EL ARTISTA Y LA MODELO

Tomo prestado el título de la excelente película de Fernando Trueba para encabezar estas líneas sobre las relaciones entre algunos grandes artistas y las mujeres que les sirvieron de modelo para sus obras. La ocasión me la brinda la publicación de un libro reciente del escritor y crítico de arte Franck Maubert, “La última modelo” (Acantilado), sobre una conversación que mantuvo con Yvonne Marguerite Poiraudeau, conocida en el mundo del arte como Caroline, modelo y amante que fue de Alberto Giacometti. Maubert se aproxima con extraordinaria sensibilidad al alma de una mujer que lo fue todo en la vida sentimental del artista.

Los últimos años de su existencia Caroline los vive en un pequeño apartamento de la Promenade des Anglais, en Niza, que comparte con Tonino, su propietario, un hombre violento y drogadicto, que la maltrata, pero del que depende su supervivencia. No tiene ingresos de ningún tipo y sus pertenencias son sólo algunas que le quedaron cuando murió Giacometti en 1966. Conserva, colgado en el pasillo, un retrato suyo que pintó Jean Marembert, otro de sus amantes, algunas fotografías en blanco y negro con Alberto y un ejemplar sobado de “Bella del Señor”, la gran novela de Albert Cohen a la que vuelve una y otra vez porque le recuerda al gran amor de su vida. Su única licencia son los cigarrillos mentolados que fuma a todas horas mientras se entretiene dando de comer a una bandada de canarios que revolotean alrededor de la terraza del apartamento y que vuelven cada noche a dormir en la jaula que Caroline mantiene abierta sobre una mesa.

Giacometti estaba obsesionado con retratar a Caroline, en captar su mirada. Fracasaba una y otra vez y se desesperaba pero no paraba hasta conseguirlo: “posar para Alberto exige disciplina y sumisión, se trata casi de un ascesis”.  Ahora Yvonne/Caroline vive de los recuerdos de aquellos años de vino y  rosas con uno de los grandes artistas del siglo XX.  Alberto fue su gran amor, la persona con la que vivió la pasión de su vida: “Lo quise con locura, como él me quería a mí, con locura… Ahora lo único que me queda de él son sus recuerdos”.

Alberto Giacometi e Yvonne se conocieron en noviembre de 1958 en Chez Adrien, una casa de citas de Montparnasse, en París, donde ella ejercía la profesión más antigua del mundo. Tenía veinte años y él estaba cerca de los sesenta: “Nada más vernos hubo una rara atracción entre nosotros, algo irresistible e inexplicable”. Giacometti sentía una extraña fascinación por las prostitutas, por las que vivía obsesionado. En sus escritos cuenta sus caminatas nocturnas por París en su busca: “quería verlas a todas, conocerlas a todas y todas las noches emprendía mis paseos solitarios”. Las relaciones de Giacometti con Caroline fueron todo menos lo que se puede entender como normales. Giacometti nunca abandonó a su esposa legítima, Annette, a quien tampoco ocultó sus relaciones con Caroline. Todo lo que  Annette tenía de sencilla Caroline lo tenía de exagerada y exuberante. Le contaba los encuentros con sus clientes, cómo una noche uno de ellos la amenazó con un arma. En ocasiones desaparecía de su vida durante días o semanas sin dar señales. Giacometi la esperaba cada noche sentado a una mesa en Chez Adrian. Al volver de una de estas ausencias le comunicó que se acababa de casar con un octogenario llamado Restifi. Pero sus relaciones continuaron como si nada hubiera cambiado. Le compró un Ferrari rojo que ella conducía de manera temeraria y con el que hacían excursiones por París y sus alrededores. Fue durante estos viajes cuando Giacometti pintó los dibujos de “Paris sans fin”.

Caroline fue la modelo del último retrato que pintó Giacometi y la única persona a la que el artista pidió que lo acompañase en el momento de su muerte en un hospital de Suiza, mientras en los pasillos esperaban Annette y los hermanos del artista. Fue el gran amor de su vida y la mejor modelo de su obra. Pero vivió sus últimos años diabética, arruinada y olvidada de todos en un apartamento cochambroso de una solitaria calle de Niza.

RODIN Y SU MODELO: EL DRAMA DE CAMILLE CLAUDEL

En los años de transición entre los siglos XIX y XX un escalofrío erótico recorría la literatura y el arte europeos. Era el momento en el que las teorías de Freud sobre la influencia nociva de la represión sexual en las conductas de los seres humanos estaban cambiando las costumbres del viejo continente. La literatura y el arte descubrían el universo femenino de la mujer voluptuosa y seductora, la mujer como protagonista sexual. “Femmes damnées” de Baudelaire,  “Madame Bovary” de Flaubert, los cuadros de Klimt, Manet, Egon Schiele y Courbet muestran esa obsesión por la liberación de prejuicios sexuales que los artistas europeos querían mostrar en sus obras, aunque las resistencias eran muchas y había leyes represivas contra el amor extraconyugal, la prostitución y la pornografía. El cuadro “El origen del mundo”, de Courbet, que muestra el sexo de una mujer en primer plano, pintado en 1886, no se exhibió públicamente hasta 1995, y en 1891 se prohibía la representación de una “Salomé” de Oscar Wilde que iba a interpretar Sarah Bernhardt. El ballet “Preludio a la siesta de un fauno” se suspendió en 1912 porque se interpretó que unos movimientos de Nijinski simulaban un acto de masturbación. Contra estas medidas represivas los artistas reaccionaban con una obra que reivindicaba la libertad a través de la transgresión sexual.

Auguste Rodin era entonces uno de los escultores más conocidos internacionalmente por obras como “El pensador”. Pero si hay un género al que dedicó sus mejores esfuerzos fue el erotismo, tanto en sus esculturas como en sus dibujos. Es en este género en el que la obra de Rodin adquiere su verdadero valor artístico. Para Rodin reproducir el cuerpo desnudo como objeto pasivo y sumiso, tal como venía haciéndose desde la antigüedad clásica y el Renacimiento, no aportaba nada al arte contemporáneo. Para instalar el desnudo en la modernidad había que sacarlo de la tradición, mezclar los conceptos que la crítica separaba en ‘naked’ (desnudo corporal) y ‘nude’ (desnudo artístico). Para Rodin la belleza y la intensidad tenían que incluir la carga conmovedora de sensualidad y erotismo de los cuerpos: del femenino (“Andrómeda”), del masculino (“La edad del bronce”) y de sus relaciones heterosexuales (“La eterna primavera”, “El beso”) y homoeróticas (“Mujeres perdidas”, “Dos mujeres abrazadas”, “Dafnis y Lycenia”). Sus obras escandalizaron a la sociedad de su tiempo porque estaban muy cerca de la obscenidad. En “Iris, mensajera de los dioses” y en  “Mujer en cuclillas”, las modelos adoptan posturas en las que muestran el sexo femenino como nunca antes se había hecho en una escultura. Incluso en sus obras de tema religioso (“El Eclesiastés”) introduce Rodin contenidos eróticos, con el fin de manifestar las tensiones entre lo profano y lo sagrado.

La obra erótica de Rodin fue el fruto de su talento de artista pero también del trabajo de la que fuera su discípula y amante, Camille Claudel, su modelo preferida.

ARTISTA Y MODELO

La vida sentimental de Rodin discurrió entre su compañera de toda la vida, Rose Beuret, con la que tuvo un hijo y con la que se casó poco antes de morir, y sus amantes, la duquesa de Choiseaul y, sobre todo, la escultora Camille Claudel. Hermana del poeta y dramaturgo Paul Claudel, Camille vivió de una manera apasionada su dedicación a la escultura y su amor por Rodin, a quien se entregó en cuerpo y alma después de que éste le hubiera prometido matrimonio. Su vida fascinante y atormentada la convirtió con el tiempo en un personaje de leyenda. La inquietante obra escultórica de Camille Claudel es la expresión fundamental del amor. Desde una vitalidad enérgica de una conmovedora sexualidad (“Sakountada”, “La valse”) hasta la trágica expresión del desamor desde el momento en que Rodin la abandona para reunirse definitivamente con Rose Beuret. En “L’âge mûr”  Camille plasmó toda la tragedia de una mujer alegre e inocente sorprendida por una fuerza arrolladora e indómita que la arrastra para luego abandonarla. Después de este abandono comienza la decadencia de Camille como artista y como mujer. Todo indica que la decepción sentimental fue la que la llevó a la soledad, el alcoholismo y la indigencia, y a vivir rodeada de una “espantosa suciedad”, según relató su propio hermano. El golpe la llevó a la locura y al delirio, que terminaron con su encierro en el manicomio de Montdevergues los últimos 30 años de su vida, entre 1913 y 1943. Un internamiento cuyo misterio se acrecentó cuando después de su muerte se conocieron algunas de sus cartas, escritas con brillante lucidez, en las que pedía que la liberaran, cartas que su hermano nunca atendió. En uno de sus poemas Paul había escrito: “Mi hermana Camille/Implorante, humillada, arrodillada y desnuda/¡Todo ha terminado!”. Episodios que alimentaron la trágica leyenda de una mujer, artista y modelo, destruida por una pasión amorosa. Murió a los 79 años y fue enterrada en la fosa común del siquiátrico.

PICASSO Y DORA MAAR

Henriette Theodora Markovitch, Dora Maar en el mundo del arte, fue amiga y amante de Georges Bataille, de Georges Hugnet y de Pablo Picasso, y una fotógrafa cuya obra fascinante ha quedado eclipsada por su intensa biografía. Había comenzado una carrera de pintora, profesión a la que nunca renunció, en el estudio de André Lhote. Hija de padre croata y madre francesa, nació en París y se educó entre esta ciudad y Buenos Aires, donde su padre estuvo trabajando en proyectos de arquitectura. Su amistad con André Breton y Paul Éluard la llevó a conocer a fotógrafos como Man Ray, Brassaï y Lee Miller y a decidirse por un tipo de fotografía influida por el surrealismo, al que aportó sus ‘fotocollages’ (“Ubu”, “29 rue d’Astorg”).Hizo también numerosos reportajes como documentalista social (en España sobre las Ramblas y el mercado de la Boquería de Barcelona) y retrató incansablemente a personas afectadas por tragedias personales: ciegos, tullidos, mendigos… Estuvo vinculada a grupos de ultraizquierda, como Contre-Attaque, que lideraba ideológicamente Georges Bataille, entonces su amante.

Picasso la conoció en la cafetería Les Deux Magots de París mientras Maar jugaba a la ruleta rusa con una navaja que clavaba entre los dedos abiertos de sus manos enguantadas. A veces fallaba y se hacía cortes en los dedos. El pintor le pidió los guantes ensangrentados, que conservó durante muchos años. Ella tenía entonces 29 años y él 55 y aunque continuaba casado con Olga Khokhlova y compartía su casa con Marie-Thérèse Walter, la pasión amorosa que se desató entre ellos hizo que lo abandonasen todo. Había, además, un entendimiento intelectual superior al que Picasso había tenido, y nunca volvería a tener, con ninguna otra de sus mujeres. Lo compartieron todo: viajes, amistades, trabajo… y especialmente sexo. La retrató en más de 30 ocasiones y en decenas de dibujos y esbozos. Se dice también que los rostros de mujeres que aparecen en el “Guernica” son todos de Dora Maar,  que acompañó a Picasso mientras pintaba el cuadro: fue ella quien fotografió todo el proceso de creación del “Guernica”.

Después de diez años de amistad y convivencia Picasso la abandonó cuando el artista conoció a Françoise Gilot. Esta traumática separación provocó en Dora Maar comportamientos extraños que desembocaron en una paranoia que la recluyó en su casa de Ménerbes afectada por una profunda depresión de la que sólo consiguió sacarla sicoanalizándola su amigo Jacques Lacan, pero de la que nunca llegó a recuperarse. En los últimos años de su vida vivió obsesionada por la religión. Sólo salía para asistir a misa cada día en una iglesia católica cercana a su domicilio. Olvidada de todos, su obra fue recuperada cuando en 1995 Victoria Combalía (que en 2013 escribió la biografía “Dora Maar. Más allá de Picasso”) organizó una exposición retrospectiva de su obra. Murió en París, a los 90 años, el 16 de julio de 1997.

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BEATLES vs. ROLLING: ON THE ROAD AGAIN (SÓLO EN PANTALLAS)

 

El estreno simultáneo en cines de dos documentales sobre conciertos de The Beatles y The Rolling Stones resucita la vieja polémica del enfrentamiento entre ambas formaciones nacidas en los años sesenta del pasado siglo. Esta vez las apuestas giran en torno a cuál de las dos va a conseguir mayores ingresos por la comercialización de las películas.

LA HABANA COMO ESCENARIO

El 25 de marzo de este año se celebró en la capital de Cuba un acontecimiento impensable hace apenas un par de años. Los Rolling Stones daban un concierto gratuito al aire libre, al que asistieron más de un millón de personas, en una de aquellas explanadas en las que Fidel Castro reunía a cientos de miles de seguidores. El evento coincidía con los días en los que el presidente Obama visitaba el país de los Castro y el ambiente que se vivía en la isla era el de las vísperas de la llegada de una nueva etapa política para el país. Mick Jagger lo decía desde el escenario a los miles de espectadores: “Por fin los tiempos están cambiando”. El director de cine Paul Dugdale rodó la actuación de los Stones para el documental “Havana Moon. The Rolling Stones live in Cuba”, que en septiembre se proyectó una sola vez en varios cines de todo el mundo, el día 23, lo que indica que la comercialización se hará a través de DVD y emisiones de televisión e internet.

Durante casi dos horas los espectadores de este documental asisten una vez más a la espectacular y sorprendente puesta en escena de los cinco ancianos que durante los primeros minutos del documental cuentan a las cámaras sus impresiones sobre el concierto y la acogida de su música por un público casi inédito, lo que después se demostró que no era  tan cierto, pues los asistentes coreaban sus canciones casi como en cualquier otro lugar del mundo. Sobre el escenario, la transformación de aquellos ancianos en estrellas de rock resulta fascinante. Mick Jagger canta a todo pulmón mientras corre sin parar sobre el gran escenario, Keith Richard y Ron Wood tocan sus guitarras desplegando al tiempo un amplio repertorio de poses y contorsiones, y Charlie Watts sigue controlando con firmeza el sonido de los tambores de su batería. Esta vez, además, los Stones cuentan con los teclados de Chuck Leavell, el bajo de Darryl Jones, los saxos de Karl Davidson y  Tim Ries y las extraordinarias voces de Bernad Flower y sobre todo Sasha Allen. Y el regalo de Havana Choir para embellecer la interpretación conmovedora de “You can’t always get what you want”.

En el repertorio de este concierto en La Habana predominaron los viejos éxitos de su primera y su segunda etapa. Entre el comienzo de “Jumping Jack Flash” y el final apoteósico de “Satisfaction”, los Stones fueron desgranando “It’s only rock and roll but I like it”, “Angie”, “Paint it black”, “Honky Tonk Women”, “Gimme Selter”, “Brown sugar”, “Simpathy for the devil”…con raras incursiones en temas de sus últimos discos. Con todo, resulta emocionante, como siempre, contemplar y escuchar a los Rolling Stones en una realización, además, de una perfección pocas veces alcanzada en documentales de este tipo.

OCHO DÍAS A LA SEMANA (SIN CONTAR LOS DOMINGOS)

Algunos días más ha durado la proyección en cines del documental “Eight days a week. The touring years”, una película de Ron Howard que hace un recorrido por algunos de los conciertos de The Beatles de 1962 a 1966, el año en el que se despidieron de la música en directo ante grandes auditorios. El documental de Howard finaliza con aquella histórica actuación del 30 de enero de 1969, en la terraza del edificio de la Apple corps de Londres donde The Beatles tenían su estudio de grabación,  en la calle de Savile Row. Allí preparaban su próximo disco y decidieron interpretar  el tema “Don’t let me down” ante unos atónitos peatones que pasaban casualmente por allí. Es sabido que desde que habían dejado sus conciertos en directo unos años antes, The Beatles como grupo se dedicó sólo a sus grabaciones de estudio, iniciando una etapa creativa en la que grabaron obras de una calidad  pocas veces alcanzada en el mundo de la música pop, como el “Álbum blanco”, “Sargeant Pepper’s” o “Abbey Road”.

El documental se ocupa en gran medida de las reacciones de histerismo de las masas que acudían a unos conciertos en los que casi lo de menos era la música, que apenas se podía escuchar entre el griterío de los y sobre todo las fans. El desarrollo cronológico de los conciertos que se incluyen en la película da una idea de la progresión que iba alcanzando cada año el fenómeno Beatles en todo el mundo, de Inglaterra a los Estados Unidos, de Australia a España, mientras el entorno del grupo se preguntaba cuándo iba a estallar la burbuja.  La mayor parte del material que se incluye en la película es bastante conocido, aunque se han rescatado filmaciones prácticamente inéditas. Declaraciones de Ringo Starr y Paul McCartney se alternan con documentación audiovisual de antiguas entrevistas a John Lennon y George Harrison y declaraciones de seguidores del grupo como las actrices Whoopi Goldberg y Sigourney Weber y el músico Elvis Costello. A la vista de las situaciones que se desencadenaban en cada actuación de The Beatles no es extraño que sus componentes decidieran que era el momento de dejar de hacer algo que no sólo no les aportaba nada ni enriquecía su creatividad musical sino que incluso ponía en peligro sus vidas.

Como complemento a “Eight days a week” se incluye el famoso concierto que los Beatles dieron en el Shea Stadium en 1965, cuyo sonido Giles Martin (el hijo de George Martin, el productor de The Beatles) consiguió remasterizar para obtener un producto aceptable sobre el  original grabado por Andrew Laszlo para un espacio de televisión.

“Eight days a week”, en fin, es otra piedra más para la construcción de la mitología del grupo  musical más importante del siglo XX, aunque ni ellos mismos fueran conscientes entonces de lo que estaban haciendo: “Esto no es cultura; es sólo pasar un buen rato”, respondía Lennon a la pregunta de un periodista.