TOM WOLFE Y EL NUEVO PERIODISMO

 

EN LA MUERTE DE TOM WOLFE
En los años sesenta del siglo XX algunos escritores norteamericanos comenzaron a publicar en los periódicos una serie de trabajos bajo formatos tradicionales de crónicas, reportajes y entrevistas pero rompiendo con los moldes del periodismo tradicional, al mezclar la información real con las técnicas de la ficción literaria verosímil. Algunos como Truman Capote (“A sangre fría”) y Norman Mailer (“Los ejércitos de la noche”) aplicaron al periodismo la fórmula de novelas con las que habían obtenido grandes éxitos, mientras otros como Gay Talese (“Fama y oscuridad”) convertían en libros los artículos que habían visto la luz en los periódicos bajo aquel formato. A este estilo se lo bautizó como Nuevo Periodismo por la novedad de su estructura y la originalidad de sus planteamientos. Un libro imprescindible de Marc Weingarten, “La banda que escribía torcido” (Libros del KO) es un apasionante estudio de este movimiento periodístico y literario y un recorrido por la vida y las peripecias de sus mejores representantes. El Nuevo Periodismo cuajó también en Europa y América latina, donde autores como Tomás Eloy Martínez (“La novela de Perón”) y Gabriel García Márquez (“Memoria de un náufrago”, “Noticia de un secuestro”) aplicaron el formato a algunas de sus obras.
ADIÓS A TOM WOLFE
El pionero del Nuevo Periodismo fue Tom Wolfe, que acaba de morir a los 87 años en Nueva York, la ciudad en la que vivió gran parte de su vida (se le citan hasta dieciséis domicilios distintos en esta ciudad), escenario de sus novelas y objeto de muchos de sus trabajos. Llegó a esta ciudad en 1962 para trabajar para el “New York Herald Tribune”, en cuyo suplemento dominical publicó muchos de sus artículos, escritos con un estilo ingenioso y perspicaz, entreverado de ironía, en el formato que con los años se convirtió en el Nuevo Periodismo. También escribió crónicas para el “The Washington Post” (entre ellas una sobre la revolución de Fidel Castro y otra sobre la toma de posesión del dictador haitiano Papa Doc Duvalier) y para las revistas “Esquire” y “Rolling Stone”, donde publicó algunos de sus trabajos más intelectuales. En todos abordaba los temas de la actualidad americana del momento, desde la generación beat, la contracultura y el movimiento hippie hasta los fenómenos que relacionaban el Black Power con los Panteras Negras, el mundo de las drogas, la carrera espacial y los movimientos políticos de la izquierda radical americana de los años sesenta y setenta. Esta obra periodística está publicada en varias recopilaciones de títulos llamativos: “Ponche de ácido lisérgico” (sobre el escritor Ken Kesey, autor de “Alguien voló sobre el nido del cuco”, que había sido encarcelado en México por tenencia de drogas), “El coqueteo aerodinámico rocanrol color caramelo de ron”, “La Banda de la Casa de la Bomba y otras crónicas de la era Pop”, “La izquierda exquisita & Mau-Mauando al parachoques” y, el más conocido, “Nuevo Periodismo”, una recopilación que constituye todo un manual para entender de qué iba el género.
Como escritor de ficción el éxito le llegó en los años 80 con una de las grandes novelas americanas de esa década, el best-seller “La hoguera de las vanidades” (fue adaptada al cine por Brian de Palma, con Tom Hanks y Melanie Griffith de protagonistas), una sátira sobre la especulación y el mundo de las altas finanzas, un ambicioso relato en el que analiza los vicios de la sociedad americana del fin de siglo con una crítica inteligente a los yuppies (young urban profesional) de Wall Street y a la hostilidad racial latente en los wasp (blancos, anglosajones y protestantes) de la alta sociedad, para lo cual sitúa parte de la acción del relato en el Bronx neoyorkino. Lo hace aplicando los métodos con los que el francés Émile Zola (uno de sus escritores favoritos) examinaba en sus novelas a la sociedad europea del siglo XIX. “La hoguera de las vanidades” se publicó en 1987, el año del lunes negro en la bolsa de Nueva York. Tras este éxito Tom Wolfe sufrió una fuerte depresión y una crisis cardiaca que hicieron temer por su vida. Apenas publicó un par de obras más, entre ellas “Todo un hombre”, de 1998, en mi opinión muy superior a “La hoguera de las vanidades” a pesar de las críticas negativas que hicieron John Updike en el “New Yorker” y su colega Norman Mailer en “New York Review of Books”. Se trata de una novela escrita después de una profunda investigación y una exhaustiva documentación sobre el nuevo capitalismo norteamericano y sus relaciones con el poder político, el sexo, los medios de comunicación y el mundo de la fama y la popularidad de las estrellas del deporte y el glamour. Una radical crónica del malestar en la cultura contemporánea americana.
Con Tom Wolfe desaparece también una de las personalidades más carismáticas del periodismo y la literatura norteamericana, un conservador republicano que identificó su imagen con la de un dandy elegante (la novelista Elaine Dundy lo describió como “Tom Sawyer dibujado por Beardsley”), casi siempre vestido de un blanco impoluto, calzado con zapatos de piqué charolados en blanco y negro diseñados por New Lingwood, corbatas moteadas y tocado con un sombrero negro bajo cuyas alas sobresalían sus grandes ojos azules brillando siempre sobre eterna la palidez de su rostro.

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“LOLITA”, REVISITADA

La novela de Vladimir Nabokov es sometida a nuevas miradas a la luz del feminismo
El protagonismo de los movimientos feministas en estos primeros meses de 2018 y la denuncia de delitos de acoso sexual a cargo del movimiento #MeToo, a raíz del caso del productor Harvey Weinstein, han devuelto a la actualidad algunos episodios que permanecían enterrados o casi en el olvido. Se ha vuelto a hablar del supuesto delito de pederastia de Woody Allen, se recrudece el caso de la violación de una menor a cargo de Roman Polansky, se han destapado nuevos casos de acoso sexual protagonizados por personajes del mundo de la farándula, desde Kevin Spacey a Dustin Hoffman, todos posiblemente necesitados de una revisión a la luz de nuevos datos y consideraciones. Menos oportuna parece la exigencia desde ciertas instancias feministas de prohibir “por machistas”, como textos escolares, las obras de autores como Javier Marías, Arturo Pérez Reverte o ¡atención! Pablo Neruda. Aprovechando la marea abierta por iniciativas progresistas para volver sobre las relaciones entre la moral y el sexo, algunas propuestas parecen retrotraer a la sociedad a épocas en las que los gustos estaban dictados por una censura inquisitorial que decidía aquello a lo que se podía tener acceso en el mundo de la cultura. En la actualidad la persecución a obras de arte relacionadas con la moral y el sexo está alcanzando cotas verdaderamente inquietantes, como el caso de la reciente retirada del Museo Metropolitano de Nueva York del cuadro de Balthus “Teresa soñando”.
CON ELLA LLEGÓ EL ESCÁNDALO
Otro episodio polémico en la aplicación de lo políticamente correcto a una obra cultural es el de “Lolita” de Vladimir Nabokov, la novela que provocó uno de los mayores escándalos literarios en la sociedad puritana de los años 50 del siglo XX a causa de la moralidad de su trama y de sus protagonistas (antes de su publicación había sido rechazada por cinco importantes editoriales norteamericanas por miedo a la censura). “Lolita” ha vuelto a ser sometida estos días a la crítica desde estos nuevos presupuestos revisionistas. Está muy clara la intención de Nabokov de provocar la polémica desde el momento en que, desde el principio de la novela, sitúa al protagonista, Humbert Humbert, ante un jurado que va a decidir sobre su moral: en realidad el jurado somos nosotros, los lectores. Y aunque a lo largo de la novela por momentos nos seducen sus declaraciones, Nabokov siempre deja claro que se trata de un asesino y un violador. Lo que hace Nabokov es penetrar con absoluta maestría en la sicología y en la mente enferma de un personaje lleno de contradicciones, culto, atractivo, seductor, que se ha fabricado minuciosamente las circunstancias de una cartografía en la que desarrollar sus obsesiones perversas.
Quiero dejar constancia que para mí “Lolita” es una de las grandes novelas del siglo XX, no por su temática –o no sólo por ella- sino por los grandes valores literarios que ha supuesto para la narrativa contemporánea y por la denuncia de los vicios de la sociedad norteamericana: la hipocresía, la pérdida de valores, la decadencia de la vida de provincias, la debilidad del matriarcado. Para la escritora Laura Freixas, que no niega la calidad de la novela, sin embargo “Lolita” es antes que nada una historia de violencia ejercida por un hombre contra una mujer, sin que haya que considerar si la intención de Nabokov fue la de denunciar precisamente esa violencia (“no analizo las opiniones del ciudadano Nabokov -dice la escritora- sino la novela, fuese cual fuese la intención consciente de su autor”). Según Laura Freixas la calidad de la novela hace olvidar a sus lectores que está mal violar niñas. Otra escritora, Lola López Mondéjar, autora de “Cada noche, cada noche” (Siruela), asegura que “Lolita” es una apología del delito porque lo que cuenta es un abuso, una historia de sexualidad machista y de dominio, cuyo fin es enmudecer a la niña, a la que se demoniza y culpa del deseo sexual de Humbert Humbert, que es además su padrastro. El crítico Robertson Davies llegó a afirmar, en efecto, que el tema de “Lolita” no es la corrupción de una criatura inocente por un adulto sino “la explotación de un adulto débil por una criatura corrupta”. Freixas y Mondéjar manifiestan lo que ya en los Estados Unidos escribieron no hace mucho críticas como Maya Mutter y Sarah Herbold, y que es una constante desde la aparición de la novela.
¿UNA HISTORIADE AMOR?
Acertó Brian Boyd en el capítulo de la biografía de Nabokov dedicado a “Lolita” (“Los años americanos”. Anagrama) cuando dice: “Lolita nunca dejará de escandalizar. Oscilando frenéticamente de emoción en emoción, nos desequilibra línea tras línea, página tras página. Estudio de un caso de abuso sexual, también consigue, contra todas las expectativas, ser una apasionante y conmovedora historia de amor”. Es esta última afirmación lo que niegan quienes descalifican ahora la novela a la luz de la moral. No puede ser una historia de amor, dicen, la relación entre una niña y un adulto que la somete sexualmente utilizando la violencia. “Lolita” no es, en efecto, la historia de un amor correspondido en el plano sentimental (aunque en los primeros encuentros con Humbert Humbert Lolita dice estar enamorada locamente de él, cosas de niña) sino la del amor por una niña de un hombre pervertido, un amor que permanece a través de los años. Desde el memorable principio de la novela (“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”) hasta el final, cuando tiene lugar el reencuentro (ella ya está casada y se niega a seguirle), Humbert Humbert sigue manteniendo ese amor: “La miré y la remiré y comprendí, con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada en este mundo”. Se trata de un amor que sólo existe en la mente de un hombre, un amor que no puede ser comprendido por nadie más, pero amor al fin y al cabo. En mi opinión los errores sobre el mensaje que transmite la novela en este sentido provienen de hacer una lectura de “Lolita” como si fuera una novela de amor antes que un viaje a la mente de un sicópata. Como escribió, hablando de “Lolita”, Guillermo Cabrera Infante (quien por cierto relacionaba a la protagonista de la novela con el cuadro citado de Balthus, que, cosas de la vida, era el pintor preferido de Nabokov), “pocos libros han sido tan humanos”.

RUBENS: EL BOCETO COMO HERRAMIENTA

EL MUSEO DEL PRADO EXPONE 73 BOCETOS DE RUBENS QUE DESCUBREN SUS MÉTODOS DE TRABAJO
En la Italia a la que Rubens (1577-1640) se trasladó en 1600, artistas como Caravaggio, Tintoretto y Veronés habían iniciado la costumbre de pintar bocetos al óleo como preparación previa a algunos de sus grandes cuadros. Antes, ellos y otros artistas hacían bocetos en dibujos sólo en papel, sobre los que paulatinamente con los años fue apareciendo el color. Rubens aportó como innovación otros soportes más duraderos, como el lienzo y la madera, sobre los que pintaba al óleo los proyectos de las obras que le habían encargado, para mostrárselos a sus clientes antes de iniciar los cuadros definitivos (en “La glorificación de la Eucaristía” hay dos tipos de columnas para un mismo altar, para que el cliente eligiese), y también a sus ayudantes y colaboradores, para que, bajo su supervisión, las llevaran a cabo en sus talleres. Otras veces le servían para probar diferentes ideas sobre la composición y las figuras del cuadro futuro. Algunos son estudios de luces y sombras y otros los utilizaba el artista para desarrollar los colores definitivos. Además de para sus cuadros, los hizo para altares, portadas de libros, estampas, grabados, tapices, arquitecturas y obras efímeras como el “Arco Triunfal de la Ceca” y el “Carro Triunfal de Kallo”. Sus temas predominantes son los mitológicos (“Psique siendo conducida al Olimpo”), históricos (“La muerte del cónsul Decio”), religiosos (“La circuncisión”, “La adoración de los pastores”), naturalezas muertas (“Filopómenes descubierto”) y retratos (Charles Bonaventura de Longueval, Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares).
Los bocetos están menos acabados que las obras, como es natural (un boceto es por definición una obra previa e incompleta), pero en ellos ya se manifiesta la grandeza del arte de Rubens, su proceso de creación y su personalidad (algunos se muestran junto a las obras definitivas, para que el visitante haga su propia comparación). Unos son de pequeño tamaño (el más pequeño mide 9×7 cm) y otros relativamente grandes (superan el metro y medio); unos están sólo esbozados y otros muy acabados; todos ellos son menos pulidos y tienen menos detalles que las obras definitivas, la capa de pintura es más delgada y transparente, y en muchos se revela la delgada imprimación que funciona como fondo, hasta el punto de que en algunos se notan las vetas de la madera sobre los que han sido pintados.
Rubens llegó a hacer unos 500 bocetos (la tercera parte de su obra total, compuesta por 1400 pinturas), de los que 73 se muestran ahora en esta gran exposición del Museo del Prado. Han podido llegar hasta nosotros gracias al celo de Rubens y a que el artista siempre se negaba a incluirlos con la obra definitiva para sus clientes y se los quedaba para su colección personal, que incluía bocetos de Veronés, Tintoretto y Tiziano (hay que recordar que un siglo antes Miguel Ángel había quemado todos sus bocetos). Aquí están desde los cinco pequeños para las pinturas del techo de la iglesia de los jesuitas de Amberes hasta las series de Aquiles y la Eucaristía, esta última destinada a los tapices encargados por la infanta Isabel Clara Eugenia para el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid. La dedicada a Aquiles fue la última serie de tapices que diseñó Rubens. Se trata de ocho escenas de la vida del héroe en formatos grandes y pequeños, entre las que sobresalen “La educación de Aquiles”, “Aquiles descubierto entre las hijas de Licomedes” y “Aquiles matando a Héctor”.
El ciclo dedicado a María de Médicis, esposa de Enrique IV de Francia, fue encargado para el Palais du Luxembourg, la nueva residencia de los reyes en París, con temas alusivos a su boda por poderes, la coronación y la proclamación de su regencia.
Además se exponen aquí los bocetos que Rubens pintó para la decoración del techo de una de las salas de la Baqueting House del palacio de Whitehall. Sus escenas celebran algunos de los hechos del reinado de Jacobo I, como la unión de las coronas de Inglaterra y Escocia, enlazadas por Cupido y Minerva. En otro se representa “La Paz abraza a la Abundancia” y en un tercero a “La Templanza y la Modestia sometiendo a la Impudicia”. También se pueden ver los bocetos con escenas mitológicas que Rubens pintó por encargo de Felipe IV para decorar el pabellón de caza de la Torre de la Parada, en las afueras de Madrid, destruido por un incendio en 1714 durante la guerra de Sucesión.
Además de contemplar la perfección de la obra de Rubens como en la representación del mito de Prometeo robando el fuego a los dioses, Tetis sumergiendo a su hijo Aquiles en las aguas de río Estigia para hacerlo inmortal, escenas de Sansón y Dalila o el sufrimiento de Cristo en el momento de la crucifixión (“La elevación de la cruz”), la exposición se completa con dibujos, estampas y cuadros del propio Rubens y de otros pintores como Veronés y Barocci, que contextualizan la obra del artista flamenco.
Los organizadores han querido que el boceto que despide la exposición (aunque no se trate exactamente de un boceto sino probablemente un retrato inacabado) sea el de la hija del artista, Clara Serena Rubens, fallecida a los 12 años que, al margen de ser una obra maestra de la pintura, transmite el sentimiento amoroso que el pintor sentía por su hija más allá de lo visible en el cuadro.

TÍTULO. “Rubens. Pintor de bocetos”
LUGAR. Museo del Prado. Edificio Jerónimos
FECHAS. Hasta el 5 de Agosto

MAYO DEL 68

EN EL 50 ANIVERSARIO DEL MAYO DEL 68 ALGUNAS CONQUISTAS DE AQUELLA REVOLUCIÓN SIGUEN MARCANDO LA EVOLUCIÓN DE LA SOCIEDAD ACTUAL
Hay años que quedan en la historia como pivotes que indican los caminos del futuro. De vez en cuando un acontecimiento destacado marca para siempre una fecha que la memoria se encargará de que sea una referencia imprescindible. Hay pocos años que recojan en su calendario tantos hechos importantes como los que sucedieron en 1968.
UN AÑO PARA LA HISTORIA
Fue en 1968 cuando los tanques del Pacto de Varsovia ahogaron la llamada Primavera de Praga, una de las experiencias de lo que pudo haber sido la primera manifestación de socialismo democrático. Si la represión de aquella primavera reveló la verdadera cara del régimen soviético, quitando las vendas de muchos ojos fascinados por la dictadura del proletariado, el otoño golpeaba al mundo con otra represión en México, la de la policía contra los manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas, que terminó con más de 300 muertos y una gran cantidad de heridos, cuando este país iba a celebrar unos Juegos Olímpicos también históricos: fue cuando los atletas Tommie Smith y John Carlos, desde el podio en el que habían recibido las medallas de oro y bronce, levantaron los puños con guantes negros para manifestar su militancia en el Black Power. En lo deportivo, fue en estas Olimpiadas en las que nació el estilo Foshbury de salto de altura, todo un hito para la historia del deporte. Meses antes, los asesinatos de Martin Luther King en abril y de Robert Kennedy en junio habían conmocionado al mundo, y la guerra de Vietnam provocaba manifestaciones de indignación con una fotografía de Eddie Adams para la historia, la del general Nguyen Ngoc disparando a la cabeza de un prisionero del vietcong. Después, la matanza de los pobladores de la aldea de My Lai y la ofensiva del Tet levantaron protestas en todo el mundo contra aquel conflicto. Mientras Biafra agonizaba de hambre durante la guerra con Nigeria, China se ahogaba en las consecuencias de la llamada revolución cultural iniciada por Mao Zedong en 1966, Nixon ganaba ese año las elecciones norteamericanas y la derecha del general De Gaulle, espantada por los acontecimientos de mayo, se imponía al emergente socialismo en Francia. Fue el año en el que Mc Luhan anunciaba el nacimiento de la globalización con su teoría de la “aldea global” y “el aula sin muros”. Bob Dylan reaparecía en los escenarios después de años de silencio tras un accidente de moto que casi acabó con su vida. En España, en paralelo al movimiento estudiantil de las luchas antifranquistas nacían fenómenos político-culturales como la Nova Canço catalana y Voces Ceibes en Galicia, en un panorama musical en el que mientras Raimón actuaba el día 18 en la universidad de Madrid, el La, la, la de Massiel ganaba el festival de Eurovisión. 1968 fue también el año en el que ETA, el 7 de junio, cometió su primer asesinato en la persona del guardia civil José Antonio Pardines. Se consolidaba un nuevo espíritu marcado por el movimiento hippie en la cultura y por la revolución del Mayo del 68 en lo sociopolítico.
AQUEL MAYO
“Lo que caracteriza actualmente nuestra vida pública es el aburrimiento. Los franceses se aburren…” Así comenzaba un artículo de Pierre Viansson-Ponté publicado en portada por el diario francés Le Monde el 15 de marzo de 1968. En “Cuando Francia se aburre”, su título, el periodista describía una sociedad conformista sumida en el tedio y el aburrimiento de una Francia en la que nunca pasaba nada. El artículo resultó ser uno de los diagnósticos más equivocados de la historia del periodismo porque pocas semanas después el país vivía una de las convulsiones más violentas de su historia reciente, una revolución social que llegó a poner en peligro la supervivencia de la V República.
Mayo del 68 se inició en la Universidad de Nanterre, epicentro de la cultura de la contestación juvenil en Francia, a raíz de la protesta que reivindicaba el derecho de los estudiantes a acceder a las habitaciones de sus compañeras de residencia, y prendió con fuerza en la Sorbona y en el Barrio Latino de París, escenario de las barricadas y de los enfrentamientos más intensos, aunque antes que en Francia ya se venían registrando focos similares en Holanda con el movimiento de los provos, en Berlín con las manifestaciones lideradas por Rudi Dutschke, y en los Estados Unidos con las de los universitarios de Berkeley contra la guerra de Vietnam. El bagaje ideológico de los líderes de París, Alain Krivine, Jacques Sauvageot, Alain Geismar y sobre todo Daniel Cohn-Bendit, que dirigía el movimiento estudiantil ‘22 de Marzo’, era una mezcla de ideas trostkistas, anarquistas (la utopía libertaria de Bakunin) y maoístas (el Libro Rojo) encarriladas por el movimiento de la Internacional Situacionista creado por Guy Débord a partir del éxito de su ensayo “La sociedad del espectáculo” (Christian Sebastiani, un confesado situacionista, fue el autor de la mayoría de los textos de las pintadas que aparecieron en los muros de París durante la revuelta). El movimiento bebía también de las ideas de Jean Paul Sartre, de Foucault, de André Gorz, y de la filosofía de los últimos representantes de la Escuela de Frankfurt, sobre todo del Marcuse de “El hombre unidimensional”, y tenía hondas raíces en la lucha generacional del sicoanálisis freudiano (matar al padre) y la nueva sexualidad liberadora de Wilhem Reich.
El 13 de mayo, con la Sorbona cerrada por primera vez en 700 años de historia, se alcanzó el cénit revolucionario cuando los sindicatos obreros se unieron a la revuelta y llamaron a una huelga general que estuvo a punto de derribar al Gobierno del general De Gaulle. Ese día las algaradas callejeras alcanzaron los enfrentamientos más violentos entre los manifestantes y las fuerzas de la CRS. Los estudiantes del Barrio Latino cruzaron el Sena con la intención de prender fuego a La Sorbona. La reacción política no se produjo hasta días después cuando De Gaulle aceptó las exigencias de los sindicatos en los Acuerdos de Grenelle y llamó a los franceses a una manifestación en su apoyo en los Campos Elíseos a la que el 30 de mayo acudió un millón de personas y en la que anunció la convocatoria de las elecciones que el 23 de junio devolvieron íntegro el poder al general. Una de las primeras medidas del nuevo gobierno se produjo en agosto, cuando se asfaltaron las calles del Barrio Latino, aquellas que ocultaban la playa bajo sus adoquines.
LIQUIDAR EL LEGADO DE MAYO ‘68
En 2008, cuarenta años después de aquel mayo, a quienes vivimos aquella explosión de ideas desde la oscuridad del franquismo nos sorprendió que uno de los lemas de la campaña electoral con la que Nicolás Sarkozy había ganado las elecciones fuera la de aniquilar lo que quedaba de aquel mayo, de finiquitar los vestigios que pudieran haber permanecido en la sociedad francesa de la herencia de aquella revolución juvenil, a saber, según Sarkozy, el descrédito de la autoridad, la crisis de la escuela y el fin de la familia tradicional. Más sorprendente nos resultó que algunos de los filósofos que fueran iconos de aquel movimiento, como André Glucksman (hay una foto histórica de Glucksman con Sartre esos días), apoyaran esta política, aun teniendo en cuenta la deriva ideológica hacia la derecha de este nuevo filósofo, manifestada en sus ensayos “Dostoievski en Manhattan” y “Occidente contra Occidente”. En una conversación con Glucksman cuando vino a presentar entonces a Madrid su autobiografía “Une rage d’enfant”, Glucksman me justificaba su participación en la campaña de Sarkozy como reconocimiento del error que supuso el apoyo del mayo del 68 a los regímenes comunistas, lo cual no es totalmente cierto a pesar de los posters del Che Guevara y de Lenin y de las banderas rojas en las manifestaciones, de presencia siempre minoritaria, y de los cantos de La Internacional, un himno que nació durante la Comuna de París en 1871. Porque Mayo del 68 fue también una manifestación anticomunista: los estudiantes no querían que el PCF manipulara el movimiento a su favor. Es conocido el episodio de cómo Daniel Cohn-Bendit rechazó el apoyo del poeta comunista Louis Aragon y lo acusó públicamente de estalinista. Uno de los lemas de las manifestaciones era ‘Todos somos judíos alemanes’, dirigido contra George Marchais, el secretario general del partido, quien calificara a Cohn-Bendit de judío alemán y a los líderes del 68 de falsos revolucionarios. Nos resulta sorprendente porque rechazar la herencia del Mayo del 68 es negar valores que surgieron con motivo de esta revolución y vinieron desarrollándose desde entonces, aceptados por la izquierda y, muchos también, por la derecha: el ecologismo, el feminismo, la libertad sexual, la antisiquiatría y la contracultura, el antirracismo, la crítica al consumismo, la reivindicación de las minorías, el sindicalismo alternativo, el pacifismo… Estos principios se desarrollaron al amparo de esta revolución y hoy se consideran importantes conquistas sociales. Ciertamente, ni en sus manifiestos ni en sus proclamas estaban explícitos, pero cabe decir que los manifestantes del mayo del 68 pusieron las bases para que se desarrollaran frente al conservadurismo de aquellos años; abrieron la brecha para que por ella se colasen unos principios que ya estaban presentes en las reivindicaciones de las nuevas generaciones. Se trataba de un rechazo genérico a lo establecido y lo caduco, aunque no hubiera propuestas alternativas explícitas.
Mayo del 68 no fue una revolución contra un gobierno sino contra un futuro que los manifestantes calificaban de “climatizado”. Para algunos sólo fue el fin de una etapa histórica a la que no aportó grandes cosas; para otros fue el principio de otra que abrió las puertas a un futuro en el que se asentaron los valores de una nueva sociedad. Sus lemas, aunque ingenuos, eran suficientemente expresivos de ese espíritu innovador: Prohibido prohibir, La imaginación al poder, La cultura es la inversión de la vida, Seamos realistas: pidamos lo imposible, La acción no debe ser una reacción sino una creación, En los exámenes responde con preguntas, La insolencia es una de las mayores armas revolucionarias… Por todo eso no es arriesgado afirmar que aquel mes fue el uno de los más importantes del siglo XX europeo, un mes que cambió tantas cosas en la sociedad y en las costumbres que aún hoy se notan sus influencias en movimientos como el de los indignados y la antiglobalización y por eso se sigue rememorando. Un mayo tan largo que dura ya cincuenta años.
LIBROS PARA ENTENDER MAYO ‘68
“Mayo del 68. Por la subversión permanente”. André Glucksman (Taurus)
“1968. El nacimiento de un mundo nuevo”. Ramón González Férriz (Debate)
“1968. El año que conmocionó al mundo”. Mark Kurlansky (Destino)
“1968. El año en el que el mundo pudo cambiar”. Richard Vinen (Crítica)
“Los 68. París, Praga, México”. Carlos Fuentes (Debate)
“Mayo del 68 y sus vidas posteriores”. Kristin Ross (Ed. Acuarela)
“Mayo del 68. Fin de fiesta”. Gabriel Albiac (Ed. Confluencias)
“El mayo francés en la España del 68”. Patricia Badenes Salazar (Ed. Cátedra)
“La revolución imaginaria. París 1968”. Michael Seidman (Alianza)
“Utopías del 68. De París y Praga a china y México”. (Pasado y presente)

DOS SIGLOS DE MARXISMO

A 200 AÑOS DEL NACIMIENTO DE KARL MARX SIGUEN LAS INTERPRETACIONES SOBRE LAS TESIS DEL FILÓSOFO QUE CAMBIÓ EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN OCCIDENTE

Karl Marx nació en Tréveris, en la región meridional de la Renania, el 5 de mayo de 1818 y murió en Londres a las tres de la tarde del 14 de marzo de 1883. Fue el filósofo posiblemente más controvertido de la Historia, no tanto por su doctrina sino por la adopción de sus teorías económicas por el sistema político que durante décadas pareció ser la única alternativa real al capitalismo. Durante muchos años el comunismo soviético formó parte de la utopía anticapitalista de muchos líderes de la izquierda europea y americana hasta que los crímenes de Stalin, las invasiones de Hungría y Checoslovaquia por los tanques rusos, los excesos de la revolución cultural china, la deriva del castrismo y el genocidio camboyano abrieron la veda a las críticas de la izquierda contra un sistema que aún tardaría años en derrumbarse, en 1989, a los pies del muro que dividía la ciudad de Berlín. El marxismo ya no existía entonces como un sistema unitario sino que se expresaba de maneras distintas, muchas veces contrapuestas, tanto en los países que lo habían adoptado como régimen político como por los intelectuales y por los partidos que buscaban integrarlo en los sistemas democráticos de Occidente.
El rechazo de los regímenes políticos europeos al marxismo se fundamentó en la idea de revolución que Marx y Engels convirtieron en el eje sobre el que giraba esta doctrina política. Según el “Manifiesto Comunista” la revolución sólo sería posible mediante el derrocamiento violento del régimen existente (aunque más adelante Marx admitiría también la posibilidad de una vía pacífica). En todo caso, para llevar a cabo una revolución, se afirma, hay que basarse en el conocimiento científico de la realidad social que se quiere transformar. En ese sentido, hay que reconocerlo, el marxismo fue el único intento serio de acceder a un conocimiento profundo de la realidad para transformarla, hasta el punto de que pese al fracaso de los comunismos como encarnación de sus teorías, siguen vigentes muchos de sus postulados y no cesan de producirse nuevas interpretaciones que prolongan su vigencia. Mientras tanto aún no ha nacido una alternativa renovadora en el pensamiento occidental que dé respuestas a los planteamientos que Marx puso en entredicho.
VIDA DE UN FILÓSOFO
A pesar de una existencia no muy prolongada (murió a los 65 años), la obra de Karl Marx es una de las más destacadas del pensamiento de los siglos XIX y XX y de las que abarcan una mayor amplitud temática: filosofía, economía, sociología, política, ciencia, cultura… nada fue ajeno a la personalidad de uno de los pensadores más fecundos de la historia.
Marx nació en una familia de judíos alemanes de clase media, nieto de un rabino e hijo de un abogado de ideas liberales que se convirtió al protestantismo. Después de sus primeros estudios en Tréveris el joven Max se trasladó a Bonn para estudiar Derecho y más tarde a la Universidad de Berlín. Se prometió en secreto con una amiga de la infancia, Jenny von Westphalen, con quien se casaría antes de abandonar el Derecho para dedicarse a la Filosofía y a la Historia. En Berlín simpatizó con los seguidores de Hegel, base fundamental de su pensamiento filosófico, aunque más tarde llegó a criticar algunos de sus postulados de la mano de Feuerbach. Vio frustrada su dedicación a la enseñanza de la Filosofía cuando Bruno Bauer, a quien conocía del hegeliano Club de los Doctores, fue despedido de la Universidad de Bonn. Fue entonces cuando entró como redactor en la revista liberal progresista “Gaceta renana” (también conocida como “Gaceta del Rin”), que llegó a dirigir hasta que fue prohibida por la censura. Se mudó entonces con su familia a París en 1843 para colaborar en una nueva revista, “Anuarios Franco-Alemanes”, momento en el que conoció a Heinrich Heine y escribió la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, donde proclama que el proletariado es la clase destinada a conseguir la redención de la humanidad. Tras una visita de Friedrich Engels a París comenzó una fructífera colaboración entre ambos, que coincidían en su ideario político y en sus planteamientos sobre la sociedad contemporánea. Juntos publicaron La Sagrada Familia y La ideología alemana, y Marx, por su parte, La miseria de la Filosofía una respuesta a La filosofía de la miseria de Prouhom. Expulsado de Francia por presiones del gobierno prusiano, se instaló en Bélgica, donde se afilió con Engels a la Liga de los Comunistas, que nombró presidente a Marx y encargó a ambos la redacción del Manifiesto Comunista en 1848. Expulsado también de Bélgica, regresó a Alemania (Colonia) para publicar la “Nueva Gaceta Renana”, cuyos contenidos volvieron a desatar la furia del gobierno, que lo expulsó de nuevo a París, de donde viajó a Londres para instalarse allí en condiciones muy precarias hasta su muerte. En la capital británica desarrolló un incansable trabajo de activista y escribió algunas de sus obras más destacadas, como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, La guerra civil en Francia (sobre los episodios de la Comuna de París) y Contribución a la crítica de la economía política, cuya segunda parte decidió publicar con el título de El Capital.
PARA LEER A MARX
Una de las mejores antologías de la obra de Carlos Marx publicadas recientemente es la que bajo el título de “Karl Marx. Llamando a las puertas de la revolución” (Penguin clásicos) ha coordinado el crítico y editor Constantino Bértolo. Y no sólo por la selección de los textos sino también por la excelente y extensa introducción que con el título “El misterio Marx” el propio Bértolo escribe en esta antología, un texto en el que pone los cimientos para que los lectores no iniciados en el marxismo dispongan de herramientas para entender mejor su filosofía y los lenguajes humanista, político y científico de su obra.
Dice Constantino Bértolo que si Marx hubiera muerto antes de escribir El Capital, con toda probabilidad se hablaría bien de él… “es la escritura de El Capital lo que hace que la obra de Marx sea hoy objeto de recelo, anatema y condena desde los diversos frentes ideológicos”. Porque, dice Bértolo, Marx no dijo que el capitalismo no pudiese mantenerse indefinidamente en el callejón sin salida; sólo dijo que el callejón no tenía salida. Esta afirmación es perfectamente comprobable en esta antología en la que se incluyen desde textos de juventud hasta fragmentos de sus últimas obras, a lo largo de cuya lectura se entiende mejor la evolución social e ideológica de Carlos Marx.
Queda claro leyendo estos textos que, a pesar de su origen burgués, Marx fue ante todo un revolucionario. Con Hegel como base filosófica y con la experiencia del choque con la realidad, Marx conoció como periodista de la “Gaceta renana” y más tarde, ya con Engels, en los “Anuarios Franco-Alemanes”, la vida precaria de los campesinos, la situación económica de la sociedad europea, los intereses de la burguesía liberal y otras realidades que lo llevarían a buscar una mediación entre la democracia y el movimiento obrero. Sin embargo llegó a la conclusión de que la única fuerza social capaz de llevar a cabo la revolución era el proletariado y que el Comunismo era el único movimiento capaz de poner en marcha esa revolución. Desde entonces en sus obras Marx se dedicó a tratar de demostrar la condición materialista de la historia del hombre, “resultado de un proceso de enfrentamiento entre quienes controlan la producción y quienes han sido despojados de ese control” y llega a plantear el derrocamiento de la burguesía, el gobierno del proletariado y una nueva sociedad sin clases y sin propiedad privada. Para llevar a cabo esta revolución redactó el Manifiesto Comunista en el que reafirma que el Comunismo sólo se alcanzará derrocando violentamente todo el orden social existente.
Toda la Historia, según Marx, habría sido la historia de la lucha de clases, una lucha entre los explotados y los explotadores, entre las clases sometidas y las clases dominantes. En su obra La lucha de clases en Francia utiliza por primera vez la expresión “dictadura del proletariado”, una de las más controvertidas y utilizadas desde los partidos opositores para desprestigiar el marxismo (incluso Santiago Carrillo hizo aquella recordada afirmación: “dictadura, ni la del proletariado”). Con El Capital Marx quiso saber cuáles eran los rasgos del capitalismo, su funcionamiento y las bases que lo sustentan. El funcionamiento del mercado, sus teorías sobre el valor de uso y el valor de cambio y sobre todo el concepto de plusvalía fueron sus aportaciones más brillantes al mundo de la política económica. Y una afirmación hoy más que nunca presente en la polémica actualidad española: frente al nacionalismo, la necesidad de no perder de vista la solidaridad internacionalista. La lectura de esta selección de textos pone de manifiesto que la vigencia del marxismo para entender los problemas de la actual sociedad y transformar un mundo en el que la injusticia, la desigualdad y la explotación, siguen tan presentes como en los albores del siglo XX.
El libro concluye con una completa biografía del filósofo del que ahora se conmemora el segundo centenario de su nacimiento.
MARX DESDE OTRA ESQUINA
En su obra “Marx” (Alianza Editorial), el profesor Johannes Rohbeck trata de estudiar la obra del filósofo alemán desde la relación entre sus diferentes disciplinas científicas, fundamentalmente la economía, la filosofía y la historia, y actualizar sus teorías para aplicarlas al estudio de los problemas contemporáneos, porque a pesar de que no se hayan cumplido sus pronósticos de un colapso del sistema capitalista y de que la caída de muro supusiera en buena medida el fracaso de los sistemas comunistas, el pensamiento de Marx sigue estando presente en los análisis que se hacen sobre la sociedad contemporánea.
Una vez que el marxismo está liquidado, dice Rohbeck, podemos permitirnos estar de acuerdo con Marx de manera más o menos explícita y sin temer las consecuencias. Así, se admiten sin ambages sus predicciones sobre la globalización y sus consecuencias, entre ellas el aumento de la brecha entre ricos y pobres. Y se aplican sus teorías sobre la plusvalía y su concepto del trabajo, el capital, el dinero y la mercancía a los nuevos problemas de la sociedad actual. Es decir, se utiliza a Marx ya no como meta de una utopía sino como crítica al capitalismo existente porque el fracaso de un sistema no implica automáticamente la legitimidad del otro: el capitalismo –dice Rohbeck- no se justifica por el simple hecho de sobrevivir. Además el profesor Rohbeck quiere divulgar aquí los aspectos fundamentales de la obra de Marx para cuestionarlos en relación con su aplicación a los problemas actuales. Para ello hace un recorrido por algunos de los que ocupan la obra del filósofo alemán, entre otros la crítica de la economía política, el trabajo, el capital, la alienación, la plusvalía, la moral o la crítica de las ideologías.