LA REVOLUCIÓN CULTURAL CHINA: HISTORIA DE UNA IMPOSTURA

LOS PROLEGÓMENOS

La denominada Gran Revolución Cultural fue en realidad el desastre más grave de la historia reciente de China. Tras el fracaso que supuso para Mao Zedong el Gran Salto Adelante, que costó millones de muertos entre 1959 y 1961, el régimen comunista chino necesitaba un fuerte aliciente para movilizar a una población devastada por la hambruna durante aquel trienio negro. La nueva operación para movilizar a la sociedad y depurar el régimen de tentaciones revisionistas fue bautizada como  Gran Revolución Cultural. Pese a que nunca fue reconocido oficialmente, documentos internos del propio Partido Comunista Chino admiten que se trató del desastre más grave de la historia reciente de China. En “La Revolución Cultural China” (Ed. Crítica) Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals, dos prestigiosos expertos en el país asiático, estudiaron en profundidad aquellos años y aportan nuevos datos sobre uno de los acontecimientos más enigmáticos de la historia contemporánea.

En 1965 Mao Zedong envió a su esposa Jian Qing a Shanghai para prender la primera chispa de la Revolución Cultural: una operación de desprestigio contra el intelectual marxista Wu Han por haber publicado La destitución de Hai Rui, una obra calificada de desviacionista porque, aunque sus personajes habían vivido durante la dinastía Ming, el desarrollo de la obra aludía al enfrentamiento entre Mao y Peng Dehuai. Jian Quing acababa de cumplir la exigencia de los compañeros de Mao de mantenerse al margen de la actividad política durante 25 años (se había unido a Mao en 1939 desplazando a una heroína revolucionaria que había sido la compañera del Gran Timonel desde los años de la Larga Marcha). Simultáneamente, Mao destituía a Peng Zhen, alcalde de Pekín y responsable cultural del PCCh, por haber permitido representar en la ciudad una ópera prohibida. Fueron las primeras víctimas de una serie de purgas, defecciones, exilios, defenestraciones, suicidios inducidos, autocríticas y humillaciones públicas, que no iban a parar hasta la muerte de Mao. Entre las primeras víctimas estuvo Liu Shaoqui, a quien el propio Mao había designado como su sucesor, acusado de traidor, renegado y esquirol, y de horribles crímenes nunca demostrados contra el Estado (fue rehabilitado tras la muerte de Mao).

En febrero de 1966 un grupo de altos funcionarios calificó de ideológica y artísticamente defectuosas una gran cantidad de películas y obras de teatro que se podían ver en todo el país. Libros como El conde de Montecristo de Dumas o El guardián entre el centeno de J.D. Salinger fueron prohibidos por obscenos. Era el modo de justificar la necesidad de una revolución cultural socialista: transformar la educación, la literatura y el arte para facilitar la consolidación y el desarrollo del sistema. Durante la sesión del politburó que decidió las primeras purgas en el PCCh, se anunció oficialmente el lanzamiento de la Gran Revolución Cultural Socialista, el intento más ambicioso de liquidar cualquier tipo de revisionismo. Allí mismo se constituyó el Grupo Central para la Revolución Cultural, su órgano más importante, integrado por diez intelectuales entre los que estaban Jian Qing y Chen Boda, al que se atribuyen algunas de las obras más revolucionarias firmadas por Mao. Su aparato burocrático llegó a emplear a miles de personas.

Para que la Revolución Cultural triunfase había que poner en marcha una de las máximas de Mao: destruir para construir. Para convertir la revolución en un verdadero movimiento de masas se necesitaba el apoyo de obreros, campesinos, industriales y soldados. El apoyo de los estudiantes se inició a través de una compleja operación desde el campus de la Universidad de Beida, en Pekin, en una guerra de pancartas promaoístas que el poder político se encargaba de propagar, y de la crítica a profesores a los que se acusaba, con bases poco sólidas, de establecer planes de estudios burgueses o revisionistas. Pero lo que determinó la adhesión masiva de los estudiantes fue la decisión del Gobierno de Mao de suspender las clases por tiempo indefinido para que los estudiantes se entregasen a la revolución a tiempo completo. A partir de ese momento se organizaron por todo el país manifestaciones multitudinarias, marchas ruidosas con tambores e instrumentos de percusión, algarabías y desfiles festivos. Al control de la Universidad sucedieron los del Departamento de Propaganda, el Diario del Pueblo y la Agencia de noticias Xinhua. Este era el punto de partida desde el que Mao pretendía crear un mundo feliz con una nueva generación de dirigentes, tras las purgas masivas de viejos camaradas acusados de nostálgicos del capitalismo.

EL TERROR ROJO

Durante el verano de 1966 se desata el terror. La Joven Guardia Roja, cuyo origen estaba en la Universidad, fue bendecida por Mao (Llevad la Gran Revolución Proletaria hasta el final) en su objetivo de fulminar a los reaccionarios del mundo. En pocos días se celebraron en Pekín ocho grandes concentraciones masivas de estudiantes convertidos en jóvenes guardias rojos. En la última, Mao se dejó ver ante doce millones procedentes de toda China para transmitirles el espíritu de la Revolución Cultural. A partir de ese momento los guardias rojos se dispersaron por todo el país para luchar por la eliminación de “Los Cuatro Viejos”: viejas ideas, vieja cultura, viejos hábitos y viejas costumbres. En su diabólica misión, llevaron a cabo una de las más sanguinarias operaciones contra revisionistas, anticomunistas, capitalistas, traidores… muchos de los cuales no eran nada de todo esto. Se cambiaron los nombres de las calles, de las tiendas, de las escuelas, de los teatros, de los hospitales, de los periódicos, de las revistas… así como los nombres de pila con supuestas connotaciones feudales. Se prohibieron las fiestas tradicionales. Se obligó a la gente a cambiar el vestido y la apariencia. Los mismos guardias rojos cortaban en las calles los pantalones entallados y los zapatos de punta afilada o de tacón, una acción que nos recuerda a la época de Esquilache en la historia de España. A las chicas se les cortaban las trenzas, consideradas asimismo como residuos feudales. Se saquearon casas y se confiscaron propiedades de familias de clase burguesa. Algunos residentes en ciudades fueron expulsados de sus hogares y repatriados a las tierras de sus ancestros. Se torturó y asesinó a miles de inocentes en todo el país. En las comunas de Daxing se ejecutaron en una sola noche a 325  residentes: la víctima de más edad tenía 80 años; la más joven 38 días. En Pekín la violencia causó en dos semanas la muerte de más de cien profesores y cuadros educativos mientras a otros se les asignaban tareas humillantes. Se destruyeron estatuas budistas, bibliotecas públicas, lugares de interés cultural o histórico, como el Templo de Confucio de Shandong y la tumba de Wu Xun, un héroe cultural del siglo XIX, acusados de haber propagado la cultura feudal. Por primera vez, la juventud de China estaba siendo educada en la cultura de la violencia y tampoco se libró de sus efectos: este movimiento de masas en condiciones miserables e insalubres, que se puso en marcha desde todos los rincones del país, preparó el terreno a una epidemia masiva. En 1967 se habían registrado más de tres millones de casos de meningitis y más de 160.000 muertos por enfermedades.

Según la Guardia Roja, la resistencia generalizada a la Revolución Cultural se debía al “impacto persistente” de la línea burguesa reaccionaria, que incluía a líderes de alto rango, por lo que a principios de 1967 se inició otra purga contra dirigentes políticos y centros de cultura, educación y salud pública, supuestos semilleros de revisionismo. El ministerio de cultura fue abolido y sus poderes quedaron sometidos al Grupo Central. A finales de ese año la situación política era cada vez más caótica y los ataques de todos contra todos se sucedían desde unas y otras posiciones. El Ejército Popular de Liberación se iba haciendo con importantes sectores de poder, lo que obligó a Mao a hacer concesiones a sus altos mandos. La gravedad de la situación económica hizo que las autoridades se plantearan la inconveniencia de mantener a los obreros y campesinos chinos participando en la Revolución Cultural de la misma manera que los estudiantes y los intelectuales, a pesar de que un documento político redactado por el Grupo Central rechazaba cualquier tipo de conflicto entre la producción y la revolución y achacaba la situación económica a prácticas contrarrevolucionarias y capitalistas de un pequeño grupo de miembros del partido. En Wuhan se produjo entonces un levantamiento político-militar contra la Revolución Cultural que se extendió a todo el país. El estado de agitación llevó a Mao a calificar la situación de guerra civil generalizada.

Poco a poco los obreros revolucionarios y el ejército fueron desplazando a los estudiantes del protagonismo de la Revolución Cultural. Tras dos años de cierre de los centros de educación se ordena el regreso de los estudiantes a sus lugares de origen para reanudar las clases en octubre y el propio Mao acusa ahora al Grupo Central de provocar un desbarajuste en el partido, en el gobierno, en las fábricas y en el campo. Mao y Lin Biao (su nuevo sucesor) exculparon a los guardias rojos de las matanzas y el terror pero promovieron su dispersión: los días de gloria de la Guardia Roja se acabaron en agosto de 1968 aunque su presencia en la vida política se prolongase diez años más.

Algunos altos cargos del PCCh se atrevían a poner en duda el acierto de la Revolución Cultural y lamentaban que había pasado de ser una cruzada por la rectitud ideológica y por una sociedad igualitaria y colectivista, a transformarse en una lucha por el poder. La reacción fue otra operación de purga contra cargos políticos y militares. La operación “Limpieza de categoría de clase” contra la Conspiración del 16 de Mayo (una supuesta conspiración que nunca existió) desató una investigación contra  10 millones de personas, algunas de las cuales pasaron de un día para otro de ser izquierdistas revolucionarios a traidores revisionistas y espías del capitalismo. El Grupo de Evaluación de Casos, creado para la ocasión, fue la más grande inquisición de la historia del PCCh. Nuevos asesinatos, suicidios, encarcelamientos, expulsiones, desenmascaramientos, defecciones… formaban parte de una operación que añadía ahora nuevas figuras delictivas como japoneses, títeres, espías de EEUU, revisionistas coreanos, mongoles y soviéticos. La economía seguía derrumbándose estrepitosamente y la red de ferrocarril, en otro tiempo uno de los logros de la revolución china, se colapsó con los millones de guardias rojos viajando gratuitamente y asaltando los nudos ferroviarios. Mientras, en el IX Congreso del PCCh Mao Zedong afirmaba: la situación de la Gran Revolución Cultural Proletaria en todo el país no es simplemente buena, sino excelente (P.384).

EL FIN DE LA REVOLUCIÓN CULTURAL

Durante la década de los 50 se había producido un alejamiento entre China y la URSS a causa de las políticas revisionistas de Kruschev en relación con el estalinismo y el culto a la personalidad de Stalin. Pese a la caída de Kruschev y el retorno a políticas más ortodoxas, Mao nunca se fio de la URSS y, tras el fiasco del Gran Salto Adelante, temía una revisión sobre su propia persona y la restauración del régimen capitalista en China, promovida por el Kuomintang, el gobierno de Chiang Kai-shek refugiado en la isla de Formosa y apoyado por EEUU. Los enfrentamientos de finales de los sesenta en la frontera sino-soviética fueron aprovechados por Mao para alertar sobre el peligro de una guerra entre las dos potencias y desviar la atención del pueblo chino de una Revolución Cultural que se iba apagando. Sorprendentemente para muchos, los EEUU de Richard Nixon iban a convertirse en los aliados de China frente a la URSS, tras haber votado en la ONU por la legitimidad de la China maoísta frente a la de Chiang Kai-shek. Pasado el peligro, Mao aprovechó para resaltar el papel de la Revolución Cultural en el avance en las relaciones China-EEUU. La oposición de Lin Biao a esta nueva estrategia provocó su defección y su huida a las URSS con su familia en un avión que se estrelló a las pocas horas de despegar. Una nueva operación de limpieza ideológica contra los radicales iba a llevarse por delante a Chen Boda (acusado de falso marxista, traidor, espía y arribista) mientras Jian Qing trataba inútilmente de aferrarse al poder después de que Mao condenase las actividades de la Banda de los cuatro, de la que era impulsora, disconforme con los planes de sucesión de Mao (el nombre de Banda de los cuatro se debe al propio Mao). Mao aprovechó el elogio que su esposa había hecho de uno de los personajes de la novela A la orilla del agua, un clásico del siglo XV, para criticar su actividad durante la Revolución cultural, ya que consideraba a ese personaje como la encarnación de los valores más negativos de la sociedad china, pero no ordenó contra ella ninguna acción de castigo.

Zhou Enlai, el nuevo sucesor de Mao, permitió la reaparición en las librerías de obras prohibidas, promovió la actividad cultural de cantantes, pintores y poetas censurados durante la Revolución Cultural y propuso rehabilitar a algunas de sus víctimas. Su enfermedad propició el regreso de Deng Xiaoping como nuevo sucesor de Mao. Su papel se centró en activar la economía, la cultura y la educación y devolver al ejército a su papel anterior a la Revolución Cultural. Pese a los progresos, los radicales consiguieron que se destituyese a Deng Xiaoping y se nombrase a Hua Guofeng como sucesor de Mao, aunque la Banda de los Cuatro seguía boicoteando la acción del gobierno. Tras la muerte de Mao en septiembre del 76, Hua ordena la detención de los cuatro por “crímenes contra el partido y el socialismo”. La Revolución Cultural había llegado a su fin. Los historiadores coinciden en afirmar que fue una época terrible, de la que ha emergido, como reacción, la China actual, más próspera y quizá algún día democrática.

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EPIFANIAS DE JAMES JOYCE O “ULISES” COMO JUEGO

 

La novela “Ulises” de James Joyce se desarrolla en la ciudad de Dublín en una sola jornada, la del 16 de junio de 1904. Cada año los dublineses celebran en esa fecha el Bloomsday para conmemorar las andanzas de sus protagonistas, Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly. Los más apasionados inician el recorrido desde la Torre Martello de Sandycove, donde comienza la novela, desayunan riñones de cordero en una tasca cercana, como hacía el protagonista, y recorren fielmente los itinerarios de la narración hasta Eccles St., donde Bloom se reencuentra con su Molly/Penélope.

 

“¿Recuerdas tus epifanías en hojas verdes ovaladas,

profundamente profundas, copias para enviar,

 si morías, a todas las bibliotecas del mundo,

incluída Alejandría?. Alguien las había de leer

al cabo de unos pocos miles

de años, un mahamanvantara”

“Ulises” (Tomo I Pág. 126)

 

EPIFANIA INTRODUCTORIA DE LA METEMSICOSIS

Nada está tan claro en la obra de James Joyce como que toda ella es una única narración. Y así como hay una única historia hay también un único personaje central que es a su vez el propio autor. No quiere esto decir quela obra de Joyce sea autobiográfica. Lo es en gran medida pero no exclusivamente. Joyce aprovecha de sus vivencias las situaciones anímicas que aquellas provocan en su alma de artista. Y desde ahí intenta elaborar la denuncia de lo que denomina “epiclesis”, una suerte de parálisis que afecta a la sociedad de su tiempo, ubicada en una ciudad, Dublin, que es, a su vez, todas las ciudades.

Así, el niño, el adolescente y el hombre maduro de “Dublineses” son el mismo personaje en las diversas etapas de su vida, y al mismo tiempo son el Stephen Dedalus de “Stephen el héroe” y “Retrato del artista adolescente”. Y también el Richard y el Robert de “Exiliados”. Y todos ellos –o todo él- son a su vez Stephen Dedalus y Leopold Bloom de “Ulises”, dos personajes que son uno solo: protagonistas simultáneos de la juventud y la madurez de James Joyce, con las coincidencias y las contradicciones, con la dialéctica, que cualquier persona mantiene  lo largo del tránsito de estos dos estadios de la existencia. El mismo escritor reconoce a ambos protagonistas como un mismo personaje cuando califica a uno de ellos, por boca de Frank Mulligan en el capítulo 9 de “Ulises”, de “jesuita judío”. Stephen Dedalus, de profunda formación católica en un colegio de jesuitas, queda de este modo definitivamente identificado con el hebreo Leopold Bloom. En el transcurso de la novela el acercamiento entre ambos personajes va intensificándose hasta que, finalmente, terminan siendo uno solo. En los capítulos finales esta fusión se lleva a cabo mediante la técnica de relación padre-hijo que termina engendrando al personaje definitivo: el “menage a trois” (Leopold-Molly- Stephen) ideado por Bloom, no es más que la relación sexual monógama con que el protagonista sueña. Y en su afán de identificación en una única persona Joyce hace desfilar por la mente de Leopold Bloom (mientras asume el momentáneo papel de padre de Stephen), durante una de las maravillosas visiones surrealistas del capítulo 15, a su propio padre que le pregunta:

“- ¿No eres tú mi hijo Leopold?”

A lo que Bloom responde:

“- Creo que sí, padre”

Y asimismo a su hijo de 11 años, Rudy, quien podría ser Stephen de no haber muerto: una suerte de metemsicosis humana.

A lo largo de su intrincada obra Joyce maneja simultáneamente infinidad de elementos que hacen que pueda tener múltiples lecturas. Se puede encontrar una interpretación religiosa, otra política, una autobiográfica, una lectura paralela a la obra homérica, así como biológica, simbólica, literaria, etc, etc. Todas ellas proporcionan inagotables elementos de análisis. En realidad, leyendo a Joyce e intentando buscar sus últimas consecuencias, se encuentran todas las satisfacciones que proporciona la actividad indagatoria. Aquí, “la búsqueda del tesoro es el tesoro”, como afirmaba Julián Ríos (el autor español que más se aproxima a la literatura de Joyce) en un artículo sobre  Joyce publicado en la revista “Quimera” (abril de 1981): “La nueva escritura de Joyce, al forzarnos a aguzar el ingenio, acaba transformando de forma muy similar nuestros viejos hábitos de lectura meramente pasiva, baldía. Y del mismo modo que Baudelaire, Joyce pide al lector que sea verdaderamente su cómplice: “mon semblable, mon frere”. O, como lo modifica Joyce en un feliz juego, “my shemblable! My freer, Mi semejante! Mi hermanumisor!”.

El término epifanía, de reminiscencias inequívocamente religiosas, es extraído por Joyce de D’Annunzio, según Umberto Eco. Para Joyce la epifanía significaba la revelación repentina de las cualidades esenciales y constitutivas de algo. En “Stephen el héroe” Joyce define la epifanía como “una súbita revelación espiritual, ya en las formas comunes del lenguaje y del gesto, ya en un momento significativo de la misma mente (…) la tarea propia del hombre de letras era fijar en el recuerdo estas epifanías con extremo cuidado, puesto que son lo que en cada momento se da de más vaporoso y delicado (…) En el momento en que alcanza el estallido, el objeto queda epifanizado (…) Es precisamente en la epifanía entendida de este modo donde (se encuentra) la tercera y suprema cualidad de la belleza (…) He aquí que entonces el alma del objeto más común (…) se nos aparece radiante. El objeto llega a su propia epifanía”.

Las epifanías son producidas por vulgaridades casuales de la vida cotidiana pero elevadas sobre sí mismas y transfiguradas. Los simbolistas pretenden que el término no es sino una variante de la técnica de sus producciones. Pero las epifanías de Joyce son algo más que símbolos, pues son cosas corrientes a las que el autor proporciona extensión de infinito. William York Tindall (“Guía para la lectura de James Joyce”. Monte Ávila Editores) dice que “… Joyce prefiere epifanía a símbolo porque el resplandor de la epifanía es eclesiástico,  y el del símbolo actualmente más secular, y Stephen, si bien no está exento de tradición literaria, está centrado en la iglesia y el país que rechazaba. La fiesta de la Epifanía, que se celebra el 6 de enero, conmemora la llegada de los tres reyes a un pesebre donde, aunque sólo vieron a un recién nacido, vieron algo más. Ese Niño, percibido entonces y revelado, es el cuerpo resplandeciente. De ahí toma James Joyce su forma de mirar los objetos insignificantes pero reveladores de Dublín. Y continúa diciendo acerca de la cosa a la cual la penetración, la totalidad y la relación armónica de las partes convierten en poderosa: “… el alma del objeto más común, cuya estructura es tan ajustada, nos parece resplandeciente. El objeto logra su epifanía”.

Cada una de las obras de Joyce puede ser estimada como una relación de epifanías, pero cada obra es también en sí misma una epifanía. Y puede considerarse a la totalidad de su producción como una “epifanía de epifanías”, tal es el infinito caudal de su contenido.

EPIFANÍA DEL NACIONALISMO

Se ha acusado a James Joyce de antipatriotismo. Es comprometedora esta acusación en el difícil momento político por el que pasaba su nación: el tránsito de Irlanda hacia su independencia en un ambiente nacionalista radical y en gran medida dogmático.

Sin embargo a Joyce no se le puede calificar de antinacionalista. Amaba a su patria y estaba orgulloso de la lucha antiimperialista que ésta sostenía contra Inglaterra. Sus mismos orígenes familiares le dejaron en herencia una encendida pasión nacionalista de la que en muchas ocasiones se sintió orgulloso: así el matrimonio de su abuelo con Ellen O’Connell, pariente de Daniel O’Connell, libertador y patriota, héroe nacional de Irlanda. Incluso, pese a su penuria económica, haría restaurar y transportar a su exilio voluntario de Trieste los retratos de algunos antepasados, en una curiosa mezcla de orgullo nacional y adoración por los blasones. Pero su pasado se va conformando de victorias pírricas (Pirro es otra de las epifanías de “Ulises”) y por ello tratará de enterrarlo. Es la solución a la adivinanza que Stephen plantea a sus alumnos del colegio de Dublín: “el zorro enterrando a su abuela bajo una mata de acebo” (“Ulises”. I. p. 107) (de acebo eran los maderos de la cruz de Cristo), imagen que vuelve a repetirse en el capítulo 3 cuando un perro entierra también a su abuela (I. p.134) y en el capítulo 15 (II. P.189) con más virulencia: “Un grueso zorro sacado de su escondite, cola tiesa, habiendo enterrado a su abuela, corre velozmente hacia lo abierto…”: Joyce intenta liberarse de su pasado para elevarse, porque para él, como para Stephen, la historia “… es una pesadilla de la que trata de despertar” (“Ulises”. I.p.107).

La acusación de antipatriotismo viene provocada porque Joyce tenía un talante universalista. Para él una nación es “… la misma gente viviendo en el mismo sitio”. Contempla Irlanda al mismo tiempo como estado único y como el mundo entero. Joyce quería la europeización de Irlanda. Nunca atacó el nacionalismo. Arremetió, sí, contra un patrioterismo cerril y provinciano, dogmático, personalizado en el Ciudadano antisemita (el racismo es un sentimiento visceral) del capítulo 12 de “Ulises”, “… lindo como una rata de cloaca…todo viento y pis como un gato de contaduría”. No se oponía a una Irlanda libre sino a un dogmatismo, a un Polifemo cuya visión unidimensional no contemplaba los aspectos más humanos de la vida:

“- ¿Habla usted de la nueva Jerusalén? –dice el Ciudadano

-Hablo de la justicia -dice Bloom”

Y en otro pasaje (“Ulises”. II. p.203)

“- Usted muere por su patria –le dice Stephen a un soldado- No es que se lo desee. Pero yo digo: que mi patria muera por mí.”

Francesca Romana Paci (“James Joyce. Vida y obra”. Ed. Península), frente a las acusaciones de hostilidad hacia los ideales de un autogobierno irlandés con que fue inculpado Joyce, asegura: “Joyce deseaba la independencia de Irlanda pero no aprobaba y no podía compartir los métodos del partido irredentista. Y sobre todo era contrario a la violencia y a la ceguera de un nacionalismo cerril”.          Para Joyce Irlanda era su madre y siempre lo acompañaba simbolizada en la epifanía de una patata arrugada que mantenía constantemente en su bolsillo. Nunca renunció a Irlanda, como nunca renunció a su madre. Puede decirse que desechó ciertas actitudes de su patria (el nacionalismo irracional) como de su madre (un catolicismo no menos irracional) en su esfuerzo por liberarse de los dos amos de los que se sentía esclavo: “el estado imperial británico y la santa iglesia católica, apostólica y romana”. Si muestra cierta actitud de rechazo hacia la lechera del capítulo 1 de “Ulises” (otra epifanía de Irlanda: “una anciana errante, baja forma de un ser inmortal, sirviendo al que la conquistó”. “Ulises” I. p.89) jamás renuncia a la patata simbólica que, cuando le es arrebatada por una prostituta (Capítulo 15 de “Ulises”) se esforzará en recuperar.

Su sentimiento nacionalista tiene como referente a James Stewart Parnell, héroe independentista irlandés que fue abandonado y más tarde asesinado por sus amigos y por sus propios correligionarios a causa de su adulterio con Kitty O’Shea: las ideas y prejuicios sociales y religiosos de los patriotas estaban por encima de sus ideales políticos. El hecho afectó profundamente a Joyce quien, ¡a los nueve años! escribe una poesía titulada “Et tu, Healy” (influencia de “Et tu Bruto…” de Julio César) dirigida a Tim Healy, el lugarteniente de Parnell que también acabó traicionándole, y en la que ataca a los enemigos “políticos” de Parnell.

Parnell será uno de los ‘leit motiv’ de la obra joyceana, en la que aparece con frecuencia (en el capítulo 16 de “Ulises” es tratado en profundidad) ya sea por medio de alusiones, haciendo creer en el regreso del héroe que “no está en absoluto en (la) tumba (…) volverá algún día” (“Ulises”. I.p.218) o a través de uno de sus hermanos, quien designa a Leopold Bloom como sucesor del héroe independentista en el capítulo 15 de “Ulises”.

El tema Parnell está unido a otro de los ‘leit motiv’ de Joyce: el de la traición. Parnell fue traicionado por sus compañeros porque “Irlanda siempre ha traicionado a sus héroes”, escribe en “Il Fenianismo”, artículo que publica en “IlPiccolo della Sera” de Trieste el 19 de mayo de 1907 sobre la secta autonomista “Sinn-Fein”, de la que Parnell fue impulsor. El autoexilio de Joyce fue provocado por esta fatal traición de Irlanda para con sus hijos: “Me echó. Por culpa suya he vivido años de exilio y de pobreza” haría decir a uno de los protagonistas de “Exiliados”.

EPIFANÍA DE LA TRAICIÓN

Joyce considera los temas de la traición y la ingratitud como características constitucionales del alma irlandesa. En su poema “Gas from a Burner” dice:

Hermosa nación que siempre desterraste

Del suelo patrio a los artistas y escritores

Y que traicionaste irlandesamente

A todos tus caudillos repetidamente

La traición, motivada sobre todo por el caso Parnell, se refleja en la obra de Joyce a través de varias epifanías que básicamente se personalizan en Molly (sobre todo), Cristo, Shakespeare (en “Ulises” sostiene que Anne Hathaway, esposa de Shakespeare, había cometido adulterio con un hermano del dramaturgo) y Oscar Wilde. Pero la traición es a la vez un deseo de expiación de sus culpas contra su madre y su esposa Nora. En “Exiliados”, Joyce/Richard dice: “En el fondo de mi corazón miserable yo deseaba ser traicionado”.

En “Ulises” Leopold Bloom no responde con violencia a la traición de adulterio de su esposa Molly: su venganza es un carteo inocente y clandestino con una tal Mary Clifford, a nombre de Henry Flower. Nunca sus reacciones podrían ser violentas porque “un artista debe rechazar siempre la violencia bajo todas sus formas, porque sus victorias y sus conquistas son las del pensamiento”. Leopold Bloom no quiere enfrentarse con Boylan, el amante de Molly, aunque el adulterio de su esposa lo atormenta profundamente y el tintineo de las arandelas de bronce de la cama de Molly lo persigue de continuo. La traición de Molly lo acosa dondequiera que va, en su imaginación o en las visiones, como la de “… un generoso brazo blanco (que) lanzaba una moneda desde una ventana de la calle Eccles” (“Ulises”.II.p.363), la misma visión flaubertiana en “Madame Bovary”: “Salió una mano desnuda por debajo de las cortinillas de lona amarilla…” (“Madame Bovary”.p. 297). Al escritor francés le unen no pocas afinidades; entre ellas no es la menos importante la identificación de la belleza con la verdad.

EPIFANÍA DE LA MUJER

Otro de los temas eternamente presentes en la obra de Joyce es el de la mujer. También todas las mujeres son la misma mujer, con insignificantes variaciones. Poseen siempre una irresistible, continua y positiva fuerza vital, que se encuentra en Eveline, en María y en Gretta de “Dublineses”; en la prostituta de “Retrato del artista adolescente”, primera experiencia sexual de Stephen Dedalus, a la que Joyce hace reaparecer en “Ulises”: “… la puta del callejón. Una puta sucia con sombrero ladeado de paja negra de marinero salía a la luz con mirada vidriosa a lo largo del muelle hacia el señor Bloom. La primera vez que vio esa forma seductora” (“Ulises”.I.p.448); en Emma Cleary de “Stephen el héroe” y, sobre todo en Molly. A estas características se une una acusación de culpabilidad: la responsabilidad de la mujer de la presencia del mal en el mundo: “Una mujer trajo el pecado al mundo. Por una mujer que no era ningún  modelo, Helena, la escapada esposa de Menelao, los griegos hicieron la guerra a Troya durante diez años. Una esposa infiel fue la primera que trajo a los extranjeros aquí, a nuestra orilla, la mujer de McMurrough y su concubino O’Rourke, príncipe de Ereffni. Una mujer también hizo caer a Parnell…” (“Ulises”.I.p.117). Tal vez como expiación de esta culpabilidad, convierte a Leopold en mujer durante una de las escenas de capítulo 15 de “Ulises”.

De modo que Joyce coloca a la mujer sobre un altar y en un burdel al mismo tiempo. La mujer es la fuerza generatriz, la consoladora, la dispensadora de perdón y de alegría, pero es también al mismo tiempo la criatura amoral, lasciva, estúpida, instintivamente pecadora y capaz únicamente de ser fecundada (la fertilidad de la mujer merece todo un capítulo –el 14- de “Ulises”).

Joyce mantiene un permanente enfrentamiento con la mujer. Por momentos es una batalla inconsciente que le lleva a cometer acciones que en el fondo condena. Pero la verdad es que a menudo provoca el sufrimiento de las mujeres de su vida, de su madre y de su esposa principalmente. Por ello hace que en “Exiliados” Bertha termine por llamar  a Richard “Asesino de mujeres. Este es el nombre que te corresponde”.

La mujer también es para Joyce una fuerza vital fundamental y primigenia, que avanza a través de todas las dificultades. Su idea de mujer incorpora, desacralizados, muchos aspectos de la Virgen María (en una de sus epifanías Joyce hace aparecer a su madre bajo la apariencia de la Virgen): Molly Bloom, a pesar de su amor pagano, sabe comprender y perdonar. Por ello –y en el último párrafo de “Ulises”- se redime finalmente por una sola de sus acciones: “… y le atraje encima de mí para que él me pudiera sentir los pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero SI”.

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(*) Las obras de Joyce que se han manejado para este artículo corresponden a las ediciones siguientes:

“Dublineses”. Alianza Editorial

“Retrato del artista adolescente”. Argos Vergara

“Stephen el héroe”. Lumen

“Exiliados”. Bruguera

“Ulises” (I y II). Bruguera