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MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA DE EUROPA

 

El periodista Guillermo Altares recorre el continente a través de acontecimientos de su historia y de su cultura

La idea central que preside este libro del periodista Guillermo Altares (“Una lección olvidada”. Tusquets) es la de que a pesar de la diversidad y de las diferencias entre los territorios que integran Europa, existe una tela de araña de fuertes lazos tejida entre sus habitantes y sus culturas, una atracción forjada a lo largo de la historia, que hace que esa unión sea indestructible. Para Altares el proceso de la unidad europea iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de las fronteras, la utilización de una moneda única y la búsqueda del bien común, ha sido lo mejor de nuestra historia reciente como europeos. Por eso, desde el prólogo de este libro, nos recuerda aquella frase de Víctor Hugo en la que el escritor francés afirmaba que una guerra entre europeos es siempre una guerra civil.
DE LAS CAVERNAS A LA GUERRA DE YUGOESLAVIA
Teniendo como objetivo esta premisa, “Una lección olvidada” es un viaje por algunos acontecimientos de la historia que muestran esos vínculos, que se han reforzado a pesar de los problemas a los que Europa ha tenido que enfrentarse a lo largo de los siglos. Desde las cuevas prehistóricas a los conflictos de la antigua Yugoeslavia, la historia de Europa ha sido una sucesión de acontecimientos que han forjado la personalidad de un continente que vive en la actualidad el periodo más evolucionado de su historia. El recorrido se inicia en la cueva prehistórica de Chauvet, descubierta en 1994, cuyas fascinantes pinturas rupestres, de una antigüedad de 36.000 años, muestran un arte que se identifica tanto con Altamira como con la contemporaneidad, teniendo en cuenta el dato de que entre Chauvet y Altamira existe mayor distancia temporal que entre Altamira y el siglo XXI.
Uno de los aspectos que se destacan en este libro es el de la superación, en la época actual, de la violencia, que fue una presencia histórica permanente en el continente, “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores”, en palabras del autor. Una violencia que ya estaba hace 5200 años en el hombre de las nieves, la momia de Ötzi encontrada en 1991 y que demuestra que también la prehistoria fue un periodo convulso. Una violencia que continuó en el mundo antiguo con las guerras de Troya y el Peloponeso y las conquistas del imperio romano, que se prolongó en la Edad Media con las invasiones de los pueblos bárbaros y los vikingos y después con las guerras de religión, las cruzadas y las persecuciones contra heterodoxias religiosas como la de los cátaros, se extendió a través de los episodios de terror desatados durante la Revolución Francesa y las matanzas de la Comuna de París, hasta ensangrentar el siglo XX durante la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el Holocausto y las represiones derivadas de los sistemas totalitarios que se instalaron en suelo europeo… hasta alcanzar los últimos conflictos de la guerra de Yugoeslavia hace apenas veinte años. A estos episodios dedica Guillermo Altares los 20 capítulos de este libro excepcional.
Pero frente a esta violencia, en Europa se ha manifestado también una unidad cultural que la salva de una radical condena histórica. El legado de Grecia y Roma, los mundos bizantino y árabe, la arquitectura religiosa que dio lugar a las catedrales, las obras de Caravaggio, la Ilustración, el arte y la literatura de los siglos XIX y XX… encierran en las manifestaciones de la diversidad de los países del continente una innegable urdimbre europeísta. De estas manifestaciones habla también este libro, uno de cuyos méritos son las citas bibliográficas que incitan a la lectura de los textos que las documentan.

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OTRA BIOGRAFÍA DEL GRAN SAMUEL JOHNSON

Si hay un personaje sobre el que vale la pena proyectar una mirada intensa y minuciosa, tanto por su personalidad desbordante como por su obra literaria y ensayística, ese es Samuel Johnson (1709-1784), considerado como el intelectual inglés más importante del siglo XVIII. Dramaturgo, poeta, novelista, crítico literario, fue autor, entre otras obras, del primer “Diccionario histórico de la Lengua Inglesa” y del mejor prólogo a los ocho volúmenes de las Obras Completas de Shakespeare. Así lo entendió James Boswell, quien le dedicó en 1791 una extensa biografía de 2.000 páginas, “Vida de Samuel Johnson”, publicada en España por Acantilado y por Espasa Calpe, considerada como la primera biografía moderna, una obra que con el tiempo se ha convertido en un hito en la historia de la literatura y en un modelo para historiadores y biógrafos. Ahora, con el mismo título que la de Boswell, Gatopardo Ediciones publica la que en 1961 le dedicó a Samuel Johnson el italiano Giorgio Manganelli.
LA FORJA DE UN LITERATO
Johnson abandonó en 1737 su pueblo natal de Lichfield y la librería de su padre para buscar la gloria en un Londres donde el triunfo había que conquistarlo a fuerza de mucho trabajo y grandes sacrificios. Manganelli comienza su biografía sobre Samuel Johnson en este momento en el que el escritor, de 28 años, salió de Lichfield en compañía de su amigo David Garrick. Ambos perseguían la fama y el triunfo, uno en la literatura y el otro en el teatro. Ambos lograron sus cometidos, Johnson como escritor de éxito y Garrick en los escenarios, donde llegó a ser el actor inglés más popular y el mejor intérprete de Shakespeare. En 1737 los dos amigos se encontraron con un Londres superpoblado donde la miseria y la suciedad invadían todos los espacios y donde la delincuencia campaba a sus anchas en unas calles en las que abundaban las peleas, las pendencias y los linchamientos mientras la viruela, la disentería y el tifus diezmaban cíclicamente a una población empobrecida. Había también un comercio floreciente, pero generaba una riqueza mal repartida. Para Johnson era, sin embargo, una ciudad ideal porque le proporcionaba la oportunidad de conocer los mejores linajes y las casas más ilustres al tiempo que la ocasión de confraternizar con los pobres y escuchar los lamentos de los desposeídos. Él conocía bien la pobreza porque la había padecido durante los primeros meses de su estancia en Londres, lo que le hizo mantener durante toda su vida una férrea solidaridad con los más desfavorecidos. Londres, además, le daba la libertad que no existía en ningún otro sitio de Inglaterra y le ofrecía las compañías con las que le gustaba compartir su vida: hombres y mujeres de cualquier condición social y moral, desde prostitutas y libertinos hasta intelectuales y hombres poderosos con los que se encontraba en cafés y tabernas. Para sus relaciones con el mundo de la cultura prefería los cómodos salones del Literary Club o la tertulia que reunía una vez por semana en la taberna Turk’s Head a gentes como el escritor Oliver Goldsmith, el filósofo Edmund Burke, el historiador Edward Gibbon, el pintor Joshua Reynolds y a sus amigos Boswell y Garrick. En un Londres inmerso en el ambiente que Charles Dickens recrearía más tarde en sus novelas, a Johnson se le puede considerar como el primer héroe de la cultura de masas. Admirado por gentes de toda condición, su figura y su obra divertían y generaban admiración al mismo tiempo que sobre su figura se inventaban espectaculares leyendas apócrifas que se mezclaban con episodios de su vida real. Carlyle lo entronizó en su “Tratado sobre los héroes” como ejemplo de literato por antonomasia. Harold Bloom mantiene que Johnson es a Inglaterra lo que Goethe a Alemania y Montaigne a Francia. En su época Johnson estaba considerado como el hombre que más libros había leído de toda la Gran Bretaña.
UN PERSONAJE ATRABILIARIO
Samuel Johnson era persona de mal asiento. Residió en veinte sitios diferentes durante los 50 años de su vida en Londres, casi siempre en casas de amigos y conocidos, incluso con su mujer. Escribió obras que fueron leídas en todo el continente europeo: la serie de críticas literarias “Vida de los poetas”, el drama “Irene”, la novela “La historia de Roselas, príncipe de Abisinia”, además de infinidad de artículos para “The Rambler”. De aspecto corpulento y poco agraciado físicamente, caótico y desordenado, excéntrico, misógino, contradictorio y maniático, siempre mal vestido, se rodeaba de una variopinta caterva de amigos, entre ellos el estrafalario poeta Richard Savage, de quien escribió una espléndida biografía. Algunos de sus mejores amigos fueron los escritores Derrick y Floyd, dos talentos fracasados que vivían prácticamente en la calle. También Tophan Beauclerk, un libertino de quien Johnson dijo en cierta ocasión que era “un cuerpo todo vicios y un alma toda virtudes”. Y sobre todo James Boswell, que estuvo a su lado desde que se conocieron el 16 de mayo de 1763 en la trastienda de una librería que regentaba en Covent Garden el actor Thomas Davies (Johnson tenía entonces 53 años y Boswell 22) y que siguió minuciosamente sus correrías, lo acompañó a tertulias y reuniones con los personajes más variopintos, frecuentó con él tabernas y tugurios y vivió a su lado sus éxitos y sus fracasos. Dice Giorgio Manganelli en esta biografía que si Boswell no hubiera transcrito sus diálogos y reconstruido su vida prácticamente día a día desde que se conocieron, la imagen de Samuel Johnson no sería la misma que hoy tienen de él todos quienes le admiraron y le admiran. Destaca también Manganelli los frecuentes accesos de tristeza y de melancolía que sufría Johnson, la angustia que invadía su alma ante el temor infinito no tanto a la muerte como al castigo divino a la eternidad del infierno. La muerte le producía una fascinación a la vez horrorizada e iluminadora hasta el punto de considerar la vida como un intento permanente de evitar pensar en ella. Murió el 13 de diciembre de 1784 a los 75 años en ese Londres al que tanto amó y que tanto le debe.

IDEOLOGÍAS POLÍTICAS EN LA CULTURA DE MASAS

 

Varios libros analizan la cultura del siglo XX en relación con las ideologías que la promovieron

 

La cultura es siempre portadora de valores ideológicos, ya sea de una manera explícita o implícita. En algunos casos se trata de obras directamente propagandísticas que no sólo no encubren su ideología sino que la manifiestan expresamente para conseguir mayor difusión. En otros la ideología sólo se percibe a partir de la lectura simbólica de un producto cultural cuyo envoltorio es el entretenimiento. Una interpretación extrema es la que atribuye a todos los productos culturales, incluso a los más inocentes, una intencionalidad ideológica al considerar que el entretenimiento impide que los receptores piensen en los asuntos que realmente interesan. Se trataría de transmitir la ideología dominante a través de la cultura utilizando los medios de comunicación, con el fin de conseguir un mayor control social. Herbert Schiller afirma en “Manipuladores de cerebros” que los media construyen una imagen de la sociedad que no responde a la realidad pero que presentan como un fiel reflejo de la misma, con lo que las personas buscan adecuar sus conductas a esa imagen. En todos estos casos es en la cultura de masas donde la ideología tiene una mayor presencia. Un libro reciente, “Ideologías políticas en la cultura de masas” (Tecnos), coordinado por varios profesores universitarios, aborda los contenidos ideológicos en productos culturales como el cine, el comic, la música pop, los best-sellers o la televisión.
EL CINE COMO VEHICULODE IDEOLOGÍA
De todos los productos culturales es el cine el que tiene un mayor impacto sobre la sociedad. En el cine, además, el discurso indirecto es más persuasivo que el directo. Los autores son conscientes de esta cualidad y dedican la mayor parte de su estudio a analizar los contenidos ideológicos de este medio, desde las producciones pioneras del cine fascista de Leni Riefenstahl, que exaltaba los valores de Hitler y el nacionalsocialismo; el cine comunista de Eisenstein y el supremacista de Griffith, hasta las actuales películas imperialistas del ciclo Rambo, las del compromiso socialista del cineasta finlandés Aki Kaurismaki o las del neoliberalismo conservador de “La rebelión de Atlas”, el ciclo de películas basado en el best seller de Ayn Rand “Atlas Shrugged”. Los valores del ecologismo se estudian a través del análisis de la película “La selva esmeralda”.
El libro aborda también los mecanismos de transmisión ideológica de otros productos culturales, como el liberalismo progresista en el comic de la serie Capitán América, donde se critican los excesos del capitalismo y la libertad de mercado; la transmisión de la ideología comunista y los modelos de comportamiento de los ciudadanos de la sociedad soviética en la literatura juvenil de Arkadi Gaidar; el discurso anarquista en la música y las letras de los grupos punk españoles Eskorbuto y Aviador Dro. Del medio televisión se estudian los mensajes feministas de la serie “House of Cards” y el nacionalismo en “The Newsrooms” y “Americans”. Y en internet, el fenómeno del fundamentalismo religioso evangélico a través de las redes sociales y las grabaciones en You Tube del peruano “El niño predicador”, cuyos mensajes en defensa del creacionismo y la condena al darwinismo, la homosexualidad, el aborto o el divorcio han creado una importante corriente de seguidores de un fenómeno a tener en cuenta.
Quienes mejor han estudiado los contenidos ideológicos en la cultura de masas fueron los filósofos de la Escuela de Frankfurt, que utilizaron el vocablo seudocultura para definir aquellos productos culturales convertidos en mercancía y sometidos a las leyes del mercado.
LA ESCUELA DE FRANKFURT Y LA CULTURA
Durante los años de la República de Weimar en Alemania, en vísperas de la llegada de Hitler al poder, un grupo de filósofos fundó en la ciudad de Frankfurt el Instituto de Investigación Social, dedicado fundamentalmente al estudio del marxismo y de sus repercusiones políticas y sociales. Su obra ha quedado para la posteridad como uno de los análisis más lúcidos sobre los problemas de la sociedad capitalista y la cultura del siglo XX. Max Horkheimer, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Leo Löwenthal, Félix Weil, Gershom Scholem, Eric Fromm, Friedrich Pollock… fueron los fundadores de lo que se conoce como la Escuela de Frankfurt (la ciudad de Frankfurt era entonces uno de los más activos focos culturales de Europa), cuyo pensamiento tuvo continuidad en una nueva generación a la que pertenecen Jurgen Habermas, Claus Offe y Axel Honneth. Sus críticos los acusaban de elaborar propuestas teóricas sin implicarse en la acción práctica para desarrollarlas. En este sentido György Lukács decía que estaban alojados en un hotel con vistas a un abismo vacío. Esta definición fue adoptada por Stuart Jeffries para titular su libro “Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt”, recientemente editado por Turner.
LA CULTURA DE MASAS Y EL MARXISMO
El Instituto nació sobre dos contradicciones. Por una parte, ideado para la crítica al capitalismo, su financiación corrió a cargo del padre de Felix Weil, que desembolsó fondos familiares para una institución que supuestamente iba a teorizar el derrumbe del sistema que lo había hecho rico. Por otra parte sus fundadores procedían de familias judías de la alta burguesía, que en un principio se rebelaron contra la clase social de sus padres. Benjamin denunció estas contradicciones: marxistas sin partido, socialistas dependientes del dinero del capital, beneficiarios de una sociedad contra la que luchaban.
Tras una primera etapa de ortodoxia marxista para el estudio del socialismo y el movimiento obrero, con la llegada de Horkheimer a la presidencia en 1930 el Instituto se transformó en un centro multidisciplinario abocado al revisionismo marxista y a incorporar los hallazgos del sicoanálisis de Freud a la crítica de los mecanismos del control ideológico del capitalismo, un neomarxismo considerado herético por la URSS, a la que en algún momento estos filósofos calificaron de dictadura disfrazada de democracia popular y definieron como una burocracia totalitaria que había distorsionado la filosofía de Marx.
Los filósofos de Frankfurt denunciaron la explotación del trabajo según el modelo fordista, que convertía a los seres humanos en máquinas y a la cultura y al arte en productos de consumo de masas, de modo que, mientras el capitalismo los controlaba durante las horas laborables, la industria cultural lo hacía en las horas de ocio. En otras palabras: existe una continuidad entre el tiempo de trabajo y el de ocio que a medida que las posiciones de la industria cultural se hacen más sólidas y estables más influyen sobre las necesidades del consumidor, dirigiéndolas y disciplinándolas. Así, la Teoría crítica (nombre con el que se conoce su filosofía) afirma que en el tiempo de ocio el consumidor de los productos de la industria cultural recibe el mensaje apologético de una sociedad alienante, un mensaje que no llega a percibir porque se oculta tras un esparcimiento de gratificación.
Para promover una cultura que formara parte de la revolución que iba a liberar las mentes de los oprimidos, estos pensadores estudiaron todas las manifestaciones de la cultura de masas, desde los horóscopos hasta la fotografía, el cine, la publicidad, la radio, la naciente televisión y la música de jazz, con el fin de negar el consumismo como forma de realización (compro, luego existo). Al contrario que Adorno, Benjamin tenía esperanzas en el potencial liberador y revolucionario de algunas manifestaciones de la nueva cultura como el jazz, la música grabada y el cine, y vio en la reproducción mecánica una forma de emancipación de la dependencia que la cultura tenía en relación con espacios de culto como museos o salas de conciertos, de acceso privilegiado para unos pocos. Los medios de comunicación serían los mejores instrumentos para divulgar esa nueva cultura en vez de promover los productos de la industria cultural.
EL FASCISMO Y LA PERSONALIDAD AUTORITARIA
El triunfo del nacionalsocialismo en 1933 aplastó la Escuela de Frankfurt hasta el punto de reducir a ruinas el edificio que albergaba sus instalaciones, y sus promotores tuvieron que abandonar el país. Primero en Ginebra, más tarde en París y finalmente en la Universidad de Columbia en Nueva York, continuaron con sus investigaciones, que se orientaron entonces al estudio de las causas del fascismo y de la personalidad autoritaria en la ciudadanía alemana (lo que Fromm llamó el miedo a la libertad), que había propiciado la llegada de Hitler al poder. En “Dialéctica de la Ilustración” Adorno y Horkheimer quisieron demostrar que fue la razón (como en el cuadro de Goya “El sueño de la razón produce monstruos”) la que había conducido a Auschwitz: el nazismo, según los autores, afianzó el horror a través de una barbarie que había sido “racionalmente organizada”. En vez de progreso, resultó que la Ilustración había traído barbarie y violencia. Ahora la cultura de masas, a través de su fuerte capacidad de persuasión y manipulación, sería el proceso a través del cual se estaban transmitiendo los valores de un nuevo nacionalsocialismo: “Tanto la cultura de masas como la propaganda fascista -escribió Adorno- satisfacen y manipulan necesidades de dependencia promoviendo actitudes convencionales, conformistas y de satisfacción”.
Finalizada la guerra, en 1951 volvieron a Frankfurt algunos de los exiliados para continuar su labor (Horkheimer, Pollock, Adorno) mientras otros (Marcuse, Fromm) decidieron permanecer en los Estados Unidos. En los años sesenta, durante las movilizaciones contra la guerra del Vietnam y los acontecimientos del mayo del 68 en París, Berkeley y Berlín, Horkheimer y Marcuse se enfrentaron en relación con las actitudes de algunos movimientos estudiantiles a los que Horkheimer comparó con los totalitarismos nazi y comunista y Habermas llegó a calificar de “fascismos de izquierda” mientras Marcuse los defendía. Los críticos de la Escuela de Frankfurt acusaron a sus filósofos de apuntalar el sistema que afirmaban combatir, lo que abocó a la Escuela a replantearse sus presupuestos. En este sentido la obra de Habermas sería la más representativa del periodo actual.

“LOLITA”, REVISITADA

La novela de Vladimir Nabokov es sometida a nuevas miradas a la luz del feminismo
El protagonismo de los movimientos feministas en estos primeros meses de 2018 y la denuncia de delitos de acoso sexual a cargo del movimiento #MeToo, a raíz del caso del productor Harvey Weinstein, han devuelto a la actualidad algunos episodios que permanecían enterrados o casi en el olvido. Se ha vuelto a hablar del supuesto delito de pederastia de Woody Allen, se recrudece el caso de la violación de una menor a cargo de Roman Polansky, se han destapado nuevos casos de acoso sexual protagonizados por personajes del mundo de la farándula, desde Kevin Spacey a Dustin Hoffman, todos posiblemente necesitados de una revisión a la luz de nuevos datos y consideraciones. Menos oportuna parece la exigencia desde ciertas instancias feministas de prohibir “por machistas”, como textos escolares, las obras de autores como Javier Marías, Arturo Pérez Reverte o ¡atención! Pablo Neruda. Aprovechando la marea abierta por iniciativas progresistas para volver sobre las relaciones entre la moral y el sexo, algunas propuestas parecen retrotraer a la sociedad a épocas en las que los gustos estaban dictados por una censura inquisitorial que decidía aquello a lo que se podía tener acceso en el mundo de la cultura. En la actualidad la persecución a obras de arte relacionadas con la moral y el sexo está alcanzando cotas verdaderamente inquietantes, como el caso de la reciente retirada del Museo Metropolitano de Nueva York del cuadro de Balthus “Teresa soñando”.
CON ELLA LLEGÓ EL ESCÁNDALO
Otro episodio polémico en la aplicación de lo políticamente correcto a una obra cultural es el de “Lolita” de Vladimir Nabokov, la novela que provocó uno de los mayores escándalos literarios en la sociedad puritana de los años 50 del siglo XX a causa de la moralidad de su trama y de sus protagonistas (antes de su publicación había sido rechazada por cinco importantes editoriales norteamericanas por miedo a la censura). “Lolita” ha vuelto a ser sometida estos días a la crítica desde estos nuevos presupuestos revisionistas. Está muy clara la intención de Nabokov de provocar la polémica desde el momento en que, desde el principio de la novela, sitúa al protagonista, Humbert Humbert, ante un jurado que va a decidir sobre su moral: en realidad el jurado somos nosotros, los lectores. Y aunque a lo largo de la novela por momentos nos seducen sus declaraciones, Nabokov siempre deja claro que se trata de un asesino y un violador. Lo que hace Nabokov es penetrar con absoluta maestría en la sicología y en la mente enferma de un personaje lleno de contradicciones, culto, atractivo, seductor, que se ha fabricado minuciosamente las circunstancias de una cartografía en la que desarrollar sus obsesiones perversas.
Quiero dejar constancia que para mí “Lolita” es una de las grandes novelas del siglo XX, no por su temática –o no sólo por ella- sino por los grandes valores literarios que ha supuesto para la narrativa contemporánea y por la denuncia de los vicios de la sociedad norteamericana: la hipocresía, la pérdida de valores, la decadencia de la vida de provincias, la debilidad del matriarcado. Para la escritora Laura Freixas, que no niega la calidad de la novela, sin embargo “Lolita” es antes que nada una historia de violencia ejercida por un hombre contra una mujer, sin que haya que considerar si la intención de Nabokov fue la de denunciar precisamente esa violencia (“no analizo las opiniones del ciudadano Nabokov -dice la escritora- sino la novela, fuese cual fuese la intención consciente de su autor”). Según Laura Freixas la calidad de la novela hace olvidar a sus lectores que está mal violar niñas. Otra escritora, Lola López Mondéjar, autora de “Cada noche, cada noche” (Siruela), asegura que “Lolita” es una apología del delito porque lo que cuenta es un abuso, una historia de sexualidad machista y de dominio, cuyo fin es enmudecer a la niña, a la que se demoniza y culpa del deseo sexual de Humbert Humbert, que es además su padrastro. El crítico Robertson Davies llegó a afirmar, en efecto, que el tema de “Lolita” no es la corrupción de una criatura inocente por un adulto sino “la explotación de un adulto débil por una criatura corrupta”. Freixas y Mondéjar manifiestan lo que ya en los Estados Unidos escribieron no hace mucho críticas como Maya Mutter y Sarah Herbold, y que es una constante desde la aparición de la novela.
¿UNA HISTORIADE AMOR?
Acertó Brian Boyd en el capítulo de la biografía de Nabokov dedicado a “Lolita” (“Los años americanos”. Anagrama) cuando dice: “Lolita nunca dejará de escandalizar. Oscilando frenéticamente de emoción en emoción, nos desequilibra línea tras línea, página tras página. Estudio de un caso de abuso sexual, también consigue, contra todas las expectativas, ser una apasionante y conmovedora historia de amor”. Es esta última afirmación lo que niegan quienes descalifican ahora la novela a la luz de la moral. No puede ser una historia de amor, dicen, la relación entre una niña y un adulto que la somete sexualmente utilizando la violencia. “Lolita” no es, en efecto, la historia de un amor correspondido en el plano sentimental (aunque en los primeros encuentros con Humbert Humbert Lolita dice estar enamorada locamente de él, cosas de niña) sino la del amor por una niña de un hombre pervertido, un amor que permanece a través de los años. Desde el memorable principio de la novela (“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”) hasta el final, cuando tiene lugar el reencuentro (ella ya está casada y se niega a seguirle), Humbert Humbert sigue manteniendo ese amor: “La miré y la remiré y comprendí, con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada en este mundo”. Se trata de un amor que sólo existe en la mente de un hombre, un amor que no puede ser comprendido por nadie más, pero amor al fin y al cabo. En mi opinión los errores sobre el mensaje que transmite la novela en este sentido provienen de hacer una lectura de “Lolita” como si fuera una novela de amor antes que un viaje a la mente de un sicópata. Como escribió, hablando de “Lolita”, Guillermo Cabrera Infante (quien por cierto relacionaba a la protagonista de la novela con el cuadro citado de Balthus, que, cosas de la vida, era el pintor preferido de Nabokov), “pocos libros han sido tan humanos”.

PASCAL QUIGNARD. EL HOMBRE Y EL ESCRITOR

Se publican en dos volúmenes todos sus “Pequeños tratados”
En la década de 1980 Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) era ya un personaje respetado y muy popular en el panorama de la cultura francesa del siglo XX. Había publicado varios ensayos y una novela, “El lector” (1976), una de las cumbres de la literatura francesa del último cuarto del siglo XX. Su pasión por la música (era un violonchelista y organista muy apreciado) y sus investigaciones en este campo le llevaron a fundar el Festival de Ópera de Versalles y a escribir el guión de la película “Todas las mañanas del mundo” (la banda sonora es de Jordi Savall), un film que con los años se ha convertido en una verdadera obra de culto.
Había sido alumno de Lévinas y Lyotard en la Universidad de Nanterre y vivió como estudiante la revolución del mayo del 68 al lado de su compañero de curso Daniel Cohn-Bendit, con quien había leído a Derrida, Lacan y Foucault. En 1994 decidió retirarse de sus cargos en la editorial Galimard y en el Festival de Versalles para dedicar todo su tiempo a escribir. Y efectivamente, desde entonces es uno de los más prolíficos autores franceses (algún año ha publicado hasta cinco títulos), galardonado con los prestigiosos premios Goncourt en 2002 y el André Gide el año pasado.
En 1977 ya se había retirado parcialmente para escribir lo que dijo que sería la gran obra de su vida, y en 1980 reapareció anunciando la inminente publicación de los siete tomos que ocupaban aquel trabajo. Sin embargo tuvo muchas dificultades para encontrar un editor y hasta 1991 no llegaron a publicarse íntegramente. Aquella obra, “Pequeños tratados”, llega ahora a nuestro país de mano de la editorial Sexto piso, que la publica completa en una caja de dos volúmenes.
UNA OBRA SIN GÉNERO
No es raro que en principio nadie se atreviese a publicar una obra inclasificable, sin estructura, de contenidos versátiles de difícil comprensión para el lector medio, de sintaxis complicada, llena de reflexiones sobre los aspectos filosóficos y culturales más diversos, de una desbordante erudición y que a veces se parece a un tratado sobre las lenguas y los libros y otras a una sucesión de pensamientos entre la greguería, el aforismo, la improvisación y la ironía (“espero ser leído en 1640”). El mismo autor los define como “argumentos desgarrados, contradicciones, aporías, vestigios…”.
Dice Pascal Quignard en uno de estos tratados que quien lee o escribe debe arrojarse a los libros a cuerpo descubierto. Por eso, lo mejor para gozar de la escritura de Quignard es dejarse envolver por su prosa, dejarse llevar por el torbellino de metáforas, alusiones, epifanías, curiosidades, pequeños relatos y fragmentos (reales y de ficción) y agudas reflexiones que son estos tratados; navegar en medio del viento envolvente formado por las palabras de unos textos insólitos a veces sorprendentes, otras contradictorios y siempre fascinantes, plagados de una erudición que recorre la historia de la cultura desde sus orígenes, y de citas que reflexionan sobre el tiempo y la vida (“toda cita es una etopeya: hace hablar al ausente”). Como Borges, Quignard se siente más lector que escritor, aunque afirma que ambos son caras de una misma moneda porque uno y otro están fascinados por el silencio y la soledad, que son propios de la lectura y de la escritura. Estos “Pequeños tratados” son una verdadera invitación a la lectura porque, como dice Quignard, “el libro es un pedazo de silencio en manos del lector… bajo la forma de libro la palabra entra en contacto con el silencio”. Y también un canto a la vida porque “ninguna divinidad se complace con mi impotencia y mi pena”.

VARGAS LLOSA RESPONDE

Una pregunta que los lectores y los seguidores de la trayectoria intelectual de Mario Vargas Llosa se hicieron durante muchos años fue la de las causas que influyeron en el escritor peruano para transitar desde el marxismo radical, el existencialismo y el apoyo a la revolución cubana, hasta los terrenos del liberalismo. En los artículos y los ensayos publicados durante aquellos años de transición (se pueden seguir en el volumen de sus obras completas publicadas por Galaxia Gutenberg) Vargas Llosa fue explicando los motivos que le llevaron a criticar el comunismo y el castrismo y a abrazar la democracia parlamentaria y el liberalismo. Ahora dedica todo un libro, “La llamada de la tribu” (Alfaguara) a ampliar las explicaciones que ha venido dando desde aquellos escritos y desde las entrevistas en las que también se le hacía la misma pregunta.
Básicamente, dice Vargas Llosa, el desencanto por las doctrinas comunistas fue surgiendo al observar la creación de campos de concentración en los que el castrismo recluía a contrarrevolucionarios, homosexuales y delincuentes comunes; también un viaje a la Unión Soviética en el que descubrió que el modelo de sociedad que allí se había instituido no era el que él quería para su país y, sobre todo, el caso del poeta cubano Heberto Padilla, a quien conocía personalmente, obligado a autodenunciarse públicamente como imperialista y agente de la CIA, por manifestar algunos desacuerdos con la deriva del régimen cubano: “Poco a poco fui comprendiendo que las ‘libertades formales’ de la supuesta democracia burguesa no eran una mera apariencia detrás de la cual se ocultaba la explotación de los pobres por los ricos, sino la frontera entre los derechos humanos, la libertad de expresión, la diversidad política, y un sistema autoritario y represivo donde, en nombre de la verdad única representada por el partido comunista y sus jerarcas, se podía silenciar toda forma de crítica, imponer consignas dogmáticas y sepultar a los disidentes en campos de concentración e, incluso, desaparecerlos”.
Para Vargas Llosa los regímenes totalitarios estarían alimentados por lo que Karl Popper denomina “la llamada de la tribu”, un irracionalismo primitivo nunca superado por el ser humano, que siente añoranza de un mundo tradicional (la tribu) subordinado al brujo o al cacique y en el que se responsabiliza al otro, al diferente, de todas las calamidades. Este espíritu tribal, fuente también del nacionalismo, sería, según Vargas Llosa, el causante, junto con el fanatismo religioso, de las mayores tragedias de la historia de la humanidad. El premio Nobel afirma haber encontrado en el liberalismo (que diferencia del conservadurismo) la mejor solución para los problemas de la sociedad contemporánea, al promover la descentralización del poder, la igualdad de oportunidades y la libertad como valor supremo, una libertad indivisible, que ha de manifestarse en los dominios económico, político, social y cultural.
Mario Vargas Llosa dedica su libro a revelar las fuentes que propiciaron su conversión al liberalismo, personificadas en siete de los intelectuales que influyeron en su ideario político: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. El recorrido por las biografías y por las obras de estos pensadores es un entretenido ejercicio analítico (la escritura de Vargas Llosa es en ocasiones novelesca, como cuando narra el enfrentamiento entre Popper y Wittgenstein) de la evolución de las ideas liberales al mismo tiempo que una crítica a los totalitarismos del siglo XX. Se esté o no de acuerdo con el credo liberal, resulta muy instructiva la lectura de este libro para conocer los fundamentos históricos del liberalismo y los valores de su ideario político, y también las diferencias mantenidas entre los intelectuales que lo defendieron. Y los errores y contradicciones, que también se manifiestan sin ambages.
LOS SIETE SAMURAIS
El análisis de las obras de Adam Smith, fundamentalmente “La riqueza de las naciones” (libro prohibido en España en 1792 por la Inquisición), lleva a Vargas Llosa a explicar el mercado y la propiedad privada como motores del progreso, la función del Estado en la sociedad y las críticas al colonialismo. En la obra de Ortega y Gasset, el autor analiza el surgimiento de la cultura popular de consumo masivo en “La rebelión de las masas”, los nacionalismos en “La España invertebrada”, las nuevas manifestaciones de la cultura del siglo XX en “La deshumanización del arte” (“las masas odian el arte nuevo porque no lo entienden”, afirmaba Ortega) y su personal liberalismo que en el caso de Ortega y Gasset “no va acompañado de la libertad económica y el mercado libre”. De Friedrich von Hayek destaca Vargas Llosa su crítica a la planificación centralizada de la economía, la defensa de la propiedad privada, el colectivismo como denominador común del comunismo y el nazismo y las diferencias entre nacionalismo y patriotismo: el patriotismo es un sentimiento de solidaridad con la tierra, con la lengua, con la historia… el nacionalismo es una pasión negativa, una perniciosa defensa de lo propio contra lo foráneo, fuente de racismo, de discriminación y de cerrazón intelectual, dice von Hayek.
Pero el pensador que sin duda influyó con más fuerza en Vargas Llosa fue Karl Popper, de quien analiza minuciosamente su obra, empezando por “La sociedad abierta y sus enemigos”, opuesta a la sociedad cerrada de los sistemas totalitarios, donde la cultura democrática garantiza mejores condiciones materiales y espirituales y mayores oportunidades para decidir su destino. Para Popper la libertad es una condición imprescindible para el ser humano. En “La miseria del historicismo” Popper niega que la Historia obedezca a leyes inflexibles y afirma que no puede predecirse el curso de la Historia mediante medios científicos o racionales, como afirma Hegel.
Tras analizar la obra de Isaiah Berlin y sus teorías sobre el si los protagonistas de la evolución son los héroes (líderes, gobernantes, ideólogos) o los que producen, critican y diseminan las ideas (estudiosos, pensadores, enseñantes), termina su recorrido Vargas Llosa con la obra y la biografía de dos pensadores coetáneos franceses, Raymond Aron y Jean-François Revel, que escribieron en periódicos y publicaron libros que en su momento fueron importantes llamadas de atención sobre la política contemporánea, fundamentalmente “El opio de los intelectuales” en el caso de Aron y “La tentación totalitaria” de Revel.
LAS RESPUESTAS DE VARGAS LLOSA
Esa pregunta que todos los lectores de Vargas Llosa se hacían para entender su evolución ideológica y a cuya respuesta ha dedicado todo un libro, es la primera que el periodista Juan Cruz le hace al Nobel peruano en la primera de las entrevistas al escritor recogidas en “Encuentros con Mario Vagas Llosa”, recientemente publicado por Ediciones Deliberar:
– Se ha dicho en Europa que usted se ha pasado de la izquierda a la derecha
– Yo estoy por el cambio, por las reformas radicales. No creo que hoy las reformas radicales se fundamenten en el crecimiento del Estado. En los años sesenta yo creí que eso era posible, y en ese sentido he cambiado.
Juan Cruz es posiblemente el periodista español que más veces ha entrevistado a Mario Vargas Llosa. En este libro se han reunido 18 de esas entrevistas realizadas en lugares diversos (Tenerife, Italia, París, Madrid, México) y publicadas en varios medios (fundamentalmente El País) a lo largo de casi 30 años. Algunas de estas entrevistas tuve la suerte de seguirlas en directo (la realizada en la Fundación Juan March, la emitida por la Cadena SER) y otras ya las había leído en el momento de ser publicadas, pero al volver a ellas las he encontrado tan atractivas como la primera vez. No han perdido su frescura porque entre otras cosas el lenguaje en el que se expresa Vargas Llosa es tan seductor como el de sus novelas. Responde siempre a todas las preguntas, incluso a las más comprometidas (excepto a una) y recorre su biografía con la agilidad y la corrección que son en él habituales.
La lectura, ahora, de estas entrevistas nos recuerda la biografía del escritor, su infancia, sus experiencias literarias y sus relaciones con los escritores del llamado boom iberoamericano (“para mí supuso descubrir de pronto que los escritores latinoamericanos formábamos una comunidad que era reconocida fuera de nuestras fronteras de una manera entusiasta”), el periodo que vivió como candidato a la presidencia de Perú y su fracaso frente a Fujimori (“fue una experiencia muy rica; he conocido al país al revés y al derecho”), su visión de los cambios producidos en Europa y en España en las últimas décadas, su trabajo como periodista (“si no hubiera tenido esa disciplina no hubiera sido un escritor”), la gestación de sus novelas, la importancia de la literatura en su vida (“hoy día no creo que la literatura pueda ser un arma política, pero sí estoy convencido de que no es gratuita, de que influye en la vida de una manera que no se puede planificar”), el Premio Nobel (“no voy a dejar que este premio me convierta en una estatua”), su alarma por la banalización de la cultura y también algunos de los asuntos que trata en “La llamada de la tribu”. Los temas se van encadenando a lo largo de estas entrevistas cuya relectura, para quienes ya las conocíamos, descubre sin embargo nuevos detalles de una vida y una obra excepcionales.

ENCUENTROS CON LAS LETRAS: MEMORIA DE UN PROGRAMA DE CULTO

Lea Vélez publica un libro sobre el espacio cultural de TVE que dirigió su padre durante la transición política

Quienes fuimos espectadores asiduos del programa de TVE “Encuentros con las letras” siempre hemos echado de menos desde su desaparición un espacio que cubriera la actualidad cultural con la profundidad y el rigor con que lo hacían aquellos encuentros con los protagonistas de la cultura que se emitieron coincidiendo con los años de la transición política española. El director y presentador de aquel programa que abrió nuevos horizontes a la presencia de la literatura y de sus protagonistas en la televisión se llamaba Carlos Vélez (León 1930-Madrid 2014). Su hija, la escritora Lea Vélez, acaba de publicar un libro que es, entre otras cosas, un homenaje a aquel programa y un acto de reivindicación de la obra y la memoria de su padre: “Encuentros con las letras era a mi padre lo que la obra a un autor. Un reflejo de su vida”.
Carlos Vélez se impuso el minucioso cometido de grabar en cintas magnetofónicas las entrevistas que se hacían para el programa. Fue este material el que un día se encontró Lea Vélez en cuatro cajas en las que su padre las había guardado: “En mis quinientas cintas -escribe Lea Vélez- tengo atrapada una época. Un momento de tránsito emocional, de búsqueda de horizontes”.
El libro de Lea Vélez, “La Olivetti, la espía y el loro” (Ed. Sílex) reproduce fragmentos de algunas de aquellas entrevistas (Cortázar, Borges, Umbral, Vargas Llosa, Alberti, Susan Sontag, Marguerite Duras, Juan Goytisolo, Ernesto Sábato, Cunqueiro, Onetti, Savater, Cela, Semprún…) utilizando como hilos conductores un largo diálogo con su madre, colaboradora del programa, artículos recientes sobre algunos de los autores entrevistados y un reportaje inédito de autor desconocido (firma con el seudónimo Medina Plata) sobre una visita a la tumba de Antonio Machado en Colliure en 1958, escrito inicialmente para la revista “Acento”, que dirigía Carlos Vélez, y que fue censurado entonces.
El libro, de lectura gratificante y de interés para conocer algunos detalles de la intrahistoria de la vida política y cultural de aquellos años, es también una reflexión sobre el papel de los medios de comunicación y la divulgación de la cultura durante la transición, la lucha para mantener en la televisión un espacio cultural de la envergadura de “Encuentros con las letras” y los problemas con la censura sobre algunos programas, como uno en el que se hablaba del presunto asesinato de Gabriel León Trilla por sus camaradas del PCE, otro que trataba sobre el libro “Gárgoris y Habidis” de Sánchez Dragó o la intervención de Tarradellas cuando la prohibición de un programa en el que Montserrat Roig entrevistaba a Josep María Castellet. A las dificultades políticas y a los intereses de la televisión pública por controlar los contenidos culturales de la programación se añaden los enfrentamientos personales (a destacar los desencuentros entre Vélez y su amigo íntimo el escritor Isaac Montero). En el libro se rinde homenaje también a los colaboradores del programa, una larga serie de escritores e informadores que hicieron de “Encuentros con las letras” un programa de culto al que acuden investigadores y periodistas para encontrar y rescatar las voces y las figuras de los protagonistas de unos años fundamentales de la cultura contemporánea.
“ENCUENTROS CON LAS LETRAS”, UNA REVOLUCION CULTURAL EN LA TELEVISION
El germen de “Encuentros con las letras” fue un programa titulado “Revista de las Artes y las Letras”, un espacio que trataba de abarcar la totalidad de las manifestaciones culturales del momento, lo que muy pronto se demostró imposible y provocó la escisión en dos programas diferentes, “Revista de las Artes” y “Revista de las Letras”, que alternaban su emisión cada semana en la Segunda Cadena de TVE, para posteriormente volver a unir sus contenidos en un mismo programa titulado ahora “Encuentros con las Artes y las Letras”. El primer programa de este nuevo espacio se emitió el 7 de mayo de 1976. Su director y guionista, Carlos Vélez, contaba con un amplio y prestigioso equipo de especialistas: Joaquín Barceló, Miguel Bilbatúa, Antonio Castro, Paloma Chamorro, Elena Escobar, César Gil, José Luis Jover, Juan Antonio Méndez, Fernando Sánchez Dragó, Daniel Sueiro y Jesús Torbado.
En “Encuentros con las Artes y las Letras” cada uno de sus espacios disponía de un tiempo suficiente para entrar en la materia con cierta profundidad y tratar varios temas en cada una de sus ediciones. Se pretendía que el espectador se encontrase integrado en el mundo de la cultura que allí se presentaba, no sólo en cuanto a los mensajes de los protagonistas, sino a la atmósfera creada en cada una de sus secciones.
A partir del programa número 42º (15 de abril de 1977), lo que hasta entonces había sido “Encuentros con las Artes y las Letras” se dividió en dos programas diferentes que conservaron su título como seña de identidad: “Encuentros con las Artes” y “Encuentros con las Letras”. Este último se revelaría como el programa cultural por excelencia de toda una etapa de TVE, la que coincidió con la transición política.
La dirección y el guión de “Encuentros con las letras” continuaron en manos de Carlos Vélez, que mantuvo a algunos de sus colaboradores habituales y añadió otros al nuevo equipo, como Esther Benítez, Montserrat Roig y Andrés Trapiello.
En su nuevo formato ofrecería (hasta su desaparición el 10 de octubre de 1981) 235 espacios con noticias, informaciones, análisis, discusiones, coloquios e incluso creación de textos para espacios específicos. Todos los géneros tuvieron cabida: novela, cuento, relato, narración, teatro, poesía, viajes, biografía, epistolarios y memorias, conferencias, retórica y humanidades, ciencia y pensamiento, manuales y compendios, erudición y periodismo, lenguaje, divulgación, filosofía, traducción, crítica, romances y canción, guiones y, en fin, todo aquello que tuviera relación, a veces lejana y marginal, con el mundo de los libros. “Encuentros con las letras” ejerció su intención crítica, didáctica, divulgativa e informativa a través de la selección del hecho cultural y/o de su autor. La selección de esos hechos culturales y de esos autores se hacía unas veces con intención totalizadora y otras en base a razones más coyunturales: ‘best-seller’, escándalo, premio literario… de tal manera que el espectador pudiera hacerse su propia composición de lugar sobre el tema a debate. Puede afirmarse que “Encuentros con las letras” consiguió el objetivo que debe guiar a todo programa cultural: incitar a la lectura o a la contemplación de una obra.
El tratamiento era el requerido para cada ocasión: filmación ‘in situ’ para actos celebrados en cualquier parte del país y a veces en el extranjero (teatro, conferencias, coloquios, presentaciones, mesas redondas, exposiciones), debates para enfrentar tesis diferentes o dar a conocer los diversos puntos de vista de temas polémicos, entrevistas a escritores, autores, directores, siempre dirigidas a que los entrevistados defendieran, definieran y descubrieran sus intenciones y las consecuencias estéticas, literarias, lúdicas y sociales de sus obras, etc.. Todo ello en una estructura abierta y suficientemente flexible para que el programa no se encerrase en un corsé que condicionase sus formas. La experiencia de “Encuentros con las letras” en cuanto a su aceptación por las élites culturales, la crítica especializada y el público (el programa iba registrando audiencias cada vez más elevadas) obligó a mantener una estructura de grandes bloques que permitía ahondar en los temas tratados con mayor intensidad de lo que es habitual en un medio como la televisión.
A lo largo de sus cinco años y medio de existencia, con altos índices de aceptación y audiencia, elogiado ampliamente por espectadores, crítica especializada y profesionales de la cultura y del mundo universitario, “Encuentros con las letras” acumuló un enorme legado documental que con los años se ha ido haciendo más valioso, sin caer en repeticiones, tópicos ni lugares comunes, tan frecuentes en otros programas culturales pensados más para el consumo que para la reflexión crítica y la formación de los espectadores.