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EL ARTE DE GIOVANNI BOLDINI

 

La obra del pintor italiano dialoga con la de sus coetáneos españoles en su primera exposición retrospectiva en Madrid

En las últimas décadas del siglo XIX París era la capital internacional del arte y foco de atracción de creadores de todos los continentes, fundamentalmente europeos. Allí coincidieron varios españoles que después hicieron carreras de éxito gracias también a esa estancia en la ciudad de la luz. Eduardo Zamacois, Román Ribera, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Raimundo de Madrazo y su cuñado Mariano Fortuny fueron algunos de los que recalaron en el barrio de Montmartre de aquel París bohemio poblado de talentos. Todos ellos buscaban la gloria pero también vivir de una profesión en la que tampoco entonces era fácil hacerse con un lugar al sol. Gracias a la ayuda de marchantes como Albert Goupil consiguieron colocar sus obras en los grandes mercados a los que acudía la nueva clase social burguesa y venderlas a coleccionistas como el magnate norteamericano William Hood Stewart, propietario de grandes plantaciones de azúcar en Cuba (uno de sus hijos, pintor, fue alumno de Zamacois), que se hizo con una buena colección de todos ellos. Precisamente fue Fortuny quien influyó con más fuerza en la obra de un italiano “feo, bajo y con dedos como salchichas” que también buscaba en París triunfar en el difícil mundo del arte desde su llegada a la ciudad en 1871 con los últimos ecos de la rebelión de la Comuna, cuando aún en las calles de la ciudad se fusilaba a los revolucionarios. Se llamaba Giovanni Boldini y adoptó de Fortuny el gusto por la pintura de género, las escenas de calle de la ciudad moderna, el preciosismo y el gusto decorativo y sobre todo un nuevo concepto del retrato galante. Junto a John Singer Sargent y James Whistler, Sorolla, Zuloaga y Boldini se convirtieron en los retratistas más importantes de la Belle Époque.
UN ITALIANO EN PARÍS
A pesar de no ser uno de los pintores italianos más conocidos en España (apenas por algún retrato de Verdi), Giovanni Boldini (Ferrara, 1842-París, 1931) fue uno de los más destacados artistas de aquel país durante los años de transición entre los siglos XIX y XX. Hijo de un pintor especializado en temas sacros, Boldini se formó en Florencia entre 1864 y 1870 haciendo retratos de la burguesía y de la nobleza internacional dentro del movimiento pictórico de los macchiaioli, que iniciaron el camino de renovación de la pintura italiana adelantándose al impresionismo francés. De esta época es una de sus mejores obras, el retrato de Esteban José Andrés de Saravalle, “El general español”. También el de “Mary Donegani” y su primer “Autorretrato” (haría otro en 1892).
En París Boldini abandonó durante diez años el retrato para centrarse en escenas de la vida en la ciudad, para lo que utilizaba como modelo a su amante Berthe vestida con trajes dieciochescos e indumentarias contemporáneas. “En el parque de Versalles”, “En el banco de Bois”, “Place Clichy” o “Conversación en el café”, en las que aparece Berthe, son de este periodo (nunca llegó a casarse con Berthe; su único matrimonio fue con la joven Emilia Cardona siendo ya octogenario). La influencia de España y lo español se manifiesta estos años en obras como “Pareja en traje español con papagayos”.
Cuando retomó el retrato, Boldini se propuso renovar el género y se convirtió en uno de los más apreciados retratistas sin abandonar su pasión por las escenas de la ciudad de París cuyas calles, bulevares, carruajes, terrazas y cafés pintó obsesivamente, como en “Regreso del mercado”. Era el París en transformación que Napoleón III había encargado al arquitecto Georges-Eugène Haussmann.
Entre todos sus coetáneos, Boldini fue uno de los pocos que consiguió exponer en Nueva York. Lo hizo en 1897 en una muestra en la que incluía una de sus grandes obras, el retrato cosmopolita del pintor norteamericano James Abbott McNeill Whistler. Boldini también abordó entonces naturalezas muertas y estudios de manos femeninas como en “Pensamientos” y “Los rincones del taller”.
LOS ESPAÑOLES DE PARÍS
En París, los pintores españoles eran muy apreciados en aquellos años por los compradores de la burguesía gracias a sus cuadros de carácter costumbrista ambientados en los siglos XVII y XVIII, como “La elección de la modelo” de Fortuny, “Regreso al convento” de Zamacois o “Salida del baile de máscaras” de Madrazo. También triunfaban con sus paisajes y escenas al aire libre entre los que destaca una obra fundamental de Fortuny, “Playa de Portici”, de gran influencia entre los contemporáneos del español. Fortuny, Sorolla y Zuloaga también trataron de modernizar el retrato introduciendo la elegancia de las modelos en una sociedad mundana y decadente que terminaría con el estallido de la Primera Guerra Mundial. También practicaron con éxito el desnudo, un género que Sorolla había pintado durante su etapa en Roma (“Bacante en reposo”) y con el que continuó en París con “Desnudo de mujer”, con el que inicia el alejamiento del concepto de mujer como objeto de deseo y se acerca al de compañera.

TÍTULO. Boldini y la pintura española a finales del siglo XIX. El espíritu de una época
LUGAR. Fundación Mapfre. Sala Recoletos
FECHAS. Hasta el 12 de enero de 2020

LLEGA A ESPAÑA LA OBRA MULTIFACÉTICA DE DAVID WOJNAROWICZ

 

Víctima del sida, su obra es una crítica a la estigmatización de la enfermedad y una denuncia contra la sociedad norteamericana de los años ochenta

En los últimos años ochenta y los primeros noventa del siglo XX el sida acabó con la vida de algunos creadores de las más variadas expresiones artísticas de aquel momento. David Wojnarowicz (1954-1992) fue también víctima de la enfermedad cuando su carrera había alcanzado varios de los logros que se había propuesto en los diversos campos en los que trabajaba. Pintor, escultor, fotógrafo, escritor, poeta, activista… el museo Reina Sofía descubre ahora para la gran mayoría de españoles la obra de David Wojnarowicz en una gran exposición retrospectiva titulada “La historia me quita el sueño”, que acoge la pluralidad de medios y estilos en los que este artista norteamericano trabajó a lo largo de una carrera interrumpida por la enfermedad y la muerte. En la exposición se relaciona la obra de Wojnarowicz con el contexto político, social y artístico de aquellos años de profundos cambios culturales centrados sobre todo en la ciudad de Nueva York. El mismo artista había profetizado su futuro de marginado en “Sin título. Un día este chico…”, una obra de 1990 en la que a una fotografía de cuando era adolescente rodea un texto en el que vaticina: “Un día los políticos promulgarán leyes contra este chico… cuando descubra que desea poner su cuerpo desnudo sobre el cuerpo desnudo de otro chico”.
AUTODIDACTA Y MULTIFACÉTICO
Wojnarowicz fue un artista autodidacta que se propuso crear una crónica incisiva de aquellos años, con especial atención a los marginados (sobre todo a los enfermos de sida) y a los mitos de la cultura americana. Admirador de la obra y la vida de Arthur Rimbaud, Wojnarowicz se inició como poeta en los años setenta en la estela del francés tras un viaje a París. Entre sus fotografías destaca la serie “Arthur Rimbaud en Nueva York”. Otros escritores que ejercieron influencia sobre Wojnarowicz fueron William S. Borroughs y Jean Genet, a quienes incluyó en su obra pictórica en dos collages que se pueden ver en esta exposición (“Sin título. Genet retratado por Brassaï” y “El sueño recurrente de Bill Burroughs”).
En los ochenta Wojnarowicz comenzó a experimentar con carteles publicitarios y materiales reciclables recogidos en contenedores de basura. Mientras completaba sus ingresos como miembro del grupo musical 3 Teens Kill 4 (sus discos se escuchan en una de las salas) instaló un taller improvisado en uno de los edificios abandonados de los muelles del río Hudson. Además de los posters que hizo para anunciar los conciertos de la banda, a esta etapa pertenecen las obras que denominó “estarcidos”: un hombre cayendo, una casa ardiendo, un bombardero… Una de sus obras más impactantes fue “Metamorfosis”, una serie de 23 cabezas de escayola decoradas con pinturas y collages colocadas en otras tantas repisas. “Metamorfosis” se concibió como una denuncia contra los conflictos que asolaban la Latinoamérica aquellos años: Nicaragua, El Salvador, Argentina…
CONTRA LA MARGINACIÓN Y LA HOMOFOBIA
La pareja de Wojnarowicz, el fotógrafo Peter Hujar, fue quien lo animó a pintar y quien inspiró algunas de sus obras. Su fallecimiento, también de sida, fue un duro golpe para el artista, que lo fotografió en su lecho de muerte (las fotos se incluyen en esta exposición). Wojnarowicz dio entonces una nueva orientación a su obra con temas más atrevidos y complejos en los que criticaba ácidamente aspectos sociales y culturales de la Norteamérica contemporánea, un mundo que denominaba “preinventado”, prefabricado. Su preocupación por las víctimas del sida le llevó a crear imágenes relacionadas con el mundo homosexual y la denuncia de la homofobia. La American Family Association denunció las ayudas estatales a las obras de Wojnarowicz de contenido homosexual, por lo que la NEA le retiró las subvenciones hasta que un jurado decidió que fueran devueltas al artista.
Otra de sus grandes series es una interpretación muy personal de “Los cuatro elementos”, con pinturas cargadas de símbolos alegóricos sobre la tierra, el agua, el fuego y el aire. También “Lenguas de fuego”, con pinturas de flores exóticas de grandes dimensiones. En otra de sus series Wojnarowicz utiliza los mapas como material fundamental de sus collages para denunciar las fronteras artificiales que dividen a la humanidad.
Además de la obra pictórica, escultórica y musical, en una sala de esta exposición se proyectan videos con fragmentos de obras audiovisuales de Wojnarowicz. No pudo terminar su película “A Fire in My Belly” (Fuego en mis entrañas), rodada en México, título que utilizó Cynthia Carr para la biografía del artista.

TÍTULO. David Wojnarowicz. La historia me quita el sueño
LUGAR. Museo Reina Sofía. Madrid
FECHAS. Hasta el 30 de septiembre

EL RENACIMIENTO DE FRA ANGELICO

 

El Museo del Prado acoge una gran exposición en torno a la obra de Fra Angelico

Hace unas semanas el Museo del Prado presentaba públicamente el cuadro “La Anunciación”, de Fra Angelico (Florencia c. 1395-Roma, 1455), después de una profunda restauración que ocupó más de un año (sobre este trabajo y sobre el proceso creativo del artista puede verse un documental en una sala de esta exposición). Alrededor de esta obra y otra del mismo autor, la pintura al temple “La Virgen de la granada”, adquirida por el Prado en 2016 a la Casa de Alba, gira una gran exposición que va a permanecer abierta hasta el 15 de septiembre. El título de la muestra es “Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia” porque además se pueden ver obras de pintores como Masaccio, Filippo Lippi, Ambrogio di Baldese, Gentile da Fabriano o Masolino, y de escultores como Donatello o Ghiberti, realizadas entre 1420 y 1430. También de artistas españoles como Pedro Berruguete
La Anunciación de Fra Angelico llegó a España en 1611. Había sido realizada para el Evangelio del altar de San Domenico de Fiesole, un espacio que dividía la zona de los fieles de la que ocupaban los frailes, y el pintor situó la escena en medio de una arquitectura florentina contemporánea, con plantas que recuerdan a los jardines medievales y la inclusión de las efigies de Adán y Eva que simbolizan a María como redentora del pecado original. La Anunciación fue el primer altar florentino que utilizó la perspectiva para organizar el espacio, manejando la luz de una manera inédita. Una obra entonces rupturista que señaló un nuevo camino al arte occidental.
PINTOR DE ESPIRITUALIDAD RELIGIOSA
Florencia era una de las grandes capitales del arte cuando un joven Guido di Pietro, que años más tarde adoptaría el nombre de Fra Giovanni de Fiesole (el apodo de Fra Angelico se lo puso después de su muerte su primer biógrafo por el carácter religioso de sus pinturas), llegó allí con uno de sus hermanos alrededor de 1408 para formarse ambos como pintores en el taller del benedictino Lorenzo Monaco, representante de las últimas manifestaciones del arte gótico, algunas de cuyas obras figuran también en esta exposición. La fama de la ciudad era conocida en toda Europa gracias a los grandes proyectos arquitectónicos y escultóricos de Brunelleschi y Donatello inspirados en la cultura de la antigüedad. El primero trabajaba entonces en la cúpula de la catedral, en el Hospital de los Innocenti y en la iglesia de San Lorenzo, mientras Donatello producía aquellos años los relieves de terracota destinados a residencias privadas.
Su relación con el monje Lorenzo Monaco hizo que Fra Angelico tomase los hábitos para ingresar en el convento de San Domenico de Fiesole, donde continuó su carrera fundando un taller que proveía de pinturas a iglesias y mecenas. Precisamente para este convento pintó a mediados de la década de 1920 la famosa Anunciación que preside esta exposición.
Entre 1432 y 1436 trabajó en un tríptico cuya tabla central muestra, entronizados, a la Virgen con el niño, una obra que marcó un punto de inflexión en su estilo. El tríptico suscitó el interés de los mecenas Palla Strozzi y Cosme de Médicis, que le encargaron la decoración del convento de San Marcos, cuyo prior Antonio Pierozzi fue nombrado papa con el nombre de Eugenio IV en 1446. Con él se trasladó Fra Angelico a Roma para pintar en el Vaticano durante cuatro años una obra de la que apenas se conserva un ciclo de frescos sobre las vidas de San Esteban y San Lorenzo. En 1450 regresó a Florencia para hacerse cargo del priorato de Santo Domingo en Fiesole. Su último trabajo fue la decoración del claustro de Santa María sobre Minerva, hoy desaparecida.
UN ITINERARIO CRONOLÓGICO
En el inicio del recorrido de esta muestra, un capitel corintio de 600 kilos de la antigua iglesia de San Lorenzo de Florencia, cuya autoría es de Brunelleschi, recibe a los visitantes y da paso a algunas de las primeras obras de Fra Angelico, a las que sigue una segunda estancia con obras como “Virgen con el niño” y la genial “Historias de los padres del desierto”. En la siguiente sala se recogen algunas de las obras que realizó tras su ingreso en el convento de Fiésole, influidas por la obra de Gentile de Fabriano, entonces el más famoso pintor de Italia. La riqueza de la Florencia de estos primeros años del Renacimiento influyó en la elaboración de terciopelos con hilos de oro y plata que Angelico y Masolino recogieron en sus obras mientras, como muestra también del florecimiento económico de la ciudad, los escultores utilizaban el color en relieves policromados.
En la sala que alberga “La Anunciación” se muestran también obras de algunos coetáneos de Fra Angelico como el “San Pablo” de Masaccio y otra Anunciación, esta de Robert Campin. Las procesiones, ritos y representaciones religiosas de la época fueron registradas por los artistas del Renacimiento en obras que escenifican en teatralizaciones actos como la Coronación de la Virgen y la Crucifixión.
Otra de las salas de la exposición se reserva a las obras de Fra Angelico que narran historias religiosas. A esta etapa pertenece también el tapiz que procede de la catedral de Zaragoza que el artista diseñó para el papa Nicolás V, adquirido en Roma por un clérigo español y trasladado posteriormente a la ciudad del Ebro.

REFLEXIONES SOBRE LA MERCANTILIZACIÓN DE LA CULTURA

La palabra y la poesía son los ejes de la exposición retrospectiva de Rogelio López Cuenca en el Reina Sofía

Francisco R. Pastoriza
Uno entra en esta exposición de Rogelio López Cuenca en el Museo Reina Sofía de Madrid como si penetrara de pronto en un mundo en el que al mismo tiempo está la realidad y la irrealidad del mundo que acaba de abandonar y al que habrá de volver finalizado el recorrido por las nueve salas que albergan otros tantos montajes e instalaciones de este artista nacido en Nerja en 1959.
La palabra ha sido desde siempre para López Cuenca uno de los materiales con los que ha trabajado tanto en su obra plástica y visual como en su poesía, y a esa palabra está dedicada esta exposición antológica. De ahí el título de “Yendo leyendo, dando lugar”. Es esta una muestra que se fundamenta en la reivindicación de la palabra tanto desde la escritura como desde la lectura, y en la que se da protagonismo no sólo al autor de textos literarios, ensayísticos o poéticos, sino también a sus receptores e intérpretes: la lectura también como un acto esencialmente creativo. Para ello el artista utiliza elementos multimedia (pinturas, videos, carteles, fotografías, recortes de prensa) a los que convierte en protagonistas de un mensaje crítico con las industrias de la comunicación y el turismo, aquellas que convierten en objetos de consumo los elementos del arte y el lenguaje, como en esa especie de pabellón de hombres ilustres de una de las salas donde se muestra cómo las vanguardias, en este caso del socialismo soviético, son asimiladas y transformadas en iconos consumibles por la sociedad capitalista. Paralelamente se abordan cuestiones como la inmigración, la memoria histórica, el colonialismo y la especulación urbanística.
EXPOSICIONES, MONTAJES, INSTALACIONES
El recorrido por la exposición se inicia en una sala en la que se agrupan trabajos hechos por López Cuenca en colaboración con otros artistas en la década de los ochenta, en los que se han utilizado lenguajes vanguardistas, como el collage, las grafías y las sonoridades para dar una nueva dimensión a los contenidos del libro a través de la poesía, la escritura y las artes visuales multimedia; se trata de una invitación a transgredir los límites de todos esos lenguajes. En el mural “Que surja” se deconstruye un poema de Vicente Huidobro utilizado en una valla publicitaria de la Conmemoración en 1992 del Centenario del Descubrimiento de América.
Para la recuperación crítica de la memoria histórica López Cuenca se remite al episodio de la matanza de miles de personas que huían de Málaga a Almería por la carretera N-340 en la madrugada del 7 al 8 de febrero de 1937 en la guerra civil española, ametrallados desde aviones en vuelo rasante y desde cruceros cercanos a la costa . Utiliza la ironía a través de la errata periodística, falseando imágenes y pies de foto y mostrando cómo una viñeta humorística se utiliza como arma para deshumanizar al enemigo. Se trata de dar publicidad a un pasaje de la guerra civil silenciado durante muchos años y apenas conocido por las generaciones posteriores.
La instalación tal vez más espectacular es la que recoge el proceso de transformación de las ciudades en marcas publicitarias a través de la mercantilización de iconos. Málaga es el paradigma elegido por López Cuenca, con el ejemplo de cómo la figura de Pablo Picasso, por el hecho de haber nacido en la ciudad por la que casi nunca mostró mucho interés dicho sea de paso, ha dado lugar a la apropiación de su nombre por una omnipresente industria turística y especulativa en una doble dirección: la picassización de la ciudad y la malagueñización del artista. La figura de Picasso y su utilización como reclamo comercial se muestran junto a los productos típicos de una tienda de souvenirs, entre los que se hace difícil distinguir los reales de los inventados por el artista.
Medios de comunicación de masas, publicidad, propaganda política, carteles, mapas, banderas, logotipos, eslóganes, señales de tráfico… constituyen los elementos de otra de las salas de esta exposición en las que el artista utiliza la ironía y el humor para cuestionar los valores del mundo del arte asentados en las convenciones del sistema (la obra maestra, el artista genial) y convertidos por el neoliberalismo en marcas icónicas que generan pingües beneficios económicos. Una crítica al proceso neoliberal de la monetariación del arte.
La exposición se cierra con “Las islas”, una instalación multimedia creada expresamente para esta muestra, donde unos maniquíes masculinos vestidos con camisas hawaianas en un entorno de territorios vírgenes representan el ocio y el relax turísticos al mismo tiempo que el colonialismo de sus antepasados en estos mismos territorios. Una original denuncia de la perpetuación del colonialismo a través de la industria turística.

TÍTULO. Yendo leyendo, dando lugar
LUGAR. Museo de Arte Reina Sofía. Madrid
FECHAS. Hasta el 26 de agosto

LA INTIMIDAD DE LOS MONARCAS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

El Museo del Prado reconstruye el Gabinete privado de la familia real en el XIX y el espacio adyacente utilizado como cuarto de aseo

Desde 1828 la familia real dedicó la sala 39 del edificio Villanueva, sede del Museo del Prado, a colgar una colección de pinturas para el exclusivo goce de los monarcas y sus familiares y allegados. Este espacio era conocido como el Gabinete de Descanso de Sus Majestades y se mantuvo hasta 1865, cuando Federico de Madrazo, responsable entonces del museo, decidió abrir el espacio al público. Otra sala adyacente alojaba el cuarto de aseo e higiene personal de la familia real. Como una más de las muchas actividades conmemorativas de los 200 años de la historia del Prado, los responsables de la pinacoteca han decidido reconstruir de forma fidedigna estos espacios con su disposición original, tal como fueron en el pasado, con los mismos cuadros cubriendo por completo las paredes en varias alturas y los mismos elementos instalados en ambas estancias, con el fin de evocar cómo era el museo en aquellos años, una institución que nació en 1819 vinculada a la Corona. La exposición recoge 44 pinturas (de las 54 originales, según el inventario de 1834) y muebles tan insólitos como el retrete original de Fernando VII, realizado por Ángel Maeso González en 1830 con maderas de caoba y palosanto sobre una armadura de pino, y decorado con terciopelo y ornamentos de molduras y bronce dorado, que ha vuelto a ser instalado en su emplazamiento original. También orinales (uno para hombres otro para mujeres) de la Real Fábrica de la Moncloa, y un estuche de aseo con todos sus elementos. Los cuadros que cuelgan de las paredes del Gabinete son en su mayoría retratos de miembros de la familia real, bodegones, paisajes y escenas de acontecimientos históricos como la “Jura de Fernando VII como Príncipe de Asturias”, de Luis Paret y Alcázar. Originalmente, en el Gabinete estaba también “La familia de Carlos IV”, de Goya, que no se incluye en esta muestra por ser un cuadro emblemático del Prado. El Gabinete se ubica en la segunda planta del edificio, frente al Jardín Botánico, al que se abría a través de una balconada con tres ventanas. Era uno de los tres espacios del museo dedicados en exclusiva a la familia real (los otros dos eran la Sala de Contemporáneos y la Sala Reservada, aunque a éstas sí accedían con frecuencia artistas y viajeros para contemplar algunos de los mejores desnudos artísticos que albergaba).
La visita a esta exposición se completa con recorridos virtuales que se pueden hacer en la misma sala. Además, la web del museo dispone de una experiencia inmersiva de realidad virtual en estos espacios.

TÍTULO. El Gabinete de Descanso de Sus Majestades
LUGAR. Museo del Prado
FECHAS. Hasta el 24 de Noviembre

LAS NIÑAS DE BALTHUS, EN MADRID

 

El Museo Thyssen expone una retrospectiva con lo mejor de la obra del pintor franco-polaco

Nacido en París en una familia ilustrada de origen polaco (su padre era historiador de Arte), hermano del escritor Pierre Klossowski, Balthus (1908-2001) se formó en un ambiente cultural privilegiado, bajo la protección del poeta Rainer María Rilke (dicen que amante de su madre) y del pintor Pierre Bonnard, con los que inició una carrera cuya obra algunos sitúan entre el surrealismo y el realismo mágico, con influencias del Renacimiento (Masaccio, Piero della Francesca) y el naturalismo (Courbet). Disciplinado copista de David, Poussin y Chardin en largas sesiones en el Louvre, nunca le interesaron las vanguardias y nunca siguió los movimientos en boga, por eso Picasso apreciaba su pintura: era el único que no había intentado imitarle, según le dijo en una ocasión. Desde los primeros años, su obra estuvo bien valorada primero por una minoría que adquiría sus cuadros a precios ya considerables y más tarde integrado plenamente en el mercado junto a las grandes firmas del siglo XX. En 1962 se casó en segundas nupcias con la artista japonesa Setsuko Ideta, de 19 años (su primera mujer fue Antoinette de Watteville, una aristócrata que posó como modelo en algunos de sus cuadros), quien influyó en su pintura preparando sus colores y haciéndolos más brillantes. Con ella se trasladó a vivir a Suiza hasta su muerte. Su longevidad (le gustaba bromear diciendo que por haber nacido un 29 de febrero sólo cumplía años cada cuatro) le posibilitó atravesar la práctica totalidad del siglo XX como uno de los artistas (él prefería calificarse de artesano) testigos de todos los movimientos y las vanguardias europeas y americanas.
Desde siempre Balthus estuvo obsesionado con representar la infancia, esa infancia que Lewis Carroll retratara en “Alicia en el país de las maravillas” y en las fotografías de Alicia Liddel, ingenuas y eróticas al mismo tiempo. Uno de los elementos más polémicos de su pintura son esas figuras femeninas de adolescentes dotadas de una sexualidad ambivalente, entre la inocencia y la provocación, que aún hoy son objeto de críticas por parte de sectores moralistas conservadores. En 2017 “Thérèse soñando” provocó la recogida de más de once mil firmas pidiendo su retirada del Metropolitan Museum de Nueva York. El pintor siempre dijo que no eran sino “ángeles”, una calificación ambigua, entre lo profano y lo religioso, que hay que ponderar teniendo en cuenta la confesada religiosidad del propio Balthus (“pintar es rezar”, dijo en una ocasión), devoto de la virgen de Czestochowa, y que presumía de haber recibido un rosario de manos del mismo Juan Pablo II.
UNA REPRESENTATIVA RETROSPECTIVA
Algunas de esas “niñas” pueden verse en una muestra de la obra de Balthus que estos días se expone en el museo Thyssen Bornemisza de Madrid. Niñas dormidas, concentradas, quitándose la ropa o en actitudes poco ortodoxas. Según Balthus, lo que quería pintar con estos cuadros era “el secreto del alma y la tensión oscura y a la vez luminosa de su capullo aún sin abrir del todo”. No fueron estas niñas las únicas que escandalizaron en las exposiciones de Balthus. En 1934 su cuadro “La calle” (también en esta exposición) suscitó una encendida polémica hasta el punto de que el comprador de la obra le pidió que volviera a pintar la mano de un acosador más separada del lugar donde la había pintado originalmente. Una vocación temprana esta de escandalizar: en 1934, a los 26 años, “La lección de guitarra” ya había provocado reacciones similares. Pero en la obra de Balthus hay también paisajes (“El valle de Yonne”), bodegones (un detalle que no pasa desapercibido es que en todos ellos el pan siempre está atravesado por un cuchillo), escenas detenidas en el tiempo (“La partida de naipes”), muchas de ellas con elementos como espejos y gatos que se repiten obsesivamente (su autorretrato lo tituló “El rey de los gatos”) y a veces juntos como en “El gato en el espejo III”, ambos, gato y espejo, en compañía, cómo no, de una adolescente. Se pintó a sí mismo también en “La toilette de Cathy”, identificándose con Heatcliff, el protagonista de “Cumbres borrascosas”.
De los aproximadamente trescientos cuadros que pintó Balthus durante su vida aquí se pueden ver 47, pero entre ellos están los más importantes. La instalación de las obras se ha dispuesto en orden cronológico, de manera que pueda resultar más clara la evolución de su pintura, desde sus primeros paisajes de París y los retratos, como “Los hermanos Blanchard”, un cuadro que Picasso le compró a Balthus. No es una obra considerable en número la de Balthus, aunque habría que añadir también sus trabajos para la Villa de Médici, de la que fue director durante 16 años.

TÍTULO: Balthus
LUGAR. Museo Thyssen Bornemisza. Madrid
ECHAS. Hasta el 26 de mayo

SALE A LA SUPERFICIE LA OBRA DEL PINTOR ROMÁNTICO RAFAEL TEGEO

 

Se expone por primera vez una muestra monográfica del artista murciano

Ningún ámbito mejor que el Museo del Romanticismo de Madrid para albergar la exposición que rescata para el gran público la figura del artista Rafael Tegeo (1798-1856), pintor que fue uno de los introductores de la sensibilidad romántica en la España del siglo XIX. Se trata de la primera exposición monográfica que se celebra de este artista nacido en la localidad murciana de Caravaca de la Cruz. El Museo del Romanticismo había adquirido una de las obras religiosas fundamentales de Tegeo, la “Virgen del jilguero”, de su época italiana, una adquisición a la que se sumaron los retratos donados de Jacinto Galaup y de su esposa María del Pilar Ordeig. Con esta base, los responsables del museo se plantearon el reto de reunir la obra más destacada de Rafael Tegeo, diseminada en instituciones como el Museo del Prado, Patrimonio Nacional, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y colecciones privadas españolas y extranjeras. Ahora se expone en varias estancias del Museo del Romanticismo, estableciendo un recorrido a través del cual se pueden confrontar los cuadros de Tegeo con los de otros autores consagrados que alberga este museo.
Es poco y mal conocida la biografía de este pintor, por lo que la leyenda ha sustituido en ocasiones a los datos objetivos sobre su vida y su obra. Se sabe que después de su aprendizaje en Murcia y en Madrid tuvo un periodo de formación en Roma entre 1822 y 1827, años en los que asimiló las influencias de los grandes maestros del Cinquecento, del Neoclasicismo italiano y de Jacques-Louis David, y que a su regreso a España pintó obras mitológicas y religiosas para el infante Sebastián Gabriel y los duques de San Fernando de Quiroga. Destacan entre las primeras “Antíloco lleva a Aquiles la noticia del combate sobre el cadáver de Patroclo”, “Diomedes, asistido por Minerva, hiere a Marte” y “Combate de lapitas y centauros”. Como ocurrió con otros artistas del pasado, Rafael Tegeo fue ignorado durante muchos años, tras su muerte, después de un periodo de encumbramiento en los años 30 del XIX, cuando realizó los encargos del infante Sebastián Gabriel y las obras decorativas para el Casino de la Reina y el Palacio Real de Madrid. A su silencio artístico durante las épocas absolutistas colaboró en no poca medida su oposición a Fernando VII y su militancia y compromiso político con el Liberalismo, bajo cuya militancia llegó a ser concejal del ayuntamiento de Madrid. Su figura fue rescatada en 1999 a raíz de la publicación de la biografía “Rafael Tegeo, un pintor en la encrucijada”, del crítico de arte Juan Carlos Aguilera Rabaneda, y de la obra “Rafael Tegeo. Del tema clásico al retrato romántico”, de Páez Burruezo. Además del mitológico, entre los géneros practicados por Tegeo destacan el histórico y el religioso, con especial atención, en ambos, al tratamiento del cuerpo masculino, como se manifiesta en su obra “Hércules y Anteo”, que pintó con motivo de su ingreso como miembro honorario de la Real Academia de San Fernando. También practicó asiduamente el retrato, sobre todo al aire libre en paisajes románticos, especialidad en la que cosechó una gran popularidad en la emergente sociedad burguesa de la época y en la que arriesgó captar la dimensión sicológica de los modelos. Gracias a esta especialidad sobre todo, fue nombrado pintor de cámara de la reina Isabel II en 1846, aunque durante este periodo realizó también algunos de sus mejores cuadros históricos, como “Episodio de la conquista de Málaga”, una obra que fue redescubierta en el año 1992 y que desde entonces no se volvió a mostrar en público hasta ahora.

TÍTULO. Rafael Tegeo. 1798-1856
LUGAR. Museo del Romanticismo. Madrid
FECHAS. Hasta el 17 de marzo