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EN LA MUERTE DE MARC FUMAROLI

 

DESAPARECE UNO DE LOS GRANDES REFERENTES DE LA CULTURA EUROPEA

 

En 1991 un ensayo sobre las raíces históricas de la política cultural francesa durante el siglo XX movilizó a la intelectualidad de aquel país al criticar el papel de la política en el ámbito de la cultura, utilizada por la derecha gaullista para contrarrestar la decadencia cultural de Francia y por el socialismo para cambiar la imagen de una cultura controlada por el Estado. Los presupuestos de aquel ensayo se podían aplicar a los ámbitos de la política cultural europea y aún universal, por lo que muy pronto la polémica se extendió a todo el mundo. Aquel libro se titulaba “El Estado cultural (ensayo sobre una religión moderna)” y su autor era un profesor de la Sorbona, miembro de la Academia francesa y del Collège de France llamado Marc Fumaroli. Fumaroli acaba de morir en París a los 88 años. Era, junto a George Steiner y Harold Bloom, uno de los grandes referentes de la cultura y el arte.

Además de sus clases en la universidad y sus ensayos, Fumaroli alimentaba sus polémicas en periódicos como “Le Monde” y “Le Figaro”, y en revistas de pensamiento como “Commentaire”.

UNA OBRA FUNDAMENTAL

En España las obras de Fumaroli eran prácticamente desconocidas hasta que la editorial Acantilado decidió publicar casi todos sus títulos, entre los que sobresalen “Las abejas y las arañas, “Cuando Europa hablaba francés. Extranjeros francófilos en el Siglo de las Luces”, “París-Nueva York-París”, y “La república de las letras”.

En “Las abejas y las arañas” Fumaroli analiza los orígenes de la controversia que en los siglos XVI al XVIII se dio entre los Antiguos y los Modernos, que posteriormente, en los años 30 del siglo XX, trajo a España Ortega y Gasset con “La rebelión de las masas”, reflejo asimismo de las propuestas de los filósofos de la Escuela de Frankfurt sobre la alta cultura y la cultura de masas. Más recientemente Vargas Llosa vino a renovar la polémica sobre este enfrentamiento en su ensayo “La civilización del espectáculo”.

En “Cuando Europa hablaba francés” Fumaroli elabora una galería de retratos de extranjeros francófilos que a veces se entrecruzan: reyes y reinas, caudillos militares, embajadores, aventureros, grandes damas que, desde los salones en los que reinaban, influían sobre nobles, intelectuales y artistas. Todos fueron testigos de la Europa francesa del Siglo de las Luces, cuando París era la capital del mundo. El autor revela aquí cómo muchos de los acontecimientos de la historia de aquellos siglos fueron tejidos con los hilos de la influencia del mundo de la cultura, muchas veces en forma de conspiraciones de sociedad que discurrían al margen del poder político.

En “La República de las Letras” Marc Fumaroli estudia el fenómeno y los daños colaterales que todo progreso arrastró consigo, entre ellos el hecho de que con la aparición de la imprenta se favoreciese la difusión de textos de escaso valor literario y que la cultura escrita se emancipase de la disciplina del latín. Otra de las consecuencias, según Fumaroli, fue que  la difusión de la Biblia facilitase interpretaciones diversas en torno a las Sagradas Escrituras, provocando guerras de religión.

La República de las Letras estaba integrada por las Academias que promovían reuniones para la Conversación (de salón, de biblioteca o de gabinete científico, que eran las tres modalidades), sociedades mundanas, desdeñosas de la enseñanza universitaria de la época, en las que caballeros y damas conversaban con hombres de letras, a menudo bajo la protección de un príncipe, y que potenciaban el papel de la mujer en un plano de igualdad al de los hombres (a veces estos círculos se organizaban en torno a una mujer, como Mme. Staël o la marquesa de Rambouillet).  Conversaciones y Academias darían lugar a los itinerarios de la República de las Letras, una república monárquica que Fumaroli estudia junto a la biografía de sus protagonistas, príncipes admirables, como Nicolas-Claude Fabri de Peiresc, astrónomo, cosmógrafo, físico, zoólogo, naturalista y filólogo, quien renunció a ser autor para promocionar de su propio bolsillo a autores a los que proporcionaba gratuitamente manuscritos y documentos y que tuvo el mérito de convertir a la ciudad de París en la capital de la República de las Letras, arrebatando a Italia la centralidad y el protagonismo. Su influjo llega hasta el siglo XX con el último de sus “príncipes”, Alphonse Dupront, un historiador de la misma generación de Sartre y Aron, testigo de la condena por el papa Pio XI de la doctrina monárquica de Charles Maurras, identificado con marxistas, fascistas y nacionalsocialistas, los tres totalitarismos del siglo.

Tal vez el ensayo más polémico de Fumaroli haya sido “París-Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes”, en el que critica la ideología dominante del consumismo y los fraudes que se hacen pasar por  Arte Contemporáneo, al que Fumaroli considera un engranaje más de la producción industrial, una mercancía comercial con la etiqueta “arte”. El Arte Contemporáneo fraudulento sería una rama de esa industria global del entertainment que se ha ido instalando en el lugar hegemónico del mercado mundial.

 

 

 

 

 

 

NAZISMO Y FASCISMO

 

Los términos fascista y su variante ‘facha’ se utilizan hoy con excesiva frivolidad en el lenguaje popular y en los medios de comunicación. Con ellos se nombran aquellas doctrinas políticas conservadoras que se sitúan en lo más extremo de la derecha en el espectro ideológico de las democracias liberales. Aunque en algunos de sus planteamientos y en muchas de las actuaciones que llevan a cabo existen rasgos que se identifican con lo que fueron el fascismo y el nazismo, comportamientos políticos como los de Donald Trump, Boris Johnson, Viktor Orban, Kaczynski, Putin, Bolsonaro, Rodrigo Duterte, Salvini, Maduro, Daniel Ortega, Erdogan, Netanyahu, Andrej Duda, Xi Jimping… cuyo número cada vez más creciente  amenaza también el futuro de las democracias, no se pueden equiparar (al menos por ahora) con lo que fueron históricamente el fascismo y el nacionalsocialismo. Los actuales son fenómenos populistas y ultranacionalistas de extrema derecha que no tienen mucho que ver con los totalitarismos de entreguerras si no es en su capacidad de engendrar odio, discriminación y violencia y en la coincidencia en su oposición a fenómenos como el multiculturalismo, la libre circulación de personas o (y esto como novedad) la denuncia de una supuesta islamización de las sociedades occidentales. Ante el auge universal de estos movimientos, que algunos comentaristas han bautizado como democraduras, ciertamente muy cercanas a planteamientos autoritarios, algunos libros recientes aclaran el concepto de lo que fue la ideología que dio lugar a uno de los totalitarismos más letales del siglo XX. En “Fascismo” (Alianza editorial), Roger Griffin, catedrático en Oxford y uno de los especialistas en el tema, lleva a cabo uno de los análisis más brillantes y clarificadores de lo que representó el fascismo en la Europa del siglo XX. El profesor Antonio Scurati escribe uno de los libros más fascinantes sobre el auge del fascismo y el ascenso al poder de Benito Mussolini en “M. El hijo del siglo” (Alfaguara). Por su parte, el catedrático de Historia Thomas Childers realiza uno de los estudios más completos de la evolución y el significado del nacionalsocialismo en “El Tercer Reich. Una historia de la Alemania nazi” (Ed. Crítica).

FASCISMO Y NACIONALSOCIALISMO

Fundado por Benito Mussolini en 1919 en Milán, el fascismo nació como una reacción del capitalismo y la burguesía al socialismo bolchevique a raíz de la crisis económica y la inestabilidad política mundial provocada por la Gran Guerra. Para sus seguidores el fascismo tenía connotaciones políticas progresistas, modernizadoras y revolucionarias y transmitía estos principios a través de una propaganda de gran poder emocional y mítico en la que se proponía una regeneración de la sociedad. En el análisis de lo que fue el fascismo destacan dos tesis antitéticas, la marxista y la liberal.

Para los marxistas el fascismo era el agente del imperialismo capitalista y la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado. Todo el sistema democrático liberal, incluida la socialdemocracia, estaría en connivencia con el fascismo. Stalin incluso utilizaba el término fascista para desacreditar las versiones no ortodoxas del marxismo-leninismo.

Para las tesis liberales, por su parte, el fascismo sería el resultado del extremismo al que llegaron las clases medias como reacción a la sociedad moderna y al ascenso del papel de la economía, culpable de la crisis del capitalismo. Este enfoque se basa, además, en la importancia que adquirieron los principios de un ultranacionalismo sustentado en la recuperación de una  grandeza imperial perdida. Las masas seguidoras del fascismo pretendían llevar a cabo esta recuperación a través de una revolución alternativa a la bolchevique. Hanna Arendt mostró cómo el nazismo copió los métodos de propaganda y de terror del bolchevismo para potenciar la autoridad del Estado frente a las libertades personales. El fascismo se apropió también de los emblemas de aquella revolución: el color rojo, los desfiles, los himnos, las manifestaciones de masas, las banderas…

Mientras el imperativo del bolchevismo era el de controlar los medios de producción, el objetivo del fascismo era conseguir una comunidad unida por los valores “eternos” de la nación, que tenían sus raíces en un pasado mitificado. El fascismo era, así, una forma concreta de nacionalismo radical basado en la idea utópica de nación como entidad orgánica sana, poderosa y heroica, una ultranación. El fascismo de Mussolini y el nacionalsocialismo de Adolf Hitler no tenían una misma concepción del ultranacionalismo. Mientras el primero quería modernizar Italia activando el mito de su herencia imperial romana, el ultranacionalismo nazi se sustentaba en un racismo radical de base biológica. Es esta obsesión por la pureza racial lo que determina el mayor contraste con el utranacionalismo del fascismo italiano, ya que el imperio romano, que era su referente histórico, era multiétnico y multicultural. Pese a estas diferencias fascismo y nazismo se aliaron formando las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial para crear un nuevo orden europeo que había que defender de las ambiciones imperialistas de los Estados Unidos, la Unión Soviética y los judíos del mundo.

Ante estas dos interpretaciones clásicas del fascismo, Roger Griffin propone una tercera basada en la empatía de los contenidos del credo fascista, sobre todo de sus ideales positivos y no en las negaciones que se derivan de esos ideales: una visión basada en la idea que del fascismo tenían sus propios ideólogos. Este enfoque empático del fascismo como fuerza histórica y política no significa aceptar sus valores, justificar sus acciones ni negar las atrocidades, genocidios y crímenes contra la humanidad cometidos por los regímenes fascista y nazi sino de analizar los valores con los que pretendían hacer realidad los sueños de un nuevo orden nacional y/o racial. Se trata de saber no sólo qué cosas terribles han pasado en nombre de la nación y de la raza en una civilización avanzada, sino también de entender por qué han pasado. Este enfoque discrepa tanto del marxista, que reduce el fascismo a mero agente del capitalismo, como del liberal, que lo fundamenta en lo irracional y nihilista.

En la actualidad, el riesgo de que los movimientos neofascistas y populistas consigan aumentar el apoyo con el que cuentan para llevar a cabo una versión actualizada de aquella utopía de entreguerras, se concentra en la pérdida generalizada del pueblo en la confianza en las élites políticas y económicas. El objetivo de estos movimientos es conseguir la desafección de los ciudadanos hacia sus dirigentes demócratas a través de nuevos medios como el ciberespacio, las redes sociales y la utilización consciente de ‘fake’ news.

VIOLENCIA Y PODER

Así como hay una gran producción literaria e historiográfica sobre Adolf Hitler, Stalin y Mao, la figura de Benito Mussolini ha quedado un tanto opacada cuando se estudian los totalitarismos del siglo XX. El libro de Antonio Scurati “M. El hijo del siglo” (Alfaguara) viene a llenar en parte ese vacío sobre el dictador que llevó a Italia a uno de los mayores desastres de la historia. En este volumen de más de 800 páginas Scurati estudia tan sólo los cinco años que van desde la fundación del fascismo en 1919 hasta el afianzamiento de Mussolini en el poder en 1924, los años en los que un régimen sin apenas apoyo electoral consiguió dominar a toda una sociedad amedrentada por la inseguridad política y por la violencia de las escuadras fascistas militarizadas que a diario atentaban contra la vida de políticos, sindicalistas y obreros, arrasaban sus casas y sus pertrechos, humillaban a sus familias y se apoderaban de sus bienes en la Italia de la primera posguerra mundial. Fueron unos años marcados por huelgas generales, motines, linchamientos, revueltas campesinas y enfrentamientos violentos entre socialistas y fascistas que dejaban regueros de muertos  en las calles de Milán, de Roma, de Bolonia. En dos próximos volúmenes Scurati completará la biografía del dictador que fundó el fascismo.

Mussolini era un líder destacado del socialismo radical italiano, director de su órgano “Avanti!” hasta que, traicionando sus principios, se alió con los partidarios de la intervención de Italia en la Primera Guerra Mundial. Todo su radicalismo izquierdista se transformó entonces en una oposición furibunda no sólo contra sus antiguos camaradas sino también contra el sistema democrático italiano, a cuyos políticos consideraba una casta alejada de las preocupaciones y los problemas de la sociedad. Se postuló como la única salida a la situación de caos provocada en parte por él mismo al avalar la utilización de métodos violentos para aplastar a sus opositores. La culminación de esta continua amenaza contra la oposición política llegó con la movilización de miles de escuadristas dispuestos a marchar sobre la ciudad de Roma, una operación que, para evitar un baño de sangre, obligó al rey Víctor Manuel III a encargar a Mussolini la formación de un nuevo gobierno y al parlamento a concederle plenos poderes, a pesar de que el partido fascista contaba sólo con 35 diputados. Una nueva ley electoral y la censura de prensa facilitarían la aplastante victoria del fascismo sobre los partidos liberales y socialistas en las elecciones de 1924. Una victoria que propició la impunidad de los crímenes fascistas más abyectos, como el del diputado socialista Matteotti, un episodio contado por Antonio Scurati con un pulso narrativo de gran altura literaria.

En el transcurso de esos cinco años contemplamos a lo largo de las páginas de este libro la victoria del socialismo y su desintegración, el ascenso del fascismo y su transformación en partido conservador, monárquico, aliado de la clase dirigente, armado con un ejército propio, al que cada día se fueron sumando miles de jornaleros y proletarios convertidos en fascistas de un día para otro. El libro es una novela de no ficción avalada en cada capítulo por una serie de citas extraídas de diarios, memoriales, telegramas, noticias de periódico, discursos, informes… que sostienen la veracidad de cada uno de los episodios que se cuentan.

Como persona, Scurati presenta a Benito Mussolini como un animal sexual necesitado de amantes varias (Margherita Sarfatti, Ida Dalser, Bianca Ceccato, Angela Cucciati, Giulia Brambilla, Ángela Curti); un duelista y un perdedor vengativo; un político astuto y artero, impulsor desde la sombra de atentados y actos violentos contra sus adversarios políticos e impulsor de  un estado de inseguridad y miedo sobre una sociedad a la que había inoculado la necesidad de una venganza ante la humillación sufrida por el tratado de Versalles.

La obra de Antonio Scurati, escrita en forma de novela, recorre la biografía del Duce durante esos cinco años de ascenso hacia el poder totalitario acompañado por políticos muy cercanos, como Italo Balbo, Cesare De Vecchi, Amerigo Dùmini, Albino Volpi… y de destacados personajes del mundo intelectual que le prestaron su apoyo a lo largo de aquella trayectoria, como Gabrielle D’Annunzio (fascinante el episodio de la toma de Fiume), Marinetti, Curzio Malaparte, Ungaretti, el músico Toscanini, Benedetto Croce o el dramaturgo Luigi Pirandello.

UNA HISTORIA DEL TERCER REICH

El de Thomas Childers es uno de los mejores libros de historia sobre el nazismo y el Tercer Reich publicados recientemente. Muy claro y muy documentado, su lectura es tan atractiva y fascinante como la de una novela que recorre la evolución del nacionalsocialismo desde su nacimiento hasta la tragedia final. Desde el primero de los capítulos (El huevo de la serpiente) en el que se sitúan los orígenes de la ideología totalitaria, hasta el último (El Apocalipsis), el autor va narrando al hilo de sus investigaciones cómo Adolf Hitler, un oscuro ciudadano austriaco que había participado como cabo en la Gran Guerra, va haciéndose un lugar en la política alemana enarbolando una ideología antisemita y antibolchevique a la sombra del malestar de una sociedad alemana castigada en el Tratado de Versalles, recorrida por una crisis con frecuentes disturbios y asesinatos políticos y golpeada por una hiperinflación derivada de la crisis económica más grave del siglo XX . Para el joven Hitler la derrota de Alemania no se debió a la mala actuación de su ejército sino que fue el resultado de una conspiración de marxistas y judíos. En su paranoia, Hitler estaba convencido de estar llamado a ser el salvador de una patria humillada que había que levantar de la postración a la que había sido condenada. Utilizando las estructuras del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores (NSDAP) consiguió atraerse el apoyo de diferentes sectores sociales seducidos por su oratoria ampulosa y por unas ideas anticomunistas radicales. Se rodeó de una serie de personajes ideológicamente afines (Rudolf Hess, Hermann Göring, Heinrich Himmler, Joseph Goebbels) con los que el 9 de noviembre de 1923 intentó dar un golpe de estado urdido ante una multitud de más de tres mil personas agolpada en las instalaciones de la cervecería Bürgerbräukeller. Una leve condena (sólo estuvo 13 meses en una prisión atenuada en la que comenzó la redacción de “Mi lucha”) le dio alas para volver a la actividad política con más fuerza.

Desde unos primeros resultados marginales (un 2’6% en 1928) las sucesivas elecciones fueron situando poco a poco al partido nazi en las preferencias de una población castigada por la crisis de la Gran Depresión. Una propaganda dirigida por Goebbels (la propaganda, según Hitler, “debe estar dirigida a las emociones y sólo en un grado muy limitado al intelecto”), y divulgada a través de los modernos medios de comunicación de masas, sobre todo de la radio (“la pondremos al servicio de nuestra idea y ninguna otra idea será expresada a través de ella”) y de una parafernalia que saturaba las ciudades de folletos, carteles, mítines y actos del partido, inoculaba el odio a los judíos y a los comunistas, fomentaba la violencia callejera protagonizada por grupos formados en el seno del partido y utilizaba una simbología pretendidamente aglutinadora de las reivindicaciones alemanas, la promesa de hacer a Alemania grande de nuevo (¿les suena?)… situaron a Hitler y a su partido en una situación política en continuo ascenso hasta que en las elecciones de 1932 fueron la primera fuerza, con el 38 % de los votos, pese a lo cual el presidente Hindenburg se negó a encargar a Hitler la formación de gobierno. Las siguientes elecciones, unos meses después, registraron una fuerte bajada del partido nazi. El desacuerdo entre las fuerzas de la derecha forzó al presidente, esta vez sí, a permitir a Hitler acceder a la cancillería. A partir de aquí, el libro de Childers recoge los importantes acontecimientos en los que se apoyaron los nazis para afianzarse como un poder totalitario: el incendio del Reichtag, la noche de los cuchillos largos, la semana sangrienta de Köpenick, la noche de los cristales rotos, la represión y prohibición de los partidos comunista y socialdemócrata, el control del sistema educativo y de la producción cultural y artística, la persecución a los judíos, el incumplimiento de las leyes para que Hitler fuera nombrado presidente del país a la muerte de Hindenburg… Poco a poco fue afianzándose un régimen totalitario cuyo objetivo primordial era prepararse para una guerra con el fin de anexionar los territorios fronterizos, empezando por Checoslovaquia y Polonia y continuando con Rusia. Una guerra en varios frentes (el occidental contra Inglaterra y Francia, el oriental contra Rusia, el del Norte de África), con victorias espectaculares del ejército alemán. El ataque a Pearl Harbour a cargo de Japón, la tercera fuerza del Eje nazifascista, provocó la entrada de los Estados Unidos en la guerra, lo que unido a las primeras derrotas nazis en el frente ruso provocó el comienzo del final del Tercer Reich. Al mismo tiempo que se producía el derrumbe se aumentaba la represión contra los judíos en busca de la llamada solución final, su exterminio definitivo. Poco a poco Thomas Childers va relatando con detalle el hundimiento y la catástrofe final de un régimen ensalzado en sus mejores años por sus seguidores y por la práctica totalidad de los alemanes. Los mismos que enarbolaban las banderas de la victoria, que entonaban los cánticos patrióticos, que acudían en masa a los mítines y a los congresos del partido nazi, que perseguían con violencia a judíos y demócratas porque esa era la voluntad del Führer, fueron los que, cuando la guerra comenzó a perderse y los aliados avanzaban liberando a poblaciones y campos de concentración, se manifestaron con saña contra los responsables de un régimen que había conducido a Alemania a una tragedia de la que iba a tardar décadas en recuperarse.

PROTAGONISTAS DEL SIGLO XX

Juan Pablo Fusi reúne las biografías de 30 personajes del último siglo

El historiador Thomas Carlyle atribuye la marcha de la Historia a los líderes heroicos o carismáticos que en momentos decisivos encabezaron los procesos que desembocaron en los movimientos y las revoluciones que cambiaron el mundo. Si echamos un vistazo al siglo XX encontramos una larga serie de personajes que, en efecto, han influido decisivamente en el devenir de la historia reciente. Su popularidad y reconocimiento universales se debe en cierto modo a la consolidación y la influencia en ese siglo de los medios de comunicación de masas, que divulgaron la imagen de esos personajes al lado de la información sobre los acontecimientos históricos que protagonizaron y las obras que crearon e influyeron en la sociedad de la época. El historiador Juan Pablo Fusi ha reunido a algunos de los más destacados en su último libro, “Ideas y poder. 30 biografías del siglo XX” (Turner), un libro que es, más que una colección de biografías de hombres y mujeres del siglo, un recorrido por la historia de aquellos años. Se recogen aquí no tanto las biografías de estos protagonistas de la Historia (aunque hay, en efecto, un mínimo recorrido por sus vidas) como su obra y su pensamiento, las decisiones que tomaron en su momento, las iniciativas que lideraron, las conquistas que lograron y también los errores que cometieron.
Hay en estas páginas representantes de todos los sectores, desde intelectuales (Freud, Ortega y Gasset, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Isaiah Berlin) a protagonistas de las revoluciones del siglo (Emiliano Zapata, Lenin, Trotsky, Nasser, Che Guevara), dictadores (Hitler, Mussolini, Stalin), políticos que influyeron en la marcha de la historia (Churchill, Roosevelt, Mao, John F. Kennedy, Ben Gurión, Nelson Mandela), hombres de acción (Lawrence de Arabia), científicos (Einstein), líderes pacifistas (Gandhi, Martin Luther King), religiosos (Pablo VI), hombres, y también mujeres (Emmeline Pankhurst, Simone de Beauvoir, Hanna Arendt), cuyas vidas y obras proporcionan al lector una completa visión panorámica de la Historia del mundo del siglo XX: la revolución soviética y la reconstrucción del mundo después de la Segunda Guerra Mundial, los conflictos de Oriente Medio tras la creación del Estado de Israel y la nacionalización del Canal de Suez, la guerra fría y la escalada de las armas nucleares, la creación de la ONU y el nacimiento de la Unión Europea, la carrera espacial, el fin del apartheid, la irrupción del feminismo, los movimientos contra la discriminación racial y las protestas del Mayo del 68, la renovación de la Iglesia católica con el concilio Vaticano II… Todos estos acontecimientos se cuentan a través de las acciones de algunas de las figuras de los hombres y de las mujeres que los protagonizaron, todos ellos muy populares en su momento y algunos aún muy presentes en la memoria colectiva del siglo XXI.

LECCIONES DE ARTE

Las gratificaciones que las artes proporcionan a los aficionados son mayores a medida que aumentan los conocimientos sobre lo que se ve, lo que se lee o lo que se escucha. El espectador de una obra de arte se siente más complacido cuando gracias a sus conocimientos la entiende y la puede interpretar con autoridad. A esto ayudan los conocimientos que se adquieren a través de los estudios de la historia del arte y de las lecturas sobre aquellas manifestaciones artísticas que se han consolidado a través de los siglos y también de las que se producen incesantemente en la actualidad. Un libro de reciente publicación, “Leer la pintura” (Laousse), es un práctico manual para entender la pintura, desde la prehistoria al arte abstracto, escrito con intención pedagógica y un lenguaje asimilable por todos los públicos.
Partiendo del hecho de que la educación del gusto condiciona la comprensión de una obra de arte y de que el significado de un cuadro no es ajeno al de la cultura y la época en la que se produjo, Nadeije Laneyrie-Dagen, la autora de “Leer la pintura”, profesora de Historia del Arte de la Universidad de París, explica los conocimientos históricos y técnicos sobre los cuadros sin desdeñar la intuición del espectador a la hora de analizarlos.
Los contenidos de “Leer la pintura” se organizan en torno a seis grandes apartados que van marcando los criterios que sustentan los análisis de una obra de arte pictórica. Partiendo del cuadro como objeto, es decir, atendiendo a la autoría, la fecha, el título, la técnica, los soportes y las dimensiones, se hace un viaje a lo largo de la evolución de la pintura analizando aspectos como el tema, el color y los estilos. Los dos capítulos más extensos se dedican a la composición y a la figura. Se explican, con ejemplos muy pertinentes, los conceptos de encuadre, formato, simetría y asimetría y los recursos de la perspectiva. La figura humana como tema principal a lo largo de la historia del arte es estudiada aquí en todas sus dimensiones y en las interpretaciones a las que su utilización ha dado lugar. Desde el retrato a las escenas de calle protagonizadas por hombres y mujeres de todas las épocas y clases sociales, se analizan asimismo las razones de la erotización de la figura femenina en la pintura y la utilización del cuerpo de la mujer tanto para la seducción y la representación de las pasiones como para la denuncia social a través de la explotación laboral y la prostitución.
El papel de la religión y de la mitología en la pintura, la evolución del concepto de belleza a través del tiempo, la Historia como tema recurrente, el retrato y el autorretrato, los paisajes y los bodegones, la función del arte como elemento moralizante, el mecenazgo y la aparición de los mercados, los marchantes y las galerías, las aportaciones de la anatomía a la pintura… son algunas de las lecciones de este manual, de lectura muy recomendable para entender la pintura en todas sus dimensiones. Nadeije Laneyrie-Dagen consigue además que su lectura resulte muy amena al intercalar con frecuencia anécdotas y curiosidades relacionadas con los cuadros que se analizan y con los artistas que los han creado a lo largo de la historia.
LECCIONES PARA NIÑOS
Cada vez es más frecuente encontrarse en los museos con grupos de niños conducidos por profesores que les explican algunos principios sobre el arte y su historia en presencia de los cuadros ante los que muestran una atención a veces sorprendente. Es una forma efectiva de introducir a los más pequeños en el conocimiento del arte y de sus protagonistas. Otro procedimiento es el de procurarles los materiales adecuados para que ellos mismos descubran las grandes obras y a los grandes artistas. Para ellos están pensados libros como “Maestros de la pintura. Una historia del arte para niños”, de Mick Manning, que acaba de publicar la editorial Anaya. Los autores hacen aquí un recorrido desde las pinturas rupestres de Lascaux (15.500 a.C) hasta movimientos de vanguardia como el Pop art y el expresionismo abstracto. Lo hacen sirviéndose no sólo de las reproducciones de los cuadros de los que hablan sino también de los dibujos didácticos de la ilustradora Brita Granström que complementan las historias, las biografías y las anécdotas de los creadores de los cuadros. La mayor parte de los artistas son muy conocidos (Velázquez, Goya, Botticelli, Miguel Ángel, Leonardo, Rembrandt, Van Gogh, Picasso o Pollock) y otros no tanto (Paolo Uccello, Anders Zorn). Casi todos son europeos o americanos, pero no faltan representantes del arte oriental como el chino Shen Zhou (1427-1509), el indio Mir Kalan Khan o el japonés Katsushika Hokusai. Como ocurre con las otras historias del arte, casi todos son hombres, pero se agradece que en esta introducción al arte para niños haya un considerable plantel de pintoras: Rachel Ruysch (1664-1750), Tamara de Lempicka, Georgia O’Keeffe, Frida Kahlo, Laura Knight… Unas lecciones de pintura ideales para que los niños se inicien en la historia del arte, si es posible en compañía de sus padres y educadores.

EN LA MUERTE DE GEORGES STEINER

El legado del escritor e intelectual de origen francés lo convierte en uno de los grandes referentes del siglo XX

Las muertes de Harold Bloom el año pasado y la de George Steiner la pasada semana nos privan de dos de los más importantes referentes intelectuales del mundo de la crítica literaria y humanista. En algún sitio he dicho que tenemos que agradecer a la editorial Siruela el esfuerzo que viene haciendo desde hace años con la publicación en España de la obra de este pensador y crítico literario. Gracias a esta labor editorial han llegado hasta nosotros ensayos tan luminosos como “Pasión intacta” (1997), “Nostalgia del absoluto” (2001), “Lecciones de los maestros” (2004) o su propia autobiografía, a la que el autor puso el desafiante título de “Errata” (1998). Obras que han venido a unirse a otras más conocidas como “Tolstoi o Dostoievski”, “Presencias reales” o “En el castillo de Barba Azul”. Hace años que soy seguidor de la obra de Steiner. Cada vez que se publicaba un nuevo libro allí estaba yo devorando las páginas en las que siempre encontré reflexiones lúcidas y respuestas originales. Lo echaré de menos.
UNA OBRA PARA LA REFLEXIÓN Y EL PENSAMIENTO
La obra de George Steiner (París, 1929-Cambridge, 2020), Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, es una de las más apreciadas de la cultura contemporánea en el ámbito de las Ciencias Sociales y la Literatura comparada.
En el primer párrafo del primer capítulo del primer libro publicado por George Steiner (“Tolstoi o Dostoievski”), el escritor ya expone su idea de la que debería ser la crítica literaria: “la crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”.
George Steiner considera que los tres momentos culminantes de la historia de la literatura occidental fueron la época de Platón, los años de Shakespeare y la Rusia de Tolstoi y Dostoievski. La obra de Tolstoi, afirma Steiner, recoge el legado de la épica clásica de Homero (el mismo novelista comparó en alguna ocasión “Guerra y paz” con “La Ilíada”) y lo traslada a la Rusia del siglo XIX, en la que también se sitúan dos mundos enfrentados en una lucha mortal. Enfrentamiento que no es sólo el de las batallas sino también el que se lleva a cabo en el seno mismo de la sociedad. Por eso Steiner también califica de homérica “Ana Karénina”.
El último libro de George Steiner publicado en España, también por Siruela, lleva el título de “Fragmentos”. Para quienes no conozcan la obra de Steiner es muy recomendable acercarse a ella a través de esta lectura, ya que aquí resume casi todo su pensamiento en una serie de miniensayos sobre diversos temas que ocupan algunas de las preocupaciones del hombre contemporáneo y sobre las que el autor ha venido reflexionando a lo largo de su vida. Utilizando un viejo recurso literario, Steiner utiliza aquí los fragmentos legibles de un supuesto pergamino carbonizado encontrado en las ruinas de una villa de Herculano, atribuido a un moralista del siglo II d.C., un tal Epicarno de Agra. De este modo manifiesta sus afirmaciones acerca de los temas de los que trata y deja en suspenso las soluciones a otros con el argumento de que resultan ilegibles.
En “Fragmentos” Steiner vuelve a hablarnos en términos sintéticos de uno de los temas a los que se ha referido en otras ocasiones, el del misterio del genio y el talento. La creatividad de algunas personas geniales escapa al entendimiento, máxime cuando algunos de ellos (frecuentemente en el campo de las matemáticas, la música y el ajedrez) se dan en edades muy tempranas, incluso en la infancia. Para Steiner la falta de educación y la salud condicionan el desarrollo del talento, sobre todo en sociedades atrasadas, y confía en que con los años los avances de la tecnología y la civilización eliminen esas barreras. Sin embargo piensa que la situación no cambiará ostensiblemente porque concede también importancia a la genética y sobre todo a la cultura social para explicar el fenómeno: “Una mayoría incalculable de la humanidad elegirá ver telenovelas en vez de leer a Esquilo; hará del fútbol una religión global, y considerará el pensamiento abstruso como algo cómico y vagamente amenazante. ¿Y por qué no habría de hacerlo?. ¿Qué obra de arte, qué poema, qué hallazgo topológico ha logrado mantener el hambre a raya, hacer que la injusticia sea más soportable?”.
Para Steiner uno de los valores fundamentales del ser humano es el de la amistad, un sentimiento que adopta formas diferentes a lo largo de la niñez, la adolescencia, la edad adulta y la vejez. Su importancia en la vida del ser humano se impone incluso a la del amor, hasta el punto de convertirse en un valor antagónico a este. El de los valores antagónicos es uno de los temas que han ocupado una parte importante de la obra de Steiner. Así el problema de la existencia del mal y su presencia a lo largo de toda la historia de la humanidad, desde el crimen de Caín a los hornos crematorios del Holocausto. Esta inmanencia explica incluso el hecho de que proyectos nobles e ideales resplandecientes se convirtiesen en catástrofes, como el socialismo mesiánico que engendró el gulag. Así también el ser y el no ser o el misterio de la existencia de Dios, que Steiner a analizado a la luz de las filosofías de Tomás de Aquino, Descartes, Pascal, Leibniz, Kant, Hegel o Nietzsche. La conclusión de Steiner es ambigua: “Concediendo que hasta ahora ninguna prueba de la existencia de Dios ha resultado satisfactoria –no digamos ya concluyente-, ¿qué prueba tenemos de su no existencia?”.
Otros temas polémicos de nuestro tiempo han sido tratados en la extensa producción de George Steiner: el protagonismo del dinero y de las riquezas en la sociedad contemporánea, la belleza física, la salud, la desolación de la vejez, la muerte y el derecho a la eutanasia…
UN CONVERSADOR ENVIDIABLE
Asistí en 2001 a una multitudinaria rueda de prensa que George Steiner dio en una de las salas del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Más que una rueda de prensa fue aquella una lección magistral que nos dejó deslumbrados a los periodistas que la cubríamos. TVE podría emitirla tal cual fue grabada sin temor a que en ningún momento decaiga su interés.
“Un largo sábado” es el título de una extensa entrevista que la periodista y filóloga francesa Laure Adler hizo a George Steiner en 2014. El título alude al concepto que el Nuevo Testamento atribuye al sábado, el día siguiente a la muerte de Cristo y víspera de su resurrección: un día de espera. Es también un excelente documento para conocer la obra de Steiner porque a lo largo de la conversación surgen los temas que han ocupado su obra, a veces con nuevos enfoques y argumentos añadidos.
George Steiner admite que el gran fracaso de su obra intelectual es el de no haber dado con la respuesta a la pregunta que le ocupó toda su vida, la de la imposibilidad de que la cultura salve a la humanidad. No se trata sólo de que la cultura no impida las manifestaciones de violencia y de sadismo de los seres humanos sino al hecho de que ambos elementos se den simultáneamente en las mismas personas. Durante la barbarie nazi, señala Steiner, los mismos que por la noche oían a Schubert y a Mozart, por la mañana torturaban en Auschwitz, en Bergen-Belsen o en Majdanek. Decir que sólo podía darse en Alemania es un gran error. Lo hemos visto repetirse en Ruanda y en las guerras de Yugoslavia. En el momento de sentir cercana su propia muerte Steiner se lamenta de no haber encontrado una respuesta satisfactoria, y una duda lo tortura: “¿Es posible que tal vez las humanidades puedan volverle a uno inhumano?… Nos alejan de la vida, nos dan tal intensidad con la ficción que a su lado la realidad pierde color”.
Una de las presencias permanentes en la obra de Steiner es la de su condición de judío y sus relaciones con el judaísmo. Steiner no era creyente y se ha manifestado de forma muy crítica sobre las políticas contra los palestinos, por lo que ha sido declarado “persona non grata” en Israel. Ser judío, decía, es negarse a humillar o torturar al otro; es negarse a que el otro sufra por mi existencia. Fascinado por el misterio de la excelencia intelectual judía se plantea una serie de interrogantes: “¿Cómo se explica que el 70 por ciento de los premios Nobel de ciencias sean judíos? ¿Por qué el 90 por ciento de los maestros de ajedrez son judíos? ¿Por qué los judíos se reconocen entre sí en una esfera que es sólo la de la reflexión racional?”.
A lo largo de su obra Steiner abordó también los temas del lenguaje, el concepto de trascendencia, la amenaza del islamismo, la crítica al sicoanálisis y al arte conceptual (“A los que pretenden hacer gran arte poniendo unas botellas de orina en el suelo de la Tate Gallery les digo claramente: ¡sois unos gilipollas!”), al marxismo como un nuevo mesianismo judío, al capitalismo depredador (“hay quien pone a diez mil personas de patitas en la calle y se va con una prima de cinco millones tras haber arruinado la empresa o el banco que dirigía. ¿Es ese el ideal de libertad humana?”), y sobre todo hay que elogiar la defensa que siempre ha mantenido de la importancia de los libros en la cultura (“el hallazgo de un libro puede cambiar una vida”).
STEINER DE FICCIÓN
En un momento de la entrevista con Laurie Adler George Steiner se lamentaba de no haber conseguido una gran obra de ficción. Para él, sus novelas y sus narraciones cortas no eran sino relatos de ideas, de debates, de diálogos. Steiner calificaba su mejor novela, “El traslado de A.H. a San Cristóbal” (A.H son las iniciales de Adolf Hitler), como una meditación sobre el poder supremo y el hitlerismo. Se trata de una de las narraciones incluidas en la recopilación de la obra de ficción de George Steiner que la editorial Siruela ha publicado bajo el título “En lo profundo del mar”. En esta narración, ante las sospechas de que los restos calcinados encontrados en el bunker de Berlín no fueran los de Hitler (una hipótesis que se ha barajado por diferentes investigadores) Steiner imagina a un comando de cazanazis judíos en la selva de Paraguay localizando a un anciano que resulta ser el führer del Tercer Reich. El traslado desde la cabaña en la que vivió desde su huída de Alemania hasta la localidad de San Cristóbal, atravesando un territorio plagado de pantanos y aislado por selvas tupidas, es lo más logrado de una narración que trata de reflexionar sobre la maldad y sus causas. La tesis de la novela se desarrolla en las últimas páginas cuando, antes de entregarlo, el comando decide someter a A.H. a un juicio en el que se le da la palabra para que exponga los términos de su defensa. Su lectura puede levantar ampollas. Otras narraciones de Steiner también abordan el tema de la Segunda Guerra Mundial, como “No vuelvas”, “Dulce Marte” o “El pastel”, en las que condena todas las guerras: “Las guerras matan mucho tempo después de acabar”.

EL NUEVO PETRÓLEO

CÓMO INTERNET DOMINA LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA

 

La aparición simultánea de varios libros que hablan de cómo se controlan a través de internet el periodismo y las decisiones políticas, las culturas y las economías del mundo, debe servir para alertar a la sociedad y defender la independencia de los ciudadanos ante lo que ya se ha identificado como una nueva dictadura. Curiosamente dos de estos libros llevan en su título este término.
EL NUEVO PETRÓLEO
Durante la última mitad del siglo XX los procesos electorales se estudiaron minuciosamente por los equipos de campaña de los candidatos y por analistas de prestigio para conseguir el apoyo de los votantes. “Cómo se vende un presidente. Por qué ganó Nixon las elecciones presidenciales”, de Joe McGuinniss (Península, 1970) o “Elecciones por ordenador” de Perry Roland (Tecnos, 1986), fueron en su momento herramientas muy eficaces para conseguir votos y para cambiar las voluntades de votantes adversarios. A nadie se le ocurriría poner hoy en práctica esos métodos porque a pesar de que hace apenas un cuarto de siglo se aplicaban con éxito, se han quedado totalmente obsoletos frente a las nuevas técnicas. En “La dictadura de los datos” (Harper Collins), Brittany Kaiser cuenta cómo se llevan ahora las campañas electorales y cómo se utilizan los datos para conseguir resultados a veces sorprendentes.
“En la era digital, los datos son el nuevo petróleo”. Esta frase de Alexander Nix resume la importancia de disponer de un gran banco de datos para operar en todas las esferas de la vida contemporánea. Nix es el fundador de Strategic Communication Laboratories (SCL) y de Cambridge Analytica, en cuyo staff figuran nombres como Steve Bannon y los millonarios Robert y Bekah Mercer, cuyas actividades influyeron en algunas de las operaciones más importantes llevadas a cabo en los últimos años, entre ellas el Brexit y la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Lo hicieron gracias a arsenales de datos de un tamaño y un alcance sin precedentes (los Big Data) cuya utilización es capaz de hacer pensar, votar y actuar a los individuos incluso de manera diferente a como lo habían hecho hasta entonces. Y lo más sorprendente de todo esto es que somos los propios ciudadanos quienes facilitamos gratuitamente a esas empresas los datos con los que operan. Lo hacemos a través de las redes sociales, los wasaps, los movimientos bancarios, las compras online y todos los procedimientos que quedan registrados para que esas grandes empresas conozcan de una manera muy precisa los comportamientos de cada uno de nosotros y la manera de poder cambiar nuestras conductas. A través de la segmentación de la gente en función de sus personalidades y de sus preocupaciones se obtienen conocimientos suficientes para poder microfocalizar a los ciudadanos y aplicar los procedimientos más convenientes para obtener los resultados perseguidos. Los mensajes se elaboran a medida para cada persona según sus necesidades. Conociendo las motivaciones subyacentes de cada individuo en el momento de comprar un producto o de adquirir una determinada información, se obtienen las “palancas de persuasión” capaces de cambiar sus comportamientos. En relación con los votantes indecisos, por ejemplo, se pueden categorizar sicográficamente a esos votantes para utilizar el método más conveniente para convencerlos. Así pues, la gente no sólo vota el día de las elecciones sino que lo hace cada día con sus compras, con lo que hace con su tiempo libre, con sus clics, sus publicaciones, sus “me gusta” y sus tuits. Las empresas sacan beneficios millonarios de todos esos datos, que los ciudadanos no somos conscientes de estar regalando.
La base de datos de Cambridge Analytica llegó a tener toda la información personal de cada votante estadounidense, unos cinco mil puntos de datos de cada uno de los 250 millones de norteamericanos. Uno de los accesos era la red social Facebook, a través de la que llegaban a sus usuarios y a los amigos de cada uno de estos, a veces violando las condiciones de uso y las leyes de protección de datos.
Brittany Kaiser era una convencida demócrata que participó como voluntaria en la campaña de Barack Obama y que fue fichada por Alexander Nix para trabajar en el equipo electoral de las primarias del republicano Ted Cruz. Cambridge Analytica se ocupó simultáneamente de la campaña de Trump en el convencimiento de que éste nunca tuvo la intención de ganar las elecciones y por lo tanto no suponía una amenaza para Cruz. La caída de Cruz en la intención de voto hizo que todos los esfuerzos fueran trasladados a la campaña de Trump.
Tras los resultados del Brexit y el triunfo de Trump, Brittany Kaiser se planteó su trabajo en Cambridge Analytica y decidió denunciar los métodos utilizados para conseguir aquellos resultados: el miedo y los instintos más básicos, la manipulación, los procedimientos para enfrentar a unos ciudadanos contra otros… en fin, la creación de una herramienta despiadada, efectiva y, lo más peligroso para la democracia, expansible: “Había ayudado a construir la maquinaria y había sido testigo de cómo Trump, Facebook y el Brexit desbarataban la democracia delante de mis ojos colándose en nuestra vida digital para usar nuestros datos en nuestra contra”. Y escribió este libro cuya lectura resulta apasionante.
LA DICTADURA EN EL PERIODISMO
Son varias las causas que han incidido en la crisis de la prensa pero ninguna ha afectado de forma tan decisiva como la irrupción de internet en los años de tránsito entre los siglos XX y XXI. Aplicada a los medios de comunicación, se trata de la revolución tecnológica más influyente en la historia del periodismo. Por una parte internet ha puesto en manos de los profesionales una herramienta cuya utilidad ha superado a todas las que se utilizaban hasta el momento de su aparición en las redacciones de los periódicos. Pero al mismo tiempo ha supuesto el nacimiento de una competencia imprevista que ha obligado a cambiar todos los paradigmas en los que se basaba el periodismo tradicional para llegar con eficacia a sus lectores.
Bernardo Marín, periodista y experto en nuevas tecnologías aplicadas a la comunicación, ha analizado las consecuencias que ha supuesto para la prensa la aparición de internet y su aplicación a las redes sociales, así como los desajustes que ha traído consigo al mundo de la información periodística. En “La tiranía del clic” (Turner) hace un recorrido por las ventajas y sobre todo por los inconvenientes a los que se enfrenta el periodismo del siglo XXI en la era de internet.
Una primera premisa en la que se basa el análisis de la actual situación parte de la preocupación de los medios por conseguir mayores audiencias. El objetivo es legítimo y tampoco es nada nuevo, pues en todas las épocas la rivalidad entre los periódicos se ha basado en superar las tiradas y el número de lectores de la competencia. La diferencia ahora, en las publicaciones en internet, es que para conseguirlo se utilizan procedimientos de dudosa profesionalidad y de muy baja calidad periodística, hasta el punto de que con frecuencia se pueden calificar de fraudulentos. Para aumentar sus audiencias, estos procedimientos van desde la publicación de noticias falsas con oscuros intereses y objetivos desestabilizadores, a la propagación de listas tramposas y manipuladas sobre los más variados temas; de la introducción de elementos de espectacularización en las informaciones a la utilización de titulares como cebo para conseguir que el lector los “pinche”, aunque no lea los textos o, como ocurre con frecuencia, se frustre a causa de la falta de interés de la información que sigue a esos prometedores titulares. Y es que para la contabilidad de las audiencias no cuenta si se leen las informaciones, si se abandonan en las primeras líneas o si el lector ha quedado satisfecho con la información. Lo único que cuenta es el “pinchazo” porque de su número dependen los ingresos obtenidos a través de la publicidad, que acude a aquellos medios que registran mayor número de visitas, un procedimiento conocido como CPM (Coste por Mil Impresiones), que actualmente se tasa en unos diez euros. De este modo las redacciones, convertidas en máquinas de conseguir audiencias, priorizan la puesta en práctica de trampas para conseguirlo en lugar de centrarse en los contenidos. Como consecuencia, no sólo se pone en riesgo la calidad (incluso la veracidad) de las noticias, con su consecuente influencia en la opinión pública, sino también la independencia de los profesionales y de las empresas que, además de los poderes fácticos y de la publicidad, han de enfrentarse ahora también a las grandes compañías de medición de audiencias, que jerarquizan de manera decisiva la contabilización de las visitas a un medio, induciendo a la publicidad a anunciarse en él o a marginarlo del mercado.
Para superar esta situación crítica, el autor de “La tiranía del clic” propone sobre todo que el periodismo oriente sus esfuerzos a mejorar la calidad de las informaciones y a vigilar su veracidad. Y también a detectar aquellos asuntos que interesan a la gente y que pasan desapercibidos. Para el autor de “La tiranía del clic”, tampoco la limitación de la gratuidad para acceder a los contenidos ha resultado eficaz para aquellos medios que han decidido activarla en algún momento, porque al reducir sus visitantes también disminuyen sus ingresos por publicidad.

¿PERO HUBO UNA REVOLUCIÓN CULTURAL NAZI?

 

Un libro analiza los proyectos del nacionalsocialismo para cambiar la sociedad y la civilización de Alemania

 

Una expresión en boga, la de “revolución cultural”, hace que mucha gente se ponga en guardia cada vez que se utiliza para manifestar supuestos avances conseguidos por procedimientos revolucionarios. El ejemplo clásico es la llamada revolución cultural china, que supuso el exterminio de millones de personas y la dramática desaparición de un legado histórico irrecuperable. Ahora se acaba de publicar un libro titulado “La revolución cultural nazi” (Alianza editoral), de Johann Chapoutot, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de París-Sorbona. Por fortuna, el contenido de este lúcido ensayo quiere manifestar lo contrario de lo que su título sugiere: que en realidad lo que supuso el nazismo fue una verdadera contrarrevolución, un retorno a los principios de épocas pasadas cuyos planteamientos ya se habían superado ampliamente cuando los nazis llegaron al poder en la Alemania de 1933.
APROPIARSE LA FILOSOFÍA
Para el nazismo revolución no significaba proyección hacia un futuro sino regreso al origen. La revolución cultural nazi consistía en rehabilitar el concepto de hombre germánico de la antigüedad y aplicarlo a la Alemania contemporánea. Los orígenes culturales estaban en la Grecia clásica que, según el nazismo, era un pueblo cuyas ciudades habían sido fundadas por tribus de campesinos-soldados de origen germano procedentes del Norte. Fueron ellos los que dieron lugar a una civilización que es testimonio del genio de la raza.
La filosofía de Platón, según el nazismo, sería la más sublime expresión de ese espíritu nórdico que lucha por la regeneración de un pueblo amenazado por la mezcla con razas asiáticas. El combate de Adolf Hitler por la regeneración de la raza germana tendría ese mismo objetivo, el de volver a encontrar la cultura original de la raza nórdica, para lo cual había que proclamar la supervivencia biológica del pueblo alemán como imperativo absoluto, en detrimento de la de los pueblos sometidos.
Además de Platón, los nazis quisieron apropiarse de la filosofía de Kant para legitimar su revolución cultural. Para Chapoutot la nazificación de Kant es un contrasentido, ya que el filósofo de Königsberg difícilmente podía justificar las prácticas de un particularismo tan racial. Para Kant no se trata de actuar como alemán sino como ser humano universal no reducido por su pertenencia cultural y mucho menos racial.
CONTRA LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Para el nazismo los enemigos de la raza nórdica fueron también los revolucionarios franceses de 1789. Los nazis trataron de abolir los tres grandes principios revolucionarios: libertad, igualdad y fraternidad. Contra lo que llama fantasías e ilusiones de libertad, el nazismo mantiene que la única realidad que existe es la realidad biológica. Tampoco existe la igualdad puesto que en una jerarquización de las razas el hombre blanco estaría por encima de todas ellas. A los judíos ni siquiera se los considera una raza, sino un fenómeno de orden bacteriológico o viral. En cuanto a la fraternidad, si el nacimiento distingue a los individuos de buena raza de los demás, en esa buena raza sólo los competentes y productivos son dignos de vivir, por lo que sería una obligación liberar a la sociedad de enfermos hereditarios, incluso de niños afectados por patologías genéticas, de la misma manera que los espartanos arrojaban a los niños deformes desde el monte Tigeto, una norma propia de la raza nórdica que seguiría siendo válida dos mil años después. Con la abolición de los tres principios de la revolución francesa se recuperarían los valores de la raza germana, alienada por una aculturación judeocristiana y liberal. Los nazis mantenían que Alemania habría salido victoriosa de la Gran guerra si no hubiera sido por esta alienación.
LA SANGRE Y EL TERRITORIO
Uno de los temas en que los nazis basaban su proyecto era la humillación de Alemania a través del Tratado de Versalles impuesto tras la Primera Guerra Mundial. Como prolongación histórica para la aniquilación de Alemania, para los nazis Versalles era la continuación de Westfalia (1648) y Clemenceau el nuevo Richelieu. El objetivo de Versalles sería destruir la germanidad a través de la desaparición biológica del pueblo alemán y de su territorio. De ahí que las primeras iniciativas bélicas de los nazis fueran ocupar las tierras fértiles y abundantes que reclamaban como propias, de las que la historia les había privado.
En un capítulo dedicado al orden sexual, Johann Chapoutot analiza la pirámide social tras la Gran guerra y el pavor de los nazis ante la despoblación y la disminución de la natalidad. Entre otras medidas que tomaron para superar esa situación estaban la lucha contra el aborto y la homosexualidad, una legislación para favorecer la poligamia, los divorcios de matrimonios infértiles y el fomento de hijos ilegítimos, y la animosidad hacia los soldados que partían al frente para que dejaran fecundadas a sus parejas. Todas estas medidas tenían siempre como ley suprema la preservación de la raza. El trabajo de las mujeres tampoco era bien visto para quienes mantenían que su papel era el de procrear.
El profesor Chapoutot dedica uno de los capítulos a desautorizar la teoría que Hanna Arendt recoge en “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal”, que divulgó previamente en sus artículos para el New Yorker durante el juicio a Adolf Eichmann. Como se sabe, para Arendt, Eichmann era sólo un engranaje del nazismo, un funcionario que obedecía órdenes, sin motivaciones ideológicas, influido por el juramento de obediencia y la cultura autoritaria en la que había sido educado. Por el contrario, para Chapoutot, que expone una exhaustiva documentación al respecto, Eichmann era un asesino convencido, un criminal ideológico que suscribía plenamente los fines del nazismo, un combatiente fanático por la libertad de su sangre y de su raza.
Pese al fracaso del nazismo y a su derrota en la Segunda Guerra Mundial, la revolución cultural nazi cumplió parcialmente su labor convenciendo a mucha gente de que sobre las amenazas que pesaban sobre la raza y el territorio había que buscar soluciones para proteger la supervivencia de ambos. La pregunta que queda sin contestar es cómo fue posible movilizar a centenares de miles de personas con soluciones tan monstruosamente criminales como las que proponía el nazismo.

LOS SONIDOS DEL SILENCIO

 

Un ensayo recoge la historia del silencio desde el Renacimiento

En los núcleos urbanos contemporáneos apenas quedan ya reductos de silencio como los que en otras épocas gozaban los habitantes de villas y ciudades. El silencio es ahora un bien escaso, valorado, difícil de encontrar, buscado por quienes necesitan de espacios para la creación, la reflexión y la tranquilidad. Es en algunas ciudades de provincias donde aún es posible encontrar algunos de estos receptáculos de silencio. En “Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días” (Acantilado), el historiador francés y profesor de la Universidad de la Sorbona Alain Corbin se ha dedicado a estudiar cuál ha sido el papel del silencio a lo largo de los últimos siglos. Lo hace a través de grandes obras de la literatura y la filosofía, de la pintura y del cine (mudo pero también sonoro), en las que el silencio es un protagonista destacado.
DE LA ORACIÓN RELIGIOSA AL MINUTO DE SILENCIO
Tradicionalmente los reductos del silencio han sido las iglesias y las catedrales. En general los centros donde se establecen prácticas religiosas, ya sean del cristianismo, el hinduismo, el budismo o el taoísmo. Durante los siglos XVI y XVII el silencio era el requisito imprescindible para toda relación con Dios. San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola establecieron las reglas de la relación del silencio con Dios con expresiones como “la música callada”, “la soledad sonora” o “la noche oscura”, con el fin de captar mejor a Dios a través de “los oídos del alma”, que los cartujos y algunas órdenes monásticas llevaron a su máxima expresión. Aunque Kirkegaard afirme que Dios habla cuando calla, Corbin trata también aquí de “el silencio de Dios”, ese silencio que desata reproches ante las muertes, las catástrofes y las enfermedades, que cuestiona la fe y pone en duda Su misma existencia.
Fuera del dominio religioso o en sus márgenes, las bibliotecas, las cárceles, los hospitales, la casa (y dentro de ella la habitación como espacio íntimo por excelencia) han sido tradicionalmente los lugares donde el silencio se ha establecido unas veces como costumbre y otras como exigencia. A ellos se han unido instancias como las filas del ejército, en las que el silencio es un ritual, o las escuelas, donde se concibe como señal de respeto al maestro y requisito para la atención. También en las ruinas abandonadas, porque facilita la inmersión en el pasado que sobrevive a través de ellas. Recientemente se han unido otras formas de expresión: el “minuto de silencio” como homenaje o “la ley del silencio” que obliga a guardar un secreto.
La naturaleza, asegura Alain Corbin, es uno de los mayores receptáculos de silencios. El autor destaca los escritos de Leconte de Lisle, que ha reflejado en sus obras el silencio refulgente de los cielos, y de Mallarmé, quien ha destacado en algunas de las suyas el techo silencioso que forja la niebla. Saint-Exupéry dice que en el desierto reina un profundo silencio de casa ordenada, el mismo silencio, el del desierto, que para Chateaubriand es signo de la presencia infalible de Dios. Georges Rodenbach y Zola hablan del silencio de la nieve. Michelet destaca el silencio con que actúa la erosión. Chateaubriand, Victor Hugo, Walt Whitman y Gaston Bachelard recrean en algunas de sus novelas y poesías el silencio de la noche. Para Robert Walser el silencio del bosque es “un alma humana feliz”. Y Sully Proudhomme llega a afirmar que en el silencio de los bosques “se siente errar el alma del ruido”. Pero el escritor que más ha introducido en sus obras el silencio de la naturaleza es Henry David Thoreau, quien afirma que el sonido de los bosques es casi igual que el silencio. Para Thoreau sólo el silencio es digno de ser oído.
En el arte, el silencio es uno de los elementos más representados. Para Max Picard la misma imagen es “silencio que habla”. En otras épocas los espectadores dirigían a los cuadros una mirada de fervor, distinta a la mirada estética de los espectadores contemporáneos. Entre las obras que expresan e incitan a guardar silencio, se tratan aquí el “Cristo resucitado” de Piero della Francesca, “La Virgen de las rocas” de Leonardo da Vinci, “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich, “El Angelus” de Millet, “El nacimiento de Venus” de Bouguereau, “La isla de los muertos” de Arnold Böcklin, “El imperio de las luces” de Magritte… y toda la pintura de Rembrandt, que es, según el autor, una pintura del silencio.
A lo largo de las páginas de este libro se habla también del silencio en las relaciones amorosas y eróticas, donde hay más silencio que palabra (“los ojos de los enamorados dicen en silencio las únicas palabras que importan”. Baldassare Castiglione). Para Maeterlinck “lo que recordarás sobre todo de un ser al que has amado profundamente no son las palabras que ha dicho o los gestos que ha hecho sino los silencios que habéis vivido juntos”. Aunque el silencio también puede ser la manifestación de un amor que se ha apagado.
Como colofón, Alain Corbin termina con el que considera el más contundente y trágico de los silencios: “el que reinará cuando la Tierra esté muerta, cuando se consuma su disolución en el silencio, el día en que todo callará”.

LA CULTURA DE LO FEO

 

Un ensayo analiza la fealdad desde consideraciones ajenas a los modelos artísticos

 

En 2007 Umberto Eco publicó su ensayo “Historia de la fealdad”, continuación de otro aparecido unos años antes con el título “Historia de la belleza”. En la introducción Eco dejaba claro que los conceptos de belleza y de fealdad a lo largo de la Historia han dependido de los diferentes contextos, tradiciones y culturas en las que se sitúan las obras de arte a las que se refiere a lo largo de estos libros. Porque los dos ensayos del semiólogo italiano tratan exclusivamente de la belleza y la fealdad en el mundo del arte. Pero las consideraciones de Umberto Eco en estas obras mueven a reflexionar sobre lo bello y lo feo no sólo como categorías artísticas, sino sobre esa amplia gama de consideraciones que van de lo social y lo cultural a lo religioso y lo económico. También de cómo en la cultura occidental lo bello y lo feo han sido identificados con el bien y el mal, otorgando a las personas atributos internos según su belleza o su fealdad. Esto aún se mantiene con fuerza en el cine, donde los personajes positivos suelen ser guapos y los negativos casi siempre feos. Este tipo de reflexiones llevan a preguntarse, por ejemplo, por qué los nazis consideraban arte degenerado la estética del expresionismo alemán que impregnó la cultura europea de entreguerras, siendo uno de los movimientos estético-artísticos más valorados del siglo XX.
Partiendo también del mundo del arte, la profesora británica Gretchen E. Henderson aborda el cambiante concepto de fealdad desde parámetros extra-artísticos en su obra “Fealdad. Una historia cultural” (Turner), donde hace un recorrido por la historia y la evolución de este término, polémico en cuanto a su significado real porque varía de unas culturas a otras y de unas a otras épocas.
En Occidente el concepto de belleza obedece a un canon que tiene su origen en la Antigua Grecia, reforzado en el Renacimiento. De ahí que, añadida la condición cristiana de la sociedad europea, en el arte la belleza se identificase preferentemente con las representaciones religiosas y mitológicas. Con el Bosco y Goya ya se representaban escenas protagonizadas por seres feos y monstruosos pero el cambio estructural no se produjo hasta bien entrado el siglo XIX cuando artistas como Gustave Courbet comenzaron a pintar escenas de la vida cotidiana en las que incluían a personajes feos. En el XX Kandinski reivindicó la fealdad como alimento para la supervivencia del arte. Actualmente artistas contemporáneos han incluido en sus obras elementos como sangre (Phil Hansen), orina (Andrés Serrano), excrementos (Chris Ofili, Piero Manzoni), incluso cadáveres (Damien Hirst) para reforzar de forma material el feísmo de sus creaciones.
En este ensayo la profesora Henderson fija las nociones de belleza y de fealdad y su evolución a lo largo de la Historia, desde parámetros individuales y colectivos.
LOS PERSONAJES Y LOS GRUPOS
Julia Pastrana, una india mexicana que vivió entre 1834 y 1860, era conocida en su época como “La mujer más fea del mundo”. Formaba parte de un espectáculo itinerante que la exhibía como fenómeno de feria en Europa y América. Tenía una mandíbula prominente, su rostro era deforme y su cara y todo su cuerpo estaban cubiertos de pelo. Se casó con su agente, Theodore Lent, que vendió su cadáver y el de su hijo recién nacido (ella murió en el parto) a la Universidad de Moscú, aunque después los recuperó para exhibirlos embalsamados en museos, circos y parques de atracciones, un negocio que continuó en diferentes manos hasta la década de 1970, cuando pasaron a formar parte del Instituto de Medicina Forense de Oslo, que en 2012 los devolvió a México. Los casos de Julia Pastrana y Grace McDaniels (1888-1958), que también fue la “mujer más fea del mundo” de su época, son algunos de los que Gretchen E. Henderson trata en un capítulo de este libro dedicado a personajes reales y de ficción (como el Polifemo de Homero y la “Vieja grotesca” del cuadro de Quinten Massys) que pusieron las bases de lo que se considera fealdad extrema. Sin embargo, el concepto de feo en los casos de Pastrana y McDaniels hubiera tenido ya en su época una consideración distinta si se hubiera conocido, como hoy, que sus deformidades eran consecuencia de la enfermedad que padecían, una hipertricosis con hiperplasia gingival. El conocimiento por los espectadores de esta enfermedad hubiera provocado compasión en vez de las risas y las burlas que acompañaban a cada exhibición. Así ocurrió con aquellas personas que sufrieron heridas que deformaron su rostro durante la Primera Guerra Mundial, los gueules cassées o “caras rotas”, que desataron reacciones que los identificaban con el heroísmo, el sacrificio y el orgullo nacional y dieron lugar a una estética que impregnó el arte y la literatura de la época (una reciente novela de Pierre Lemaitre convertida en película, “Nos vemos allá arriba”, trata también el tema). Lo cual demuestra que lo feo refleja en muchos casos la perspectiva del observador más que las cualidades de lo observado.
De las consideraciones personales, Gretchen E. Henderson pasa a estudiar la fealdad como atributo de grupo, ya sea de clase, raza, género, sexualidad, nacionalidad u otras categorías sociales, a las que se convierte en chivos expiatorios a través de la consideración de feos. Estos presupuestos derivaron a veces a tratar como “malditos” a aquellos grupos que no compartían los mismos valores o que eran reputados como inferiores, como los negros. En una investigación conocida como “Test de los muñecos” los niños americanos calificaban de “feos” los muñecos de color negro que, por otra parte, eran idénticos a los de color blanco que les mostraban a la vez.
Gretchen E. Henderson termina su ensayo analizando cómo los sentidos condicionan la consideración de lo feo y lo bello. Cómo la vista influye en la diferente apreciación de Frankenstein por las personas que se asustan de su presencia porque lo ven y los que, como los ciegos, sólo lo juzgan por su voz. De qué manera un mismo sonido como el tema “Purple Haze” de Jimi Hendrix es música para unos mientras para otros es sólo ruido. O por qué el sabor de los insectos resulta exquisito para algunas civilizaciones.

ÁNGEL VALENTE. LA OBRA Y LA PALABRA

Se publica un ensayo sobre toda la obra del poeta y un libro con sus entrevistas

 

La cátedra Ángel Valente de Poesía y Estética de la Universidad de Santiago de Compostela y su director Claudio Rodríguez Fer vienen desarrollando una notable actividad en relación con la figura de Ángel Valente y la divulgación de la obra del poeta ourensano, como demuestran los tres volúmenes de la biografía intelectual “Valente vital”, ya reseñados desde estas mismas páginas. Ahora aparece “Valente infinito (Libertad creativa y conexiones interculturales)” (Universidad de Santiago de Compostela), donde Rodríguez Fer se aproxima a la obra de Ángel Valente desde una interpretación de su poesía, de sus ensayos y traducciones y de parte de la correspondencia que mantuvo con algunos de sus contemporáneos.
Rodríguez Fer califica a Valente como un “creador total” cuya obra está fundamentada en “la profunda asimilación de la tradición más canónica, de la heterodoxia más singular y de la vanguardia más disolvente”. Estudia Rodríguez Fer también en este volumen las conexiones interculturales de la obra de Valente a través de las interacciones y los intercambios que suponen el enriquecimiento mutuo para las culturas en contacto, en este caso las místicas cristiana y judía y su atención por el sufismo y la cábala, ya estudiadas también en el volumen tercero de la biografía citada, dedicado a las lecturas de Valente sobre estas culturas a raíz de las obras de su biblioteca personal.
Rodríguez Fer rastrea los orígenes y las influencias de la poesía de Ángel Valente, desde el magisterio formal de Quevedo y la poesía mística a la revisión de la tradición funeral clásica (pasar por la muerte para volver a la vida), que Valente expuso en los “Poemas a Lázaro”. Otros magisterios, como los de Hölderlin, Borges o Lezama Lima son objeto de un tratamiento en profundidad. También analiza la denuncia de lo falso y la revelación de lo oculto que Valente introduce en su obra poética, así como la forma de su poesía, en la que Valente utilizaba la técnica fragmentaria y “el permanente hacerse de la obra inacabada”.
La atención dedicada a la poesía de Ángel Valente ha marginado en parte su obra ensayística, una de las más serias y lúcidas de la cultura española. Sus artículos en revistas (“Índice”, “Cuadernos para el diálogo”, “Revista de Occidente”, “Ínsula”, “Triunfo”) y diarios (“Faro de Vigo”, “El País”, “ABC”, “El mundo”), así como sus aportaciones a publicaciones de ámbito iberoamericano (“Cuadernos Hispanoamericanos”, “Vuelta”) y de la emigración y el exilio (“Cuadernos del Ruedo Ibérico”, “A nosa Galiza”) han quedado como modelos de análisis de la actualidad política, económica y cultural española e iberoamericana del momento. Rodríguez Fer dedica en este volumen a estos ensayos la atención de justicia que se le ha venido negando.
En el epígrafe “El traductor transparente” Rodríguez Fer se ocupa de estudiar esta actividad valentiana, casi desconocida para sus lectores. Valente dominaba siete idiomas y tenía como ocupación profesional la de traductor en la Unesco. Sus traducciones de poetas de lengua no española eran más que un vuelco al castellano y se convertían en versiones literarias y poéticas de las obras que Valente acometía. Tradujo a poetas ingleses (Dylan Thomas, Keats, Robert Duncan), italianos (Eugenio Montale), griegos (Cavafis), franceses (Cioran, Jabès, Camus, Aragon), alemanes (Hölderlin, éste también al gallego)… y a veces documentos de compromiso con causas políticas o ideológicas que consideraba justas.
Uno de los capítulos de este libro está dedicado a la obra en idioma gallego de Ángel Valente que, aunque escasa, tiene el mismo nivel de calidad poética que su producción en castellano. Sus “Cantigas de alén” certifican la universalidad de su obra poética. El idioma gallego, que recuperó a través de los contactos con la emigración durante su estancia en Suiza, lo mantuvo siempre en conversaciones con sus paisanos y en las lecturas de los clásicos y contemporáneos gallegos, desde las cantigas de Afonso X a Rosalía de Castro y los vanguardistas Vicente Risco, Luis Pimentel, Manuel Antonio, Rafael Dieste…
Por último, resulta muy interesante la lectura de las cartas que Valente intercambió con poetas como Jorge Guillén y Octavio Paz, o el propio Rodríguez Fer y con escritores como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Los capítulos dedicados a los libros de Valente ilustrados por artistas (Tapies, Chillida) y fotógrafos (Antonio Gálvez, Jeanne Chevalier, Manuel Fauces) y el interés del poeta por la música (desde el folclore de Galicia y el jazz a la sinfónica y el flamenco) completan una visión panorámica de la obra de Valente, una visión susceptible de ser analizada desde otros postulados, como seguramente seguirán haciendo los responsables de la cátedra que nos ofrece esta obra singular.
SOSTIENE VALENTE
Claudio Rodríguez Fer es el autor de la entrevista más extensa que se incluye en “El ángel de la creación” (Galaxia Gutenberg), un libro que reúne algunas de las que Ángel Valente concedió a diversos medios. La generosidad de Valente facilitaba la comunicación con sus lectores a través de la entrevista (yo mismo le hice algunas para los telediarios de TVE), a través de las cuales el poeta aclaraba y profundizaba aspectos de su vida y de su obra, haciéndola más asimilable y comprensible. El poeta Andrés Sánchez Robayna, coordinador de este volumen (“el mejor poeta joven”, dice de él Valente en una de estas entrevistas), ha elegido como título el que la escritora Ana Nuño utilizó para la publicada en la revista “Quimera” en abril de 1998, en la que Valente cita la figura del ángel del cuadro de Paul Klee, con el que se identifica; un ángel que está siendo arrastrado hacia adelante por el viento del progreso mientras dirige su vista hacia atrás, hacia el origen.
El libro recoge 42 entrevistas ordenadas cronológicamente (de 1954 al 2000) publicadas en medios como “El País”, “ABC”, “Diario 16”, “La Vanguardia”, “Triunfo”, “Quimera”, “El Ciervo”, Televisión Española… y otros menos conocidos (“Espacio”, “Magazine litteraire”) en las que Ángel Valente repasa su trayectoria y aclara muchos aspectos de su teoría poética. Inevitablemente se repiten algunas de las afirmaciones que Valente hacía a sus interlocutores, como sus años de exilio, la identificación entre mística y poesía, el rechazo a pertenecer a una determinada generación o grupo poético o las relaciones de su poesía con la pintura, la música y la fotografía. Pero es un placer leer (o releer después de tantos años) estas entrevistas, que ofrecen al lector nuevos argumentos y le proporcionan nuevas dimensiones para entender y penetrar en la obra de Valente.