PESSOA Y LAS VAGUARDIAS

El museo Reina Sofía trae a Madrid una gran representación de los artistas de las vanguardias creadas por Pessoa
En los primeros años del siglo XX las vanguardias artísticas tuvieron en Portugal una importante presencia a través de una serie de creadores irrepetibles cuyo objetivo primordial era el de apartarse del mimetismo de las corrientes predominantes en Europa para crear una senda propia. Nombres como los de José Almada Negreiros, Amadeo de Souza-Cardoso, Eduardo Viana crearon una serie de obras que tenían como señas de identidad el gusto por lo popular y la exaltación de la idiosincrasia portuguesa. A ellos se unió el matrimonio formado por Sonia y Robert Delaunay, que se establecieron en el norte de Portugal en 1915 huyendo de la Gran Guerra y difundieron entre aquellos artistas las ideas del orfismo, una variante del cubismo que los Delaunay habían desarrollado en París.
Fernando Pessoa no escribió apenas sobre arte y temas visuales pero coincidió con los artistas que escribían sobre su trabajo en las mismas revistas en las que todos ellos colaboraban. El escritor creó sus propias corrientes dentro de la teoría poética, corrientes a las que bautizó con los nombres de Paulismo, Interseccionismo y Sensacionismo. Estos tres ismos son los que vertebran el recorrido de la exposición que se puede ver estos días en el museo Reina Sofía de Madrid (hasta el 7 de mayo) con el título “Pessoa. Todo arte es una forma de literatura”. En esta exposición la obra literaria de Pessoa es el eje sobre el que giran los movimientos y los artistas de aquellos años.
La muestra está dedicada a los artistas de la vanguardia portuguesa pero también a las revistas en las que todos ellos publicaban sus escritos junto a los de Pessoa: “Orfeu”, “A Águia”, “K4 O Quadrado Azul” o “Portugal Futurista” acogieron las ideas de las vanguardias portuguesas que hacían llegar a la intelectualidad a través de sus páginas.
RECORRIDO TEMÁTICO
Como imagen identificativa, la muestra arranca con una serie de grandes fotografías de Fernando Pessoa, de autor desconocido, y con el retrato que del escritor portugués hizo el pintor Almada Negreiros en 1964. Esta sala está dedicada a la obra teórica de Pessoa y a sus heterónimos (Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares…), que simbolizan la ambigüedad y la visión poliédrica en la que coincidieron movimientos estéticos e intelectuales dispares. La diversidad de los heterónimos de Pessoa hay que interpretarla como una búsqueda de la identidad del hombre moderno afectado de una grave desorientación existencial tras la Primera Guerra Mundial. Por eso a continuación se exponen obras que muestran los desastres de la aquella guerra relacionados con la participación de Portugal en la contienda. Pinturas de Cristiano Cruz y caricaturas de la época pintadas por Américo Amarelhe, Amadeo de Souza-Cardoso o Almada Negreiros.
Hay otro espacio dedicado al Paulismo, esa corriente que recoge los postulados estéticos del Pessoa vanguardista, que el escritor publicó en la efímera revista “Orpheu” (dos números) que fundó con el poeta Mário de Sá-Carneiro. En otra revista, “A Renascença” (un solo número), publicó Pessoa el poema “Pauis”, que dio nombre al Paulismo, un estilo pesimista que hereda del decadentismo algunos de sus postulados. En esta sala destaca el tríptico de António Carneiro “La vida: Esperanza, Amor, Nostalgia”, pintado entre 1899 y 1901. Y los cuadros de Amadeo de Souza Cardoso y Guilherme de Santa Rita (firmaba como Santa Rita Pintor), un artista que murió de tuberculosis a los 28 años y del que se conservan únicamente dos obras, las dos en esta exposición, una de las cuales “Orfeo en los infiernos” sale por primera vez de Portugal.
Otro de los ismos de Pessoa, el Interseccionismo, se identifica en cierto modo con el futurismo. Pessoa quería representar a través de esta corriente la simultaneidad mental de las imágenes subjetiva y objetiva, lo físico y lo síquico. Obras de Santa Rita, que era miembro del Comité Futurista de Lisboa y fundador de la revista “Portugal Futurista” en 1917, y de Eduardo Viana y Amadeo de Souza representan aquí esta corriente pessoana.
La otra corriente creada por Pessoa, el Sensacionismo, basada en su afirmación de que “la base de todo arte es la sensación”, perseguía la convergencia de todas las sensaciones del ser humano, por muy distanciadas que estuviesen. Aquí está representada por obras de Eduardo Viana, Almada Negreiros y Amadeo de Souza-Cardoso, y de los pintores Sonia y Robert Delaunay, de quienes se pueden ver una docena de obras.
Hay aquí un espacio dedicado al teatro, promovido en Portugal por los Ballets rusos que recorrieron el país en 1917 y 1918. Representa la confluencia entre las artes escénicas y las artes plásticas. Y hay una relación con España, porque Almada Negreiros diseñó la decoración del Teatro San Carlos de Madrid y colaboró con el compositor Salvador Bacarisse y con el poeta Manuel Abril. Y diseñó para Gómez de la Serna los decorados de la obra ultraísta “Los medios seres”.
La exposición se cierra con los autores del periodo conocido como la Segunda Modernidad Portuguesa cuyo ideario fue divulgado por la “Revista Portuguesa” y “Presença”. Fue una corriente frustrada por la muerte prematura de sus tres grandes representantes: Maro de Sá-Carneiro, Amadeo de Souza-Cardoso y Santa Rita Pintor. La llegada al poder de Oliveira Salazar y la implantación de una dictadura militar interrumpió la evolución de las vanguardias del arte portugués, exceptuando una pequeña corriente expresionista surgida a finales de los años 20 con artistas como Mario Eloy, Júlio dos Reis Pereira y Sara Affonso, cuyas obras se pueden ver también en esta exposición y que tenían como órgano de difusión la revista “presença”.

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ENCUENTROS CON LAS LETRAS: MEMORIA DE UN PROGRAMA DE CULTO

Lea Vélez publica un libro sobre el espacio cultural de TVE que dirigió su padre durante la transición política

Quienes fuimos espectadores asiduos del programa de TVE “Encuentros con las letras” siempre hemos echado de menos desde su desaparición un espacio que cubriera la actualidad cultural con la profundidad y el rigor con que lo hacían aquellos encuentros con los protagonistas de la cultura que se emitieron coincidiendo con los años de la transición política española. El director y presentador de aquel programa que abrió nuevos horizontes a la presencia de la literatura y de sus protagonistas en la televisión se llamaba Carlos Vélez (León 1930-Madrid 2014). Su hija, la escritora Lea Vélez, acaba de publicar un libro que es, entre otras cosas, un homenaje a aquel programa y un acto de reivindicación de la obra y la memoria de su padre: “Encuentros con las letras era a mi padre lo que la obra a un autor. Un reflejo de su vida”.
Carlos Vélez se impuso el minucioso cometido de grabar en cintas magnetofónicas las entrevistas que se hacían para el programa. Fue este material el que un día se encontró Lea Vélez en cuatro cajas en las que su padre las había guardado: “En mis quinientas cintas -escribe Lea Vélez- tengo atrapada una época. Un momento de tránsito emocional, de búsqueda de horizontes”.
El libro de Lea Vélez, “La Olivetti, la espía y el loro” (Ed. Sílex) reproduce fragmentos de algunas de aquellas entrevistas (Cortázar, Borges, Umbral, Vargas Llosa, Alberti, Susan Sontag, Marguerite Duras, Juan Goytisolo, Ernesto Sábato, Cunqueiro, Onetti, Savater, Cela, Semprún…) utilizando como hilos conductores un largo diálogo con su madre, colaboradora del programa, artículos recientes sobre algunos de los autores entrevistados y un reportaje inédito de autor desconocido (firma con el seudónimo Medina Plata) sobre una visita a la tumba de Antonio Machado en Colliure en 1958, escrito inicialmente para la revista “Acento”, que dirigía Carlos Vélez, y que fue censurado entonces.
El libro, de lectura gratificante y de interés para conocer algunos detalles de la intrahistoria de la vida política y cultural de aquellos años, es también una reflexión sobre el papel de los medios de comunicación y la divulgación de la cultura durante la transición, la lucha para mantener en la televisión un espacio cultural de la envergadura de “Encuentros con las letras” y los problemas con la censura sobre algunos programas, como uno en el que se hablaba del presunto asesinato de Gabriel León Trilla por sus camaradas del PCE, otro que trataba sobre el libro “Gárgoris y Habidis” de Sánchez Dragó o la intervención de Tarradellas cuando la prohibición de un programa en el que Montserrat Roig entrevistaba a Josep María Castellet. A las dificultades políticas y a los intereses de la televisión pública por controlar los contenidos culturales de la programación se añaden los enfrentamientos personales (a destacar los desencuentros entre Vélez y su amigo íntimo el escritor Isaac Montero). En el libro se rinde homenaje también a los colaboradores del programa, una larga serie de escritores e informadores que hicieron de “Encuentros con las letras” un programa de culto al que acuden investigadores y periodistas para encontrar y rescatar las voces y las figuras de los protagonistas de unos años fundamentales de la cultura contemporánea.
“ENCUENTROS CON LAS LETRAS”, UNA REVOLUCION CULTURAL EN LA TELEVISION
El germen de “Encuentros con las letras” fue un programa titulado “Revista de las Artes y las Letras”, un espacio que trataba de abarcar la totalidad de las manifestaciones culturales del momento, lo que muy pronto se demostró imposible y provocó la escisión en dos programas diferentes, “Revista de las Artes” y “Revista de las Letras”, que alternaban su emisión cada semana en la Segunda Cadena de TVE, para posteriormente volver a unir sus contenidos en un mismo programa titulado ahora “Encuentros con las Artes y las Letras”. El primer programa de este nuevo espacio se emitió el 7 de mayo de 1976. Su director y guionista, Carlos Vélez, contaba con un amplio y prestigioso equipo de especialistas: Joaquín Barceló, Miguel Bilbatúa, Antonio Castro, Paloma Chamorro, Elena Escobar, César Gil, José Luis Jover, Juan Antonio Méndez, Fernando Sánchez Dragó, Daniel Sueiro y Jesús Torbado.
En “Encuentros con las Artes y las Letras” cada uno de sus espacios disponía de un tiempo suficiente para entrar en la materia con cierta profundidad y tratar varios temas en cada una de sus ediciones. Se pretendía que el espectador se encontrase integrado en el mundo de la cultura que allí se presentaba, no sólo en cuanto a los mensajes de los protagonistas, sino a la atmósfera creada en cada una de sus secciones.
A partir del programa número 42º (15 de abril de 1977), lo que hasta entonces había sido “Encuentros con las Artes y las Letras” se dividió en dos programas diferentes que conservaron su título como seña de identidad: “Encuentros con las Artes” y “Encuentros con las Letras”. Este último se revelaría como el programa cultural por excelencia de toda una etapa de TVE, la que coincidió con la transición política.
La dirección y el guión de “Encuentros con las letras” continuaron en manos de Carlos Vélez, que mantuvo a algunos de sus colaboradores habituales y añadió otros al nuevo equipo, como Esther Benítez, Montserrat Roig y Andrés Trapiello.
En su nuevo formato ofrecería (hasta su desaparición el 10 de octubre de 1981) 235 espacios con noticias, informaciones, análisis, discusiones, coloquios e incluso creación de textos para espacios específicos. Todos los géneros tuvieron cabida: novela, cuento, relato, narración, teatro, poesía, viajes, biografía, epistolarios y memorias, conferencias, retórica y humanidades, ciencia y pensamiento, manuales y compendios, erudición y periodismo, lenguaje, divulgación, filosofía, traducción, crítica, romances y canción, guiones y, en fin, todo aquello que tuviera relación, a veces lejana y marginal, con el mundo de los libros. “Encuentros con las letras” ejerció su intención crítica, didáctica, divulgativa e informativa a través de la selección del hecho cultural y/o de su autor. La selección de esos hechos culturales y de esos autores se hacía unas veces con intención totalizadora y otras en base a razones más coyunturales: ‘best-seller’, escándalo, premio literario… de tal manera que el espectador pudiera hacerse su propia composición de lugar sobre el tema a debate. Puede afirmarse que “Encuentros con las letras” consiguió el objetivo que debe guiar a todo programa cultural: incitar a la lectura o a la contemplación de una obra.
El tratamiento era el requerido para cada ocasión: filmación ‘in situ’ para actos celebrados en cualquier parte del país y a veces en el extranjero (teatro, conferencias, coloquios, presentaciones, mesas redondas, exposiciones), debates para enfrentar tesis diferentes o dar a conocer los diversos puntos de vista de temas polémicos, entrevistas a escritores, autores, directores, siempre dirigidas a que los entrevistados defendieran, definieran y descubrieran sus intenciones y las consecuencias estéticas, literarias, lúdicas y sociales de sus obras, etc.. Todo ello en una estructura abierta y suficientemente flexible para que el programa no se encerrase en un corsé que condicionase sus formas. La experiencia de “Encuentros con las letras” en cuanto a su aceptación por las élites culturales, la crítica especializada y el público (el programa iba registrando audiencias cada vez más elevadas) obligó a mantener una estructura de grandes bloques que permitía ahondar en los temas tratados con mayor intensidad de lo que es habitual en un medio como la televisión.
A lo largo de sus cinco años y medio de existencia, con altos índices de aceptación y audiencia, elogiado ampliamente por espectadores, crítica especializada y profesionales de la cultura y del mundo universitario, “Encuentros con las letras” acumuló un enorme legado documental que con los años se ha ido haciendo más valioso, sin caer en repeticiones, tópicos ni lugares comunes, tan frecuentes en otros programas culturales pensados más para el consumo que para la reflexión crítica y la formación de los espectadores.

ANDY WARHOL: UN ARTE MECÁNICO

Una exposición itinerante muestra algunas de las mejores obras del representante del pop art

El espacio en el que Andy Warhol (Pittsburg, 1928-Nueva York, 1987) elaboraba su obra y en el que se concentraban sus actividades artísticas y sus relaciones con los creadores y con las personas interesadas por sus actividades, estaba situado en el 231 de la calle 47, en el Midtown Manhattan de Nueva York (más tarde se trasladó al 33 de Union Square West), y entre sus paredes de interior plateado se refugió un gran número de creadores que querían experimentar con los postulados vanguardistas del artista. Uno de ellos, el fotógrafos, Billy Name, fue quien bautizó este espacio en 1963 como The Factory, La Fábrica, un nombre que reflejaba muy bien el espíritu de lo que allí se hacía con el arte: una actividad de producción de cultura al modo de las grandes industrias con las cadenas de montaje en la fabricación de objetos para la sociedad de consumo. El músico John Cale, de Velvet Underground (el grupo creado por The Factory) decía que se trataba de producir “cultura a granel” y el propio Warhol bautizó su producción como business art (arte comercial). En realidad es lo que se viene haciendo en el arte desde siempre con los talleres en los que una serie de discípulos colaboran y copian la obra de un artista reconocido. Pero en el caso de The Factory, Warhol no solo no ocultaba esta actividad sino que la publicitaba con las imágenes de sus fotografías y con performances en las que participaban personajes de la cultura mediática, desde estrellas de cine hasta cantantes pop, escritores y artistas.
Con el tiempo The Factory se convirtió en una leyenda de la cultura underground y de la contracultura, impulsada por el dominio que Warhol tenía de los medios de comunicación de masas y del mundo de la publicidad. La producción de cultura visual en un mundo dominado por la imagen le ayudó a alcanzar la dimensión mítica de la que desde entonces sigue gozando su obra, referente del arte de los años 60, y su figura como artista influyente en la estética posmoderna. Desde las artes plásticas, The Factory extendió su producción al cine, la televisión, la escultura, la música, las revistas, la fotografía…
UNA EXPOSICIÓN REPRESENTATIVA
La fascinación de Warhol por la serialidad y la multiplicación, unidas a las modernas técnicas, desde la serigrafía al video, encontró en la forma de trabajo que se desarrollaba en este espacio un método ideal. Con la producción en cadena Warhol quería también transmitir la idea de que el arte debía ser accesible a las masas. Es esta serialidad la que domina la exposición que acaba de inaugurarse en la Fundación CaixaForum de Madrid con el título “Warhol. El arte mecánico” (permanecerá hasta el 6 de mayo), cuando se cumplen 35 años de la visita del artista a la capital de España con motivo de su exposición “Pistolas, cuchillos y cruces”. La muestra se expuso antes en Barcelona y después viajará a Málaga.
Aquí están las series de sus iconos más emblemáticos: los retratos de Marilyn Monroe, Jacquie Kennedy, Liz Tayor, Elvis Presley, Mao… Pero también hay otras pinturas, esculturas, dibujos e instalaciones audiovisuales que transmiten la personalidad poliédrica del artista americano, incluyendo los trabajos que hizo para grupos de música pop (cubiertas de discos de Velvet Underground y Rolling Stones), portadas de revistas (Vogue, Harper’s Bazaar y la que él mismo creó, “Interview”), instalaciones (Silver clouds), fotografías… presentadas en un orden cronológico que se inicia con los orígenes del Warhol diseñador en el Nueva York de los 50 y 60, donde se encuentran los primeros dibujos que el artista hizo para la marca de sopa Campbell y el detergente Brillo, entre ellos uno de su madre sobre las famosas sopas, en el que escribió de su puño y letra “Campbells Soup very gut” (sic) que inspiró su primera serie comercial, y se cierra con los retratos que le hicieron fotógrafos como Stephen Shore, un niño prodigio autodidacta de la fotografía (a los 14 años ya tenía tres de sus fotos en la colección permanente del MoMA) cuya obra es un fluido relato del mundo de The Factory; Philippe Halsman, Mapplethorpe, el español Alberto Schommer (el famoso retrato de Andy Warhol envuelto en la bandera de las barras y las estrellas) o su amigo el actor Dennis Hopper.
Es esta una gran oportunidad para contemplar obras tan importantes en la trayectoria artística de Andy Warhol como “Tres botellas de Coca-Cola”, “Marilyn dorada”, “Liz”, “Mao”, “Calavera”, una de las “Pinturas oxidadas” realizadas con orina… y las pruebas de cámara para sus películas que rodó con Salvador Dalí, Bob Dylan, Marcel Duchamp, Allen Ginsberg…

 

LA CULTURA ESPAÑOLA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX

  • Un libro del historiador Juan Pablo Fusi analiza el tránsito de la cultura española desde el franquismo a la democracia

 

El régimen que se impuso en España después de la guerra civil puso fin al gran momento histórico que la cultura española había vivido durante los primeros años del siglo XX. Desde el fin de la guerra y durante la década de 1940 el franquismo impuso en todo el país una cultura controlada por los principios del falangismo en lo político, por la moral nacionalcatólica en lo social, por la glorificación del pasado imperial en lo histórico y por la censura en todos los ámbitos, desde la educación y los medios de comunicación a la alta cultura y la cultura popular. Entre los nombres a destacar en esos años apenas los de Jardiel Poncela y Miguel Mihura en el teatro, Agustín de Foxá o José María Gironella en la literatura, Joaquín Rodrigo en la música y Juan de Orduña en el cine, destacaban en un páramo en el que el oficialismo se apuntaba méritos como la creación de la Orquesta Nacional y la fundación de revistas como “Escorial” y “Espadaña”.
Ni siquiera el regreso del exilio de Ortega y Gasset en 1945 sirvió de revulsivo a una España política y culturalmente adormecida. Las críticas a la cultura española se prolongaron a las décadas siguientes, las de los cincuenta y los sesenta, aunque era evidente que a principios de esta última comenzaba a gestarse un cierto cambio que no pasaba inadvertido. Fue Julián Marías, un filósofo discípulo de Ortega y opuesto al régimen de Franco, quien en torno a 1960 desconcertó a la sociedad española al afirmar que en España se vivía una nueva edad de oro de la cultura. Para ello aportaba los nombres y las obras de Pío Baroja, Azorín, Xavier Zubiri y Menéndez Pidal (que continuaban una labor iniciada antes de la guerra) y los nuevos de Gabriel Celaya, José Hierro y Blas de Otero en la poesía, Rosa Chacel, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa y Camilo José Cela en la literatura, Buero Vallejo en el teatro… Los años sesenta habrían sido el inicio de una nueva cultura española que iba a alcanzar su mejor momento durante los años de la transición política a la democracia. De este recorrido se ocupa el nuevo libro del historiador Juan Pablo Fusi “Espacios de libertad” (Galaxia Gutenberg), un ensayo sobre la evolución de la cultura española durante la segunda mitad del siglo XX.
LOS AÑOS SESENTA: UNA DÉCADA PRODIGIOSA TAMBIÉN EN LA CULTURA
En el filo entre los cincuenta y los sesenta, ya algunos intelectuales del falangismo (Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, Torrente Ballester, Luis Rosales, Leopoldo Panero) se habían ido distanciando paulatinamente del franquismo, desencantados por la deriva cultural de un régimen cuyo monopolio había quedado en manos de los Emilio Romero, José María Pemán, Torcuato Luca de Tena, Gonzalo Fernández de la Mora, Joaquín Calvo Sotelo. La nueva cultura comenzaba su andadura reivindicando la filosofía de Ortega y recuperando las obras de las generaciones del 98 y el 27. También promoviendo otra literatura desde nuevas editoriales (Seix Barral, Taurus, Alianza, Alfaguara), premios literarios (Nadal, Sésamo, Biblioteca breve) y revistas culturales (“Insula”, “El Ciervo”, “Papeles de son Armadans”, “Cuadernos para el diálogo”). La generación del medio siglo (Sánchez Ferlosio, Aldecoa, Juan Goytisolo, Luis Martín-Santos, Caballero Bonald) fue la culminación de una trayectoria que empezaba a dar sus frutos en la década prodigiosa de los sesenta relevando a la literatura del realismo social, que había tenido un estimable papel en la denuncia de los excesos de la burguesía, de la marginación, la injusticia social y los problemas del mundo del trabajo y la emigración. Pero ahora los temas de los que se nutría la literatura eran ya otros, entre ellos una nueva visión de la guerra civil lejos de los estereotipos que venían presentándola como una cruzada o una epopeya nacional heroica. Para los nuevos autores la guerra civil había sido un acontecimiento dramático y una tragedia. Entre los nuevos temas, los novelistas y los escritores de la nueva generación se ocupaban de los problemas de la emigración interior (Raúl Guerra Garrido, Juan Marsé, Francisco Candel), las culturas regionales (Joan Fuster, Federico Krutwig, Alfonso Carlos Comín, Xosé Manuel Beiras), el rescate de las obras del exilio y la edición de las que hasta entonces habían estado prohibidas o silenciadas. El arte recuperaba poco a poco los lenguajes de la modernidad a través de creadores como Tapies, Oteiza y Chillida. Una nueva generación de pensadores, ensayistas e historiadores aportó desde la oposición al franquismo una producción intelectual dirigida a la formación de las nuevas generaciones en los valores de la democracia. Jorge Semprún, Javier Pradera, Manuel Sacristán, Fernando Savater, Eugenio Trias, Tuñón de Lara, Elías Díaz, Juan J. Linz… se adelantaron a la llegada de la democracia desde los medios de comunicación, las editoriales y la universidad con una obra crítica cuyos aspectos pedagógicos eran evidentes.
Con la llegada de la democracia y la desaparición de la censura los lenguajes de la cultura recuperaron su plena libertad expresiva en la literatura (Juan Benet, Eduardo Mendoza, Javier Marías), el cine (Carlos Saura, Víctor Erice) y el arte (Antonio López, Luis Gordillo, Eduardo Arroyo). Pero es evidente que desde al menos diez años antes ya la cultura española se reintegraba al curso de la modernidad y se manifestaba como una fuerza esencial para la recuperación de la conciencia democrática, a pesar de que la censura mantuvo inéditas hasta bien entrada la década de los ochenta las obras de muchos autores en la literatura, el cine y el ensayo.