MOMENTOS ESTELARES DE LA HISTORIA DE EUROPA

 

El periodista Guillermo Altares recorre el continente a través de acontecimientos de su historia y de su cultura

La idea central que preside este libro del periodista Guillermo Altares (“Una lección olvidada”. Tusquets) es la de que a pesar de la diversidad y de las diferencias entre los territorios que integran Europa, existe una tela de araña de fuertes lazos tejida entre sus habitantes y sus culturas, una atracción forjada a lo largo de la historia, que hace que esa unión sea indestructible. Para Altares el proceso de la unidad europea iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con la desaparición de las fronteras, la utilización de una moneda única y la búsqueda del bien común, ha sido lo mejor de nuestra historia reciente como europeos. Por eso, desde el prólogo de este libro, nos recuerda aquella frase de Víctor Hugo en la que el escritor francés afirmaba que una guerra entre europeos es siempre una guerra civil.
DE LAS CAVERNAS A LA GUERRA DE YUGOESLAVIA
Teniendo como objetivo esta premisa, “Una lección olvidada” es un viaje por algunos acontecimientos de la historia que muestran esos vínculos, que se han reforzado a pesar de los problemas a los que Europa ha tenido que enfrentarse a lo largo de los siglos. Desde las cuevas prehistóricas a los conflictos de la antigua Yugoeslavia, la historia de Europa ha sido una sucesión de acontecimientos que han forjado la personalidad de un continente que vive en la actualidad el periodo más evolucionado de su historia. El recorrido se inicia en la cueva prehistórica de Chauvet, descubierta en 1994, cuyas fascinantes pinturas rupestres, de una antigüedad de 36.000 años, muestran un arte que se identifica tanto con Altamira como con la contemporaneidad, teniendo en cuenta el dato de que entre Chauvet y Altamira existe mayor distancia temporal que entre Altamira y el siglo XXI.
Uno de los aspectos que se destacan en este libro es el de la superación, en la época actual, de la violencia, que fue una presencia histórica permanente en el continente, “una infinita acumulación de batallas, un palimpsesto de horrores”, en palabras del autor. Una violencia que ya estaba hace 5200 años en el hombre de las nieves, la momia de Ötzi encontrada en 1991 y que demuestra que también la prehistoria fue un periodo convulso. Una violencia que continuó en el mundo antiguo con las guerras de Troya y el Peloponeso y las conquistas del imperio romano, que se prolongó en la Edad Media con las invasiones de los pueblos bárbaros y los vikingos y después con las guerras de religión, las cruzadas y las persecuciones contra heterodoxias religiosas como la de los cátaros, se extendió a través de los episodios de terror desatados durante la Revolución Francesa y las matanzas de la Comuna de París, hasta ensangrentar el siglo XX durante la guerra civil española, las dos guerras mundiales, el Holocausto y las represiones derivadas de los sistemas totalitarios que se instalaron en suelo europeo… hasta alcanzar los últimos conflictos de la guerra de Yugoeslavia hace apenas veinte años. A estos episodios dedica Guillermo Altares los 20 capítulos de este libro excepcional.
Pero frente a esta violencia, en Europa se ha manifestado también una unidad cultural que la salva de una radical condena histórica. El legado de Grecia y Roma, los mundos bizantino y árabe, la arquitectura religiosa que dio lugar a las catedrales, las obras de Caravaggio, la Ilustración, el arte y la literatura de los siglos XIX y XX… encierran en las manifestaciones de la diversidad de los países del continente una innegable urdimbre europeísta. De estas manifestaciones habla también este libro, uno de cuyos méritos son las citas bibliográficas que incitan a la lectura de los textos que las documentan.

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PSICODELIA. EL ÚLTIMO VIAJE

 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid muestra una exposición que rescata el arte del movimiento hippie
Fueron los años más vibrantes de la década de los sesenta, ya de por sí vertiginosa, cuando la música pop, desde que el rock and roll se erigiera como expresión simbólica de un nuevo cambio generacional, había ocupado la banda sonora de las vidas de millones de jóvenes de todo el mundo. Fueron ellos, los jóvenes y adolescentes de la última posguerra mundial, quienes tomaron la iniciativa en las modas, las costumbres, el arte, la cultura (y la contracultura), expresiones que giraban alrededor de nuevas manifestaciones artísticas cuya principal característica era la ruptura. Fue en esos años cuando apareció una nueva manifestación artística, la psicodelia, relacionada fundamentalmente con la música pero con derivaciones en las artes plásticas, el diseño gráfico y el cine, cuyas estéticas estaban influenciadas por los efectos del consumo de drogas alucinógenas.
La psicodelia relacionaba lo espiritual con una nueva forma de creación artística que supuestamente nacía en un estadio del inconsciente, al que se llegaba a través de sustancias como el LSD. Se sabe que los artistas consumían drogas pero no está muy claro que sus seguidores tuvieran las mismas experiencias. Bob Stanley, en su monumental ensayo “Yeah!. La historia del pop moderno” dice que los grupos cantaban canciones sobre un mundo que la mayoría de los oyentes no había experimentado nunca: “el público captaba la onda pero sin ‘expandir la mente’ ni ‘liberarse’ del todo”, escribe.
La psicodelia se inició en la música pop desde el principio de la década (el crítico Diego A. Manrique localizó en un single de The Gamblers, de 1960, un tema instrumental de título “LSD”), aunque el momento cumbre de este movimiento llegó en 1967, cuando The Beatles, el grupo más influyente de la música pop de aquella década, lanzó el álbum “Sgt. Peppers”, que adoptaba aquella estética psicodélica en su música, en las letras de sus canciones y en las imágenes que ilustraban el álbum, cuya autoría era de los artistas del Pop-art Peter Blake y Jann Haworth, refrendando en Europa un camino iniciado en la costa oeste de los Estados Unidos por el movimiento hippie, heredero directo del espíritu bohemio de los beats de Jack Kerouac, y por grupos como la Steve Miller Band, Love, Grateful Dead, Jefferson Airplane y los Doors de Jim Morrison, cuya estela siguieron después otros como Traffic, Pink Floyd y Jimi Hendrix. El 67 fue también el año del verano del amor, cuando el movimiento hippie alcanzó su climax.
UN ARTE PSICODÉLICO
De todo aquel movimiento ha quedado la música pero también toda una estética que artistas como Michael Ferguson (teclista del grupo Charlatans, a quien se atribuye la autoría del primer poster de rock psicodélico), Víctor Moscoso, Wes Wilson, Anton Kelley, Stanley Mouse, Rick Griffin, Gary Grimshaw…. dejaron para la posteridad en fotografías, posters, revistas, portadas de vinilos y anuncios publicitarios de acontecimientos como el Human-Be-In y de conciertos y festivales como los de Monterrey y Altamont o los multitudinarios de Woodstock y la isla de Wight.
El arte sicodélico de aquellos años puede verse ahora en una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en la que, además, hay una fuerte representación de lo que se hacía entonces en países como Alemania y Checoslovaquia. Se pueden ver aquí más de 850 piezas, entre ellas unas 300 portadas de discos de Bob Dylan, los Beatles, Crosby, Stills, Nash and Young, Pink Floyd, los Stones, Mothers of Invention… ejemplares de revistas internacionales (“Oracle”, “Berkeley Barb”, “Oz”, “Sounds”, “New Musical Express”, “Melody Maker”), folletos, objetos de época y libros sobre música, literatura psicodélica, cultura hippie y drogas. La mayor parte de las piezas aquí expuestas pertenecen a la colección privada del historiador checo-germano Zdenek Primus, que ha venido reuniéndolas con pasión desde los años de la Primavera de Praga, cuando la brecha abierta con la apertura de la experiencia de Dubceck permitió una excepcional proliferación de esta manifestación artística alternativa en su país. Una exposición muy completa en la que únicamente se echa de menos una mayor presencia española (apenas la de los Bravos), aunque para conocer la implicación de los grupos musicales y de los artistas españoles en el mundo de la sicodelia, se nos hace obligado recomendar una muestra paralela a ésta, a poca distancia del Círculo de Bellas Artes (en el centro Cultural Fernán Gómez). Se titula “El pintor de canciones. Artes visuales, escritura y música popular en el Estado español (1950-1978). Un excelente complemento a esta otra sobre el arte sicodélico.

TITULO. Psicodelia en la cultura visual de la era beat (1962-1972)
LUGAR. Círculo de Bellas Artes. Madrid
FECHAS. Hasta el 20 de enero de 2019

GALDÓS. 175 AÑOS DE LITERATURA

 

La efeméride se presta a recuperar la obra de uno de los grandes escritores de la literatura española

 

En este 2018 que ahora termina se cumplieron 175 años del nacimiento de Benito Pérez Galdós en Las Palmas el día 10 de mayo de 1843, una ocasión desaprovechada por los organismos culturales para recuperar (o para descubrir a las nuevas generaciones) a un escritor fundamental de nuestra literatura, el mejor novelista español del realismo crítico. Una de las iniciativas más meritorias relacionadas con Galdós fue la publicación por la editorial Cátedra de diez de sus mejores novelas en un volumen en el que también se rescata del olvido su discurso de ingreso en la Real Academia Española, un texto en el que, desde su título (“La sociedad presente como materia novelable”), mezclaba los dos elementos de su obra literaria, la realidad y la imaginación.
UNA VIDA PARA LA LITERATURA
Descendiente de un militar que participó en la Guerra de la Independencia, Galdós vivió desde los 19 años en Madrid, a donde llegó para estudiar Derecho y donde se quedó para siempre. Madrid fue la ciudad con la que llegó a identificarse, a la que convirtió en escenario de sus mejores novelas y de la que extrajo los personajes más fascinantes de su literatura. Sus viajes desde muy joven por Europa (Francia, Inglaterra, Holanda, Alemania, Italia…) le proporcionaron una perspectiva abierta y cosmopolita para analizar la sociedad de su tiempo y desmienten el estereotipo de personaje apegado al terruño con que lo definieron algunos coetáneos. Desde su llegada a la capital practicó el periodismo en revistas como “El Debate”, “Revista de España” y en el diario progresista “La Nación”, una experiencia que le permitió conocer en profundidad la convulsa vida social y política de aquellos años. En la Universidad fue alumno de profesores krausistas y regeneracionistas cuya doctrina influyó en su pensamiento y en sus novelas. Y en su formación literaria fueron importantes las obras de Dickens (de quien fue traductor) y de Balzac, a quienes leyó en profundidad antes de publicar por entregas su primera novela “La sombra” en 1870. Pero lo que se manifiesta con más fuerza en toda su obra es la influencia de Cervantes.
UNA LITERATURA COMPROMETIDA
La literatura de Galdós evolucionó paralelamente a su ideario político hasta el punto de que algunos de sus personajes son trasunto del propio escritor (el Augusto Miquis de “La desheredada” y “Ángel Guerra”, el Evaristo Feijoo de “Fortunata y Jacinta”). Desde un inicial apoyo al régimen monárquico, evolucionó primero hacia la militancia en el grupo progresista republicano para más tarde afiliarse al Partido Socialista. Fue testigo del destronamiento de Isabel II a consecuencia de la Revolución de Septiembre de 1868, del golpe del general Pavía en las Cortes de 1874 que dio paso a la Restauración en la persona de Alfonso XII, y del Desastre de 1898. Fue, desde la literatura, el mejor cronista de esos años de transición entre los siglos XIX y XX y trató siempre de introducir su sistema de valores entre la ficción de sus novelas. Así, desde un inicial planteamiento burgués (“Doña Perfecta”, 1876) su obra fue derivando hacia la crítica a esa misma burguesía para llegar a un republicanismo radical y socialista (“El caballero encantado”, 1909). Su anticlericalismo, que mantuvo hasta el fin de sus días, se manifiesta abiertamente en obras como “Gloria” (1877) y “La familia de León Roch” (1878). Fue un fiel defensor de los derechos del movimiento obrero (en “Marianela” critica expresamente las condiciones de trabajo de los mineros) y participó en la vida política defendiendo las ideas republicanas. Desencantado del republicanismo burgués terminó por acercarse al PSOE, partido al que calificó como “lo único serio, disciplinado, admirable, que hay en la España política”. La clase media urbana, a la que dedicó toda su obra, nunca refrendó la ideología progresista de su narrativa y de su teatro.
UNA OBRA MONUMENTAL
En lo literario Galdós superó el realismo de la época introduciendo elementos extrarrealistas (los sueños, la memoria, la fantasía y la imaginación, a la que el autor llamaba ‘la loca de la casa’) y utilizando novedosos y arriesgados recursos experimentales como el monólogo interior y el espiritualismo tolstoyano. Con una formidable potencia fabuladora y un estilo propio con el que crea mundos complejos, es autor de algunas de las novelas más importantes de la literatura española: “Tormento” (1884), “Fortunata y Jacinta” (1887), “Nazarín” (1895), “Misericordia” (1897)… Fue uno de los mejores escritores que supieron llegar a lo más profundo de los seres humanos y a denunciar sus vicios y sus miserias: la vanidad, la hipocresía, la ambición, la avaricia. Entre sus temas siempre reivindica la libertad individual, la educación, el progreso. Y tampoco falta la crítica despiadada a los colectivos que han frenado el desarrollo de España y han impedido el florecimiento de las ideas ilustradas, desde la Iglesia y el poder político a la nobleza y los militares. Pérez de Ayala lo calificó como el mejor novelista español después de Cervantes, Valle-Inclán apreciaba su literatura (aunque fuera uno de los personajes de su “Luces de bohemia” quien le adjudicó el apodo de ‘garbancero’) y, a pesar de sus ideas progresistas, tuvo siempre el reconocimiento del conservador Menéndez y Pelayo.
Aunque siempre con escasos recursos económicos, Pérez Galdós fue un autor famoso en una España que no era generosa con sus escritores. La reacción denostaba sus novelas y hasta el Gobierno llegó a oponerse abiertamente a su candidatura al Nobel en 1912. Aunque publicó 77 obras de ficción su popularidad la debe a los Episodios Nacionales, una serie de 46 novelas históricas que abarcan desde la batalla de Trafalgar a la Restauración, que fue publicando de 1873 a 1912, en las que funde la narración con la historia y donde el protagonismo se centra no en grandes personajes y acontecimientos trascendentes sino en los seres anónimos y en sus circunstancias, lo que Unamuno llamaba la intrahistoria.
Aparte de su obra novelística Galdós fue autor de un teatro (a veces sus dramas eran adaptaciones de sus novelas) en el que también introducía sus preocupaciones sociales. En 1901, el estreno de su drama anticlerical “Electra” suscitó una fuerte polémica que provocó una manifestación contra el gobierno conservador la misma noche del estreno, cuando el público acompañó vitoreando al autor a pie durante el trayecto desde el teatro a su casa.
Benito Pérez Galdós murió en 1920 ciego y en la miseria pero con el fervor de sus admiradores intacto. Aunque se le negaron funerales nacionales su entierro se recuerda como una de las más espectaculares muestras de dolor del pueblo de Madrid. Su obra se agiganta con el tiempo a medida que vamos conociendo mejor la sociedad que la inspiró y el contexto político en el que fue creada. Esta era una buena ocasión para comprobarlo. Aunque nunca es tarde.

OTRA BIOGRAFÍA DEL GRAN SAMUEL JOHNSON

Si hay un personaje sobre el que vale la pena proyectar una mirada intensa y minuciosa, tanto por su personalidad desbordante como por su obra literaria y ensayística, ese es Samuel Johnson (1709-1784), considerado como el intelectual inglés más importante del siglo XVIII. Dramaturgo, poeta, novelista, crítico literario, fue autor, entre otras obras, del primer “Diccionario histórico de la Lengua Inglesa” y del mejor prólogo a los ocho volúmenes de las Obras Completas de Shakespeare. Así lo entendió James Boswell, quien le dedicó en 1791 una extensa biografía de 2.000 páginas, “Vida de Samuel Johnson”, publicada en España por Acantilado y por Espasa Calpe, considerada como la primera biografía moderna, una obra que con el tiempo se ha convertido en un hito en la historia de la literatura y en un modelo para historiadores y biógrafos. Ahora, con el mismo título que la de Boswell, Gatopardo Ediciones publica la que en 1961 le dedicó a Samuel Johnson el italiano Giorgio Manganelli.
LA FORJA DE UN LITERATO
Johnson abandonó en 1737 su pueblo natal de Lichfield y la librería de su padre para buscar la gloria en un Londres donde el triunfo había que conquistarlo a fuerza de mucho trabajo y grandes sacrificios. Manganelli comienza su biografía sobre Samuel Johnson en este momento en el que el escritor, de 28 años, salió de Lichfield en compañía de su amigo David Garrick. Ambos perseguían la fama y el triunfo, uno en la literatura y el otro en el teatro. Ambos lograron sus cometidos, Johnson como escritor de éxito y Garrick en los escenarios, donde llegó a ser el actor inglés más popular y el mejor intérprete de Shakespeare. En 1737 los dos amigos se encontraron con un Londres superpoblado donde la miseria y la suciedad invadían todos los espacios y donde la delincuencia campaba a sus anchas en unas calles en las que abundaban las peleas, las pendencias y los linchamientos mientras la viruela, la disentería y el tifus diezmaban cíclicamente a una población empobrecida. Había también un comercio floreciente, pero generaba una riqueza mal repartida. Para Johnson era, sin embargo, una ciudad ideal porque le proporcionaba la oportunidad de conocer los mejores linajes y las casas más ilustres al tiempo que la ocasión de confraternizar con los pobres y escuchar los lamentos de los desposeídos. Él conocía bien la pobreza porque la había padecido durante los primeros meses de su estancia en Londres, lo que le hizo mantener durante toda su vida una férrea solidaridad con los más desfavorecidos. Londres, además, le daba la libertad que no existía en ningún otro sitio de Inglaterra y le ofrecía las compañías con las que le gustaba compartir su vida: hombres y mujeres de cualquier condición social y moral, desde prostitutas y libertinos hasta intelectuales y hombres poderosos con los que se encontraba en cafés y tabernas. Para sus relaciones con el mundo de la cultura prefería los cómodos salones del Literary Club o la tertulia que reunía una vez por semana en la taberna Turk’s Head a gentes como el escritor Oliver Goldsmith, el filósofo Edmund Burke, el historiador Edward Gibbon, el pintor Joshua Reynolds y a sus amigos Boswell y Garrick. En un Londres inmerso en el ambiente que Charles Dickens recrearía más tarde en sus novelas, a Johnson se le puede considerar como el primer héroe de la cultura de masas. Admirado por gentes de toda condición, su figura y su obra divertían y generaban admiración al mismo tiempo que sobre su figura se inventaban espectaculares leyendas apócrifas que se mezclaban con episodios de su vida real. Carlyle lo entronizó en su “Tratado sobre los héroes” como ejemplo de literato por antonomasia. Harold Bloom mantiene que Johnson es a Inglaterra lo que Goethe a Alemania y Montaigne a Francia. En su época Johnson estaba considerado como el hombre que más libros había leído de toda la Gran Bretaña.
UN PERSONAJE ATRABILIARIO
Samuel Johnson era persona de mal asiento. Residió en veinte sitios diferentes durante los 50 años de su vida en Londres, casi siempre en casas de amigos y conocidos, incluso con su mujer. Escribió obras que fueron leídas en todo el continente europeo: la serie de críticas literarias “Vida de los poetas”, el drama “Irene”, la novela “La historia de Roselas, príncipe de Abisinia”, además de infinidad de artículos para “The Rambler”. De aspecto corpulento y poco agraciado físicamente, caótico y desordenado, excéntrico, misógino, contradictorio y maniático, siempre mal vestido, se rodeaba de una variopinta caterva de amigos, entre ellos el estrafalario poeta Richard Savage, de quien escribió una espléndida biografía. Algunos de sus mejores amigos fueron los escritores Derrick y Floyd, dos talentos fracasados que vivían prácticamente en la calle. También Tophan Beauclerk, un libertino de quien Johnson dijo en cierta ocasión que era “un cuerpo todo vicios y un alma toda virtudes”. Y sobre todo James Boswell, que estuvo a su lado desde que se conocieron el 16 de mayo de 1763 en la trastienda de una librería que regentaba en Covent Garden el actor Thomas Davies (Johnson tenía entonces 53 años y Boswell 22) y que siguió minuciosamente sus correrías, lo acompañó a tertulias y reuniones con los personajes más variopintos, frecuentó con él tabernas y tugurios y vivió a su lado sus éxitos y sus fracasos. Dice Giorgio Manganelli en esta biografía que si Boswell no hubiera transcrito sus diálogos y reconstruido su vida prácticamente día a día desde que se conocieron, la imagen de Samuel Johnson no sería la misma que hoy tienen de él todos quienes le admiraron y le admiran. Destaca también Manganelli los frecuentes accesos de tristeza y de melancolía que sufría Johnson, la angustia que invadía su alma ante el temor infinito no tanto a la muerte como al castigo divino a la eternidad del infierno. La muerte le producía una fascinación a la vez horrorizada e iluminadora hasta el punto de considerar la vida como un intento permanente de evitar pensar en ella. Murió el 13 de diciembre de 1784 a los 75 años en ese Londres al que tanto amó y que tanto le debe.