un balcón del Reichtag en Berlín, a unos centenares de metros el agitador radical Karl Liebknecht añadía a su proclamación el calificativo de socialista. Los primeros años fueron políticamente los más difíciles. Se vivieron algaradas reprimidas y episodios de violencia como el que terminó con los asesinatos de dirigentes carismáticos como el propio Liebknecht y Rosa Luxemburgo. En aquellos años, mientras la derecha fomentaba la cultura de la violencia y agitaba el antisemitismo, la izquierda radical idealizaba la revolución bolchevique y el ejército apoyaba la formación de fuerzas paramilitares para que se enfrentaran a los partidos progresistas.
En febrero de 1919 el socialdemócrata Friedrich Ebert fue nombrado primer presidente de la república y en agosto entraba en vigor la Constitución de Weimar. En sus tres etapas (una fase revolucionaria, otra de estabilidad económica y una tercera de vuelta a la violencia y al autoritarismo) los graves problemas a los que tenía que enfrentarse la república superaban la capacidad de los dirigentes demócratas para forjar un consenso y alcanzar una mayoría. El paro y la crisis de la hiperinflación terminaron por facilitar a las empresas la abolición de algunos avances sociales conseguidos por los socialdemócratas durante la revolución de 1918-19. En ese magma, el nacionalsocialismo, una fuerza política marginal, se fue haciendo cada vez más fuerte aprovechando los años en los que Alemania quedó en manos de una dictadura presidencial personalizada en el mariscal de campo Paul von Hindenburg, un antidemócrata que ya antes de la victoria de Hitler había ido vaciando de contenido la república de Weimar. En la sociedad alemana se fue instalando la idea de que el pueblo necesitaba un tercer imperio (reich) presidido por un jefe (führer) capaz de encarnar el destino del pueblo alemán. Pensadores de la derecha radical como Carl Schmitt, Oswald Spengler y Ernst Jünger fueron descalificando el sistema democrático e introduciendo el antisemitismo en la sociedad alemana. Los nazis aprovecharon las libertades de la Constitución y el sistema electoral republicano para hacerse con el poder, apoyados por una organización de militantes fanatizados que desplegaban una amplia actividad violenta contra los comunistas, los judíos y los socialdemócratas. En las elecciones de julio de 1932 Hitler consiguió el 37 por ciento de los votos. En noviembre se repitieron elecciones, los nazis cayeron al 33 por ciento y su euforia se vino abajo. Sin embargo, aunque los partidos de la derecha moderada no habían apoyado a Hitler en julio, se unieron ahora a la derecha radical y a los nazis para formar una coalición anti-Weimar. A pesar de tener menos representatividad, Hindenburg encargó a Hitler la formación de un gobierno que asumió el poder el 30 de enero de 1933. Se inició una contrarrevolución que acabó con las conquistas conseguidas desde 1918 y creó un nuevo Estado basado en la pureza de la raza aria y en valores profundamente reaccionarios. La república de Weimar había llegado a su fin.
Dice Eric D. Weitz que sin el apoyo de militares y empresarios, de funcionarios y de nobles, pero sobre todo de la derecha moderada, Hitler nunca habría alcanzado el poder y seguiría siendo una extravagancia más de aquella época convulsa, y que el partido nazi hubiera seguido igual de marginado, en un extremo del espectro político. Por eso una de las lecciones de Weimar es alertar sobre los peligros que acechan a las democracias cuando en los partidos que la defienden no hay consensos en las cuestiones fundamentales. La otra lección de Weimar es que las amenazas contra la democracia no sólo provienen de los enemigos externos sino también de aquellos que desde dentro utilizan las libertades democráticas y las ventajas constitucionales para destruir su propia esencia.

POLÉMICA RETAGUARDIA

 

Realidad y ficción en el Madrid sitiado por el ejército de Franco

En circunstancias normales la vida transcurre en un devenir más o menos monótono, con las alteraciones comunes que la existencia depara a cada cual. Sólo cuando interfiere una circunstancia extraordinaria las personas pueden protagonizar episodios que ni ellas mismas hubiesen imaginado. Ocurrió durante la guerra civil española, en esas circunstancias en las que todas las normas morales están abolidas. Gentes anónimas, dedicadas a desempeñar sus cargos, trabajar en sus profesiones o seguir sus estudios, de pronto se ven arrastradas por la vorágine de no importa cuál bandería, que las colocan en situaciones que a veces hacen emerger lo mejor de sí mismas y otras sus instintos más negativos. Durante esta guerra, en la ciudad de Madrid, una serie de personajes de orígenes diversos convirtieron sus vidas, a veces al servicio de una causa y otras por intereses personales, en relatos verdaderamente novelescos. El escritor Fernando Castillo ha escrito sobre algunos de estos personajes en “La extraña retaguardia” (Fórcola), un largo y documentado ensayo de lectura apasionante. Por sus páginas desfilan delincuentes convertidos en agentes dobles, como Alfonso López de Letona; linotipistas mudados en chequistas sanguinarios, como Agapito García Atadell; técnicos de sonido como Alberto Castilla Olavarría, reconvertido en confidente del contraespionaje republicano y responsable de la desarticulación del POUM y del asesinato de Andreu Nin; intelectuales como Segundo Serrano Poncela, implacable represor de quintacolumnistas, a quien se imputa, con Santiago Carrillo, la responsabilidad de los fusilamientos de Paracuellos; pistoleros como Elviro Ferret, agente de policía detenido en la frontera con Francia cuando huía con un botín de dinero y joyas, que consiguió ocultarse durante la posguerra bajo el nombre de un comerciante de La Coruña; Ángel Pedrero, compañero de Atadell, que aprovechó su cargo como responsable del Servicio de Inteligencia para acumular una importante cantidad de joyas y divisas para una frustrada huida de España. También estaban quienes mantuvieron fidelidad a la República y a sus principios hasta el final, como el pintor Lorenzo Aguirre, jefe superior de la policía, que siguió al Gobierno en su traslado a Valencia y Barcelona y consiguió instalarse en Francia después de la guerra, aunque la ocupación nazi en este país lo obligara a regresar a España, donde fue detenido y fusilado en 1942. Al lado de estos hombres estuvieron también algunas mujeres de vida novelesca, como la periodista Cándida del Castillo, madre del novelista Michel del Castillo, periodista de ABC y Unión Radio, casada con un brigadista y amante de algunos de los personajes incluidos en este libro, que trabajó para el contraespionaje bajo los nombres de Isabel y La Quinientos. O la socialista Regina García, también periodista, que desempeñó importantes puestos en el entramado republicano mientras mantenía contactos con la Quinta columna y la Falange clandestina y que tras la guerra publicó unas memorias exculpatorias con el título de “Yo he sido marxista”.
El libro de Fernando Castillo rescata del olvido o recupera para la memoria histórica nombres que protagonizaron algunos episodios poco conocidos pero que en su momento influyeron con más o menos trascendencia en la vida del Madrid sitiado por las tropas franquistas. Castillo ha investigado la amplia picaresca que se instaló durante aquellos años en Madrid. Un Madrid de chequistas y quintacolumnistas en el que se movían sin orden y al margen de toda ley personas que aprovecharon la guerra unas veces para enriquecerse y otras para alcanzar algún poder que pudiera proporcionarles privilegios o deshacerse de incómodos enemigos.
“La extraña retaguardia” es al mismo tiempo la crónica de la guerra en la ciudad de Madrid, desde los sucesos de la víspera del alzamiento hasta la entrada de los franquistas y la represión durante los primeros años de la posguerra. Los sufrimientos y las miserias de una población sometida al hambre y a los bombardeos conviven con los ambientes de las cafeterías, las tabernas y los restaurantes donde se discutía la marcha de la guerra en tertulias apasionadas, y con los cines, las salas de fiesta y los locales de prostitutas, que siguieron funcionando casi hasta el final. Un Madrid amordazado por el terror, con detenciones arbitrarias, desapariciones y ejecuciones sumarias provocadas unas veces por falangistas y quintacolumnistas y otras por sus perseguidores, en medio de un ambiente de caos y desorden. Un miedo agigantado por las noticias sobre el avance de las tropas de África y la represión a sangre y fuego impuesta a su paso por los rebeldes mientras en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo los milicianos hacían frente heroicamente a los ataques permanentes del ejército de Franco.
Los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas, la gestación y desarrollo del golpe del general Casado, la desesperación de los republicanos concentrados en el puerto de Alicante para embarcar hacia el exilio… son otros tantos episodios tratados con detalle en este libro de lectura recomendable.
EL ASEDIO EN LA FICCIÓN
A lo largo de “La extraña retaguardia” Fernando Castillo rescata algunos títulos de la literatura de posguerra que recrearon lo que pasaba en el Madrid sitiado, novelas en las que se identifican, a veces con nombres ficticios y otras verdaderos, algunos de los personajes que protagonizan las historias que se cuentan en su libro. Una de las novelas a las que alude con frecuencia es “Checas de Madrid”, del escritor falangista Tomás Borrás (1891-1976), que acaba de ser reeditada por Guillermo Escolar en una edición crítica de Álvaro López Fernández y Emilio Peral Vega. Pensar que esta literatura acentuadamente maniquea ha sido la que ha marcado la orientación ideológica de los lectores españoles de ficción durante varias décadas de la posguerra, obliga a esta lectura crítica desde nuevos presupuestos, como hacen los autores del prólogo y de las notas a pie de página. Tomás Borrás exagera y caricaturiza con rencor uno de los episodios más vergonzantes de la República, el de las checas que proliferaron en Madrid durante el asedio y en cuyo seno se cometieron algunas de las mayores atrocidades que historiadores como Antony Beevor y Julius Ruiz han calificado de terror rojo. Es sin embargo recomendable su lectura para tener conciencia de lo que pueden hacer en situaciones de desorden, caos y desgobierno quienes aprovechan la autoridad y el poder para la venganza y el enriquecimiento fraudulento. Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su gran ensayo sobre la literatura de la guerra civil, que muchos pasajes de “Checas de Madrid” estremecen por demasiado verdaderos.
Narrado en un estilo heredero del romanticismo y a veces influido por la prosa de Valle-Inclán, la novela “Checas de Madrid” está concebida como si se tratase de un montaje cinematográfico (no se olvide la relación de Borrás con la industria de cine y sus cargos en el Sindicato Nacional del Espectáculo, desde donde impuso la obligación, copiada de una ley de Mussolini, de doblar las películas extranjeras), con diálogos que recogen de manera burlesca el habla popular revolucionaria y donde lo grotesco protagoniza las actividades de los chequistas madrileños. Junto a escenas de ficción, Tomás Borrás recrea otras tomadas de la realidad, como la manifestación que enarbola la cabeza del general López Ochoa clavada en una pértiga tras su fusilamiento, el tiroteo del beaterio de la iglesia de San Ginés, la aniquilación del POUM y el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas… y la amplia rumorología extendida por unos y otros en la ciudad de Madrid: caramelos envenenados, moros que se alimentan de carne de niños, legionarios violadores, curas carlistas con sacos llenos de cabezas de republicanos…
La que se ofrece en esta edición crítica es la primera versión de “Checas de Madrid”, la de 1939, pero al final se incluyen los párrafos y los añadidos de la versión posterior de 1940 y la definitiva de 1963, que reorientan el sentido de la original.

LA INTIMIDAD DE LOS MONARCAS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

El Museo del Prado reconstruye el Gabinete privado de la familia real en el XIX y el espacio adyacente utilizado como cuarto de aseo

Desde 1828 la familia real dedicó la sala 39 del edificio Villanueva, sede del Museo del Prado, a colgar una colección de pinturas para el exclusivo goce de los monarcas y sus familiares y allegados. Este espacio era conocido como el Gabinete de Descanso de Sus Majestades y se mantuvo hasta 1865, cuando Federico de Madrazo, responsable entonces del museo, decidió abrir el espacio al público. Otra sala adyacente alojaba el cuarto de aseo e higiene personal de la familia real. Como una más de las muchas actividades conmemorativas de los 200 años de la historia del Prado, los responsables de la pinacoteca han decidido reconstruir de forma fidedigna estos espacios con su disposición original, tal como fueron en el pasado, con los mismos cuadros cubriendo por completo las paredes en varias alturas y los mismos elementos instalados en ambas estancias, con el fin de evocar cómo era el museo en aquellos años, una institución que nació en 1819 vinculada a la Corona. La exposición recoge 44 pinturas (de las 54 originales, según el inventario de 1834) y muebles tan insólitos como el retrete original de Fernando VII, realizado por Ángel Maeso González en 1830 con maderas de caoba y palosanto sobre una armadura de pino, y decorado con terciopelo y ornamentos de molduras y bronce dorado, que ha vuelto a ser instalado en su emplazamiento original. También orinales (uno para hombres otro para mujeres) de la Real Fábrica de la Moncloa, y un estuche de aseo con todos sus elementos. Los cuadros que cuelgan de las paredes del Gabinete son en su mayoría retratos de miembros de la familia real, bodegones, paisajes y escenas de acontecimientos históricos como la “Jura de Fernando VII como Príncipe de Asturias”, de Luis Paret y Alcázar. Originalmente, en el Gabinete estaba también “La familia de Carlos IV”, de Goya, que no se incluye en esta muestra por ser un cuadro emblemático del Prado. El Gabinete se ubica en la segunda planta del edificio, frente al Jardín Botánico, al que se abría a través de una balconada con tres ventanas. Era uno de los tres espacios del museo dedicados en exclusiva a la familia real (los otros dos eran la Sala de Contemporáneos y la Sala Reservada, aunque a éstas sí accedían con frecuencia artistas y viajeros para contemplar algunos de los mejores desnudos artísticos que albergaba).
La visita a esta exposición se completa con recorridos virtuales que se pueden hacer en la misma sala. Además, la web del museo dispone de una experiencia inmersiva de realidad virtual en estos espacios.

TÍTULO. El Gabinete de Descanso de Sus Majestades
LUGAR. Museo del Prado
FECHAS. Hasta el 24 de Noviembre

LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA DEL NORTE

 

Un ensayo y varias novelas abordan desde perspectivas diferentes la extinción de las tribus indígenas de Norteamérica

La carta del presidente de México López Obrador al rey Felipe VI solicitando que España pida perdón por los excesos de la conquista de México por Hernán Cortés trae a la actualidad un tema que ha sido tratado desde diferentes perspectivas, dependiendo de los intereses de los imperios que colonizaron aquellos territorios. La cultura yanqui ha ensalzado tradicionalmente como héroes a los colonizadores que exterminaron a los indígenas, aunque últimamente se han publicado ensayos, se han escrito novelas y se han estrenado películas que son muy críticas con aquellos episodios. A lo largo de muchos años se han publicado leyendas negras sobre las conquistas de los españoles y de los colonos anglosajones, pero apenas se han divulgado informaciones sobre los excesos que los mismos mexicanos llevaron a cabo en su territorio para exterminar a tribus como los apaches.
LA CONQUISTA ENTRE LA FICCIÓN Y LA HISTORIA
La conquista de los territorios que hoy ocupan México y los Estados Unidos ha sido largamente tratada, sobre todo en el cine de Hollywood, que inventó el western, uno de los géneros más celebrados por la industria. Un libro de reciente aparición, “Ahora me rindo y eso es todo” (Anagrama), del escritor mexicano Álvaro Enrigue, recoge, entre la historia y la ficción, algunos de los episodios de aquella colonización y exterminio protagonizados por yanquis y mexicanos: “Si los gringos fueron crueles con los apaches, los mexicanos nos quedamos sin madre por hacerles lo que les hicimos y seguimos sin tenerla: no los recordamos y su ausencia en nuestra memoria nos reduce”, afirma Enrigue en este libro.
En 1886, después de su última huida de la reserva en la que había sido ingresado, el jefe apache Gerónimo se rendía a las fuerzas del general George Crook en el Cañón de los Embudos, en la Sierra Madre occidental. Sus palabras al reconocer la derrota fueron: “Antes me movía como el viento, ahora me rindo y eso es todo”, una sentencia que da título a este libro del escritor mexicano.
La figura de Gerónimo, el último héroe de la Guerra Azteca, centra el desarrollo del libro de Enrigue, una narración de género inclasificable, entre la crónica histórica, el relato novelesco y el diario. Enrigue sigue los pasos de Gerónimo, que era mexicano y hablaba español, desde que era el temible jefe indio que puso en jaque a los ejércitos de México y Estados Unidos hasta su confinamiento en el Fuerte Sam Houston de San Antonio, Texas, mientras esperaba, acompañado por algunos de los suyos entre los que estaban su propio hijo Chapo, y Naiche, el hijo de Cochís, el tren que iba a trasladarlo a un confinamiento temporal en una reserva de Florida. Gerónimo terminó muriendo a los 79 años en la base militar de Lawton, Oklahoma.
En esta obra de Enrigue las citas históricas y los personajes reales que protagonizaron la rendición de Gerónimo y los suyos alternan con el relato novelesco que cuenta el secuestro de una mujer por un grupo de apaches y la persecución que inicia en su búsqueda una expedición formada por irregulares en territorios controlados por los indígenas. Las penalidades de la rehén durante su traslado al campamento apache están narradas con un dramatismo que traslada al lector las vivencias de una situación en el límite entre la vida y la muerte. Camila, nombre de esta mujer mexicana, terminará integrándose y uniéndose al jefe Mangas Coloradas, padrastro de Gerónimo, un episodio inspirado en un suceso real. Un tercer hilo conductor del libro de Enrigue es un diario donde el escritor cuenta un viaje de vacaciones con su esposa Valeria y sus tres hijos a la Apachería, el extenso territorio de los apaches entre los actuales Estados Unidos y México (incluida una emotiva visita a su cementerio de Fort Still), esos territorios en los que se van desarrollando los episodios, novelescos e históricos, que se cuentan a lo largo del libro. Al final, historia, novela y diario confluyen en una misma narración como si formasen parte de un único relato.
LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA
Pocas gestas históricas han alcanzado grados de riesgo y aventura como la de los conquistadores españoles en América. Son conocidas las de Hernán Cortés y Pizarro, aunque no con la suficiencia que otros países y otras culturas han divulgado las suyas (por ejemplo, las ya citadas producciones de Hollywood sobre la conquista del Oeste). Sin embargo permanecen prácticamente ignoradas las epopeyas de los españoles en esa ancha franja de territorio americano que se inicia en la desembocadura del río Colorado y se extiende por el sur de Arizona, Nuevo México, Texas, Arkansas, el valle del Misisipi desde Luisiana hasta el norte de Memphis, y el sudeste de lo que hoy son México y los Estados Unidos: Tennessee, Alabama, Carolina del Sur, Georgia y Florida. Un libro reciente, “Indios y conquistadores españoles en América del Norte” (Alianza Editorial) del historiador francés Jean-Michel Sallmann, rescata del olvido a personajes fascinantes y expediciones fabulosas que, contempladas a la distancia de los siglos que nos separan, parecen producto de la imaginación de un novelista fantasioso. Sallmann se acerca a estas historias con la seriedad y el rigor de un investigador que se interna en el proceloso territorio de una tierra incógnita hollada por aventureros en busca de riquezas y poder.
Tal vez se hable poco de las aventuras de los conquistadores españoles en estos territorios porque el fracaso persiguió prácticamente a todas las empresas y a algunas de forma muy trágica. Tampoco dieron con las riquezas que suponían que había en ellos: el oro y la plata que pretendían encontrar resultó ser sólo cobre y mica de escaso valor. Para explicar estos fracasos el autor investiga minuciosamente cómo se organizaban las expediciones, las dificultades de un entorno natural hostil y la feroz resistencia de las tribus indígenas, en parte provocada por los métodos violentos de los expedicionarios.
Las primeras expediciones al norte del territorio de México se desarrollaron en lo que los españoles llamaron Las Floridas, la península de Florida y su zona norte, para más tarde abordar la conquista de Tierra Nueva, al oeste del territorio de los EE.UU. y México. Además de la gloria los conquistadores buscaban tierras ricas como las de los imperios inca y azteca y un paso de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico que facilitase la llegada de los barcos españoles a China y las Molucas con el fin de contrarrestar la influencia de Portugal en Asia, según decidiera el Tratado de Tordesillas. Su fanatismo estaba alimentado también por creencias mitológicas como las de Eldorado y la Fuente de la Eterna Juventud o por leyendas medievales como la de Las Siete Ciudades.
La más espectacular y novelesca expedición fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuyos supervivientes (sólo tres de varios centenares) tardaron ocho años en volver a Nueva España tras enfrentarse unas veces y convivir otras con tribus indias de los territorios de Florida, los mismos que exploraron Ponce de León, Lucas Vázquez (fundador de la primera ciudad de América del Norte, San Miguel de Guadalupe) y la trágica de Pánfilo de Narváez, diezmada por los indios y el paludismo. No le fue mejor a la de Hernando de Soto, veterano de la conquista de Perú, que tuvo que vadear ríos impetuosos, profundas ciénagas y marismas inhóspitas mientras libraba luchas feroces contra los indígenas en emboscadas y guerras de guerrilla cuyas víctimas hispanas eran decapitadas, descuartizadas y colgadas de los árboles para extender el terror entre los soldados. Los expedicionarios recorrieron a sangre y fuego Tennessee, la cuenca del Misisipi, Alabama, Memphis y Boston, camino de Texas, donde Soto perdió la vida y fue sustituido por Luis de Moscoso, una expedición que fue un completo fracaso humano y un verdadero desastre económico.
Episodio poco conocido es también el de los enfrentamientos con los expedicionarios franceses, que no habían aceptado el monopolio de la colonización hispano-lusa bendecido por el Papa. La España de Felipe II encargó al gallego Pedro Menéndez de Avilés un plan de oposición a la presencia francesa en Florida, contra la que Francia montó una gigantesca expedición con una flota bajo el mando de Ribaud y un ejército al cuidado de Dominique de Gourgues que destruyó el fuerte de San Mateo y algunos fortines, sin conseguir el control de Florida. Tras la derrota de los franceses Menéndez tomó Florida en nombre del rey de España y atacó y saqueó la posición francesa de Fort Caroline. Pero tampoco los españoles permanecieron mucho tiempo porque los indígenas masacraron todas sus guarniciones hasta el punto de que sólo se salvó un español, al que dejaron con vida para que hiciera de mensajero de la tragedia a las autoridades de Santa Elena. Florida fue entonces considerada por las autoridades españolas como una tierra sin interés y poblada además por indígenas reacios a la sumisión. Sólo interesó entonces la situación estratégica de sus costas para garantizar el suministro de metales preciosos al Tesoro español.
No menos trágicas resultaron las expediciones españolas a Tierra Nueva conducidas por Nuño de Guzmán, fundador del reino de Nueva Galicia y de la ciudad de Compostela, un conquistador de una crueldad tal que Carlos V hubo de destituirlo al tener noticia de sus asesinatos y del comercio de esclavos con los que traficaba.

MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA DE EUROPA

 

El periodista Guillermo Altares recorre el continente a través de acontecimientos de su historia y de su cultura

La idea central que preside este libro del periodista Guillermo Altares (“Una lección olvidada”. Tusquets) es la de que a pesar de la diversidad y de las diferencias entre los territorios que integran Europa, existe una tela de araña de fuertes lazos tejida entre sus habitantes y sus culturas, una atracción forjada a lo largo de la historia, que hace que esa unión sea indestructible. Para Altares el proceso de la unidad europea iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de las fronteras, la utilización de una moneda única y la búsqueda del bien común, ha sido lo mejor de nuestra historia reciente como europeos. Por eso, desde el prólogo de este libro, nos recuerda aquella frase de Víctor Hugo en la que el escritor francés afirmaba que una guerra entre europeos es siempre una guerra civil.
DE LAS CAVERNAS A LA GUERRA DE YUGOESLAVIA
Teniendo como objetivo esta premisa, “Una lección olvidada” es un viaje por algunos acontecimientos de la historia que muestran esos vínculos, que se han reforzado a pesar de los problemas a los que Europa ha tenido que enfrentarse a lo largo de los siglos. Desde las cuevas prehistóricas a los conflictos de la antigua Yugoeslavia, la historia de Europa ha sido una sucesión de acontecimientos que han forjado la personalidad de un continente que vive en la actualidad el periodo más evolucionado de su historia. El recorrido se inicia en la cueva prehistórica de Chauvet, descubierta en 1994, cuyas fascinantes pinturas rupestres, de una antigüedad de 36.000 años, muestran un arte que se identifica tanto con Altamira como con la contemporaneidad, teniendo en cuenta el dato de que entre Chauvet y Altamira existe mayor distancia temporal que entre Altamira y el siglo XXI.
Uno de los aspectos que se destacan en este libro es el de la superación, en la época actual, de la violencia, que fue una presencia histórica permanente en el continente, “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores”, en palabras del autor. Una violencia que ya estaba hace 5200 años en el hombre de las nieves, la momia de Ötzi encontrada en 1991 y que demuestra que también la prehistoria fue un periodo convulso. Una violencia que continuó en el mundo antiguo con las guerras de Troya y el Peloponeso y las conquistas del imperio romano, que se prolongó en la Edad Media con las invasiones de los pueblos bárbaros y los vikingos y después con las guerras de religión, las cruzadas y las persecuciones contra heterodoxias religiosas como la de los cátaros, se extendió a través de los episodios de terror desatados durante la Revolución Francesa y las matanzas de la Comuna de París, hasta ensangrentar el siglo XX durante la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el Holocausto y las represiones derivadas de los sistemas totalitarios que se instalaron en suelo europeo… hasta alcanzar los últimos conflictos de la guerra de Yugoeslavia hace apenas veinte años. A estos episodios dedica Guillermo Altares los 20 capítulos de este libro excepcional.
Pero frente a esta violencia, en Europa se ha manifestado también una unidad cultural que la salva de una radical condena histórica. El legado de Grecia y Roma, los mundos bizantino y árabe, la arquitectura religiosa que dio lugar a las catedrales, las obras de Caravaggio, la Ilustración, el arte y la literatura de los siglos XIX y XX… encierran en las manifestaciones de la diversidad de los países del continente una innegable urdimbre europeísta. De estas manifestaciones habla también este libro, uno de cuyos méritos son las citas bibliográficas que incitan a la lectura de los textos que las documentan.