EL ARTE DE ROY LICHTENSTEIN

 

Llega a Madrid una exposición de carteles de uno de los protagonistas del Pop Art
Aunque tuvo sus orígenes en Europa en la obra de artistas como Richard Hamilton y Eduardo Paolozzi, en uno de cuyos cuadros apareció por primera vez la palabra pop, el Pop art tuvo su desarrollo más espectacular en los Estados Unidos como reacción al expresionismo abstracto, desde donde se expandió a todo el mundo. Artistas como Andy Warhol, James Rosenquist, Claes Oldenburg, Tom Wesselmann y Roy Linchtenstein crearon un universo icónico cuyas propuestas se centraban en los medios de comunicación, la cultura de masas, la publicidad y el consumo. De Lichtenstein (Nueva York, 1923-1997) se expone ahora en Madrid una colección de sus carteles más representativos. La novedad de esta exposición está en la clasificación de sus obras en seis apartados temáticos según la finalidad para la que fueron creadas.
La formación de Lichtenstein en el mundo editorial como diseñador le facilitó el trabajo de elaborar carteles publicitarios inspirados en los comics, la publicidad y las revistas ilustradas de los años cincuenta y sesenta. Una de sus originalidades fue la introducción de cuadrículas formadas por puntos regulares que imitan la estética de los comics y de las tiras ilustradas de los periódicos, los famosos puntos benday, una de sus señas de identidad. Comienza su carrera en el Pop art con series dedicadas a mujeres jóvenes, rubias, idealizadas, convertidas en sex symbols, para pasar a los temas para adultos y a las historietas bélicas. Algunas de las famosas chicas de Lichtenstein, como “Crying Girl” (Chica llorando), se convirtieron en verdaderos iconos del Pop art. Entre sus imágenes bélicas destacan “Crak!”, “Whaam!”, de su serie Explosiones, y “Cuando abrí fuego” (Lichtenstein participó en la II Guerra Mundial en Francia y Bélgica). A raíz de su relación con el galerista Leo Castelli, representante también de Jasper Johns, Rauschenberg, Oldenburg y Warhol, la obra de Lichtenstein traspasó las fronteras de los Estados Unidos y se convirtió en una de las más apreciadas en todo el mundo.
LA EXPOSICIÓN
El recorrido de la muestra comienza con los carteles que Lichtenstein creó exclusivamente para las exposiciones sobre su obra que organizaban museos como el Guggenheim de Nueva York, la Tate Gallery de Londres o el Moderna Museet de Estocolmo durante los años sesenta, setenta y ochenta. “Art about art”, “As I Opened Fire Poster” son muestras importantes de esta sección. Lichtenstein adaptaba sus obras para estas exposiciones según el objetivo para el que se configuraban.
De similares características es la sección que recoge los carteles que Lichtenstein creó para publicitar exposiciones propias y ajenas en galerías de arte como la Beyeler de Basilea, la Ace Gallery de Los Ángeles y sobre todo para las de la galería de Leo Castelli. A principios de los sesenta los comics fueron la principal inspiración de los carteles de Lichtenstein. Utiliza los personajes populares de las tiras, como Mickey Mouse y Tin Tin, y los convierte en protagonistas de sus obras. A veces satiriza la pintura abstracta en series como “Brushtroke” (Brochazo) y otras rinde homenaje a otras obras de arte como en “Red Horseman Poster”, donde evoca la obra del futurista italiano Carlo Carrà. Relacionados con los personajes de sus Girls, en los desnudos femeninos de “Nudes” presenta a mujeres jóvenes individuales o en grupo, utilizando una estética idealizada y muy pudorosa. En esta sección se pueden ver algunas obras de su serie “Pinturas imperfectas” y el cartel de la muestra itinerante “11Pop Artists” de 1966, inspirado en el comic para adultos, en el que se recoge un puñetazo presidido por la onomatopeya Pow!, como se hace en los dibujos de las historietas.
Pero también los museos dedicaban a Lichtenstein homenajes a través de carteles que anuncian exposiciones en cuya elaboración también participa a veces el artista. Instituciones como The Smithsonian de Washington y museos como el MoMA de Nueva York solicitaron a Lichtenstein que pintara para ellos algunos de los carteles que anunciaban grandes exposiciones, entre ellas algunas del propio pintor. En estos carteles hace referencia a movimientos artísticos anteriores como el Art déco o a artistas como Matisse.
Uno de los apartados más sugerentes de esta exposición es el de los carteles dedicados a aquellas causas políticas y sociales que contaban con la simpatía de Lichtenstein, a veces solicitadas por los organizadores de movilizaciones a favor de estas causas como Amnistía Internacional o Unicef, y otras por iniciativa del propio Lichtentein. Aquí se pueden ver mensajes antirracistas (“Against Apartheid”), ecologistas (“Save Our Planet, Save Our Water”), contra el hambre en el mundo (“Care Poster”) y de apoyo a candidatos del Partido Demócrata (“Dukakis!”). O su visión de lo que debiera ser el despacho oval del Capitolio en “A New Generation of Leadership”. Los carteles se vendían para recaudar fondos para estas causas.
La exposición termina con el apartado dedicado a los carteles que Lichtenstein elaboró sobre acontecimientos culturales y deportivos, anunciando eventos y celebraciones relacionadas con el mundo de la cultura. Una de las series de más éxito de Lichtenstein fueron las Modern Paintings, inspiradas en el Art déco de los años veinte, como el poster que anuncia el IV Festival del Lincoln Center de 1966, en el que evoca las películas americanas de los años treinta.

TÍTULO. Roy Lichtenstein. Posters
LUGAR. Fundación Canal de Isabel II. Mateo Inurria, 2
FECHAS. Hasta el 5 de enero de 2019

TAMARA DE LEMPICKA EN SU CONTEXTO

Llega a Madrid una gran exposición de la artista más representativa del Art-déco

Los años veinte del pasado siglo fueron una década dominada por el énfasis en la recuperación del tiempo perdido durante la Gran Guerra. Los métodos para poner en práctica el nuevo espíritu de la modernidad que llegaba con los adelantos técnicos y los cambios en las costumbres, obedecían al impulso de disfrutar de la vida, lo que los franceses llamaban joie de vivre. Fueron unos años en los que el cosmopolitismo de la nueva sociedad se manifestaba a través de los viajes y los nuevos medios de comunicación: modernos automóviles, aviones, trasatlánticos, zepelines… La nueva sociedad europea trataba de demostrar que había superado el trauma de la guerra a través de muestras de exotismo y seducción que incluían la música de jazz, el cine de Hollywood y los nuevos productos de consumo. La nueva estructura social, donde la mujer comenzaba a tener un poder adquisitivo propio que le permitía entre otras cosas una mayor liberación sexual, se manifestaba en la moda, fundamentalmente femenina. En este contexto nació el Art-déco, un movimiento artístico que se identificaba con estos valores y con la estética ornamental del momento. Una de sus artistas más representativas fue la pintora Tamara de Lempicka, de quien acaba de inaugurarse en Madrid una exposición que, junto a sus cuadros, reúne elementos que contextualizan aquella época, como muebles, joyas, vestidos y objetos decorativos. La obra de Tamara Lempicka, ignorada durante muchos años, ha recuperado actualmente vigencia, rescatada por personajes como la cantante Madonna, que adopta la estética de la pintora para sus espectáculos (Madonna posee varios cuadros de la artista, que nunca ha prestado) o los grandes diseñadores de moda como Dolce &Gabanna, Versace y Karl Lagefeld.
UNA PERSONALIDAD FASCINANTE
No se conoce con certeza ni el lugar exacto (¿Varsovia, Moscú, San Peterburgo?) ni el año de nacimiento (entre 1895 y 1899) de Tamara Rosalía Gurwik-Gorska, que adoptó el apellido de su marido, el aristócrata ruso Tadeusz Lempicki, con quien se casó en vísperas de la revolución soviética. La detención de Tadeusz por el nuevo régimen obligó a Tamara a trasladarse a París en 1917, donde su marido se reunió con ella dos años después. En París inició una carrera relacionada con la moda y el diseño en un ambiente elitista e ilustrado en el que se relacionaba con personajes como James Joyce, Colette, Cocteau, Gie, Picasso e Isadora Duncan. Comenzó a exponer sus primeros cuadros en el Salón de Otoño de 1922 y en el Salón de los Independientes en París, Milán y Burdeos, donde causaron sensación sus primeros desnudos.
1925 fue un año decisivo para Tamara de Lempicka. Entre los meses de abril y octubre se celebró en París una exposición internacional de artes decorativas con el fin de recuperar en todo el mundo la primacía de los productos de la industria francesa en este campo. Fue en esta exposición donde nació el Art-déco, un movimiento que fascinó a Tamara de Lempicka porque era una expresión rupturista que proponía un cambio del concepto del arte en un mundo transformado por la industrialización. El Art-déco se manifestaba además como una reacción a la austeridad y al conservadurismo y era un llamamiento a disfrutar de la vida. En este contexto, la obra de Lempicka bebe de las fuentes de la pintura italiana del siglo XV y la flamenca del XVII, de Van der Weyden, Vermeer y El Greco, pero también de Miguel Angel y Rafael. El retrato fue uno de los géneros que cultivó con más éxito. Por su taller pasaron científicos, intelectuales, escritores y miembros de la antigua nobleza exiliados de las revoluciones europeas. Su hija Kizette Lempicka fue también su modelo sobre todo durante su infancia y adolescencia (“Kizette en el balcón”) y también en la edad adulta (“Madre con niño”). En 1932 viajó a España y en 1934 retrató a Alfonso XIII en su exilio en Italia, un retrato, inacabado, que se expone ahora por primera vez en Madrid tras haber sido recientemente descubierto.
Después de su divorcio y del impacto de su famoso “Autorretrato (Tamara en un Bugatti Verde)”, en 1929 Tamara de Lempicka viajó por primera vez a Estados Unidos para participar en una exposición. Poco antes de estallar la II Guerra Mundial la artista llegó al cénit de su fama con una exposición en el museo Jeu de Paume parisino. Ante la amenaza de la guerra se traslada a Estados Unidos con su nuevo marido, el barón judío Raoul Kuffner, y se instala en Beverly Hills en una antigua villa del director de cine King Vidor cuyo mobiliario había sido comprado por Zelda y Francis Scott fitzgerald y en la que organizaba fiestas a las que acudían estrellas de Hollywood como Pola Negri, Greta Garbo, Tyronne Power, Orson Welles, Dolores del Rio o Charles Boyer. Expone en Los Ángeles, San Francisco y Nueva York, desde donde regresa a París al término de la guerra. Europa vuelve a interesarse por su obra a raíz de la exposición “Les Annees 25”, conmemorativa de aquella en la que había nacido el Art-déco. A la muerte del barón se traslada a Houston y en 1978 fija su residencia en Cuernavaca (México) hasta su muerte en 1980. Sus cenizas fueron esparcidas en la cima del volcán Popocatepetl.
LA EXPOSICIÓN
La última exposición de Tamara Lempicka se celebró en la Casa das Artes de Vigo en 2007. Las aproximadamente 200 piezas que se muestran en esta exposición de Madrid, procedentes de 40 museos y colecciones privadas, se organizan en un orden pensado para contextualizar la obra de la artista en diez ambientes Art-déco con muebles, biombos, lámparas, jarrones, vidrieras y fotografías de la época. El recorrido se inicia con dos secciones dedicadas a su etapa parisina de los locos años veinte, incluyendo la reconstrucción de estancias de su casa-estudio de la Rue Méchain, una especie de museo Art-déco del arquitecto Robert Mallet-Stevens decorado con tubos, muebles de acero y esculturas modernistas.
La relación de Tamara de Lempicka con la moda se manifiesta en una sección con ilustraciones de la artista para revistas, bocetos y figurines originales, trajes, zapatos y sombreros presididos por cuadros como “Las confidencias (las dos amigas)” y “La bufanda azul”.
La personalidad bisexual de Tamara de Lempicka se manifiesta en la sección “Las amazonas”, nombre con el que en el siglo XIX se denominaba a las lesbianas. El tabú con el que gran parte de la sociedad trataba la homosexualidad contrasta con el carácter desinhibido con el que la pinta la artista en obras como “El doble 47” y en desnudos como el de “La hermosa Rafaela”. La exposición se cierra con imágenes de Ira Perrot, la mujer con la que mantuvo Tamara de Lempicka relaciones amorosas durante décadas (“Sa tristesse”), Rafaela, una modelo de su desnudo más sexual (“La hermosa Rafaela”) y escenas eróticas como “Las muchachas jóvenes”.
TÍTULO. “Tamara de Lempicka. Reina del Art-déco
LUGAR. Palacio de Gaviria. Madrid
FECHAS. Hasta el 24 de febrero de 2019

LA INFLUENCIA DE ESPAÑA EN LOS GRANDES MÚSICOS

Andrés Ruiz Tarazona rastrea las relaciones de los grandes músicos con España, desde la abuela de Beethoven a las obras de Mozart, Mahler, Debussy o Chopin

 

En España existe una rica tradición en la música clásica que muy pocas veces ha merecido atención suficiente de la sociedad a pesar de que una serie de nombres propios han conseguido hacer llegar sus obras al conocimiento de una mayoría nada desdeñable, tanto en nuestro país como fuera de sus fronteras. Son los Falla, Turina, Albéniz, Granados, Sarasate… todos ellos con importantes relaciones con otros músicos de proyección internacional que a su vez han enriquecido nuestro panorama musical. A lo largo de la historia muchos grandes músicos han sentido interés o atracción por España, le han dedicado obras importantes o han mantenido relación con músicos y artistas españoles. El crítico y musicólogo Andrés Ruiz Tarazona ha estudiado los lazos de algunos de estos músicos con nuestro país en su libro “España en los grandes músicos” (Siruela) donde documenta una exhaustiva información sobre los grandes nombres de la música clásica y las relaciones que los unieron a España, a la vez que muestra descubrimientos interesantes, insólitos o simplemente curiosos.
DE LA ABUELA DE BEETHOVEN A LAS ÓPERAS SOBRE NUESTRA LITERATURA
Tal vez el más sorprendente de estos descubrimientos es el que nos revela la ascendencia española de Beethoven. Ruiz Tarazona afirma que, en efecto, Ludwig Lodewick, abuelo de Ludwig van Beethoven, se casó con la española María Josefa Poll (o Pols), probablemente emigrada a Alemania a consecuencia de la derrota del archiduque Carlos en la guerra de Sucesión que llevó al trono a Felipe V. María Josefa tuvo tres hijos de Ludwig van Beethoven (mismo nombre y apellido que su nieto), uno de los cuales, Johann, fue el padre del gran compositor alemán. Es curioso, desde esta información, el interés que Beethoven tuvo siempre por la figura de Egmont, el héroe de la lucha contra la dominación española en los Países Bajos, para quien escribió la música inspirada en la tragedia de Goethe. El gran músico celebró la derrota de Napoleón en España. En su obra Beethoven también se mostró interesado por algunos aspectos relacionados con nuestro país. Así, su única ópera, “Fidelio o el amor conyugal”, se desarrolla en la ciudad de Sevilla. Se conoce también la amistad de Beethoven con la pianista española Mariana Martínez y el hecho de que pusiera la educación de su sobrino Karl en manos del preceptor español Cayetano Anastasio del Río, con cuyas hijas Fanny y Nanni trabó una fuerte mistad (Fanny, enamorada de Beethoven, escribió un diario con sus recuerdos sobre esta relación con el músico y compositor).
Aunque nunca viajó a España, es curiosa la simpatía y la fascinación que Mozart sentía por nuestro país, manifestada en algunas de sus obras, como en “El rapto en el serrallo”, cuyo protagonista, Belmonte, es un noble español. Mozart también sitúa la acción de “Las bodas de Fígaro” en el cortijo de Aguas Frescas, cerca de Sevilla, y se inspiró para “Don Giovanni” en la obra “El burlador de Sevilla” de Tirso de Molina, en cuya cena rinde un cálido homenaje al compositor valenciano Vicente Martín y Soler (1754-1806), con quien le unió una estrecha amistad, como la que mantuvo con la compositora de origen español Mariana Martínez.
Fue muy frecuente el interés de grandes músicos por la figura de Don Quijote y en general por la obra de Cervantes. Berlioz, que fue amigo de Melchor Gomis y amante de la cantante española María Recio, con la que se casó, mantuvo siempre un culto a lo heroico y a la belleza a través de la figura de Don Quijote. Por su parte Mendelssohn basó su ópera “Las bodas de Camacho” en un episodio de la gran novela de Cervantes, y una de las obras de Ravel lleva el título de “Don Quichotte a Dulcinée”. Mahler, gran lector de Cervantes, terminó “Los tres Pintos” de Weber basándose en episodios de “La Gitanilla” y Richard Strauss compuso el poema sinfónico “Don Quijote” en 1898 (dedicaría otro a la figura del “Don Juan”) y se inspiró en autores de teatro del Siglo de Oro español como Calderón de la Barca para dos lieder basados en “El alcalde de Zalamea” y para su obra “El sitio de Breda”, de cuyo libreto es autor el escritor Stefan Zweig. Puccini también dedicó dos proyectos basados en obras literarias de la literatura española, “La vida del Buscón” de Quevedo y “Anima allegra” de los Hermanos Quintero, ambos fallidos.
Una de las relaciones más estrechas de un compositor con la música española fue la de Debussy quien, a pesar de haber viajado a España en una única ocasión (para ver una corrida de toros en San Sebastián), muchas de sus composiciones son netamente españolas, una influencia seguramente de su padrino el banquero Achille Arosa, de ascendencia gallega. Ya su primera composición se tituló “Madrid” (1879), a la que siguieron “Seguidilla”, “Fantoches” y “Mandolina”. Entre sus grandes composiciones destacan “Rodrigo y Jimena” sobre el romance de El Cid, “Danza profana”, “Máscaras”, “Images”, “Lindaraja” (inspirada en Granada) y “La soirée dans Grenade”, que entusiasmó a Falla, quien compuso una de las piezas que se interpretaron en el homenaje a Debussy tras su muerte. Y sobre todo “Iberia”, una obra que podría haber sido compuesta por un autor español.
Es muy conocida la estancia de Chopin en la isla de Mallorca durante su historia de amor con la escritora George Sand (Aurore Dupin). Para su novela “Consuelo”, Sand se inspiró en la cantante española Paulina Viardot-García, a quien Chopin acompañó al piano en numerosas ocasiones (Paulina cantó en el funeral del músico). Antes, en Viena, el gran compositor había conocido a la también cantante española Loreto García de Vestris, y en París, su amigo el profesor de canto Manuel García lo puso en contacto con los exiliados españoles que huían de las persecuciones de Fernando VII. Chopin tuvo también una amistad intensa con el pianista gallego Marcial del Adalid y con el compositor Juan María Guelbenzu, quien acompañó también a Liszt en algunos conciertos que éste dio en Madrid.
La cantante Paulina Viardot fue todo un personaje en los medios culturales europeos de la época. Amiga del escritor ruso Turguéniev, el compositor Camille Saint-Saéns compuso para ella la ópera “Sansón y Dalila”. No fue la única relación de Saint Saëns con España. Amigo de Chapí, Bretón y Sarasate, fue un frecuente visitante de Las Palmas, donde pasaba largas temporadas, colaboró con el violinista gallego Andrés Gaos Berea, dedicó un concierto a Sarasate y fue un gran admirador y aficionado a la zarzuela.
El libro de Ruiz Tarazona, de lectura entretenida y apasionante, recorre la relación con España de otros grandes músicos como Puccini, Dvoràk, Haydn o Sibelius, y es al mismo tiempo un análisis de muchas de sus obras y un erudito recorrido por sus biografías.

EN LA MUERTE DE HELENA ALMEIDA

Hija, esposa y madre de artistas, la portuguesa Helena Almeida (1934-2018) murió el pasado 25 de septiembre a los 84 años, mientras dormía, en su domicilio de la localidad portuguesa de Sintra. Había nacido en una familia de artistas y desde niña estaba acostumbrada a relacionarse con la creación plástica a través de su padre, el escultor Leopoldo Neves de Almeida, con quien se inició como ayudante antes de su formación académica en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Lisboa y después en París.
Referente del arte contemporáneo portugués, Helena Almeida inició su carrera como pintora en los años sesenta del siglo XX y posteriormente buscó en el dibujo y el vídeo una forma más expeditiva de manifestar sus inquietudes, que encontró definitivamente en la fotografía. Una fotografía a la que sometía a un tratamiento pictórico experimental a través del que descubrió sorprendentes efectos estéticos y en el que encontró una forma de romper los límites entre el arte y el artista y de cuestionar la separación de disciplinas.
La fotografía fue desde muy pronto el recurso preponderante en la obra de Helena Almeida, como demuestran sus series “Pintura habitada”, “Estudio para un enriquecimiento interior” y “Ouveme”. Evolucionó en sus relaciones entre la pintura y la fotografía con logros como “A Onda” y “Dentro de mim”.
EL CUERPO COMO OBRA DE ARTE
Como Cindy Sherman, Helena Almeida utilizaba habitualmente su propio cuerpo (casi nunca su rostro completo) como materia pictórica y fotográfica, a la manera de los creadores del body art y las antropometrías de Yves Klein. Fue a partir de los años 70 cuando orientó su obra hacia la representación retórica utilizando su cuerpo para exponer la relación dialéctica entre realidad y representación, siempre como artefacto transgresor, nunca como personaje ni como autorretrato. Una fotografía casi siempre en blanco y negro que retocaba utilizando colores saturados, como azul cobalto y rojo intenso. Hizo casi todas sus fotografías en su propio estudio, el mismo en el que de niña trabajaba con su padre, y a veces en su jardín, con su cuerpo como modelo (“Mi obra es mi cuerpo, mi cuerpo es mi obra”, tituló una de sus series) habitualmente vestida con ropas de color negro que aplastan la figura, que se perfila así con mayor con nitidez sobre un fondo claro. Utilizaba ese estudio como una manera de documentar el espacio que habitaba, y su cuerpo como una performance, una instalación visual que después congelaba en sus fotografías, como si fueran esculturas efímeras. A través de las diferentes poses de su cuerpo y de sus gestos elaboraba una crítica a la cultura, a las convenciones sociales y al papel histórico de la mujer, como se manifiesta en la serie “Corpus”, en el que se celebra el cuerpo femenino como símbolo de resistencia. “Corpus” fue una de las últimas exposiciones de Helena Almeida en España, en el IVAM de Valencia, en marzo del año pasado.
Ella creaba los ambientes y las atmósferas en las que se situaba para que su inseparable marido Artur Rosa (en “Sin título” aparecen ambos atados por las piernas) disparase la cámara. Entre sus series más destacadas figura la trilogía “Siénteme, Escúchame, Mírame” con la que celebró la llegada de la revolución de los claveles. Su figura desaparece de su obra a principio de los años ochenta, pero vuelve a recuperarla con la serie “Seduzir” y el políptico “Dentro de mi”. En su última serie, “Diseño”, en blanco y negro, su cuerpo vuelve a ser el protagonista total, como culminación del proceso vital y creativo de la artista.