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REFLEXIONES SOBRE LA MERCANTILIZACIÓN DE LA CULTURA

La palabra y la poesía son los ejes de la exposición retrospectiva de Rogelio López Cuenca en el Reina Sofía

Francisco R. Pastoriza
Uno entra en esta exposición de Rogelio López Cuenca en el Museo Reina Sofía de Madrid como si penetrara de pronto en un mundo en el que al mismo tiempo está la realidad y la irrealidad del mundo que acaba de abandonar y al que habrá de volver finalizado el recorrido por las nueve salas que albergan otros tantos montajes e instalaciones de este artista nacido en Nerja en 1959.
La palabra ha sido desde siempre para López Cuenca uno de los materiales con los que ha trabajado tanto en su obra plástica y visual como en su poesía, y a esa palabra está dedicada esta exposición antológica. De ahí el título de “Yendo leyendo, dando lugar”. Es esta una muestra que se fundamenta en la reivindicación de la palabra tanto desde la escritura como desde la lectura, y en la que se da protagonismo no sólo al autor de textos literarios, ensayísticos o poéticos, sino también a sus receptores e intérpretes: la lectura también como un acto esencialmente creativo. Para ello el artista utiliza elementos multimedia (pinturas, videos, carteles, fotografías, recortes de prensa) a los que convierte en protagonistas de un mensaje crítico con las industrias de la comunicación y el turismo, aquellas que convierten en objetos de consumo los elementos del arte y el lenguaje, como en esa especie de pabellón de hombres ilustres de una de las salas donde se muestra cómo las vanguardias, en este caso del socialismo soviético, son asimiladas y transformadas en iconos consumibles por la sociedad capitalista. Paralelamente se abordan cuestiones como la inmigración, la memoria histórica, el colonialismo y la especulación urbanística.
EXPOSICIONES, MONTAJES, INSTALACIONES
El recorrido por la exposición se inicia en una sala en la que se agrupan trabajos hechos por López Cuenca en colaboración con otros artistas en la década de los ochenta, en los que se han utilizado lenguajes vanguardistas, como el collage, las grafías y las sonoridades para dar una nueva dimensión a los contenidos del libro a través de la poesía, la escritura y las artes visuales multimedia; se trata de una invitación a transgredir los límites de todos esos lenguajes. En el mural “Que surja” se deconstruye un poema de Vicente Huidobro utilizado en una valla publicitaria de la Conmemoración en 1992 del Centenario del Descubrimiento de América.
Para la recuperación crítica de la memoria histórica López Cuenca se remite al episodio de la matanza de miles de personas que huían de Málaga a Almería por la carretera N-340 en la madrugada del 7 al 8 de febrero de 1937 en la guerra civil española, ametrallados desde aviones en vuelo rasante y desde cruceros cercanos a la costa . Utiliza la ironía a través de la errata periodística, falseando imágenes y pies de foto y mostrando cómo una viñeta humorística se utiliza como arma para deshumanizar al enemigo. Se trata de dar publicidad a un pasaje de la guerra civil silenciado durante muchos años y apenas conocido por las generaciones posteriores.
La instalación tal vez más espectacular es la que recoge el proceso de transformación de las ciudades en marcas publicitarias a través de la mercantilización de iconos. Málaga es el paradigma elegido por López Cuenca, con el ejemplo de cómo la figura de Pablo Picasso, por el hecho de haber nacido en la ciudad por la que casi nunca mostró mucho interés dicho sea de paso, ha dado lugar a la apropiación de su nombre por una omnipresente industria turística y especulativa en una doble dirección: la picassización de la ciudad y la malagueñización del artista. La figura de Picasso y su utilización como reclamo comercial se muestran junto a los productos típicos de una tienda de souvenirs, entre los que se hace difícil distinguir los reales de los inventados por el artista.
Medios de comunicación de masas, publicidad, propaganda política, carteles, mapas, banderas, logotipos, eslóganes, señales de tráfico… constituyen los elementos de otra de las salas de esta exposición en las que el artista utiliza la ironía y el humor para cuestionar los valores del mundo del arte asentados en las convenciones del sistema (la obra maestra, el artista genial) y convertidos por el neoliberalismo en marcas icónicas que generan pingües beneficios económicos. Una crítica al proceso neoliberal de la monetariación del arte.
La exposición se cierra con “Las islas”, una instalación multimedia creada expresamente para esta muestra, donde unos maniquíes masculinos vestidos con camisas hawaianas en un entorno de territorios vírgenes representan el ocio y el relax turísticos al mismo tiempo que el colonialismo de sus antepasados en estos mismos territorios. Una original denuncia de la perpetuación del colonialismo a través de la industria turística.

TÍTULO. Yendo leyendo, dando lugar
LUGAR. Museo de Arte Reina Sofía. Madrid
FECHAS. Hasta el 26 de agosto

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LA INTIMIDAD DE LOS MONARCAS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

El Museo del Prado reconstruye el Gabinete privado de la familia real en el XIX y el espacio adyacente utilizado como cuarto de aseo

Desde 1828 la familia real dedicó la sala 39 del edificio Villanueva, sede del Museo del Prado, a colgar una colección de pinturas para el exclusivo goce de los monarcas y sus familiares y allegados. Este espacio era conocido como el Gabinete de Descanso de Sus Majestades y se mantuvo hasta 1865, cuando Federico de Madrazo, responsable entonces del museo, decidió abrir el espacio al público. Otra sala adyacente alojaba el cuarto de aseo e higiene personal de la familia real. Como una más de las muchas actividades conmemorativas de los 200 años de la historia del Prado, los responsables de la pinacoteca han decidido reconstruir de forma fidedigna estos espacios con su disposición original, tal como fueron en el pasado, con los mismos cuadros cubriendo por completo las paredes en varias alturas y los mismos elementos instalados en ambas estancias, con el fin de evocar cómo era el museo en aquellos años, una institución que nació en 1819 vinculada a la Corona. La exposición recoge 44 pinturas (de las 54 originales, según el inventario de 1834) y muebles tan insólitos como el retrete original de Fernando VII, realizado por Ángel Maeso González en 1830 con maderas de caoba y palosanto sobre una armadura de pino, y decorado con terciopelo y ornamentos de molduras y bronce dorado, que ha vuelto a ser instalado en su emplazamiento original. También orinales (uno para hombres otro para mujeres) de la Real Fábrica de la Moncloa, y un estuche de aseo con todos sus elementos. Los cuadros que cuelgan de las paredes del Gabinete son en su mayoría retratos de miembros de la familia real, bodegones, paisajes y escenas de acontecimientos históricos como la “Jura de Fernando VII como Príncipe de Asturias”, de Luis Paret y Alcázar. Originalmente, en el Gabinete estaba también “La familia de Carlos IV”, de Goya, que no se incluye en esta muestra por ser un cuadro emblemático del Prado. El Gabinete se ubica en la segunda planta del edificio, frente al Jardín Botánico, al que se abría a través de una balconada con tres ventanas. Era uno de los tres espacios del museo dedicados en exclusiva a la familia real (los otros dos eran la Sala de Contemporáneos y la Sala Reservada, aunque a éstas sí accedían con frecuencia artistas y viajeros para contemplar algunos de los mejores desnudos artísticos que albergaba).
La visita a esta exposición se completa con recorridos virtuales que se pueden hacer en la misma sala. Además, la web del museo dispone de una experiencia inmersiva de realidad virtual en estos espacios.

TÍTULO. El Gabinete de Descanso de Sus Majestades
LUGAR. Museo del Prado
FECHAS. Hasta el 24 de Noviembre

LAS NIÑAS DE BALTHUS, EN MADRID

 

El Museo Thyssen expone una retrospectiva con lo mejor de la obra del pintor franco-polaco

Nacido en París en una familia ilustrada de origen polaco (su padre era historiador de Arte), hermano del escritor Pierre Klossowski, Balthus (1908-2001) se formó en un ambiente cultural privilegiado, bajo la protección del poeta Rainer María Rilke (dicen que amante de su madre) y del pintor Pierre Bonnard, con los que inició una carrera cuya obra algunos sitúan entre el surrealismo y el realismo mágico, con influencias del Renacimiento (Masaccio, Piero della Francesca) y el naturalismo (Courbet). Disciplinado copista de David, Poussin y Chardin en largas sesiones en el Louvre, nunca le interesaron las vanguardias y nunca siguió los movimientos en boga, por eso Picasso apreciaba su pintura: era el único que no había intentado imitarle, según le dijo en una ocasión. Desde los primeros años, su obra estuvo bien valorada primero por una minoría que adquiría sus cuadros a precios ya considerables y más tarde integrado plenamente en el mercado junto a las grandes firmas del siglo XX. En 1962 se casó en segundas nupcias con la artista japonesa Setsuko Ideta, de 19 años (su primera mujer fue Antoinette de Watteville, una aristócrata que posó como modelo en algunos de sus cuadros), quien influyó en su pintura preparando sus colores y haciéndolos más brillantes. Con ella se trasladó a vivir a Suiza hasta su muerte. Su longevidad (le gustaba bromear diciendo que por haber nacido un 29 de febrero sólo cumplía años cada cuatro) le posibilitó atravesar la práctica totalidad del siglo XX como uno de los artistas (él prefería calificarse de artesano) testigos de todos los movimientos y las vanguardias europeas y americanas.
Desde siempre Balthus estuvo obsesionado con representar la infancia, esa infancia que Lewis Carroll retratara en “Alicia en el país de las maravillas” y en las fotografías de Alicia Liddel, ingenuas y eróticas al mismo tiempo. Uno de los elementos más polémicos de su pintura son esas figuras femeninas de adolescentes dotadas de una sexualidad ambivalente, entre la inocencia y la provocación, que aún hoy son objeto de críticas por parte de sectores moralistas conservadores. En 2017 “Thérèse soñando” provocó la recogida de más de once mil firmas pidiendo su retirada del Metropolitan Museum de Nueva York. El pintor siempre dijo que no eran sino “ángeles”, una calificación ambigua, entre lo profano y lo religioso, que hay que ponderar teniendo en cuenta la confesada religiosidad del propio Balthus (“pintar es rezar”, dijo en una ocasión), devoto de la virgen de Czestochowa, y que presumía de haber recibido un rosario de manos del mismo Juan Pablo II.
UNA REPRESENTATIVA RETROSPECTIVA
Algunas de esas “niñas” pueden verse en una muestra de la obra de Balthus que estos días se expone en el museo Thyssen Bornemisza de Madrid. Niñas dormidas, concentradas, quitándose la ropa o en actitudes poco ortodoxas. Según Balthus, lo que quería pintar con estos cuadros era “el secreto del alma y la tensión oscura y a la vez luminosa de su capullo aún sin abrir del todo”. No fueron estas niñas las únicas que escandalizaron en las exposiciones de Balthus. En 1934 su cuadro “La calle” (también en esta exposición) suscitó una encendida polémica hasta el punto de que el comprador de la obra le pidió que volviera a pintar la mano de un acosador más separada del lugar donde la había pintado originalmente. Una vocación temprana esta de escandalizar: en 1934, a los 26 años, “La lección de guitarra” ya había provocado reacciones similares. Pero en la obra de Balthus hay también paisajes (“El valle de Yonne”), bodegones (un detalle que no pasa desapercibido es que en todos ellos el pan siempre está atravesado por un cuchillo), escenas detenidas en el tiempo (“La partida de naipes”), muchas de ellas con elementos como espejos y gatos que se repiten obsesivamente (su autorretrato lo tituló “El rey de los gatos”) y a veces juntos como en “El gato en el espejo III”, ambos, gato y espejo, en compañía, cómo no, de una adolescente. Se pintó a sí mismo también en “La toilette de Cathy”, identificándose con Heatcliff, el protagonista de “Cumbres borrascosas”.
De los aproximadamente trescientos cuadros que pintó Balthus durante su vida aquí se pueden ver 47, pero entre ellos están los más importantes. La instalación de las obras se ha dispuesto en orden cronológico, de manera que pueda resultar más clara la evolución de su pintura, desde sus primeros paisajes de París y los retratos, como “Los hermanos Blanchard”, un cuadro que Picasso le compró a Balthus. No es una obra considerable en número la de Balthus, aunque habría que añadir también sus trabajos para la Villa de Médici, de la que fue director durante 16 años.

TÍTULO: Balthus
LUGAR. Museo Thyssen Bornemisza. Madrid
ECHAS. Hasta el 26 de mayo

SALE A LA SUPERFICIE LA OBRA DEL PINTOR ROMÁNTICO RAFAEL TEGEO

 

Se expone por primera vez una muestra monográfica del artista murciano

Ningún ámbito mejor que el Museo del Romanticismo de Madrid para albergar la exposición que rescata para el gran público la figura del artista Rafael Tegeo (1798-1856), pintor que fue uno de los introductores de la sensibilidad romántica en la España del siglo XIX. Se trata de la primera exposición monográfica que se celebra de este artista nacido en la localidad murciana de Caravaca de la Cruz. El Museo del Romanticismo había adquirido una de las obras religiosas fundamentales de Tegeo, la “Virgen del jilguero”, de su época italiana, una adquisición a la que se sumaron los retratos donados de Jacinto Galaup y de su esposa María del Pilar Ordeig. Con esta base, los responsables del museo se plantearon el reto de reunir la obra más destacada de Rafael Tegeo, diseminada en instituciones como el Museo del Prado, Patrimonio Nacional, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y colecciones privadas españolas y extranjeras. Ahora se expone en varias estancias del Museo del Romanticismo, estableciendo un recorrido a través del cual se pueden confrontar los cuadros de Tegeo con los de otros autores consagrados que alberga este museo.
Es poco y mal conocida la biografía de este pintor, por lo que la leyenda ha sustituido en ocasiones a los datos objetivos sobre su vida y su obra. Se sabe que después de su aprendizaje en Murcia y en Madrid tuvo un periodo de formación en Roma entre 1822 y 1827, años en los que asimiló las influencias de los grandes maestros del Cinquecento, del Neoclasicismo italiano y de Jacques-Louis David, y que a su regreso a España pintó obras mitológicas y religiosas para el infante Sebastián Gabriel y los duques de San Fernando de Quiroga. Destacan entre las primeras “Antíloco lleva a Aquiles la noticia del combate sobre el cadáver de Patroclo”, “Diomedes, asistido por Minerva, hiere a Marte” y “Combate de lapitas y centauros”. Como ocurrió con otros artistas del pasado, Rafael Tegeo fue ignorado durante muchos años, tras su muerte, después de un periodo de encumbramiento en los años 30 del XIX, cuando realizó los encargos del infante Sebastián Gabriel y las obras decorativas para el Casino de la Reina y el Palacio Real de Madrid. A su silencio artístico durante las épocas absolutistas colaboró en no poca medida su oposición a Fernando VII y su militancia y compromiso político con el Liberalismo, bajo cuya militancia llegó a ser concejal del ayuntamiento de Madrid. Su figura fue rescatada en 1999 a raíz de la publicación de la biografía “Rafael Tegeo, un pintor en la encrucijada”, del crítico de arte Juan Carlos Aguilera Rabaneda, y de la obra “Rafael Tegeo. Del tema clásico al retrato romántico”, de Páez Burruezo. Además del mitológico, entre los géneros practicados por Tegeo destacan el histórico y el religioso, con especial atención, en ambos, al tratamiento del cuerpo masculino, como se manifiesta en su obra “Hércules y Anteo”, que pintó con motivo de su ingreso como miembro honorario de la Real Academia de San Fernando. También practicó asiduamente el retrato, sobre todo al aire libre en paisajes románticos, especialidad en la que cosechó una gran popularidad en la emergente sociedad burguesa de la época y en la que arriesgó captar la dimensión sicológica de los modelos. Gracias a esta especialidad sobre todo, fue nombrado pintor de cámara de la reina Isabel II en 1846, aunque durante este periodo realizó también algunos de sus mejores cuadros históricos, como “Episodio de la conquista de Málaga”, una obra que fue redescubierta en el año 1992 y que desde entonces no se volvió a mostrar en público hasta ahora.

TÍTULO. Rafael Tegeo. 1798-1856
LUGAR. Museo del Romanticismo. Madrid
FECHAS. Hasta el 17 de marzo

MAX BECKMANN: EL ARTISTA EN EL EXILIO

El Museo Thyssen abre en Madrid una exposición con las mejores obras del artista alemán
Con la abdicación de Guillermo II tras la revolución de noviembre de 1918, la nueva constitución alemana transformó el país en una república federal parlamentaria que liquidaba el periodo imperial y daba paso a la República de Weimar (por la ciudad en la que se firmó la constitución), que se prolongó hasta 1933, cuando los nazis tomaron el poder. Fue una época de turbulencias y de crisis económicas durante la que, sin embargo, se registraron importantes avances sociales y se ampliaron las libertades públicas, y durante la cual Alemania vivió una etapa de esplendor en las artes y en las letras. El impulso artístico de movimientos como la Bauhaus, el expresionismo y la Nueva Objetividad dio al país algunos de los artistas más apreciados internacionalmente, cuyas obras son aún hoy objeto de asombro. La llegada de Hitler al poder terminó con esta etapa de creatividad y paralizó la actividad de los artistas, muchos de los cuales tuvieron que exiliarse por sus ideas izquierdistas o por sus orígenes judíos. Entre ellos estaba Max Beckmann (Leipzig, 1884-Nueva York, 1950), autor de una obra pictórica personal, realista pero de resonancias simbólicas a través de cuyas alegorías pretendía pintar el aspecto sensorial del mundo, lo visible, como representación de lo invisible. Una importante selección de sus obras llega ahora al museo Thyssen Bornemisza de Madrid.
ETAPAS DE UNA VIDA
La primera sección de esta exposición recoge algunos autorretratos de Beckmann (“Autorretrato con copa de champán”, “Autorretrato como payaso”) y su obra más temprana, creada antes de la Primera Guerra Mundial y también durante los años de la República de Weimar, cuando la industrialización y la entrada de Alemania en la modernidad provocaron un éxodo del campo a la ciudad y transformaron el país en una potencia en ciernes. Beckmann recoge estas circunstancias en los cuadros de esta primera etapa en la que se aprecian sus lazos con la tradición y una profunda influencia de Cézanne. En 1913 consiguió el reconocimiento en todo el país y fue considerado como el más destacado representante de la Nueva Objetividad, sobre todo con los cuadros de escenas callejeras de la ciudad de Berlín (“La calle”, “Carnaval en París”). Voluntario en la Gran Guerra, al finalizar ésta se instaló en Frankfurt, donde conoció a su segunda mujer, Mathilde von Kaulbach, conocida como Quappi, modelo de algunos de sus cuadros (antes estuvo casado con la soprano Minna Tube). Entre 1933 y 1937 Beckmann aportó un nuevo formato pictórico: el tríptico (tres de los diez que se conservan se pueden ver en esta exposición), una referencia al arte medieval alemán gótico y renacentista.
PINTURAS DEL EXILIO
Destituido de su cargo en la Escuela de Frankfurt, el régimen nazi prohibió la exposición de las obras de Beckmann, las retiró de las colecciones públicas y las incluyó en la muestra itinerante de “arte degenerado”, abierta en la Haus der Kunst de Munich en julio de 1937, con la que se pretendía descalificar el cubismo, el impresionismo y el surrealismo y a artistas como Paul Klee, Kandinsky, Marc Chagall o Edvard Munch. El mismo día de la inauguración, el 19 de julio, Beckmann decidió abandonar el país y exiliarse primero en Amsterdam (1937-1947) y finamente en los Estados Unidos (1947-1950), donde ocupó la cátedra de pintura de las escuelas de Arte de la Washington University y del Brooklin Museum. El grueso de la exposición pertenece a esta segunda etapa del pintor. Relacionadas con sus obras del exilio son las cuatro metáforas bajo las que se agrupan sus pinturas de estos años: Máscaras, Babilonia eléctrica, El largo adiós y El mar.
‘Máscaras’ trata de representar la pérdida de identidad del exiliado a través de figuras como el artista ambulante o el actor de circo, que actúan ante el público siempre bajo un disfraz. A esta serie pertenecen “Begin the beguine” y el tríptico “Carnaval”. ‘Babilonia eléctrica’ (alusión al exilio de los judíos en Babilonia) retrata al exiliado en la ciudad moderna, en el laberinto de bares, salas de juego, salones de baile y locales de espectáculos, donde todo es brillo de lentejuelas y fuegos artificiales, los ambientes con los que se encuentran quienes vienen del campo a la ciudad. En esta serie se inscriben “Gran varieté con mago y bailarina”, “El hijo pródigo” y “Noche en la ciudad”. ‘El largo adiós’ relaciona el exilio con la muerte a raíz del axioma “partir es morir un poco”. A esta serie pertenece su díptico compuesto de “Nacimiento” y “Muerte”, y también “Vampiro” y “Globo con molino”. Por último, ‘El mar’ es una alegoría del infinito, del lugar sin límites. “El traslado de las esfinges”, “Camarotes” y “Hombre cayendo” pertenecen a esta serie, donde se ha instalado también su tríptico “Los argonautas”, que el artista finalizó el 27 de diciembre de 1950, el mismo día en que un infarto fulminante terminó con su vida cuando paseaba por las calles de Nueva York.

TÍTULO. Beckmann. Figuras del exilio
LUGAR. Museo Thyssen Bornemisza. Madrid
FECHAS. Hasta el 27 de enero de 2019

PSICODELIA. EL ÚLTIMO VIAJE

 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid muestra una exposición que rescata el arte del movimiento hippie
Fueron los años más vibrantes de la década de los sesenta, ya de por sí vertiginosa, cuando la música pop, desde que el rock and roll se erigiera como expresión simbólica de un nuevo cambio generacional, había ocupado la banda sonora de las vidas de millones de jóvenes de todo el mundo. Fueron ellos, los jóvenes y adolescentes de la última posguerra mundial, quienes tomaron la iniciativa en las modas, las costumbres, el arte, la cultura (y la contracultura), expresiones que giraban alrededor de nuevas manifestaciones artísticas cuya principal característica era la ruptura. Fue en esos años cuando apareció una nueva manifestación artística, la psicodelia, relacionada fundamentalmente con la música pero con derivaciones en las artes plásticas, el diseño gráfico y el cine, cuyas estéticas estaban influenciadas por los efectos del consumo de drogas alucinógenas.
La psicodelia relacionaba lo espiritual con una nueva forma de creación artística que supuestamente nacía en un estadio del inconsciente, al que se llegaba a través de sustancias como el LSD. Se sabe que los artistas consumían drogas pero no está muy claro que sus seguidores tuvieran las mismas experiencias. Bob Stanley, en su monumental ensayo “Yeah!. La historia del pop moderno” dice que los grupos cantaban canciones sobre un mundo que la mayoría de los oyentes no había experimentado nunca: “el público captaba la onda pero sin ‘expandir la mente’ ni ‘liberarse’ del todo”, escribe.
La psicodelia se inició en la música pop desde el principio de la década (el crítico Diego A. Manrique localizó en un single de The Gamblers, de 1960, un tema instrumental de título “LSD”), aunque el momento cumbre de este movimiento llegó en 1967, cuando The Beatles, el grupo más influyente de la música pop de aquella década, lanzó el álbum “Sgt. Peppers”, que adoptaba aquella estética psicodélica en su música, en las letras de sus canciones y en las imágenes que ilustraban el álbum, cuya autoría era de los artistas del Pop-art Peter Blake y Jann Haworth, refrendando en Europa un camino iniciado en la costa oeste de los Estados Unidos por el movimiento hippie, heredero directo del espíritu bohemio de los beats de Jack Kerouac, y por grupos como la Steve Miller Band, Love, Grateful Dead, Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, cuya estela siguieron después otros como Traffic, Pink Floyd y Jimi Hendrix. El 67 fue también el año del verano del amor, cuando el movimiento hippie alcanzó su climax.
UN ARTE PSICODÉLICO
De todo aquel movimiento ha quedado la música pero también toda una estética que artistas como Michael Ferguson (teclista del grupo Charlatans, a quien se atribuye la autoría del primer poster de rock psicodélico), Víctor Moscoso, Wes Wilson, Anton Kelley, Stanley Mouse, Rick Griffin, Gary Grimshaw…. dejaron para la posteridad en fotografías, posters, revistas, portadas de vinilos y anuncios publicitarios de acontecimientos como el Human-Be-In y de conciertos y festivales como los de Monterrey y Altamont o los multitudinarios de Woodstock y la isla de Wight.
El arte sicodélico de aquellos años puede verse ahora en una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en la que, además, hay una fuerte representación de lo que se hacía entonces en países como Alemania y Checoslovaquia. Se pueden ver aquí más de 850 piezas, entre ellas unas 300 portadas de discos de Bob Dylan, los Beatles, Crosby, Stills, Nash and Young, Pink Floyd, los Stones, Mothers of Invention… ejemplares de revistas internacionales (“Oracle”, “Berkeley Barb”, “Oz”, “Sounds”, “New Musical Express”, “Melody Maker”), folletos, objetos de época y libros sobre música, literatura psicodélica, cultura hippie y drogas. La mayor parte de las piezas aquí expuestas pertenecen a la colección privada del historiador checo-germano Zdenek Primus, que ha venido reuniéndolas con pasión desde los años de la Primavera de Praga, cuando la brecha abierta con la apertura de la experiencia de Dubceck permitió una excepcional proliferación de esta manifestación artística alternativa en su país. Una exposición muy completa en la que únicamente se echa de menos una mayor presencia española (apenas la de los Bravos), aunque para conocer la implicación de los grupos musicales y de los artistas españoles en el mundo de la sicodelia, se nos hace obligado recomendar una muestra paralela a ésta, a poca distancia del Círculo de Bellas Artes (en el centro Cultural Fernán Gómez). Se titula “El pintor de canciones. Artes visuales, escritura y música popular en el Estado español (1950-1978). Un excelente complemento a esta otra sobre el arte sicodélico.

TITULO. Psicodelia en la cultura visual de la era beat (1962-1972)
LUGAR. Círculo de Bellas Artes. Madrid
FECHAS. Hasta el 20 de enero de 2019

LINA BO BARDI. UNA ITALIANA EN BRASIL

 

Se expone por primera vez en España la obra de la artista Lina Bo Bardi

 

Achilina di Enrico Bo, la artista que firmaba sus obras como Lina Bo Bardi, había nacido en Roma en 1914 y hasta los 32 años nunca había pensado que su vida iba a transcurrir lejos de su país de origen. Trabajó como arquitecta en Milán, donde colaboró en revistas como “Lo Stile” y “L’Illustrazione Italiana”. En Roma conoció al crítico y coleccionista Pietro María Bardi, con quien se casó. Juntos fundaron la revista “Cultura della Vita” y juntos visitaron por primera vez Brasil en 1946 cuando a su marido le ofrecieron gestionar la creación del Museo de Arte Moderno de Sao Paulo. Brasil ejerció desde muy pronto una fuerte atracción en esta mujer arquitecta cuya actividad artística abarcó además el diseño, la literatura, la museografía, la escenografía y el activismo cultural. Brasil la fascinó desde el primer momento por su cultura popular y por sus manifestaciones artísticas, desde la tradición a la vanguardia. No sólo adoptó la nacionalidad brasileña sino que decidió quedarse para siempre en este país para transformar el arte del viejo mundo del que procedía a través del nuevo mundo donde había descubierto una expresividad influida por la mezcla de razas y culturas diversas: europeas, indígenas, africanas… En 1951 concluyó una de sus obras más conocidas, la “Casa de Vidrio”, que sirvió primero como su propio hogar y más tarde como centro cultural brasileño. Entre otras arquitecturas de Bo Bardi destacan el Teatro Oficina y la plaza del Museo de Sao Paulo. Más tarde dirigió el Museo de Arte Moderno de Salvador de Bahía, para cuya sede restauró el viejo complejo arquitectónico colonial Solar do Unhao. Sus trabajos en Brasil son ejemplos de la renovación de la arquitectura de este país. Lina Bo Bardi murió en Sao Paulo en 1992.
UNA EXPOSICIÓN MULTIFACÉTICA
En esta primera exposición en España de Lina Bo Bardi se han reunido materiales de todas sus facetas: dibujos, pinturas, esculturas, fotografías, documentos, piezas de artesanía, objetos diversos… que se muestran en contexto con obras de artistas coetáneos que compartieron su misma pasión: Max Bill, Calder, Saul Steinberg o los brasileños Roberto Burle, Cícero Dias, Lygia Clark y Hélio Oiticia, además de una excelente representación de arte indígena y popular. El título de esta exposición, “Tupi or not tupi”, de reminiscencias shakesperianas, es un guiño al eslogan del “Manifiesto antropófago” que Oswald de Andrade escribiera en 1928 ilustrado por su esposa Tarsila do Amaral, uno de los manifiestos artístico-ideológicos de la vanguardia latinoamericana en el que se reivindica la cultura autóctona frente al colonialismo europeo, que es uno de los principios fundamentales de las creaciones de Lina Bo Bardi y de esta exposición.
Una de las aportaciones más interesantes que se hicieron expresamente para esta muestra es la reconstrucción de la “Gran Vaca Mecánica” que Lina Bo Bardi diseñó para el Museo de Arte de Sao Paulo que la artista italiana fundó en 1947, y que daba la bienvenida a los visitantes. Se trata de un contenedor expositivo construido en chapa de hierro coloreado en bermellón, dorado y azul arara, que puede incorporar en su cuerpo elementos como una radio, un motor térmico, antenas, elementos que se hacen funcionar a través de un circuito eléctrico. También están aquí la “Bardi’s Bowl”, un casquete esférico convertido en sofá, y la “Silla al borde del camino”.
TÍTULO. Lina Bo Bardi. Tupi or not tupi (Brasil (1946-1992)
LUGAR. Fundación Juan March. Castelló, 77, Madrid
FECHAS. Hasta el 13 de enero de 2019