POLÉMICA RETAGUARDIA

 

Realidad y ficción en el Madrid sitiado por el ejército de Franco

En circunstancias normales la vida transcurre en un devenir más o menos monótono, con las alteraciones comunes que la existencia depara a cada cual. Sólo cuando interfiere una circunstancia extraordinaria las personas pueden protagonizar episodios que ni ellas mismas hubiesen imaginado. Ocurrió durante la guerra civil española, en esas circunstancias en las que todas las normas morales están abolidas. Gentes anónimas, dedicadas a desempeñar sus cargos, trabajar en sus profesiones o seguir sus estudios, de pronto se ven arrastradas por la vorágine de no importa cuál bandería, que las colocan en situaciones que a veces hacen emerger lo mejor de sí mismas y otras sus instintos más negativos. Durante esta guerra, en la ciudad de Madrid, una serie de personajes de orígenes diversos convirtieron sus vidas, a veces al servicio de una causa y otras por intereses personales, en relatos verdaderamente novelescos. El escritor Fernando Castillo ha escrito sobre algunos de estos personajes en “La extraña retaguardia” (Fórcola), un largo y documentado ensayo de lectura apasionante. Por sus páginas desfilan delincuentes convertidos en agentes dobles, como Alfonso López de Letona; linotipistas mudados en chequistas sanguinarios, como Agapito García Atadell; técnicos de sonido como Alberto Castilla Olavarría, reconvertido en confidente del contraespionaje republicano y responsable de la desarticulación del POUM y del asesinato de Andreu Nin; intelectuales como Segundo Serrano Poncela, implacable represor de quintacolumnistas, a quien se imputa, con Santiago Carrillo, la responsabilidad de los fusilamientos de Paracuellos; pistoleros como Elviro Ferret, agente de policía detenido en la frontera con Francia cuando huía con un botín de dinero y joyas, que consiguió ocultarse durante la posguerra bajo el nombre de un comerciante de La Coruña; Ángel Pedrero, compañero de Atadell, que aprovechó su cargo como responsable del Servicio de Inteligencia para acumular una importante cantidad de joyas y divisas para una frustrada huida de España. También estaban quienes mantuvieron fidelidad a la República y a sus principios hasta el final, como el pintor Lorenzo Aguirre, jefe superior de la policía, que siguió al Gobierno en su traslado a Valencia y Barcelona y consiguió instalarse en Francia después de la guerra, aunque la ocupación nazi en este país lo obligara a regresar a España, donde fue detenido y fusilado en 1942. Al lado de estos hombres estuvieron también algunas mujeres de vida novelesca, como la periodista Cándida del Castillo, madre del novelista Michel del Castillo, periodista de ABC y Unión Radio, casada con un brigadista y amante de algunos de los personajes incluidos en este libro, que trabajó para el contraespionaje bajo los nombres de Isabel y La Quinientos. O la socialista Regina García, también periodista, que desempeñó importantes puestos en el entramado republicano mientras mantenía contactos con la Quinta columna y la Falange clandestina y que tras la guerra publicó unas memorias exculpatorias con el título de “Yo he sido marxista”.
El libro de Fernando Castillo rescata del olvido o recupera para la memoria histórica nombres que protagonizaron algunos episodios poco conocidos pero que en su momento influyeron con más o menos trascendencia en la vida del Madrid sitiado por las tropas franquistas. Castillo ha investigado la amplia picaresca que se instaló durante aquellos años en Madrid. Un Madrid de chequistas y quintacolumnistas en el que se movían sin orden y al margen de toda ley personas que aprovecharon la guerra unas veces para enriquecerse y otras para alcanzar algún poder que pudiera proporcionarles privilegios o deshacerse de incómodos enemigos.
“La extraña retaguardia” es al mismo tiempo la crónica de la guerra en la ciudad de Madrid, desde los sucesos de la víspera del alzamiento hasta la entrada de los franquistas y la represión durante los primeros años de la posguerra. Los sufrimientos y las miserias de una población sometida al hambre y a los bombardeos conviven con los ambientes de las cafeterías, las tabernas y los restaurantes donde se discutía la marcha de la guerra en tertulias apasionadas, y con los cines, las salas de fiesta y los locales de prostitutas, que siguieron funcionando casi hasta el final. Un Madrid amordazado por el terror, con detenciones arbitrarias, desapariciones y ejecuciones sumarias provocadas unas veces por falangistas y quintacolumnistas y otras por sus perseguidores, en medio de un ambiente de caos y desorden. Un miedo agigantado por las noticias sobre el avance de las tropas de África y la represión a sangre y fuego impuesta a su paso por los rebeldes mientras en la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo los milicianos hacían frente heroicamente a los ataques permanentes del ejército de Franco.
Los enfrentamientos entre comunistas y anarquistas, la gestación y desarrollo del golpe del general Casado, la desesperación de los republicanos concentrados en el puerto de Alicante para embarcar hacia el exilio… son otros tantos episodios tratados con detalle en este libro de lectura recomendable.
EL ASEDIO EN LA FICCIÓN
A lo largo de “La extraña retaguardia” Fernando Castillo rescata algunos títulos de la literatura de posguerra que recrearon lo que pasaba en el Madrid sitiado, novelas en las que se identifican, a veces con nombres ficticios y otras verdaderos, algunos de los personajes que protagonizan las historias que se cuentan en su libro. Una de las novelas a las que alude con frecuencia es “Checas de Madrid”, del escritor falangista Tomás Borrás (1891-1976), que acaba de ser reeditada por Guillermo Escolar en una edición crítica de Álvaro López Fernández y Emilio Peral Vega. Pensar que esta literatura acentuadamente maniquea ha sido la que ha marcado la orientación ideológica de los lectores españoles de ficción durante varias décadas de la posguerra, obliga a esta lectura crítica desde nuevos presupuestos, como hacen los autores del prólogo y de las notas a pie de página. Tomás Borrás exagera y caricaturiza con rencor uno de los episodios más vergonzantes de la República, el de las checas que proliferaron en Madrid durante el asedio y en cuyo seno se cometieron algunas de las mayores atrocidades que historiadores como Antony Beevor y Julius Ruiz han calificado de terror rojo. Es sin embargo recomendable su lectura para tener conciencia de lo que pueden hacer en situaciones de desorden, caos y desgobierno quienes aprovechan la autoridad y el poder para la venganza y el enriquecimiento fraudulento. Dice Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”, su gran ensayo sobre la literatura de la guerra civil, que muchos pasajes de “Checas de Madrid” estremecen por demasiado verdaderos.
Narrado en un estilo heredero del romanticismo y a veces influido por la prosa de Valle-Inclán, la novela “Checas de Madrid” está concebida como si se tratase de un montaje cinematográfico (no se olvide la relación de Borrás con la industria de cine y sus cargos en el Sindicato Nacional del Espectáculo, desde donde impuso la obligación, copiada de una ley de Mussolini, de doblar las películas extranjeras), con diálogos que recogen de manera burlesca el habla popular revolucionaria y donde lo grotesco protagoniza las actividades de los chequistas madrileños. Junto a escenas de ficción, Tomás Borrás recrea otras tomadas de la realidad, como la manifestación que enarbola la cabeza del general López Ochoa clavada en una pértiga tras su fusilamiento, el tiroteo del beaterio de la iglesia de San Ginés, la aniquilación del POUM y el enfrentamiento entre anarquistas y comunistas… y la amplia rumorología extendida por unos y otros en la ciudad de Madrid: caramelos envenenados, moros que se alimentan de carne de niños, legionarios violadores, curas carlistas con sacos llenos de cabezas de republicanos…
La que se ofrece en esta edición crítica es la primera versión de “Checas de Madrid”, la de 1939, pero al final se incluyen los párrafos y los añadidos de la versión posterior de 1940 y la definitiva de 1963, que reorientan el sentido de la original.

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CIUDADES DE ÓPERA

 

Una exposición muestra objetos relacionados con el panorama operístico de cuatro siglos a través de ocho ciudades y otros tantos compositores europeos

La exposición recorre la historia de la ópera en ocho de las grandes ciudades en las que el género experimentó un desarrollo de gran esplendor en los últimos 400 años. Y para cada una de esas ciudades se ha elegido un autor y una obra representativa. Lo novedoso de esta exposición es que, además de poder contemplar los objetos y las obras de arte relacionadas con cada una de las ciudades, los títulos y los autores, en las salas se pueden escuchar las óperas a las que están dedicados los montajes a través de unos auriculares que el visitante se coloca desde el inicio del recorrido. De este modo, las partituras, los instrumentos, las prendas del vestuario, las fotografías, los libretos, los dibujos y los cuadros se acompañan por la banda sonora de las obras a las que se dedica la exposición (uno de los objetos más sobresalientes es un piano que Mozart tocó durante una visita a Praga). Este hilo conductor sirve también para recorrer la vida de los últimos cuatro siglos en esas ciudades europeas.
El objetivo de la muestra es descubrir al espectador los factores sociales, políticos, culturales y económicos que han influido en el desarrollo de la ópera. Para ello se utilizan las perspectivas emocional y pasional de las obras, así como la perspectiva social y los aspectos relacionados con los argumentos de cada una de las obras.
DE VENECIA AL MUNDO
Para atraer al público a las iglesias, la ópera llegó a Roma por voluntad del Papa Urbano VIII, para que compitiese con los teatros y otras representaciones escénicas, aunque en aquellas primeras óperas sólo intervenían actores hombres, entre ellos niños y castrati, y sus argumentos eran edificantes. Muy pronto se instaló en otras grandes urbes, entre ellas Venecia, una ciudad que se recuperaba de la peste que había diezmado su población en 1630. Culturalmente seguía manteniendo una envidiable actividad gracias a los artistas y librepensadores que se habían refugiado en sus calles. Sus carnavales se hicieron famosos por las variadas ofertas de entretenimiento que se ofrecían a sus visitantes y la ópera se manifestó entonces como una preferencia destacada. La obra elegida para esta exposición es “L’incoronazione di Poppea” de Monteverdi, estrenada durante el carnaval de la ciudad de 1642. Representa la transición de la ópera como entretenimiento privado de la corte al ámbito público. Su argumento se basa en un hecho real, las relaciones entre Nerón y Popea, en lugar de en un tema religioso o mitológico, como era tradicional.
Muy pronto, desde Italia, la ópera comenzó a extenderse por toda Europa. En Londres cobró un gran impulso gracias a Jorge I y la Royal Academic of Music y en 1711 se estrenó con éxito “Rinaldo” de Friedrich Händel, con decorados barrocos e incorporando a los escenarios elementos como agua, fuego y aves reales. Fue durante el reinado de Ana Estuardo, cuando la ciudad atravesaba un periodo prosperidad y estabilidad política tras una época de tensiones y guerras civiles. “Rinaldo” fue la primera ópera que se cantó íntegramente en italiano en la ciudad de Londres, con cantantes estrella y castrati, aunque la crítica advertía del peligro de la competencia que suponía el género para el teatro británico.
En Viena, otra de las grandes sedes de la ópera, los grandes compositores (Bach, Telemann, Vivaldi) eran artesanos a sueldo que componían y actuaban a requerimiento de los señores e iban de un trabajo a otro, de una corte a otra, de una iglesia a un teatro. El emperador José II promocionó la música y participó personalmente en la gestión y el funcionamiento de la ópera de Viena. En 1786 la ciudad se convirtió en el centro neurálgico de la cultura de la Ilustración, cuya representación operística fundamental fue la ópera de Mozart y del libretista Lorenzo Da Ponte “Le nozze de Figaro”, sobre una obra de Beaumarchais. Se representó con personajes de la vida cotidiana y con los cantantes luciendo trajes contemporáneos. Esta ópera de Mozart fue la primera en representar personajes de diferentes clases sociales, dando protagonismo a los sirvientes como reflejo del nuevo pensamiento ilustrado.
De vuelta a Italia, el Milán del Risorgimento que llevó a la unificación del país está representado por el “Nabucco” de Verdi, que se estrenó en la ciudad en 1842. Su “Coro de los esclavos hebreos” (Va, pensiero) fue durante años un himno no oficial para Italia. Milán era entonces la ciudad que acogía los ideales de rebeldía contra el dominio austriaco y los palcos de la Scala eran centros de reunión y de encuentros políticos subversivos. Inspirada en el relato bíblico de Nabucodonosor, Verdi utilizó su composición operística para introducir la política, la religión, la guerra y para reivindicar una identidad nacional.
París era una ciudad en transformación en la década de 1860, con la remodelación urbanística iniciada por el barón Haussmann a instancias de Napoleón III. Capital internacional de la cultura, la ópera se instaló aquí con una gran fuerza y tuvo un importante papel en el desarrollo de las artes y las letras. En 1861 se estrenó en París el “Tannhäuser” de Richard Wagner, revisada personalmente por el autor, que la adaptó para el estreno en esta ciudad. “Tannhäuser” fue concebida como una obra de arte total, que sintetiza la música, el teatro, la danza y el espectáculo. El estreno de esta ópera no estuvo exento de escándalo, sobre todo por transgredir las normas de protocolo de la ópera tradicional y pretender crear un nuevo lenguaje musical.
La Barcelona modernista fue posiblemente la ciudad española en la que la ópera tuvo una mejor acogida. Sus calles eran escenario de un bullicioso ambiente artístico en el que se mezclaban la pintura de Rusiñol y Casas con la música de Erik Satie. En 1896 se estrenó en la ciudad “Pepita Jiménez” de Isaac Albéniz, una ópera con repercusión internacional que poco después viajó a Praga y a otras ciudades europeas.
La ciudad alemana de Dresde es otro de los escenarios que recorre esta exposición. En esta ciudad, que atravesaba una era de prosperidad económica e industrial, se estrenó en 1905 la ópera “Salomé” de Richard Strauss, que provocó un sonoro escándalo al ser calificada de indecente por apostar por el feminismo y la emancipación de la mujer. Calificada como “ópera psicosexual”, las ideas provocativas de la antiheroína de “Salomé”, que habían sido rechazadas en Berlín y Viena, encontraron una gran acogida en el ambiente progresista que se vivía en Dresde.
En Leningrado, en la Rusia soviética, se estrenó en 1934 la ópera “Lady Macbeth del distrito de Mtsenk”, de Dmitri Shostakovich, que provocó también un sonado escándalo, en esta ocasión al ser descalificada por el propio Stalin. La protagonista de la ópera, un ama de casa burguesa, no encajaba en el ideal estalinista de la mujer soviética y la obra fue censurada. La prohibición en todo el territorio soviético causó graves problemas a su autor, que no volvió a componer ninguna otra ópera.
La exposición se despide con una sala en la que se muestran objetos e imágenes de estrenos de óperas de los siglos XX y XXI que se desplazaron de Europa a todo el mundo. Obras contemporáneas como “Peter Grimes” de Benjamn Britten, “Eisntein on the beach” de Philip Glass o “Mittwoch aus Licht” de Karlheinz Stockhausen sirven de hilo conductor a este epílogo.

TÍTULO. Opera. Pasión, poder y política
LUGAR. CaixaForum. Madrid
FECHAS. Hasta el 11 de agosto

EL RENACIMIENTO DE FRA ANGELICO

 

El Museo del Prado acoge una gran exposición en torno a la obra de Fra Angelico

Hace unas semanas el Museo del Prado presentaba públicamente el cuadro “La Anunciación”, de Fra Angelico (Florencia c. 1395-Roma, 1455), después de una profunda restauración que ocupó más de un año (sobre este trabajo y sobre el proceso creativo del artista puede verse un documental en una sala de esta exposición). Alrededor de esta obra y otra del mismo autor, la pintura al temple “La Virgen de la granada”, adquirida por el Prado en 2016 a la Casa de Alba, gira una gran exposición que va a permanecer abierta hasta el 15 de septiembre. El título de la muestra es “Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia” porque además se pueden ver obras de pintores como Masaccio, Filippo Lippi, Ambrogio di Baldese, Gentile da Fabriano o Masolino, y de escultores como Donatello o Ghiberti, realizadas entre 1420 y 1430. También de artistas españoles como Pedro Berruguete
La Anunciación de Fra Angelico llegó a España en 1611. Había sido realizada para el Evangelio del altar de San Domenico de Fiesole, un espacio que dividía la zona de los fieles de la que ocupaban los frailes, y el pintor situó la escena en medio de una arquitectura florentina contemporánea, con plantas que recuerdan a los jardines medievales y la inclusión de las efigies de Adán y Eva que simbolizan a María como redentora del pecado original. La Anunciación fue el primer altar florentino que utilizó la perspectiva para organizar el espacio, manejando la luz de una manera inédita. Una obra entonces rupturista que señaló un nuevo camino al arte occidental.
PINTOR DE ESPIRITUALIDAD RELIGIOSA
Florencia era una de las grandes capitales del arte cuando un joven Guido di Pietro, que años más tarde adoptaría el nombre de Fra Giovanni de Fiesole (el apodo de Fra Angelico se lo puso después de su muerte su primer biógrafo por el carácter religioso de sus pinturas), llegó allí con uno de sus hermanos alrededor de 1408 para formarse ambos como pintores en el taller del benedictino Lorenzo Monaco, representante de las últimas manifestaciones del arte gótico, algunas de cuyas obras figuran también en esta exposición. La fama de la ciudad era conocida en toda Europa gracias a los grandes proyectos arquitectónicos y escultóricos de Brunelleschi y Donatello inspirados en la cultura de la antigüedad. El primero trabajaba entonces en la cúpula de la catedral, en el Hospital de los Innocenti y en la iglesia de San Lorenzo, mientras Donatello producía aquellos años los relieves de terracota destinados a residencias privadas.
Su relación con el monje Lorenzo Monaco hizo que Fra Angelico tomase los hábitos para ingresar en el convento de San Domenico de Fiesole, donde continuó su carrera fundando un taller que proveía de pinturas a iglesias y mecenas. Precisamente para este convento pintó a mediados de la década de 1920 la famosa Anunciación que preside esta exposición.
Entre 1432 y 1436 trabajó en un tríptico cuya tabla central muestra, entronizados, a la Virgen con el niño, una obra que marcó un punto de inflexión en su estilo. El tríptico suscitó el interés de los mecenas Palla Strozzi y Cosme de Médicis, que le encargaron la decoración del convento de San Marcos, cuyo prior Antonio Pierozzi fue nombrado papa con el nombre de Eugenio IV en 1446. Con él se trasladó Fra Angelico a Roma para pintar en el Vaticano durante cuatro años una obra de la que apenas se conserva un ciclo de frescos sobre las vidas de San Esteban y San Lorenzo. En 1450 regresó a Florencia para hacerse cargo del priorato de Santo Domingo en Fiesole. Su último trabajo fue la decoración del claustro de Santa María sobre Minerva, hoy desaparecida.
UN ITINERARIO CRONOLÓGICO
En el inicio del recorrido de esta muestra, un capitel corintio de 600 kilos de la antigua iglesia de San Lorenzo de Florencia, cuya autoría es de Brunelleschi, recibe a los visitantes y da paso a algunas de las primeras obras de Fra Angelico, a las que sigue una segunda estancia con obras como “Virgen con el niño” y la genial “Historias de los padres del desierto”. En la siguiente sala se recogen algunas de las obras que realizó tras su ingreso en el convento de Fiésole, influidas por la obra de Gentile de Fabriano, entonces el más famoso pintor de Italia. La riqueza de la Florencia de estos primeros años del Renacimiento influyó en la elaboración de terciopelos con hilos de oro y plata que Angelico y Masolino recogieron en sus obras mientras, como muestra también del florecimiento económico de la ciudad, los escultores utilizaban el color en relieves policromados.
En la sala que alberga “La Anunciación” se muestran también obras de algunos coetáneos de Fra Angelico como el “San Pablo” de Masaccio y otra Anunciación, esta de Robert Campin. Las procesiones, ritos y representaciones religiosas de la época fueron registradas por los artistas del Renacimiento en obras que escenifican en teatralizaciones actos como la Coronación de la Virgen y la Crucifixión.
Otra de las salas de la exposición se reserva a las obras de Fra Angelico que narran historias religiosas. A esta etapa pertenece también el tapiz que procede de la catedral de Zaragoza que el artista diseñó para el papa Nicolás V, adquirido en Roma por un clérigo español y trasladado posteriormente a la ciudad del Ebro.

REFLEXIONES SOBRE LA MERCANTILIZACIÓN DE LA CULTURA

La palabra y la poesía son los ejes de la exposición retrospectiva de Rogelio López Cuenca en el Reina Sofía

Francisco R. Pastoriza
Uno entra en esta exposición de Rogelio López Cuenca en el Museo Reina Sofía de Madrid como si penetrara de pronto en un mundo en el que al mismo tiempo está la realidad y la irrealidad del mundo que acaba de abandonar y al que habrá de volver finalizado el recorrido por las nueve salas que albergan otros tantos montajes e instalaciones de este artista nacido en Nerja en 1959.
La palabra ha sido desde siempre para López Cuenca uno de los materiales con los que ha trabajado tanto en su obra plástica y visual como en su poesía, y a esa palabra está dedicada esta exposición antológica. De ahí el título de “Yendo leyendo, dando lugar”. Es esta una muestra que se fundamenta en la reivindicación de la palabra tanto desde la escritura como desde la lectura, y en la que se da protagonismo no sólo al autor de textos literarios, ensayísticos o poéticos, sino también a sus receptores e intérpretes: la lectura también como un acto esencialmente creativo. Para ello el artista utiliza elementos multimedia (pinturas, videos, carteles, fotografías, recortes de prensa) a los que convierte en protagonistas de un mensaje crítico con las industrias de la comunicación y el turismo, aquellas que convierten en objetos de consumo los elementos del arte y el lenguaje, como en esa especie de pabellón de hombres ilustres de una de las salas donde se muestra cómo las vanguardias, en este caso del socialismo soviético, son asimiladas y transformadas en iconos consumibles por la sociedad capitalista. Paralelamente se abordan cuestiones como la inmigración, la memoria histórica, el colonialismo y la especulación urbanística.
EXPOSICIONES, MONTAJES, INSTALACIONES
El recorrido por la exposición se inicia en una sala en la que se agrupan trabajos hechos por López Cuenca en colaboración con otros artistas en la década de los ochenta, en los que se han utilizado lenguajes vanguardistas, como el collage, las grafías y las sonoridades para dar una nueva dimensión a los contenidos del libro a través de la poesía, la escritura y las artes visuales multimedia; se trata de una invitación a transgredir los límites de todos esos lenguajes. En el mural “Que surja” se deconstruye un poema de Vicente Huidobro utilizado en una valla publicitaria de la Conmemoración en 1992 del Centenario del Descubrimiento de América.
Para la recuperación crítica de la memoria histórica López Cuenca se remite al episodio de la matanza de miles de personas que huían de Málaga a Almería por la carretera N-340 en la madrugada del 7 al 8 de febrero de 1937 en la guerra civil española, ametrallados desde aviones en vuelo rasante y desde cruceros cercanos a la costa . Utiliza la ironía a través de la errata periodística, falseando imágenes y pies de foto y mostrando cómo una viñeta humorística se utiliza como arma para deshumanizar al enemigo. Se trata de dar publicidad a un pasaje de la guerra civil silenciado durante muchos años y apenas conocido por las generaciones posteriores.
La instalación tal vez más espectacular es la que recoge el proceso de transformación de las ciudades en marcas publicitarias a través de la mercantilización de iconos. Málaga es el paradigma elegido por López Cuenca, con el ejemplo de cómo la figura de Pablo Picasso, por el hecho de haber nacido en la ciudad por la que casi nunca mostró mucho interés dicho sea de paso, ha dado lugar a la apropiación de su nombre por una omnipresente industria turística y especulativa en una doble dirección: la picassización de la ciudad y la malagueñización del artista. La figura de Picasso y su utilización como reclamo comercial se muestran junto a los productos típicos de una tienda de souvenirs, entre los que se hace difícil distinguir los reales de los inventados por el artista.
Medios de comunicación de masas, publicidad, propaganda política, carteles, mapas, banderas, logotipos, eslóganes, señales de tráfico… constituyen los elementos de otra de las salas de esta exposición en las que el artista utiliza la ironía y el humor para cuestionar los valores del mundo del arte asentados en las convenciones del sistema (la obra maestra, el artista genial) y convertidos por el neoliberalismo en marcas icónicas que generan pingües beneficios económicos. Una crítica al proceso neoliberal de la monetariación del arte.
La exposición se cierra con “Las islas”, una instalación multimedia creada expresamente para esta muestra, donde unos maniquíes masculinos vestidos con camisas hawaianas en un entorno de territorios vírgenes representan el ocio y el relax turísticos al mismo tiempo que el colonialismo de sus antepasados en estos mismos territorios. Una original denuncia de la perpetuación del colonialismo a través de la industria turística.

TÍTULO. Yendo leyendo, dando lugar
LUGAR. Museo de Arte Reina Sofía. Madrid
FECHAS. Hasta el 26 de agosto

LA INTIMIDAD DE LOS MONARCAS EN EL MUSEO DEL PRADO

 

El Museo del Prado reconstruye el Gabinete privado de la familia real en el XIX y el espacio adyacente utilizado como cuarto de aseo

Desde 1828 la familia real dedicó la sala 39 del edificio Villanueva, sede del Museo del Prado, a colgar una colección de pinturas para el exclusivo goce de los monarcas y sus familiares y allegados. Este espacio era conocido como el Gabinete de Descanso de Sus Majestades y se mantuvo hasta 1865, cuando Federico de Madrazo, responsable entonces del museo, decidió abrir el espacio al público. Otra sala adyacente alojaba el cuarto de aseo e higiene personal de la familia real. Como una más de las muchas actividades conmemorativas de los 200 años de la historia del Prado, los responsables de la pinacoteca han decidido reconstruir de forma fidedigna estos espacios con su disposición original, tal como fueron en el pasado, con los mismos cuadros cubriendo por completo las paredes en varias alturas y los mismos elementos instalados en ambas estancias, con el fin de evocar cómo era el museo en aquellos años, una institución que nació en 1819 vinculada a la Corona. La exposición recoge 44 pinturas (de las 54 originales, según el inventario de 1834) y muebles tan insólitos como el retrete original de Fernando VII, realizado por Ángel Maeso González en 1830 con maderas de caoba y palosanto sobre una armadura de pino, y decorado con terciopelo y ornamentos de molduras y bronce dorado, que ha vuelto a ser instalado en su emplazamiento original. También orinales (uno para hombres otro para mujeres) de la Real Fábrica de la Moncloa, y un estuche de aseo con todos sus elementos. Los cuadros que cuelgan de las paredes del Gabinete son en su mayoría retratos de miembros de la familia real, bodegones, paisajes y escenas de acontecimientos históricos como la “Jura de Fernando VII como Príncipe de Asturias”, de Luis Paret y Alcázar. Originalmente, en el Gabinete estaba también “La familia de Carlos IV”, de Goya, que no se incluye en esta muestra por ser un cuadro emblemático del Prado. El Gabinete se ubica en la segunda planta del edificio, frente al Jardín Botánico, al que se abría a través de una balconada con tres ventanas. Era uno de los tres espacios del museo dedicados en exclusiva a la familia real (los otros dos eran la Sala de Contemporáneos y la Sala Reservada, aunque a éstas sí accedían con frecuencia artistas y viajeros para contemplar algunos de los mejores desnudos artísticos que albergaba).
La visita a esta exposición se completa con recorridos virtuales que se pueden hacer en la misma sala. Además, la web del museo dispone de una experiencia inmersiva de realidad virtual en estos espacios.

TÍTULO. El Gabinete de Descanso de Sus Majestades
LUGAR. Museo del Prado
FECHAS. Hasta el 24 de Noviembre

PERIODISMO CULTURAL

TEORÍA Y PRÁCTICA DEL PERIODISMO CUTURAL
De todas las modalidades del periodismo tal vez la más olvidada en el mundo editorial sea la que se ocupa del Periodismo Cultural. Apenas algunos títulos ya clásicos como el de Jorge Rivera (“El Periodismo cultural”) y el de Ivan Tubau (“Teoría y práctica del Periodismo Cultural”), ambos publicados ya el pasado siglo, y algún capítulo en los manuales universitarios de Periodismo Especializado. Y poco más (entre ese poco, mis humildes aportaciones “Periodismo cultural”, publicado en 2006 por la Editorial Síntesis, y “Cultura y televisión”, Gedisa 2003). Y eso a pesar de que los medios de comunicación vienen ocupándose cada vez más de la información relacionada con la cultura. Por eso hay que celebrar la aparición de un nuevo título, “Periodismo cultural en el siglo XXI (I). Contenidos docentes innovadores”, publicado por la Editorial Universitaria, posiblemente el más completo estudio sobre cómo se informa sobre la cultura en todos los medios de comunicación, de la prensa a internet. Un proyecto, además, que pretende tener continuidad con la publicación al menos de un segundo volumen. El libro está coordinado por las profesoras Montserrat Jurado Martín y Beatriz Peña Acuña y he tenido el privilegio de contribuir a este trabajo escribiendo la introducción y uno de los capítulos, el dedicado a ‘Los géneros informativos en el nuevo Periodismo Cultural’. En este volumen han colaborado profesores de varias universidades españolas y extranjeras. Aquí están recogidos trabajos de Xosé López y Ana Isabel Rodríguez, de la Universidad de Santiago de Compostela; de Gloria Gómez-Escalonilla, Carlos H. Lozano Ascencio, Janet Acosta y Alexandra María Sandulescu, de la Rey Juan Carlos; de Rosa María Arráez y Elvira Jensen de la Universidad Europea Miguel de Cervantes; de María Monjas, de la Universidad de Valladolid o Begoña Ibars, de la Universidad Miguel Hernández. Entre los centros extranjeros que han colaborado figuran profesores de las Universidades de Viena, de la brasileña de Sao Paulo y de la finlandesa de Tempere. Los asuntos tratados por los profesores colaboradores abarcan una amplia gama temática que estudia cómo se informa en los medios de comunicación sobre cine, literatura, poesía, música, gastronomía, etc., así como su tratamiento en los nuevos medios digitales y la participación de las audiencias en los contenidos informativos. El libro incluye ejercicios temáticos en cada uno de los capítulos.
LA CULTURA DEL PERIODISMO CULTURAL
Para hacernos una idea más aproximada de lo que es el Periodismo cultural es conveniente una aproximación a lo que se entiende por cultura en este campo informativo, porque el de cultura es un término que admite muchas interpretaciones y difiere cuando se aplica a diferentes momentos históricos.
Además del concepto antropológico, que abarca a todas las actividades que realizan los seres humanos, otro concepto de lo que es cultura es deudor de la experiencia. Es al que se refería Ortega y Gassett cuando, después de haber llevado a cabo en un trabajo de campo decenas de entrevistas a campesinos de las zonas más deprimidas del medio rural español, en los años 30 del siglo XX, comentó a uno de sus interlocutores: “¡Que cultos son estos analfabetos!”. Se refería a los amplios conocimientos de aquellas gentes en la flora y la fauna, la siembra y la cosecha, la meteorología, y en general en los aspectos relacionados con el conocimiento de la naturaleza. De este concepto de cultura no se ocupa el Periodismo cultural. El filósofo Jurgen Habermas define la cultura como “el caudal de saberes que adquieren las personas para tener un mejor conocimiento del mundo”. En la actualidad los medios de comunicación serían mediadores culturales, cauces para hacer llegar esos saberes a los ciudadanos. Pero tampoco este concepto de cultura es aplicable estrictamente al Periodismo cultural.
La idea más extendida de cultura es aquella que la define como fruto de la formación académica y de la ilustración, autodidacta o no. Y es esa la cultura de la que se ocupa preferentemente el Periodismo cultural, que trata de canalizar la información que se genera en torno al mundo de esa cultura, darle un tratamiento homogéneo como especialidad diferenciada y difundir esa información para que llegue a los consumidores habituales de otro tipo de noticias. Para ello se establecen unas pautas de producción diferenciadas y se utilizan mecanismos narrativos propios.
El Periodismo cultural se ocupa de todas las manifestaciones de esa clasificación que la divide en cultura de élite, cultura de masas y cultura popular, una clasificación que, aunque útil desde el punto de vista operativo profesional, resulta un tanto artificial. Porque, en mi opinión, una sinfonía como el “Concierto para clarinete y orquesta” de Mozart transmite para sus receptores la misma o parecida emoción que un disco de Billie Holiday o el “Sgt. Peppers” de los Beatles. Por otra parte, es sabido que algunas producciones que hoy se califican de alta cultura, como los dramas de Shakespeare y las comedias de Lope de Vega, fueron creadas para el consumo masivo; que Dostoievski y Víctor Hugo escribieron sus grandes obras en formatos por entregas para que llegasen a todos los públicos, o que la ópera, el paradigma por excelencia de la cultura de élite, nació como espectáculo popular. Y, por otra parte, el paradigma de la cultura de masas, el cine, fue en sus orígenes concebido para la aristocracia y la alta burguesía de la época, a juzgar por los elevados precios de las entradas a las primeras proyecciones de los Hermanos Lumière y a que su vitrina social en París se instalase en un bulevar céntrico de la capital (y en Madrid en el elegante Hotel Rusia, a donde acudió la familia real para ver el nuevo espectáculo).
En la actualidad la información cultural está firmemente asentada como una especialización más de los contenidos de los medios de comunicación y ocupa un espacio cada vez más importante, unas veces por una verdadera preocupación del medio por la cultura, otras porque la información cultural prestigia a sus soportes y es rentable para la consideración social de éstos. En ocasiones también por los intereses comerciales a los que el medio está vinculado: en muchos casos se da una mezcla de todas estas consideraciones.

LA MIRADA DE CLARICE LISPECTOR

 

Se publican todos los cuentos de la escritora brasileña

Desde hace algunos años la editorial Siruela viene haciendo una labor excelente divulgando en España la obra de Clarice Lispector, una autora muy poco conocida aquí a pesar de ser posiblemente la mejor escritora brasileña del siglo XX. Además de sus novelas, que viene editando regularmente (en estas páginas hemos reseñado “La pasión según G.H.”), en 2013 Siruela publicó un volumen con los “Cuentos reunidos” de la escritora. Ahora, para completar aquella entrega, la misma editorial publica un extenso volumen que reúne “Todos los cuentos” (un total de 84, algunos encontrados tras su muerte), añadiendo diez relatos de la primera etapa de la autora ausentes en aquella edición, escritos cuando aún era una estudiante de Derecho en Rio de Janeiro.
No es fácil la literatura de Clarice Lispector, una narradora que intenta penetrar en los sentimientos más íntimos de las mujeres, ya sean amas de casa, misioneras o prostitutas, jóvenes o viejas, insertas en el tedio y la monotonía de una vida familiar y urbana, dominadas por la autoridad patriarcal de los maridos (“desconfiad de una mujer que sueña”, dice un marido en el cuento titulado “Fondo de cajón”), ahogadas por una atmósfera opresiva, incomunicadas, enfrentadas a las adversidades de la sociedad y a las costumbres que las obligan a renunciar a ser ellas mismas. Lispector reflexiona sobre la situación: “Allí está el mar, la más ininteligible de las existencias humanas. Y aquí está, de pie en la playa, la mujer, el más ininteligible de los seres vivos”, dice la escritora en el relato “Las aguas del mundo”.
Partiendo de anécdotas de la vida cotidiana, muchas de sus narraciones recogen las experiencias de la propia Clarice Lispector, la mujer joven y bella que se casó, que tuvo hijos, que fue envejeciendo y que se enfrentó a la enfermedad y a la muerte.
Los cuentos de Clarice Lispector son como una extensión de sus novelas porque en ellos predominan las mismas preocupaciones, la misma angustia existencial, los mismos problemas que asedian a las mujeres de sus novelas, que se preguntan constantemente sobre su condición y sobre su papel en la sociedad en la que les ha tocado vivir. Relaciones de pareja monótonas que desembocan en crisis insuperables y en abandonos; soledad en entornos agresivos dominados por el hombre; angustia, pobreza, incierto futuro… En muchos de estos cuentos de Clarice Lispector la mujer va poco a poco tomando conciencia de su situación de opresión social, pero sus oportunidades de evadirse tropiezan siempre con barreras estructurales insuperables y de ahí que el desenlace sea muchas veces el desequilibrio sicológico, la muerte buscada o el suicidio. Excepcionalmente el suicida puede ser también un hombre, como en “Historia interrumpida”, y otras veces los dos miembros de la pareja, asediados por el tedio y la monotonía, como en “Los obedientes”, una narración en la que se cuenta cómo un matrimonio que había decidido en adelante vivir intensamente, termina suicidándose. “El sufrimiento es el privilegio de los que sienten”, dice en “Brasilia”, uno de los relatos, que no es en realidad un cuento sino dos miradas poéticas sobre la capital del país desde dos momentos separados entre sí por 12 años. Por cierto, hay que decir que aunque el título sea el de “Cuentos”, algunas de estas narraciones no son tales, al menos en el sentido clásico del término, sino reflexiones, soliloquios, recuerdos, fulguraciones poéticas, retratos sicológicos, monólogos interiores. Las protagonistas (casi siempre mujeres, aunque hay también algunos hombres, incluso narrados en primera persona, como en “Una amistad sincera”) se ven abocadas a una vida que no les deja ningún resquicio para escapar a su destino, condicionado por la familia, la sociedad y el entorno. Son estos cuentos de Clarice Lispector narraciones enigmáticas algunas, inquietantes y turbadoras, que dejan en el lector un poso de amargura al no vislumbrarse salidas airosas a la opresión a la que están condenadas las protagonistas. Incluso cuando (como en “La fuga” y “Obsesión”) alguna mujer toma la decisión de abandonar al marido porque ha conocido a alguien que “…había despertado en mí la sensación de que en mi cuerpo y en mi espíritu palpitaba una vida más profunda y más intensa que la que yo vivía”, la nueva relación resulta más tóxica que la anterior y obliga a las mujeres a volver con sus parejas.
UNA MUJER PARA LA LITERATURA
La misma vida de Clarice Lispector es como una de sus novelas (véase “Por qué este mundo”, la biografía escrita por Benjamín Moser publicada también por Siruela). Descendiente de judíos ucranianos, su abuelo fue asesinado, su madre violada, y su familia tuvo que exilarse en Brasil huyendo de la represión y los pogromos durante la revolución bolchevique. Con esa familia llegó Clarice Lispector a ese país sudamericano cuando contaba dos años (nació el 10 de diciembre de 1920 en la aldea de Tchetchelnik durante la huída). La precaria situación de su padre, vendedor ambulante de ropa de segunda mano, y la temprana muerte de su madre, cuando la escritora tenía nueve años, la empujaron a refugiarse en la literatura, donde descubrió la prosa deslumbrante de Machado de Assis, de Eça de Queiroz y de Jorge Amado, y la profundidad narrativa de los relatos de Dostoiewski y Flaubert. Su ideal de escritura se identificaba con las obras de Virginia Woolf pero sobre todo con las novelas de Katherine Mansfield.
Mujer de una gran belleza, alta y rubia, inteligente, misteriosa, seductora, tocada con permanentes collares sobre sus vestidos de intensos rojo, blanco o negro, Clarice Lispector ocultaba su mirada, sin embargo triste, detrás de unas permanentes gafas oscuras. Comenzó en el mundo de las letras trabajando como periodista y publicó su primera novela, “Cerca del corazón salvaje”, a los 23 años, una obra que le proporcionó ya la popularidad literaria y con la que inició una carrera que fue fundamental en la renovación de las letras brasileñas, con títulos como “La hora de la estrella”, “Aprendizaje o el libro de los placeres” o su obra póstuma “Un soplo de vida”. Se casó con el diplomático Maury Gurgel, con quien tuvo dos hijos y a quien acompañó a Europa (Nápoles y Berna) y a Washington hasta que en 1959 regresó a Brasil tras un divorcio traumático. Esta separación la sumió en una profunda crisis, agravada por un accidente doméstico, un incendio provocado por un cigarrillo mal apagado, que le provocó graves quemaduras. Murió de cáncer en 1977, la víspera del día que iba a cumplir 57 años.