DEL ROCK AND ROLL AL HARD ROCK

En uno de los libros más completos sobre la historia de la música pop-rock (“Yeah!, Yeah!, Yeah!. La historia del pop moderno”) Bob Stanley dice que el rock and roll vino a salvar las brechas que después de la II Guerra Mundial separaban a las culturas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, a los jóvenes de los adultos, a los blancos de los negros. Eran los años cincuenta, y el rock and roll también recortaba diferencias entre el arte y el comercio y tendía puentes entre la alta cultura y la cultura de masas. Si hubo un músico al que se debe esta influencia sin duda fue Chuck Berry, un intérprete y compositor cuyos temas (“Roll Over Beethoven”, “Memphis Tennessee”, “Carol”, “Rock And Roll Music”, “Sweet Little Sixteen”, “Johnny B. Good”) versionaron desde Beatles y Rolling Stones hasta Elvis Presley.
Chuck Berry murió el pasado mes de marzo habiendo dejado listo para su publicación un disco que hay que escuchar ahora como el testamento de uno de los músicos más carismáticos del rock and roll. Este disco, titulado genéricamente “Chuck”, salía a la venta en todo el mundo el pasado 16 de junio. Semanas antes se divulgaba a través de las redes el tema “Big Boys”, la canción estrella del álbum, en cuya grabación participaron músicos como Tom Morello, guitarrista de Rage Against the Machine, y el cantautor Nathaniel Rateliff. “Big Boys” tiene un comienzo con un solo de guitarra muy similar al de “Johnny B. Goode”, tema del que se incluye una nueva versión (ahora con el título de “Lady B. Goode) cuyos intensos solos de guitarra sostienen la voz de Chuck Berry, que en este tema se nota más debilitada a causa de las inevitables comparaciones con las anteriores conocidas.
El día que cumplió 90 años el propio Chuck Berry anunció la inminente publicación de este álbum. Era su primer trabajo de estudio en casi cuatro décadas, desde “Rock It”, en 1979, y estaba dedicado a Toddy, su esposa Themeta Berry, con quien llevaba casado desde 1948.
“Chuck” está compuesto por diez canciones, todas nuevas excepto “Lady B. Goode” (aunque hay variaciones en su letra original), ocho de las cuales fueron escritas por el propio artista. El álbum, producido por el propio Chuck Berry, fue grabado en varios estudios de San Luis (Misuri), su ciudad natal, acompañado de los músicos habituales de sus últimas actuaciones en directo: sus hijos Charles Berry Jr. (guitarra) e Ingrid Berry (voces y armónica), junto a Jimmy Marsala (bajista), Robert Lohr (piano) y Keith Robinson (batería). Además de Morello y Rateliff, Chuck contó también con las colaboraciones de Gary Clark Jr. y de Charles Berry III.
El tema que abre el álbum, “Wonderful Woman”, el más extenso (5 minutos 20), es un rock and roll con guitarras en primer plano que recuerdan la fuerza rítmica de sus mejores años. Hay también baladas blues (“You Go To My Head”) y country (“Darlin”) en las que la voz de Chuck Berry se desliza sobre un piano suave, acompañada en dueto por la de su hija Ingrid. El blues adopta la forma de recitado, a la manera de algunos de los temas del gran Lead Belly, en “Dutchman” y de rithm and blues en “She Stills Loves You” y “Eyes of a Man”. Y hay curiosas concesiones: al corrido mexicano con acompañamiento de guitarras country en “3/4 Time (Enchiladas)” e incluso al reggae en “Jamaica Moon”. El resultado es un disco que se puede escuchar como un homenaje a uno de los grandes o como una mirada nostálgica a toda una época. Los poco más de 34 minutos que duran los diez temas saben a poco, acostumbrados como estamos a que superen los 60 o los 90 minutos, la duración habitual de los CDs actuales. Pero como se suele decir, lo bueno, si breve, dos veces bueno.
EL REGRESO DE DEEP PURPLE
Contra lo que pueda pensarse, no son los Rolling Stones los únicos pioneros de los 60 y los 70 que siguen en la brecha de las actuaciones en directo y las grabaciones discográficas. Este verano ha vuelto a la carretera (de la que en realidad nunca se fue del todo) otra de las formaciones de primera línea de aquellos años de oro del pop-rock. Deep Purple ha regresado a los escenarios con una gira europea, que recaló en Madrid, Barcelona y Barakaldo, para presentar su nuevo disco, “Infinite”, que quiere emular las grabaciones más punteras de su trayectoria. La gira se realiza bajo el título de “El largo adiós”, pero ya se sabe cómo son de largas las despedidas de algunas estrellas y cuánto tardan en apagarse.
DEL ROCK SINFÓNICO AL HARD ROCK
En 1961 un estudiante de música clásica y artes escénicas llamado Jonathan Douglas Lord decidió formar un grupo, fascinado por una actuación del organista Jimmy Smith. Entró en Art Wood Combo, una banda liderada por un hermano de Ron Wood, actual guitarrista de los Stones, que publicó un LP a finales de 1967. De ahí pasó a Flowerpot Men, con algunos de cuyos miembros fundó Deep Purple después de fichar al guitarra Ritchie Blackmore y al batería Ian Paice, único superviviente hoy de esta formación primigenia. Su primer disco “The Shades of Deep Purple” se publicó en 1968 y llegó al número 5 de las listas de Estados Unidos antes de que se conociese en su propio país, Inglaterra. Su segundo LP “Book of Taliesyn” era un conglomerado de rock sinfónico en la estela de Vanilla Fudge, con versiones pretendidamente sublimes de “Kentucky Woman” de Neil Diamond y de “We can work it out” de los Beatles. Estos dos primeros discos se publicaron en España con cierto retraso, cuando Deep Purple ya eran famosos internacionalmente gracias a su tercer LP titulado con el nombre del grupo. Lo malo es que para entonces la formación inicial ya se había disuelto a causa de la quiebra de su discográfica.
Dep Purple reapareció con una nueva alineación a la que se incorporaron Roger Glover y el vocalista Ian Gillan, el otro superviviente hoy de aquel grupo. La moda del rock sinfónico atrapó a Deep Purple durante los primeros años de esta etapa, en la que en 1969 grabaron en directo para la BBC-TV el “Concierto para Grupo y Orquesta” con la Real Filarmónica de Londres dirigida por Malcolm Arnold. Cuando Jon Lord fue consciente de que la aportación de Deep Purple al rock sinfónico se había agotado decidió dar un giro hacia el heavy metal. Acertó plenamente. Durante los años siguientes Deep Purple grabó cinco discos magistrales (uno de ellos doble en directo) que pusieron a la banda en primera línea. “In Rock”, de 1970, con una portada que emulaba la escultura de Gutzom Borglum de los presidentes Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln en el monte Rushmore de Dakota del sur (una efigie que retoman en la portada interior de “Infinite”, ahora sobre una de las caras de un iceberg), estuvo todo un año en las listas de ventas. Era una carga de ritmo salvaje, de sonido duro y metálico, de voces al límite de su potencia, de guitarras distorsionadas. Al año siguiente editaron “Fireball” y grabaron en un hotel de Montreux “Machine Head”, el álbum que contenía el tema “Smoke on the Water”, que se convirtió en uno de los himnos del heavy rock. “Made in Japan” quedó para la historia del rock como el álbum con más fuerza grabado en directo. A partir de esta cima Deep Purple registró una caída de la que tardaría en recuperarse. “Who Do We Think We Are” fue el último eslabón en la cumbre y el primer síntoma de su ocaso. Ian Gillan y Roger Glover abandonaron el grupo. Encontrar una voz con el timbre de la de Gillan fue un verdadero problema que la de Richard Coverdale no solucionó. Sus siguientes discos, “Burn” y “Stormbrindger” fueron hundiendo cada vez más a Deep Purple en una sima que “Come Taste the Band”, ya sin Ritchie Blackmore, no pudo superar.
LO NUEVO VIEJO
Hace cuatro años Deep Purple editó “Now What?”, con una versión poco afortunada del clásico “Highway Star”, que significaba su regreso al rock duro en este segundo milenio. El organista Don Airey hace que no se eche de menos a Jon Lord, que murió el 16 de julio de 2012, mientras Ian Paice sigue en la batería tan fresco como hace cincuenta años y Ian Gillan hace lo que puede (mucho) con su voz.
Y estos días ha aparecido “Infinite”, su último (¿definitivo?) disco, que hace el número 20 de su carrera. Se promociona como “El álbum rock del año” y viene acompañado de las letras de las canciones y de un excelente documental de casi 100 minutos narrado por Rick Wakeman que recoge las sesiones de grabación en Nashville y Toronto, en las que destaca la labor del productor Bob Ezrim, con momentos conmovedores, como el recuerdo de Jon Lord y las declaraciones del guitarrista Steve Morse sobre los dolores en sus manos a causa de la artritis.
Con “Infinite” Deep Purple rescata el sonido de los viejos tiempos, ahora más sofisticado, en temas como “Hip Boots”, “One Night in Vegas” y “On Top of the World” y retoma el rock and roll clásico con “Get Me Outta Here”, con una melodía muy parecida al “Rock de la cárcel”. La sensación de infinito que el grupo quiere transmitir está en la introducción de “Time for Bedlam”, una especie de canto gregoriano a una sola voz, y en “The Surprising”. El cierre, “Broadhouse Blues”, es un viejo tema de los Doors compuesto por Jim Morrison y Ray Manzarek, que Deep Purple acompañan con armónica y piano y que pone un brillante broche final a la grabación.

V

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AQUEL VERANO DEL AMOR

En el verano de 1967 una canción cantada por Scott McKenzie alcanzaba los primeros puestos de las listas de ventas de todo el mundo. Se titulaba “San Francisco” y en su letra invitaba a visitar esta ciudad de la costa oeste americana en uno de cuyos barrios de alquileres baratos para bohemios, entre las calles Haight y Ashbury, se concentraba lo más granado de la contracultura hippie. La canción animaba a ir a la ciudad “con flores en el pelo” para hacer “una celebración del amor” y aquel verano hizo que jóvenes de todo el planeta iniciaran un peregrinaje que tenía como destino la ciudad de San Francisco. De Scott McKenzie nunca más se supo, pero la canción se convirtió en el himno del movimiento hippie en todo el mundo e hizo de la ciudad de San Francisco la Meca internacional de la contracultura y la sicodelia.
Meses antes, una celebración festiva con ribetes dadaístas, el Human Be-In, había reunido en el Golden Gate Park de la misma ciudad a personalidades que defendían el consumo libre de drogas, como como Jerry Rubin y Timothy Leary, y a poetas como Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, en lo que se considera uno de los actos fundacionales del movimiento hippie, amenizado por los grupos Jefferson Airplane, Grateful Dead y Quicksilver Messenger Service.
Antes que un festival musical, el Human Be-In era una concentración de protesta contra las medidas represivas que prohibían el consumo de drogas sicodélicas. Aquí nació el término hippie, derivado de hipster, nombre con el que entonces se conocía a los seguidores del jazz de los años 40 y 50, cuando los miembros de la Generación Beat a la que pertenecían Ginsberg y Ferlinghetti, promovían este género musical.
MONTERREY COMO PARADIGMA
La canción “San Francisco” había sido compuesta por John Phillips, uno de los miembros del grupo The Mamas and The Papas, que por aquellas fechas eran muy populares por dos de sus éxitos, “Monday, Monday” y “California Dreamin”, que también fueron himnos de aquel movimiento que en 1967 vivía sus días de esplendor. The Mamas and The Papas la habían cantado por primera vez en junio de ese año en el Festival de Monterrey, la primera de las multitudinarias concentraciones de aficionados a la música rock cuyo ejemplo prendió en otras celebraciones, como las de la isla de Wight en Inglaterra y Woodstock en los Estados Unidos. La música pop-rock era la religión de aquel movimiento contracultural y pacifista (no se olvide que estamos en lo más crudo de la guerra de Vietnam) que tenía como lemas el amor libre y la sicodelia y promovía el consumo de drogas, sobre todo de LSD. A su sombra nacieron una serie de formaciones musicales de una gran calidad tanto por las composiciones como por las letras de sus canciones. Eran grupos como Lovin’ Spoonful, Grateful Dead, The Byrds, Country Joe and The Fish, los Doors, Jefferson Airplane, Big Brother and the Holding Company, Buffalo Springfield, Love… y solistas como Jimi Hendrix y Janis Joplin, que han legado a la historia del rock una obra que a pesar de haber pasado más de cincuenta años mantiene una frescura insólita.
Gracias al llamamiento de la música aquel verano se concentró en San Francisco una mezcla variopinta de idealistas, pacifistas e inconformistas de todos los pelajes, que protagonizaron un acontecimiento pacífico que tenía como lema el amor. Love era la palabra que estaba en todas las pancartas, las camisetas, los manifiestos y las letras de las canciones y aquel Summer of Love quedó para la historia como uno de los grandes acontecimientos de la contracultura.
El movimiento hippie duró aún unos cuantos años, hasta el final de la década, aunque aún hoy haya gente atrapada en alguno de sus recovecos. Su música, fagocitada por la industria y el comercio, fue procesada en formatos más asequibles para el consumo. Muchos de sus miembros fueron víctimas de las drogas y quienes lograron sobrevivir se movieron entre la nostalgia y la desesperación. Contaminado de los vicios y las virtudes de toda utopía irrealizable, el Amor fue protagonista de aquel verano de 1967. Irrepetible, imaginativo, desbordante, creativo y también letal, lo mejor de aquel Verano del Amor, además del espíritu pacifista, fue su banda sonora, una de las más excepcionales de la música popular contemporánea. Les invito a revisitarla.