INÉDITOS DE GONZALO TORRENTE BALLESTER

 

 

Se publican las conferencias que Torrente Ballester pronunció en Vigo en 1973
Entre el 20 y el 24 de agosto de 1973 Gonzalo Torrente Ballester pronunció en Vigo, en unas jornadas universitarias promovidas por la Caja de Ahorros de esta ciudad, cuatro conferencias sobre el género de la novela que permanecieron inéditas hasta ahora, a pesar de que la intención del escritor era publicarlas en un libro o a través de artículos en la prensa, como lo acreditan las correcciones que él mismo hizo sobre los originales mecanografiados. Esas conferencias, acompañadas de otros textos inéditos, son las que ahora se recogen en “Teoría de la novela”, un libro con el que comienza su andadura la nueva editorial Deliberar, una iniciativa ciertamente original de la que hablaremos más adelante.
En “Cuadernos de un vate vago” (Plaza & Janés, 1982) Torrente Ballester ya nos había adelantado algunos de los procedimientos que utilizaba para elaborar las tramas y los desenlaces de algunas de sus novelas. Lo hacía de una manera muy simple, improvisada, como corresponde a unos textos fruto de la transcripción de grabaciones magnetofónicas que él mismo se hacía. Ahora profundiza en estos procedimientos pero además añade algunas consideraciones teóricas acerca del género de la novela y de su papel en la cultura contemporánea.
CÓMO SE HACE UNA NOVELA
Así pues, en “Teoría de la novela” se manifiesta, antes que el novelista, el Torrente Ballester académico y docente, ya que se trata de textos pensados para un auditorio de estudiantes de literatura y de lectores de novelas.
El punto de partida del profesor es el de la asunción de ese pacto no escrito entre el escritor y el lector por el que ambos aceptan, como si fueran verdaderas, las historias falsas que uno crea y el otro consume. Después de teorizar sobre Historia y novela (Torrente Ballester fue profesor de Historia y de Literatura), afirma que entre una obra histórica y una obra de ficción la única diferencia que podemos establecer es que una es real y la otra es ficticia. El interés de la novela, es decir, de una historia que el lector sabe que no es cierta, estriba según Torrente en el interés por el destino de los personajes, de unos seres que el lector sabe que son ficticios, que no existen, pero cuyo itinerario quiere conocer hasta el final. Introduce el concepto de “principio de convivencia”, para explicar esa relación que el lector establece con los personajes de una novela, para cuya creación Torrente concede una gran importancia a la intuición del artista, entendida como la capacidad de empatía que tiene con los personajes que inventa.
Torrente Ballester destaca en el proceso creativo de la novela dos elementos importantes para el escritor: la imaginación y la experiencia, y afirma que la imaginación, por muy fantasiosa que sea, siempre mantiene una cierta relación con la realidad, por eso aceptamos la literatura fantástica, porque se nos presenta de manera que pensamos (según el pacto establecido entre escritor y lector) que es real. En la creación de una historia ficticia el escritor mantiene con la realidad una relación que se manifiesta a través del inconsciente, que Torrente Ballester identifica con la “experiencia almacenada”, con la realidad por lo tanto. Pero no es la realidad la que sirve de materia inmediata al escritor, sino “la experiencia de realidad, inconscientemente transformada y convertida en materia imaginaria”.
Son muy interesantes las reflexiones de Torrente Ballester sobre la interpretación de una novela por parte de los lectores, dependiendo de la cultura de cada lector y del tiempo en que ese lector viva. Incluso caben distintas interpretaciones de un mismo texto por un mismo lector (“Cada vez que un señor lee el Quijote, el resultado es distinto”, dice). Torrente asume aquella afirmación de Unamuno de que a veces la interpretación del lector no coincide con la del escritor porque el libro, una vez publicado, ya no pertenece al escritor, ya es del lector.
Además de las cuatro conferencias, el libro incluye dos textos muy relacionados con el tema del ciclo, “Realismo y realidad en la literatura contemporánea” y “El proceso creador de una obra de ficción”. En ellos insiste Torrente Ballester en que la materia de que se compone la novela no es la verdad sino la realidad: “Hay la realidad de la fórmula matemática, la realidad de la idea abstracta, la realidad del ensueño, la del proyecto e, incluso, la realidad de la mentira”. La realidad, la experiencia personal, la sensibilidad artística, son los elementos fundamentales que Torrente Ballester destaca en un escritor de novelas.
TEXTOS PARA DELIBERAR
Además de una introducción a cargo de la profesora Carmen Becerra, directora de la Fundación Torrente Ballester, en la que profundiza en la obra del novelista como “experiencia de la realidad convertida en materia imaginaria”, el libro incluye otros textos de autores que comentan los contenidos de las conferencias de Torrente Ballester y no siempre (esta es la novedad de estos textos) de manera panegírica, como suele presentarse en ediciones similares. A los elogios del artículo de la escritora Carmen Martín-Gaite (una de las asistentes a aquel ciclo de conferencias de 1973) suceden las críticas fundamentadas a algunos de los argumentos de esta teoría de la novela según Torrente Ballester a cargo de la escritora Cristina Sánchez-Andrade, que cuestiona la idea de “talento” expresada por Torrente Ballester y, a diferencia del autor de “Los gozos y las sombras”, destaca la importancia del oficio en el escritor. Incluso cita textos de Natalia Ginzburg, Edith Wharton y Flannery O’Connor que considera de más valor para la teoría de la novela. Por su parte, el profesor Stephen Miller, uno de los expertos extranjeros en la obra del escritor español, se pregunta si algunas de sus últimas obras (“La princesa durmiente a la escuela”, “Quizá nos lleve el viento al infinito” o “Yo no soy yo, evidentemente”), están a la atura de “Don Juan” o de “La saga/fuga de JB”, algo que sólo el tiempo podrá dilucidar.

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LA CULTURA EN EL PERIODO DE ENTREGUERRAS

Entre 1918 y 1939 la cultura y la sociedad europeas sufrieron las crisis que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial

Durante los años que van desde el final de la Gran Guerra en 1918 hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939, un periodo conocido con el nombre de entreguerras, se registraron algunos de los cambios socioculturales más importantes del siglo XX. La contienda mundial que arrasó Europa entre 1914 y 1918 engendró reacciones políticas y sociales que desembocaron en los grandes totalitarismos del siglo XX conducidos por Stalin, Hitler Mussolini y Franco, que convirtieron la vieja Europa en un gigantesco solar de ruinas humeantes. Mientras la técnica avanzaba a pasos agigantados, los valores que habían sostenido a Occidente entraron en franca decadencia. Desde la distancia histórica aún es difícil entender cómo Occidente, el epicentro del poder y de la economía mundial en esos años, se sumergió en una etapa de revoluciones violentas y odios que desembocaron en un enfrentamiento aún más sangriento que el anterior. Estas nuevas revoluciones coinciden con los principios recogidos en la obra de Spengler “La decadencia de Occidente”, donde se afirmaba que las “razas fuertes” tienen que imponerse a las demás y estar dirigidas por un hombre excepcional”. Y alrededor de todas ellas aleteaba la promesa seductora del Hombre Nuevo nitzscheano. El devenir histórico de esos años en los que la cultura jugó un papel importante está recogido en dos ensayos recientes, “La fractura. Vida y cultura en Occidente, 1918-1938” (Anagrama) del historiador Philipp Blom, y “Políticas del odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras” (Tecnos), una selección de estudios coordinados por los profesores Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío.
EUROPA. AÑOS DE GRANDES CAMBIOS CULTURALES
El fin de la Primera Guerra Mundial había provocado profundas divisiones entre los supervivientes de la contienda, obligados a superar las condiciones demográficas, políticas y económicas en medio de una catástrofe cultural sin precedentes. Intelectuales como Drieu La Rochelle y Jean Prévost, combatientes en el ejército francés durante el conflicto, se encargaron de transmitir desde la derecha el desencanto de quienes habían sido saludados como héroes y, casi simultáneamente, rechazados como alborotadores, mendigos, testigos de la vergüenza y el desastre. Desde otro punto de vista ideológico, artistas como Georges Grosz y Otto Dix recordaban desde Alemania la cara más desagradable de la guerra en sus pinturas de veteranos mutilados, oficiales corruptos y prostitutas. Los dos habían sido también combatientes en una guerra de la que volvieron traumatizados.
LA POSGUERRA EN FRANCIA E ITALIA
El país que más había sufrido las consecuencias de la guerra se sobreponía trabajosamente en medio de unas condiciones penosas de entre las que surgió una cultura innovadora y rupturista encabezada por el movimiento surrealista de André Breton, que se sumó al apoyo a la revolución bolchevique, alrededor del cual crecieron figuras como Francis Picabia, Max Ernst, Paul Éluard, Le Corbusier, René Clair, Marcel Duchamp o Man Ray, que aportaron una esplendorosa producción de cuadros, fotografías, arquitecturas, películas y canciones. A París acudieron artistas de todo el continente a la llamada de las vanguardias artísticas que tuvieron su sede en la ciudad a la que convirtieron en capital cultural del mundo.
En Italia, desde 1919 el escritor Gabriele d’Annunzio dedicó sus esfuerzos a crear la estética del fascismo para su amigo Benito Mussolini, para la que resucitaba el simbolismo imperial, incluido el saludo romano. Para la película “Cabiria” d’Annunzio creó la figura de Maciste, un Hércules moderno que protagonizó más de 20 filmes, que reivindicaba aquel legado cuya grandeza era también el objetivo perseguido por el futurismo de Marinetti.
ALEMANIA AÑO CERO
En la Alemania derrotada en la guerra, Berlín se convirtió en la capital de una cultura que cobraba nuevos impulsos gracias a movimientos artísticos como la Nueva Objetividad, la música de Furtwängler y Otto Klemperer, la arquitectura de la Bauhaus, la literatura de Alfred Döblin y Thomas Mann y a una cultura popular en torno al teatro de Bertolt Brecht y el cine de Max Reinhardt. “El Ángel Azul” descubría a una Marlene Dietrich cuya imagen se convirtió en icono de la nueva era. Mientras la hiperinflación minaba la República de Weimar y el paro crecía de forma vertiginosa, el clima político derivaba hacia una violencia monopolizada por el partido nacionalsocialista en un país donde iba tomando cada vez más fuerza el antisemitismo, alimentado por propagandistas como Oscar Levy y documentos como los “Protocolos de los sabios de Sión”, falsedades que ponían al judaísmo en la picota e inspiraron a Adolf Hitler para escribir “Mi lucha”. El ataque a la cultura comenzó con la quema masiva de libros de autores como Freud, Erich Maria Remarque, Jack London, Maxim Gorki o Stefan Zweig. Cuando Hitler llegó a la cancillería alemana el control totalitario de la cultura fue un ingrediente más de las persecuciones desatadas contra judíos, izquierdistas e intelectuales.
LA CULTURA EN LA RUSIA BOLCHEVIQUE
Desde 1917 en la nueva Rusia bolchevique se estableció un sistema totalitario que controlaba todas las actividades. Los revolucionarios soviéticos vieron en la cultura su mejor acta de presentación ante los asombrados ojos del mundo, por lo que fomentaron su presencia en todos los ámbitos de la nueva sociedad. Los Ballets Russes de Diáguilev (nacidos antes de la revolución), las películas de Eisenstein y Dziga Vértov, los carteles y collages de Malévich, El Lissitzky y Rodchenko, los cuadros de los artistas constructivistas, se presentaban ante visitantes y propagandistas (H.G. Wells, André Gide, Bernard Shaw, Romain Rolland) como los logros de un sistema que había alcanzado la perfección. Mientras tanto se ocultaban las graves consecuencias de la hambruna en Ucrania, el fracaso de los planes quinquenales estalinistas y la represión indiscriminada que causó millones de muertos y ejecuciones masivas de disidentes. Las persecuciones contra los artistas e intelectuales críticos con el bolchevismo fueron feroces, con casos dramáticos como los de los poetas Maiakovski y Mandelstam, el músico Shostakovich o los escritores Boris Pasternak, Anna Ajmátova y Mijaíl Bulgakov.
AMÉRICA. LA NUEVA SOCIEDAD OPULENTA
En los Estados Unidos, los soldados negros no sólo siguieron marginados a su regreso de la guerra sino que el racismo se recrudeció con las actividades del Ku-Klux-Klan y el auge de nuevas ideologías como la de Lothrop Stoddard canalizadas a través del cine en películas como “The Classman” de D.W. Griffith. La reacción cultural desde la negritud fue la música de blues y el jazz, hijos de la esclavitud y la represión, que pronto se extendió también por Europa.
En una sociedad en la que habían entrado de lleno los medios de comunicación de masas, la publicidad y la producción en serie de coches y electrodomésticos, algunas voces se alzaron contra el naciente consumismo utilizando el arte como antídoto: Joseph Stella, Georgia O’Keeffe, Edwar Hopper y fotógrafos como Alfred Stieglitz e Imogen Cunningham adoptaron una postura estética novedosa. La industrialización y mecanización del trabajo inspiró a cineastas (“Metrópolis” de Fritz Lang, “Tiempos modernos” de Chaplin), escritores de distopías (“Un mundo feliz”, de Huxley) y autores de ciencia ficción que imaginaron un mundo lleno de robots que iban a liberar a la humanidad de la maldición bíblica del trabajo. El debate entre la fe y la razón se encrespó en este país en los enfrentamientos entre el darwinismo y el fundamentalismo cristiano que únicamente aceptaba el relato de la Biblia. La Ley seca que propició la aparición de la Mafia dio lugar a una nueva forma de delincuencia que causó estragos.
El vertiginoso impulso de la economía y la cultura norteamericanas frenó en seco con el crack del 29 y las tormentas de polvo que convirtieron 40 millones de hectáreas en tierra baldía y dejaron en la indigencia a millones de campesinos que emigraron en masa a las ciudades. John Steinbeck (“Las uvas de la ira”) y Erskine Caldwell (“La ruta del tabaco”) recogieron la tragedia de unas gentes atrapadas en la miseria cuyas imágenes documentó la fotografía de Dorothea Lange y Walker Evans. Por esos años en España estallaba una guerra civil en la que los totalitarismos ensayaban lo que en 1939 sería un nuevo conflicto internacional.

VÍCTIMAS DEL HOLOCAUSTO

La periodista Milena Jesenská, novia de Kafka,  y el boxeador Johann Trollmann, víctimas de la persecución nazi a judíos y gitanos

HISTORIA DE MILENA

La escritora Margarete Buber-Neumann (1901-1989) fue una activa militante del Partido Comunista de Alemania durante los años de la República de Weimar. Los crímenes del estalinismo le hicieron plantearse su adhesión al partido, que terminó abandonando a finales de la década de 1930, después de trabajar en España durante la guerra civil con su marido, el dirigente comunista Heinz Neumann. Heinz fue condenado en 1937 por críticas al estalinismo y ejecutado sin proceso en la Unión Soviética. Margarete, acusada de espionaje y actividades contrarrevolucionarias, fue entonces internada en un gulag de Kazajistán. Tras el pacto entre Hitler y Stalin los rusos la entregaron a la Gestapo en 1940, quienes la llevaron a Ravensbrück, un campo de concentración especial para mujeres. Fue allí donde Margarete conoció a Milena Jesenská, una presa que había llegado meses antes y con la que le unió una sólida amistad forjada en las penosas condiciones de la reclusión. Margarete sobrevivió a las penalidades y sufrimientos del campo de concentración pero Milena murió allí poco antes de la liberación. Habían planeado escribir juntas un libro contando todas las atrocidades que habían visto y sufrido durante los años de su internamiento en Ravensbrück. En su lecho de muerte Margarete prometió a Milena que el mundo la recordaría siempre gracias a ese proyecto. Ese libro, que Buber-Neumann publicó en los años sesenta con el título de “Milena” (en España lo publicó Plaza y Janés en 1967), acaba de reeditarlo Tusquets.

UNA MUJER FUERTE Y VALIENTE

Milena había militado también en el Partido Comunista de su país, que abandonó en 1936 por las mismas razones que Margarete. Traductora del checo al alemán y periodista en Praga durante los años previos a la ocupación de Checoslovaquia por las tropas de Hitler, gracias a su profesión y a su militancia conoció a los escritores y artistas más destacados de su país y le unió una gran amistad con Franz Kafka, de quien algunas fuentes dicen que fue amante (Kafka mantuvo una larga correspondencia con esta mujer, publicada con el título de “Cartas a Milena”). Margarete Buber-Neumann dedica un capítulo de este libro a las relaciones entre Kafka y Milena.

Hija de una familia de la alta burguesía de Praga, Milena Jesenská maduró de manera precoz tras la muerte de su madre y la convivencia con un padre dominante y maltratador. En sus años de aprendizaje en el Instituto de Humanidades Minerva (a las escritoras e intelectuales formadas allí se les conocía como “las minervistas”) Milena se destacó por sus inquietudes culturales y sus conocimientos sobre el arte y la literatura europea. Sus fracasos matrimoniales con el arquitecto judío Ernst Polak (fue durante esos años cuando conoció a Kafka), el aristócrata comunista Xavei Schaffgutsch y el artista de la Bauhaus Jaromir Krejkar la llevaron a la cocaína, adicción que superó entregándose a su trabajo de periodista en distintos medios de Praga, en los que llegó a firmar con cinco seudónimos diferentes. Antes de la invasión de Checoslovaquia Milena había publicado tres libros y estaba considerada como una de las mejores periodistas del país. Durante la ocupación se unió a la resistencia y se implicó en actividades para salvar la vida a judíos a los que escondía en su piso de Praga y a los que ayudaba a cruzar la frontera. También escribía artículos contra el nazismo en publicaciones ilegales y clandestinas. A causa de estas actividades fue detenida e internada en Ravensbrück, tras negarse a abandonar el país porque, según decía, sería una inmoralidad dejar en la estacada a personas a las que ella inducía a rebelarse.

A lo largo de las páginas de “Milena” Margarete Buber-Neumann nos descubre la personalidad de una mujer valiente que durante su estancia en Ravensbrück siguió arriesgando su vida para salvar las de muchas mujeres condenadas por la barbarie nazi. Tenía que protegerse de la Gestapo y también de las reclusas comunistas, que la despreciaban por su disidencia, pero la mayoría de sus compañeras adoraban a aquella mujer que nunca manifestaba debilidad ni sometimiento y se mostraba siempre dispuesta a solucionar los problemas de todo el mundo.

En paralelo a la vida de Milena en el campo de concentración Buber-Neuman, cumpliendo la promesa hecha a su amiga, relata también las atrocidades que sufrieron las reclusas de Ravensbrück, con penas que iban desde estancias en celdas de castigo durante largas temporadas, sometimiento a experimentos médicos, bastonazos y otros maltratos físicos,  y  asesinatos de recién nacidos fruto algunas veces de violaciones. Cuando los planes de exterminio se pusieron en marcha, Buber-Neumann cuenta que además de ejecutar a todas las mujeres judías, se asesinó también a las paralíticas, las cojas o las que tuvieran algún miembro amputado y a las que sufrieran asma, alguna enfermedad pulmonar o un trastorno mental (cuando fue liberado el campo, de más de 5.000 mujeres sólo quedaban 25). “Milena” es, pues, además de la biografía de una mujer ejemplar, el testimonio de primera mano de una víctima del nazismo, de una mujer que dedicó el resto de su vida a denunciar el totalitarismo y las dictaduras. Margarete Buber-Neumann murió en noviembre de 1989, unos días antes de la caída del muro de Berlín.

EL TESTAMENTO DE DARÍO FO

El 13 de octubre de 2016 murió en Milan, a los 90 años, Dario Fo. Le habían concedido el Premio Nobel de Literatura en 1997. Así como el galardón a Bob Dylan fue un premio a la forma que su poesía adopta a través de la música, el premio a Fo, más que a su literatura fue un premio al Teatro, a un teatro que proponía reírse  amargamente o con rabia de los hechos trágicos. Porque más que un escritor Fo era un dramaturgo en la estela de de la commedia dell’ arte, autor de grandes obras que han quedado como hitos del teatro universal del siglo XX. Su nombre quedará para siempre unido a algunas de las obras que escribió y que él mismo representó junto a su compañera, la actriz Franca Rame, como “Misterio bufo”, “Aquí no paga nadie”  o “Muerte accidental de un anarquista”.  En estos tiempos cobra realidad su crítica al terrorismo de “La mueca del miedo”.

Dario Fo era además un creador polifacético en campos diversos de la cultura: pintor, ensayista, actor, arquitecto… y sobre todo un activista que dirigió sus invectivas críticas contra los más diversos aspectos de la vida italiana y global: Berlusconi, el Vaticano, la mafia, los partidos políticos de derechas y de izquierdas, la religión, el ejército, las élites, el poder… que a veces llegaron a causarle verdaderos trastornos, como la prohibición de entrar en Estados Unidos en 1983.

CONTRA LOS TOTALITARISMOS

Se publica ahora “El campeón prohibido” (Siruela), la última novela que Dario Fo publicó en vida. Es su última obra y al mismo tiempo un testamento en el que manifiesta su desprecio por otro de los males del siglo XX, los totalitarismos, esta vez encarnados en el régimen nazi de la Alemania de Hitler.

En “El campeón prohibido” Dario Fo rescata del olvido la figura de Johann Trollmann, un boxeador que triunfó en los rings alemanes en los años veinte y treinta del siglo pasado hasta que el régimen nazi decidió interrumpir su carrera a causa de su origen étnico: era gitano sinti. Deportado a un campo de concentración murió asesinado, apaleado por un comandante del campo como venganza por la humillación de haber sido vencido por Trollman durante un combate organizado para entretener a las autoridades.

Dario Fo aprovecha esta biografía novelada del boxeador para hacer una crítica implacable al régimen nazi y a los campos de concentración donde se hacinaban miles de prisioneros y donde diariamente morían cientos de personas. Lo hace a través de una narración sencilla y directa cuyos diálogos recuerdan a los de sus obras de teatro y en la que introduce elementos dramáticos entre la rabia y el estupor: “… una orquesta de viento formada por prisioneros les da la bienvenida. Toca por las mañanas cuando los prisioneros se marchan y por las noches cuando regresan. Toca también cuando los muertos son conducidos al crematorio, cuando se ahorca a algunos prisioneros, cuando alguien hace algo que a los ojos de las SS es un delito y recibe un considerable número de bastonazos. La música suena también cuando un fugitivo es apresado, ahorcado, golpeado hasta la muerte  o bien devorado por los perros”.

La biografía de Johann Trollmann sirve a Dario Fo para narrar las vejaciones sufridas por los gitanos durante la persecución que los nazis desataron contra las que consideraban razas inferiores. La de Trollmann fue una más de los millones de vidas truncadas por la locura nacionalsocialista desde que Adolph Hitler llegara al poder. A través de la biografía del boxeador se manifiesta la telaraña de medidas que poco a poco el régimen fue tejiendo para hacer cada vez más difícil la vida a los gitanos que vivían en Alemania, hasta la decisión de acabar con ellos utilizando los mismos métodos que aplicaron en la solución final contra los judíos.

Desde las medidas contra la actividad profesional de Johann Trollmannn, como la prohibición de participar en campeonatos y Juegos Olímpicos, la retirada de la licencia para boxear, la anulación de sus títulos, entre ellos el de campeón de los pesos medios de Alemania… hasta las interferencias en su vida privada y en su entorno familiar, Dario Fo va relatando las penalidades por las que se ve obligado a pasar a causa de su origen racial un joven gitano con un futuro violentamente interrumpido por la persecución y la muerte.

Un valor añadido de la novela es la inclusión de diez excelentes ilustraciones, incluida la portada, realizadas por el propio Dario Fo.

 

WOODY ALLEN: OBSESIONES DE UN SEDUCTOR

Para ver “Wonder Wheel”

 

En 1977 el mundo del cine asistió al estreno de una película deslumbrante que situaba definitivamente entre los grandes nombres de Hollywood a un cómico que hacía años venía reclamando un lugar al sol. “Annie Hall” conquistó los corazones de los espectadores por su frescura, por los temas tratados en un guión sin fisuras y por la interpretación de sus protagonistas, Diane Keaton y Woody Allen, éste también director del film. Esta obra maestra recibió los Oscar a la mejor película, mejor director, mejor guion original y mejor actriz principal. Woody Allen no recogió personalmente el premio: aquella noche tenía un concierto con el grupo de jazz con el que toca el clarinete. De todo aquello se cumplen ahora cuarenta años. La efeméride coincide con el estreno de “Wonder Wheel”, la última película de Woody Allen como director.

UNA VIDA DE ESPECTÁCULO

De origen humilde, Woody Allen (Allan Stewart Königsberg, Brooklin, N. York, 1935) comenzó su carrera en  el mundo del vodevil, donde se había hecho un hueco contando chistes desde los escenarios de teatros y clubs de Nueva York  entre números de cantantes, magos y bailarinas. En esa época ya escribía guiones para humoristas como Bob Hope y Arhur Murray y trabajaba para el Show de Ed Sullivan, de la cadena NBC. Fue providencial su encuentro con el productor Charles K. Feldman, que le encargó el guión de “What’s New Pussycat?” (1965), protagonizada nada menos que por Peter Sellers, Romy Schneider y Peter O’Toole, en la que Allen interpretaba a Víctor Shakapopolis, aquel personaje que hacía trampas jugando al ajedrez. El éxito de la película le facilitó el guión de “Casino Royale” (1967), de la que ya dirigió una de sus secuencias. Desde entonces Woody Allen simultaneó papeles de actor en películas como “Sueños de seductor” (Herbert Ross, 1972) y “La tapadera” (Martin Ritt, 1976) con la dirección de sus propias películas, en las que también interpretaba papeles protagonistas: “Coge el dinero y corre” (1969), “Bananas” (1971), “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo… pero temía preguntar” (1972), “El dormilón (1973) y “La última noche de Boris Grushenko” (1975). “Annie Hall” marcó un antes y un después en la carrera de quien es uno de los directores más prolíficos (casi a película por año) y de más éxito internacional. Aunque levanta también polémicas en relación con la calidad de algunas de sus películas, éstas siempre se esperan con expectación y casi nunca defraudan. Aún entre las peores siempre hay un destello de talento. La última secuencia de “Medianoche en París” (2011) es una genialidad que salva la mediocridad de la película (que fue, también hay que decirlo, la más taquillera en Estados Unidos aquel año), y en la denostada “Vicky Cristina Barcelona” (2008) la dirección de Allen consiguió la que tal vez haya sido la mejor interpretación de Penélope Cruz.

OBSESIONES CON HUMOR

El cine de Woody Allen navegó desde siempre entre las influencias de la tradición hollywoodiense y las del cine europeo de Eric Rohmer, Ingmar Bergman y los italianos Fellini y Visconti. Se le reprocha la repetición de temas en muchas de sus películas pero, como cualquier artista, también en su obra emergen sus obsesiones. Una de ellas  es su origen judío. El suyo es un judaísmo obsesionado con las persecuciones nazis y los pogroms y acomplejado frente a los seductores WASP (blancos, anglosajones y protestantes), que trata de superar utilizando el humor como mecanismo de defensa, un humor inteligente típicamente judío con el que subvierte algunos elementos de la alta cultura y del intelectualismo, por el que siente simultáneamente fascinación y repulsión (“se puede ser extremadamente brillante y no tener idea de lo que sucede en el mundo”, hace decir a uno de sus personajes). Los WASP son sus competidores frente a las mujeres que conoce, que siempre aman a otro hombre o terminan abandonándolo, como le ocurrió en la vida real en sus dos primeros matrimonios: Harlene (con la que se casó a los 19 años) y Louisse Laser, cuyos perfiles están en muchas de sus películas, porque el cine de Woody Allen es en gran parte autobiográfico. Sus obsesiones con las mujeres (“todo lo que conocemos del paraíso en la tierra”, dice otro de sus personajes) y con el sexo las sublima también a través del humor, que entrevera con su biografía en la tetralogía “Annie Hall”, “Interiores”, “Manhattan” y “Stardust Memories”, aunque pueden rastrearse aspectos de su vida en casi todas sus películas, desde “Hannah y sus hermanas” y “Radio Days” a “Delitos y faltas” o “Melinda y Melinda”, una obsesión proustiana de reencontrarse con el pasado.

Otra de sus obsesiones es la sicología y el sicoanálisis, un elemento de introspección recurrente a través del que combate las de sus personajes, que son las suyas, fundamentalmente la timidez, la soledad, la muerte y la ausencia de compromiso político militante (en “Coge el dinero y corre” hay una crítica implícita al maccarthysmo). Para superar la angustia existencial se sirve del psicoanálisis y también de la vida sobreocupada de sus personajes, excusa para no tener tiempo para pensar: además del trabajo están el analista, el tenis, la pedicura, las obligaciones con secretarias, ejecutivos y jefes… todo a un ritmo trepidante que convierte su vida en una infernal aventura cotidiana. Algunas de estas obsesiones las encontramos de nuevo en “Wonder Wheel”.