PERIODISMO CULTURAL

TEORÍA Y PRÁCTICA DEL PERIODISMO CUTURAL
De todas las modalidades del periodismo tal vez la más olvidada en el mundo editorial sea la que se ocupa del Periodismo Cultural. Apenas algunos títulos ya clásicos como el de Jorge Rivera (“El Periodismo cultural”) y el de Ivan Tubau (“Teoría y práctica del Periodismo Cultural”), ambos publicados ya el pasado siglo, y algún capítulo en los manuales universitarios de Periodismo Especializado. Y poco más (entre ese poco, mis humildes aportaciones “Periodismo cultural”, publicado en 2006 por la Editorial Síntesis, y “Cultura y televisión”, Gedisa 2003). Y eso a pesar de que los medios de comunicación vienen ocupándose cada vez más de la información relacionada con la cultura. Por eso hay que celebrar la aparición de un nuevo título, “Periodismo cultural en el siglo XXI (I). Contenidos docentes innovadores”, publicado por la Editorial Universitaria, posiblemente el más completo estudio sobre cómo se informa sobre la cultura en todos los medios de comunicación, de la prensa a internet. Un proyecto, además, que pretende tener continuidad con la publicación al menos de un segundo volumen. El libro está coordinado por las profesoras Montserrat Jurado Martín y Beatriz Peña Acuña y he tenido el privilegio de contribuir a este trabajo escribiendo la introducción y uno de los capítulos, el dedicado a ‘Los géneros informativos en el nuevo Periodismo Cultural’. En este volumen han colaborado profesores de varias universidades españolas y extranjeras. Aquí están recogidos trabajos de Xosé López y Ana Isabel Rodríguez, de la Universidad de Santiago de Compostela; de Gloria Gómez-Escalonilla, Carlos H. Lozano Ascencio, Janet Acosta y Alexandra María Sandulescu, de la Rey Juan Carlos; de Rosa María Arráez y Elvira Jensen de la Universidad Europea Miguel de Cervantes; de María Monjas, de la Universidad de Valladolid o Begoña Ibars, de la Universidad Miguel Hernández. Entre los centros extranjeros que han colaborado figuran profesores de las Universidades de Viena, de la brasileña de Sao Paulo y de la finlandesa de Tempere. Los asuntos tratados por los profesores colaboradores abarcan una amplia gama temática que estudia cómo se informa en los medios de comunicación sobre cine, literatura, poesía, música, gastronomía, etc., así como su tratamiento en los nuevos medios digitales y la participación de las audiencias en los contenidos informativos. El libro incluye ejercicios temáticos en cada uno de los capítulos.
LA CULTURA DEL PERIODISMO CULTURAL
Para hacernos una idea más aproximada de lo que es el Periodismo cultural es conveniente una aproximación a lo que se entiende por cultura en este campo informativo, porque el de cultura es un término que admite muchas interpretaciones y difiere cuando se aplica a diferentes momentos históricos.
Además del concepto antropológico, que abarca a todas las actividades que realizan los seres humanos, otro concepto de lo que es cultura es deudor de la experiencia. Es al que se refería Ortega y Gassett cuando, después de haber llevado a cabo en un trabajo de campo decenas de entrevistas a campesinos de las zonas más deprimidas del medio rural español, en los años 30 del siglo XX, comentó a uno de sus interlocutores: “¡Que cultos son estos analfabetos!”. Se refería a los amplios conocimientos de aquellas gentes en la flora y la fauna, la siembra y la cosecha, la meteorología, y en general en los aspectos relacionados con el conocimiento de la naturaleza. De este concepto de cultura no se ocupa el Periodismo cultural. El filósofo Jurgen Habermas define la cultura como “el caudal de saberes que adquieren las personas para tener un mejor conocimiento del mundo”. En la actualidad los medios de comunicación serían mediadores culturales, cauces para hacer llegar esos saberes a los ciudadanos. Pero tampoco este concepto de cultura es aplicable estrictamente al Periodismo cultural.
La idea más extendida de cultura es aquella que la define como fruto de la formación académica y de la ilustración, autodidacta o no. Y es esa la cultura de la que se ocupa preferentemente el Periodismo cultural, que trata de canalizar la información que se genera en torno al mundo de esa cultura, darle un tratamiento homogéneo como especialidad diferenciada y difundir esa información para que llegue a los consumidores habituales de otro tipo de noticias. Para ello se establecen unas pautas de producción diferenciadas y se utilizan mecanismos narrativos propios.
El Periodismo cultural se ocupa de todas las manifestaciones de esa clasificación que la divide en cultura de élite, cultura de masas y cultura popular, una clasificación que, aunque útil desde el punto de vista operativo profesional, resulta un tanto artificial. Porque, en mi opinión, una sinfonía como el “Concierto para clarinete y orquesta” de Mozart transmite para sus receptores la misma o parecida emoción que un disco de Billie Holiday o el “Sgt. Peppers” de los Beatles. Por otra parte, es sabido que algunas producciones que hoy se califican de alta cultura, como los dramas de Shakespeare y las comedias de Lope de Vega, fueron creadas para el consumo masivo; que Dostoievski y Víctor Hugo escribieron sus grandes obras en formatos por entregas para que llegasen a todos los públicos, o que la ópera, el paradigma por excelencia de la cultura de élite, nació como espectáculo popular. Y, por otra parte, el paradigma de la cultura de masas, el cine, fue en sus orígenes concebido para la aristocracia y la alta burguesía de la época, a juzgar por los elevados precios de las entradas a las primeras proyecciones de los Hermanos Lumière y a que su vitrina social en París se instalase en un bulevar céntrico de la capital (y en Madrid en el elegante Hotel Rusia, a donde acudió la familia real para ver el nuevo espectáculo).
En la actualidad la información cultural está firmemente asentada como una especialización más de los contenidos de los medios de comunicación y ocupa un espacio cada vez más importante, unas veces por una verdadera preocupación del medio por la cultura, otras porque la información cultural prestigia a sus soportes y es rentable para la consideración social de éstos. En ocasiones también por los intereses comerciales a los que el medio está vinculado: en muchos casos se da una mezcla de todas estas consideraciones.

LA MIRADA DE CLARICE LISPECTOR

 

Se publican todos los cuentos de la escritora brasileña

Desde hace algunos años la editorial Siruela viene haciendo una labor excelente divulgando en España la obra de Clarice Lispector, una autora muy poco conocida aquí a pesar de ser posiblemente la mejor escritora brasileña del siglo XX. Además de sus novelas, que viene editando regularmente (en estas páginas hemos reseñado “La pasión según G.H.”), en 2013 Siruela publicó un volumen con los “Cuentos reunidos” de la escritora. Ahora, para completar aquella entrega, la misma editorial publica un extenso volumen que reúne “Todos los cuentos” (un total de 84, algunos encontrados tras su muerte), añadiendo diez relatos de la primera etapa de la autora ausentes en aquella edición, escritos cuando aún era una estudiante de Derecho en Rio de Janeiro.
No es fácil la literatura de Clarice Lispector, una narradora que intenta penetrar en los sentimientos más íntimos de las mujeres, ya sean amas de casa, misioneras o prostitutas, jóvenes o viejas, insertas en el tedio y la monotonía de una vida familiar y urbana, dominadas por la autoridad patriarcal de los maridos (“desconfiad de una mujer que sueña”, dice un marido en el cuento titulado “Fondo de cajón”), ahogadas por una atmósfera opresiva, incomunicadas, enfrentadas a las adversidades de la sociedad y a las costumbres que las obligan a renunciar a ser ellas mismas. Lispector reflexiona sobre la situación: “Allí está el mar, la más ininteligible de las existencias humanas. Y aquí está, de pie en la playa, la mujer, el más ininteligible de los seres vivos”, dice la escritora en el relato “Las aguas del mundo”.
Partiendo de anécdotas de la vida cotidiana, muchas de sus narraciones recogen las experiencias de la propia Clarice Lispector, la mujer joven y bella que se casó, que tuvo hijos, que fue envejeciendo y que se enfrentó a la enfermedad y a la muerte.
Los cuentos de Clarice Lispector son como una extensión de sus novelas porque en ellos predominan las mismas preocupaciones, la misma angustia existencial, los mismos problemas que asedian a las mujeres de sus novelas, que se preguntan constantemente sobre su condición y sobre su papel en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Relaciones de pareja monótonas que desembocan en crisis insuperables y en abandonos; soledad en entornos agresivos dominados por el hombre; angustia, pobreza, incierto futuro… En muchos de estos cuentos de Clarice Lispector la mujer va poco a poco tomando conciencia de su situación de opresión social, pero sus oportunidades de evadirse tropiezan siempre con barreras estructurales insuperables y de ahí que el desenlace sea muchas veces el desequilibrio sicológico, la muerte buscada o el suicidio. Excepcionalmente el suicida puede ser también un hombre, como en “Historia interrumpida”, y otras veces los dos miembros de la pareja, asediados por el tedio y la monotonía, como en “Los obedientes”, una narración en la que se cuenta cómo un matrimonio que había decidido en adelante vivir intensamente, termina suicidándose. “El sufrimiento es el privilegio de los que sienten”, dice en “Brasilia”, uno de los relatos, que no es en realidad un cuento sino dos miradas poéticas sobre la capital del país desde dos momentos separados entre sí por 12 años. Por cierto, hay que decir que aunque el título sea el de “Cuentos”, algunas de estas narraciones no son tales, al menos en el sentido clásico del término, sino reflexiones, soliloquios, recuerdos, fulguraciones poéticas, retratos sicológicos, monólogos interiores. Las protagonistas (casi siempre mujeres, aunque hay también algunos hombres, incluso narrados en primera persona, como en “Una amistad sincera”) se ven abocadas a una vida que no les deja ningún resquicio para escapar a su destino, condicionado por la familia, la sociedad y el entorno. Son estos cuentos de Clarice Lispector narraciones enigmáticas algunas, inquietantes y turbadoras, que dejan en el lector un poso de amargura al no vislumbrarse salidas airosas a la opresión a la que están condenadas las protagonistas. Incluso cuando (como en “La fuga” y “Obsesión”) alguna mujer toma la decisión de abandonar al marido porque ha conocido a alguien que “…había despertado en mí la sensación de que en mi cuerpo y en mi espíritu palpitaba una vida más profunda y más intensa que la que yo vivía”, la nueva relación resulta más tóxica que la anterior y obliga a las mujeres a volver con sus parejas.
UNA MUJER PARA LA LITERATURA
La misma vida de Clarice Lispector es como una de sus novelas (véase “Por qué este mundo”, la biografía escrita por Benjamín Moser publicada también por Siruela). Descendiente de judíos ucranianos, su abuelo fue asesinado, su madre violada, y su familia tuvo que exilarse en Brasil huyendo de la represión y los pogromos durante la revolución bolchevique. Con esa familia llegó Clarice Lispector a ese país sudamericano cuando contaba dos años (nació el 10 de diciembre de 1920 en la aldea de Tchetchelnik durante la huída). La precaria situación de su padre, vendedor ambulante de ropa de segunda mano, y la temprana muerte de su madre, cuando la escritora tenía nueve años, la empujaron a refugiarse en la literatura, donde descubrió la prosa deslumbrante de Machado de Assis, de Eça de Queiroz y de Jorge Amado, y la profundidad narrativa de los relatos de Dostoiewski y Flaubert. Su ideal de escritura se identificaba con las obras de Virginia Woolf pero sobre todo con las novelas de Katherine Mansfield.
Mujer de una gran belleza, alta y rubia, inteligente, misteriosa, seductora, tocada con permanentes collares sobre sus vestidos de intensos rojo, blanco o negro, Clarice Lispector ocultaba su mirada, sin embargo triste, detrás de unas permanentes gafas oscuras. Comenzó en el mundo de las letras trabajando como periodista y publicó su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”, a los 23 años, una obra que le proporcionó ya la popularidad literaria y con la que inició una carrera que fue fundamental en la renovación de las letras brasileñas, con títulos como “La hora de la estrella”, “Aprendizaje o el libro de los placeres” o su obra póstuma “Un soplo de vida”. Se casó con el diplomático Maury Gurgel, con quien tuvo dos hijos y a quien acompañó a Europa (Nápoles y Berna) y a Washington hasta que en 1959 regresó a Brasil tras un divorcio traumático. Esta separación la sumió en una profunda crisis, agravada por un accidente doméstico, un incendio provocado por un cigarrillo mal apagado, que le provocó graves quemaduras. Murió de cáncer en 1977, la víspera del día que iba a cumplir 57 años.

LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA DEL NORTE

 

Un ensayo y varias novelas abordan desde perspectivas diferentes la extinción de las tribus indígenas de Norteamérica

La carta del presidente de México López Obrador al rey Felipe VI solicitando que España pida perdón por los excesos de la conquista de México por Hernán Cortés trae a la actualidad un tema que ha sido tratado desde diferentes perspectivas, dependiendo de los intereses de los imperios que colonizaron aquellos territorios. La cultura yanqui ha ensalzado tradicionalmente como héroes a los colonizadores que exterminaron a los indígenas, aunque últimamente se han publicado ensayos, se han escrito novelas y se han estrenado películas que son muy críticas con aquellos episodios. A lo largo de muchos años se han publicado leyendas negras sobre las conquistas de los españoles y de los colonos anglosajones, pero apenas se han divulgado informaciones sobre los excesos que los mismos mexicanos llevaron a cabo en su territorio para exterminar a tribus como los apaches.
LA CONQUISTA ENTRE LA FICCIÓN Y LA HISTORIA
La conquista de los territorios que hoy ocupan México y los Estados Unidos ha sido largamente tratada, sobre todo en el cine de Hollywood, que inventó el western, uno de los géneros más celebrados por la industria. Un libro de reciente aparición, “Ahora me rindo y eso es todo” (Anagrama), del escritor mexicano Álvaro Enrigue, recoge, entre la historia y la ficción, algunos de los episodios de aquella colonización y exterminio protagonizados por yanquis y mexicanos: “Si los gringos fueron crueles con los apaches, los mexicanos nos quedamos sin madre por hacerles lo que les hicimos y seguimos sin tenerla: no los recordamos y su ausencia en nuestra memoria nos reduce”, afirma Enrigue en este libro.
En 1886, después de su última huida de la reserva en la que había sido ingresado, el jefe apache Gerónimo se rendía a las fuerzas del general George Crook en el Cañón de los Embudos, en la Sierra Madre occidental. Sus palabras al reconocer la derrota fueron: “Antes me movía como el viento, ahora me rindo y eso es todo”, una sentencia que da título a este libro del escritor mexicano.
La figura de Gerónimo, el último héroe de la Guerra Azteca, centra el desarrollo del libro de Enrigue, una narración de género inclasificable, entre la crónica histórica, el relato novelesco y el diario. Enrigue sigue los pasos de Gerónimo, que era mexicano y hablaba español, desde que era el temible jefe indio que puso en jaque a los ejércitos de México y Estados Unidos hasta su confinamiento en el Fuerte Sam Houston de San Antonio, Texas, mientras esperaba, acompañado por algunos de los suyos entre los que estaban su propio hijo Chapo, y Naiche, el hijo de Cochís, el tren que iba a trasladarlo a un confinamiento temporal en una reserva de Florida. Gerónimo terminó muriendo a los 79 años en la base militar de Lawton, Oklahoma.
En esta obra de Enrigue las citas históricas y los personajes reales que protagonizaron la rendición de Gerónimo y los suyos alternan con el relato novelesco que cuenta el secuestro de una mujer por un grupo de apaches y la persecución que inicia en su búsqueda una expedición formada por irregulares en territorios controlados por los indígenas. Las penalidades de la rehén durante su traslado al campamento apache están narradas con un dramatismo que traslada al lector las vivencias de una situación en el límite entre la vida y la muerte. Camila, nombre de esta mujer mexicana, terminará integrándose y uniéndose al jefe Mangas Coloradas, padrastro de Gerónimo, un episodio inspirado en un suceso real. Un tercer hilo conductor del libro de Enrigue es un diario donde el escritor cuenta un viaje de vacaciones con su esposa Valeria y sus tres hijos a la Apachería, el extenso territorio de los apaches entre los actuales Estados Unidos y México (incluida una emotiva visita a su cementerio de Fort Still), esos territorios en los que se van desarrollando los episodios, novelescos e históricos, que se cuentan a lo largo del libro. Al final, historia, novela y diario confluyen en una misma narración como si formasen parte de un único relato.
LA CONQUISTA DE LA NUEVA ESPAÑA
Pocas gestas históricas han alcanzado grados de riesgo y aventura como la de los conquistadores españoles en América. Son conocidas las de Hernán Cortés y Pizarro, aunque no con la suficiencia que otros países y otras culturas han divulgado las suyas (por ejemplo, las ya citadas producciones de Hollywood sobre la conquista del Oeste). Sin embargo permanecen prácticamente ignoradas las epopeyas de los españoles en esa ancha franja de territorio americano que se inicia en la desembocadura del río Colorado y se extiende por el sur de Arizona, Nuevo México, Texas, Arkansas, el valle del Misisipi desde Luisiana hasta el norte de Memphis, y el sudeste de lo que hoy son México y los Estados Unidos: Tennessee, Alabama, Carolina del Sur, Georgia y Florida. Un libro reciente, “Indios y conquistadores españoles en América del Norte” (Alianza Editorial) del historiador francés Jean-Michel Sallmann, rescata del olvido a personajes fascinantes y expediciones fabulosas que, contempladas a la distancia de los siglos que nos separan, parecen producto de la imaginación de un novelista fantasioso. Sallmann se acerca a estas historias con la seriedad y el rigor de un investigador que se interna en el proceloso territorio de una tierra incógnita hollada por aventureros en busca de riquezas y poder.
Tal vez se hable poco de las aventuras de los conquistadores españoles en estos territorios porque el fracaso persiguió prácticamente a todas las empresas y a algunas de forma muy trágica. Tampoco dieron con las riquezas que suponían que había en ellos: el oro y la plata que pretendían encontrar resultó ser sólo cobre y mica de escaso valor. Para explicar estos fracasos el autor investiga minuciosamente cómo se organizaban las expediciones, las dificultades de un entorno natural hostil y la feroz resistencia de las tribus indígenas, en parte provocada por los métodos violentos de los expedicionarios.
Las primeras expediciones al norte del territorio de México se desarrollaron en lo que los españoles llamaron Las Floridas, la península de Florida y su zona norte, para más tarde abordar la conquista de Tierra Nueva, al oeste del territorio de los EE.UU. y México. Además de la gloria los conquistadores buscaban tierras ricas como las de los imperios inca y azteca y un paso de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico que facilitase la llegada de los barcos españoles a China y las Molucas con el fin de contrarrestar la influencia de Portugal en Asia, según decidiera el Tratado de Tordesillas. Su fanatismo estaba alimentado también por creencias mitológicas como las de Eldorado y la Fuente de la Eterna Juventud o por leyendas medievales como la de Las Siete Ciudades.
La más espectacular y novelesca expedición fue la de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, cuyos supervivientes (sólo tres de varios centenares) tardaron ocho años en volver a Nueva España tras enfrentarse unas veces y convivir otras con tribus indias de los territorios de Florida, los mismos que exploraron Ponce de León, Lucas Vázquez (fundador de la primera ciudad de América del Norte, San Miguel de Guadalupe) y la trágica de Pánfilo de Narváez, diezmada por los indios y el paludismo. No le fue mejor a la de Hernando de Soto, veterano de la conquista de Perú, que tuvo que vadear ríos impetuosos, profundas ciénagas y marismas inhóspitas mientras libraba luchas feroces contra los indígenas en emboscadas y guerras de guerrilla cuyas víctimas hispanas eran decapitadas, descuartizadas y colgadas de los árboles para extender el terror entre los soldados. Los expedicionarios recorrieron a sangre y fuego Tennessee, la cuenca del Misisipi, Alabama, Memphis y Boston, camino de Texas, donde Soto perdió la vida y fue sustituido por Luis de Moscoso, una expedición que fue un completo fracaso humano y un verdadero desastre económico.
Episodio poco conocido es también el de los enfrentamientos con los expedicionarios franceses, que no habían aceptado el monopolio de la colonización hispano-lusa bendecido por el Papa. La España de Felipe II encargó al gallego Pedro Menéndez de Avilés un plan de oposición a la presencia francesa en Florida, contra la que Francia montó una gigantesca expedición con una flota bajo el mando de Ribaud y un ejército al cuidado de Dominique de Gourgues que destruyó el fuerte de San Mateo y algunos fortines, sin conseguir el control de Florida. Tras la derrota de los franceses Menéndez tomó Florida en nombre del rey de España y atacó y saqueó la posición francesa de Fort Caroline. Pero tampoco los españoles permanecieron mucho tiempo porque los indígenas masacraron todas sus guarniciones hasta el punto de que sólo se salvó un español, al que dejaron con vida para que hiciera de mensajero de la tragedia a las autoridades de Santa Elena. Florida fue entonces considerada por las autoridades españolas como una tierra sin interés y poblada además por indígenas reacios a la sumisión. Sólo interesó entonces la situación estratégica de sus costas para garantizar el suministro de metales preciosos al Tesoro español.
No menos trágicas resultaron las expediciones españolas a Tierra Nueva conducidas por Nuño de Guzmán, fundador del reino de Nueva Galicia y de la ciudad de Compostela, un conquistador de una crueldad tal que Carlos V hubo de destituirlo al tener noticia de sus asesinatos y del comercio de esclavos con los que traficaba.

LAS NIÑAS DE BALTHUS, EN MADRID

 

El Museo Thyssen expone una retrospectiva con lo mejor de la obra del pintor franco-polaco

Nacido en París en una familia ilustrada de origen polaco (su padre era historiador de Arte), hermano del escritor Pierre Klossowski, Balthus (1908-2001) se formó en un ambiente cultural privilegiado, bajo la protección del poeta Rainer María Rilke (dicen que amante de su madre) y del pintor Pierre Bonnard, con los que inició una carrera cuya obra algunos sitúan entre el surrealismo y el realismo mágico, con influencias del Renacimiento (Masaccio, Piero della Francesca) y el naturalismo (Courbet). Disciplinado copista de David, Poussin y Chardin en largas sesiones en el Louvre, nunca le interesaron las vanguardias y nunca siguió los movimientos en boga, por eso Picasso apreciaba su pintura: era el único que no había intentado imitarle, según le dijo en una ocasión. Desde los primeros años, su obra estuvo bien valorada primero por una minoría que adquiría sus cuadros a precios ya considerables y más tarde integrado plenamente en el mercado junto a las grandes firmas del siglo XX. En 1962 se casó en segundas nupcias con la artista japonesa Setsuko Ideta, de 19 años (su primera mujer fue Antoinette de Watteville, una aristócrata que posó como modelo en algunos de sus cuadros), quien influyó en su pintura preparando sus colores y haciéndolos más brillantes. Con ella se trasladó a vivir a Suiza hasta su muerte. Su longevidad (le gustaba bromear diciendo que por haber nacido un 29 de febrero sólo cumplía años cada cuatro) le posibilitó atravesar la práctica totalidad del siglo XX como uno de los artistas (él prefería calificarse de artesano) testigos de todos los movimientos y las vanguardias europeas y americanas.
Desde siempre Balthus estuvo obsesionado con representar la infancia, esa infancia que Lewis Carroll retratara en “Alicia en el país de las maravillas” y en las fotografías de Alicia Liddel, ingenuas y eróticas al mismo tiempo. Uno de los elementos más polémicos de su pintura son esas figuras femeninas de adolescentes dotadas de una sexualidad ambivalente, entre la inocencia y la provocación, que aún hoy son objeto de críticas por parte de sectores moralistas conservadores. En 2017 “Thérèse soñando” provocó la recogida de más de once mil firmas pidiendo su retirada del Metropolitan Museum de Nueva York. El pintor siempre dijo que no eran sino “ángeles”, una calificación ambigua, entre lo profano y lo religioso, que hay que ponderar teniendo en cuenta la confesada religiosidad del propio Balthus (“pintar es rezar”, dijo en una ocasión), devoto de la virgen de Czestochowa, y que presumía de haber recibido un rosario de manos del mismo Juan Pablo II.
UNA REPRESENTATIVA RETROSPECTIVA
Algunas de esas “niñas” pueden verse en una muestra de la obra de Balthus que estos días se expone en el museo Thyssen Bornemisza de Madrid. Niñas dormidas, concentradas, quitándose la ropa o en actitudes poco ortodoxas. Según Balthus, lo que quería pintar con estos cuadros era “el secreto del alma y la tensión oscura y a la vez luminosa de su capullo aún sin abrir del todo”. No fueron estas niñas las únicas que escandalizaron en las exposiciones de Balthus. En 1934 su cuadro “La calle” (también en esta exposición) suscitó una encendida polémica hasta el punto de que el comprador de la obra le pidió que volviera a pintar la mano de un acosador más separada del lugar donde la había pintado originalmente. Una vocación temprana esta de escandalizar: en 1934, a los 26 años, “La lección de guitarra” ya había provocado reacciones similares. Pero en la obra de Balthus hay también paisajes (“El valle de Yonne”), bodegones (un detalle que no pasa desapercibido es que en todos ellos el pan siempre está atravesado por un cuchillo), escenas detenidas en el tiempo (“La partida de naipes”), muchas de ellas con elementos como espejos y gatos que se repiten obsesivamente (su autorretrato lo tituló “El rey de los gatos”) y a veces juntos como en “El gato en el espejo III”, ambos, gato y espejo, en compañía, cómo no, de una adolescente. Se pintó a sí mismo también en “La toilette de Cathy”, identificándose con Heatcliff, el protagonista de “Cumbres borrascosas”.
De los aproximadamente trescientos cuadros que pintó Balthus durante su vida aquí se pueden ver 47, pero entre ellos están los más importantes. La instalación de las obras se ha dispuesto en orden cronológico, de manera que pueda resultar más clara la evolución de su pintura, desde sus primeros paisajes de París y los retratos, como “Los hermanos Blanchard”, un cuadro que Picasso le compró a Balthus. No es una obra considerable en número la de Balthus, aunque habría que añadir también sus trabajos para la Villa de Médici, de la que fue director durante 16 años.

TÍTULO: Balthus
LUGAR. Museo Thyssen Bornemisza. Madrid
ECHAS. Hasta el 26 de mayo