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EL MES DE LOS FOTÓGRAFOS MUERTOS

Este mes de septiembre se ha cobrado la vida de algunos de los mejores fotógrafos y fotoperiodistas contemporáneos. A las de Robert Frank y Peter Lindberg han sucedido las del español Leopoldo Pomés y de Charlie Cole, uno de los fotógrafos de la icónica imagen de Tiananmen que captó a un ciudadano chino frente a un tanque.
“LOS AMERICANOS”, UNA OBRA REVOLUCIONARIA DE ROBERT FRANK
En 1958 se publicó en París uno de los libros de fotografía más revolucionarios del siglo XX. Se titulaba “Los Americanos” y su autor era un europeo que había emigrado a los Estados Unidos en 1947. “Los Americanos” está considerado por algunos como el fotolibro más importante del siglo XX. El prólogo era de Jack Kerouac, el escritor de la generación beat, que era amigo del autor.
El año que apareció en París nadie se atrevió a publicarlo en los Estados Unidos porque se consideraba antiamericano y antipatriótico, por mostrar una visión desilusionada del país. Frank pudo hacer “Los Americanos” gracias a una beca concedida por la Fundación Guggenheim en 1955. Para esta obra recorrió durante dos años más de 16.000 kilómetros a lo largo de 48 estados e hizo 28.000 fotografías, de las que solo seleccionó 83. En ella se documentan aspectos críticos de la sociedad norteamericana, como el racismo, el consumismo, o el culto al automóvil. En línea con autores como el novelista John Steinbeck de “Las uvas de la ira”, o la obra pictórica de Edward Hooper, Frank reflejaba las tensiones sociales y raciales lejos del “sueño americano” del que hablaba la propaganda del presidente Eisenhower. Las fotos hablan por sí mismas de la miseria de la gente de la periferia social, de las diferencias entre blancos y negros, de la desesperación. “Los Americanos” revolucionó el reportaje fotográfico situándolo en la línea del Nuevo Periodismo de los años 60 y proporcionó al lector una interpretación libre sobre las imágenes, introduciendo la polisemia frente a la objetividad. A partir de la obra de Robert Frank los fotógrafos fueron conscientes de que gran parte del significado de sus fotografías lo otorga el espectador. En los Estados Unidos se publicó en 1959 por Grove Press y fue entonces un rotundo fracaso editorial. Sus fotografías no se exhibieron públicamente hasta 2009 en la National Gallery of Art de Washington. Con los años, la obra se convirtió en un referente de la fotografía internacional y creó escuela. El suizo René Burri publicó Les Alemands años más tarde utilizando la misma técnica y las mismas intenciones de Frank.
UNA OBRA DEFINITIVA. FOTOGRAFÍA Y CINE
Robert Frank (Zurich, 1924) murió el martes 10 de septiembre en Inverness, Canadá. De origen judío, padre alemán y madre suiza, quiso probar fortuna en los Estados Unidos y en 1947 se trasladó a Nueva York llevando consigo un portfolio titulado “40 Fotos” gracias al que fue contratado por la revista “Harper’s Bazaar” para hacer fotografía de moda, un puesto en el que duró muy poco. Como freelance publicó también en “Fortune”, “Look”, “Life” y “The New York Times”. En Nueva York conoció a Edward Steichen y Walter Evans, que influyeron en su estilo y en su trayectoria.
En 1948 viajó a Perú y Bolivia, donde hizo fotografías para dos de sus libros, “Indiens pas morts” y “Perú”, en compañía de Pierre Verger y del suizo Werner Bischoff, que murió en un accidente mientras hacía sus fotografías. De regreso a Europa vivió en París y en 1951 se instaló en Londres. Allí realizó las series “Londres” (1951-1952) y “Gales” (1953). En esta última refleja la dura supervivencia de un minero del valle de Caerau y de su familia. En “New York bus”, que sucedió a “Los Americanos”, continuó dando una visión muy personal de América, esta vez con fotografías hechas desde la ventanilla de un autobús. Una de sus obras más representativas es “Black, White and Things”, que recoge imágenes de la lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos. Entre sus últimas series destaca “Memory for the Children” (2001-2003).
La obra de Frank fue calificada como “antiensayo fotográfico”, pues se alejaba tanto del modelo canónico impuesto por la revista “Life” como del documentalismo en boga en los años 50 y 60. Se caracteriza por la mutilación de las imágenes, rasgadas y por momentos cercanas al surrealismo, a las que a veces añade frases escritas sobre la propia superficie de la foto. Frente a la teoría del “momento decisivo” de Cartier-Bresson, Frank decía que ese momento no aparecía por sí mismo sino que había que crearlo.
Aunque poco conocida, su filmografía abarca una veintena de películas, casi todas documentales. Con Kerouac realizó “Pull My Daisy” en 1959, en la que aparecen también los poetas beat Gregory Corso, Allen Ginsberg y Peter Orlovski. En 1969 dirigió “Conversations in Vermont” durante una visita a un internado en el que estaban sus hijos Pablo y Andrea, película en la que también participa María Lockspeiser, la madre de ambos. Colaboró con los Rolling Stones haciendo la portada de su disco “Exile on Main Street” y un documental sobre la gira del grupo por los Estados Unidos en 1972 (“Cocksucker Blues”), en colaboración con el realizador David Seymour. Los Stones quisieron impedir que se proyectase: había escenas de orgías en aviones, consumo de estupefacientes y otras con situaciones incómodas. También realizó “This Song for Jack”, en memoria de Kerouac y “Energy and How to Get It”, con William Burroughs. En “Home Improvements” (1985) se enfrenta a la pérdida de su hija Andrea en un accidente de aviación en Guatemala en 1984, a la enfermedad de su compañera, la artista June Leaf y a la esquizofrenia de su hijo Pablo, que murió en 1994.
En 1972 Robert Frank publicó su autobiografía, “The Lines of My Hand”, ilustrada con imágenes tomadas por él mismo. Su vida y su obra se han recogido también en el documental producido por Robert Fox “Leaving Home, Coming Home. A Portrait of Robert Frank” (1984). Desde 1969 se había instalado en Canadá con June.
EN ESPAÑA
Robert Frank conocía bien España. Había vivido en Valencia y visitado Barcelona, Mallorca y Sevilla (con sus fotos de Valencia, La Fábrica publicó un libro en 2012). En nuestro país han sido muchas las exposiciones de Robert Frank, como la retrospectiva que le dedicó el Reina Sofía en 2001 con el título de “Hold Still-Keep Going”, las que su amigo personal y director de la Tate Modern de Londres, Vicente Todolí, organizó en el IVAM en 1985 y en el MACBA veinte años después con el título de “Arguments”, que incluía algunas fotografías inéditas tomadas en España. En esta última se expusieron por primera vez las de su libro “Perú”, de 1949. En 2007 PhotoEspaña le concedió el Premio de Honor.
LINDBERGH. MODA Y GLAMOUR
Uno de los últimos grandes encargos que recibió Peter Lindbergh fue el de las fotografías para el calendario Pirelli de 2017, la firma para la que ya había trabajado en 1996 y en 2002 (es por ahora el único que repitió tres veces). Para este famoso calendario (The Cal) Lindbergh fotografió a actrices maduras como Kate Winslet, Nicole Kidman, Uma Thurman, Helen Mirren, Penélope Cruz… en las calles de Nueva York y Los Ángeles, tratando de que este trabajo fuese considerado como un acto de rebelión, “un alegato contra el ideal de belleza de hoy, que es una invención comercial”, según sus palabras. Entre las modelos para este último almanaque Lindbergh incluyó a Anastasia Ignatova, una profesora de Teoría Política de la Universidad de Moscú. Con 14 de las 40 fotografías del calendario, Taschen publicó “Shadows on the wall”.
Ya en el Anuario Pirelli de 2014, con el que la firma celebraba su 50 aniversario, Lindbergh había retratado, junto a su colega Patrick Demarchelier, a algunas de las supermodelos más destacadas de aquel momento: Alessandra Ambrosio, Helena Christensen, Isabeli Fontana, Miranda Kerr, Karolina Kurlova y Alek Wek. Pirelli confiaba sobre todo en la audacia, la agudeza y la seguridad de Lindbergh para mostrar la delicadeza de los cuerpos femeninos. Para conseguirlo, el fotógrafo utilizaba un blanco y negro que transformaba en numerosas tonalidades de gris. Lindbergh prescindió del color porque pensaba que añadía estridencia innecesaria a la belleza de las mujeres a las que retrataba. Con el blanco y negro expresaba mejor sus emociones. Su propósito era desnudar el alma de las mujeres dejándolas al descubierto. Una de sus frases preferidas era “las mujeres siempre son más importantes que la ropa”. Para Lindbergh el papel del fotógrafo de moda de hoy es liberar a las mujeres del terror de la perfección y la juventud porque existe una belleza diferente, más real y auténtica, no manipulada por la publicidad.
Como fotógrafo de moda revolucionó el género con sus instantáneas en bruto, sin retoques, sin maquillaje, en las que daba prioridad a la personalidad y al alma de las modelos. Uno de sus resultados estéticos más conseguidos fue el bautizado como “efecto de recién levantado”. Esta postura le supuso algunos desencuentros, como el que sufrió en 1988 cuando la editora americana de “Vogue” rechazó una fotografía tomada a un grupo de modelos (Linda Evangelista, Christy Turlington, Estelle Lefébure, Karen Alexander, Rachel Williams, Tatjana Patitz) en una playa de Santa Mónica vestidas sólo con camisas blancas. La fotografía, que después fue portada de la edición británica en 1990, con los años se convirtió en icónica y es la que mejor define el estilo de Lindbergh.
Entre sus últimos trabajos destacan las fotografías de la boda de Marta Ortega, heredera del imperio Inditex, tomadas en A Coruña en noviembre de 2018, y una serie de la cantante Rosalía para la revista “Vogue España” del pasado mes de agosto. El último puede verse en las páginas de “Vogue UK” de este mismo mes de septiembre editado por Meghan Markle, duquesa de Sussex.
Lindbergh expuso su obra también en museos, como el Kunsthal de Rotterdam. Sus más de cuarenta años de trabajo se recogen en el libro “Peter Lindbergh. A different visión on fashion photography” (Taschen), que incluye textos de Paul Gaultier, Nicole Kidman, Grace Coddington, CindyCrawford y Anna Wintour.
POMÉS. LA RENOVACIÓN ESPAÑOLA
La obra de Leopoldo Pomés, exceptuando la de sus primeros años, se identifica con el glamour y el erotismo publicitario de unas imágenes seductoras, entre las cuales figuran algunas inolvidables para toda una generación, como las burbujas de Freixenet protagonizadas por Gene Kelly y Gwyneth Patrow, y las chicas semidesnudas montadas a caballo en los anuncios del coñac Terry de los años sesenta. Una de esas chicas era la modelo Margit Kocsis y la otra nada menos que Nico, la cantante de Velvet Underground y musa de Andy Warhol, a la que Pomés descubrió en Ibiza durante el viaje de novios con su primera esposa y colaboradora Karin Leiz. Quedó fascinado con su imagen. Era la mujer del futuro y pensó en ella cuando le encargaron el anuncio. Sabía que aunque el coñac era una bebida de hombres, eran las mujeres quienes lo compraban en la tienda y por eso hizo un anuncio con mujeres como protagonistas. Manuel Vázquez Montalbán dijo en alguna ocasión que había que agradecerle a Leopoldo Pomés haber colaborado activamente a la erotización de la sociedad española. Pomés apostaba por la provocación para romper la imagen publicitaria de la mujer española de los sesenta, ñoña y sumisa. Para un anuncio de las sábanas Burrito Blanco (un nombre inventado por él para la empresa de Josep María Juncadella) fotografió a una joven seductora holgazaneando sobre una cama. En su restaurante de Il Giardinetto cuelga “Imagen blanca”, una fotografía de gran tamaño de una seductora mujer en bañador sobre la arena de una playa (la mujer es Karin Leiz). Como publicista fue el responsable de la estrategia de comunicación de los Juegos Olímpicos de Barcelona y de la ceremonia de inauguración del Mundial de Fútbol de 1982. A pesar de estos éxitos, en 2006 decidió abandonar sus trabajos en la publicidad para centrarse en la fotografía, que continuó teniendo una importante vertiente erótica y glamourosa, como muestran algunas de sus instantáneas de “Blancas, grises y negras” expuestas en 2008 en la Galería Hartmann de Barcelona.
El Ministerio de Cultura concedió a Leopoldo Pomés el Premio Nacional de Fotografía en 2018 “por su contribución a la historia de la imagen en España, con una trayectoria vinculada en sus inicios a la vanguardia artística del grupo Dau al Set y AFAL, y siempre comprometida con la modernidad”. Según el jurado, “Leopoldo Pomés ha participado en la configuración de nuestro imaginario colectivo introduciendo un nuevo lenguaje fotográfico dentro de la publicidad, con una mirada renovada a la sociedad de su época”.
Sin embargo, la obra de Pomés trasciende la publicidad y el erotismo, ya que desde los años cincuenta había comenzado a registrar imágenes de la España que la oficialidad franquista quería mantener lejos de la mirada crítica de la sociedad. Esa España de posguerra estaba muy presente en “Barcelona, 1957”, un trabajo fotográfico que Carlos Barral encargó a un joven Lepoldo Pomés y que es una crónica que explora la ciudad natal del fotógrafo y que, a pesar de su calidad, no pudo mostrarse al público hasta 2013.
Hace unos meses Pomés publicó sus memorias con el título de “No era pecado. Experiencias de una mirada” (Tusquets).

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LLEGA A ESPAÑA LA OBRA MULTIFACÉTICA DE DAVID WOJNAROWICZ

 

Víctima del sida, su obra es una crítica a la estigmatización de la enfermedad y una denuncia contra la sociedad norteamericana de los años ochenta

En los últimos años ochenta y los primeros noventa del siglo XX el sida acabó con la vida de algunos creadores de las más variadas expresiones artísticas de aquel momento. David Wojnarowicz (1954-1992) fue también víctima de la enfermedad cuando su carrera había alcanzado varios de los logros que se había propuesto en los diversos campos en los que trabajaba. Pintor, escultor, fotógrafo, escritor, poeta, activista… el museo Reina Sofía descubre ahora para la gran mayoría de españoles la obra de David Wojnarowicz en una gran exposición retrospectiva titulada “La historia me quita el sueño”, que acoge la pluralidad de medios y estilos en los que este artista norteamericano trabajó a lo largo de una carrera interrumpida por la enfermedad y la muerte. En la exposición se relaciona la obra de Wojnarowicz con el contexto político, social y artístico de aquellos años de profundos cambios culturales centrados sobre todo en la ciudad de Nueva York. El mismo artista había profetizado su futuro de marginado en “Sin título. Un día este chico…”, una obra de 1990 en la que a una fotografía de cuando era adolescente rodea un texto en el que vaticina: “Un día los políticos promulgarán leyes contra este chico… cuando descubra que desea poner su cuerpo desnudo sobre el cuerpo desnudo de otro chico”.
AUTODIDACTA Y MULTIFACÉTICO
Wojnarowicz fue un artista autodidacta que se propuso crear una crónica incisiva de aquellos años, con especial atención a los marginados (sobre todo a los enfermos de sida) y a los mitos de la cultura americana. Admirador de la obra y la vida de Arthur Rimbaud, Wojnarowicz se inició como poeta en los años setenta en la estela del francés tras un viaje a París. Entre sus fotografías destaca la serie “Arthur Rimbaud en Nueva York”. Otros escritores que ejercieron influencia sobre Wojnarowicz fueron William S. Borroughs y Jean Genet, a quienes incluyó en su obra pictórica en dos collages que se pueden ver en esta exposición (“Sin título. Genet retratado por Brassaï” y “El sueño recurrente de Bill Burroughs”).
En los ochenta Wojnarowicz comenzó a experimentar con carteles publicitarios y materiales reciclables recogidos en contenedores de basura. Mientras completaba sus ingresos como miembro del grupo musical 3 Teens Kill 4 (sus discos se escuchan en una de las salas) instaló un taller improvisado en uno de los edificios abandonados de los muelles del río Hudson. Además de los posters que hizo para anunciar los conciertos de la banda, a esta etapa pertenecen las obras que denominó “estarcidos”: un hombre cayendo, una casa ardiendo, un bombardero… Una de sus obras más impactantes fue “Metamorfosis”, una serie de 23 cabezas de escayola decoradas con pinturas y collages colocadas en otras tantas repisas. “Metamorfosis” se concibió como una denuncia contra los conflictos que asolaban la Latinoamérica aquellos años: Nicaragua, El Salvador, Argentina…
CONTRA LA MARGINACIÓN Y LA HOMOFOBIA
La pareja de Wojnarowicz, el fotógrafo Peter Hujar, fue quien lo animó a pintar y quien inspiró algunas de sus obras. Su fallecimiento, también de sida, fue un duro golpe para el artista, que lo fotografió en su lecho de muerte (las fotos se incluyen en esta exposición). Wojnarowicz dio entonces una nueva orientación a su obra con temas más atrevidos y complejos en los que criticaba ácidamente aspectos sociales y culturales de la Norteamérica contemporánea, un mundo que denominaba “preinventado”, prefabricado. Su preocupación por las víctimas del sida le llevó a crear imágenes relacionadas con el mundo homosexual y la denuncia de la homofobia. La American Family Association denunció las ayudas estatales a las obras de Wojnarowicz de contenido homosexual, por lo que la NEA le retiró las subvenciones hasta que un jurado decidió que fueran devueltas al artista.
Otra de sus grandes series es una interpretación muy personal de “Los cuatro elementos”, con pinturas cargadas de símbolos alegóricos sobre la tierra, el agua, el fuego y el aire. También “Lenguas de fuego”, con pinturas de flores exóticas de grandes dimensiones. En otra de sus series Wojnarowicz utiliza los mapas como material fundamental de sus collages para denunciar las fronteras artificiales que dividen a la humanidad.
Además de la obra pictórica, escultórica y musical, en una sala de esta exposición se proyectan videos con fragmentos de obras audiovisuales de Wojnarowicz. No pudo terminar su película “A Fire in My Belly” (Fuego en mis entrañas), rodada en México, título que utilizó Cynthia Carr para la biografía del artista.

TÍTULO. David Wojnarowicz. La historia me quita el sueño
LUGAR. Museo Reina Sofía. Madrid
FECHAS. Hasta el 30 de septiembre

EL MUNDO FOTOGRÁFICO DE WILLIAM KLEIN

 

PhotoEspaña acoge una exposición en la que están presentes todos los géneros de este fotógrafo, cineasta y pedagogo norteamericano

Además de fotógrafo, William Klein (Nueva York, 1928) fue pintor, diseñador y cineasta. En 1957 fue llamado por Federico Fellini para trabajar con él en Las noches de Cabiria y luego hizo más de 20 películas y documentales, entre ellas la influyente Broadway by Light, sobre las luces de neón de Times Square, considerada como la primera película pop. Entre las que tuvieron éxito, ¿Quién eres tú, Polly Magoo? (1966), Lejos de Vietnam (1967), Muhammad Ali, the Greatest (1974) y Grands soirs et petits matins (1978), ésta sobre los sucesos de Mayo del 68. Todas estas facetas se recogen en “Manifiesto”, una gran exposición del artista en Madrid, a donde acudió a sus 91 años para estar presente en la inauguración.
William Klein descubrió Europa durante su servicio militar en 1946, y al año siguiente se trasladó a vivir a París, abandonando su ciudad, Nueva York, a la que no regresó hasta 1954, casado con la francesa Jeanne Florian. En París estudió pintura con Fernand Léger y André Lothe. Algunos de sus cuadros de esta etapa, que se han podido ver en raras ocasiones, están presentes en esta muestra.
El interés de William Klein por la fotografía nació cuando experimentaba con sus pinturas abstractas y con el descubrimiento de las obras de Moholy-Nagy y György Kepes. El motivo de su regreso a Nueva York fue una invitación de Alexander Liberman, director de Vogue, para hacer fotografía de moda para esta revista. Estas fotografías, como las publicitarias, se sitúan en la línea de Helmut Newton, Richard Avedon e Irving Penn. Klein sacaba las modelos a la calle para fotografiarlas en escenarios naturales y rodeadas de gente normal. Una de sus modelos, Dorothy McGowan, encarnó el personaje Polly Maggoo de su película. Muchas de las fotografías de moda las publicó en el fotolibro Fashion In and Out. En esta exposición hay una buena selección de ellas.
LA OTRA CARA DE NUEVA YORK
Una gran parte de las mejores fotografías de William Klein son las que están tomadas en la calle (es uno de los grandes creadores de la street photography), donde se esforzaba por hacerse imperceptible para mantener la naturalidad de la gente y evitar sus poses. Para romper con la fotografía tradicional en este género ensayó con ángulos forzados, encuadres torcidos, contrastes y contraluces, deformaciones, barridos y desenfoques y utilizó el gran angular de manera original. También confiaba en el azar, como Cartier-Bresson. Para Klein la fotografía supone sobre todo enfrentarse a la realidad y hacerlo “sin piedad”. Con las fotografías tomadas en las calles de Nueva York publicó en 1956 en París un monográfico sobre la ciudad (Life is Good & Good for You in New York: Trance Witness Revels), haciendo hincapié en su caos urbano y en sus habitantes más desfavorecidos (tal vez por esta visión no encontró editor en Estados Unidos hasta 1996). Ahí están los años 50, definidos así por el propio Klein: «La caza de brujas de McCarthy, los golpes de Estado de la CIA en Irán y Guatemala, los beatniks, los primeros discos de Elvis Presley, Marilyn Monroe, Marlon Brando, la bomba H, la píldora, los rebeldes sin causa, los primeros centros comerciales, las guitarras eléctricas, la carrera espacial, el rock an roll hecho por blancos y, por encima de todo, la televisión. El mejor y el peor de los tiempos a la vez». Klein trató de que todo este universo estuviese en su fotografía. También fotografió las calles de Roma (1958), Moscú (1961) y Tokio (1962). En los 80 y los 90 volvió a París para fotografiar también sus calles.
Por iniciativa suya empezó la publicación de Contactos, una colección de DVD en la que reconocidos fotógrafos (Cartier-Bresson, Koudelka, Doisneau, Helmut Newton, Nan Goldin) cuentan de manera pedagógica sus métodos de trabajo a partir de hojas de contactos y series de transparencias. Las grabaciones se clasifican en tres apartados: La gran tradición del Foto-reportaje, La renovación de la Fotografía Contemporánea y La Fotografía Conceptual. La cadena de televisión cultural francesa La Sept emitió los episodios a finales de los años 80, y Arte en 1992. En pantallas situadas a lo largo del recorrido de esta exposición pueden verse estas piezas, así como escenas de una de sus películas. También se muestran sus “Contactos pintados”, en los que Klein combina la fotografía superponiendo trazos de pintura sobre los contactos de sus negativos.

TÍTULO. William Klein. Manifiesto
LUGAR. Fundación Telefónica. Madrid
FECHAS. Hasta el 22 de septiembre

EN LA MUERTE DE HELENA ALMEIDA

Hija, esposa y madre de artistas, la portuguesa Helena Almeida (1934-2018) murió el pasado 25 de septiembre a los 84 años, mientras dormía, en su domicilio de la localidad portuguesa de Sintra. Había nacido en una familia de artistas y desde niña estaba acostumbrada a relacionarse con la creación plástica a través de su padre, el escultor Leopoldo Neves de Almeida, con quien se inició como ayudante antes de su formación académica en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Lisboa y después en París.
Referente del arte contemporáneo portugués, Helena Almeida inició su carrera como pintora en los años sesenta del siglo XX y posteriormente buscó en el dibujo y el vídeo una forma más expeditiva de manifestar sus inquietudes, que encontró definitivamente en la fotografía. Una fotografía a la que sometía a un tratamiento pictórico experimental a través del que descubrió sorprendentes efectos estéticos y en el que encontró una forma de romper los límites entre el arte y el artista y de cuestionar la separación de disciplinas.
La fotografía fue desde muy pronto el recurso preponderante en la obra de Helena Almeida, como demuestran sus series “Pintura habitada”, “Estudio para un enriquecimiento interior” y “Ouveme”. Evolucionó en sus relaciones entre la pintura y la fotografía con logros como “A Onda” y “Dentro de mim”.
EL CUERPO COMO OBRA DE ARTE
Como Cindy Sherman, Helena Almeida utilizaba habitualmente su propio cuerpo (casi nunca su rostro completo) como materia pictórica y fotográfica, a la manera de los creadores del body art y las antropometrías de Yves Klein. Fue a partir de los años 70 cuando orientó su obra hacia la representación retórica utilizando su cuerpo para exponer la relación dialéctica entre realidad y representación, siempre como artefacto transgresor, nunca como personaje ni como autorretrato. Una fotografía casi siempre en blanco y negro que retocaba utilizando colores saturados, como azul cobalto y rojo intenso. Hizo casi todas sus fotografías en su propio estudio, el mismo en el que de niña trabajaba con su padre, y a veces en su jardín, con su cuerpo como modelo (“Mi obra es mi cuerpo, mi cuerpo es mi obra”, tituló una de sus series) habitualmente vestida con ropas de color negro que aplastan la figura, que se perfila así con mayor con nitidez sobre un fondo claro. Utilizaba ese estudio como una manera de documentar el espacio que habitaba, y su cuerpo como una performance, una instalación visual que después congelaba en sus fotografías, como si fueran esculturas efímeras. A través de las diferentes poses de su cuerpo y de sus gestos elaboraba una crítica a la cultura, a las convenciones sociales y al papel histórico de la mujer, como se manifiesta en la serie “Corpus”, en el que se celebra el cuerpo femenino como símbolo de resistencia. “Corpus” fue una de las últimas exposiciones de Helena Almeida en España, en el IVAM de Valencia, en marzo del año pasado.
Ella creaba los ambientes y las atmósferas en las que se situaba para que su inseparable marido Artur Rosa (en “Sin título” aparecen ambos atados por las piernas) disparase la cámara. Entre sus series más destacadas figura la trilogía “Siénteme, Escúchame, Mírame” con la que celebró la llegada de la revolución de los claveles. Su figura desaparece de su obra a principio de los años ochenta, pero vuelve a recuperarla con la serie “Seduzir” y el políptico “Dentro de mi”. En su última serie, “Diseño”, en blanco y negro, su cuerpo vuelve a ser el protagonista total, como culminación del proceso vital y creativo de la artista.

LA FOTOGRAFÍA DE ED VAN DER ELSKEN

La mayor exposición del artista holandés revela la obra de un fotógrafo poco conocido en España

Todo comenzó en París cuando en 1950 un joven artista de Amsterdam llamado Ed Van Der Elsken decidió instalarse en la capital francesa después de abandonar una vocación de escultor frustrada por la guerra y los avatares de una vida inquieta. París era entonces un foco de atracción para artistas holandeses que buscaban fama y reconocimiento internacionales: el pintor Karen Appel, los escritores Rudy Kousbroek y Simon Vinkenoog y el fotógrafo Kryn Taconis le habían precedido en el éxodo. Fue este último quien recomendó a Van Der Elsken a Pierre Gassmann, director del laboratorio fotográfico de Magnum, después de valorar sus imágenes tomadas por Elsken en las calles de La Haya. En París continuó con los personajes callejeros, fotografiando a artistas ambulantes, mendigos y clochards. Van Der Elsken se instaló entonces en el barrio de Montmartre, donde conoció a Ata Kandó, una pelirroja fotógrafa húngara, 12 años mayor que él y madre de tres hijos, con la que se trasladó al barrio de Saint-German-des-Prés para vivir un apasionado romance. Fue en aquellos años cuando su relación con la actriz Vali Myers inspiró su fotolibro “Una historia de amor en Saint-Germain-des-Prés” (el título en inglés fue “Love on the Left Bank”). Publicado como una fotonovela, el libro cuenta en imágenes el romance entre el mexicano Manuel (Roberto Inignez) y Ann (Vali Myers). Entre la realidad y la ficción, esta obra supuso una ruptura con la tradición humanística de la fotografía documental de la posguerra.
FOTOGRAFÍA EN LAS CALLES
El trabajo en el laboratorio le resultaba monótono y aburrido y decidió abandonarlo definitivamente para continuar su carrera de street photographer, ahora en la orilla izquierda del Sena, la mítica Rive Gauche, donde fotografiaba a los amantes que se abrazaban en las orillas del río y a los borrachos y drogadictos que se refugiaban bajo los puentes. Entró entonces en contacto con la bohemia parisina instalada en los bares y los cafés de Saint-German-des-Prés, a la que fotografiaba de noche y de día. Entre los escritores que frecuentaban aquel barrio sobresalía el filósofo Guy Debord, líder de la Internacional Situacionista y autor de “La sociedad del espectáculo”, el libro de cabecera de la intelectualidad progresista francesa hasta el mismo mayo del 68. Las fotografías de Van Der Elsken fueron uno de los materiales más apreciados por Debord para sus collages. La fortuna hizo que Edward Steichen, el conservador del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) seleccionase algunas de las fotografías de calle de Van Der Elsken para la exposición “Postwar European Photography”, una de las cuales además iba a formar parte de la mítica exposición “The Family of Man” de 1955.
De regreso a Ámsterdam, ya casado con Ata Kandó, comenzó a interesarse por el cine de la mano del realizador Jan Vrijman e inició una carrera de documentalista que iba a simultanear con la fotografía hasta el final de su vida. Es en este momento cuando se interesa por la vida de los adolescentes inseguros y desorientados de los barrios urbanos de las ciudades holandesas, a los que dedica su libro “Tenemos 17”.
LA VUELTA AL MUNDO Y EL JAZZ
A pesar de que su pasión era la fotografía de calle, en 1956 aceptó un encargo de la editorial De Bezige Bij para realizar un amplio reportaje sobre la reciente independencia de la República Centroafricana, que se publicó con el título de “Bagara” (Búfalo). Se trata de un trabajo próximo a la antropología cultural en el que las imágenes de Van Der Elsken muestran la vida cotidiana de los indígenas del país. A su regreso, ya divorciado de Ata Kandó, se casó con Gerda van der Veen, con la que inició en 1959 un viaje de 14 meses alrededor del mundo (África, Asia, Norteamérica) para publicar las fotografías en un libro que, para su frustración, no encontró editor hasta diez años más tarde. Se publicaron con el título de “Sweet Life” y en los cuatro volúmenes de “Weredreis in foto’s”.
Una de las grandes pasiones de Van Der Elsken fue la música de jazz, y a este tema dedicó una de sus mejores obras, con fotografías tomadas a lo largo de varios años en conciertos de los grandes músicos de la época. Chet Baker, Miles Davis, Lionel Hampton, Ella Fitzgerald… desfilan por las páginas de “Jazz” transmitiendo todo el ambiente de una música cuyos sonidos parecen oírse a través de las imágenes.
JAPÓN Y EL FINAL
Un reencuentro en 1971 con Vali Myers, que vivía rodeada de animales en una zona campestre de Italia con su joven amante Gianni Menichetti, le inspiró el documental “Muerte en el Port Jackson Hotel”, en el que hizo un retrato de la artista, entre la nostalgia y la decadencia. Divorciado de Gerda, su nueva pareja Anneke Hilhorst le inspiró la colección de fotografías publicadas como “Eye Love You”.
En 1979 publicó una recopilación de imágenes de las calles de Ámsterdam desde 1947 a 1970, con fotografías de jóvenes rebeldes y personajes peculiares de la fauna que poblaba entonces aquel asfalto urbano, y en 1980 un fotolibro en color y blanco y negro con imágenes de la vida campestre en el lago Ijsselmeer, cerca de Edam, a donde se había retirado a vivir.
La acogida de su obra por los japoneses, hizo que viajase a este país con mucha frecuencia a partir de 1986 y le dedicase “El descubrimiento del Japón”, donde volcó su fascinación por el país y por sus costumbres y donde retrató a mafiosos con trajes americanos, transexuales, luchadores de sumo y a los empujadores de las aglomeraciones en las puertas de los vagones del metro de Tokio.
Aquejado de un cáncer terminal, Van Der Elsken preparó su adiós documentando la evolución de su enfermedad en la película “Bye”, que se estrenó en 1991, un año después de su muerte a los 65. Fue su última obra, en la que ejerció de director y de protagonista. Un autorretrato íntimo y muy personal en el que no se privó de manifestar su miedo, su dolor y su tristeza. También su sentido del humor.

TÍTULO: Ed Van Der Elsken
LUGAR: Fundación Mapfre. Madrid
FECHAS: Hasta el 20 de mayo

 

EN EL CENTENARO DEL NACIMIENTO DE JUAN RULFO

 

No fue premiado con el Nobel de Literatura ni le concedieron el Cervantes pero, sin proponérselo, Juan Rulfo consiguió el sueño de todo escritor: alcanzar la inmortalidad literaria con una sola obra. En su caso fueron dos, la novela “Pedro Páramo” y el libro de relatos “El Llano en llamas”, pero no es difícil pensar que Rulfo lo hubiera conseguido con cualquiera de ellas, teniendo en cuenta además que las dos son realmente una sola y única obra. De hecho casi siempre se han editado en un mismo volumen. Pero el éxito no le llegó de inmediato, ya que los 2000 ejemplares de la primea edición de “Pedro Páramo” tardaron cuatro años en venderse.

UN NARRADOR PARA UN PUEBLO

Se cumplen ahora (el 16 de mayo) cien años del nacimiento de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, Juan Rulfo, escritor mexicano autor de una obra de unos valores literarios y humanos pocas veces alcanzados en la narrativa contemporánea. Su literatura se cita como referente de los orígenes del realismo mágico que aupó a los autores del boom latinoamericano a la fama internacional, pero es mucho más que eso, es un fascinante laberinto de espejos en el que se combinan lo cotidiano y lo ilusorio, la verdad y la mentira, lo esencial y lo secundario.

Rulfo escribió sus primeros textos,  “La vida no es muy seria en sus cosas”, “Macario” y “Nos han dado la tierra”, para la revista literaria Pan, de Guadalajara, entre 1942 y 1945. Más tarde, en América, revista de Ciudad de México, iría publicando otros que finalmente se recopilaron en 1953 bajo el título de “El Llano en llamas y otros cuentos”. En sucesivas ediciones se fueron quitando algunas narraciones y añadiendo otras nuevas hasta que en 1970 se publicó la edición definitiva.

COMALA COMO MÉXICO

En estos cuentos Rulfo sitúa a sus personajes arrojados a un mundo hostil, a un páramo de pobreza y desprotección, durante un periodo convulso de la historia del México de los primeros años del siglo XX, en los que sucedieron dos episodios que marcaron el futuro del país: la revolución mexicana y la guerra de los cristeros. También recoge los primeros movimientos migratorios de los años cuarenta hacia los Estados Unidos, el reparto de tierras a los revolucionarios a cambio de la devolución de las armas, y la reforma agraria del gobierno de Lázaro Cárdenas. Unos años de la infancia del escritor en los que la violencia y el bandolerismo provocaron cientos de muertos, entre ellos sus propios padres.

Entre 1910 y 1017 la revolución que había alimentado las esperanzas de los mexicanos más humildes se malogró por la deriva del país hacia un sistema seudodemocrático que terminó con los asesinatos de los principales revolucionarios, Emiliano Zapata, Pancho Villa y Venustiano Carranza, y la frustración del pueblo de México. Y Entre 1926 y 1930 la oposición de la Iglesia católica a la aplicación de las políticas que restringían su influencia en la sociedad mexicana provocó la primera guerra de los cristeros. En Jalisco, donde vivía Juan Rulfo, terminó con una gran masacre y con episodios violentos contra los maestros y los partidarios de la reforma agraria.

Rulfo muestra en sus cuentos el resentimiento por la derrota de aquellos que no se beneficiaron ni de las conquistas sociales ni de la secularización. Lo hace a través de unos personajes marcados por el odio y la venganza en medio de una tristeza inconsolable, de una angustia y de una frustración que justifican en alguna medida la inmoralidad de sus actos, demasiado ocupados en sobrevivir para poder sentir piedad o remordimiento. Para ellos la revolución, la violencia y la muerte han sido en vano, sus vidas se han visto privadas de la esperanza, condenadas a ver cómo se suceden los días y las  noches, cómo van amontonándose los años sin esperanza hasta el día de la muerte. A través de la escritura de Rulfo el lector los comprende mejor de lo que ellos se comprenden a sí mismos. Como una consecuencia más, el sexo está presente en estos relatos a través de relaciones de prostitución, incesto y adulterio, que transgreden al mismo tiempo las leyes religiosas y los tabúes sociales en un territorio en ruinas en el que el progreso se ha detenido y la religión está proscrita.

LA NOVELA DE MEXICO

En la novela “Pedro Páramo” (versión moderna y existencial del Purgatorio dantesco) Juan Preciado busca a su padre Pedro Páramo. Poco a poco va descubriendo que en realidad su padre ha muerto y que él mismo también está muerto.

En un principio la novela iba a titularse “Los murmullos”, pero finalmente Juan Rulfo decidió hacerlo con el nombre del señor de vidas y haciendas de Comala, un cacique rural de poder omnímodo, violento y rencoroso, al que sitúa, durante los años del gobierno de Porfirio Díaz, en un lugar (San Gabriel, en el estado de Jalisco, el de la infancia del propio Rulfo) que un día fue próspero y que en la novela es un territorio desolado (Rulfo aborda así el mito del paraíso perdido, presente también en algunos de sus cuentos). Pedro Páramo está investido de una ideología patriarcal, autoritaria y dominante, basada en antiguos códigos de propiedad y en una legitimidad que hunde sus raíces en la de los encomenderos del siglo XVI, a través de la que llega a obligar a Susana San Juan a convertirse en su esposa, en cuyo amor forzado encuentra su propia condena y su muerte, que le llega mientras contempla en el horizonte el camino recorrido por el cadáver de su mujer hacia el cementerio.

Utilizando una estructura de fragmentos relatados por narradores diferentes, Rulfo sitúa a sus personajes al otro lado de la muerte. Ante la imposibilidad de diálogo entre los vivos, la comunicación ha de canalizarse a través de los muertos. Es únicamente de esta manera cómo  Juan Preciado puede contar a Dorotea, desde la vecindad de su tumba, el propósito y los avatares de su visita a ese territorio.

FRAGMENTOS DE UN LIBRO FUTURO

Sorprende la escasa producción literaria del autor de una obra de tan altos niveles de excelencia. Rulfo lo justificaba diciendo que además de escribir él trabajaba (como inspector del servicio de inmigración, como viajante de comercio, como director de publicaciones de antropología) y por tanto no tenía tiempo para dedicarlo a la escritura. En 1980 se publicó “El gallo de oro y otros textos para cine” con un relato, el que da título a la obra, que fuera adaptado a la pantalla por Roberto Gavaldón en 1964 con guión de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez). En realidad este personaje tímido y reservado, defensor a ultranza de su vida privada, invertía un tiempo interminable en corregir, cuidar, limar, perfilar, ajustar sus escritos, incluso después de publicados. En 1959 había dado a conocer “Un pedazo de noche”, fragmento de una novela que iba a titularse “El hijo del desconsuelo”, donde iba a contar las relaciones entre una prostituta y un sepulturero. En varias ocasiones habló también de otros proyectos en los que estaría trabajando, como las novelas “Días sin floresta”, de la que nunca se supo, y “La cordillera”, que él mismo dijo haber destruido. Esta fue la causa por la que su familia fue acosada durante años por editores en busca de una obra póstuma que, al parecer, es inexistente. Tal vez fruto de esa insistencia fue la publicación en 1994 de “Los cuadernos de Juan Rulfo” donde desvela el proceso de creación de “Pedro Páramo”, y de “Cartas a Clara” (2000), que recoge la correspondencia entre el escritor y su esposa Clara Aparicio. El menor de sus hijos, Juan Francisco, cineasta, recrea en el documental “El hoyo” la memoria y la personalidad de su padre.

JUAN RULFO, FOTÓGRAFO

Dice Carlos Fuentes de las fotografías de Juan Rulfo que son como asomarse fuera de las tumbas de Comala para descubrir la luminosidad de las sombras. En realidad las imágenes de Rulfo, de una gran belleza, son una exploración del silencio y la soledad de su literatura; son como otra lectura de sus textos, un nuevo viaje a la Comala de Pedro Páramo y El Llano. En Rulfo la fotografía es una extensión de su narrativa (o su narrativa una extensión de su fotografía), una iconografía poética de una calidad indiscutible. La fotografía de Rulfo no es la obra de un aficionado sino que su composición y sus imágenes tienen un asombroso nivel artístico y conceptual. Susan Sontag llegó a decir que era el mejor fotógrafo de Latinoamérica.

En la década de 1940, después de vivir ocho años en Ciudad de México, Juan Rulfo decidió recorrer el país a lo largo y ancho del territorio llevando en su equipaje una cámara fotográfica Rolleiflex. En su periplo retrató los monumentos del pasado indígena y del español, dispersos por todo el territorio. Entre esas ruinas zapotecas y barrocas hay arquitectura colonial de iglesias y ermitas junto a tumbas, ídolos y templos precolombinos. Conventos y haciendas que un día fueron señoriales. Edificios decadentes, melancólicos, abandonados, ruinas de un antiguo esplendor. Playas desiertas sobre las que se ciernen nubes inquietantes. Ríos y lagos de aguas estancadas. Paisajes (cascadas de Tulantongo y Chimalhuacán Chalco), montañas y planicies bajo un cielo protector. Cactus de formas caprichosas, árboles desnudos y pueblos solitarios de calles vacías bajo el sol ardiente del mediodía. Mercados con vendedoras refugiadas del calor bajo toldos exiguos que apenas las protegen. Campesinos entregados a sus labores bajo un sol implacable. Mujeres enlutadas o vestidas con trajes tradicionales. Ancianos que esperan sentados la muerte en días interminables. Danzantes y músicos con instrumentos gastados, llevando la fiesta a los pueblos. Niños harapientos de miradas tristes y perdidas. No hay fotografías de paisajes urbanos ni de habitantes de las ciudades, aunque sí de trenes y de estaciones, que hizo por encargo. Por el objetivo de Juan Rulfo pasan pueblos abandonados, casas en ruinas con puertas desvencijadas, parajes calcinados, árboles solitarios, cementerios, sepulturas, cruces artesanas confeccionadas con los más variados materiales, murales de Orozco y de Diego Rivera… un México que sólo retrataron con esa atmósfera poética Juan Rulfo y su amigo y maestro, el gran fotógrafo Manuel Álvarez Bravo. Hay también retratos de amigos, artistas, escritores, gentes del teatro, que posaron para el objetivo de Rulfo manteniendo una secreta complicidad: Pedro Armendáriz, María Félix. Rodajes de películas (“La escondida”, “El despojo”).

La fotografía de Juan Rulfo combina luces y sombras en una estética que recuerda a la Nueva Objetividad alemana y remite a la obra paisajística de Ansel Adams y de Edward Weston y a los retratos de Stieglitz y Paul Strand, al tiempo que  reescribe en imágenes la misma realidad de su literatura: la épica y la tragedia, el sufrimiento y el dolor, la desgracia que se ensaña con los débiles y provoca la pérdida de la fe y de la esperanza. La utilización del contrapicado en muchas de ellas enaltece el abandono y la miseria del mundo que retrata, introduciendo un cierto aire de nobleza.

Sólo seis meses antes de la muerte de Juan Rulfo en enero de 1986, Juan José Bremer, director general del Instituto Nacional de Bellas Artes de México, consiguió convencerlo para que expusiera algunas de las fotografías que había ido acumulando durante su vida (sólo se conocían unas pocas, expuestas en Guadalajara en 1960). Se seleccionaron 100 de los más de 6.000 negativos que hizo entre 1945 y 1955. Estos días, en el Museo Amparo de Puebla se puede ver la exposición “El fotógrafo Juan Rulfo”, como uno de los actos centrales de la celebración del centenario. En España, coincidiendo con una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,  la editorial Lunwerg publicó en 2001 un volumen titulado “México. Juan Rulfo fotógrafo” con muchas de esas fotografías.

 

LA INDIA DE CRISTINA GARCÍA RODERO

 

 La fotógrafa de Magnum ha convivido con la comunidad de Anantapur para una serie sobre la vida en una de las regiones más pobres del mundo

 

         En 2015 las Fundaciones La Caixa y Vicente Ferrer invitaron a la fotógrafa Cristina García Rodero a Anantapur, en el estado de Andhra Pradesh, para que documentase en imágenes el mundo rural de la India a través de las mujeres que viven y trabajan en una de las zonas más pobres de mundo. Durante mes y medio García Rodero recorrió un territorio hostil en el que la Fundación Ferrer ha conseguido levantar hospitales, talleres, escuelas y viviendas, que son ejemplos del progreso que se puede llevar a una zona deprimida y desértica. Fruto de este trabajo son las 80 fotografías que bajo el título “Tierra de sueños” se exponen en la Fundación Caixaforum de Madrid.

 

MUJERES Y NIÑOS

         En las fotografías de García Rodero están sobre todo niños y mujeres, los más vulnerables de la población india. Mujeres que son campesinas y a la vez madres, que son costureras y novias, que son estudiantes y enfermeras. Pero lo importante de las imágenes no son sólo las personas sino sus miradas, sus manos, sus sonrisas, el lenguaje corporal y los vestidos que lucen en cada una de las situaciones de la vida. Son fotografías recientes pero podrían haber sido tomadas hace cien años. Son imágenes reales pero a veces parecen fantásticas y sobrenaturales.  Dice Manuel Rivas en el catálogo de la exposición que “En la India de Cristina García Rodero vemos esa trama singular de espacio y tiempo. Y vemos la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que esta pueda hallarse”.

 

         La fotógrafa ha realizado un trabajo en el que unos seres que luchan por salir de la indigencia transmiten al espectador una visión optimista del futuro, entre el sufrimiento y a alegría de vivir. Junto a fiestas, peregrinajes y celebraciones, las fotografías recogen a cuidadoras de niños en el Centro de Parálisis Cerebral de Bathalapalli, a menores que son tratados de glaucoma y discapacidad visual, a estudiantes en escuelas y talleres, a novias ataviadas de vistosos trajes ceremoniales: el icono de la exposición es Shirvani, una niña engalanada para la boda que sostiene en sus manos un saco de arroz, símbolo de la seguridad de alimentos en el futuro.

         Nos cuentan que a estas mujeres también se les ha enseñado a organizarse y que han formado asambleas solidarias que denuncian el maltrato y protegen a sus víctimas en casas de acogida, que ayudan a los hogares necesitados, que realizan trabajos duros para llevar el agua donde se necesita, para cultivar alimentos allí donde no hay sino aridez. Han formado grupos de teatro que representa obras con las que denuncian desde la violencia con las mujeres a los abortos selectivos y los suicidios de jóvenes obligadas a matrimonios forzosos.

UNA FOTOGRAFÍA ENTRE LA ANTROPOLOGÍA Y EL REALISMO

         Cristina García Rodero (Puertollano, 1949), catedrática de fotografía en la Escuela de Artes Plásticas y Diseño y profesora de la Universidad Complutense de Madrid, dice que se aficionó a la fotografía hojeando las revistas de moda de su madre. Su obra se encuentra en las mejores colecciones públicas y privadas. Fotografió durante años rituales y fiestas de los pueblos españoles utilizando formas de expresión artísticas, sobre todo de Galicia, la Galicia más oculta, la más misteriosa, la Galicia mágica pero también la más auténtica, la más real. Galicia es uno de sus temas predilectos desde que descubrió sus rituales en 1974 durante un viaje a la romería de Nuestra Señora de los Milagros de Amil, en Pontevedra.

 

García Rodero es la única española que forma parte de Magnum, la agencia fundada en 1947 por Robert Capa, Cartier-Bresson y David Seymour y que ha contado en sus filas a Sebastião Salgado, Josef Koudelka, Abbas, René Burri, Eve Arnold, Martine Franck… profesionales que han escrito las páginas más gloriosas de la historia del fotoperiodismo contemporáneo.

 

Las fotografías de Cristina García Rodero han sido publicadas en los grandes periódicos y revistas de todo el mundo y colgadas en museos como los españoles Reina Sofía e IVAM, el International Center of Photography de Nueva York, el Collection de l’Imagerie en Francia y en otros de México, Venezuela, Portugal, etcétera. A Cristina García Rodero siempre le atrajeron las costumbres populares de los pueblos de todo el mundo, España el primero, tal vez por haberse iniciado en la fotografía haciendo retratos en las fiestas de los pueblos. En los ritos, dice, es en donde se manifiesta de forma más rica y profunda el espíritu de un pueblo. Entre sus libros destacan La España oculta, Europa: el sur, Rituales en Haití, María Lionza la diosa de los ojos de agua y Transtempo.

Premio Nacional de fotografía en 1996 y miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 2013, Cristina García Rodero ha realizado su obra preferentemente en blanco y negro, aunque también ha practicado el color en obras de éxito como España, fiestas y ritos o en esta Tierra de sueños. Su serie más ambiciosa, Entre el cielo y la tierra, compendia toda su obra. También ha hecho fotoperiodismo, como en la tragedia de los refugiados de Kosovo o en Georgia 1995-2013, y fotografía artística, aunque en realidad toda su fotografía está impregnada de arte.

 

TÍTULO. “Tierra de sueños”

LUGAR. Caixaforum. Madrid

FECHAS. Hasta el 28 de mayo