EL LIBRO DE LA FELICIDAD

 

 

Se publica la edición clónica de una de las grandes joyas bibliográficas de la humanidad

 

En 1582 el sultán Murad III (1574-1595), nieto de Solimán I el Magnífico, encargó a una serie de artistas y poetas de su corte la realización de “El libro de la Felicidad” para regalar a su hija Fátima. En la empresa trabajaron durante años escritores y artistas que culminaron una joya bibliográfica cuyo original está estrictamente restringido a algunos estudiosos e investigadores. Desde ahora las páginas del  “Libro de la Felicidad” están al alcance de todos los lectores gracias a un perfecto clon del original que acaba de publicar la Editorial Moleiro en uno de sus más cuidados trabajos.

UN MONARCA ILUSTRADO

El rechazo a la guerra y a la violencia mantuvo a Murad III lejos de los frentes de batalla y orientó sus actividades hacia el arte y la cultura, incluso dejando el gobierno en manos de sus muchas mujeres (su Sultanato se conoce en la historia como el Sultanato de las mujeres) de quienes se dice que tuvo más de cien hijos. Su amor por las artes quedó inmortalizado en una de las miniaturas de este “Libro de la Felicidad”, en el Folio 7, donde aparece visiblemente satisfecho, ataviado con los ropajes de Señor del Universo en medio de un lujoso aposento decorado de ricas azulejerías y vidrieras. Su mirada se dirige al códice en cuya páginas abiertas se distinguen ilustraciones de signos del zodíaco.

Murad III fue el sultán y califa más culto del imperio otomano, verdadero amante de las artes y las letras y un mecenas que colaboró en la creación de un arte otomano original desprendido de la influencia persa que lo acompañó durante siglos. Su corte de Constantinopla daba cobijo a los mejores artistas, astrónomos, cartógrafos y sabios de todas las materias conocidas. Entre los más valorados Murad III sentía predilección por los miniaturistas y por los poetas, principales autores de la maravilla que es “El libro de la Felicidad”. Parece ser que la producción de todas las miniaturas que ilustran este Libro se realizó en un único taller, el del maestro Ustad ‘Osman. Cada una de ellas es una auténtica obra de arte en la que se representan aspectos de la vida del sultanato: personajes misteriosos tocados con vestiduras exóticas de colores vistosos, mansiones de lujo, palacios suntuosos, mezquitas desde cuyos minaretes los muecines convocan a la oración, caballeros sobre monturas enjaezadas con ricos adornos… van desfilando por las páginas de este libro ante la mirada atónita del lector. Además hay una amplia variedad de animales exóticos, pavos reales, serpientes marinas, peces gigantes, águilas, garzas y golondrinas. Y también personajes de la mitología medieval turca, demonios amenazadores y bestias fantásticas.

El “Libro de la Felicidad” es un verdadero tesoro para astrólogos y aficionados a los signos zodiacales, cuya descripción detallista se acompaña de espléndidas miniaturas y de tablas de concordancias fisionómicas aplicadas a hombres y mujeres, en cuyos apartados sobresalen las connotaciones eróticas. En una de ellas se identifican ciertos rasgos de la mujer con sus atributos sexuales: la tez rojiza a una mujer ardiente y lujuriosa, los ojos saltones a una vagina ancha, los ojos muy enrojecidos revelarían a una mujer que disfruta de la práctica del sexo, mientras que los pechos firmes y el reírse mucho serían manifestaciones de lujuria intensa. En los hombres, las orejas grandes serían signo de lujuria y malicia mientras que los párpados gruesos indicarían idiotez y poca lujuria y, por el contrario, el mucho pelo en la barriga sería manifestaría excesos lujuriosos.

Al mismo tiempo el libro es un cofre de sorpresas para lectores y curiosos, pues hay aquí desde textos para la correcta interpretación de los sueños, con una detallada premonición de sueños con animales, fenómenos meteorológicos, objetos de todo tipo y manifestaciones de la naturaleza, hasta un capítulo dedicado a la adivinación, donde cada lector puede pronosticar su propia suerte atendiendo a características físicas de cada una de las partes de su cuerpo.

UNA INTERPRETACIÓN ILUSTRADA DE LA CULTURA ORIENTAL

Los autores del “Libro de la felicidad” se inspiraron en textos como El Corán, “Las mil y una noches”, el “Libro de las Maravillas” de Marco Polo, el “Libro de las Natividades” de Albumasar y sobre todo, en la “Vida de Alejandro Magno”, cuyas hazañas influyeron en las culturas árabe, persa y turca. Incluso figura en el Corán con el nombre de Iskandar. Una de las miniaturas de este Libro lo representa buscando la Fuente de la Vida en el País de las Tinieblas, cabalgando un corcel y armado con una espada y un carcaj con flechas, tocado con una alta corona y ataviado con un traje de ricos bordados. En otra miniatura se le localiza durante una de sus legendarias hazañas, la de la construcción de una muralla de hierro para impedir la invasión de las poblaciones salvajes de Gog y Magog. De “Las mil y una noches” se ilustra el episodio de Simbad el Marino cargando a sus espaldas el cuerpo de un anciano al que rescató de la isla desierta donde había naufragado y al que más tarde tuvo que matar para liberarse de su opresión. La iconografía de San Jorge y el dragón, presente en tantas culturas, está aquí representada por un hombre que cabalga un camello desde el que alancea a una serpiente con cabeza de dragón.

Es posible que esta joya bibliográfica se hubiera perdido para siempre, como tantas otras, si Gaspard Monge, conde de Péluse, no lo hubiera rescatado de El Cairo en nombre de Napoleón. Actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia, en París.

 

 

 

 

 

 

Se publica la edición clónica de una de las grandes joyas bibliográficas de la humanidad

 

En 1582 el sultán Murad III (1574-1595), nieto de Solimán I el Magnífico, encargó a una serie de artistas y poetas de su corte la realización de “El libro de la Felicidad” para regalar a su hija Fátima. En la empresa trabajaron durante años escritores y artistas que culminaron una joya bibliográfica cuyo original está estrictamente restringido a algunos estudiosos e investigadores. Desde ahora las páginas del  “Libro de la Felicidad” están al alcance de todos los lectores gracias a un perfecto clon del original que acaba de publicar la Editorial Moleiro en uno de sus más cuidados trabajos.

UN MONARCA ILUSTRADO

El rechazo a la guerra y a la violencia mantuvo a Murad III lejos de los frentes de batalla y orientó sus actividades hacia el arte y la cultura, incluso dejando el gobierno en manos de sus muchas mujeres (su Sultanato se conoce en la historia como el Sultanato de las mujeres) de quienes se dice que tuvo más de cien hijos. Su amor por las artes quedó inmortalizado en una de las miniaturas de este “Libro de la Felicidad”, en el Folio 7, donde aparece visiblemente satisfecho, ataviado con los ropajes de Señor del Universo en medio de un lujoso aposento decorado de ricas azulejerías y vidrieras. Su mirada se dirige al códice en cuya páginas abiertas se distinguen ilustraciones de signos del zodíaco.

Murad III fue el sultán y califa más culto del imperio otomano, verdadero amante de las artes y las letras y un mecenas que colaboró en la creación de un arte otomano original desprendido de la influencia persa que lo acompañó durante siglos. Su corte de Constantinopla daba cobijo a los mejores artistas, astrónomos, cartógrafos y sabios de todas las materias conocidas. Entre los más valorados Murad III sentía predilección por los miniaturistas y por los poetas, principales autores de la maravilla que es “El libro de la Felicidad”. Parece ser que la producción de todas las miniaturas que ilustran este Libro se realizó en un único taller, el del maestro Ustad ‘Osman. Cada una de ellas es una auténtica obra de arte en la que se representan aspectos de la vida del sultanato: personajes misteriosos tocados con vestiduras exóticas de colores vistosos, mansiones de lujo, palacios suntuosos, mezquitas desde cuyos minaretes los muecines convocan a la oración, caballeros sobre monturas enjaezadas con ricos adornos… van desfilando por las páginas de este libro ante la mirada atónita del lector. Además hay una amplia variedad de animales exóticos, pavos reales, serpientes marinas, peces gigantes, águilas, garzas y golondrinas. Y también personajes de la mitología medieval turca, demonios amenazadores y bestias fantásticas.

El “Libro de la Felicidad” es un verdadero tesoro para astrólogos y aficionados a los signos zodiacales, cuya descripción detallista se acompaña de espléndidas miniaturas y de tablas de concordancias fisionómicas aplicadas a hombres y mujeres, en cuyos apartados sobresalen las connotaciones eróticas. En una de ellas se identifican ciertos rasgos de la mujer con sus atributos sexuales: la tez rojiza a una mujer ardiente y lujuriosa, los ojos saltones a una vagina ancha, los ojos muy enrojecidos revelarían a una mujer que disfruta de la práctica del sexo, mientras que los pechos firmes y el reírse mucho serían manifestaciones de lujuria intensa. En los hombres, las orejas grandes serían signo de lujuria y malicia mientras que los párpados gruesos indicarían idiotez y poca lujuria y, por el contrario, el mucho pelo en la barriga sería manifestaría excesos lujuriosos.

Al mismo tiempo el libro es un cofre de sorpresas para lectores y curiosos, pues hay aquí desde textos para la correcta interpretación de los sueños, con una detallada premonición de sueños con animales, fenómenos meteorológicos, objetos de todo tipo y manifestaciones de la naturaleza, hasta un capítulo dedicado a la adivinación, donde cada lector puede pronosticar su propia suerte atendiendo a características físicas de cada una de las partes de su cuerpo.

UNA INTERPRETACIÓN ILUSTRADA DE LA CULTURA ORIENTAL

Los autores del “Libro de la felicidad” se inspiraron en textos como El Corán, “Las mil y una noches”, el “Libro de las Maravillas” de Marco Polo, el “Libro de las Natividades” de Albumasar y sobre todo, en la “Vida de Alejandro Magno”, cuyas hazañas influyeron en las culturas árabe, persa y turca. Incluso figura en el Corán con el nombre de Iskandar. Una de las miniaturas de este Libro lo representa buscando la Fuente de la Vida en el País de las Tinieblas, cabalgando un corcel y armado con una espada y un carcaj con flechas, tocado con una alta corona y ataviado con un traje de ricos bordados. En otra miniatura se le localiza durante una de sus legendarias hazañas, la de la construcción de una muralla de hierro para impedir la invasión de las poblaciones salvajes de Gog y Magog. De “Las mil y una noches” se ilustra el episodio de Simbad el Marino cargando a sus espaldas el cuerpo de un anciano al que rescató de la isla desierta donde había naufragado y al que más tarde tuvo que matar para liberarse de su opresión. La iconografía de San Jorge y el dragón, presente en tantas culturas, está aquí representada por un hombre que cabalga un camello desde el que alancea a una serpiente con cabeza de dragón.

Es posible que esta joya bibliográfica se hubiera perdido para siempre, como tantas otras, si Gaspard Monge, conde de Péluse, no lo hubiera rescatado de El Cairo en nombre de Napoleón. Actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia, en París.

 

 

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LA “FUENTE” DE MARCEL DUCHAMP CUMPLE UN SIGLO

 

 

La crítica coincide en situar el urinario del artista francés en el origen del arte contemporáneo

 

El 2 de abril de 1917, se cumplen ahora 100 años, fue una fecha importante para la historia del arte. Ese día un artista francés que acababa de llegar a los Estados Unidos caminaba por las calles de Nueva York acompañado de dos colegas americanos, Walter Arensberg y Joseph Stella. Los tres llegaron a J.L. Mott Iron Works, un almacén de la Quinta Avenida en el que se vendían objetos de construcción, saneamiento y fontanería. Los tres amigos entraron en el almacén y el francés compró una de las piezas que se exhibían en el escaparate. Se llamaba Marcel Duchamp y su adquisición fue un urinario de pared modelo Bedfordshire. Ya en su estudio, lo colocó sobre un soporte plano, firmó sobre su superficie con un seudónimo, R. Mutt; una fecha, 1917, y decidió ponerle el nombre de “Fontaine” (Fuente) y bautizar el nuevo estilo con el nombre de readymade, algo así como arte prefabricado. Envió el objeto a la Exposición de Independientes de 1917, la mayor muestra de Arte moderno celebrada hasta entonces en los Estados Unidos. El objetivo de Duchamp era cuestionar el concepto de obra de arte tal y como la entendían los académicos y los críticos. Se trataba, evidentemente, de una provocación y, en efecto, provocó una mezcla de consternación y de rechazo: fue considerada ofensiva y vulgar por los organizadores de la muestra. “Fuente” fue retirada de la exposición y desapareció. Su único rastro es una fotografía tomada por Alfred Stieglitz. El origen de “Fuente” se encuentra en el concepto de objet-trouvé de los surrealistas, entre cuyos principios innovadores estaba proponer que cualquier objeto pueda ser una obra de arte, así como sostener que la artisticidad no viene dada por la calidad sino por el contexto.

Duchamp había perdido la batalla pero con el tiempo ganó la guerra. En la actualidad hay quince copias de “Fuente” firmadas por Duchamp distribuidas por todo el mundo y se ha convertido en una de las obras más influyentes de todo el siglo XX, iniciadora de un debate que no ha parado desde entonces, el de “qué es el arte”. La influencia de Marcel Duchamp es una de las más omnipresentes en el arte contemporáneo, desde el futurismo y el conceptualismo al pop art.

LA HUELLA DE DUCHAMP EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO

Decía Joseph Beuys que todo ser humano es un artista. “El espectador es coautor”, vienen a afirmar Umberto Eco en “Obra abierta” y Hans Robert Jauss en “Estética de la imagen”.  De entre las funciones que Charles Lalo sugería para el arte, la que se impone actualmente es la de la diversión. Todo pudo comenzar cuando Duchamp convirtió aquel urinario en una obra de arte, pero desde los años 50 del siglo XX, el momento en que Yves Klein inició el movimiento de arte conceptual con la presentación en París de su exposición Vacío, que dio lugar a los ‘happening’, las ‘performances’, el Land art y las antropometrías de los body painting (en las que Klein utilizaba como pincel cuerpos desnudos untados de pintura), el ingenio y la provocación se han convertido en los grandes protagonistas del arte contemporáneo, al que se asiste entre el interés, el asombro y el escepticismo.

Los excrementos enlatados de Piero Manzoni en latas con el rótulo “Merde d’artiste” que la Tate Gallery compró por más de 30.000 euros la pieza, los cuadros de Andy Warhol, Rauschenberg y Chris Ofili pintados respectivamente con orina, basura y boñiga de elefante, la chaqueta de piel tirada en un rincón, de Jim Hodges; los globos de Friedman, unidos por cuerdas de las que cuelgan un par de calzoncillos, la pelota de baloncesto flotando en un tanque de agua, de Jeff Koons, el perro que el “artista” conocido como Habacuc dejó morir de hambre atado a una cuerda en 2007 en la Galería Códice de Nicaragua… forman una cadena interminable de obras bautizadas con la etiqueta ‘arte contemporáneo’ que para asombro de muchos alcanzan importantes cifras de ventas en subastas y galerías.

Dentro de este movimiento hay que destacar a Maurizio Cattelan, quien reunió en noviembre de 2016 sus obras más conocidas en una retrospectiva en el Guggenheim de Nueva York titulada “Not Afraid of Love” (Sin miedo al amor): los niños ahorcados, el Papa de Roma aplastado por un meteorito, un Hitler con cuerpo de niño… La primera exposición de Cattelan había sido en una galería de Bolonia en 1989: consistía en un cartel colgado a la entrada que ponía “Vuelvo enseguida”. Una de sus últimas obras la expuso el año pasado en el Guggenheim de Nueva York: un retrete de oro macizo de 18 quilates titulado “America”. La taza del váter se podía utilizar y las colas duraban todo el día. A la salida, las televisiones esperaban a los usuarios, que hacían declaraciones sorprendentes: uno de ellos dijo que no había podido hacerlo aunque se había aguantado todo el día y una mujer declaró que lo mejor de la experiencia había sido ver cómo el agua de la cisterna se llevaba… a Donald Trump.

Una de las obras más conocidas y polémicas del arte contemporáneo es un tiburón conservado en formol al que su autor, el artista británico Damien Hirst, tituló  La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo (los títulos aquí suelen ser tan polémicos como la propia obra). El magnate de la publicidad y coleccionista de arte Charles Saatchi lo vendió al millonario Steve Cohen por 12 millones de dólares para donarlo al Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York. A los pocos meses hubo que sustituirlo por otro ejemplar, ya que el original se descomponía. Otra obra de Hirst, “Por el amor de dios”, una calavera con 8.600 diamantes incrustados, se convirtió en la obra de arte más cara de un artista vivo: 50 millones de libras.

El Premio Turner, que se falla cada año en Inglaterra, se ha convertido en uno de los más esperados y polémicos: es el que ha encumbrado los animales seccionados de Damien Hirst, la Virgen María pintada con excrementos de elefante de Chris Ofili,  la cama deshecha de Tracey Emin, las obscenidades sexuales de Paul McCarthy, el caballo muerto de Berlinde de Bruyckere o la habitación con una luz que se apaga y se enciende de Martin Creed.

El 29 de mayo de 2014 durante una performance, Deborah De Robertis se situó con las piernas abiertas justo debajo del cuadro “El origen del mundo” de Gustave Courbet que cuelga en el Museo D’Orsay de París y abrió con las manos su sexo a las miradas del público. Su objetivo: eliminar la distancia artística entre la obra de Courbet y los espectadores. Al año siguiente la misma artista se desnudaba delante del cuadro “La Olympia” de Manet, que presenta el cuerpo desnudo de una prostituta. Se trataba de una reivindicación feminista, al modo de las que hacían las Guerrilla Girls para protestar por el ínfimo porcentaje de mujeres artistas presentes en los museos de todo de mundo y porque para entrar en ellos las mujeres han de desnudarse (referencia a los cuadros de desnudos femeninos en todas las épocas).

El efecto sorpresa que persigue el arte contemporáneo ha dado lugar a situaciones increíbles, como  cuando en octubre de 2015 una limpiadora de un museo de arte moderno de Bolzano (Italia) envió a la basura una instalación de Sarah Goldschmied y Eleanora Chiari formada por botellas vacías, cajetillas de tabaco y confeti pisoteado que simbolizaban, según las artistas, el fin del consumismo y la especulación financiera. O la creencia de que el apuñalamiento de una mujer durante la Art Basel de Miami en diciembre de ese mismo año fuese tomada por una performance al haberse producido frente a una instalación titulada “The Swamp of Sagitarius” de la artista Naomi Fisher. Una de las últimas fue la dramática escena del asesinato en Ankara del embajador de Rusia en Turquía, Andrey Karlov, durante la presentación de una exposición en una galería de arte mientras los asistentes pensaban en un primer momento que se trataba de otra representación.

Y, en fin, para terminar y cerrar el ciclo, volvemos al urinario de Marcel Duchamp para dar cuenta de que los artistas Kendell Geers, Brian Eno, Björn Kjelltoft, Yan Chai, Jian Jun Xi y Pierre Pinoncelli, se dedicaron entre 1993 y 2006 a visitar los diferentes urinarios de Duchamp dispersos por todo el mundo para orinar en ellos y así reactivar su impulso.

LA INDIA DE CRISTINA GARCÍA RODERO

 

 La fotógrafa de Magnum ha convivido con la comunidad de Anantapur para una serie sobre la vida en una de las regiones más pobres del mundo

 

         En 2015 las Fundaciones La Caixa y Vicente Ferrer invitaron a la fotógrafa Cristina García Rodero a Anantapur, en el estado de Andhra Pradesh, para que documentase en imágenes el mundo rural de la India a través de las mujeres que viven y trabajan en una de las zonas más pobres de mundo. Durante mes y medio García Rodero recorrió un territorio hostil en el que la Fundación Ferrer ha conseguido levantar hospitales, talleres, escuelas y viviendas, que son ejemplos del progreso que se puede llevar a una zona deprimida y desértica. Fruto de este trabajo son las 80 fotografías que bajo el título “Tierra de sueños” se exponen en la Fundación Caixaforum de Madrid.

 

MUJERES Y NIÑOS

         En las fotografías de García Rodero están sobre todo niños y mujeres, los más vulnerables de la población india. Mujeres que son campesinas y a la vez madres, que son costureras y novias, que son estudiantes y enfermeras. Pero lo importante de las imágenes no son sólo las personas sino sus miradas, sus manos, sus sonrisas, el lenguaje corporal y los vestidos que lucen en cada una de las situaciones de la vida. Son fotografías recientes pero podrían haber sido tomadas hace cien años. Son imágenes reales pero a veces parecen fantásticas y sobrenaturales.  Dice Manuel Rivas en el catálogo de la exposición que “En la India de Cristina García Rodero vemos esa trama singular de espacio y tiempo. Y vemos la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que esta pueda hallarse”.

 

         La fotógrafa ha realizado un trabajo en el que unos seres que luchan por salir de la indigencia transmiten al espectador una visión optimista del futuro, entre el sufrimiento y a alegría de vivir. Junto a fiestas, peregrinajes y celebraciones, las fotografías recogen a cuidadoras de niños en el Centro de Parálisis Cerebral de Bathalapalli, a menores que son tratados de glaucoma y discapacidad visual, a estudiantes en escuelas y talleres, a novias ataviadas de vistosos trajes ceremoniales: el icono de la exposición es Shirvani, una niña engalanada para la boda que sostiene en sus manos un saco de arroz, símbolo de la seguridad de alimentos en el futuro.

         Nos cuentan que a estas mujeres también se les ha enseñado a organizarse y que han formado asambleas solidarias que denuncian el maltrato y protegen a sus víctimas en casas de acogida, que ayudan a los hogares necesitados, que realizan trabajos duros para llevar el agua donde se necesita, para cultivar alimentos allí donde no hay sino aridez. Han formado grupos de teatro que representa obras con las que denuncian desde la violencia con las mujeres a los abortos selectivos y los suicidios de jóvenes obligadas a matrimonios forzosos.

UNA FOTOGRAFÍA ENTRE LA ANTROPOLOGÍA Y EL REALISMO

         Cristina García Rodero (Puertollano, 1949), catedrática de fotografía en la Escuela de Artes Plásticas y Diseño y profesora de la Universidad Complutense de Madrid, dice que se aficionó a la fotografía hojeando las revistas de moda de su madre. Su obra se encuentra en las mejores colecciones públicas y privadas. Fotografió durante años rituales y fiestas de los pueblos españoles utilizando formas de expresión artísticas, sobre todo de Galicia, la Galicia más oculta, la más misteriosa, la Galicia mágica pero también la más auténtica, la más real. Galicia es uno de sus temas predilectos desde que descubrió sus rituales en 1974 durante un viaje a la romería de Nuestra Señora de los Milagros de Amil, en Pontevedra.

 

García Rodero es la única española que forma parte de Magnum, la agencia fundada en 1947 por Robert Capa, Cartier-Bresson y David Seymour y que ha contado en sus filas a Sebastião Salgado, Josef Koudelka, Abbas, René Burri, Eve Arnold, Martine Franck… profesionales que han escrito las páginas más gloriosas de la historia del fotoperiodismo contemporáneo.

 

Las fotografías de Cristina García Rodero han sido publicadas en los grandes periódicos y revistas de todo el mundo y colgadas en museos como los españoles Reina Sofía e IVAM, el International Center of Photography de Nueva York, el Collection de l’Imagerie en Francia y en otros de México, Venezuela, Portugal, etcétera. A Cristina García Rodero siempre le atrajeron las costumbres populares de los pueblos de todo el mundo, España el primero, tal vez por haberse iniciado en la fotografía haciendo retratos en las fiestas de los pueblos. En los ritos, dice, es en donde se manifiesta de forma más rica y profunda el espíritu de un pueblo. Entre sus libros destacan La España oculta, Europa: el sur, Rituales en Haití, María Lionza la diosa de los ojos de agua y Transtempo.

Premio Nacional de fotografía en 1996 y miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando desde 2013, Cristina García Rodero ha realizado su obra preferentemente en blanco y negro, aunque también ha practicado el color en obras de éxito como España, fiestas y ritos o en esta Tierra de sueños. Su serie más ambiciosa, Entre el cielo y la tierra, compendia toda su obra. También ha hecho fotoperiodismo, como en la tragedia de los refugiados de Kosovo o en Georgia 1995-2013, y fotografía artística, aunque en realidad toda su fotografía está impregnada de arte.

 

TÍTULO. “Tierra de sueños”

LUGAR. Caixaforum. Madrid

FECHAS. Hasta el 28 de mayo