EL MUSEO DEL PRADO ACOGE LA MAYOR EXPOSICIÓN DEL BOSCO

 

 

 

Entre los cuadros más visitados del Museo del Prado figura “El jardín de las delicias”, la obra maestra de Hieronymus van Aeken, conocido en el mundo del arte con el seudónimo El Bosco, de cuya muerte se conmemora este año el V Centenario. El Bosco vivió durante unos años en los que cambiaron muchas cosas y se subvirtieron valores hasta entonces intocables en aquella Europa convulsa e inquietante que transitaba de la Edad Media al Renacimiento, en la que coincidieron Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Erasmo de Roterdam y Lutero, y en la que Cristóbal Colón añadió un nuevo continente al mundo conocido. Era una época en la que la religión ocupaba las preocupaciones de la sociedad y la Contarreforma avanzaba imparable en Centroeuropa (fue al año siguiente a la muerte del Bosco cuando Lutero clavó sus tesis en las puertas de la iglesia de Wittenberg). El Bosco dedicó su pintura a algunos temas de la Biblia y los Evangelios desde una óptica cristiana, alertando obsesivamente sobre los peligros que se interponían a la salvación de las almas (el infierno y sus moradores, castigados al tormento eterno, fue una de sus representaciones más frecuentes). El tema central de su obra es el de la religiosidad propia del mundo medieval, que permeaba entonces todos los aspectos de la vida, una vida sujeta a todo tipo de tentaciones y donde la existencia terrenal era un camino de espinas.

Estaba extendida entonces la creencia de que la tarea más noble de la pintura era la del servicio a la Iglesia para contribuir a la salvación de las almas. Había que conmover a través de las imágenes para que estas ejercieran el mismo efecto emotivo de los sermones y los discursos. A este fin están destinadas muchas de las obras del Bosco, que reflejan el espanto en las figuras que ilustran el pecado y la corrupción moral mientras presentan las de los santos con nuevas narrativas visuales en las que se resaltan sus vidas ejemplares.  Esos valores religiosos presentes en sus cuadros debieron pesar en quienes en España acogieron con entusiasmo su obra.

EL SIMBOLISMO Y LAS INTERPRETACIONES DE LA OBRA DEL BOSCO

Los cuadros del Bosco han sido estudiados, analizados e interpretados desde múltiples enfoques, del artístico y simbólico al religioso y sicoanalítico, con el fin de descubrir las fuentes que generaron una obra tan compleja, fantástica y misteriosa. Dice E.H. Gombrich que El Bosco revolucionó el arte al demostrar que los métodos de la pintura, que habían evolucionado en el sentido de representar la realidad de manera verosímil, podían volverse del revés, ofreciendo un reflejo de las cosas desde una óptica desde la que nadie las había visto jamás.

Debido al carácter misterioso y caótico de las escenas de sus cuadros, la obra del Bosco fue interpretada desde lecturas diversas que llegaron a relacionar a su autor con sectas heréticas y a acusarlo sucesivamente de adamita, cátaro, alquimista, sicópata y hasta consumidor de drogas sicodélicas, atribuyéndole la iniciativa de incorporar en sus cuadros enigmas y acertijos relacionados con sociedades secretas, cuando en realidad su obra está traspasada de una profunda religiosidad. El simbolismo presente en las escenas de los cuados del Bosco está poblado de alegorías que en su tiempo eran modelos universales de interpretación. Su cultura visual era comprendida por una gran parte de sus contemporáneos, aunque dependía del nivel cultural de cada espectador: quienes gozaban de una formación académica y teológica descubrirían más referencias simbólicas en su obra que las personas menos cultas, pero había un repertorio básico ampliamente compartido por todos. Las escenas a medio camino entre el erotismo y el sexo explícito se alejan de lo que pudiera interpretarse como aproximación a la pornografía ya que, aunque el cuerpo humano se muestra desnudo en actitudes amatorias, su forma plana y bidimensional lo despoja de cualquier apariencia de carnalidad e invita a la reflexión sobre los actos obscenos representados.

EL BOSCO EN EL PRADO

Ninguna institución mejor que el Museo del Prado para organizar una exposición en torno a este artista enigmático cuya obra se mantiene sorprendentemente en la vanguardia a pesar de los años transcurridos desde su creación, una obra que influyó en movimientos y artistas posteriores, desde Brueghel y Goya a los surrealistas, y cuya vitalidad imaginativa ha ejercido una gran fascinación a lo largo de la historia. Y nadie mejor que el museo madrileño porque es allí donde se alberga la mejor colección de obras de este artista singular.

“El Bosco. La Exposición del V Centenario” muestra todas las obras que el Museo del Prado tiene, a las que se añaden otras importantes como “Las Tentaciones de San Antonio Abad”, que viene del Museo de Arte Antiga de Lisboa, “La coronación de espinas”, de la National Gallery de Londres, “El nido del búho”, del Boijmans Van Beuningen de Roterdam, “El hombre árbol”, del Museo Albertina de Viena, “San Juan Bautista”, de la Fundación Lázaro Galdiano, “El camino del Calvario”, del monasterio del Escorial. Fue precisamente el impulsor del Escorial, Felipe II, quien se interesó vivamente por El Bosco y adquirió varias de sus obras. Otro rey, Felipe el Hermoso, le había encargado personalmente “El juicio final” en 1504, por el que llegó a pagar 360 florines, una cantidad suficiente entonces para mantener un hogar durante todo un año. Isabel la Católica y Margarita de Austria poseían también cuadros del Bosco.

La exposición llega al Museo del Prado después de algunas polémicas relacionadas con la propiedad de algunas obras (hubo una reclamación de Patrimonio Nacional sobre “El jardín de las delicias” y la “Mesa de los siete pecados capitales”) y la dudosa atribución de otras como  “La extracción de la piedra de la locura” y “Las tentaciones de San Antonio Abad” a artistas del entorno del Bosco, lo que han desmentido rigurosos estudios científicos y documentales de los responsables del Prado.

A falta de una verosímil cronología de las obras de El Bosco (nunca fechaba sus cuadros) incluso tras haberse sometido a procesos de dendrocronología, esta exposición del Museo del Prado se ha organizado en torno a siete secciones a lo largo de un itinerario sinuoso, muy de la estética y la temática del pintor. La que recibe al visitante, “El Bosco y s’-Hertogenbosch”, dedicada a la ciudad donde nació y ejerció su carrera, está centrada en torno a un “Ecce Homo” realizado en el taller del pintor para Peter van Os. Además incluye dos relieves y tres grabados de otros autores. La sección “Infancia y vida pública de Cristo” se organiza en torno a tríptico “Adoración de los Reyes Magos” e incluye obras como los dibujos de “Bodas de Caná”. En la sección “Los santos”, en torno a “La tentaciones de San Antonio”, se sitúan los trípticos de “Santa Wilgefortis” de Venecia, el “Job” del Museo de Brujas o el “San Juan Bautista” del Museo Lázaro Galdiano. “Del Paraíso al Infierno” se organiza teniendo como obra central “El carro de heno”, con obras como “Visiones del más allá” y el dibujo “Barco infernal”. “El jardín de las delicias” es el título de la sección que acoge esta obra emblemática cuya visión se hace más espectacular en el montaje de esta exposición. “El tríptico de la vida”, “El vendedor ambulante” y “La muerte del avaro” se han emplazado en la sección “El mundo y el hombre: Pecados capitales y obras profanas”, cuya obra central es la “Mesa de los pecados capitales”. Por último, si la exposición se iniciaba con  la infancia de Cristo, se cierra con su pasión, en cuya sección se han colocado el “Ecce Homo” de Frankfurt, la “Coronación de espinas”, “Los caminos del Calvario”, “El entierro de Cristo”.

UNA VIDA DEDICADA AL ARTE Y A LA RELIGIÓN

El Bosco gozó en vida de un gran reconocimiento internacional. Giorgio Vasari ya lo incluye en su libro de biografías de artistas, y Ludovico Guicciardini escribió largamente acerca de su obra “fantástica y estrambótica”. Quevedo dijo de él que era un artista poseído por visiones de pesadillas. No está certificada la fecha exacta de su nacimiento, que debió ser entre 1450 y 1455, aunque sí se sabe que era descendiente de una larga saga de artistas que comenzó en su bisabuelo, quién llegó a Hertongenbosch o Bolduque (villa de la que El Bosco tomó su seudónimo) procedente de Aachen (de ahí su apellido) y fundó un taller de pintura continuado por su hijo y por su nieto Anthonius van Aken, padre del Bosco. Se casó con Aleyt Goijaert van den Meervenne y se sabe que el matrimonio gozó de una gran prosperidad económica. Se hizo miembro de la Cofradía de Nuestra Señora, que le encargó la decoración de la iglesia de la villa de Bolduque y le facilitó el contacto con un gran número de mecenas. No se conoce su físico (no existe ningún retrato), aunque se especula con que sea el de alguna de las figuras de sus cuadros. Murió de pleuresía, una enfermedad muy frecuente en esos años, y fue enterrado el 9 de agosto de 1516. Una de las mejores publicaciones recientes sobre su biografía y su obra, con explicaciones minuciosas de todos sus cuadros y análisis rigurosos sobre la simbología del Bosco es la de Nils Büttner, publicada por Alianza Editorial con el título de  “Hieronymus Bosch El Bosco. Visiones y pesadillas”.

 

TÍTULO. “El Bosco. La exposición del V Centenario”

LUGAR. Museo de Prado. Madrid

FECHAS. Hasta el 11 de septiembre

 

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LA DESPEDIDA DE DOS PREMIOS NOBEL

 

Se publican las obras póstumas de Günter Grass e Imre Kertész

Cuenta Günter Grass en “De la finitud” (Alfaguara), el libro con el que se despide de la literatura y de la vida, que cuando su esposa y él advirtieron los primeros avisos de la cercanía de la muerte llamaron a Adomait, su carpintero de siempre, el que hizo las estanterías para los libros y los trabajos de madera de la casa, para encargarle que construyese las dos cajas que iban a servirles de ataúd. Le dieron instrucciones sobre las medidas y la forma, “sin ese estrechamiento hacia los pies”, y también encargaron los materiales, abedul y pino. Cuando se las llevaron a casa las guardaron en el sótano hasta que les llegase la hora, aunque no resistieron la tentación de probarlas, y un día se metieron en ellas para ver si eran todo lo confortables que parecían. Cuando volvieron a guardarlas en su sitio, su mujer le dijo a Grass que lamentaba no haberle hecho una fotografía: “Parecías tan contento…”. Una noche, mientras veían la televisión, unos ladrones entraron en el sótano de la casa y, sin que se dieran cuenta, se llevaron las dos cajas. Günter Grass y su esposa, perplejos, nunca se explicaron para qué las podían querer.

“De la finitud” es un título que explica en sí mismo su contenido. Günter Grass escribe en textos breves, poemas sencillos y dibujos a lápiz, los pensamientos que invaden a una persona que vive los últimos años de su existencia. Lo hace con la sensación de quien se agarra a la última rama antes de precipitarse a un abismo y desde allí lanza una mirada a todo lo que amó en la vida, a su familia, a sus amigos, a los libros, a los sabores (almendras tostadas por Navidad), a las ciudades y a los paisajes que recorrió tantas veces… Lo hace con nostalgia pero también con humor, ese humor característico que el escritor mostró en tantos pasajes de sus obras y que aquí aplica sobre sí mismo, en un autorretrato en el que muestra sin pudor el último diente que le queda. Hay en estas páginas referencias a la actualidad (el drama de los inmigrantes, la guerra de Siria, Grecia, la Mamá Merkel), a los libros que escribió, al sexo (“Adiós a la carne”) y reflexiones sobre la muerte y sobre la vida (“¿es nuestra vida sólo un sueño?”), sobre el origen de la humanidad y el destino, sobre Dios y la religión: “No podía recordar cuándo exactamente empezó a derretirse mi fe de niño como un helado de vainilla”.

“De la finitud” es un largo poema en verso y prosa poética, con ilustraciones de naturalezas muertas, realmente muertas, en el que Günter Grass se va despidiendo de la vida. Es una despedida sin dramatismo ni arrepentimiento, exenta de ajustes de cuentas y de agradecimientos fuera de lugar, escrita “con dolor otoñal”, en el invierno de una vida plena de experiencias. El único agradecimiento es el que dedica a su máquina de escribir Olivetti, a la que llama su amante (“hizo muchos hijos con ella/que son mayores desde hace mucho”), su compañera de tantas horas y de tantos años, hasta en vacaciones, para la que ya no encuentra cintas de repuesto para seguir escribiendo. Un día, ¡sorpresa!, llegó a su casa un paquete lleno de esas cintas para la Olivetti, un paquete que un grupo de estudiantes de un instituto de España le envió después de conocer su dificultad para encontrarlas en el mercado: “calculo que me bastarán hasta el final”.

Un día de verano, a la vuelta de un viaje a Polonia, Günter Grass y su mujer se encontraron en el sótano de su casa con las cajas que un día habían sido robadas y que ahora estaban de vuelta. Había en su interior, reposando sobre un papel de seda, dos ratones muertos “de una delicada belleza”, que Günter Grass dibujó de inmediato. El dibujo es uno de los que ilustran este bello libro, el último regalo de Günter Grass a sus lectores.

LA ÚLTIMA POSADA DE IMRE KERTÉSZ

Recibí la noticia de la muerte de Imre Kertész mientras leía su último libro, “La última posada” (Acantilado). Tal vez por eso no me sorprendió demasiado la noticia, porque estas páginas, de género inclasificable, no son sólo una manifiesta despedida de la vida sino el anuncio de una muerte inminente.

Tuve la oportunidad de conocer a Imre Kertész en 2001, un año antes de que le concedieran el Premio Nobel de Literatura, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, con motivo de la publicación en España de su novela “Sin destino”. Años después, cuando se editó aquí “Liquidación” y volví a entrevistarlo me hizo saber, con asombro y satisfacción por mi parte, que mantenía un agradable recuerdo de aquel nuestro primer encuentro.

Desde que leí “Sin destino”, su gran novela autobiográfica sobre el Holocausto, he buscado las obras de Kertész con verdadero interés. Me conmovió “Kaddish por el hijo no nacido”, me entusiasmó “Fiasco” y leí con verdadera curiosidad sus “Cartas a Eva Haldimann”, su traductora. Ahora llega a las librerías “La última posada”, título que evoca la estación final de una vida siempre en movimiento.

MIRANDO HACIA ATRÁS CON IRA

Extraído de un poema de “Las flores del mal” de Baudelaire, el título de este libro es una especie de ajuste de cuentas con la vida a las puertas de una muerte presentida. Escrito a la manera de un diario, con apuntes tomados a vuelapluma, con la intención, dice el autor,  de “girar el timón rumbo al último puerto”, “La última posada” contiene el texto de esta obra en dos partes (Kertész las llama “Intentos”) flanqueadas por una serie de notas (“Secreto a voces” y “El jardín de las trivialidades”) en las que el autor repasa los últimos años de su vida con una mirada entre crítica e irónica. Es asimismo un trabajo metaliterario en el que Kertész cuenta las dificultades que tiene para escribir “La última posada”, los diferentes enfoques, las versiones distintas, los cambios que introduce en el texto hasta conseguir la perfección buscada. Sus protagonistas son K. y Cynthia, identificados como Arthur Koesler y su esposa (la idea del suicidio panea a lo largo de todo el texto), trasunto a su vez del propio Kertész y de su compañera Magda. Consciente de que va a ser su última obra, quiere que en ella se concentre toda la verdad de su vida y de su literatura.

En “La última posada” Imre Kertész reflexiona sobre la  novela y la literatura a propósito de sus obras y de los autores que le han influido, entre los que destaca a Franz Kafka. Escribe también sobre sus experiencias como escritor bajo una dictadura totalitaria, critica a los regímenes que bajo la apariencia democrática esconden sistemas cuyos únicos valores son el dinero y el poder, y manifiesta, desde su origen judío, sus afinidades y desencuentros con Israel y los judíos europeos.

En “La última posada” Kertész lleva a cabo un ajuste de cuentas con su país, Hungría, tanto durante la dictadura como en los últimos años, en los que denuncia la vigencia de métodos de censura contra los escritores incómodos y cuyo ambiente le recuerda al del año 47, en el que comenzó a imponerse la política estalinista en el país. Las críticas a su obra y a su persona en Hungría, antes y después del Nobel, la incomprensión de su obra por los escritores húngaros, el permanente rechazo a sus opiniones, la incomodidad de verse cuestionado constantemente, lo deciden a vivir largas temporadas en Berlín, la ciudad en la que encontró una nueva patria: “Berlín es para mí la vida y Budapest el destierro”, escribe.

LA VIDA COMO UN VIAJE HACIA LA MUERTE

La concesión del Premio Nobel de Literatura a Imre Kertész en 2002 fue la culminación de una carrera literaria que, al mismo tiempo, supuso para él una prolongada crisis de creatividad. A lo largo de las páginas de “La última posada” son frecuentes las alusiones a las circunstancias que siguieron al premio, la vorágine de su nueva vida de viajes, entrevistas, actos, manifiestos… hasta el punto de desear sinceramente “el retorno a la gris cotidianidad”.  Lamenta constantemente la falta de tiempo y de concentración para escribir, para escuchar música, para leer, para viajar sin obligaciones. Se sorprende haberse convertido en una institución y recuerda con nostalgia “qué bonito era ser escritor”.

Pero, fundamentalmente, “La última posada” es una reflexión sobre la decadencia física y la muerte, un lamento sobre los síntomas de la vejez, que se presentan de golpe, de la noche a la mañana: el insomnio, la impotencia, los dolores de espalda, el parkinson que avanza cada vez más rápido, la vida que se escapa de las manos…. Kertész narra con lúcida consciencia el viaje hacia una muerte inexorable que presiente cada vez más cerca y para la que dice estar preparado.