DERAIN, BALTHUS, GIACOMETTI. UNA EXPOSICIÓN

En los años 30 del siglo XX una corriente artística con ramificaciones en todos los ámbitos recorría la espina dorsal de la vida artística francesa. París aglutinaba entonces a creadores de los más variados orígenes de aquella década decisiva. Entre las vanguardias, el surrealismo era algo más que un movimiento que seducía a jóvenes artistas que buscaban un lugar al sol del nuevo panorama del arte, la literatura, el cine o el teatro. Aunque más tarde se alejaron de sus propuestas, fue en el círculo surrealista donde tuvieron sus primeros contactos André Derain, Balthasar Klossowski (firmaba sus obras como Balthus) y Alberto Giacometti. Los tres coincidieron en 1934 en la primera exposición de Balthus en la Galería Pierre Loeb, uno de los templos del surrealismo, y a partir de entonces comenzaron a tejer el fuerte lazo de amistad que mantuvieron hasta el final de sus vidas. Estos días puede verse en la sala de exposiciones de la Fundación Mapfre de Madrid una exposición que reúne obras de los tres artistas y recuerda la fuerte amistad que les unió durante muchos años.
CLÁSICOS MODERNOS
Con la vista puesta en los antiguos maestros, aprovechando el legado de los clásicos, desde Egipto y el arte africano a Piero della Francesca y el barroco, todos ellos quisieron renovar los lenguajes del arte a través de nuevas propuestas de ruptura y hacer una lectura no convencional del arte moderno. Pretendían reafirmar que la verdadera modernidad estaba en la reinvención del pasado. Así, Derain y Balthus aprovechan de los pintores realistas del XVI la distribución de los espacios y la utilización de la luz. Mientras el primero otorga una dimensión suprarreal al paisaje, Balthus recuerda la luminosidad con la que Courbet trataba la naturaleza. Por su parte Giacometti quería llevar la realidad a sus lienzos y a sus esculturas. Todos ellos practicaban un realismo metafísico de tendencias surrealistas. Un realismo perturbador y no academicista.
Tradición y modernidad se abordan por los tres artistas de maneras diferentes pero con un indudable nexo común. En el apartado de esta exposición que figura bajo el frontispicio “El sueño-Visiones de lo desconocido”, los tres artistas recrean el tema clásico de la mujer tumbada, pero ahora lo hacen evocando el viaje al interior a través del sueño de mujeres lánguidas o extáticas, y de desnudos femeninos sobre un fondo de paisajes suaves. Coincide esta exposición con la noticia de la retirada del cuadro de Balthus “Teresa soñando” del Museo Metropolitano de Nueva York por consideraciones morales. En ocasiones los tres utilizaron las mismas modelos para sus obras y a veces añaden elementos ausentes en el momento de retratarlas, como en “Les beaux jours”, donde originalmente no había nadie más en el escenario ni la habitación tenía la chimenea que aparece finalmente en el cuadro.
En la sección “La garra sombría” se han reunido para esta exposición las relaciones que los tres artistas mantienen con la realidad, relacionada con el miedo, la alegría y el espanto. Giacometti muestra las dificultades para captarla en su escultura “El hombre vacío”, a través de la que transmite la sensación de un fracaso. Derain por su parte traslada sus angustiosas pesadillas al espectador en cuadros como “Las bacantes” y “Gran bacanal negra”. En este espacio, en Balthus prevalece la luz de tonos cálidos a través de la que traslada a cuadros, como “La Phalène”, la estética de los frescos de la antigüedad clásica.
Además de ilustrar revistas como “Minotaure” y obras literarias (Balthus dibuja “Cumbres borrascosas” de Emily Brönte y Derain “El anarquista coronado”, de Antonin Artaud), los tres colaboraron también en la creación de las escenografías del ballet y del nuevo teatro de aquellos años, creando decorados, máscaras y figurines para obras clásicas y contemporáneas, de William Shakespeare a Albert Camus, así como escenografías para las óperas de Mozart y Rossini. Giacometti ideó un original decorado minimalista para “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, que tuvo tanto éxito como la propia obra.

 

TÍTULO: “DERAIN/BALTHUS/GIACOMETTI. UNA AMISTAD ENTRE ARTISTAS”
LUGAR: FUNDACIÓN MAPFRE. SALA RECOLETOS. MADRID
FECHA: HASTA EL 6 DE MAYO

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PASCAL QUIGNARD. EL HOMBRE Y EL ESCRITOR

Se publican en dos volúmenes todos sus “Pequeños tratados”
En la década de 1980 Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) era ya un personaje respetado y muy popular en el panorama de la cultura francesa del siglo XX. Había publicado varios ensayos y una novela, “El lector” (1976), una de las cumbres de la literatura francesa del último cuarto del siglo XX. Su pasión por la música (era un violonchelista y organista muy apreciado) y sus investigaciones en este campo le llevaron a fundar el Festival de Ópera de Versalles y a escribir el guión de la película “Todas las mañanas del mundo” (la banda sonora es de Jordi Savall), un film que con los años se ha convertido en una verdadera obra de culto.
Había sido alumno de Lévinas y Lyotard en la Universidad de Nanterre y vivió como estudiante la revolución del mayo del 68 al lado de su compañero de curso Daniel Cohn-Bendit, con quien había leído a Derrida, Lacan y Foucault. En 1994 decidió retirarse de sus cargos en la editorial Galimard y en el Festival de Versalles para dedicar todo su tiempo a escribir. Y efectivamente, desde entonces es uno de los más prolíficos autores franceses (algún año ha publicado hasta cinco títulos), galardonado con los prestigiosos premios Goncourt en 2002 y el André Gide el año pasado.
En 1977 ya se había retirado parcialmente para escribir lo que dijo que sería la gran obra de su vida, y en 1980 reapareció anunciando la inminente publicación de los siete tomos que ocupaban aquel trabajo. Sin embargo tuvo muchas dificultades para encontrar un editor y hasta 1991 no llegaron a publicarse íntegramente. Aquella obra, “Pequeños tratados”, llega ahora a nuestro país de mano de la editorial Sexto piso, que la publica completa en una caja de dos volúmenes.
UNA OBRA SIN GÉNERO
No es raro que en principio nadie se atreviese a publicar una obra inclasificable, sin estructura, de contenidos versátiles de difícil comprensión para el lector medio, de sintaxis complicada, llena de reflexiones sobre los aspectos filosóficos y culturales más diversos, de una desbordante erudición y que a veces se parece a un tratado sobre las lenguas y los libros y otras a una sucesión de pensamientos entre la greguería, el aforismo, la improvisación y la ironía (“espero ser leído en 1640”). El mismo autor los define como “argumentos desgarrados, contradicciones, aporías, vestigios…”.
Dice Pascal Quignard en uno de estos tratados que quien lee o escribe debe arrojarse a los libros a cuerpo descubierto. Por eso, lo mejor para gozar de la escritura de Quignard es dejarse envolver por su prosa, dejarse llevar por el torbellino de metáforas, alusiones, epifanías, curiosidades, pequeños relatos y fragmentos (reales y de ficción) y agudas reflexiones que son estos tratados; navegar en medio del viento envolvente formado por las palabras de unos textos insólitos a veces sorprendentes, otras contradictorios y siempre fascinantes, plagados de una erudición que recorre la historia de la cultura desde sus orígenes, y de citas que reflexionan sobre el tiempo y la vida (“toda cita es una etopeya: hace hablar al ausente”). Como Borges, Quignard se siente más lector que escritor, aunque afirma que ambos son caras de una misma moneda porque uno y otro están fascinados por el silencio y la soledad, que son propios de la lectura y de la escritura. Estos “Pequeños tratados” son una verdadera invitación a la lectura porque, como dice Quignard, “el libro es un pedazo de silencio en manos del lector… bajo la forma de libro la palabra entra en contacto con el silencio”. Y también un canto a la vida porque “ninguna divinidad se complace con mi impotencia y mi pena”.

TOULOUSE-LAUTREC Y LA ‘BELLE EPOQUE’

Fueron décadas de esplendor, años en los que Europa vivió uno de los periodos más prósperos de su historia. Una larga etapa de paz que comenzó con el final del conflicto entre Francia y Prusia en 1871 y se prolongó hasta 1914, cuando la Gran Guerra vino a desbaratar un progreso que parecía imparable. La economía experimentó avances hasta entonces desconocidos y a su sombra la sociedad acogió los grandes cambios que iban a definir las costumbres de todo el siglo XX. Los nuevos inventos y el desarrollo del ferrocarril aumentaron el confort y facilitaron los desplazamientos. La vida se alargó gracias a los avances de la medicina. En paralelo, el arte y la cultura conocieron en esos años avances espectaculares en todos los campos con la aparición de las primeras vanguardias y la irrupción del expresionismo, que iba a influir en toda la pintura del siglo XX. Fue tal el clima de progreso y felicidad que se vivió durante aquellos años que al periodo se le conoce con el nombre de Belle Époque.
París se convirtió entonces en la capital de aquella sociedad alegre y confiada, un centro magnético que atraía a gentes de todo el continente. Allí se vivía un ambiente de euforia que se expresaba, entre otras manifestaciones, en la proliferación de cabarets y establecimientos de espectáculos nocturnos en los que confluían todos los estamentos: artistas consagrados, bohemios en busca de mecenas, aristócratas decadentes y nuevos burgueses en busca de sexo y diversión. El Moulin Rouge, en el barrio de Montmartre, era uno de los epicentros de aquella ciudad bulliciosa donde alegres prostitutas y borrachos locuaces compartían mesa y tertulia con artistas excelsos, poetas románticos, ricos empresarios y mendigos que se refugiaban allí para combatir el frío de los inviernos parisinos. Al Moulin Rouge arribó un día un personaje muy peculiar, un individuo cargado con láminas, acuarelas y lápices de colores que llamaba la atención por su físico, un enano deforme y patizambo de aspecto y porte aristocráticos que sorprendía por su educación y por el respeto que manifestaba hacia toda aquella calaña que congregaba el local. Se llamaba Henri de Toulouse-Lautrec.
EL ARTISTA OBSERVADOR
Toulouse-Lautrec ya era un pintor conocido con varias exposiciones monográficas a sus espaldas cuando llegó al Moulin Rouge. Buscaba en aquel ambiente disipado y festivo la libertad artística que las costumbres sociales le impedían ejercitar, y la libertad personal de trasegar en compañía los litros de absenta en los que ahogaba sus complejos, derivados del rechazo al que lo había condenado la enfermedad genética que lo convirtió en marginado social y lo abocó a un alcoholismo que acabó con su vida en 1901 cuando apenas contaba 36 años. En el Moulin Rouge encontró todo eso y además un clima en el que crear algunas de las obras maestras de su pintura, entre ellas los carteles que le inspiraron los ambientes y los personajes, sobre todo las mujeres, que confluían en aquel local.
Una amplia selección de aquellos carteles llega ahora a la sala de exposiciones de la Fundación Canal en Madrid (hasta el 6 de mayo) transmitiendo todo el encanto y los placeres de aquellos años de la Belle Époque y también los cambios registrados con la llegada de la modernidad. Se trata de una de las dos únicas colecciones que se conservan completas de los carteles que convirtieron a Toulouse-Lautrec en símbolo de una época. Más allá de su uso publicitario y ornamental, Toulouse-Lautrec elevó el cartel a categoría artística.
En la exposición “Toulouse-Lautrec y los placeres de la Belle Époque” se concentra todo el universo de aquel ambiente en el que el artista produjo algunas de sus mejores obras desde que comenzó a trabajar en el género con un encargo de Charles Zidler, director del Moulin Rouge, para promocionar el cabaret. Toulouse-Lautrec dibujó allí a Louise Weber, “La Goulue”, la estrella del cabaret, con su pareja escenográfica Jacques Ranaudin. Se exhibió por primera vez en 1891 y desde entonces el cartel se convirtió en uno de los iconos de la Belle Époque y de la ciudad de París. El recorrido de la exposición atiende a cuatro modalidades en las que se recogen y se clasifican los temas y los personajes. Junto a los carteles de Toulouse-Lautrec están los de otros 30 artistas coetáneos que acompañan y arropan la obra del artista: Jules Chéret, Steinlen, Alfons Mucha, Eugene Grasset, Pierre Bonnard, Lucien Lefevre, Georges Meunier…
En la sección “Los placeres de la noche. El cabaret parisién” se reflejan los espectáculos musicales del ambiente parisino, lleno de sensualidad y de alegría de vivir, en el que artistas como Jane Avril y Aristide Bruant fueron las grandes estrellas que animaban sus manifestaciones festivas en el Moulin Rouge, Le Chat Noir o el Mirliton.
“Los placeres de los escenarios” recoge el ambiente de los teatros y vodeviles a los que acudían todas las clases sociales, desde la alta burguesía a la clase trabajadora. El teatro alcanzó una gran popularidad al multiplicarse el número de locales cuando Napoleón III decidió convertirlo en “libre empresa”. Salas grandes y pequeñas abarrotadas de público acogían repertorios de espectáculos clásicos y populares que los artistas inmortalizaron en sus obras y que Toulouse-Lautrec y los cartelistas publicitaban.
En esta época la literatura, la poesía y el arte alcanzaron también una actividad inusitada. Nuevas manifestaciones promovidas por movimientos vanguardistas derribaron las barreras de los cánones academicistas y tradicionales. “Los placeres literarios y artísticos” es un retrato del ambiente que escritores, poetas, músicos y artistas protagonizaron en aquel París en el que la literatura y las bellas artes iban de la mano.
Finalmente, en “Los placeres modernos. El consumo”, se registra el nacimiento de la sociedad de masas y el consumismo potenciado por el aumento de la riqueza y el poder adquisitivo. El cartel era el medio predilecto que la publicidad utilizaba para que los productos alcanzasen a los consumidores. Más allá del anuncio publicitario, el cartel era también la expresión del talento artístico de sus autores, entre los que sobresalía la figura de Toulouse-Lautrec.

VARGAS LLOSA RESPONDE

Una pregunta que los lectores y los seguidores de la trayectoria intelectual de Mario Vargas Llosa se hicieron durante muchos años fue la de las causas que influyeron en el escritor peruano para transitar desde el marxismo radical, el existencialismo y el apoyo a la revolución cubana, hasta los terrenos del liberalismo. En los artículos y los ensayos publicados durante aquellos años de transición (se pueden seguir en el volumen de sus obras completas publicadas por Galaxia Gutenberg) Vargas Llosa fue explicando los motivos que le llevaron a criticar el comunismo y el castrismo y a abrazar la democracia parlamentaria y el liberalismo. Ahora dedica todo un libro, “La llamada de la tribu” (Alfaguara) a ampliar las explicaciones que ha venido dando desde aquellos escritos y desde las entrevistas en las que también se le hacía la misma pregunta.
Básicamente, dice Vargas Llosa, el desencanto por las doctrinas comunistas fue surgiendo al observar la creación de campos de concentración en los que el castrismo recluía a contrarrevolucionarios, homosexuales y delincuentes comunes; también un viaje a la Unión Soviética en el que descubrió que el modelo de sociedad que allí se había instituido no era el que él quería para su país y, sobre todo, el caso del poeta cubano Heberto Padilla, a quien conocía personalmente, obligado a autodenunciarse públicamente como imperialista y agente de la CIA, por manifestar algunos desacuerdos con la deriva del régimen cubano: “Poco a poco fui comprendiendo que las ‘libertades formales’ de la supuesta democracia burguesa no eran una mera apariencia detrás de la cual se ocultaba la explotación de los pobres por los ricos, sino la frontera entre los derechos humanos, la libertad de expresión, la diversidad política, y un sistema autoritario y represivo donde, en nombre de la verdad única representada por el partido comunista y sus jerarcas, se podía silenciar toda forma de crítica, imponer consignas dogmáticas y sepultar a los disidentes en campos de concentración e, incluso, desaparecerlos”.
Para Vargas Llosa los regímenes totalitarios estarían alimentados por lo que Karl Popper denomina “la llamada de la tribu”, un irracionalismo primitivo nunca superado por el ser humano, que siente añoranza de un mundo tradicional (la tribu) subordinado al brujo o al cacique y en el que se responsabiliza al otro, al diferente, de todas las calamidades. Este espíritu tribal, fuente también del nacionalismo, sería, según Vargas Llosa, el causante, junto con el fanatismo religioso, de las mayores tragedias de la historia de la humanidad. El premio Nobel afirma haber encontrado en el liberalismo (que diferencia del conservadurismo) la mejor solución para los problemas de la sociedad contemporánea, al promover la descentralización del poder, la igualdad de oportunidades y la libertad como valor supremo, una libertad indivisible, que ha de manifestarse en los dominios económico, político, social y cultural.
Mario Vargas Llosa dedica su libro a revelar las fuentes que propiciaron su conversión al liberalismo, personificadas en siete de los intelectuales que influyeron en su ideario político: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. El recorrido por las biografías y por las obras de estos pensadores es un entretenido ejercicio analítico (la escritura de Vargas Llosa es en ocasiones novelesca, como cuando narra el enfrentamiento entre Popper y Wittgenstein) de la evolución de las ideas liberales al mismo tiempo que una crítica a los totalitarismos del siglo XX. Se esté o no de acuerdo con el credo liberal, resulta muy instructiva la lectura de este libro para conocer los fundamentos históricos del liberalismo y los valores de su ideario político, y también las diferencias mantenidas entre los intelectuales que lo defendieron. Y los errores y contradicciones, que también se manifiestan sin ambages.
LOS SIETE SAMURAIS
El análisis de las obras de Adam Smith, fundamentalmente “La riqueza de las naciones” (libro prohibido en España en 1792 por la Inquisición), lleva a Vargas Llosa a explicar el mercado y la propiedad privada como motores del progreso, la función del Estado en la sociedad y las críticas al colonialismo. En la obra de Ortega y Gasset, el autor analiza el surgimiento de la cultura popular de consumo masivo en “La rebelión de las masas”, los nacionalismos en “La España invertebrada”, las nuevas manifestaciones de la cultura del siglo XX en “La deshumanización del arte” (“las masas odian el arte nuevo porque no lo entienden”, afirmaba Ortega) y su personal liberalismo que en el caso de Ortega y Gasset “no va acompañado de la libertad económica y el mercado libre”. De Friedrich von Hayek destaca Vargas Llosa su crítica a la planificación centralizada de la economía, la defensa de la propiedad privada, el colectivismo como denominador común del comunismo y el nazismo y las diferencias entre nacionalismo y patriotismo: el patriotismo es un sentimiento de solidaridad con la tierra, con la lengua, con la historia… el nacionalismo es una pasión negativa, una perniciosa defensa de lo propio contra lo foráneo, fuente de racismo, de discriminación y de cerrazón intelectual, dice von Hayek.
Pero el pensador que sin duda influyó con más fuerza en Vargas Llosa fue Karl Popper, de quien analiza minuciosamente su obra, empezando por “La sociedad abierta y sus enemigos”, opuesta a la sociedad cerrada de los sistemas totalitarios, donde la cultura democrática garantiza mejores condiciones materiales y espirituales y mayores oportunidades para decidir su destino. Para Popper la libertad es una condición imprescindible para el ser humano. En “La miseria del historicismo” Popper niega que la Historia obedezca a leyes inflexibles y afirma que no puede predecirse el curso de la Historia mediante medios científicos o racionales, como afirma Hegel.
Tras analizar la obra de Isaiah Berlin y sus teorías sobre el si los protagonistas de la evolución son los héroes (líderes, gobernantes, ideólogos) o los que producen, critican y diseminan las ideas (estudiosos, pensadores, enseñantes), termina su recorrido Vargas Llosa con la obra y la biografía de dos pensadores coetáneos franceses, Raymond Aron y Jean-François Revel, que escribieron en periódicos y publicaron libros que en su momento fueron importantes llamadas de atención sobre la política contemporánea, fundamentalmente “El opio de los intelectuales” en el caso de Aron y “La tentación totalitaria” de Revel.
LAS RESPUESTAS DE VARGAS LLOSA
Esa pregunta que todos los lectores de Vargas Llosa se hacían para entender su evolución ideológica y a cuya respuesta ha dedicado todo un libro, es la primera que el periodista Juan Cruz le hace al Nobel peruano en la primera de las entrevistas al escritor recogidas en “Encuentros con Mario Vagas Llosa”, recientemente publicado por Ediciones Deliberar:
– Se ha dicho en Europa que usted se ha pasado de la izquierda a la derecha
– Yo estoy por el cambio, por las reformas radicales. No creo que hoy las reformas radicales se fundamenten en el crecimiento del Estado. En los años sesenta yo creí que eso era posible, y en ese sentido he cambiado.
Juan Cruz es posiblemente el periodista español que más veces ha entrevistado a Mario Vargas Llosa. En este libro se han reunido 18 de esas entrevistas realizadas en lugares diversos (Tenerife, Italia, París, Madrid, México) y publicadas en varios medios (fundamentalmente El País) a lo largo de casi 30 años. Algunas de estas entrevistas tuve la suerte de seguirlas en directo (la realizada en la Fundación Juan March, la emitida por la Cadena SER) y otras ya las había leído en el momento de ser publicadas, pero al volver a ellas las he encontrado tan atractivas como la primera vez. No han perdido su frescura porque entre otras cosas el lenguaje en el que se expresa Vargas Llosa es tan seductor como el de sus novelas. Responde siempre a todas las preguntas, incluso a las más comprometidas (excepto a una) y recorre su biografía con la agilidad y la corrección que son en él habituales.
La lectura, ahora, de estas entrevistas nos recuerda la biografía del escritor, su infancia, sus experiencias literarias y sus relaciones con los escritores del llamado boom iberoamericano (“para mí supuso descubrir de pronto que los escritores latinoamericanos formábamos una comunidad que era reconocida fuera de nuestras fronteras de una manera entusiasta”), el periodo que vivió como candidato a la presidencia de Perú y su fracaso frente a Fujimori (“fue una experiencia muy rica; he conocido al país al revés y al derecho”), su visión de los cambios producidos en Europa y en España en las últimas décadas, su trabajo como periodista (“si no hubiera tenido esa disciplina no hubiera sido un escritor”), la gestación de sus novelas, la importancia de la literatura en su vida (“hoy día no creo que la literatura pueda ser un arma política, pero sí estoy convencido de que no es gratuita, de que influye en la vida de una manera que no se puede planificar”), el Premio Nobel (“no voy a dejar que este premio me convierta en una estatua”), su alarma por la banalización de la cultura y también algunos de los asuntos que trata en “La llamada de la tribu”. Los temas se van encadenando a lo largo de estas entrevistas cuya relectura, para quienes ya las conocíamos, descubre sin embargo nuevos detalles de una vida y una obra excepcionales.

LA FOTOGRAFÍA DE ED VAN DER ELSKEN

La mayor exposición del artista holandés revela la obra de un fotógrafo poco conocido en España

Todo comenzó en París cuando en 1950 un joven artista de Amsterdam llamado Ed Van Der Elsken decidió instalarse en la capital francesa después de abandonar una vocación de escultor frustrada por la guerra y los avatares de una vida inquieta. París era entonces un foco de atracción para artistas holandeses que buscaban fama y reconocimiento internacionales: el pintor Karen Appel, los escritores Rudy Kousbroek y Simon Vinkenoog y el fotógrafo Kryn Taconis le habían precedido en el éxodo. Fue este último quien recomendó a Van Der Elsken a Pierre Gassmann, director del laboratorio fotográfico de Magnum, después de valorar sus imágenes tomadas por Elsken en las calles de La Haya. En París continuó con los personajes callejeros, fotografiando a artistas ambulantes, mendigos y clochards. Van Der Elsken se instaló entonces en el barrio de Montmartre, donde conoció a Ata Kandó, una pelirroja fotógrafa húngara, 12 años mayor que él y madre de tres hijos, con la que se trasladó al barrio de Saint-German-des-Prés para vivir un apasionado romance. Fue en aquellos años cuando su relación con la actriz Vali Myers inspiró su fotolibro “Una historia de amor en Saint-Germain-des-Prés” (el título en inglés fue “Love on the Left Bank”). Publicado como una fotonovela, el libro cuenta en imágenes el romance entre el mexicano Manuel (Roberto Inignez) y Ann (Vali Myers). Entre la realidad y la ficción, esta obra supuso una ruptura con la tradición humanística de la fotografía documental de la posguerra.
FOTOGRAFÍA EN LAS CALLES
El trabajo en el laboratorio le resultaba monótono y aburrido y decidió abandonarlo definitivamente para continuar su carrera de street photographer, ahora en la orilla izquierda del Sena, la mítica Rive Gauche, donde fotografiaba a los amantes que se abrazaban en las orillas del río y a los borrachos y drogadictos que se refugiaban bajo los puentes. Entró entonces en contacto con la bohemia parisina instalada en los bares y los cafés de Saint-German-des-Prés, a la que fotografiaba de noche y de día. Entre los escritores que frecuentaban aquel barrio sobresalía el filósofo Guy Debord, líder de la Internacional Situacionista y autor de “La sociedad del espectáculo”, el libro de cabecera de la intelectualidad progresista francesa hasta el mismo mayo del 68. Las fotografías de Van Der Elsken fueron uno de los materiales más apreciados por Debord para sus collages. La fortuna hizo que Edward Steichen, el conservador del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) seleccionase algunas de las fotografías de calle de Van Der Elsken para la exposición “Postwar European Photography”, una de las cuales además iba a formar parte de la mítica exposición “The Family of Man” de 1955.
De regreso a Ámsterdam, ya casado con Ata Kandó, comenzó a interesarse por el cine de la mano del realizador Jan Vrijman e inició una carrera de documentalista que iba a simultanear con la fotografía hasta el final de su vida. Es en este momento cuando se interesa por la vida de los adolescentes inseguros y desorientados de los barrios urbanos de las ciudades holandesas, a los que dedica su libro “Tenemos 17”.
LA VUELTA AL MUNDO Y EL JAZZ
A pesar de que su pasión era la fotografía de calle, en 1956 aceptó un encargo de la editorial De Bezige Bij para realizar un amplio reportaje sobre la reciente independencia de la República Centroafricana, que se publicó con el título de “Bagara” (Búfalo). Se trata de un trabajo próximo a la antropología cultural en el que las imágenes de Van Der Elsken muestran la vida cotidiana de los indígenas del país. A su regreso, ya divorciado de Ata Kandó, se casó con Gerda van der Veen, con la que inició en 1959 un viaje de 14 meses alrededor del mundo (África, Asia, Norteamérica) para publicar las fotografías en un libro que, para su frustración, no encontró editor hasta diez años más tarde. Se publicaron con el título de “Sweet Life” y en los cuatro volúmenes de “Weredreis in foto’s”.
Una de las grandes pasiones de Van Der Elsken fue la música de jazz, y a este tema dedicó una de sus mejores obras, con fotografías tomadas a lo largo de varios años en conciertos de los grandes músicos de la época. Chet Baker, Miles Davis, Lionel Hampton, Ella Fitzgerald… desfilan por las páginas de “Jazz” transmitiendo todo el ambiente de una música cuyos sonidos parecen oírse a través de las imágenes.
JAPÓN Y EL FINAL
Un reencuentro en 1971 con Vali Myers, que vivía rodeada de animales en una zona campestre de Italia con su joven amante Gianni Menichetti, le inspiró el documental “Muerte en el Port Jackson Hotel”, en el que hizo un retrato de la artista, entre la nostalgia y la decadencia. Divorciado de Gerda, su nueva pareja Anneke Hilhorst le inspiró la colección de fotografías publicadas como “Eye Love You”.
En 1979 publicó una recopilación de imágenes de las calles de Ámsterdam desde 1947 a 1970, con fotografías de jóvenes rebeldes y personajes peculiares de la fauna que poblaba entonces aquel asfalto urbano, y en 1980 un fotolibro en color y blanco y negro con imágenes de la vida campestre en el lago Ijsselmeer, cerca de Edam, a donde se había retirado a vivir.
La acogida de su obra por los japoneses, hizo que viajase a este país con mucha frecuencia a partir de 1986 y le dedicase “El descubrimiento del Japón”, donde volcó su fascinación por el país y por sus costumbres y donde retrató a mafiosos con trajes americanos, transexuales, luchadores de sumo y a los empujadores de las aglomeraciones en las puertas de los vagones del metro de Tokio.
Aquejado de un cáncer terminal, Van Der Elsken preparó su adiós documentando la evolución de su enfermedad en la película “Bye”, que se estrenó en 1991, un año después de su muerte a los 65. Fue su última obra, en la que ejerció de director y de protagonista. Un autorretrato íntimo y muy personal en el que no se privó de manifestar su miedo, su dolor y su tristeza. También su sentido del humor.

TÍTULO: Ed Van Der Elsken
LUGAR: Fundación Mapfre. Madrid
FECHAS: Hasta el 20 de mayo