PASEANDO CON ROBERT WALSER

Se cumplen cien años de la publicación de “El paseo”, una de las obras más fascinantes y enigmáticas del escritor suizo

El día de navidad de 1956, después de comer, Robert Walser inició un paseo por los alrededores del hospital siquiátrico de Herisau, en el que estaba internado desde hacía 23 años. No llegó a terminarlo. Un infarto fulminante acabó con su vida y lo derribó sobre la nieve que cubría los senderos por los que todos los días caminaba durante horas.
Caminar era una de las actividades preferidas de Robert Walser. Desde siempre acostumbraba a hacer largos itinerarios a pie, de día o de noche: de Munich a Würzburg en un día, de Berna a Ginebra en dos jornadas, o a Sumiswald, Huttwill, Burgdorf, Büren… siempre con su bloc de notas en el que escribía incesantemente. No podía vivir sin sus largas caminatas, a veces hacía más de una al día. “Sin pasear estaría muerto”, había escrito hacía muchos años en “El paseo”, una de sus obras más enigmáticas que ahora, cuando se cumplen cien años de su publicación en 1917, rescata la editorial Siruela.
“El paseo” es una obra corta, escrita con la sencillez que caracteriza el estilo de Robert Walser, en la que el autor refleja, a través de un itinerario cotidiano y monótono, la sociedad de su tiempo condensada en un microcosmos de lugares y personas. Ante sus ojos, y los nuestros, van desfilando los paisajes con los que se cruza y que informan del enfrentamiento entre un mundo que desaparece y otro que nace impetuoso: los huertos sembrados de hortalizas, las posadas y las casitas con jardines y pabellones, frente a los automóviles, las fábricas y los talleres que poco a poco van invadiendo la naturaleza. La quietud y el silencio de un bosque de abetos contra el estrépito de un tren cargado de soldados que cruza un paso a nivel. Una panadería con un rótulo presuntuoso y exagerado, un aserradero con maderas y virutas, la casa de una sociedad adornada con banderines y estandartes, la tienda de sombreros de señora, una peluquería rural, un zapatero, una escuela, la herrería, los ultramarinos… todo le lleva a reflexionar sobre la sociedad de un tiempo en el que muere una manera de vivir mientras nace otra cuyo destino le parece cuando menos incierto.
Las personas representan aquí el aplastamiento del hombre por la burocracia y el nuevo sistema. Discute con el recaudador de impuestos porque no tiene en cuenta su precaria situación económica, con el sastre porque no le gusta cómo le queda el traje que le encargó, critica a un hombre elegante que ignora que hay niños hambrientos… Menos mal que aún quedan almas caritativas que le ayudan a sobrevivir: dos damas filantrópicas que ingresan dinero en su cuenta, la señora Aebi, que lo invita a comer una vez a la semana, el anticuario que siempre le pide que lo mencione en alguno de sus libros… y los niños, que corretean libres y sin freno y que despiertan en él reflexiones sobre una arcadia perdida: “Los niños son celestiales porque siempre están en una especie de cielo. Cuando se hacen mayores y crecen se les escapa el cielo y caen desde la infancia a la seca y calculadora esencia y a las aburridas concepciones de los adultos (…) cuánto desearía el paseante volver a ser en un abrir y cerrar de ojos un niño…”.
UNA OBRA BIOGRÁFICA
La obra de Robert Walser, sus novelas, sus ensayos, su poesía, es una continua y profunda relación con su vida de persona solitaria, recogida, inquieta, que no dura mucho en un mismo trabajo ni en un mismo domicilio (en Zurich llegó a vivir en 17 sitios diferentes, en Berna en 15). Jürg Amann, uno de los biógrafos de Walser, escribió con fragmentos de sus obras “Una biografía literaria”, publicada también por Siruela, en la que sigue minuciosamente los pasos del escritor a través de sus narraciones, cartas, poemas y ensayos, con hallazgos luminosos y sorprendentes. Incluso su muerte está presentida en uno de los relatos: “Ojalá me dejara cubrir por la nieve y yaciera sepultado en ella y muriese dulcemente” (“Una historia navideña”, 1919).
Hijo de un encuadernador, Robert Walser (Biel, Suiza, 1878), fue el séptimo de ocho hermanos. Comenzó publicando poesía en diarios y revistas después de renunciar a seguir su vocación de actor. En 1904 publica su primer libro, “Los cuadernos de Fritz Kocher”. Desde 1906 vive unos años en Berlín con su hermano Karl, que había triunfado como escenógrafo de teatro con Max Reinhardt y se había hecho un sitio como pintor. Allí Robert escribe tres de sus mejores novelas, que le proporcionaron una cierta popularidad: “Los hermanos Tanner”, “El ayudante” y “Jacob von Gunten. Un diario”, todas ellas con ilustraciones de su hermano Karl y fuertes connotaciones autobiográficas. También su poemario “Gedichte”, publicado en 1909. A su regreso a Suiza después de una fuerte discusión con Karl, se instala en una buhardilla de Berna, donde vive durante ocho años, y colabora en la prensa con críticas literarias, relatos breves y crónicas culturales, mientras escribe su novela “El bandido”, que no llegará a publicar en vida (se editó en 1972).
Walser no sólo prefería la soledad y el aislamiento sino que huía de de la fama y el protagonismo. Mantuvo una larga correspondencia con Therese Breitbach, a la que nunca llegó a conocer en persona. En una ocasión, invitado a una lectura pública de sus poemas en Zurich, pidió a un redactor del diario “Neue Zürcher Zeitung” que leyese los textos mientras él se sentaba como un desconocido entre los espectadores. Su máxima fue siempre la que dejó escrita en una de sus cartas: “el escritor que tiene más posibilidades de cosechar éxito es aquel que se empequeñece al máximo, tanto ante los contemporáneos como ante la posteridad”.
Robert Walser fue internado en un siquiátrico en Waldau, cerca de Berna, tras haber sufrido varias crisis depresivas. Poco a poco fue espaciando sus escritos hasta abandonarlos totalmente. En 1933 fue trasladado contra su voluntad a un manicomio en Herisau porque las leyes suizas obligaban a hacerse cargo de los enfermos mentales a los centros de la localidad en la que habían residido los padres. Fue a partir de este momento cuando dejó de escribir definitivamente.

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EN EL CENTENARO DEL NACIMIENTO DE JUAN RULFO

 

No fue premiado con el Nobel de Literatura ni le concedieron el Cervantes pero, sin proponérselo, Juan Rulfo consiguió el sueño de todo escritor: alcanzar la inmortalidad literaria con una sola obra. En su caso fueron dos, la novela “Pedro Páramo” y el libro de relatos “El Llano en llamas”, pero no es difícil pensar que Rulfo lo hubiera conseguido con cualquiera de ellas, teniendo en cuenta además que las dos son realmente una sola y única obra. De hecho casi siempre se han editado en un mismo volumen. Pero el éxito no le llegó de inmediato, ya que los 2000 ejemplares de la primea edición de “Pedro Páramo” tardaron cuatro años en venderse.

UN NARRADOR PARA UN PUEBLO

Se cumplen ahora (el 16 de mayo) cien años del nacimiento de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, Juan Rulfo, escritor mexicano autor de una obra de unos valores literarios y humanos pocas veces alcanzados en la narrativa contemporánea. Su literatura se cita como referente de los orígenes del realismo mágico que aupó a los autores del boom latinoamericano a la fama internacional, pero es mucho más que eso, es un fascinante laberinto de espejos en el que se combinan lo cotidiano y lo ilusorio, la verdad y la mentira, lo esencial y lo secundario.

Rulfo escribió sus primeros textos,  “La vida no es muy seria en sus cosas”, “Macario” y “Nos han dado la tierra”, para la revista literaria Pan, de Guadalajara, entre 1942 y 1945. Más tarde, en América, revista de Ciudad de México, iría publicando otros que finalmente se recopilaron en 1953 bajo el título de “El Llano en llamas y otros cuentos”. En sucesivas ediciones se fueron quitando algunas narraciones y añadiendo otras nuevas hasta que en 1970 se publicó la edición definitiva.

COMALA COMO MÉXICO

En estos cuentos Rulfo sitúa a sus personajes arrojados a un mundo hostil, a un páramo de pobreza y desprotección, durante un periodo convulso de la historia del México de los primeros años del siglo XX, en los que sucedieron dos episodios que marcaron el futuro del país: la revolución mexicana y la guerra de los cristeros. También recoge los primeros movimientos migratorios de los años cuarenta hacia los Estados Unidos, el reparto de tierras a los revolucionarios a cambio de la devolución de las armas, y la reforma agraria del gobierno de Lázaro Cárdenas. Unos años de la infancia del escritor en los que la violencia y el bandolerismo provocaron cientos de muertos, entre ellos sus propios padres.

Entre 1910 y 1017 la revolución que había alimentado las esperanzas de los mexicanos más humildes se malogró por la deriva del país hacia un sistema seudodemocrático que terminó con los asesinatos de los principales revolucionarios, Emiliano Zapata, Pancho Villa y Venustiano Carranza, y la frustración del pueblo de México. Y Entre 1926 y 1930 la oposición de la Iglesia católica a la aplicación de las políticas que restringían su influencia en la sociedad mexicana provocó la primera guerra de los cristeros. En Jalisco, donde vivía Juan Rulfo, terminó con una gran masacre y con episodios violentos contra los maestros y los partidarios de la reforma agraria.

Rulfo muestra en sus cuentos el resentimiento por la derrota de aquellos que no se beneficiaron ni de las conquistas sociales ni de la secularización. Lo hace a través de unos personajes marcados por el odio y la venganza en medio de una tristeza inconsolable, de una angustia y de una frustración que justifican en alguna medida la inmoralidad de sus actos, demasiado ocupados en sobrevivir para poder sentir piedad o remordimiento. Para ellos la revolución, la violencia y la muerte han sido en vano, sus vidas se han visto privadas de la esperanza, condenadas a ver cómo se suceden los días y las  noches, cómo van amontonándose los años sin esperanza hasta el día de la muerte. A través de la escritura de Rulfo el lector los comprende mejor de lo que ellos se comprenden a sí mismos. Como una consecuencia más, el sexo está presente en estos relatos a través de relaciones de prostitución, incesto y adulterio, que transgreden al mismo tiempo las leyes religiosas y los tabúes sociales en un territorio en ruinas en el que el progreso se ha detenido y la religión está proscrita.

LA NOVELA DE MEXICO

En la novela “Pedro Páramo” (versión moderna y existencial del Purgatorio dantesco) Juan Preciado busca a su padre Pedro Páramo. Poco a poco va descubriendo que en realidad su padre ha muerto y que él mismo también está muerto.

En un principio la novela iba a titularse “Los murmullos”, pero finalmente Juan Rulfo decidió hacerlo con el nombre del señor de vidas y haciendas de Comala, un cacique rural de poder omnímodo, violento y rencoroso, al que sitúa, durante los años del gobierno de Porfirio Díaz, en un lugar (San Gabriel, en el estado de Jalisco, el de la infancia del propio Rulfo) que un día fue próspero y que en la novela es un territorio desolado (Rulfo aborda así el mito del paraíso perdido, presente también en algunos de sus cuentos). Pedro Páramo está investido de una ideología patriarcal, autoritaria y dominante, basada en antiguos códigos de propiedad y en una legitimidad que hunde sus raíces en la de los encomenderos del siglo XVI, a través de la que llega a obligar a Susana San Juan a convertirse en su esposa, en cuyo amor forzado encuentra su propia condena y su muerte, que le llega mientras contempla en el horizonte el camino recorrido por el cadáver de su mujer hacia el cementerio.

Utilizando una estructura de fragmentos relatados por narradores diferentes, Rulfo sitúa a sus personajes al otro lado de la muerte. Ante la imposibilidad de diálogo entre los vivos, la comunicación ha de canalizarse a través de los muertos. Es únicamente de esta manera cómo  Juan Preciado puede contar a Dorotea, desde la vecindad de su tumba, el propósito y los avatares de su visita a ese territorio.

FRAGMENTOS DE UN LIBRO FUTURO

Sorprende la escasa producción literaria del autor de una obra de tan altos niveles de excelencia. Rulfo lo justificaba diciendo que además de escribir él trabajaba (como inspector del servicio de inmigración, como viajante de comercio, como director de publicaciones de antropología) y por tanto no tenía tiempo para dedicarlo a la escritura. En 1980 se publicó “El gallo de oro y otros textos para cine” con un relato, el que da título a la obra, que fuera adaptado a la pantalla por Roberto Gavaldón en 1964 con guión de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez). En realidad este personaje tímido y reservado, defensor a ultranza de su vida privada, invertía un tiempo interminable en corregir, cuidar, limar, perfilar, ajustar sus escritos, incluso después de publicados. En 1959 había dado a conocer “Un pedazo de noche”, fragmento de una novela que iba a titularse “El hijo del desconsuelo”, donde iba a contar las relaciones entre una prostituta y un sepulturero. En varias ocasiones habló también de otros proyectos en los que estaría trabajando, como las novelas “Días sin floresta”, de la que nunca se supo, y “La cordillera”, que él mismo dijo haber destruido. Esta fue la causa por la que su familia fue acosada durante años por editores en busca de una obra póstuma que, al parecer, es inexistente. Tal vez fruto de esa insistencia fue la publicación en 1994 de “Los cuadernos de Juan Rulfo” donde desvela el proceso de creación de “Pedro Páramo”, y de “Cartas a Clara” (2000), que recoge la correspondencia entre el escritor y su esposa Clara Aparicio. El menor de sus hijos, Juan Francisco, cineasta, recrea en el documental “El hoyo” la memoria y la personalidad de su padre.

JUAN RULFO, FOTÓGRAFO

Dice Carlos Fuentes de las fotografías de Juan Rulfo que son como asomarse fuera de las tumbas de Comala para descubrir la luminosidad de las sombras. En realidad las imágenes de Rulfo, de una gran belleza, son una exploración del silencio y la soledad de su literatura; son como otra lectura de sus textos, un nuevo viaje a la Comala de Pedro Páramo y El Llano. En Rulfo la fotografía es una extensión de su narrativa (o su narrativa una extensión de su fotografía), una iconografía poética de una calidad indiscutible. La fotografía de Rulfo no es la obra de un aficionado sino que su composición y sus imágenes tienen un asombroso nivel artístico y conceptual. Susan Sontag llegó a decir que era el mejor fotógrafo de Latinoamérica.

En la década de 1940, después de vivir ocho años en Ciudad de México, Juan Rulfo decidió recorrer el país a lo largo y ancho del territorio llevando en su equipaje una cámara fotográfica Rolleiflex. En su periplo retrató los monumentos del pasado indígena y del español, dispersos por todo el territorio. Entre esas ruinas zapotecas y barrocas hay arquitectura colonial de iglesias y ermitas junto a tumbas, ídolos y templos precolombinos. Conventos y haciendas que un día fueron señoriales. Edificios decadentes, melancólicos, abandonados, ruinas de un antiguo esplendor. Playas desiertas sobre las que se ciernen nubes inquietantes. Ríos y lagos de aguas estancadas. Paisajes (cascadas de Tulantongo y Chimalhuacán Chalco), montañas y planicies bajo un cielo protector. Cactus de formas caprichosas, árboles desnudos y pueblos solitarios de calles vacías bajo el sol ardiente del mediodía. Mercados con vendedoras refugiadas del calor bajo toldos exiguos que apenas las protegen. Campesinos entregados a sus labores bajo un sol implacable. Mujeres enlutadas o vestidas con trajes tradicionales. Ancianos que esperan sentados la muerte en días interminables. Danzantes y músicos con instrumentos gastados, llevando la fiesta a los pueblos. Niños harapientos de miradas tristes y perdidas. No hay fotografías de paisajes urbanos ni de habitantes de las ciudades, aunque sí de trenes y de estaciones, que hizo por encargo. Por el objetivo de Juan Rulfo pasan pueblos abandonados, casas en ruinas con puertas desvencijadas, parajes calcinados, árboles solitarios, cementerios, sepulturas, cruces artesanas confeccionadas con los más variados materiales, murales de Orozco y de Diego Rivera… un México que sólo retrataron con esa atmósfera poética Juan Rulfo y su amigo y maestro, el gran fotógrafo Manuel Álvarez Bravo. Hay también retratos de amigos, artistas, escritores, gentes del teatro, que posaron para el objetivo de Rulfo manteniendo una secreta complicidad: Pedro Armendáriz, María Félix. Rodajes de películas (“La escondida”, “El despojo”).

La fotografía de Juan Rulfo combina luces y sombras en una estética que recuerda a la Nueva Objetividad alemana y remite a la obra paisajística de Ansel Adams y de Edward Weston y a los retratos de Stieglitz y Paul Strand, al tiempo que  reescribe en imágenes la misma realidad de su literatura: la épica y la tragedia, el sufrimiento y el dolor, la desgracia que se ensaña con los débiles y provoca la pérdida de la fe y de la esperanza. La utilización del contrapicado en muchas de ellas enaltece el abandono y la miseria del mundo que retrata, introduciendo un cierto aire de nobleza.

Sólo seis meses antes de la muerte de Juan Rulfo en enero de 1986, Juan José Bremer, director general del Instituto Nacional de Bellas Artes de México, consiguió convencerlo para que expusiera algunas de las fotografías que había ido acumulando durante su vida (sólo se conocían unas pocas, expuestas en Guadalajara en 1960). Se seleccionaron 100 de los más de 6.000 negativos que hizo entre 1945 y 1955. Estos días, en el Museo Amparo de Puebla se puede ver la exposición “El fotógrafo Juan Rulfo”, como uno de los actos centrales de la celebración del centenario. En España, coincidiendo con una exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,  la editorial Lunwerg publicó en 2001 un volumen titulado “México. Juan Rulfo fotógrafo” con muchas de esas fotografías.

 

GEORGE STEINER, LA OBRA DE UN GIGANTE

Se publican sus últimos ensayos y toda su obra de ficción

 

 

Tenemos que agradecer a la editorial Siruela el esfuerzo que viene haciendo desde hace años con la publicación en España de la obra del pensador George Steiner. Gracias a esta labor editorial han llegado hasta nosotros ensayos tan luminosos como “Pasión intacta” (1997), “Nostalgia del absoluto” (2001), “Lecciones de los maestros” (2004) o su propia autobiografía, a la que el autor puso el desafiante título de “Errata” (1998). Obras que han venido a unirse a otras más conocidas como “Tolstoi o Dostoievski” y “En el castillo de Barba Azul”.

La obra de Steiner, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, es una de las más apreciadas de la cultura contemporánea en el ámbito de las Ciencias Sociales y la Literatura comparada. Ahora Siruela añade a su catálogo nuevos títulos con la publicación de “Fragmentos”, “Un largo sábado” (una extensa conversación con la periodista francesa Laure Adler) y un volumen, “En lo profundo del mar”,  que reúne todas sus obras de ficción.

REFLEXIONES Y PENSAMIENTOS

Bajo el título de “Fragmentos” George Steiner agrupa una serie de miniensayos sobre diversos temas que ocupan algunas de las preocupaciones del hombre contemporáneo y sobre las que el autor ha venido reflexionando a lo largo de su vida. Steiner utiliza aquí como recurso literario los fragmentos legibles de un supuesto pergamino carbonizado encontrado en las ruinas de una villa de Herculano, atribuido a un moralista del siglo II d.C., un tal Epicarno de Agra. De este modo manifiesta sus afirmaciones acerca de los temas de los que trata y deja en suspenso las soluciones a otros con el argumento de que resultan ilegibles en el documento.

En “Fragmentos” Steiner vuelve a hablarnos en términos sintéticos de uno de los temas a los que se ha referido en otras ocasiones, el del misterio del genio y el talento. La creatividad de algunas personas geniales escapa al entendimiento, máxime cuando algunos de ellos (frecuentemente en el campo de las matemáticas, la música y el ajedrez) se dan en edades muy tempranas, incluso en la infancia. Para Steiner la falta de educación y la salud condiciona el desarrollo del talento, sobre todo en sociedades atrasadas, por lo que es previsible que con los años los avances de la tecnología y la civilización eliminen esas barreras. Sin embargo el autor piensa que la situación no cambiará ostensiblemente porque concede también importancia a la genética y sobre todo a la cultura social para explicar el fenómeno: “Una mayoría incalculable de la humanidad elegirá ver telenovelas en vez de leer a Esquilo; hará del fútbol una religión global, y considerará el pensamiento abstruso como algo cómico y vagamente amenazante. ¿Y por qué no habría de hacerlo?. ¿Qué obra de arte, qué poema, qué hallazgo topológico ha logrado mantener el hambre a raya, hacer que la injusticia sea más soportable?”.

Para Steiner uno de los valores fundamentales del ser humano es el de la amistad, un sentimiento que adopta formas diferentes a lo largo de la niñez, la adolescencia, la edad adulta y la vejez. Su importancia en la vida del ser humano se impone incluso a la del amor, hasta el punto de convertirse en un valor antagónico a este (el ensayo se titula “Amistad, homicida del amor”). El de los valores antagónicos es uno de los temas que han ocupado una parte importante de la obra de Steiner y al que vuelve en estos ensayos. Así el problema de la existencia del mal y su presencia a lo largo de toda la historia de la humanidad, desde el crimen de Caín a los hornos crematorios. Esta inmanencia explica incluso el hecho de que proyectos nobles e ideales resplandecientes se convirtiesen en catástrofes, como el socialismo mesiánico que engendró el gulag. Así también el ser y el no ser o el misterio de la existencia de Dios, que Steiner analiza a la luz de las filosofías de Tomás de Aquino, Descartes, Pascal, Leibniz, Kant, Hegel o Nietzsche y que se manifiesta en expresiones como la teoría del diseño, actualmente en boga. La conclusión de Steiner es ambigua: “Concediendo que hasta ahora ninguna prueba de la existencia de Dios ha resultado satisfactoria –no digamos ya concluyente-, ¿qué prueba tenemos de su no existencia?”.

Otros temas polémicos de nuestro tiempo ocupan otros tantos ensayos de esta entrega: el protagonismo del dinero y de las riquezas en la sociedad contemporánea, la belleza física, la salud, la desolación de la vejez, la muerte y el derecho a la eutanasia…

CONVERSACIÓN EN EL TEMPLO

“Un largo sábado” es el título de una extensa entrevista que la periodista y filóloga  francesa Laure Adler hizo a George Steiner en 2014. Aquí se refiere al concepto que el Nuevo Testamento atribuye al sábado, el día siguiente a la muerte de Cristo y víspera de su resurrección: un día de espera. A lo largo de la conversación surgen los temas que han ocupado su obra, a veces con nuevos enfoques y argumentos añadidos.

George Steiner admite que el gran fracaso de su obra intelectual es el de no haber dado con la respuesta a la pregunta que le ocupó toda su vida, la de la imposibilidad de que la cultura salve a la humanidad. No se trata sólo de que la cultura no impida las manifestaciones de violencia y de sadismo de los seres humanos sino al hecho de que ambos elementos se den simultáneamente en las mismas personas. Durante la barbarie nazi, señala Steiner, los mismos que por la noche tocaban a Schubert y a Mozart por la mañana torturaban en Auschwitz, en Bergen-Belsen o en Majdanek. Decir que sólo podía darse en Alemania es un gran error. Lo hemos visto repetirse en Ruanda y en las guerras de Yugoslavia. En el momento de sentir cercana su propia muerte Steiner se lamenta de no haber encontrado una respuesta satisfactoria, y una duda lo tortura: “¿Es posible que tal vez las humanidades puedan volverle a uno inhumano?… Nos alejan de la vida, nos dan tal intensidad con la ficción que a su lado la realidad pierde color”.

Una de las presencias permanentes en la obra de Steiner es la de su condición de judío y sus relaciones con el judaísmo. Steiner no es creyente y se ha manifestado de forma muy crítica sobre las políticas contra los palestinos, por lo que ha sido declarado “persona non grata” en Israel. Ser judío, dice, es negarse a humillar o torturar al otro; es negarse a que el otro sufra por mi existencia. Fascinado por el misterio de la excelencia intelectual judía se plantea una serie de interrogantes: “¿Cómo se explica que el 70 por ciento de los premios Nobel de ciencias sean judíos? ¿Por qué el 90 por ciento de los maestros de ajedrez son judíos? ¿Por qué los judíos se reconocen entre sí en una esfera que es sólo la de la reflexión racional?”.

En esta larga conversación Steiner aborda los temas del lenguaje, el concepto de trascendencia, la amenaza del islamismo, la crítica al sicoanálisis y al arte conceptual (“A los que pretenden hacer gran arte poniendo unas botellas de orina en el suelo de la Tate Gallery les digo claramente: ¡sois unos gilipollas!”), al marxismo como un nuevo mesianismo judío, al capitalismo depredador (“hay quien pone a diez mil personas de patitas en la calle y se va con una prima de cinco millones tras haber arruinado la empresa o el banco que dirigía. ¿Es ese el ideal de libertad humana?”), y sobre todo hay que elogiar su defensa de la importancia de los libros en la cultura (“el hallazgo de un libro puede cambiar una vida”).

En “Un largo sábado” el pensamiento de Steiner aparece como una fuente inagotable de brillantes reflexiones sobre los problemas de las sociedades contemporáneas. Después de leer este texto sólo hay que advertir cómo puede cambiar la deriva de la historia en poco tiempo (la entrevista se hizo en 2014). Así, cuando se refiere a las elecciones norteamericanas de 2008, señala: “los tres candidatos eran y siguen siendo tres grandes personajes. Obama, McCain y Hillary Clinton son tres personas de mucho calado, se compartan o no sus ideas. Y que ese sistema caótico, corrupto y todo, haya sido capaz de hacer surgir esos personajes es un buen signo y da cierta esperanza”. Pero ahora tenemos a Donald Trump en la presidencia de aquel país. Me gustaría conocer la opinión de Steiner.

STEINER DE FICCIÓN

En un momento de la entrevista con Laurie Adler George Steiner se lamenta de no haber conseguido una gran obra de ficción. Para él, sus novelas y narraciones cortas no son sino relatos de ideas, de debates, de diálogos. Steiner califica su mejor novela “El traslado de A.H.” como una meditación sobre el poder supremo y el hitlerismo. “El traslado de A.H. a San Cristóbal” es una de las narraciones incluidas en la recopilación de la obra de ficción de George Steiner que la editorial Siruela acaba de publicar bajo el título “En lo profundo del mar”. A.H. son las iniciales de Adolf Hitler.

Ante las sospechas de que los restos calcinados encontrados en el bunker de Berlín no fueran los de Hitler (una hipótesis que se ha barajado por diferentes investigadores) Steiner imagina a un comando de cazanazis judíos en la selva de Paraguay localizando a un anciano que resulta ser el führer del Tercer Reich. El traslado desde la cabaña en la que vivió desde su huída de Alemania hasta la localidad de San Cristóbal, atravesando un territorio plagado de pantanos  y aislado por selvas tupidas, es lo más logrado de una narración que trata de reflexionar sobre la maldad y sus causas. El hallazgo es seguido por los servicios secretos de las potencias de la guerra fría y por personajes que quieren aprovechar la exclusiva para enriquecerse, mientras se especula con los problemas que va a causar el prisionero, desde el país al que se va a entregar hasta las condiciones bajo las que tiene que ser detenido y encarcelado y las garantías de un juicio justo. La tesis de la novela se desarrolla en las últimas páginas cuando, antes de entregarlo, el comando decide someter a A.H. a un juicio en el que se le da la palabra para que exponga los términos de su defensa. Su lectura puede levantar ampollas.

De la Segunda Guerra Mundial también tratan algunas narraciones incluidas en este volumen. En “No vuelvas”, Werner Falk, un oficial alemán, es destinado a Francia durante la ocupación. Su base está en el pueblo de Yvebecques, cercano a las playas de Normandía donde se llevó a cabo el desembarco. Vive en La Hurlette, una granja de la familia Terrenoire, donde descubre la paz y el sosiego que su vida nunca había conocido. El hijo menor de esta familia es ahorcado por los nazis cuando lo sorprendieron haciendo señales de luz a los barcos aliados, pero Falk estaba profundamente enamorado de la hija menor de la familia, Danielle, un amor correspondido, y cinco años después de terminada la guerra regresa a La Hurlette para pedirla en matrimonio. A pesar del tiempo transcurrido las huellas no han cicatrizado y la tragedia sobrevuela a los personajes de esta historia de amor y guerra.

En “El pastel”, un estudiante norteamericano se une a la resistencia francesa y se esconde en un sanatorio siquiátrico, haciéndose pasar por loco para no ser detenido por los nazis. Y en “Dulce Marte”, la guerra o sus consecuencias marcan la vida de Duncan Reeve y Gerald Maune, dos oficiales del ejército británico, amigos desde la adolescencia, que participaron en la guerra en distintos frentes. Los horrores que acuden años después a su memoria hacen que uno de ellos tenga que acudir al sicoanálisis (aquí Steiner aprovecha de nuevo para desacreditar los métodos del Dr. Freud) mientras la tragedia aletea a lo largo de sus vidas: “Las guerras matan mucho tempo después de acabar”.

El relato titulado “Pruebas” es una novela de tesis. Son reflexiones sobre cristianismo, comunismo y capitalismo a raíz de la caída del muro de Berlín y del hundimiento de la Unión Soviética. Un corrector de pruebas con graves problemas de visión, expulsado del Partido Comunista Italiano, pide su reingreso en la organización cuando la mayoría de sus militantes devuelven el carnet del partido. En un paralelismo entre su profesión y su militancia, cree que “el comunismo significa eliminar la errata de la historia”.

Sin duda “El traslado de A.H.” es la mejor de las narraciones incluidas en “En lo profundo del mar”, título de la que abre el volumen, una historia de celos patológicos de trágico desenlace en la que más que de los personajes, el protagonismo es de las fosas abisales de los océanos, con su carga de muerte y de misterio.